Translate

Friday, August 26, 2016

Arthur Rimbaud




LO IMPOSIBLE

 ¡Ah! esta vida de mi infancia, el gran camino de siempre* sobrenaturalmente sobrio, más desinteresado que el mejor de los pordioseros, orgulloso de no tener ni país, ní amigos, qué tontería era. ¡Y tan sólo ahora me doy cuenta! —Tuve razón de menospreciar estos buenos hombres que no perdían la ocasión de una caricia, parásitos de la higiene y de la salud de nuestras mujeres, hoy que ellas están tan poco de acuerdo con nosotros. He tenido razón en todos mis desdenes: puesto que me escapo. ¡Me escapo! Voy a explicarme. Todavía ayer, suspiraba: «¡Cielos!, ya somos bastante los condenados aquí abajo. Hace ya tanto tiempo que estoy con esta tropa que les conozco a todos. Nos reconocemos siempre; no nos gustamos. La caridad nos es desconocida. Pero somos educados, nuestras relaciones con el mundo son muy correctas». ¿Es sorprendente esto? ¡El mundo! ¡Los comerciantes, los ingenuos! —No estamos deshonrados— . Pero, Jos elegidos, ¿cómo nos recibirían? Entonces es que hay gente arisca y jovial, falsos elegidos, puesto que necesitamos audacia o humildad para encararnos con ellos. Son los únicos elegidos. No son aduladores. Habiéndome descubierto dos perras gordas de juicio —esto se pasa pronto— veo que mis desazones son debidas a no haberme dado cuenta lo bastante pronto de que estamos en Occidente. ¡Los marasmos occidentales! No es que crea en la luz alterada, la forma extenuada, el movimiento perdido... ¡Bueno! Lo que ocurre es que mi espíritu, absolutamente, quiere hacerse cargo de todos los crueles desarrollos que ha soportado el espíritu desde el fin de Oriente... ¡No quiere poco mi espíritu! ...Mis dos perras gordas de razón ya se han terminado. — El espíritu, es autoridad y quiere que yo pertenezca a Occidente. Sería necesario mandarle callar para poder terminar como yo quería. Mandé al diablo las palmas de los mártires, los relámpagos del arte, el orgullo de los inventores, el ardor de los pillos; volvía a Oriente y a la bondad primera y eterna. — Parece ser que se trata j . de un sueño de pereza grosera. No obstante no confiaba mucho en el placer de escapar a los sufrimientos modernos. No tomaba en consideración la sabiduría bastarda del Corán. — Pero ¿no existe un verdadero suplicio en que, según esta declaración de la ciencia, gracias al cristianismo, el hombre se engaña, se prueban las evidencias, se hincha de satisfacción al repetir las pruebas, y no vive de otra cosa? Tortura sutil, tonta; fuente de mis divagaciones espirituales. La naturaleza tal vez podría enfadarse. Prudhomme ha nacido con el Cristo. No será que cultivamos la niebla. Comemos la fiebre con nuestras legumbres acuosas. ¡Y la embriaguez! ¡Y el tabaco! ¡Y la ignorancia! ¡Y los desvelos! ,— Todo esto ¿no está bastante lejos del pensamiento y la sabiduría de Oriente, la patria primitiva? ¡Por qué en un mundo moderno se inventan tales venenos! La gente de Iglesia dirá: De acuerdo; pero vosotros queréis hablar del Edén. Nada para vosotros en la historia de los pueblos orientales. — ¡Es verdad! Es con el Edén que yo pensaba. ¿Qué significa, para mi sueño, esta pureza de las razas antiguas? Los filósofos: El mundo no tiene edad. La humanidad se desplaza, simplemente. Estáis en Occidente, pero libres de habitar en vuestro Oriente tan antiguo como os haga falta —y de habitarlo bien. No seáis un vencido. Filósofos, pertenecéis a vuestro Occidente. Espíritu mío, ponte en guardia. No hay partidos de salvación violenta. ¡Ejercítate! — La ciencia no va lo bastante de prisa para nosotros. —Pero me doy cuenta de que mi espíritu duerme. Si estuviese siempre bien despierto a partir de este momento, pronto llegaríamos a la verdad que tal vez nos envuelve con sus ángeles llorando... — Si hubiese estado despierto hasta este momento, yo no habría cedido a los instintos deletéreos, en una época inmemorial... — Si hubiese estado siempre bien despierto, navegaría en plena sabiduría, ¡Oh pureza, pureza! Es este minuto de alerta que me ha dado la visión de la pureza. — Por el espíritu se va hacía Dios. ¡Desgarrador infortunio!


