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Wednesday, December 16, 2015

Miguel Manriquez: AGUA TIBIA



AGUA TIBIA

Necesse habent cum insanientibus furere.
Petronio. El Satiricon.


Ha tiempo que las “consultas sobre cultura” para trazar “líneas estratégicas” ocurren. Pero ahora hay otro ingrediente: a posteriori y tal intención resulta inédita y no sólo contra toda secuencia lógica sino también demuestra un evidente desconocimiento de las políticas culturales, inclusive las oficiales. No abundaremos en lo ya dicho en estas páginas acerca del atraso del Estado en cuanto a políticas culturales: es de tal magnitud la arritmia cultural que la noción de Secretaría de Cultura llega con 25 años de retraso a territorio mexicano. Ni se diga para la región. Prevalece el mecenazgo y el oficialismo como moldes aplicables en todo tiempo y a toda hora a una sociedad que cambia cada día.
Como bien lo anota Castro Silva, la idea de la cultura culta, etnocéntrica y clasista administrada por burocracias viene ya desde los tiempos porfiristas y, pocos años después, desde las cavernas posrevolucionarias, vendrían décadas de legitimación política en todos los ámbitos. Para Sonora no fue distinto: aún resuenan discursos sobre cultura que en la década de los ochentas asumí con cierta ingenuidad, mucho de candor y con fardos de ignorancia sobre mi espalda. Los resultados de tales “políticas” pronto estuvieron a la vista de propios y extraños: legitimación, aprovechamiento presupuestal y trampolines políticos por donde quiera. Luego llegó a Sonora la institucionalización de la cultura en donde muchos, muchos, tomamos parte: se fundaron centros de investigación, instituto de cultura, estaciones de radio, fondos editoriales, entre otras acciones faraónicas del gobernante en turno.
Llegaron los años en donde era ya un oficio. Profesionales de la cultura nos lanzamos a legitimar acciones emanadas de políticas que ya habían sido productos de “consultas para trazar líneas estratégicas”. El camino oficial estaba a la vista: la Ley de Cultura surgió y, junto con ello, las burocracias y los nombramientos de Directores, Coordinadores, entre otros, que, prácticamente, desde siempre no obedecen a perfiles profesionales trazados en… ¡la propia legislación!. Basta con un vuelo rasante para reconocer las legislaciones: Convención Mundial sobre Políticas Culturales en 1982 (¡realizada en…México!); creación del Instituto Sonorense de Cultura (1988); INI; INAH; “la Dirección General de Culturas Populares (DGCP), Unidad Regional Sonora, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) –dependencia que debido a un extraño proceso de descentralización depende en lo operativo del Instituto Sonorense de Cultura (ISC), “legalmente” desde 1999, y en los hechos desde 2003”.
Alguna vez se me “consultó” acerca de acciones para acercar al Instituto Sonorense de Cultura a los protagonistas (los no oficiales ni mafias bohemias ni tartufos intelectuales) de la cultura regional. Mi respuesta seguirá siendo la misma: incorporar el Instituto Sonorense de Cultura a la agenda nacional oficial y a la NO oficial. Convertirse en un organismo gestor y no generador y, sobre todo, abordar la nave de “la excepción cultural” que, tal como lo manifestó hace un par de años, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso: “la excepción cultural no es negociable”. Este modelo ha sido criticado o ensalzado desde hace 20 años, pero funciona.
Por si esto fuera poco, cito in extenso a Castro Silva por la centralidad y lucidez de su planteamiento: “en el campo de la cultura, la administración estatal se suele caracterizar precisamente por lo contrario del proceso nacional, que al menos en el papel tiende a la modernización administrativa; en una situación en que se carece siquiera de política cultural, es funcional que los cargos tanto estratégicos como operativos recaigan en manos de funcionarios y personal carentes de los perfiles requeridos, y en una situación en la que se pretende la manipulación del campo cultural, lo acertado es conformar un equipo con legos y la congelación de los recursos humanos especializados, cuando se cuenta con ellos. La asignación de los cargos fundamentales en el Instituto Sonorense de Cultura (ISC) y en el Instituto Municipal de Cultura, Arte y Turismo (IMCATUR), del Ayuntamiento de Hermosillo, a personal sin formación y/o experiencia en la investigación, promoción, gestión, capacitación y difusión culturales, es expresión de una estrategia basada en el control político y en la simulación. En el mejor de los casos, se han asignado plazas a personas con determinado perfil artístico, pero en ocasiones sin formación real aun en este ámbito, o bien, careciendo del primer parámetro –la especialidad en la cultura, en un sentido amplio–, que si se trata de superar la concepción decimonónica o medieval de la cultura, resulta el factor primordial, pues no obstante la evidente ontología cultural que posee el arte, la cultura no se agota en él”.
Cuando leo la propuesta del Instituto Sonorense de Cultura acerca de una consulta, pienso que, en realidad, es la expresión de las necesidades de sus directivos que se refleja entre líneas. Por si se argumentara en contra de lo aquí dicho sea como aversiones o vendettas, me adelanto: no conozco en lo personal a ninguno de los Directores y Subdirectores y Secretarios Particulares, pero si conozco al partido dominante. Durante décadas, el partido dominante –que no gobernante- han decantado sus métodos de exclusión, justificación, legitimación y hasta el manejo de dobles morales y discursos. Uno de los recursos más socorridos es “inventar” el agua tibia o el hilo negro. Hasta hoy, en el campo de la cultura,la Gobernanta y sus Directivos han aplicado la ya antigua fórmula política de El Gatopardo, también conocida como la regla de Lampedusa: “Se vogliamo che tuto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”.

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