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Sunday, July 10, 2016

Alfonso Reyes: Calidad Metálica




Ninguna mujer me ha querido con tanta precisión como tú. Es una 
precisión tan grande  que casi es dureza. Es una dureza tal que ya es 
una solidez. Es una solidez tan sustantiva. Cuando quiero escribirte 
sobre nuestro amor, me sobran todas las palabras, se me envuelven 
de agua y me parece que quiero envolver y encerrar en agua 
una cosa sólida y dura.
Fíjate bien en que hablo de “dureza” en el sentido físico; no de 
dureza moral, no de “crueldad”. No de “maldad”, en suma. Tú a 
veces has sido cruel y mala conmigo, pero eso no lo hizo tu amor, si 
no tu amor propio, es decir: tus celos. Por eso no lo pongo a cuenta 
de tu amor. No. Lo que me asombra es la calidad metálica de tu 
amor, esta cosa desnuda y segura. En verdad: tú supiste siempre lo 
que querías, y tú me diste a mí la llamada de atención. Para la 
inexperiencia en que vivías, ¡ que inmensa moral en tu manera de 
abordarme, de fijarme un día una cita precisa, y de decirme sin 
preámbulos: dígame ahora todo lo que tiene que decirme”! esto 
revela, cuando lo pienso bien, una energía tan tremenda que da 
miedo. Y lo extraño es que esta inmensa energía tenga, toda ella, 
forma de mujer. Quiero decir (voy a ver si logro explicarme o si me 
entiendo yo mismo): lo extraño es que esta energía tuviera por fin, 
por incentivo, el entregarse de veras, sin reservas, sin querer 
conservar autoridad ni control alguno. Tú solo querías ser devorada: 
ésta es la verdad: ser poseída- y poseída con extravió, hasta el 
estrujamiento y el abuso si fuere posible.
Tal vez por eso nadie me había hecho sentir tan hombre.
La gente de mis hábitos mentales es, por esencia- a pesar de todo lo 
que parezca- tímida. La inteligencia es un gran disolvente de los 
ímpetus naturales. Yo sólo podía saber de veras lo que quiero de una 
mujer, el estrago de amor que tengo ganas de hacer en ella, cuando 
apareciera una mujer lo bastante brava para dar por supuesto este 
apetito mío, casi diré para reclamármelo. Cuando tú me asegurabas, 
entre caricias: “nadie sabe mejor que yo el hombre que tú eres, 
nadie lo ha adivinado mejor”, yo se bien que tú no querías hacerme 
una caricia con palabras. Esa retórica de la ternura- la caricia por la 
blandura de la caricia –esta lejos de ti.
En ti, contigo, el amor es bravo., pero sin ternezas inútiles ni 
disimulos infantiles. Sagrado, algo feroz. Tendría que inventar otras 
palabras para hablar de tu amor. Siento que no esta hecho 
el lenguaje de esto… el lenguaje aplicable a lo que a ti y a mí 
nos acontece.
Ello es que te has apoderado de mi cuerpo, de mis nervios, de mis 
deseos, de mis imaginaciones, de mis sueños, de mi sensualidad, de 
mi idea de la vida… yo creo que empieza para mí una nueva era, y 
toda procede de ti. Siento que me he estado mintiendo solo, que 
hacia yo una farsa delante de mi mismo. Desde que tú me quemaste, 
empezó a organizarse en mí otro equilibrio.
Y es muy rara- lo sé- esta manera de hablarte de mi amor. Yo no 
tengo la culpa de que tú hayas causado este torbellino en mi mente. 
Es bueno que sepas que te recuerdo incesantemente, y que sobre el 
recuerdo de tu cuerpito estrujado, y de tu alma atónita de la 
voluptuosidad entre mis brazos estoy yo sintiendo nacer, dentro de 
mí, otro sentido del mundo.

 







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