 DESVARIOS II

Alquimia del verbo Sobre mí.

Historia de una de mis locuras. Desde hace mucho tiempo presumía de conocer todos los paisajes posibles y encontraba ridículas las celebridades de la pintura y de la poesía moderna. Me gustaban las pinturas idiotas, las portadas, los decorados, las telas de saltimbanquis, las muestras, las estampas populares, la literatura pasada de moda, el latín de iglesia, los libros eróticos sin ortografía, las novelas de nuestros abuelos, los cuentos de hadas, los pequeños libros para niños, las viejas óperas, los estribillos tontos, los ritmos ingenuos. Soñaba con cruzadas, viajes de descubrimientos de los que no existen crónicas, repúblicas sin historia, guerras de religión sofocadas, revoluciones de costumbres} desplazamientos de razas y de continentes: creía en todos los encantamientos. ¡Inventé el color de las vocales! A negra, E blanca, I roja, O azul, U verde. Regulé la forma y el movimiento de cada consonante y, con ritmos instintivos, presumí de inventar un verbo poético accesible, un día u otro, a todos los sentidos. Me reservaba la traducción. Fue, de momento, un estudio. Escribí silencios, noches; anoté lo inexpresable. Fijé vértigos. 


Alejado de pájaros, rebaños y aldeanos,
en un brezal cualquiera, agachado bebía,
rodeado de tiernos boscajes de avellanos, 
en una tarde breve y tibia de neblina.

¿Qué podía beber en este joven Oise,
oscuro cielo, olmo sin voz, césped sin flor,
en verde calabaza y lejos de mi choza?
Algún licor de oro, ñoño que da sudor.

Yo poco he de servir de muestra de taberna.
Un temporal el cielo oscureció.
Más tarde
corrió el agua del bosque por las arenas finas
en los charcos el viento carámbanos echaba;

llorando veía el oro —y no pude beber.

En estío, a las cuatro de la mañana,
el sueño de amor perdura todavía,
y el perfume de la festiva tarde,
en los bosquecillos, evapora el día.

Pero a lo lejos, con inmensa prisa,
hacia el sol de las Hespérides,
se agitan en mangas de camisa,
los carpinteros.

En su desierto tranquilos están,
labrando el sutil artesonado,
bajo cuyo falso cielo reirán,
los ricos ciudadanos.

 ¡Ah! para estos obreros fascinantes,
súbditos de un rey de Babilonia, deja,
Venus, un poco tus amantes,
cuya alma es tu gloria.

¡Oh reina de los pastores!
Lleva a los obreros el agua de la vida,
para que sus fuerzas en paz demoren
mientras esperan el baño de mar del mediodía.

La antigualla poética tenía mucho que ver en mi alquimia del verbo. Me acostumbré a la simple alucinación: veía muy claramente una mezquita donde había una fábrica, un grupo de tamborileros formado por ángeles, calesas por los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago, monstruos, misterios; un título de vodevil erigía espantajos frente a mí. Luego expliqué mis sofismas mágicos con la alucinación de las palabras. Acabé por creer sagrado el desorden de mí espíritu. Estaba ocioso, preso de una pesada fiebre: envidiaba la felicidad de los animales — ¡las orugas que representaban la inocencia del limbo, los topos, el sueño de la virginidad! Mi carácter se agriaba. Dije adiós al mundo en cierta clase de romances:

¡Si el tiempo viniera 
en que se quisiera!

Con mi paciencia
jamás he olvidado;
temores y penas
al cielo han marchado.

Y la sed malsana
apagó mis venas.

¡Si el tiempo viniera
en que se quisiera!

Tal es la pradera
al olvido dada
en auge y florida
de incienso y de grama.

Bordoneo hosco
de cien feas moscas.
¡Si el día volviera
en que se quisiera!

