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Sunday, July 31, 2016

Carlos Marzal




Decrepitud

Asilados en una infancia obscena,
en el exilio de su misma sombra,
desde un limbo de hielo,
derritiéndose,
los viejos testimonian, sin enigma,
sobre el enigma viejo de estar vivo.

Gota a gota en presente, son futuro,
evanescencia al fin fuera de tiempo,
que en la fronda del tiempo anda perdida.
Espectros de la carne en su derrota,
se acogen al sagrado de la carne,
que en deserción de sí no los ampara.
pabilos sin fulgor de inteligencia,
arden a fuego extinto en su hendidura,
ascuas de quienes fueron, balbucientes.

Isla del fin del mundo, conmovidos,
vemos flotar en pasmo la vejez,
a la lunar deriva del asombro.
Nos resulta del todo inconcebible
nuestra decrepitud, nuestra mudanza
hasta desconocernos en nosotros
y en nosotros errar entre lo ajeno.

Cómo subsiste ciega la energía
en su impúdico afán de propagarse.

Madre senilidad, nunca te amamos.
Madre senilidad, no te amaremos.

Qué frágil, en su ser, la fortaleza.
Qué sólido el vivir, de sumo frágil.

De "Metales Pesados" 2001



 El combate por la luz

De tanto ver la luz hemos perdido
la recta proporción de ese milagro,
que otorga a la materia su volumen,
contorno fiel al mundo que queremos
y límite a los puntos cardinales.
A fuerza de costumbre, hemos dado en creer
que es un merecimiento, cada día,
que el día se levante en claridad
y que se ofrezca límpido a los ojos,
para que la mirada le entregue un orden propio,
distinto a los demás, y lo convierta
en nuestra inadvertida obra de arte.
Hay una ingratitud consustancial
al hecho de estar vivos, un intrínseco
poder de desmemoria, y nos impiden
brindar a cada instante el homenaje
que cada instante de verdad merece,
por su absoluta magia de estar siendo,
en vez de no haber sido en absoluto.
Con cada amanecer dubitativo,
con cada tumultuoso amanecer,
la luz arrasa el reino de la noche
y emprende su combate. En el confuso
magma de oscuridad, con cada aurora
triunfa la exactitud de cuanto existe
sobre la vocación de incertidumbre
que tienta con su nada a lo real.
En toda madrugada se renueva
un conjuro de origen, esa fórmula
que impuso el movimiento al primer día.
Somos testigos, en el alba pura,
del trono en que la luz alza su reino
y lo concede intacto a cualquier súbdito.
Conviene contemplar la luz con más paciencia,
brindarle una atención encandilada,
el sumiso homenaje con que un bárbaro
descubre reverente en su aventura
la tierra que jamás ha visto nadie.

De "Metales Pesados" 2001



El corazón perplejo



Desventurado corazón perplejo,
inconsecuente corazón,
                                                 no dudes.
No tiembles nunca más por lo que sabes,
no temas nunca más por lo que has visto.
Calamitoso corazón,
                                          alienta.

Aprende en este ahora
el pálpito que vuelve con lo eterno,
para latir conforme en valentía.
Los números del mundo están cifrados
en la clave de un sol tan rutilante
que te ciega los ojos si calculas.
Ciégate en esperanza,
                                            errátil corazón,
suma los números.
Un orden en su imán te está esperando.

Desde el final del tiempo se levanta
un ácido perfume de hojas muertas.
Respíralo y respira su secreto.
Abre de par en par tu incertidumbre.
No permitas
que encuentre domicilio la tibieza,
ni que este inescrutable amor oscuro
cometa el gran pecado de estar triste.
Acógete a ti mismo en tus entrañas
con tu abrazo más fuerte,
tu mejor padre en ti, tu mejor hijo,
gobierna tu ocasión de madurez.

Insiste una vez más,
aspira en estas rosas
su pútrido fermento enamorado.
En este desvarío de tu voz
se desnuda el enigma, transparece
la recompensa intacta de estar siendo.

Aquí estamos tú y yo,
altivo corazón,
                                en desbandada.
A fuerza de caer, desvanecidos.
y a fuerza de cantar,
                                          enajenados.

De "Metales Pesados" 2001


 

El juego de la rosa



Hay una rosa escrita en esta página,
y vive aquí, carnal pero intangible.

Es la rosa más pura, de la que otros han dicho
que es todas las rosas. Tiene un cuerpo
de amor, mortal y rosa, y su perfume
arde en la sinrazón de esta alta noche.

Es la cúbica rosa de los sueños,
la rosa de los sueños,
la rosa del otoño de las rosas.
Y esa rosa perdura en la palabra
rosa, cien vidas más allá de cuanto dura
el imposible juego de la vida.

Hay una rosa escrita en esta página,
y vive aquí, carnal e inmarcesible.



El jugador



Habitaba un infierno íntimo y clausurado,
sin por ello dar muestras de enojo o contrición.
En el club le envidiaban el temple de sus nervios
y el supuesto calor de una hermosa muchacha
cariñosa en exceso para ser su sobrina.
Nunca le vi aplaudir carambolas ajenas
ni prestar atención al halago del público.
No se le conocía un oficio habitual,
y a veces lo supuse viviendo en los billares,
como una pieza más imprescindible al juego.
Le oí decir hastiado un día a la muchacha:
Sufría en ocasiones, cuando el juego importaba.
Ahora no importa el juego. Tampoco el sufrimiento.
Pero siento nostalgia de mi antigua desdicha.
Al verlo recortado contra la oscuridad,
en mangas de camisa, sosteniendo su taco,
lo creí en ocasiones cifra de cualquier vida.
Hoy rechazo, por falsa, la clara asociación:
no siempre la existencia es noble como el juego,
y hay siempre jugadores más nobles que la vida.

De "El último de la fiesta"





El origen del mundo


                                                                  A Felipe Benítez Reyes
No se trata tan sólo de una herida
que supura deseo y que sosiega
a aquellos que la lamen reverentes,
o a los estremecidos que la tocan
sin estremecimiento religioso,
como una prospección de su costumbre,
como una cotidiana tarea conyugal:
o a los que se derrumban, consumidos,
en su concavidad incandescente,
después de haber saciado el hambre de la bestia,
que exige su ración de carne cruda.

No consiste tan sólo en ese triángulo
de pincelada negra entre los muslos,
contra un fondo de tibia blancura que se ofrece.
No es tan fácil tratar de reducirlo
al único argumento que se esconde
detrás de los trabajos amorosos
y de las efusiones de la literatura.

El cuerpo no supone un artefacto
de simple ingeniería corporal;
también es la tarea del espíritu
que se despliega sabio sobre el tiempo.
El arca que contiene, memoriosa,
la alquimia milenaria de la especie.

Así que los esclavos del deseo,
aunque no lo sospechen, cuando lamen
la herida más antigua, cuando palpan
la rosa cicatriz de brillo acuático,
o cuando se disuelven dentro de la hendidura,
vuelven a pronunciar un sortilegio,
un conjuro ancestral.
                                             Nos dirigimos
sonámbulos con rumbo hacia la noche,
viajamos otra vez a la semilla,
para observar radiantes cómo crece
la flor de carne abierta.

La pretérita flor.

Húmeda flor atávica.
El origen del mundo.

De "Metales Pesados" 2001



El poema de amor que nunca escribirás



Debería nombrar (debería intentarlo)
el afán hasta hoy por ti dilapidado
en perseguir amor, que quizá fuera tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.

Debería acoger, dar lugar a unos labios
que nombraran sin fe, sólo de cuándo en cuándo
-por momentos, sinceros; por momentos, falsarios-
diálogos de alcoba que pareciesen tangos
(eso acaban por ser, o algo más triste acaso,
siempre que en la distancia solemos evocarlos):

De esta vida tan sucia, de sus trabajos vanos,
me consuela, mi amor, el fingir,  fabulando,
otra eterna contigo, cogidos de la mano.
Y habría de alojar dictámenes sagrados,
con los que, ya bebidos, tanto nos excitamos:
De entre todas las perras que en la noche he tratado,

la más perra eres tú. Debería, malsano,
contener esas citas de los domingos vastos,
insulsas y festivas, amasadas de hartazgo,
en que la vida toda se obstina en maltratarnos,
con su aire de ramera experta en el contagio
del odio hacia la vida, del tedio y del cansancio.

No podrían faltar los cuerpos del verano,
cuando la adolescencia ardía por el tacto,
en especial aquél de todo lo vedado.
Ni habría de omitir el vicio solitario,
por el amor perdido en inventar los rasgos
del amor, que, entretanto, no dormía a tu lado.

Y en él habitarían con todo su sarcasmo
-al fin y al cabo son tristes muertos de antaño,
fragmentos de tu vida que salvas del naufragio-
las cartas sin respuesta; yesos aniversarios,
tiernamente ridículos después de celebrados,
que dejan en el alma aroma a mal teatro.

Y los reproches mutuos, merecidos y agrios,
dirigidos al centro del dolor, como un dardo
con toda la miseria que acarrean los años.
El placer del acoso, cuando el amor intacto,
y cuando la ignorancia, ese bálsamo arcano,
no señalaba límites al indudable ocaso.

El maldito poema tanto tiempo aplazado,
y que no escribirás, porque el tema es ingrato,
querría redimirte de todos tus letargos.
Una voz que te daña diría murmurando:
Del amor, amor mío, te quiero siempre esclavo,
para que tus palabras no tengan que inventarlo.

Quien a ese poema de amor dilapidado
incauto se atreviera, sin calcular el daño,
amaría el amor, probablemente tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.

De "El último de la fiesta"




El pozo salvaje



Por más que aburras esa melodía
monótona y brumosa de la vida diaria,
y que te amansa;
por más lobo sin dientes que te creas;
por más sabiduría y experiencia y paz de espíritu;
por más orden con que hayas decorado las paredes,
por más edad que la edad te haya dado,
por muchas otras vidas que los libros te alcancen,
y añade lo que quieras a esta lista,
hay un pozo salvaje al fondo de ti mismo,
un lugar que es tan tuyo como tu propia muerte.
Es de piedra y de noche, y de fuego y de lágrimas.
En sus aguas dudosas
reposa desde siempre lo que no está dormido,
un remoto lugar donde se fraguan
las abominaciones y los sueños,
la traición y los crímenes.
Es el pozo de lo que eres capaz
y en él duermen reptiles, y un fulgor
y una profunda espera.
En tu rostro también, y tú eres ese pozo.

