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Wednesday, June 22, 2016

Elia Casillas: Agripina




Elia Casillas


                            No sé cómo vino a dar a la casa, siempre les tuve un miedo inconcebible; el cruce más cercano con una de ellas fue la tarde en que jugábamos a las escondidas. Entré debajo de la cama y saqué todos los cajones,  caminé al fondo y como pude, uno a uno fui metiéndolos de nuevo.  En eso, algo cayó en mi espinazo erizándome.  ¡Ay! Sus garras  estaban en el suéter azul, intentaba sacudirme y en cada movimiento el animal más se trababa.  Rasgó la piel como si fuera  papel de china,  la lucha que había entablado en la espalda al querer desprenderse,  desató el pánico,  mi  ansiedad;  enloquecida me revolcaba junto con él. Sus uñas en la carne hicieron que el dolor fuera más intenso: desesperante. Los  gritos trajeron a mis compañeritos y familiares, yo bramaba, no podía hablar, sólo gritaba, seguí llorando hasta que me sacaron de ahí.  -¡Una rata! -gritaron- ¡Tienes una rata pegada! Arrancaron a la pequeña bestia, pero sus chillidos ya se habían quedado en mi cerebro, en mi sangre, en los oídos, en mis silencios: causándome terror de por vida. Al poco tiempo, mi madre entró en tristeza, pero no fue por la rata, nunca supimos qué le pasó. Todos los juegos terminaron para mí desde ese día. Los amigos del barrio jamás volvieron a la casa, ni siquiera en mi cumpleaños, creo que el aspecto fantasmagórico de mi madre, les asustaba.

                          Por eso, cada vez que aparecía uno de estos roedores, regresaba a la tarde de mis juegos pequeños. Sin embargo, en éste caso, debo decirles que nunca supe cómo fue quedándose, cómo iba y venía cual Rosita por su jardín, porque era ella y los repudiados, ella y los no bien vistos, ella y mis gritos despavoridos; hasta ser sólo ella. Yo pasaba tres cuartas partes del reloj en mi computadora, y empecé a observar que se acercaba tímidamente. La primera vez salí corriendo por un punto y ella se fue de lado contrario, las dos lanzamos tremendos alaridos, tan escalofriantes fueron, que nos asustamos y cada una desapareció por el camino más conocido a su madriguera, hasta entrar en el sigilo absoluto.

                       Una noche tallereaba un cuento, lo escribí un mes antes y durante nueve noches seguidas la historia no me dejó descansar  y la lancé al  olvido; estaba enloqueciendo junto con el relato; porque hay cuentos que se emperran entre ceja y ceja y nos hacemos uno con la historia, la vida nuestra es entrar y salir de la narración, pero a veces, ya dentro me costaba escapar, a duras penas me retiraba del computador, pero la fábula me seguía hasta la almohada, luego, se hacía líos con mis sueños y no sabía cuál era la realidad y qué se estaba fraguando entre el intelecto y mis pesadillas.    Esa noche decidí abrirlo de nuevo, de pronto me sentí observada, como vivía sola, la sensación de saber que aparte de mí,  existía alguien más  en la casa, hizo que la piel endureciera de un jalón, sin regreso. Quise voltear, pero estaba paralizada, aún podía mover los ojos, y  los llevé al lado derecho, desorbitados y agudos, filosos,  entrando hasta los recovecos del escritorio, luego,  detrás de mí, en el mueble del estéreo, entre las figuras de cerámica y entre  unas botellas de tequila… Nada, y de pronto que la veo, sí, sus ojos eran negros y penetrantes,  sentí que leía lo que yo pensaba,  supe en cuanto la vi, que ella me estudiaba. Cuando logré moverme, salió despavorida perdiéndose en el cuarto de lavandería. Era fuerte, no grande, pero muy fuerte,  tanto que, con la pura aviada abrió la puerta de dos  hojas y escapó.     

                  Corrí a la alcoba y me atranqué con todos los seguros, luego, de un brinco ya estaba en la cama, envuelta en los miedos y recluida en mi colcha con todo y zapatos. Mil preguntas me atacaron de corrido sin respuesta.  En casa no existía un solo agujero por donde pudiera colarse un animal de su tamaño,  ni más pequeño. Di cientos de vueltas cobijada de pies a cabeza; en un instante veía a la rata del tamaño de un hombre queriendo atacarme y empezaba a temblar, luego, volvía la calma al comprobar que sólo era la imaginación que no me dejaba  tranquila. Al fin, casi a las seis de la mañana, logré dormirme.

             Ese día desperté a las cuatro de la tarde. No quería salir, temía encontrarla merodeando en cualquier sitio. -¿Y si de pronto brotaba del retrete mientras yo estaba sentada? ¿Y  si se había subido a la estufa, y si  salía de entre mis sopas, del horno, de los garrafones?-    La imaginaba en cada área de la casa. Entonces, agarré un rodillo para dar masaje y salí armada,  fui hasta el baño y de ella ni su plata, ni sus metales;  ya vestida caminé  a la cocina y preparé algo para almorzar.  

              Fui a la sala con un trozo de pan y la taza del café; quería tomarlo tranquila, saborearlo,  pero el pendiente de que mi inquilina apareciera, no me dejaba en paz. A la segunda taza, regresé a la  computadora  y, no dejaba de ver de reojo la puerta, me daba la impresión que aparecería súbitamente, de que  le brotaban alas y caía en mi pecho, que se enredaba en el corazón, que me mordía las ideas, que arañaba mi rostro, que  hacía pedazos el alma y rompía mi soledad, que acababa conmigo.  Por ventura nada de esto ocurrió. Esa tarde la pasé escribiendo, la música me amparó y estuve tranquila. Con el sueño acariciándome, fui a dormir. Inmediatamente puse todos los cerrojos, busqué una película en la televisión y encontré una en la que no vi el principio, ni  el final; caí casi muerta, herida por el cansancio. 

                         Transcurrieron tres días, al parecer ella había desaparecido y sentí que las horas iban en el tren de la tranquilidad, hasta que… De nuevo, la impresión de que alguien me contemplaba, aceleró el pulso. Ahhhh,  ahí estaba su mirada umbría, abierta, atenta a cualquier pensamiento. Percibí sus ojos pesados, entrando en los míos y de un sólo compás se escabulló, chicoteando la cola en el escalón de mi estudio. Estremecida, corrí a encerrarme con nueve llaves, pero la pesadez no apareció; en cambio llegó el insomnio y vi casi tres películas. La última vez que le tiré una mirada al reloj eran diez para las seis de la mañana; después no supe más, hasta que desperté.

                     Estaba midiéndome, en su juego ella era la villana  y yo la víctima. Sabía del terror que causaba; porque siempre se acercó de a poco, como si al asomar la nariz, viera a una mujer atemorizada, y eso le diera poder. De nuevo pasaron tres noches en las que no entré a la computadora; en cuanto apagaba el sol, corría a la recámara y eso era ver y ver películas  hasta quedar vencida. La cuarta noche, llegó como si nada, en el hocico traía un alacrán, a primera vista no supe si estaba vivo, lo dejó en el batiente, y antes de que yo moviera un dedo se fue. Con el zapato bien puesto me acerqué al escorpión que ya había pagado su cuota de asesino; aunque siempre que uno se encuentra un alacrán, debe buscar al compañero, ya que nunca andan solos –me repetía-. Efectivamente la rata regresó con el otro:  muerto.  Los puse en un frasco con alcohol junto con los demás y pude observarla al pendiente de cada movimiento mío.

                        Ahora me daba lo mismo; ya no me quitaba el sueño, ni agregaba pesadillas a mi almohada.   Me hice que no la vi; no iba a demostrarle mi terror, además, yo debía agradecerle que matara a dos alacranes, aunque la última vez que uno de estos animales me picó, amaneció tieso, y nunca supe por qué ni roncha me hizo. Así que, toda la tarde-noche la ignoré.  Al fin,  cansada de verme,  emigró. Pero al día siguiente vino; estuvo como cinco minutos y al recibir mi frialdad, se fue. No iba hacerle una fiesta; ni a salir corriendo como otras veces, aquello era historia y ya no me causaba ni uno, ni otro efecto,  eso empezó a preocuparme.