Me gustaba el desierto, los vergeles quemados, las tiendas antiguas, las bebidas tibias. Me arrastraba por las callejuelas malolientes y con los ojos cerrados me ofrecía al sol, dios del fuego. «General, si queda un viejo cañón sobre tus murallas ruinosas, bombardéanos con adobes de tierra seca. ¡A los cristales de los almacenes espléndidos! ¡A los salones! Haz que la ciudad trague su polvo. Oxida las gárgolas. Llena los gabinetes femeninos con polvo de rubíes ardiente...» ¡Oh el mosquito borracho, en el meador del albergue, enamorado de la borraja y al que un rayo diluye!

Hambre

Yo sólo siento cierto gusto
por la tierra y el pedrusco.
Mi desayuno de aire quiero
de roca, carbón y de hierro.

Mi hambre pace por la pradera
mi hambre vuela.
Atrae la ponzoña jaranera
de la correjuela.

Los guijarros que se rompen,
las viejas piedras de iglesia,
cantos de viejos diluvios
por la pradera sembrados.

Bajo las hojas el lobo gritaba
escupiendo las hermosas plumas
de las aves que comió en su cena.
Igual que él yo me consuma.

Las ensaladas, las frutas   
sólo esperan la cosecha
pero la araña del seto
sólo come violetas.

¡Que yo duerma! Y que yo hierva
en 1os altares de Salomón.
El caldo sobre el orín corre
y se aúna con el Cedrón.


En fin, oh felicidad, oh razón, separé del cielo el azur, que es negro, y viví, chispa de oro, de la luz natura. De alegría adoptaba una expresión bufonesca y desenvuelta en lo posible:

Encontré de nuevo,
¿qué?, la eternidad.
Del sol el sendero
va siguiendo el mar.
Alma centinela 
confesión murmura,
a la noche nula
y al día de fuego.
Humanos sufragios
hálitos comunes,
de los que te huyes
y vuelas, tal vez
Espera, no habría,
orietur, nulo.
Ciencia y paciencia
suplicio seguro.
Encontré de nuevo
¿qué?, la eternidad.
Del sol, el sendero
va siguiendo el mar.

  Me convertí en una ópera fabulosa: vi que todos los seres tienen una fatalidad de felicidad; la acción no es la vida, sino una manera de estropear alguna fuerza, un enervamiento. La moral es la debilidad del cerebro. Me parecía que, a cada ser, varias otras vidas le eran debidas. Ese caballero no sabe lo que se hace: es un ángel. Esta familia es una camada de perros. Ante varios hombres, hablaba en voz alta con un momento de una de sus otras vidas. — De ese modo he amado a un cerdo. Ninguno de los sofismas de la locura —la locura que se encierra— ha sido olvidado por mí: podría repetirlos todos, tengo el sistema. Mi salud se vio amenazada. Venía el terror. Caía en sueños de varios días y, una vez levantado, seguía con los sueños más tristes. Estaba maduro para la muerte, y por un camino de peligros, mi debilidad me conducía a los confines del mundo y de la Cimeria, patria de la sombra y de la tremolina. Tuve que viajar, dispersar los sortilegios acumulados -en mi cerebro. En el mar, al que amaba como si tuviese que lavarme alguna suciedad, veía levantarse la cruz consoladora. Había sido condenado por el arco iris. La felicidad era mi fatalidad, mí remordimiento, mi gusano: mi vida .sería siempre demasiado inmensa para ser consagrada a la fuerza y a la belleza. ¡La felicidad! Su diente, dulce para la muerte, me advertía al cantar el gallo —ad matutinum, el Christus venit— en las más sombrías ciudades.

¡Oh estaciones y oh castillos!
¿Hay alguna alma sin defectillos?

Igual que todos,quise ensayar
 la magia de la felicidad.    

Que ella viva, digo y apruebo
si el gallo galo canta de nuevo.

El nuevo anhelo ya no me embarga
pues de mi vida ella se encarga.

¡Es un encanto! tomó alma y cuerpo
y ha dispersado todo el esfuerzo.

¡Oh estaciones y oh castillos!
La de su fuga,  querrá la suerte
que sea la hora de mi muerte.

¡Oh estaciones y oh castillos!

Todo esto ya ha pasado. Ahora, sé saludar a la belleza.





No comments: