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Monday, September 26, 2016

3 El mono gramático: Octavio Paz

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No quería pensar más en Gaita y en su polvoso camino, y ahora vuelven. Regresan de una manera insidiosa: a pesar de que no los veo siento que están de nuevo aquí y que esperan ser nombrados. No se me ocurre nada, no pienso en nada, es el verdadero «pensamiento en blanco»: como la palabra tránsito cuando la digo, como el camino mientras 10 camino, todo se desvanece en cuanto pienso en Gaita. ¿Pienso? No, Gaita está aquí, se ha deslizado en un recodo de mis pensamientos y acecha con esa existencia indecisa, aunque exigente en su misma indecisión, de los pensamientos no del todo pensados, no del todo dichos. Inminencia de la presencia antes de presentarse. Pero no hay tal presencia -sólo una espera hecha de irritación e impotencia. Gaita no está aquí: me aguarda al final de esta frase. Me aguarda para desaparecer. Ante el vacío que produce su nombre siento la misma perplejidad que frente a sus colinas achatadas por siglos de viento y sus llanos amarillentos sobre los que, durante los largos meses de sequía, cuando el calor pulveriza a las rocas y el cielo parece que va a agrietarse como la tierra, se levantan las tolvaneras. Rojeantes, grisáceas o pardas apariciones que brotan de pronto como si fuesen un surtidor de agua o un géiser de vapor, salvo que los torbellinos son imágenes de la sed, malignas celebraciones de la aridez. Fantasmas que danzan al girar, avanzan, retroceden, se inmovilizan, desaparecen aquí, reaparecen allá: apariciones sin substancia, ceremonias de polvo y aire. También esto que escribo es una ceremonia, girar de una palabra que aparece y desaparece en sus giros. Edifico torres de aire. Los torbellinos son frecuentes en la otra vertiente del monte, en la gran llanura, no entre estos declives y hondonadas. Aquí la tierra es mucho más accidentada que del otro lado, aunque de nada le haya servido a Gaita cobijarse en las faldas del monte. Al contrario, su situación la expuso aún más a la acción del desierto. Todas estas ondulaciones, cavidades y gargantas son las cañadas y los cauces de arroyos hoy extintos. Esos montículos arenosos fueron arboledas. No sólo se camina entre casas destruidas: también el paisaje se ha desmoronado y es una ruina. Leo una descripción de 1891: The way the sandy desert is encroaching in the town should be noticed. It has caused one large suburb to be deserted and the houses and gardens are going to ruin. The sand has even drifted up the ravines of the hills. This evil ought to be arrested at any cost by planting. Menos de veinte años después Gaita fue abandonada. No por mucho tiempo: primero los monos y después bandas de parias errantes ocuparon las ruinas. No es más de una hora de marcha. Se deja la carretera a la izquierda, se tuerce entre colinas rocosas y se sube por quebradas no menos áridas. Una desolación que no es hosca sino lastimosa. Paisaje de huesos. Restos de templos y casas, arcos que conducen a patios cegados por la arena, fachadas detrás de las cuales no hay nada sino pilas de cascajo y basuras, escalinatas que terminan en el vacío, terrazas desfondadas, piscinas convertidas en gigantescos depósitos de excrementos. Al cabo de recorrer esas ondulaciones se desciende a un llano raso y pelado. El sendero es de piedras picudas y uno se cansa pronto. A pesar de que son ya las cuatro de la tarde, el suelo quema. Arbustos pequeños, plantas espinosas, una vegetación torcida y raquítica. Enfrente, no muy lejos, la montaña famélica. Pellejo de piedras, montaña sarnosa. Hay un polvillo en el aire, una substancia impalpable que irrita y marea. Las cosas parecen más quietas bajo esta luz sin peso y que, sin embargo, agobia. Tal vez la palabra no es quietud sino persistencia: las cosas persisten bajo la humillación de la luz. Y la luz persiste. Las cosas son más cosas, todo está empeñado en ser, nada más en ser. Se cruza el cauce pedregoso de un riachuelo seco y el ruido de los pasos sobre las piedras hace pensar en el rumor del agua, pero las piedras humean, el suelo humea. Ahora el camino da vueltas entre colinas cónicas y negruzcas. Un paisaje petrificado. Contrasta esta severidad geométrica con los delirios que el viento y las rocas inventan allá arriba, en la montaña. Se sube durante un centenar de metros por una cuesta no muy empinada, entre montones de pedruscos y tierra arenisca. A la geometría sucede lo informe: imposible saber si esos escombros son los de las casas demolidas o lo que queda de peñascos disgregados, desmenuzados por el viento y el sol. Otra vez se desciende: yerbales, plantas biliosas, cardos, hedor a boñiga e inmundicia humana y animal, bidones oxidados y agujereados, trapos con manchas menstruales, una asamblea de buitres en torno a un perro con el vientre despedazado a picotazos, millones de moscas, una roca sobre la que han pintado con alquitrán las siglas del Partido del Congreso, otra vez el arroyo seco, un nim enorme donde viven centenares de pájaros y ardillas, más llanos y ruinas, los vuelos pasionales de los pericos, un montículo que fue tal vez un cenotafio, un muro con restos de pintura roja y negra (Krishna y sus vaqueras, pavos reales y otras figuras indistinguibles), una marisma cubierta de lotos y sobre ellos una nube de mariposas, el silencio de las rocas bajo la vibración luminosa del aire, la respiración del campo, el terror ante el crujido de una rama o el ruido de una pedrezuela movida por una lagartija (la constante presencia invisible de la cobra y la otra presencia no menos impalpable y que no nos deja nunca, sombra de nuestros pensamientos, reverso de lo que vemos y hablamos y somos) y así hasta llegar, de nuevo por el cauce del mismo arroyo, a un valle minúsculo. Atrás y a los lados, las colinas achatadas, el paisaje aplastado de la erosión; adelante, la montaña con la senda que lleva al gran tanque bajo las peñas y, desde allí, por el camino de los peregrinos, al santuario de la cumbre. Apenas si quedan huellas de las casas. Hay tres banianos, viejos y eminentes. A su sombra -o más bien: metidos en su espesura, escondidos en la penumbra de sus entrañas, como si fuesen cuevas y no árboles- unos niños vivísimos y en andrajos. Cuidan una docena de vacas flacas y resignadas al martirio de las moscas y las garrapatas. También hay dos cabritos y muchos cuervos. Aparece la primera bandada de monos. Los niños los apedrean. Verdes y centelleantes bajo la luz constante, dos grandes charcos de agua pestilente. Dentro de unas semanas el agua se habrá evaporado, el lodo se habrá secado y los charcos serán lechos de polvo finísimo sobre el que los niños y el viento han de revolcarse.



Libro: El mono gramático







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