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Friday, August 19, 2016

Aurelio Rodríguez Ituarte: Dios Mediante. Elia Casillas




 Era el mejor, si, el mejor…  Al revisar listas de cada club de béisbol de la Liga Mexicana del Pacífico,  Algodoneros de Guasave gozaba de un excelente cuerpo de lanzadores. Directivos,  el propio manejador Aurelio Rodríguez y equipo técnico, repasaban hinchados de vanidad a sus atletas: Mercedes Esquer, Julio Purata, Ricardo Solís,  Raúl Rodríguez, cuatro ases zurdos  y un super as: Ángel Moreno. Cinco lanzadores siniestros de primera, pero... 

El tiempo, si, el tiempo no perdonó tanta arrogancia y  mientras envejecía la temporada (1998, 1999), lesión tras lesión, fue disminuyéndolos hasta quedar con sólo dos titulares  de cinco en la rotación. Además, para agravar la situación de por si vacilante, sufrieron de manera inexplicable el abandono de Raúl Rodríguez (el Patito). Y se complicaron  los cerebros: Aurelio y Cesar Díaz, el couch de picheo o jefe de lanzadores, acabaron remendando partidos con novatos. 

Los aficionados demandaban un equipo ganador, los Directivos habían invertido ilusiones  y dinero emparejando un conjunto beligerante.  Por ese lado,  los muchachos no decepcionaron a sus admiradores, ya que en el campo eran difíciles de vencer y jugando, les rendía bien el cuerpo y las ganas. Greg Martínez, Brad Saizer por mencionar algunos extranjeros, sin dejar fuera al gran receptor mexicano Noé Muñoz,  que entre malabares y lanzamientos, se ajustaba a los novatos, abandonando medio cuerpo en el terreno, entre sudor  y sudor para ganar un partido. 

Aurelio, sacudía los pensamientos  en busca de un consejo Divino que le ayudara a designar bien al siguiente hombre,  para frenar a los contrarios y no  permitir más carreras. Él, con labios duros, y reanimado en presentimientos con la mirada seguía al calentadero, vigilaba a los  principiantes que iban y venían.  Les daba confianza,  ya que dependía de ellos y seguramente, si no fuera por los titulares lastimados, quizá esa puerta no se hubiera abierto tan fácilmente. Oportunidad que debían aprovechar los novatos con todo y colmillos,  ya que la suerte se pinta sola y a ellos les sonreía con ganas por cualquier costado. 

Su debilidad estaba en el picheo primerito, porque hubo series tan zurcidas, que juego por juego,  utilizaron hasta seis y ocho tiradores en las primeras entradas. 
Unas noches con la victoria en la mano y otras con la derrota picando la almohada, Aurelio pedía un instante de descanso mental,  paz para el insomnio, mientras avanzaba la temporada. 

Tiempo, tiempo espinoso,  por el grado de competencia, por los estelares de grandes ligas con que se arman los clubes,  por el apetitoso gallardete: La Serie del Caribe, y porque este consorcio cuenta con sólo dos meses y medio de rol regular. De alguna manera, los liga mayoristas siempre han venido a darle un agudo interés al béisbol de la Costa del Pacífico, estableciendo este circuito como el más trascendental de México, ya que,  por una parte, comparecen todos los prospectos estadounidenses y a ultimas fechas, los extranjeros de la gran carpa (japoneses, coreanos, panameños, venezolanos, dominicanos, cubanos, etc.), y por la siguiente ala, aquí se concentran los  peloteros mexicanos más sobresalientes del mundo beisbolístico. 

Aunque al manejador, todos estos razonamientos no  le quitaban el apetito… Su verdadera pesadilla, abordaba después de cada juego, cuando debía anotar al lanzador de la siguiente jornada. Esa noche, si, esa noche en particular, los nombres de todos los lanzadores revoloteaban su mente “¡Quién! ¿A quién pondré mañana?” 

Era obligatorio dar a conocer al conjunto,  el tira piedra del próximo enfrentamiento. A lo lejos, un jugador no le quitaba el ojo, lo contemplaba con misericordia, vivía al tanto de que, si algo no funciona, el responsable siempre es el que maneja el equipo, porque siempre es más fácil despedir a uno que a veintidós y sobre Rodríguez  despeñaban los adeudos de cada faena y Raúl Páez lo entendía perfectamente. Por eso, compartiéndose con Aurelio, se atrevió a preguntar:

-¿Quién va a tirar mañana,  Aurelio? -indagó el  titular de la primera base-.
-Sólo Dios sabe… -respondió Aurelio, con voz pausada.
-Entonces –dijo el jugador resuelto- escriba: Lanzador probable para mañana… ¡Dios mediante!
Desde esa noche,  en la alineación del siguiente juego de los Algodoneros de Guasave, Aurelio siempre escribió: Lanzador probable para mañana… ¡Dios Mediante!
Al terminar la  campaña, Aurelio Rodríguez Ituarte, fue nombrado el Manejador del Año en la Liga Mexicana del Pacifico, puesto que, con todos los parches que hizo en los juegos para sacar al club adelante, logró clasificarlos finalmente a play offs.

 Estadio de Béisbol Emilio Almada Ibarra.
Los Mochis Sinaloa, Noviembre 29 de 1998

Navojoa Sonora, Diciembre 6 del 2004


Libro: Reyes y Ases del Béisbol. 
Autora: Elia Casillas





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