Ya sé que lo sabías. Por lo tanto,
Acepta, brinda y bebe.

De "Los países nocturnos" 1996



El último de la fiesta



1


Deberías marcharte. La fiesta ha terminado.
Helada y sucia ya se anuncia el alba
con su oscuro cortejo de presagios.
Tendrías que acostarte, huir de este lugar
antes de que la luz te restituya
esa imagen de ti que ya conoces,
indefensa a tus ojos, lastimosa.

Has tocado por hoy el fondo de tu noche:
las ropas no guardan la corrección de unas horas atrás
y tu lengua está torpe,
has empezado a hurgar en la memoria
y ya no hay quien te fíe.
lo más sensato ahora sería retirarse.

2
Aquí, con convicción, ya nada te retiene.
Suena de nuevo idéntica la música
y no es fácil andar sobre el untuoso suelo del local.
Ha pasado la hora de raptarse alguna compañía
con quien querer fingir la noche inacabable,
y te será mejor no recurrir
a invitados finales,
errante cada cual en su constelación,
rezumando bebida como paredes húmedas,
dispuestos a cualquier confidencia extemporánea.

Es infame el lugar. Tal vez lo fuera siempre;
pero hasta hace poco era el teatro
idóneo para tus intenciones.
Se trataba de malgastar el tiempo,
uno más entre la turbadora clientela,
regresando al sabor bronco de noches apuradas,
de ti mismo perdido y encontrado.
El azar nos otorga reductos alejados de la severidad,
momentáneos reinos en donde nadie trata
el enojoso tema de la vida,
no importa si a conciencia o ignorantes
de que la vida huye al ser nombrada.
El azar nos obsequia y el azar nos despoja.

Así te ocurre ahora: la fiesta ha terminado,
y con la fiesta terminó el hechizo.

3
Has apurado el plazo
que la noche te había concedido,
y a quien la luz ha de traer
ya lo conoces.
Si vuelves hacia casa, con tus pasos
volverán sus pasos. Y a tu fatiga
su fatiga habrá de acompañar.
La fiesta ha terminado y queda su enseñanza:
como una vieja deuda contraída,
nada hay más imposible que escapar de nosotros.
Ya se aproxima el alba, y nadie ignora
que todo plazo acaba por cumplirse,
que toda deuda acaba por pagarse.

4
Ya ves; eso es lo que te aguarda, si te marchas,
y lo que aquí te espera no es mejor.
Conoces de antemano cuál será tu conducta:
sopesarás los dos ofrecimientos que posees
-la despoblada soledad de una fiesta ya extinta,
la habitual afrenta de estar solo contigo-
y antes de encaminarte hacia la casa
apurarás la noche un poco más.
(Un poco más, a estas torpes alturas de tu vida,
no puede ser muy malo.)
La fiesta ha terminado. Y aquí viene la luz,
la vieja hiena.

Has apurado el plazo
que la noche te había concedido,
y a quien la luz ha de traer
ya lo conoces.
Si vuelves hacia casa, con tus pasos
volverán sus pasos. Y a tu fatiga
su fatiga habrá de acompañar.
La fiesta ha terminado y queda su enseñanza:
como una vieja deuda contraída,
nada hay más imposible que escapar de nosotros.
Ya se aproxima el alba, y nadie ignora
que todo plazo acaba por cumplirse,
que toda deuda acaba por pagarse.
De "El último de la fiesta" 1986



La edad del paraíso

                                                                   A César Simón

Supongamos que exista -argumentaste-
ese lugar que el hombre ha ambicionado,
desde que al primer hombre le ofendió
la luz, que se perdía; el tiempo, que no vuelve;
la belleza, que exalta, pero que no apacigua;
o la felicidad, que, aunque la merezcamos,
parece inmerecida; ese lugar que es suma
de todas nuestras cuentas pendientes con la vida,
ese lugar en donde
los días no nos dejan su rencorosa huella,
y todo allí es ameno, y se escucha la música,
y no hay cuerpos enfermos, ni hay tentación
ni hay fieras.
                                Supongamos.

Vayamos más allá. Imaginemos
-y es mucho imaginar-
que se te concediera la ocasión
de acceder a ese llámalo Cielo,
o Arcadia, o Nolugar,
o Tapiado Jardín, o Paraíso,
y que fueses capaz de permitirte
-y que te permitieran-
escoger tú la edad con que vivir,
o, más exactamente, perdurar,
en esa paz ajena al rapto de esta vida.
Supónlo.
                      Imagínatelo,
y dime ¿con cuál de las edades
de toda nuestra edad desearías
habitar para siempre el Paraíso?
¿Querrías regresar a la inocencia
tenaz y sostenida de la infancia,
en donde fuimos dioses y demonios
al tiempo y sin saberlo?
¿O volver a arriesgar en la estación violenta
llamada juventud, que nos abrasa
sólo con pronunciarla? ¿No te hechiza,
acaso, el equilibrio de la mediana edad,
cuando lo que ya sabes,
cuando lo que te queda por conocer aún,
ni te arrebata el sueño ni te aflige?
¿O por qué no escoger la carta venerable
de una vejez ya de vuelta de todo:
la madurez ingrata,
la juventud candente, la infancia sin memoria?

Me dejó sin aliento la pregunta,
y no por lo intrincado de su formulación,
tampoco por su tema, aventurado, abstruso,
sino por el momento en que la realizaron:
estábamos bebiendo, y la noche fluía,
por entre la terraza de aquel bar,
igual que un río en paz con su conciencia.

(La buena educación no nos pemlite
colocar a la gente en aprietos nocturnos,
sugerirle que ordene la vida, el universo,
en una improvisada charla de café.)
Salí del paso con un par de bromas
y el fluir de la noche prosiguió hacia su nada.
Sin embargo, hoy regreso
hasta aquella reunión y sus preguntas,
no sé si por un caprichoso azar de la memoria,
o si porque contraje esta pequeña deuda,
para conmigo mismo.
                                        Supongamos.

¿Qué es ese Nolugar,
ese Jardín, qué es ese Paraíso?
Parece en los relatos
un limbo insoportable de fantasmas,
un lugar en el cual no existe la inquietud,
porque no existe nada de lo cual inquietarse.
Y, dime, en ese caso,
¿a qué viene desear otra infancia,
una sabia vejez? La juventud candente,
dime, ¿a quién le importa?
Ahora bien, si ese Cielo,
fuese un trasunto nuevo de esta vida,
una nueva ocasión donde enmendar
nuestro propio fracaso, en el fracaso
total de la existencia; otro momento,
para poder decir lo nunca dicho,
otra noche en su cama hasta matarnos,
otro viaje, otro trago y otro precio,
ya veis, a fin de cuentas, otra vida
sin fin y sin castigos; en ese caso, pues,
poco me importa volver para ser niño
otras mil veces más, o regresar
como cualquier anciano, como un joven sin tregua,
porque regresaría incluso como un perro
tirado en la basura.

Pero de lo contrario no contéis conmigo,
pasad la página, apagad la luz,
conceded mi rincón a quien quiera ocuparlo,
y a mí perdedme luego,
en ese otro lugar en donde nada existe
y que es más viejo aún que el Paraíso.

De "Los países nocturnos" 1996

http://amediavoz.com/PERDUBARRA.jpg

La fruta corrompida

                                                          A Vicente Gallego

Durante un meditado desayuno,
en una portentosa mañana de verano
-lo gloria de un verano escolar y salvaje-,
pelé la fruta lento, fervoroso.
Sabía ya que el verano y la fruta
son tesoros a flote de un paraíso hundido.
Y cuando satisfecho la mordí,
apareció su hueso descompuesto,
su carne corrompida y su gusano.

Para la mayor parte de este mundo,
una anécdota así no es más que un accidente
del mundo natural, y para otros
una amarga metáfora
en donde se resume la existencia.
Quién sabe...
                         Ahora recuerdo
aquella noche en que me desperté
confundido de un sueño en donde había agua,
y encaminé mi sed a la cocina.
Como un resucitado di la luz,
aproximé mis labios hasta el agua
y, justo en el instante en el que fui a beber,
alcé la vista y vi a la cucaracha sobre el grifo,
observándome, ciega, entre los ojos.

Quién sabe, otro accidente...
                        
                                                  Aquella cucaracha
todavía me observa, complacida,
detrás de la mirada de algún tipo,
desde detrás de los absurdos límites
de la podrida carne de los días.