                          Necesitaba pan y fui al supermercado y al ver la leche que a mí me causa asco, recordé a la rata  y compré un galón y unos panes de más. Pero ella no apareció y en el fondo me sentía decepcionada, -si ni mal la había tratado, simplemente la desconocí-. En dos días seguidos no la miré;  una noche volvió, traía una pata sangrando. No sabía como dirigirme a ella; y se me ocurrió el nombre de Agripina, y así empecé a nombrarla. Cuando le ordené que se hiciera a un lado para pasar, obedeció. Fui por un trapo viejo y se lo tiré cerca, para que no estuviera en el gélido piso, luego le arrimé un tazón con leche y pan remojado. No dejó ni el olor.  Rápidamente se alejó jalando el trapo.

                         Cuando intenté dormir, pensaba en ella, ¿o él? Esa era otra incógnita; si era ratón (creo que sería preferible), no iba a tolerar a una rata, para que luego me llenara la casa de ratones, además, tendría que cambiarle el nombre; porque Agripina estaba bien para ella, pero para él… Hmmmm Juan, Salvador, Ignacio, Miguel, Federico, Jorge, Octavio sería un grandioso patronímico. Pero si es  ratón, será catastrófico –me dije- ya que algún día va a buscar ratona y vendrá no sólo con ella, sino que acarreará hasta con la suegra, hermanos e hijos. El sexo jamás iba a comprobarlo, eso no, ay, no, ya me veo abriéndola de patas, ¿o no es así cómo se reconocen sus genitales?  La duda era preferible. Finalmente, ella era una rata sola y yo también.  Nos acostumbramos; eso sí, a la sala o en otro lugar de la vivienda no se apersonó nunca, su hogar estaba en la lavandería.

                         A veces, entraba en lagunas propias de escritores  y no me salía una sola letra; entonces, dejaba las manos en la cabeza y al deslizarlas en el cabello, pedía al cielo visiones nuevas.  Una noche me di cuenta que hacía mismo que yo; agarraba su cabecilla con todo y orejas, luego, movía las patas delanteras como si tuviera un teclado, y le daba y le daba con las uñas al piso,  como si realmente supiera escribir y  redactara algo con punto e interrogación, con mayúsculas y entonaciones, en definitiva, se hacía la desesperada. Revisaba el techo, luego la pantalla, como si quisiera introducirse en ella. Finalmente fingía entenderme cuando lanzaba una mirada melancólica, dejando caer su cara entre las patas, entonces ya no me parodiaba, simplemente se iba en sus ojos. 
                         
                    Uno de esos amaneceres sentí deseos de ir al baño, una luz en mi estudio hizo que me acercara, estaba convencida que había apagado todo, la computadora no podía prenderse sola, pero estaba encendida, y con el volumen que apenas percibe un sordo. El CD de Sabina estaba puesto y…  Ella muy atenta con el español; como si entendiera las canciones del artista, daba la impresión de que quería cantar,  movía el hocico con la última palabra de la melodía, aquello me dejó estupefacta, ¿intentaba acoplarse a la letra, o era la imaginación?  Antes de irme, siempre cierro todo tengo respeto por los cortos eléctricos; por eso, nunca dejo ni un foco prendido, de hecho, nunca tuve miedo a la oscuridad, hasta que ella apareció. Al acercarme al monitor,  muy sutilmente se esfumó y vi varios programas abiertos, aquello era una anormalidad. Ultimé todo y de nuevo regresé al dormitorio; aunque una preocupación me asaltaba, ¿había empezado a olvidar lo que hacía? Podía cometer cualquier error, ¿pero dejar la máquina prendida?

                          Al día siguiente, cuando abrí mi correo, ¡ohhhh sorpresa! Tenía mil quinientos e-mails donde pedían consejos matrimoniales, sexuales, recomendaciones sobre divorcios, acuerdos místicos, recetas culinarias,   diseño de imagen y mil peticiones más. Aquello era un lío; ahí estaba mi dirección, me los habían enviado a mí, pero ¿cuándo y a qué horas conseguí tanto contacto? La mortificación creció tanto que, en todo el día no probé bocado, traía un pan y dos cafés y unas tripas encendidas. Fui a la recámara, y le di vueltas al cerebro a toda revolución intentando encontrar un hueco que me llevara al origen de aquel temor, un hilo que condujera esa barahúnda, una pista, algo… Nada. Me encerré en mí, y al fin quedé dormida. En eso, descubrí a Agripina sentada, escribiendo en mi computadora. Eso si era un verdadero alucine ¿cómo, una rata iba hacer lo mismo que yo? Desvariaba. Y sin embargo salí del sueño y vine a revisar el teclado, mi asiento, yo estaba perdiendo el juicio, aquello nunca sería realidad. Pero el teclado estaba brillante. El teclado de años, donde ya ni las  letras se veían, no tenía ni una pizca de polvo entre tecla y tecla. Preferí irme de nuevo a la recámara y me empeñé en no pensar.

                          Logré dormir porque al día siguiente me observé tan bien, como en años no me había sentido. Al estudio ni voltee a verlo; no era mi prioridad, tomé café, y regresé a la cama con otro café en la mano. Aunque intenté meterme en una película y luego en otra, me la pasé brincando de canal en canal. No pude concentrarme; así que vine al cerebro electrónico y lo prendí, luego dejé el correo descargando y llené dos botes de agua, venía con la determinación de escribir algo; no tenía idea  de qué, pero estaba segura que en cuento tocara el mouse, las ideas iban a caer solas. Cuando regresé, los e-mails se habían multiplicado llenando las bandejas de mis direcciones; al abrirlos vi fotografías de niños perdidos, gente que pedía lecciones de magia y chamanismo, otros, rogaban por un santo considerado, por una virgen cumplidora, aquello iba en aumento junto con mi exaltación. Fotos y más fotos de hombres, de todos los tamaños, colores y edades, desnudos y con traje, futbolistas, nadadores, beisbolistas, cronistas, escritores, hasta individuos de negocios.  -Antes tengo que aclarar algo, yo leía un libro de doscientas cincuenta páginas en un día, pero desde que apareció Agripina, ni un ojo le echo al librero-.

                          Aquello no debía ser, pero era. Yo estaba furiosa; pero no sabía contra quien. Los e-mails continuaban multiplicándose, entonces intuí que la rata, era rata y no ratón y me dije convencida: Agripina está ingresando a mi computadora, porque ¿si no era ella, quién?    Pero, ¿cómo conocía claves, contraseñas, el programa, entrar, salirse, cómo  frecuentaba mis direcciones y hasta se atrevió a hacer varias páginas? Para eso utilizó el blooger. Mi disco duro de la noche a la mañana tenía libre sólo un cinco por ciento. Tuve que hablar con el técnico para que me ayudara a resolver el problema, por supuesto que no le dije al joven lo que estaba pasando, se habría vuelto un verdadero chisme, de por si la gente me miraba como una mujer rara. Lo único que hice fue aceptar que tenía un problema del tamaño de un canguro que se llamaba: Agripina.  

                         La verdad, nunca fui de amigos o vecinos, mi madre era tan absorbente y hasta que murió, pude ser. Porque ella nunca fue de nadie, ni siquiera de mi padre. Era como el viento, sólo la sentía al llegar o irse, así nomás. Siempre enferma, y yo como su enfermera, por fortuna a  mi viejo siempre le gustó leer y eso me entretenía en el estudio, después de que dejé la universidad para cuidar sus males, de los que solamente salió cuando la llevamos al cementerio. Y ¿cómo velarla, quién nos acompañaría? Pobre no hubo tiempo para  velatorio, aunque el tiempo sobrara, lo que no tuvimos fue quien viniera a rezar con nosotros, no gastaríamos en funeraria. Ahí nos quedamos en casa con ella, mi padre y yo sólo nos veíamos, más bien, yo oteaba a mi viejo, él desde ese día perdió la mirada y las ganas de vivir.  De casa, nos fuimos directo  a misa de madrugada, luego al cementerio. Tuvimos toda la noche y la mañana para llorarla, solos con nuestro luto, con nuestras lágrimas, solos. Tres meses después, con mi padre pasó lo mismo, pero a él no lo velé en casa, mi viejo fue directo al crematorio.

