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Monday, September 26, 2016

5 El mono gramático: Octavio Paz


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Debo hacer un esfuerzo (¿no dije que ahora sí iría hasta el fin?), dejar el paraje de los charcos y llegar, unos mil metros más lejos, a lo que llamo el Portal. Los niños me acompañan, se ofrecen como guías y me piden dinero. Me detengo junto a un arbolillo, saco mi navaja y corto una rama. Me servirá de bastón y de estandarte. El Portal es un lienzo de muralla, alto aunque no muy extenso, y que ostenta desteñidos trazos de pintura roja y negra. La puerta de entrada está situada en el centro y la remata un gran arco sarraceno. Arriba y a los lados del arco, dos hileras de balcones que recuerdan a los de Sevilla y a los de Puebla de México, salvo que éstos son de madera y no de hierro. Debajo de cada balcón hay una hornacina vacía. El muro, los balcones y el arco son los restos de lo que debe haber sido un palacete de fines del siglo XVIII, semejante a los que abundan en el otro lado de la montaña. Cerca del Portal hay un gran baniano que debe ser viejísimo a juzgar por el número de sus raíces colgantes y la forma intrincada en que descienden a la tierra desde 1o alto de la copa para afincarse, ascender de nuevo, avanzar y entretejerse unas con otras a la manera de las cuerdas, los cables y los mástiles de un velero. Pero el baniano-velero no se pudre en las aguas estancadas de una bahía sino en esta tierra arenosa. En sus ramas, los devotos han atado cintas de colores, todas desteñidas por la lluvia y el sol. Esos moños descoloridos le dan el aspecto lamentable de un gigante cubierto de vendas sucias. Adosada al tronco principal, sobre una pequeña plataforma encalada, reposa una piedra de unos cuarenta centímetros de altura; su forma es vagamente humana y toda ella está embadurnada, con una pintura espesa y brillante de un rojo sanguíneo. Al pie de la figura hay pétalos amarillos, cenizas, cacharros rotos y otros restos que no acierto a distinguir. Los niños saltan y gritan, señalando a la piedra: «Hanuman, Hanuman». A sus gritos brota entre las piedras un mendigo que me muestra sus manos comidas por la lepra. Al instante aparece otro pordiosero y luego otro y otro. Me aparto, cruzo el arco y penetro en una suerte de plazoleta. En el extremo derecho, una confusa perspectiva de arquitecturas desplomadas; en el izquierdo, un muro que reproduce en una escala más modesta el Portal: trazos de pintura roja y negra, dos balcones y una entrada rematada por un arco gracioso y que deja ver un patio enmarañado por una vegetación hostil; enfrente, una calle ancha, sinuosa y empedrada, bordeada por casas casi del todo derruidas. En el centro de la calle, a unos cien metros de donde estoy ahora, hay una fuente. Los monos saltan el muro del Portal, atraviesan corriendo la plazoleta y se encaraman en la fuente. Pronto los desalojan las piedras que les lanzan los niños. Camino hacia la fuente. Enfrente hay una construcción todavía en pie, sin balcones pero con anchas puertas de madera de par en par abiertas. Es un templo. A los lados de las entradas hay varios puestos entoldados en donde unos vejetes venden cigarrillos, fósforos, incienso, dulces, oraciones, imágenes santas y otras chucherías. Desde la fuente puede vislumbrarse el patio, vasto espacio rectangular enlosado. Acaban de lavarlo y despide un vapor blancuzco. A su alrededor, bajo un techado sostenido por pilares, como si fuesen las secciones de una feria, los altares. Unos barandales de madera separan a un altar de otro y a cada divinidad de los devotos. Más que altares son jaulas. Dos sacerdotes sebosos, desnudos de la cintura para arriba, aparecen en la entrada y me invitan a pasar. Me rehúso. Al otro lado de la calle hay un edificio devastado pero hermoso. De nuevo el alto muro, los dos balcones a la andaluza, el arco y, tras el arco, una escalinata dueña de cierta secreta nobleza. La escalinata conduce a una vasta terraza rodeada por una arquería que repite, en pequeño, el arco de la entrada. Los arcos están sostenidos por columnas de formas irregulares y caprichosas. Precedido por los monos, cruzo la calle y traspongo el arco. Me detengo y, luego de un momento de indecisión, empiezo a subir lentamente los peldaños. En el otro extremo de la calle los· niños y los sacerdotes me gritan algo que no entiendo. Si continúo ... porque puedo no hacerlo y, después de haber rehusado la invitación de los dos obesos sacerdotes, seguir a 1o largo de la calle durante unos diez minutos, salir al campo y emprender el empinado camino de los peregrinos que lleva al gran tanque ya la ermita al pie de la roca. Si continúo, subiré paso a paso la escalinata y llegaré a la gran terraza. Ah, respirar en el centro de ese rectángulo abierto y que se ofrece a los ojos con una suerte de simplicidad lógica. Simplicidad, necesidad, felicidad de un rectángulo perfecto bajo los cambios, los caprichos y las violencias de la luz. Un espacio hecho de aire y en el que todas las formas poseen la consistencia del aire: nada pesa. Al fondo de la terraza hay un gran nicho: otra vez la piedra informe embadurnada de rojo encendido y a sus pies las ofrendas: flores amarillas, cenizas de incienso. Estoy