De "Los países nocturnos" 1996

 






Saturday, July 30, 2016

...la casa está nublada: Elia Casillas







LEOPOLDO MARÍA PANERO: LA PERFECTA VENGANZA DE ESCRIBIR por ANDREU NAVARRA




LEOPOLDO MARÍA PANERO: LA PERFECTA VENGANZA DE ESCRIBIR 
por ANDREU NAVARRA

 "El enemigo es el hombre y soy pastor del excremento señor único de la nada rey del viento página en que ladra un perro" La instalación en la negación de todo implica la construcción de un discurso caracterizado por su oposición frontal no sólo a la tradición sino también a toda posible reacción renovadora: el yo no existe, el ambiente literario es una farsa y ojalá no existieran textos. Esta noción de que no se puede innovar diferencia la poesía de Leopoldo María Panero tanto de los discursos partidarios de la comunicación como de los que ambicionan el máximo hermetismo. Nuestro autor no quiere ser postmoderno ni poeta de la experiencia: sólo desea depurar sus negaciones, figurar al margen de cualquier interpretación. "Poco o nada de mi experiencia te interesa: quieres saber tan sólo de esa ficción que se creó por intermedio de otro, esa entidad, llamada "autor" que te sirve para digerirme, esa imaginación pobre ("Leopoldo María Panero") que ahora devoran unos perros. […] Digamos que ese golem nació hace unos años, con motivo de una ficción más amplia aún y más burda, que llamóse "generación", ficción esta última a la que dio pie José María Castellet con su antología de presuntos infames, llamada novísimos. […] Nada mejor que no ser oído. Nada mejor que, en esa exhibición, no ser visto. Que esa persona que de sí misma reniega, que este texto para celebrar su muerte establezco, que todo esto te ahorque por fin a un lugar que no existe." En la lucha entre los partidarios del fin de la literatura y quienes piensan que una vuelta al discurso conceptual es tan posible como deseable, Panero se sitúa más allá de los que pretenden destruir el lenguaje, puesto que él parte de un idioma reconstruido ya a partir de las cenizas de la revolución que propugnó a priori. En otras palabras, 3 mientras existe la dialéctica entre los abanderados de la inefabilidad y los posibilistas de la poesía cercana, nuestro autor se ha situado en un limbo alternativo que no quiere manifestarse sobre ninguna bandería porque se sabe autosuficiente: "Una oscura navaja en las gargantas, cortar la lengua del que diga más de lo que urge, del que hable por hablar y no se haya previamente quemado la lengua, con la antorcha." Para nuestro autor resulta inconcebible escribir desde algún lugar no maldito: la maldición no es un pretexto literario, ni un acompañamiento eficaz, sino el motor esencial de la escritura. El discurso poético surge, por lo tanto, de las cenizas posteriores a la extinción de las palabras y no del incendio libertador, la ruptura. Ésta ya ha quedado atrás, es un asunto concluido. Mientras los seguidores de la estela de Gil de Biedma siguen alimentándose de las vivencias como cantera última de la poesía, y de la exploración de los bordes del abismo ontológico sigue surgiendo el discurso místico de lo inefable, Panero únicamente sigue adelante en su particular aventura a través de motivos iconográficos extraídos del Romanticismo. Nos encontramos ante un autor que reflexiona constantemente sobre la naturaleza de la poesía, y que no abandona nada a la arbitrariedad o la contingencia de lo que dicta la inspiración. Como Poe, Panero cree que la razón no sólo es capaz de engendrar el discurso poético sino que además lo organiza correctamente y le confiere su particular poder de seducción introduciendo algún elemento insólito en la percepción de la realidad que el lector se verá forzado a construir. La afición de nuestro autor a la literatura clásica de terror no es únicamente una afinidad del gusto: Panero aprende de Poe, Lovecraft, Nerval y Ambrose Bierce los procedimientos técnicos necesarios para causar inquietud, e incluso horrorizar y escandalizar. "La imaginería exótica, retorcida, sigue una técnica: la de contrastar la belleza y el horror, lo familiar y lo unheimlicht (lo no familiar, o inquietante, en jerga freudiana). Blake, Nerval o Poe serán mis fuentes, como emblemas que son al máximo de la inquietante extrañeza [...]" 4 En la entrevista que publicó Federico Campbell en 1971, Panero declara que dos son las posibles corrientes por donde puede avanzar la poesía: "Yo creo que en este momento sólo hay dos rutas: una que parte del surrealismo y otra que nació en Mallarmé. El grupo de los Novísimos oscila entre estas dos líneas. La diferencia entre las dos es la misma que existe entre algo que no quiere decir nada, y algo que quiere decir nada. Lo primero puede ser inconsciente y no reflexivo; lo segundo necesita ser reflexivo." La definición puede resultar demasiado esquemática, pero resulta sumamente interesante observar cómo Panero intenta desmarcarse de sus compañeros de generación afirmando una poesía basada en la conciencia de por qué ruta se está transitando. Más adelante, en la misma entrevista, el autor declarará no sentirse defraudado con lo conseguido en Así se fundó Carnaby Street, su primer libro, pero sí sentirse ya en desacuerdo con la poética que lo caracterizó. En otras palabras, Panero desea situarse en la ruta de quienes recorren los bordes de la nada para describirla, alejado del automatismo que observa, por ejemplo, en Gimferrer (y que el propio Gimferrer confirma). No es que desprecie la poesía aleatoria, sencillamente cree que sólo el deber de forjar un idioma personal podrá desvincular el objeto artístico de todo lo que podría identificarse como fruto de una época, como producto gregario o de taller. De ahí que Panero defienda no diluir los significados de su poesía, pero renuncie a que la sociedad pueda asimilarlos y etiquetarlos como resultado de una estética reconocible. Por eso cita tantas veces a quienes le influyen (Mallarmé, Cavalcanti, De Quincey, Saint-John Perse), y a veces hasta los adapte según su particular visión del plagio. No le preocupa que el lector identifique la fuente de sus propuestas, sino que pueda manipularlas para etiquetarlas bajo un membrete grupal. Panero busca afirmar su personalidad negando a través de un discurso radical y afirmando a quienes considera sus predecesores. El poeta, en una inversión total de todos los valores, se vale únicamente de los materiales que causarán horror y repugnancia al lector. Si el poema escandaliza, cumple con su función ética. Si consigue que un lector capte su belleza intrínseca, suspendiendo todo juicio moral, el poema triunfa en su dimensión estética. Pero si, a la 5 vez, el poema es aceptado tanto por su factura literaria como por su visión alternativa de la vida humana, el éxito es completo. En último término, Panero se propone plantear una forma de vida abrazada al odio y la crispación contra la vida humana y, muy especialmente, contra España y su particular forma de reprimir los instintos. La locura es sólo una forma de razón incomprendida capaz de aportarnos la clave de la aceptación de la miseria y el mal. Los personajes de la narrativa de Panero disfrutan de las atrocidades, gozan sufriendo, torturando y asesinando. Paralelamente, la poesía paneriana trata de que nos seduzcan el vicio, la violación, el crimen, el satanismo, la sodomía. Escribir un poema debe ser un acto obsceno. Causar una impresión penosa es ya la única excusa para romper el cómodo silencio y construir un discurso posible. La escritura se asocia constantemente a la defecación y a los actos más viles imaginables. En vano, el lector (y los últimos reductos de conciencia convencional del poeta) intentan refugiarse en un silencio que los escude de sus propios deseos morbosos de introducirse en un mundo de dolor y lascivia, sin éxito. El acto de la escritura se asocia a las actividades más perseguidas por la comunidad humana: "Ah, belleza del miedo que en vano invoca al silencio, y escribo el poema como un viejo que acariciase a una mujer." "Ah la verdad obscena del poema ingenuo sapo que vas a morir en el poema verdad del asco y verdad de la vida." "yo que todo lo prostituí, aún puedo prostituir mi muerte y hacer de mi cadáver el último poema." Así pues, todo lo que repele a la sociedad y el individuo educado (la presencia de los muertos, lo excretado, la vejez, la sexualidad salvaje y sadomasoquista, la coprofagia, lo satánico, los cultos de la magia negra, las sabidurías irracionales) es aprovechado por Leopoldo 6 María Panero e introducido en el poema para experimentar hasta qué punto puede conseguirse belleza a través de elementos corruptos y manifiestamente nocivos. Carnero reflexionó una vez sobre este curioso poder de la podredumbre para engendrar belleza, en el poema Erótica del marabú. Esta composición, que forma parte de El sueño de Escipión (1971), presenta el caso de una de las aves más bellas del mundo cuyo magnífico plumaje es producto indirecto de la carroña de la que se alimenta. El cadáver posibilita el plumaje más apreciado. El poeta vendría a ser como el marabú: un procesador de residuos capaz de destilar lo corrupto para exudar lo artístico. La senda de la vileza y el máximo pecado es la única vía que puede conducir a la imperturbabilidad de la santidad, tal y como proponen las filosofías de Cioran y del budismo (siempre que el mal sea el verdadero destino de un alma, apartarse de ese camino resulta una inautenticidad que aparta de la Iluminación). La Iluminación es negativa en las tradiciones orientales: se accede a ellas a través de la negación del "yo" y del desprendimiento de todas las emociones humanas. Obstinarse en el cultivo de lo antihumano sería, por lógica, el mejor camino para llegar a la desaparición absoluta, que es lo que anhela el santo búdico. Panero, sin acogerse a ninguna filosofía oriental, ni siquiera cree que se pueda morir del todo honrosamente, cree que morir representa un gran esfuerzo, que hay que trabajar infinitamente para ser destruido: ni las drogas, ni la enfermedad ni la acumulación de materia repugnante bastan para acabar con un ser penosamente obstinado en existir. En este esquema, la poesía es una forma de exhibir la tortura a que nos somete el hecho de vivir. Esa exhibición, conscientemente artificial y falaz, hace más llevadera la existencia, porque permite la venganza contra el hecho de haber sido creados: "Y que este encuentro firme ese poema, este feto de ángel, esta excusa para no terminar hoy con mi vida." La entrega a la consumación del mal es el acto más puro que puede realizar el ser humano porque toda noción de bondad es de una hipocresía insoportable. Sólo puede alcanzarse la santidad y la calma 7 espiritual por el camino del máximo pecado y la suprema rebaja de la condición humana. "Oh perfecta blancura del diablo Señor de la mierda y de la muerte Cadáver que se desliza Sobre tus tetas, que tapa como el perro Con tierra sus heces Oh tú, perfecta venganza de escribir -el crimen moral al que se llega por escrito-" La poética general de Panero se basa en la excepción opuesta a la "normalidad" propugnada por algunos poetas de las últimas generaciones, como Carlos Marzal, Luis Alberto de Cuenca, Jon Juaristi o García Montero, cuyo lema de una conferencia leída en 1992 era: Frente a la épica de los héroes o el fin de la historia, prefiero la poesía de los seres normales. La preocupación por los efectos de las rutinas contemporáneas sobre la persona es un tema central en esta poesía intimista, aunque, como en el caso de Marzal, coexista con cierta vocación metafísica. Lo cierto es que Panero se ha mantenido fiel a su épica del héroe maldito, ha evangelizado sobre el fin de la historia y de la literatura y no se ha pronunciado sobre ningún ser normal, escudado en una realidad poética aislada de toda vivencia. La vida, en lugar de mostrar su cara habitual, se convierte sistemáticamente en un hervidero de turbulencias y fantasías atormentadas. No interesa la existencia moderna constantemente cercada por la alienación: el discurso nace enajenado ya de raíz: "La vida es un borracho una ebriedad de espanto un lugar en el cieno una ebriedad de lodo que cae de mi boca, formando el poema." "Hay que conquistar la desesperación más intransigente para llegar a las formas más duras y vacías para construir nuestro castillo" A través de las décadas, nos parece que serían cuatro las tendencias estilísticas y compositivas mostradas por nuestro autor. 8 Estas cuatro tendencias no son sucesivas ni se pueden agrupar en libros homogéneos: sencillamente se trata de una clasificación orientativa que podría servirnos para entender mejor las propuestas panerianas. No se trata, pues, de adhesiones ni de evoluciones, sólo de tipos de poema cultivados a lo largo de más de treinta años de dedicación al género. En su primer libro extenso (en 1968 apareció la plaquette no venal titulada Por el camino de Swann), Así se fundó Carnaby Street (1970), nuestro autor practica una poesía muy cercana a la de los tres libros de Ana María Moix: Baladas del dulce Jim, No time for flowers y Call me stone. Se trata de una poesía en prosa, cortante y juguetona, basada en la recreación de grandes mitos de diversa procedencia: cine, cómics, subculturas y prensa sensacionalista. Conviven personajes ficticios como Peter Pan junto a figuras históricas despersonalizadas por su excesivo carisma, como Bécquer o el Che Guevara. Los recursos utilizados en esta poesía fundamentalmente lúdica parten de la ruptura con la forma habitual del poema. En muchas ocasiones (ver, por ejemplo, La crucifixión, El poema del Che o Escepticismo del Vaticano en torno a un supuesto milagro), el título guarda muy poca relación con el contenido, o directamente, como en algunos cuadros de Magritte, no existe relación entre ambos, creándose el efecto poético por la inadecuación entre significante y significado. Otras veces, en la más fiel tradición vanguardista, el lector asiste a micronarraciones que condensan todo el contenido de una novela en un solo poema. Pero esta primera modulación no se repite en ningún libro más, se extingue en la obra de Panero sin dar más frutos. A partir de Teoría (1973), surgen una nueva tipología de poema que dominará, fundamentalmente, los años setenta. El gran modelo de los poemas más extensos de Panero, como no podía ser de otro modo, lo encontramos en los Cantos de Ezra Pound. En sus largas tiradas de versos deliberadamente carentes de estructura y, en ocasiones, deliberadamente absurdos, se inicia la reflexión sobre la locura entendida como una aventura hacia la vivencia radicalmente alternativa a la habitual. El discurso se corresponde con el deseo de alejarse de toda dicción coloquial, 9 instalándose en un fluir incesante de imágenes inconexas. Es en estas largas letanías de alucinaciones (ver El canto del llanero solitario) donde nuestro autor se aproxima más a la imprecisión semántica propia de la poesía de Aleixandre, sólo que mucho más acusada. Una cita de Derrida empleada por el propio Panero nos orienta hacia una de sus aspiraciones principales, la de acercarse más que nadie antes al absurdo: Todo poema corre el riesgo de carecer de sentido y no sería nada sin ese riesgo. Poetas como Ferrater, Gil de Biedma, Barral o el mismo Aleixandre se habrían parado en la frontera que Panero no tiene reparos en traspasar, el límite de la inteligibilidad. A Panero no sólo no le preocupa no ser comprendido, sino que en este tipo de poemas busca describir la no significación, definir el espasmo. Sin embargo, nuestro autor llama la atención una y otra vez sobre el hecho de que su poesía en ningún momento explota el automatismo ni el absurdo, porque no es lo mismo confiarse a un azar sugerente que trabajar un idioma de la negación que consiga trabajar con las lagunas inexploradas del lenguaje. Más adelante retomaremos este cabo de nuestra argumentación. Desde Narciso en el acorde último de las flautas (1979), una parte importante de la poesía de Panero se orienta hacia una depuración léxica y semántica y hacia otros modos no tan acumulativos de concebir la página poética. Aparecen una clase de poemas que llamaremos autobiográficos, más reflexivos y mejor estructurados. ¿Es casualidad que cuando Panero decida orientarse hacia una poesía más reflexiva e intimista se refiera a Narciso en el título de su nuevo libro? Quizás esta poesía autobiográfica contenga las muestras de mejor factura literaria que nos ha dejado el autor. Poemas como El beso de buenas noches, Los amantes ciegos o la composición sin título que le sigue, por citar tres ejemplos bien acabados, exploran la relación del poeta con su propia experiencia de la vida, de un modo sumamente indirecto pero a la vez eficaz. Incluiríamos en este tipo de poesía todas aquellas muestras de pensamientos teológico-filosóficos con que nos acaba acostumbrando Panero, puesto que sus recurrencias temáticas sobre dioses, el diablo, las figuras paterna, materna y fraterna y los crímenes no son más que formas correlativas de expresar determinados estados de ánimo a través de silogismos e invocaciones llenas de tensión y malestar. De repente, la experiencia 10 de Panero puede interesar al lector, algo que no podía ocurrir en 1973, cuando Panero escribía su prólogo a Teoría. Junto a esta corriente empieza a cobrar cada vez más relevancia el tipo de poesía breve y conceptual que acabará monopolizando la producción en los años noventa hasta los últimos libros. Los poemas cada vez más breves y densos conforman la cuarta tendencia que estudiaremos, que abarca haikús y todas las variaciones sobre imágenes insólitas que al autor le gusta combinar. La influencia libresca de la literatura romántica, lejos de decaer, se acrecenta. Los poemillas que viene cultivando el autor desde hace diez años representan una notable labor de depuración léxica. El paisaje de la literatura fantástica y de terror (lagos, cipreses, bosques, turbulencias, viento) aparece como en la canción tradicional galaico-portuguesa aparecía la naturaleza: de forma sesgada y por breves alusiones, pero no por eso con menos relevancia, pues el paisaje actúa en consonancia con el estado anímico de la voz poética. Los versos se hacen monótonos y obsesivos: los motivos son siempre los mismos combinados de diferentes formas con el objetivo de obtener una mayor eficacia estética. En ocasiones, alguno de los elementos recurrentes, sea paisajístico o presencial, adquiere la categoría de símbolo. Es el caso del viento, del ciervo, del sapo, del ano y del propio poema. El viento se erigirá como nombre de la nada o de lo que tiene vocación de desaparecer, como Panero mismo indica en una nota a su poema En mis manos acojo los excrementos. El ciervo y el sapo, si se acogieran a su significado tradicional, podrían indicar santidad y terrenalidad, lo que los convertiría en dos sinónimos muy próximos de liberación espiritual. El ano vendría a designar todo lo referido a la sexualidad, entendida siempre como una actividad perseguida donde lo esencial es reaccionar contra los lenitivos culturales que condenarían su uso para la cópula y también la coprofagia. El poema designaría, por metonimia, todo lo que rodea al acto de escribir. La riqueza residiría en el hecho de relacionar cualquier símbolo elemental y recurrente con la realidad sobre la que se desea poetizar. Así, por ejemplo, en el libro Heroína y otros poemas (1992) la droga es liberadora, espiritual y nociva a la vez (es decir, beneficiosa): es un ciervo que recorre las venas del cuerpo humano. 11 Los últimos tres libros de poesía publicados por el autor (Los señores del alma, Águila contra el hombre y Conversación) están formados ya únicamente por poemas breves de este cuarto tipo. Y es que parece que, con el tiempo, la temática paneriana se ha ido reduciendo a la vez que se reducían la extensión de los poemas y la capacidad de maniobra estética que todo planteamiento radical conlleva: el gran tema obsesivo que ha vertebrado toda su escritura y ahora ha llegado a monopolizar sus versos es el ataque a lo humano, el insulto hacia toda actividad o atributo propios de un ser despreciable que debería desaparecer. Así, por ejemplo, en esta composición que, además de una nueva diatriba contra el hombre, también ofrece una visión esperpéntica y expresionista de lo urbano: "AUTOBÚS Culo contra culo el único espejo es el culo erupto contra la vida el hombre es un asno de circo." Antes de terminar nos parece de rigor preguntarnos acerca de la enfermedad mental de Leopoldo María Panero, porque quizás se suelen asociar demasiado ligeramente sus sugerencias a la locura fisiológica. ¿Hasta qué punto sus hallazgos poéticos son fruto involuntario de su mente? ¿Dónde empieza su exigencia estética y dónde acaban las limitaciones mentales del creador? En sus ensayos, Panero ataca a toda la psiquiatría y la acusa de lo que ella le acusa. Cree que escapándose de los sanatorios, el hombre escapa de su verdadera locura. Sin embargo, no deja de ser consciente de que su mente es diferente a la de los demás, lo cual convierte a la paranoia y a la esquizofrenia en una ventaja. La locura es la virtud capaz de integrar toda la realidad (todo lo que el cuerdo identificaría como beneficioso pero también todo lo nocivo) en una visión alternativa orientada hacia la aceptación de todos los instintos. Es evidente que la poesía se beneficia de esta amplitud de valores éticos, porque el discurso puede referirse a realidades prohibidas con espontaneidad, sin la falsedad de una postura intelectualizada o fingida. Hable de lo que nos hable, la voz de Panero es la de un vividor experto: donde muchos sólo pueden aportar un tono crispado postizo, él puede hablar seriamente de lo que conoce y puede también escribir 12 una poesía normal, alejada de especulaciones comerciales sobre su recepción por parte del público. Por eso el público la acepta, responde a su llamada y mantiene su figura de culto dentro del círculo intelectual. Panero no dice nunca que no quiera ser leído, no miente: al contrario, desea siempre hacer llegar a más personas su mensaje contra el hombre y, sobre todo, contra sus convenciones insulsas. Así lo expresa, entre incoherencias, cada vez que concede una entrevista.

