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Thursday, June 09, 2016

Guy de Maupassant: El diablo




El campesino permanecía de pie frente al médico, ante el lecho de la moribunda. La anciana, tranquila, resignada, miraba a los dos hombres y los escuchaba hablar. Iba a morir, pero no se sublevaba, su tiempo había concluido ya, tenía noventa y dos años. Por la ventana y la puerta abiertas, el sol de julio entraba a raudales, arrojaba su llama cálida sobre el suelo de tierra oscura, giboso y pisoteado por los zuecos de cuatro generaciones de rústicos. Los olores del campo entraban también, empujados por la brisa ardiente, olores de hierbas, de trigos, de hojas quemadas por el calor de mediodía. Los saltamontes se desgañitaban, llenaban el campo con el chasquido claro, similar al ruido de los grillos del bosque que se les venden a los niños en las ferias

El médico, levantando la voz, decía: «Honoré, usted no puede dejar a su madre sola en este estado. ¡Va a morir de un momento a otro!» Y el campesino, desolado, repetía: «Es que necesito recoger el trigo; ya lleva demasiado tiempo en tierra. El tiempo es bueno, justamente. ¿Qué dices tú, madre?» Y la vieja moribunda, torturada aún por la avaricia normanda, decía «sí» con los ojos y la frente, animando a su hijo a que recogiera el trigo y la dejara morir completamente sola. Pero el médico se enfadó y, dando un zapatazo en el suelo, dijo: «Usted no es más que un bruto ¿entiende? Y no le permitiré que haga eso ¿entiende? Y, si usted necesita recoger su trigo hoy mismo, vaya a buscar a la Rapet, ¡pardiez! y encárguele que cuide a su madre. Es mi deseo, ¿entiende? Y si no me obedece, lo dejaré morirse como un perro cuando usted, a su vez, esté enfermo ¿entiende?»

El campesino, un hombre alto y delgado, de gestos lentos, torturado por la indecisión, por el miedo al médico y por el amor feroz al ahorro, dudaba, calculaba, murmuraba: «¿Cuánto cobra la Rapet por una guardia?»

El médico gritaba: «¡Y yo qué sé! Eso depende del tiempo que usted le pida. ¡Arréglese con ella, caramba! Pero que esté aquí en una hora ¿entiende?»

El hombre se decidió: «Ya voy, ya voy; no se enfade, señor médico.»

Y el doctor se marchó repitiendo: «¿Sabe? ¡Tenga cuidado, porque no bromeo cuando me enfado!»

Al quedarse solo, el campesino se volvió hacia su madre, y, con voz resignada dijo: «Voy a buscar a la Rapet, puesto que este hombre quiere. No te muevas hasta que regrese.» Y salió a su vez.

La Rapet, una vieja planchadora, guardaba a los muertos y a los moribundos en el pueblo y alrededores. Luego, una vez que cosía a sus clientes en la sábana de la que no volverían a salir, cogía de nuevo la plancha con la que frotaba la ropa de los vivos. Arrugada como una manzana del año anterior, perversa, envidiosa, avara con una avaricia cercana al fenómeno, curvada en dos como si se hubiera partido por los riñones por el eterno movimiento de la plancha deslizada sobre los tejidos, se diría que sentía por la agonía una especie de amor monstruoso y cínico. No hablaba sino de las personas que había visto morir, de todas las variedades de muertes a las que había asistido; y las contaba con gran meticulosidad de detalles siempre parecidos, como un cazador cuenta sus disparos.

Cuando Honoré Bontemps entró en su casa, la encontró preparando agua de pez para los cuellos de las pueblerinas.

Él dijo: «Hola, buenas noches; ¿se encuentra como desea, señora Rapet?»

Ella volvió la cabeza hacia él. «Más o menos, más o menos. ¿Y usted?

-¡Oh! yo me encuentro bien, es mi madre la que no está bien en absoluto.

-¿Su madre?

-Sí, mi madre.

-¿Y qué tiene su madre?

-¡Que se va a morir!

La anciana retiró sus manos del agua, cuyas gotas, azules y transparentes, se deslizaron hasta la punta de los dedos y volvieron a caer al barreño. Preguntó con una súbita simpatía: «¿Tan mal está?»

-El médico dice que no pasará del amanecer.

-¡Entonces sí que está mal!

Honoré dudó. Necesitaba algunos preámbulos para exponer la propuesta que estaba preparando. Pero como no encontró qué decir, se decidió de golpe: «¿Cuánto me cobrará por cuidarla hasta el final? Usted sabe que no somos ricos. No puedo pagar ni a una sirvienta. ¡Eso es lo que la ha puesto así, a mi pobre madre, demasiado movimiento, demasiado cansancio! Trabajaba como diez, pese a sus noventa y dos años. ¡Ya no hay personas así!...»

La Rapet replicó gravemente: «Hay dos tarifas: dos francos por un día, y tres francos por una noche, para los ricos. Un franco por un día y dos por una noche, para los demás. Usted me pagará un franco y dos.»

El campesino reflexionaba. Conocía bien a su madre. Sabía lo tenaz, fuerte y resistente que era. La cosa podía prolongarse durante ocho días, pese a la opinión del médico. Y dijo resueltamente: «No. Prefiero que me diga un precio global, un precio hasta el final. Arriesguémonos por una parte y por la otra. El médico dice que se morirá enseguida. Si así ocurre, mejor para usted y peor para mí. Pero si resiste hasta mañana o más, mejor para mí y peor para usted.»

La cuidadora miraba al hombre sorprendida. Nunca había contratado una muerte a precio alzado. Dudaba, tentada por la idea de arriesgar. Luego sospechó que la querían engañar. «No podré decir nada mientras no vea a su madre -respondió.

-Venga y véala.»

Se secó las manos y lo siguió al instante. No hablaron nada durante el trayecto. Ella caminaba a pasos cortos y apresurados, mientras que él estiraba sus largas piernas como si a cada paso tuviera que saltar un arroyo. Las vacas, echadas en el campo, asfixiadas por el tórrido calor, levantaban pesadamente la cabeza y lanzaban un débil mugido hacia las dos personas que pasaban, para pedirles hierba fresca. Al acercarse a su casa, Honoré Bontemps murmuró: «¿Y si se ha muerto ya?»

Y el deseo inconsciente que experimentaba se manifestó en el sonido de su voz. Pero la anciana no se había muerto. Permanecía boca arriba, en su catre, con las manos sobre la colcha de indiana violeta, manos horriblemente delgadas, nudosas, como bichos extraños, como cangrejos, y deformadas por los reumatismos, la fatiga y los trabajos casi seculares que habían realizado.

La Rapet se acercó a la cama, la escuchó respirar, le preguntó algo para oírla hablar; luego, después de mirarla detenidamente, salió seguida de Honoré. Su opinión ya estaba formada. La vieja no llegaría a la noche.

Él le preguntó: «¿Y bien?»

La cuidadora contestó: «Y bien, durará dos días, quizá tres. Me pagará seis francos, todo incluido.»

Él exclamó: «¡Seis francos! ¡seis francos! ¿Ha perdido usted la cabeza? ¡Si le quedan cinco o seis horas, como mucho!»

Y estuvieron un buen rato discutiendo, obstinados los dos. Pero como la cuidadora iba a marcharse, como el tiempo pasaba, como su trigo no se recogía solo, al final tuvo que aceptar: «Está bien, acordado, seis francos, todo incluido hasta el levantamiento del cuerpo.

-Acordado, seis francos.»

Y se marchó a grandes zancadas, hacia su trigo acamado sobre el suelo, bajo el intenso sol que madura la cosecha. La cuidadora volvió a la casa. Había traído trabajo pues junto a los moribundos o a los muertos trabajaba sin descanso, unas veces para ella, otras para la familia que la contrataba para este doble trabajo mediante un suplemento de salario. De pronto preguntó: «¿Le han dado a usted al menos los últimos sacramentos, señora Bontemps?» La campesina dijo «no» con la cabeza; y la Rapet, que era devota, se levantó al instante. «¡Dios santo! ¿será posible? Voy a buscar al señor párroco.»

Y se precipitó hacia el presbiterio, con tal rapidez, que los chiquillos que se encontraban en la plaza, al verla correr así, pensaron que había ocurrido alguna desgracia. El cura vino enseguida, con sobrepelliz, precedido del acólito que tocaba la campanilla para anunciar el paso de Dios por el campo ardiente y tranquilo. Los hombres que trabajaban a lo lejos, se quitaban sus grandes sombreros y permanecían inmóviles a la espera de que la blanca vestidura desapareciera detrás de alguna casa; las mujeres que recogían los haces se levantaban para santiguarse; las gallinas negras, asustadas, huían a lo largo de las cunetas balanceándose sobre las patas hasta llegar a algún agujero, conocido para ellas, donde desaparecían bruscamente; un potro, atado en un prado, se asustó al ver el sobrepelliz y se puso a girar al extremo de la soga, lanzando coces. El monaguillo, con su sotana roja, iba rápido; y el sacerdote, con la cabeza inclinada sobre un hombro y cubierto con su birrete cuadrado, le seguía susurrando oraciones; la Rapet iba detrás, inclinada, doblada en dos, como para postrarse al andar, y con las manos juntas, como en la iglesia.

Honoré los vio pasar de lejos. Y preguntó: «¿Dónde irá nuestro párroco?» Su peón, más espabilado, respondió: «¡Le lleva el buen Dios a tu madre, pardiez!» El campesino no se sorprendió: «¡Sí, puede ser!» Y volvió al trabajo.