rodeado por monos que saltan de un lado para otro: machos fornidos que se rascan sin parar y gruñen enseñando los dientes si alguien se les acerca, hembras con las crías prendidas a las tetas, monos que espulgan a otros monos, monos colgados de las cornisas y las balaustradas, monos que se pelean o juegan o se masturban o se  arrebatan la fruta robada, monos gesticulantes de ojos chispeantes y colas en perpetua agitación, gritería de monos de culos pelados y rojos, monos, monos. Golpeo el suelo con los pies, doy grandes voces, corro de un lado para otro, enarbolo la rama que corté en el paraje de los charcos y la hago silbar en el aire como un látigo, azoto con ella a dos o tres monos que se escapan chillando, me abro paso entre los otros, atravieso la terraza, penetro un corredor bordeado por una complicada balaustrada de madera cuyo repetido motivo es un monstruo femenino, alado y con garras, que recuerda a las esfinges del Mediterráneo (entre los barrotes y las molduras aparecen y desaparecen las caras curiosas y las colas en perpetuo movimiento de los monos que, a distancia, me siguen), entro en una estancia en penumbra, a pesar de la obscuridad y de que marcho casi a tientas adivino que el recinto es espacioso como una sala de reunión o de fiestas, debe haber sido el salón principal del harem o la sala de audiencias, entreveo palpitantes bolsas negras colgando de la techumbre, es una tribu de murciélagos dormidos, el aire es un miasma acre y pesado, salgo a otra terraza más pequeña, ¡cuánta luz!, en el otro extremo reaparecen los monos, me miran desde lejos con una mirada en la que la curiosidad es indistinguible de la indiferencia (sí, me miran desde la lejanía que es ser ellos monos y yo hombre), ahora estoy al pie de un muro  manchado de humedad y con restos de pintura, muy probablemente se trata de un paisaje, no este de Galta sino otro verde y montañoso, casi con toda seguridad es una de esas representaciones estereotipadas de los Himalayas, sí, esas formas vagamente cónicas y triangulares figuran montañas, unos Himalayas de picos nevados, riscos, cascadas y lunas sobre un desfiladero, montañas de cuento ricas en fieras, ascetas y prodigios, frente a ellas cae y se levanta, se yergue y se humilla, montaña que se hace y deshace, un mar convulso, impotente e hirviente de monstruos y abominaciones (los dos extremos, irreconciliables como el agua y el fuego: la montaña pura y que esconde entre sus repliegues los caminos de la liberación / el mar impuro y sin caminos; el espacio de la definición / el de la indefinición; la montaña y su oleaje petrificado: la permanencia / el mar y sus montañas inestables: el movimiento y sus espejismos; la montaña hecha a la imagen del ser, manifestación sensible del principio de identidad, inmóvil como una tautología / el mar que se contradice sin cesar, el mar crítico del ser y de sí mismo), entre la montaña y el mar el espacio aéreo y en la mitad de esa región vacía: una gran forma obscura, la montaña ha disparado un bólido, hay un cuerpo poderoso suspendido sobre el océano, no es el sol: ¡es el elefante entre los monos, el león, el toro de los simios!, nada vigorosamente en el éter plegando y desplegando las piernas. Y los brazos con un ritmo parejo como una rana gigantesca, adelante la cabeza, proa que rompe los vientos y destroza las tempestades, los ojos son dos faros que perforan los torbellinos y taladran el espacio petrificado, entre las encías rojas y los labios morados asoman sus dientes blanquísimos: aguzados limadores de distancias, la cola rígida y en alto es el mástil de este terrible esquife, color de brasa encendida todo el cuerpo, un horno de energía volando sobre las aguas, una montaña de cobre hirviendo, las gotas de sudor que escurren de su cuerpo son una poderosa lluvia que cae en millones de matrices marinas y terrestres (mañana habrá gran cosecha de monstruos y maravillas), a medida que el cometa rojizo divide en dos al cielo el mar alza sus millones de brazos para aprisionarlo y destruirlo, grandes serpientes lascivas y demonias del océano se levantan de sus lechos viscosos y se precipitan a su encuentro, quieren devorar al gran mono, quieren copular con el casto simio, romper sus grandes cántaros herméticamente cerrados y repletos de un semen acumulado durante siglos de abstinencia, quieren repartir la substancia viril entre los cuatro puntos cardinales, diseminarla, dispersar al ser, multiplicar las apariencias, multiplicar la muerte, quieren sorberle el pensamiento y los tuétanos, desangrarlo, vaciarlo, estrujarlo, chuparlo, convertirlo en un badajo, en una cáscara, quieren quemarlo, chamuscar su cola, pero el gran mono avanza, se despliega y cubre el espacio, su sombra abre un surco en el océano, su cabeza perfora nubes minerales, entra como un huracán cálido en una confusa región de manchas informes que desfiguran todo este extremo del muro, tal vez son representaciones de Lanka y de su palacio, tal vez aquí está pintado todo lo que allá hizo y vio Hanuman después de haber saltado sobre el mar -espesura indescifrable de líneas, trazos, volutas, mapas delirantes, historias grotescas, el discurso de los monzones impreso sobre esta pared decrépita.








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