                           Me quedé sola en la cama, en el baño, en la sala. En la cocina no, si algo odio es este sitio. Jamás entendí medio fríjol, el olor del aceite me hacía vomitar, el que fuera hija única tenía sus desventajas, mi madre nunca fue la mejor cocinera y mi padre en intentos infrahumanos la hizo de guisandero; en ningún tiempo tuvo sazón, por decir algo. Las muchachas que vinieron a trabajar, con tal de no cocinar quemaban la comida o la dejaban cruda y con esas mañas nunca almorzamos algo bueno en casa. Así me acostumbré a consumir cualquier cosa, a la universidad no regresé.

                        Un día todo cambió,  un tipo vino a venderme  una computadora y  con tres lecciones ya estaba escribiendo, contraté Internet, ahhhh como me cambió el vacío. En medio del espacio que yo misma me había fabricado,  conocí escritores y poetas que ni en sueños hubiera leído. Envié mis textos a varios sitios literarios,  luego, ya animada por las críticas mandé algunos cuentos y finalmente poemas. Pero yo continuaba con la sospecha, sí, era un temor que calaba como piedra, como pestaña en la nariz, como hormiga, día y noche. Agripina: era mi duda.

                            Agripina se perdió unos días; como si hubiera imaginado que yo andaba tras su pista y que no iba a detenerme hasta dar con el hilo y la aguja. Ahora hasta la extrañaba, a ella y al barullo que armó en mi mundito. Por unos días descansé de tanto e-mail y de tanta historia y cuestionamientos sobre el amor, pócimas, remedios, velas, consejos, consejos, consejos y más consejos, ay no. Consejos para recuperar parejas, para tener hijos, para durar más en el acto sexual, para amarrar marido,  para tener orgasmos; cremas para quitar manchas, cremas para las arrugas,   cremas para reafirmar, aceites exfoliantes, aceites masturbatorios; amores entre primos, con amigos, con vecinos, entre compadres. A buen perro se arriman las  pulgas,  -me dije- yo ni a novio llego,  eso sí estaba  fuera de lugar.

                  Aunque los e-mails continuaban llegando, no era lo mismo de los días anteriores, cuando debía eliminar casi dos mil o más a diario. Yo tenía de contactos en mi MSN a poetas, narradores, periodistas, pero ellos nunca hablaban conmigo,  ni yo con ellos, a menos que ocuparan algo de mí o viceversa. Casi al anochecer, me entró una preocupación seria por Agripina y empecé a extrañarla, llovía, aunque no era el enero frío, el chaparral azotaba con todo el calor de septiembre y, ni la lluvia lograba quitar el bochorno de la ciudad. La tormenta fue y vino, pero de ella, ni estrellas, ni su estampa. Ya entrada la aurora, el tiqui tiqui  del teclado me despertó, me senté de un jalón, moví la cabeza, restregué los ojos y dando tras pies y con la zozobra en cada pierna encaminé al estudio.  La computadora estaba encendida, las luces también y la música toca y toca y el teclado…  El teclado, de pronto   se quedó en silencio. Entré, no había nadie. ¡Nadie! Sentí un mareo y caí, caí de frente, cuando quise incorporarme ya no pude.  Sin querer vi mis manos, ¡mis manos!  En lugar de manos, eran dos garras peludas, plomizas, de uñas filosas. Mis pies también. ¡Estaba llena de pelos grises! Algo andaba mal y no era yo.  ¿Agripina estaba en mí o era yo quién la invadía?  Sufrí un choque, de alguna manera era yo adentro de otra piel, y eso… ¡Empezó a gustarme!








Navojoa, Sonora.





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