Wednesday, July 27, 2016

Agatha Christie: La ahogada



Don Henry Clithering, excomisionado de Scotland Yard, estaba hospedado en casa de sus amigos, los Bantry, cerca del pueblecito de St. Mary Mead.
El sábado por la mañana, cuando bajaba a desayunar a la agradable hora de las diez y cuarto, casi tropezó con su anfitriona, la señora Bantry, en la puerta del comedor. Salía de la habitación evidentemente presa de una gran excitación y contrariedad.
El coronel Bantry estaba sentado a la mesa con el rostro más enrojecido que de costumbre.
-Buenos días, Clithering -dijo-. Hermoso día, siéntese.
Don Henry obedeció y, al ocupar su sitio ante un plato de riñones con tocineta, su anfitrión continuó:
-Dolly está algo preocupada esta mañana.
-Sí... eso me ha parecido -dijo don Henry.
Y se preguntó a qué sería debido. Su anfitriona era una mujer de carácter apacible, poco dada a los cambios de humor y a la excitación. Que don Henry supiera, lo único que le preocupaba de verdad era su jardín.
-Sí -continuó el coronel Bantry-. La han trastornado las noticias que nos han llegado esta mañana. Una chica del pueblo, la hija de Emmott, el dueño del Blue Boar.
-Oh, sí, claro.
-Sí -dijo el coronel pensativo-. Una chica bonita que se metió en un lío. La historia de siempre. He estado discutiendo con Dolly sobre el asunto. Soy un tonto. Las mujeres carecen de sentido común. Dolly se ha puesto a defender a esa chica. Ya sabe cómo son las mujeres, dicen que los hombres somos unos brutos, etc., etc. Pero no es tan sencillo como esto, por lo menos hoy en día. Las chicas saben lo que hacen y el individuo que seduce a una joven no tiene que ser necesariamente un villano. El cincuenta por ciento de las veces no lo es. A mí me cae bastante bien el joven Sanford, un joven simplón, más bien que un donjuán.
-¿Es ese tal Sanford el que ha comprometido a la chica?
-Eso parece. Claro que yo no sé nada concreto -replicó el coronel-. Sólo son habladurías y chismorreos. ¡Ya sabe usted cómo es este pueblo! Como le digo, yo no sé nada. Y no soy como Dolly, que saca sus conclusiones y empieza a lanzar acusaciones a diestra y siniestra. Maldita sea, hay que tener cuidado con lo que se dice. Ya sabe, la encuesta judicial y lo demás...
-¿Encuesta?
El coronel Bantry lo miró.
-Sí. ¿No se lo he dicho? La chica se ha ahogado. Por eso se ha armado todo ese alboroto.
-Qué asunto más desagradable -dijo don Henry.
-Por supuesto, me repugna tan sólo pensarlo, pobrecilla. Su padre es un hombre duro en todos los aspectos e imagino que ella no se vio capaz de hacer frente a lo ocurrido.
Hizo una pausa.
-Eso es lo que ha trastornado tanto a Dolly.
-¿Dónde se ahogó?
-En el río. Debajo del molino la corriente es bastante fuerte. Hay un camino y un puente que lo cruza. Creen que se arrojó desde allí. Bueno, bueno, es mejor no pensarlo.
Y el coronel Bantry abrió el periódico, dispuesto a distraer sus pensamientos de esos penosos asuntos y absorberse en las nuevas iniquidades del gobierno.
Don Henry no se interesó especialmente por aquella tragedia local. Después del desayuno, se instaló cómodamente en una tumbona sobre la hierba, se echó el sombrero sobre los ojos y se dispuso a contemplar la vida desde su cómodo asiento.
Eran las doce y media cuando una doncella se le acercó por el césped.
-Señor, ha llegado la señorita Marple y desea verlo.
-¿La señorita Marple?
Don Henry se incorporó y se colocó bien el sombrero. Recordaba perfectamente a la señorita Marple: sus modos anticuados, sus maneras amables y su asombrosa perspicacia, así como una docena de casos hipotéticos y sin resolver para los que aquella "típica solterona de pueblo" había encontrado la solución exacta. Don Henry sentía un profundo respeto por la señorita Marple y se preguntó para qué habría ido a verle.
La señorita Marple estaba sentada en el salón, tan erguida como siempre, y a su lado se veía un cesto de la compra de fabricación extranjera. Sus mejillas estaban muy sonrosadas y parecía sumamente excitada.
-Don Henry, celebro mucho verlo. Qué suerte he tenido al encontrarlo. Acabo de saber que estaba pasando aquí unos días. Espero que me perdonará...
-Es un placer verla -dijo don Henry estrechándole la mano-. Lamento que la señora Bantry haya salido de compras.
-Sí -contestó la señorita Marple-. Al pasar la vi hablando con Footit, el carnicero. Henry Footit fue atropellado ayer cuando iba con su perro, uno de esos terrier pendencieros que al parecer tienen todos los carniceros.
-Sí -respondió don Henry sin saber a qué venía aquello.
-Celebro haber venido ahora que no está ella -continuó la señorita Marple-, porque a quien deseaba ver era a usted, a causa de ese desgraciado asunto.
-¿Henry Footit? -preguntó don Henry extrañado.
La señorita Marple le dirigió una mirada de reproche.
-No, no. Me refiero a Rose Emmott, por supuesto. ¿Lo sabe usted ya?
Don Henry asintió.
-Bantry me lo ha contado. Es muy triste.
Estaba intrigado. No podía imaginar por qué quería verlo la señorita Marple para hablarle de Rose Emmott.
La señorita Marple volvió a tomar asiento y don Henry se sentó a su vez. Cuando la anciana habló de nuevo, su voz sonó grave.
-Debe usted recordar, don Henry, que en un par de ocasiones hemos jugado a una especie de pasatiempo muy agradable: proponer misterios y buscar una solución. Usted tuvo la amabilidad de decir que yo no lo hacía del todo mal.
-Nos venció usted a todos -contestó don Henry con entusiasmo-. Demostró un ingenio extraordinario para llegar a la verdad. Y recuerdo que siempre encontraba un caso similar ocurrido en el pueblo, que era el que le proporcionaba la clave.
Don Henry sonrió al decir esto, pero la señorita Marple permanecía muy seria.
-Si me he decidido a acudir a usted ha sido justamente por aquellas amables palabras suyas. Sé que si le hablo a usted... bueno, al menos no se reirá.
El excomisionado comprendió de pronto que estaba realmente apurada.
-Ciertamente, no me reiré -le dijo con toda amabilidad.
-Don Henry, esa chica, Rose Emmott, no se suicidó, fue asesinada. Y yo sé quién la ha matado.
El asombro dejó sin habla a don Henry durante unos segundos. La voz de la señorita Marple había sonado perfectamente tranquila y sosegada, como si acabara de decir la cosa más normal del mundo.
-Ésa es una declaración muy seria, señorita Marple -dijo don Henry cuando se hubo recuperado.
Ella asintió varias veces.
-Lo sé, lo sé. Por eso he venido a verle.
-Pero mi querida señora, yo no soy la persona adecuada. Ahora soy un ciudadano más. Si usted está segura de lo que afirma debe acudir a la policía.
-No lo creo -replicó de inmediato la señorita Marple.
-¿Por qué no?
-Porque no tengo lo que ustedes llaman pruebas.
-¿Quiere decir que sólo es una opinión suya?
-Puede llamarse así, pero en realidad no es eso. Lo sé, estoy en posición de saberlo. Pero si le doy mis razones al inspector Drewitt, se echará a reír y no podré reprochárselo. Es muy difícil comprender lo que pudiéramos llamar un "conocimiento especializado".
-¿Como cuál? -le sugirió don Henry.
La señorita Marple sonrió ligeramente.
-Si le dijera que lo sé porque un hombre llamado Peasegood [Buenguisante] dejó nabos en vez de zanahorias cuando vino con su carro a venderle verduras a mi sobrina hará varios años...
Se detuvo con ademán elocuente.
-Un nombre muy adecuado para su profesión -murmuró don Henry-. Quiere decir que juzga el caso sencillamente por los hechos ocurridos en un caso similar...
-Conozco la naturaleza humana -respondió la señorita Marple-. Es imposible no conocerla después de vivir tantos años en un pueblo. El caso es, ¿me cree usted o no?
Lo miró de hito en hito mientras se acentuaba el rubor de sus mejillas.
Don Henry era un hombre de gran experiencia y tomaba sus decisiones con gran rapidez, sin andarse por las ramas. Por fantástica que pareciese la declaración de la señorita Marple, se dio cuenta en seguida de que la había aceptado.
-Le creo, señorita Marple, pero no comprendo qué quiere que haga yo en este asunto ni por qué ha venido a verme.
-Le he estado dando vueltas y vueltas al asunto -explicó la anciana-. Y, como le digo, sería inútil acudir a la policía sin hechos concretos. Y no los tengo. Lo que quería pedirle es que se interese por este asunto, cosa que estoy segura halagará al inspector Drewitt. Y si la cosa prosperara, al coronel Melchett, el jefe de policía. Estoy segura de que sería como cera en sus manos.
Lo miró suplicante.
-¿Y qué datos va a darme usted para empezar a trabajar?
-He pensado escribir un nombre, el del culpable, en un pedazo de papel y dárselo a usted. Luego, si durante el transcurso de la investigación usted decide que esa persona no tiene nada que ver, pues me habré equivocado.
Hizo una breve pausa y agregó con un ligero estremecimiento:
-Sería terrible que ahorcaran a una persona inocente.
-¿Qué diablos? -exclamó don Henry sobresaltado.
Ella volvió su rostro preocupado hacia don Henry.
-Puedo equivocarme, aunque no lo creo. El inspector Drewitt es un hombre inteligente, pero algunas veces una inteligencia mediocre puede resultar peligrosa y no lleva a uno muy lejos.
Don Henry la contempló con curiosidad. La señorita Marple abrió un pequeño bolso del que extrajo una libretita y, arrancando una de las hojas, escribió unas palabras con todo cuidado.
Después de doblar la hoja en dos, se la entregó a don Henry.
Éste la abrió y leyó el nombre, que nada le decía, mas enarcó las cejas mirando a la señorita Marple mientras se guardaba el papel en el bolsillo.
-Bien, bien -dijo-. Es un asunto extraordinario. Nunca había intervenido en nada semejante, pero voy a confiar en la buena opinión que usted me merece, se lo aseguro, señorita Marple.

Don Henry se hallaba en la salita con el coronel Melchett, jefe de policía del condado, así como con el inspector Drewitt. El jefe de policía era un hombre de modales marciales y agresivos. El inspector Drewitt era corpulento y ancho de espaldas, y un hombre muy sensato.
-Tengo la sensación de que me estoy entrometiendo en su trabajo -decía don Henry con su cortés sonrisa-. Y en realidad no sabría decirles por qué lo hago -lo cual era rigurosamente cierto.
-Mi querido amigo, estamos encantados. Es un gran cumplido.
-Un honor, don Henry -dijo el inspector.
El coronel Melchett pensaba: "El pobre está aburridísimo en casa de los Bantry. El viejo criticando todo el santo día al gobierno, y ella hablando sin parar de sus bulbos".
El inspector decía para sus adentros: "Es una lástima que no persigamos a un delincuente verdaderamente hábil. He oído decir que es uno de los mejores cerebros de Inglaterra. Qué lástima, realmente una lástima, que se trate de un caso tan sencillo".
El jefe de policía dijo en voz alta:
-Me temo que se trata de un caso muy sórdido y claro. Primero se pensó que la chica se había suicidado. Estaba esperando un niño. Sin embargo, nuestro médico, el doctor Haydock, que es muy cuidadoso, observó que la víctima presentaba unos cardenales en la parte superior de cada brazo, ocasionados presumiblemente por una persona que la sujetó para arrojarla al río.
-¿Se hubiera necesitado mucha fuerza?
-Creo que no. Seguramente no hubo lucha, si la cogieron desprevenida. Es un puente de madera, muy resbaladizo. Tirarla debió de ser lo más sencillo del mundo, en un lado no hay barandilla.
-¿Saben con seguridad que la tragedia ocurrió allí?
-Sí, lo dijo un niño de doce años, Jimmy Brown. Estaba en los bosques del otro lado del río y oyó un grito y un chapuzón. Había oscurecido ya y era difícil distinguir nada. No tardó en ver algo blanco que flotaba en el agua y corrió en busca de ayuda. Lograron sacarla, pero era demasiado tarde para reanimarla.
Don Henry asintió.
-¿El niño no vio a nadie en el puente?
-No, pero como le digo era de noche y por allí siempre suele haber algo de niebla. Voy a preguntarle si vio a alguna persona por allí antes o después de ocurrir la tragedia. Naturalmente, él imagino que la joven se había suicidado. Todos lo pensamos al principio.
-Sin embargo, tenemos la nota -dijo el inspector Drewitt volviéndose a don Henry.
-Una nota que encontramos en el bolsillo de la víctima. Estaba escrita con un lápiz de dibujo y, aunque estaba empapada de agua, con algún esfuerzo pudimos leerla.
-¿Y qué decía?
-Era del joven Sandford. "De acuerdo -decía-. Me reuniré contigo en el puente a las ocho y media. R. S." Bueno, fue muy cerca de esa hora, pocos minutos después de las ocho y media, cuando Jimmy Brown oyó el grito y el chapuzón.
-No sé si conocerá usted a Sandford -continuó el coronel Melchett-. Lleva aquí cosa de un mes. Es uno de esos jóvenes arquitectos que construyen casas extravagantes. Está edificando una para Allington. Dios sabe lo que resultará, supongo que alguna fantochada moderna de ésas, mesas de cristal y sillas de acero y lona. Bueno, eso no significa nada, por supuesto, pero demuestra la clase de individuo que es Sandford: un bolchevique, un tipo sin moral.
-La seducción es un crimen muy antiguo -dijo don Henry con calma-, aunque desde luego no tanto como el homicidio.
El coronel Melchett lo miró extrañado.
-¡Oh, sí! Desde luego, desde luego.
-Bien, don Henry -intervino Drewitt-, ahí lo tiene: es un asunto feo, pero claro como el agua. Este joven, Sandford, seduce a la chica y se dispone a regresar a Londres. Allí tiene novia, una señorita bien con la que está prometido. Naturalmente, si ella se entera de eso, puede dar por terminadas sus relaciones. Se encuentra con Rose en el puente. Es una noche oscura, no hay nadie por allí, la coge por los hombros y la arroja al agua. Un sinvergüenza que tendrá su merecido. Ésa es mi opinión.
Don Henry permaneció en silencio un par de minutos. Casi podía palpar los prejuicios subyacentes. No era probable que un arquitecto moderno fuese muy popular en un pueblo tan conservador como St. Mary Mead.
-Supongo que no existirá la menor duda de que ese hombre, Sandford, era el padre de la criatura... -preguntó.
-Lo era, desde luego -replicó Drewitt-. Rose Emmott se lo dijo a su padre, pensaba que se casaría con ella. ¡Casarse con ella! ¡Qué ingenua!
"¡Pobre de mí! -pensó don Henry-. Me parece estar viviendo un melodrama Victoriano. La joven confiada, el villano de Londres, el padre iracundo. Sólo falta el fiel amor pueblerino. Sí, creo que ya es hora de que pregunte por él".
Y en voz alta añadió:
-¿Esa joven no tenía algún pretendiente en el pueblo?
-¿Se refiere a Joe Ellis? -dijo el inspector-. Joe es un buen muchacho, trabaja como carpintero. ¡Ah! Si ella se hubiera fijado en él...
El coronel Melchett asintió aprobador.
-Uno tiene que limitarse a los de su propia clase -sentenció.
-¿Cómo se tomó Joe Ellis todo el asunto? -quiso saber don Henry.
-Nadie lo sabe -contestó el inspector-. Joe es un muchacho muy tranquilo y reservado. Cualquier cosa que hiciera Rose le parecía bien. Lo tenía completamente dominado. Se limitaba a esperar que algún día volviera a él. Sí, creo que ésa era su manera de afrontar la situación.
-Me gustaría verlo -dijo don Henry.
-¡Oh! Nosotros vamos a interrogarlo -explicó el coronel Melchett-. No vamos a dejar ningún cabo suelto. Había pensado ver primero a Emmott, luego a Sandford y después podemos ir a hablar con Ellis. ¿Le parece bien, Clithering?
Don Henry respondió que le parecía estupendo.
Encontraron a Tom Emmott en la taberna el Blue Boar. Era un hombre corpulento, de mediana edad, mirada inquieta y mandíbula poderosa.
-Celebro verles, caballeros. Buenos días, coronel. Pasen aquí y podremos hablar en privado. ¿Puedo ofrecerles alguna cosa? ¿No? Como quieran. Han venido por el asunto de mi pobre hija. ¡Ah! Rose era una buena chica. Siempre lo fue, hasta que ese cerdo... (perdónenme, pero eso es lo que es), hasta que ese cerdo vino aquí. Él le prometió que se casarían, eso hizo. Pero yo haré que lo pague muy caro. La arrojó al río. El cerdo asesino. Nos ha traído la desgracia a todos. ¡Mi pobre hija!
-¿Su hija le dijo claramente que Sandford era el responsable de su estado? -preguntó Melchett crispado.
-Sí, en esta misma habitación.
-¿Y qué le dijo usted? -quiso saber don Henry.
-¿Decirle? -el hombre pareció desconcertado.
-Sí, usted, por ejemplo, no la amenazaría con echarla de su casa o algo así.
-Me disgusté mucho, eso es natural. Supongo que estará de acuerdo en que eso era algo natural. Pero, desde luego, no la eché de casa. Yo no haría semejante cosa -dijo con virtuosa indignación-. No. ¿Para qué está la ley?, le dije. ¿Para qué está la ley? Ya lo obligarán a cumplir con su deber. Y si no lo hace, por mi vida que lo pagará.
Y dejó caer su puño con fuerza sobre la mesa.
-¿Cuándo vio a su hija por última vez? -preguntó Melchett.
-Ayer... a la hora del té.
-¿Cómo se comportaba?
-Pues como siempre. No noté nada. Si yo hubiera sabido...
-Pero no lo sabía -replicó el inspector en tono seco.
Y dicho esto se despidieron.
"Emmott no es un sujeto que resulte precisamente agradable", pensó don Henry para sus adentros.
-Es un poco violento -contestó Melchett-. Si hubiera tenido oportunidad ya hubiese matado a Sandford, de eso estoy seguro.
La próxima visita fue para el arquitecto. Rex Sandford era muy distinto a la imagen que don Henry se había formado de él. Alto, muy rubio, delgado, de ojos azules y soñadores, y cabellos descuidados y demasiado largos. Su habla resultaba un tanto afeminada.
El coronel Melchett se presentó a sí mismo y a sus acompañantes y, pasando directamente al objeto de su visita, invitó al arquitecto a que aclarara cuáles habían sido sus actividades durante la noche anterior.
-Debe comprender -le dijo a modo de advertencia- que no tengo autoridad para obligarlo a declarar y que todo lo que diga puede ser utilizado en su contra. Quiero dejar esto bien claro.
-Yo, no... no comprendo -dijo Sandford.
-¿Comprende que Rose Emmott murió ahogada ayer noche?
-Sí, lo sé. ¡Oh! Es demasiado... demasiado terrible. Apenas si he podido dormir en toda la noche, y he sido incapaz de trabajar nada hoy. Me siento responsable, terriblemente responsable.
Se pasó las manos por los cabellos, enmarañándolos todavía más.
-Nunca tuve intención de hacerle daño -dijo en tono plañidero-. Nunca lo pensé siquiera. Nunca pensé que se lo tomara de esa manera.
Y sentándose junto a la mesa escondió el rostro entre las manos.
-¿Debo entender, señor Sandford, que se niega a declarar dónde estaba ayer noche a las ocho y media?
-No, no, claro que no. Había salido. Salí a pasear.
-¿Fue a reunirse con la señorita Emmott?
-No, me fui solo. A través de los bosques. Muy lejos.
-Entonces, ¿cómo explica usted esta nota, que fue encontrada en el bolsillo de la difunta?
El inspector Drewitt la leyó en voz alta sin demostrar emoción alguna.
-Ahora -concluyó-, ¿niega haberla escrito?
-No... no. Tiene razón, la escribí yo. Rose me pidió que fuera a verla. Insistió, yo no sabía qué hacer, por eso le escribí esa nota.
-Ah, así está mejor -le dijo Drewitt.
-¡Pero no fui! -Sandford elevó la voz-. ¡No fui! Pensé que era mejor no ir. Mañana pensaba regresar a la ciudad. Tenía intención de escribirle desde Londres y hacer algún arreglo.
-¿Se da usted cuenta, señor, de que la chica iba a tener un niño y que había dicho que usted era el padre?
Sandford lanzó un gemido, pero nada respondió.
-¿Era eso cierto, señor?
Sandford escondió todavía más el rostro entre las manos.
-Supongo que sí -dijo con voz ahogada.
-¡Ah! -El inspector Drewitt no pudo disimular su satisfacción-. Ahora háblenos de ese paseo suyo. ¿Lo vio alguien anoche?
-No lo sé, pero no lo creo. Que yo recuerde, no me encontré a nadie.
-Es una lástima.
-¿Qué quiere usted decir? -Sandford abrió mucho los ojos-. ¿Qué importa si fui a pasear o no? ¿Qué tiene que ver eso con que Rose se suicidase?
-¡Ah! -exclamó el inspector-. Pero es que no se suicidó, la arrojaron al agua deliberadamente, señor Sandford.
-Que ella... -tardó un par de minutos en sobreponerse al horror que le produjo la noticia-. ¡Dios mío! Entonces...
Se desplomó en una silla.
El coronel Melchett hizo ademán de marcharse.
-Debe comprender, señor Sandford -le dijo-, que no le conviene abandonar esta casa.
Los tres hombres salieron juntos, y el inspector y el coronel Melchett intercambiaron una mirada.
-Creo que es suficiente, señor -dijo el inspector.
-Sí, vaya a buscar una orden de arresto y deténgalo.
-Discúlpenme -exclamó don Henry-. He olvidado mis guantes.
Y volvió a entrar en la casa rápidamente. Sandford seguía sentado donde lo habían dejado, con la mirada perdida en el vacío.
-He vuelto -le anunció don Henry- para decirle que yo, personalmente, haré cuanto pueda por ayudarle. No me está permitido revelar el motivo de mi interés por usted, pero debo pedirle que me refiera lo más brevemente posible todo lo que pasó entre usted y esa chica, Rose.
-Era muy bonita -contestó Sandford-, muy bonita y muy provocativa. Y... y me asediaba continuamente. Le juro que es cierto. No me dejaba ni un minuto. Y aquí yo me encontraba muy solo, no le caía simpático a nadie y, como le digo, ella era terriblemente bonita y parecía saber lo que hacía y... -su voz se apagó-. Y luego ocurrió esto. Quería que me casara con ella y yo ya estoy comprometido con una chica de Londres. Si llegara a enterarse de esto... y se enterará, por supuesto, todo habrá terminado. No lo comprenderá. ¿Cómo podría comprenderlo? Soy un depravado, desde luego. Como le digo, no sabía qué hacer y evitaba en la medida de lo posible a Rose. Pensé que si regresaba a la capital y veía a mi abogado, podría arreglarlo pasándole algún dinero. ¡Cielos, qué idiota! Y todo está tan claro, todo me acusa, pero se han equivocado. Ella tuvo que suicidarse.
-¿Le amenazó alguna vez con quitarse la vida?
Sandford negó con la cabeza.
-Nunca, y tampoco hubiera dicho que fuese capaz de hacerlo.
-¿Qué sabe de un hombre llamado Joe Ellis?
-¿El carpintero? El típico hombre de pueblo. Muy callado, pero estaba loco por Rose.
-¿Es posible que estuviera celoso? -insinuó don Henry.
-Supongo que estaba un poco celoso, pero pertenece al tipo bovino, es de los que sufren en silencio.
-Bueno -dijo don Henry-, debo marcharme.
Y se reunió con los otros.
-¿Sabe, Melchett? Creo que deberíamos ir a ver a ese otro individuo, Ellis, antes de tomar ninguna determinación. Sería una lástima que, después de realizar la detención, resultase ser un error. Al fin y al cabo, los celos siempre fueron un buen móvil para cometer un crimen. Y además bastante corriente.
-Es cierto -replicó el inspector-, pero Joe Ellis no es de esa clase. Es incapaz de hacer daño a una mosca. Nadie lo ha visto nunca fuera de sí. No obstante, estoy de acuerdo con usted en que será mejor preguntarle dónde estuvo ayer noche. Ahora debe de estar en su casa. Se hospeda en casa de la señora Bartlett, una persona muy decente, que era viuda y se ganaba la vida lavando ropa.
La casa adonde se dirigieron era inmaculadamente pulcra. Les abrió la puerta una mujer robusta de mediana edad, rostro afable y ojos azules.
-Buenos días, señora Bartlett -dijo el inspector-. ¿Está Joe Ellis?
-Ha regresado hará unos diez minutos -respondió la señora Bartlett-. Pasen, por favor.
Y secándose las manos en el delantal, los condujo hasta una salita llena de pájaros disecados, perros de porcelana, un sofá y varios muebles inútiles.
Se apresuró a disponer asiento para todos y, apartando una rinconera para que hubiera más espacio, salió de la habitación gritando:
-Joe, hay tres caballeros que quieren verte.
Y una voz le contestó desde la cocina:
-Iré en cuanto termine de lavarme.
La señora Bartlett sonrió.
-Vamos, señora Bartlett -dijo el coronel Melchett-. Siéntese.
A la señora Bartlett le sorprendió la idea.
-Oh, no señor. Ni pensarlo.
-¿Es buen huésped Joe Ellis? -le preguntó Melchett en tono intrascendente.
-No podría ser mejor, señor. Es un joven muy formal. Nunca bebe ni una gota de vino y se toma muy en serio su trabajo. Siempre se muestra amable y me ayuda cuando hay cosas que reparar en la casa. Fue él quien me puso esos estantes y me ha hecho un nuevo aparador para la cocina. Siempre arregla esas cosillas que hace falta arreglar en las casas. Joe lo hace como cosa natural y ni siquiera quiere que le dé las gracias. ¡Ah! No hay muchos jóvenes como Joe, señor.
-Alguna muchacha será muy afortunada algún día -dijo Melchett-. Estaba bastante enamorado de esa pobre chica, Rose Emmott, ¿no es cierto?
La señora Bartlett suspiró.
-Me ponía de mal humor. Él besaba la tierra que pisaba y a ella sin importarle un comino los sentimientos de Joe.
-¿Dónde pasa las tardes, señora Bartlett?
-Generalmente aquí, señor. Algunas veces trabaja en alguna pieza difícil y, además, está estudiando contabilidad por correspondencia.
-¡Ah!, ¿de veras? ¿Estuvo aquí ayer noche?
-Sí, señor.
-¿Está segura, señora Bartlett? -preguntó don Henry secamente.
Se volvió hacia él para contestar:
-Completamente segura, señor.
-¿Por casualidad no saldría entre las ocho y las ocho y media?
-Oh, no -la señora Bartlett se echó a reír-. Estuvo en la cocina casi toda la noche, montando el aparador, y yo lo ayudé.
Don Henry miró su rostro sonriente y por primera vez sintió la sombra de una duda.
Un momento después entraba en la habitación el propio Ellis. Era un joven alto, de anchas espaldas y muy atractivo, de estilo rústico. Sus ojos azules eran tímidos y su sonrisa amable. Un gigante joven y agradable.
Melchett inició la conversación, y la señora Bartlett se marchó a la cocina.
-Estamos investigando la muerte de Rose Emmott. Usted la conocía, Ellis.
-Sí -vaciló y luego dijo en voz baja-: Esperaba casarme con ella, pobrecilla.
-¿Conocía su estado?
-Sí. -un relámpago de ira brilló en sus ojos-. Él la dejó tirada, pero fue lo mejor. No hubiera sido feliz casándose con él y confiaba en que cuando eso ocurriera acudiría a mí. Yo hubiera cuidado de ella.
-A pesar de...
-No fue culpa suya. Él la hizo caer con mil promesas. ¡Oh! Ella me lo contó. No tenía que haberse suicidado. Ese tipo no lo valía.
-Ellis, ¿dónde estaba usted ayer noche, alrededor de las ocho y media?
Tal vez fuese producto de la imaginación de don Henry, pero le pareció detectar una cierta turbación en su rápida, casi demasiado rápida, respuesta.
-Estuve aquí, montando el aparador de la señora Bartlett. Pregúnteselo a ella.
"Ha contestado con demasiado presteza -pensó don Henry-. Y él es un hombre lento. Eso demuestra que tenía preparada de antemano la respuesta".
Pero se dijo a sí mismo que estaba dejándose llevar por la imaginación. Sí, demasiadas cosas imaginaba, hasta le había parecido ver un destello de aprensión en aquellos ojos azules.
Tras unas cuantas preguntas más, se marcharon. Don Henry buscó un pretexto para entrar en la cocina, donde encontró a la señora Bartlett ocupada en encender el fuego. Al verlo le sonrió con simpatía. En la pared había un nuevo armario, todavía sin terminar, y algunas herramientas y pedazos de madera.
-¿En eso estuvo trabajando Ellis anoche? -preguntó don Henry.
-Sí, señor. Está muy bien, ¿no le parece? Joe es muy buen carpintero.
Ni el menor recelo en su mirada. Pero Ellis... ¿Lo habría imaginado? No, había algo.
"Debo pescarlo", pensó don Henry.
Y al volverse para marcharse, tropezó con un cochecito de niño.
-Espero que no habré despertado al niño -dijo.
La señora Bartlett lanzó una carcajada.
-Oh, no, señor. Yo no tengo niños, es una pena. En ese cochecito llevo la ropa que he lavado cuando voy a entregarla.
-¡Oh! Ya comprendo...
Hizo una pausa y luego dijo, dejándose llevar por un impulso.
-Señora Bartlett, usted conocía a Rose Emmott. Dígame lo que pensaba realmente de ella.
-Pues creo que era una caprichosa, pero está muerta y no me gusta hablar mal de los muertos.
-Pero yo tengo una razón, una razón poderosa para preguntárselo -su voz era persuasiva.
Ella pareció reflexionar, mientras lo observaba con suma atención. Finalmente se decidió.
-Era una mala persona, señor -dijo con calma-. No me atrevería a decirlo delante de Joe. Ella lo dominaba. Esa clase de mujeres saben hacerlo, es una pena, pero ya sabe lo que ocurre, señor.
Sí, don Henry lo sabía. Los Joe Ellis de este mundo son particularmente vulnerables, confían ciegamente. Pero precisamente por eso, el choque de descubrir la verdad es siempre más fuerte.
Abandonó aquella casa confundido y perplejo. Se hallaba ante un muro infranqueable. Joe Ellis había estado trabajando allí durante toda la noche anterior, bajo la vigilancia de la señora Bartlett. ¿Cómo era posible soslayar ese obstáculo? No había nada que oponer a eso, como no fuera la sospechosa presteza con que Joe Ellis había contestado, un claro indicio de que podía haber preparado aquella historia de antemano.
-Bueno -dijo Melchett-, esto parece dejar el asunto bastante claro, ¿no les parece?
-Sí, señor -convino el inspector-. Sandford es nuestro hombre. No tiene nada en que apoyar su defensa. Todo está claro como el día. En mi opinión, puesto que la chica y su padre estaban dispuestos a... a hacerle prácticamente víctima de un chantaje, y él no tenía dinero ni quería que el asunto llegara a oídos de su novia, se desesperó y actuó de acuerdo con su desesperación. ¿Qué opina usted de esto, señor? -agregó dirigiéndose a don Henry con deferencia.
-Eso parece -admitió don Henry-. Y, sin embargo, no puedo imaginarme a Sandford cometiendo ninguna acción violenta.
Pero sabía que su objeción apenas tendría validez.
El animal más manso, al verse acorralado, es capaz de las acciones más sorprendentes.
-Me gustaría ver a ese niño -dijo de pronto-. El que oyó el grito.
Jimmy Brown resultó ser un niño vivaracho, bastante menudo para su edad y de rostro delgado e inteligente. Estaba deseando ser interrogado y le decepcionó bastante ver que ya sabían lo que había oído en la fatídica noche.
-Tengo entendido que estabas al otro lado del puente -le dijo don Henry-, al otro lado del río. ¿Viste a alguien por ese lado mientras te acercabas al puente?
-Alguien andaba por el bosque. Creo que era el señor Sandford, el arquitecto que está construyendo esa casa tan rara.
Los tres hombres intercambiaron una mirada de inteligencia.
-¿Eso fue unos diez minutos antes de que oyeras el grito?
El muchacho asintió.
-¿Viste a alguien más en la orilla del río, del lado del pueblo?
-Un hombre venía por el camino por ese lado. Iba despacio, silbando. Tal vez fuese Joe Ellis.
-Tú no pudiste ver quién era -le dijo el inspector en tono seco-. Era de noche y había niebla.
-Lo digo por lo que silbaba -contestó el chico-. Joe Ellis siempre silba la misma tonadilla, "Quiero ser feliz", es la única que sabe.
Habló con el desprecio que un vanguardista sentiría por alguien a quien considerara anticuado.
-Cualquiera pudo silbar eso -replicó Melchett-. ¿Iba en dirección al puente?
-No, al revés, hacia el pueblo.
-No creo que debamos preocuparnos por ese desconocido -dijo Melchett-. Tú oíste el grito y un chapuzón y, pocos minutos después, al ver un cuerpo que flotaba aguas abajo, corriste en busca de ayuda, regresaste al puente, lo cruzaste y te fuiste directamente al pueblo. ¿No viste a nadie por allí cerca a quien pedir ayuda?
-Creo que había dos hombres con una carretilla en la orilla del río, pero estaban bastante lejos y no podía distinguir si iban o venían, y como la casa del señor Giles estaba más cerca, corrí hacia allí.
-Hiciste muy bien, muchacho -le dijo Melchett-. Actuaste con gran entereza. Tú eres niño escucha, ¿verdad?
-Sí, señor.
-Muy bien.
Ddon Henry permanecía en silencio, reflexionando. Extrajo un pedazo de papel de su bolsillo y, tras mirarlo, meneó la cabeza. Parecía imposible y sin embargo...
Se decidió a visitar a la señorita Marple sin dilación.
Lo recibió en un saloncito de estilo antiguo, ligeramente recargado.
-He venido a darle cuenta de nuestros progresos -dijo don Henry-. Me temo que desde su punto de vista las cosas no marchan del todo bien. Van a detener a Sandford. Y debo confesar que, a juzgar por los indicios, con toda justicia.
-Entonces, ¿no ha encontrado nada, digamos, que justifique mi teoría? -parecía perpleja, ansiosa-. Quizás estuviera equivocada, completamente equivocada. Usted tiene tanta experiencia que, de no ser así, lo habría averiguado.
-En primer lugar -dijo don Henry-, apenas puedo creerlo. Y por otra parte, nos estrellamos contra una coartada infranqueable. Joe Ellis estuvo montando los estantes de un armario de la cocina toda la noche y la señora Bartlett estaba con él.
La señorita Marple se inclinó hacia delante presa de una gran agitación.
-Pero eso no es posible -exclamó con firmeza-. Era viernes.
-¿Viernes?
-Sí, fue la noche del viernes. Y los viernes por la noche ella va a entregar la ropa que ha lavado durante la semana.
Don Henry se reclinó en su asiento. Recordaba la historia de Jimmy Brown sobre el hombre que silbaba y... sí, encajaba.
Se puso en pie, estrechando enérgicamente la mano de la señorita Marple.
-Creo que ya sé qué debo hacer -le dijo-. O por lo menos lo intentaré.
Cinco minutos después estaba en casa de la señora Bartlett, frente a Joe Ellis, en la salita de los perros de porcelana.
-Usted nos mintió, Ellis, con respecto a la noche pasada -le dijo crispado-. Entre las ocho y las ocho y media usted no estuvo en la cocina montando el armario. Lo vieron paseando por la orilla del río en dirección al pueblo pocos minutos antes de que Rose Emmott fuese asesinada.
El hombre se quedó atónito.
-No fue asesinada, no fue asesinada. Yo no tengo nada que ver. Ella se arrojó al río. Estaba desesperada. Yo no hubiera podido hacerle el menor daño, no hubiera podido.
-Entonces, ¿por qué nos mintió diciéndonos que estuvo aquí? -preguntó don Henry con astucia.
El joven alzó los ojos y luego los bajó con gesto nervioso.
-Estaba asustado. La señora Bartlett me vio por allí y, cuando supo lo que había ocurrido, pensó que las cosas podían ponerse feas para mí. Quedamos en que yo diría que había estado trabajando aquí y ella se avino a respaldarme. Es una persona muy buena. Siempre fue muy buena conmigo.
Sin añadir palabra don Henry abandonó la estancia para dirigirse a la cocina. La señora Bartlett estaba lavando los platos.
-Señora Bartlett -le dijo-, lo sé todo. Creo que será mejor que confíese, es decir, a menos que quiera que ahorquen a Joe Ellis por algo que no ha hecho. No, ya veo que no lo desea. Le diré lo que ocurrió. Usted salió a entregar la ropa y se encontró con Rose Emmott. Pensó que dejaba para siempre a Joe para marcharse con el forastero. Ella estaba en un apuro y Joe dispuesto a acudir en su ayuda, a casarse con ella si era preciso, y Rose lo tendría para siempre. Joe lleva cuatro años viviendo en su casa y se ha enamorado de él, lo quiere para usted sola. Odiaba a esa muchacha, no podía soportar la idea de que otra le arrebatara a su hombre. Usted es una mujer fuerte, señora Bartlett. Cogió a la chica por los hombros y la arrojó a la corriente. Pocos minutos después encontró a Joe Ellis. Jimmy los vio juntos a lo lejos, pero con la oscuridad y la niebla imaginó que el cochecito era una carretilla del que tiraban dos hombres. Y usted convenció a Joe de que podía resultar sospechoso y le propuso establecer una coartada para él, que en realidad lo era para usted. Ahora dígame sinceramente, ¿tengo o no razón?
Contuvo el aliento. Lo arriesgaba todo en aquella jugada.
Ella permaneció ante él unos momentos secándose las manos en el delantal mientras lentamente iba tomando una determinación.
-Ocurrió todo como usted dice -dijo al fin con su voz reposada, tanto que don Henry sintió de pronto lo peligrosa que podía ser-. No sé lo que me pasó por la cabeza. Una desvergonzada, eso es lo que era. No pude soportarlo, no me quitaría a Joe. No he tenido una vida muy feliz, señor. Mi esposo era un pobre inválido malhumorado. Lo cuidé siempre fielmente. Y luego vino Joe a hospedarse en mi casa. No soy muy vieja, señor, a pesar de mis cabellos grises. Sólo tengo cuarenta años y Joe es uno entre un millón. Hubiera hecho cualquier cosa por él, lo que fuera. Era como un niño pequeño, tan simpático y tan crédulo. Era mío, señor, y yo cuidaba de él, lo protegía. Y esto... esto... -tragó saliva para contener su emoción. Incluso en aquellos momentos era una mujer fuerte. Se irguió mirando a don Henry con una extraña determinación-. Estoy dispuesta a acompañarlo, señor. No pensé que nadie lo descubriera. No sé cómo lo ha sabido usted, no lo sé, se lo aseguro.
Don Henry negó con la cabeza.
-No fui yo quien lo averiguó -dijo pensando en el pedazo de papel que seguía en su bolsillo con unas palabras escritas con letra muy clara y pasada de moda:
Señora Bartlett, en cuya casa se hospeda Joe Ellis en el número 2 de Mill Cottages.
Una vez más, la señorita Marple había acertado.