La señora Bontemps se confesó, recibió la absolución, comulgó; tras lo cual el cura se marchó dejando solas a las dos mujeres en la casucha asfixiante. Entonces la Rapet comenzó a mirar a la moribunda preguntándose si la cosa duraría mucho. Estaba anocheciendo; el aire, más fresco, entraba a ráfagas más fuertes, hacía revolotear sobre la pared una estampa de Épinal sujeta por dos alfileres; las cortinillas de la ventana, antaño blancas, ahora amarillas y cubiertas de manchas de moscas, parecían echarse a volar, forcejear, querer partir, como el alma de la anciana. Ésta, inmóvil, con los ojos abiertos, parecía esperar con indiferencia la muerte tan cercana, que tardaba no obstante en llegar. Su respiración, entrecortada, silbaba un poco en su garganta oprimida. Dentro de poco se detendría, y habría sobre la tierra una mujer menos, que nadie añoraría.

Al caer la noche regresó Honoré. Al acercarse a la cama, comprobó que su madre vivía aún, y le preguntó: «¿Cómo estás?», como hacía en otros tiempos cuando ella padecía alguna pequeña indisposición. Luego despidió a la Rapet, diciéndole: «Mañana a las cinco, sin falta.»

Ella contestó: «Mañana a las cinco.» Efectivamente, llegó al amanecer.

Honoré, antes de marcharse al campo, estaba comiendo una sopa que él mismo había preparado.

La cuidadora preguntó: «¿Y bien, se ha muerto su madre?»

Él contestó, con un frunce malicioso en el rabillo de los ojos: «Está incluso mejor.» Y se fue.

La Rapet, inquieta, se acercó a la agonizante, que permanecía en el mismo estado, oprimida e impasible, con los ojos abiertos y las manos crispadas sobre la colcha. Y la cuidadora comprendió que la cosa podía durar dos días, cuatro, ocho; y el pánico oprimió su corazón de avara, mientras que una cólera furiosa la soliviantaba contra aquel ladino que la había engañado y contra aquella mujer que no se moría. Se puso, no obstante, a trabajar y esperó con los ojos fijos en la cara arrugada de la madre Bontemps.

Honoré volvió para el almuerzo; parecía contento, casi burlón; luego se marchó de nuevo. En definitiva, estaba recogiendo su trigo en condiciones excelentes.

La Rapet se desesperaba; cada minuto transcurrido le parecía tiempo robado, dinero robado. Le daban ganas, unas ganas locas de agarrar por el cuello a esa vieja necia, a esa vieja cabezota, a esa vieja obstinada, y apretando un poco, detener esa pequeña respiración rápida que le robaba su tiempo y su dinero. Luego pensó en el peligro; y como se le estaban pasando por la cabeza otras ideas, se acercó a la cama. Preguntó: «¿Ha visto usted ya al diablo?» La señora Bontemps murmuró: «No.» Entonces la cuidadora se puso a charlar, a contarle historias que aterrorizaran su débil alma de moribunda. Según ella, unos minutos antes de expirar, el diablo se le aparecía a todos los agonizantes. Tenía una escoba en la mano, una marmita en la cabeza y lanzaba grandes gritos. Cuando uno lo ve, todo se ha acabado, y sólo se vive unos cuantos instantes más. Y enumeraba a todos a los que el diablo se le había aparecido delante de ella, en ese año: Joséphin Loisel, Eulalie Ratier, Sophie Padagnau, Séraphine Grospied. La señora Bontemps, por fin emocionada, se agitaba, removía las manos e intentaba girar la cabeza para mirar al fondo de la habitación.

De repente, la Rapet desapareció de los pies de la cama. Cogió una sábana del armario y se envolvió en ella; se puso la marmita en la cabeza, cuyos tres pies, cortos y curvos, se erguían como tres cuernos; cogió una escoba en la mano derecha, y, en la izquierda, un cubo de hojalata, que lanzó al aire bruscamente para que cayera produciendo ruido. Al dar en el suelo, hizo un ruido horroroso; entonces, subida sobre una silla, la cuidadora levantó la cortina que colgaba al extremo de la cama, y apareció, gesticulando, lanzando gritos agudos dentro de la olla metálica que le tapaba la cara, amenazando con su escoba, como si fuera un diablo del guiñol, a la vieja campesina al extremo de la vida. Aterrorizada, con la mirada enloquecida, la moribunda hizo un esfuerzo sobrehumano para levantarse y huir; sacó incluso de la cama los hombros y el pecho; luego volvió a caer dando un gran suspiro. Todo había terminado.

Y la Rapet, con calma, volvió a poner todos los objetos en su sitio, la escoba en un rincón del armario, la sábana dentro, la marmita sobre el fuego, el cubo sobre la plancha y la silla junto a la pared. Luego, con gestos profesionales, cerró los enormes ojos de la muerta, puso sobre la cama un plato, vertió dentro el agua del benitero, introdujo en ella el boj colgado por encima de la cómoda y, arrodillándose, se puso a recitar con fervor las oraciones de difuntos que, por su oficio, se sabía de memoria.

Cuando regresó Honoré a la caída de la tarde, la encontró rezando y calculó de inmediato que ella había salido ganando, pues sólo había pasado con la enferma tres días y una noche, lo que sumaba en total cinco francos y no seis que era lo que él debía pagarle.

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