Translate

Thursday, August 18, 2016

Sin copas: Elia Casillas



Nunca me sentí tan segura como cuando ingresé.  Era mi segunda vez,  igual que la anterior llegué temprano, aunque mi primer visita la hice abrigada por mi automóvil,  aún cuando el lugar lucía muy lamentable  por fuera,  confié en el acomodador de coches, un tipo en la séptima dimensión de la pobreza que me hizo creer que por veinte pesos cuidaría mi nave como un león y...  ¡Lo hizo! Ahora iba en taxi por seguridad de mi dorado, un séquito de fornidos jóvenes   esperaban en la recepción,  fueron ellos los que me dijeron que era muy temprano para entrar.

Un temblor con sabor a miedo caminó a mi corazón,  temerosa de que lo descubrieran me alejé  con paso firme.  La calle era  angosta y muchos automóviles estacionados en los flancos,  reducían más la avenida. Algunos tipos deambulaban como espíritus perdidos, tuve  desasosiego  de  ver sus  ojos y extraviarme en ellos. Aunque no traía gran cantidad de dinero  me acompañaban mis textos, la bolsa de mecatito y mi cartera con tarjetas de crédito. A cada paso,   revisaba centímetro a centímetro el lugar.  Para empeorar más el ámbito,  las luces fluorescentes no eran aptas,  en la  cuadra los  edificios se alzaban melancólicos, muy tristes, demasiado.   

Botes de basura hasta decir  ¡ya no por favor! Perros disputándose con los gatos el festín de los desechos  y éstos corrían  a todos lados,  una capa de tizne acrecentaba  más la mugre  que nadie podía disimular en ese sector del centro,  mendigos de ojos  fatigados, putitas hambrientas pero muy comprometidas con su oficio,  hombres de mil olfatos y estilos. Yo de blanco.

Y al fin,  un café abierto.  Me sentí como niño en brazos de su madre. Una mesera de rasgos indígenas apareció,   la tranquilidad de su rostro  vino  hasta el  estómago que, en esos momentos era un  balón. Preguntó donde me gustaría sentarme,  dije: -lejos del ruido de la televisión y donde haya  menos gente-. Este lugar por dentro se salía de todo el contexto, exageradamente limpio,  las mesas y  sillas, de madera bien trabajada, enormes cuadros en repujado le daban un aire mexicano. Inexplicablemente  este sitio encajaba en lo podrido,  cumpliendo su función de refugio.


La joven  me llevó al salón desierto, una fuentecita al fondo dejaba correr  el chorro de agua que se deslizaba por los recovecos del  laberinto, encaminándome   a  la magia del artesano. Pedí un café,  de nuevo en   mis cuadernos de taller, en la corrección que nunca termina en los textos. Redescubrí los mismos errores y cada vez que ingresaba en uno,  volvían las sensaciones de cuando lo escribí, de cuando fielmente me dirigí a la cita del teclado,  simplemente por garabatear o como  decía mi buen amigo Santiago Obligado  “Ojalá que cuando esté escribiendo llegue la inspiración y me encuentre trabajando”  Así nomás,  sin conocer el tema, sin enojo, sin llanto, sólo acudiendo al llamado de la disciplina  y mis dedos como redes,  esperando algún pez gordo, de esos que  suelen caer cuando menos  lo esperas.


Cuando volví  al reloj eran las 10:30 p.m.  Armándome de valor  regresé a la calle, un individuo salió de pronto de una camioneta y me  hizo  brincar, en eso,  una señora de esas que no se cuecen al primer hervor pasó cerca  y me  fui atrás de  ella queriendo emparejarme para disipar un poco el terror que de manera inconcebible  y sin motivo  me abrigaba. La doña  al sentir  mis taconeos apresurados,  viró y dando una buena ojeada a mi silueta  disminuyó su andar. Ya más tranquila  llegue al bar, asombroso,  pero me vi apapachada por el portero que cordialmente me llevó a la caja. Ahora el costo de la entrada eran cien pesos o diez dólares sin derecho a bebida.


El  mesero de  la primera vez, reconociéndome me dio la bienvenida y empezó a cuestionarme sobre mi desaparición anterior. Terminé haciéndolo mi confidente  sobre unas lesbianas que querían amores con esta nenorra. Imaginando  que una de ellas me diera un golpe al pensar  que estaba ligándome a su novia,  emprendí la huída.  Luego no tuve tiempo de despedirme,  ni siquiera de  dejarle  propina. El lugar empezó a llenarse de gente multicolor...  ¿Y yo? ¿Soy cómo ellos?  ¿Era una historia o un pretexto para entrar en el arco iris de las máscaras? Igual y era un travestí.  ¿Cuál es la diferencia?

Ellos eran mujeres  y ellas hombres, machos con sombrero y botas, hombres musculosos esperando el mejor postor,   toros en feria,  el precio más alto se lleva el semental más bueno.  Ellos,  más bien ellas,  con atuendos de noche, algunas queriéndose ver más jóvenes, adaptaron vestidos de quinceañeras a sus apretadísimos  cuerpos,  sin  disimular los extensos lomos que las delataban,  los kilos de maquillaje tapando su rasurada pero eminente barba. Debo reconocer que algunos eran tan guapas como una actriz o mujer de farándula.


¿Y todos esos hombres bien alineados,  buscando  con los ojos una señal a sus instintos? Una mujer más femenina que yo,  dejaba  transcurrir sus ojos   por mis  buenas carnes. ¿Buenas?   Creo que aún parezco bombón.  ¿Y ellos cómo se sienten? ¿Adivinarán lo que  pienso cuando los examino? Algunos son realmente matronas y otras  muy a mi pesar: son hombres. ¿Y yo? Ja ja ja ja ja Adentro de una  historia  de donde no soy.  ¿Y si les pertenezco? ¿Dónde entro yo?  De alguna manera...   ¿No estoy robándoles su mundo?

Esa música retumba en mi espinazo, las largas cortinas blancas;  como si de pronto   el espejo tuviera un velo de novia.  Todo lo demás está  ennegrecido, las paredes, mesas, sillas, los meseros, hasta el dueño. Mi traje,  ya lo dije: es  blanco.  Sobresale  en medio  de tanta  indumentaria  negra, ni siquiera en eso puedo parecérmeles.   Pero aquí estoy.  Vine por mi cuento.




Navojoa Sonora, Agosto 22 de 2002



No comments: