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Friday, November 20, 2015

El manuscrito de un loco: Charles Dickens



            ¡Sí...! ¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años! ¡Cómo habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces, enviando la sangre silbante y hormigueante por mis venas, hasta que el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas sobre mi piel y las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora me agrada. Es un hermoso nombre. Muéstrenme al monarca cuyo ceño colérico haya sido temido alguna vez más que el brillo de la mirada de un loco... cuyas cuerdas y hachas fueran la mitad de seguras que el apretón de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grande estar loco! Ser contemplado como un león salvaje a través de los barrotes de hierro... rechinar los dientes y aullar, durante la noche larga y tranquila, con el sonido alegre de una cadena, pesada... y rodar y retorcerse entre la paja extasiado por tan valerosa música. ¡Un hurra por el manicomio! ¡Ay, es un lugar excelente!

Me acuerdo del tiempo en el que tenía miedo de estar loco; cuando solía despertarme sobresaltado, caía de rodillas y rezaba para que se me perdonara la maldición de mi raza; cuando huía precipitadamente ante la vista de la alegría o la felicidad, para ocultarme en algún lugar solitario y pasar fatigosas horas observando el progreso de la fiebre que consumiría mi cerebro. Sabía que la locura estaba mezclada con mi misma sangre y con la médula de mis huesos. Que había pasado una generación sin que apareciera la pestilencia y que era yo el primero en quien reviviría. Sabía que tenía que ser así: que así había sido siempre, y así sería; y cuando me acobardaba en cualquier rincón oscuro de una habitación atestada, y veía a los hombres susurrar, señalarme y volver los ojos hacia mí, sabía que estaban hablando entre ellos del loco predestinado; y yo huía para embrutecerme en la soledad.

Así lo hice durante años; fueron unos años largos, muy largos. Aquí las noches son largas a veces... larguísimas; pero no son nada comparadas con las noches inquietas y los sueños aterradores que sufría en aquel tiempo. Sólo recordarlo me da frío. En las esquinas de la habitación permanecían acuclilladas formas grandes y oscuras de rostros insidiosos y burlones, que luego se inclinaban sobre mi cama por la noche, tentándome a la locura. Con bajos murmullos me contaban que el suelo de la vieja casa en la que murió el padre de mi padre estaba manchado por su propia sangre, que él mismo se había provocado en su furiosa locura. Me tapaba los oídos con los dedos, pero gritaban dentro de mi cabeza hasta que la habitación resonaba con los gritos que decían que una generación antes de él la locura se había dormido, pero que su abuelo había vivido durante años con las manos unidas al suelo por grilletes para impedir que se despedazara a sí mismo con ellas. Sabía que contaban la verdad... bien que lo sabía. Lo había descubierto años antes, aunque habían intentado ocultármelo. ¡Ja, ja! Era demasiado astuto para ellos, aunque me consideraran como un loco.

Finalmente llegó la locura y me maravillé de que alguna vez hubiera podido tenerle miedo. Ahora podía entrar en el mundo y reír y gritar con los mejores de entre ellos. Yo sabía que estaba loco, pero ellos ni siquiera lo sospechaban. ¡Solía palmearme a mí mismo de placer al pensar en lo bien que les estaba engañando después de todo lo que me habían señalado y de cómo me habían mirado de soslayo, cuando yo no estaba loco y sólo tenía miedo de que pudiera enloquecer algún día! Y cómo solía reírme de puro placer, cuando estaba a solas, pensando lo bien que guardaba mi secreto y lo rápidamente que mis amables amigos se habrían apartado de mí de haber conocido la verdad. Habría gritado de éxtasis cuando cenaba a solas con algún estruendoso buen amigo pensando en lo pálido que se pondría, y lo rápido que escaparía, al saber que el querido amigo que se sentaba cerca de él, afilando un cuchillo brillante y reluciente, era un loco con toda la capacidad, y la mitad de la voluntad, de hundirlo en su corazón. ¡Ay, era una vida alegre!

Las riquezas fueron mías, la abundancia se derramó sobre mí y alborotaba entre placeres que multiplicaban por mil la conciencia de mi secreto bien guardado. Heredé un patrimonio. La ley, la propia ley de ojos de águila, había sido engañada, y había entregado en las manos de un loco miles de discutidas libras. ¿Dónde estaba el ingenio de los hombres listos de mente sana? ¿Dónde la habilidad de los abogados, ansiosos por descubrir un fallo? La astucia del loco los había superado a todos.

Tenía dinero. ¡Cómo me cortejaban! Lo gastaba profusamente. ¡Cómo me alababan! ¡Cómo se humillaban ante mí aquellos tres hermanos orgullosos y despóticos! ¡Y el anciano padre de cabellos blancos, qué deferencia, qué respeto, qué dedicada amistad, cómo me veneraba! El anciano tenía una hija y los hombres una hermana; y los cinco eran pobres. Yo era rico, y cuando me casé con la joven vi una sonrisa de triunfo en los rostros de sus necesitados parientes, pues pensaban que su plan había funcionado bien y habían ganado el premio. A mí me tocaba sonreír. ¡Sonreír! Reírme a carcajada limpia, arrancarme los cabellos y dar vueltas por el suelo con gritos de gozo. Bien poco se daban cuenta de que la habían casado con un loco.

Pero un momento. De haberlo sabido, ¿la habrían salvado? La felicidad de la hermana contra el oro de su marido. ¡La más ligera pluma lanzada al aire contra la alegre cadena que adornaba mi cuerpo! Pero en una cosa, pese a toda mi astucia, fui engañado. Si no hubiera estado loco, pues aunque los locos tenemos bastante buen ingenio a veces nos confundimos, habría sabido que la joven antes habría preferido que la colocaran rígida y fría en una pesado ataúd de plomo que llegar vestida de novia a mi rica y deslumbrante casa. Habría sabido que su corazón pertenecía a un muchacho de ojos oscuros cuyo nombre le oí pronunciar una vez entre suspiros en uno de sus sueños turbulentos, y que me había sido sacrificada para aliviar la pobreza del hombre anciano de cabellos blancos y de sus soberbios hermanos.

Ahora no recuerdo ni las formas ni los rostros, pero sé que ella era hermosa. Sé que lo era, pues en las noches iluminadas por la luna, cuando me despierto sobresaltado de mi sueno y todo está tranquilo a mi alrededor, veo, de pie e inmóvil en una esquina de esta celda, una figura ligera y desgastada de largos cabellos negros que le caen por el rostro, agitados por un viento que no es de esta tierra, y unos ojos que fijan su mirada en los míos y jamás parpadean o se cierran. ¡Silencio! La sangre se me congela en el corazón cuando escribo esto... ese cuerpo es el de ella; el rostro está muy pálido y los ojos tienen un brillo vidrioso, pero los conozco bien. La figura nunca se mueve; jamás gesticula o habla como las otras que llenan a veces este lugar, pero para mí es mucho más terrible, peor incluso que los espíritus que me tentaban hace muchos años... Ha salido fresca de la tumba, y por eso resulta realmente mortal.

Durante casi un año vi cómo ese rostro se iba volviendo cada vez más pálido; durante casi un año vi las lágrimas que caían rodando por sus dolientes mejillas, y nunca conocí la causa. Sin embargo, finalmente lo descubrí. No podía evitar durante mucho tiempo que me enterara. Ella nunca me había querido; por mi parte, yo nunca pensé que lo hiciera; ella despreciaba mi riqueza y odiaba el esplendor en el que vivía; pero yo no había esperado eso. Ella amaba a otro y a mí jamás se me había ocurrido pensar en tal cosa. Me sobrecogieron unos sentimientos extraños y giraron y giraron en mi cerebro pensamientos que parecían impuestos por algún poder extraño y secreto. No la odiaba, aunque odiaba al muchacho por el que lloraba. Sentía piedad, sí, piedad, por la vida desgraciada a la que la habían condenado sus parientes fríos y egoístas. Sabía que ella no podía vivir mucho tiempo, pero el pensamiento de que antes de su muerte pudiera engendrar algún hijo de destino funesto, que transmitiría la locura a sus descendientes, me decidió. Resolví matarla.

Durante varias semanas pensé en el veneno, y luego en ahogarla, y en el fuego. Era una visión hermosa la de la gran mansión en llamas, y la esposa del loco convirtiéndose en cenizas. Pensé también en la burla de una gran recompensa, y algún hombre cuerdo colgando y mecido por el viento por un acto que no había cometido... ¡y todo por la astucia de un loco! Pensé a menudo en ello, pero finalmente lo abandoné. ¡Ay! ¡El placer de afilar la navaja un día tras otro, sintiendo su borde afilado y pensando en la abertura que podía causar un golpe de su borde delgado y brillante!

Finalmente, los viejos espíritus que antes habían estado conmigo tan a menudo me susurraron al oído que había llegado el momento y pusieron la navaja abierta en mi mano. La sujeté con firmeza, la elevé suavemente desde el lecho y me incliné sobre mi esposa, que yacía dormida. Tenía el rostro enterrado en las manos. Las aparté suavemente y cayeron descuidadamente sobre su pecho. Había estado llorando, pues los rastros de las lágrimas seguían húmedos sobre las mejillas. Su rostro estaba tranquilo y plácido, y mientras lo miraba, una sonrisa tranquila iluminó sus rasgos pálidos. Le puse la mano suavemente en el hombro. Se sobresaltó... había sido tan sólo un sueño pasajero. Me incliné de nuevo hacia delante y ella gritó y despertó.

Un solo movimiento de mi mano y nunca habría vuelto a emitir un grito o sonido. Pero me asusté y retrocedí. Sus ojos estaban fijos en los míos. No sé por qué, pero me acobardaban y asustaban; y gemí ante ellos. Se levantó, sin dejar de mirarme con fijeza. Yo temblaba; tenía la navaja en la mano, pero no podía moverme. Ella se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba cerca, se dio la vuelta y apartó los ojos de mi rostro. El encantamiento se deshizo. Di un salto hacia delante y la sujeté por el brazo. Lanzando un grito tras otro, se dejó caer al suelo.

Podría haberla matado sin lucha, pero se había provocado la alarma en la casa. Oí pasos en los escalones. Dejé la cuchilla en el cajón habitual, abrí la puerta y grité en voz alta pidiendo ayuda.

Vinieron, la cogieron y la colocaron en la cama. Permaneció con el conocimiento perdido durante varias horas; y cuando recuperó la vida, la mirada y el habla, había perdido el sentido y desvariaba furiosamente.

Llamamos a varios médicos, hombres importantes que llegaron hasta mi casa en finos carruajes, con hermosos caballos y criados llamativos. Estuvieron junto a su lecho durante semanas. Celebraron una importante reunión y consultaron unos con otros, en voz baja y solemne, en otra habitación. Uno de ellos, el más inteligente y famoso, me llevó con él a un lado y me rogó que me preparara para lo peor. Me dijo que mi esposa estaba loca... ¡a mí, al loco! Permaneció cerca de mí junto a una ventana abierta, mirándome directamente al rostro y dejando una mano sobre mi hombro. Con un pequeño esfuerzo habría podido lanzarlo abajo, a la calle. Habría sido divertido hacerlo, pero mi secreto estaba en juego y dejé que se marchara. Unos días más tarde me dijeron que debía someterla a algunas limitaciones: debía proporcionarle alguien que la cuidara. ¡Me lo pedían a mí!¡Salí al campo abierto, donde nadie pudiera escucharme, y reí hasta que el aire resonó con mis gritos!

Murió al día siguiente. El anciano de cabello blanco la siguió hasta la tumba y los orgullosos hermanos dejaron caer una lágrima sobre el cadáver insensible de aquella cuyos sufrimientos habían considerado con músculos de hierro mientras vivió. Todo aquello alimentaba mi alegría secreta, y reía oculto por el pañuelo blanco que tenía sobre el rostro mientras regresamos cabalgando a casa, hasta que las lágrimas brotaron de mis ojos.

Pero aunque había cumplido mi objetivo, y la había asesinado, me sentí inquieto y perturbado, y pensé que no tardarían mucho en conocer mi secreto. No podía ocultar la alegría y el regocijo salvaje que hervían en mi interior y que cuando estaba a solas, en casa, me hacía dar saltos y batir palmas, dando vueltas y más vueltas en un baile frenético, y gritar en voz muy alta. Cuando salía y veía a las masas atareadas que se apresuraban por la calle, o acudía al teatro y escuchaba el sonido de la música y contemplaba la danza de los demás, sentía tal gozo que me habría precipitado entre ellos y les habría despedazado miembro a miembro, aullando en el éxtasis que me produciría. Pero apretaba los dientes, afirmaba los pies en el suelo y me clavaba las afilada uñas en las manos. Mantenía el secreto y nadie sabía aún que yo era un loco.

Recuerdo, aunque es una de las últimas cosa que puedo recordar, pues ahora la realidad se mezcla con mis sueños, y teniendo tanto que hacer, habiéndome traído siempre aquí tan presurosamente, no me queda tiempo para separar entre lo dos, por la extraña confusión en la que se hallan mezclados... Recuerdo de qué manera finalmente se supo. ¡Ja, ja! Me parece ver ahora sus mirada asustadas, y sentir cómo se apartaban de mí mientras yo hundía mi puño cerrado en sus rostros blancos y luego escapaba como el viento, y los dejaba gritando atrás. Cuando pienso en ello me vuelve la fuerza de un gigante. Miren cómo se curva esta barra de hierro con mis furiosos tirones. Podría romperla como si fuera una ramita, pero sé que detrás hay largas galerías con muchas puertas; no creo que pudiera encontrar el camino entre ellas; y aunque pudiera, sé que allá abajo hay puertas de hierro que están bien cerradas con barras. Saben que he sido un loco astuto, y están orgullosos de tenerme aquí para poder mostrarme.

Veamos, sí, había sido descubierto. Era ya muy tarde y de noche cuando llegué a casa y encontré allí al más orgulloso de los tres orgullosos hermanos, esperando para verme... dijo que por un asunto urgente. Lo recuerdo bien. Odiaba a ese hombre con todo el odio de un loco. Muchas veces mis dedos desearon despedazarlo. Me dijeron que estaba allí y subí presurosamente las escaleras. Tenía que decirme unas palabras. Despedí a los criados. Era tarde y estábamos juntos y a solas... por primera vez.

Al principio aparté cuidadosamente mis ojos de él, pues era consciente de lo que él no podía ni siquiera pensar, y me glorificaba en ese conocimiento: que la luz de la locura brillaba en mis ojos como el fuego. Permanecimos unos minutos sentados en silencio. Finalmente, habló. Mi reciente disipación, y algunos comentarios extraños hechos poco después de la muerte de su hermana, eran un insulto para la memoria de ésta. Uniendo a ello otras muchas circunstancias que al principio habían escapado a su observación, había terminado por pensar que yo no la había tratado bien. Deseaba saber si tenía razón al decir que yo pensaba hacer algún reproche a la memoria de su hermana, faltando con ello al respeto a la familia. Exigía esa explicación por el uniforme que llevaba puesto.

Aquel hombre tenía un nombramiento en el ejército... ¡un nombramiento comprado con mi dinero y con la desgracia de su hermana! Él fue el que más había tramado para insidiar y quedarse con mi riqueza. Él había sido el principal instrumento para obligar a su hermana a casarse conmigo, y bien sabía que el corazón de aquélla pertenecía al piadoso muchacho. ¡Por causa de su uniforme! ¡El uniforme de su degradación! Volví mis ojos hacia él... no pude evitarlo; pero no dije una sola palabra.

Vi que bajo mi mirada se produjo en él un cambio repentino. Era un hombre valiente, pero el color desapareció de su rostro y retrocedió en su silla. Acerqué la mía a la suya; y mientras reía, pues entonces estaba muy alegre, vi cómo se estremecía. Sé que la locura brotaba de mi interior. Sentí miedo de mí mismo.

-Quería usted mucho a su hermana cuando ella vivía -le dije-. Mucho.

Miró con inquietud a su alrededor, y lo vi sujetar con la mano el respaldo de la silla; pero no dije nada.

-Es usted un villano -le dije-. Lo he descubierto. Descubrí sus infernales trampas contra mí; que el corazón de ella estaba puesto en otro cuando usted la obligó a casarse conmigo. Lo sé... lo sé.

De pronto, se levantó de un salto de la silla y blandió en alto, obligándome a retroceder, pues mientras iba hablando procuraba acercarme más a él.

Más que hablar grité, pues sentí que pasiones tumultuosas corrían por mis venas, y los viejos espíritus me susurraban y tentaban para que le sacara el corazón.

-Condenado sea -dije poniéndome en pie y lanzándome sobre él-. Yo la maté. Estoy loco. Acabaré con usted. ¡Sangre, sangre! ¡Tengo que tenerla!

Me hice a un lado para evitar un golpe que, en su terror, me lanzó con la silla, y me enzarcé con él. Produciendo un fuerte estrépito, caímos juntos al suelo y rodamos sobre él.

Fue una buena pelea, pues era un hombre alto y fuerte que luchaba por su vida, y yo un loco poderoso sediento de su destrucción. No había ninguna fuerza igual a la mía, y yo tenía la razón. ¡Sí, la razón, aunque fuera un loco! Cada vez fue debatiéndose menos. Me arrodillé sobre su pecho y le sujeté firmemente la garganta oscura con ambas manos. El rostro se le fue poniendo morado; los ojos se le salían de la cabeza y con la lengua fuera parecía burlarse de mí. Apreté todavía más.

De pronto se abrió la puerta con un fuerte estrépito y entró un grupo de gente, gritándose unos a otros que cogieran al loco.

Mi secreto había sido descubierto y ahora sólo luchaba por mi libertad. Me puse en pie antes de que me tocaran una mano, me lancé entre los asaltantes y me abrí camino con mi fuerte brazo, como si llevara un hacha en la mano y los atacara con ella. Llegué a la puerta, me lancé por el pasamanos y en un instante estaba en la calle.

Corrí veloz y en línea recta, sin que nadie se atreviera a detenerme. Por detrás oía el ruido de unos pies, y redoblé la velocidad. Se fue haciendo más débil en la distancia, hasta que por fin desapareció totalmente; pero yo seguía dando saltos entre los pantanos y riachuelos, por encima de cercas y de muros, con gritos salvajes que escuchaban seres extraños que venían hacia mí por todas partes y aumentaban el sonido hasta que éste horadaba el aire. Iba llevado en los brazos de demonios que corrían sobre el viento, que traspasaban las orillas y los setos, y giraban y giraban a mi alrededor con un ruido y una velocidad que me hacía perder la cabeza, hasta que finalmente me apartaron de ellos con un golpe violento y caí pesadamente sobre el suelo. Al despertar, me encontré aquí, en esta celda gris a la que raras veces llega la luz del sol, y por la que pasa la luna con unos rayos que sólo sirven para mostrar a mi alrededor sombras oscuras, y para que pueda ver esa figura silenciosa en la esquina. Cuando despierto, a veces puedo oír extraños gritos procedentes de partes distantes de este enorme lugar. No sé lo que son; pero no proceden de ese cuerpo pálido, y tampoco ella les presta atención. Pues desde las primeras sombras del ocaso hasta la primera luz de la mañana, esa figura sigue en pie e inmóvil en el mismo lugar, escuchando la música de mi cadena de hierro, y viéndome saltar sobre mi lecho de paja.

 

Thursday, November 19, 2015

PILTRIQUITRÓN: Elia Casillas


      
Cómo hay sangre en tus manos            Pero si traes mi corazón       No era necesario               tu barba  creció                 mira nada más los zapatos                             se ven lastimados             y  tu espalda carga todas las nubes de los pueblos        No puedo creerlo                  dejaste tus primeros pasos para entregar algo que es tuyo              No te alarmes           ya me acostumbré a estar sin él           aunque era emocionante verlo brincar cuando llegabas                tanto que daba miedo            parecía campana desquiciada                      Los días nunca fueron             era reina             y te afanabas en  verme feliz                   Te di mis febreros            mi día sonante              y  después             Ya en tus manos  sufriste transformación asombrosa                  subiendo  una ceja    de reojo me viste           mientras una sonrisa inhumana  vino al  rostro                  Entonces comprendí que te perdía                   pero ya nada me conmovió                         Fue tu actitud la que cortó el nudo                  y como río que  se olvida cuando acude al mar                 descansé                y  extraviaste  el rumbo de mis mudanzas            Otros vinieron            insensible fui a la mezcla            Nadie como tú                El diverso lenguaje            en mi espalda                  deslizándose en los  hombros levantó sentimientos                          y quitaste amarguras de mi sangre              Tu risa en el  cabello                  caía en murmullos por el  escote                    entonces no era yo                     En ti Paloma                Halcón tú  deshuesaste mi juicio               abandonada en  tus garras  desplumamos  cada noche         y no sentí culpa               El tiempo acechándonos         y yo sin bravura para soltarme                         sabía que nada sería igual  al regresar a casa                      cuando aún te paseabas en mí                    Por eso decidí dejártelo          Era un verdadero desorden                en mi vuelta sucumbía                         y sólo en espacios                      al presentirte mejoraba      Imposible controlarlo                                obediente a semejante amor sin importarme nada                       sólo parar en tu nido               aislarme en tus alas dilatando las tardes                  para salir escoltada por la luna        Un día no te vi  ignoraba cómo inventarte entre tanto desamor     perdiéndome en las paredes                     me desplomé en vida            Entonces supe  que aún estaba en ti                  tenías la llave y mi corazón                          Mi corazón no lo necesito       contigo no me extraña         Nunca te arrinconé              nadie como tú distingue mis dolores                Ahhhh         por eso has venido                No te preocupes                sólo aquí encontré el descanso  que me quitaste en vida        Recoge  tus lágrimas                 ensucian mi epitafio

 

 

 

 Navojoa Son. 2 de Julio del 2001



El emparedado: Beatriz Espejo


 
 
Cuando me diste entrada en el jardín de tu amor
me ofreciste una flor que ya estaba deshojada.

Son jarocho

Aunque me advirtieran que no alquilara esa casa ¿dónde encontraría en todo Tlacotalpan otra así? Tenía muros que medían metro y medio, largos corredores que daban a un gran patio, con recámaras y salones inmensos para recibir en cena de gala a un ejército entero. Y la tomé y no me arrepentí a pesar de que las criadas se fueran despavoridas haciéndose cruces y contando cuentos. Estuvieron a mi servicio tías, primas y hermanas. Todas me plantaban a las ocho horas. Intenté pedirles alguna explicación y sólo conseguí respuestas incoherentes, palabras entrecortadas mientras se apretaban las manos o retorcían la punta de la enagua. Ninguna dijo nada. Se iban aprisa, tomaban sus cosas y me dejaban con un palmo de narices. Me acostumbré y ya ni la lucha les hice. Uno de los asistentes de mi marido se ocupaba de lavar patios y sótano. El resto de la casa yo misma lo medio limpiaba y de la ropa y la comida se encargaban dos mujeres que quisieron venir unas horas diariamente, siempre juntas, cuidándose las espaldas. Pero los niños estaban chicos y Humberto viajaba mucho y me gustaba aquella construcción adusta de techos altos situada a las afueras del pueblo.

Una tarde jugábamos canasta uruguaya. A punto de llevarse el pozo, boquiabierta y con ojos de plato, Dolores Prieto le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi!— y las dos se levantaron en el acto decididas a partir llevándose consigo a Loreto Herrero que no había visto nada porque se hallaba muy entretenida en sus cartas.

—¿Por qué no me explican de una vez lo que pasa? Ya me cansaron sus misterios.

—Bueno, chulita —me contestó Dolores, pálida como cirio pascual—. Te lo cuento; pero te lo cuento en el jardín. Yo no me quedo en este cuarto ni un minuto más.

Apresurada, con los pelos de punta, en tanto caminábamos por un sendero rumbo a sus coches, me dijo que en el vano de la puerta apareció una muchacha muy triste. Llevaba falda larga, dos trenzas sobre el pecho y lágrimas cuajadas como diamantes en las mejillas.

—¿De dónde vino? —pregunté.

—¿A poco eres tan tonta que después de vivir seis meses entre estas paredes no lo sabes? —repuso un poco exasperada.

—Pues no lo sé —dije sinceramente.

—Es la novia del capataz, la hija del hacendado, la que busca sin encontrar.

—¿Qué busca y qué no encuentra? —insistí casi gritando.

—A veces se nos olvida que no creciste en Tlacotalpan —intervino la Nena Olguín—. Busca al amado que le arrebató el padre traidor, don Ildefonso. ¿Nunca oíste las coplas?

—Eres algo lela, Victoria, con razón el general te hace guaje y ni cuenta te das.

—Eso creen ustedes. Yo acepto que a los hombres les encanta andar de capillita en capillita y me conformo con ser la catedral...

Así nos despedimos. Volví a la casa, les di de cenar a mis hijos y los acosté. Durante un rato estuve ensimismada. Acababa de pasar muchos días sola y aburrida matando el tiempo en tonterías. Reflexioné en eso y me asaltó la idea de que me había equivocado al casarme con Humberto. Sin ganas de otra cosa permanecí al borde de una mecedora viendo a mis muchachitos dormir con la respiración acompasada. De pronto, movida por una fuerza ajena a mi albedrío, tomé la palmatoria y me puse a caminar. Recorrí todas las piezas. En mi dormitorio contemplé la enorme cama vacía y mi silueta reflejada en la luna del tocador. Contemplé mis ojos hundidos, mi nariz chata, mis ojeras profundas como si este sufrimiento no encontrara un consuelo. A pesar de la penumbra quise perfumarme para sentirme envuelta en un manto de nardos. Con manos temblorosas tomé el frasquito de esencia y me eché unas gotas detrás de las orejas y otra gotita entre los senos. Luego, dispuesta para un encuentro, bajé las escaleras al ritmo de mi sombra. Los retratos colgados en los aposentos acosaban mi peregrinación con sus ojos pintados. Abrí la puerta de la sala, abrí el piano y me senté en el banquillo antes de empezar a tocar; pero nunca supe tocar el piano, no me interesaron las lecciones del profesor ruso que contrató mi papá.

Y toqué la mazurca de Chopin que tanto te gustaba, Julián. Muchas veces afirmaste que te complacían aquellas melodías febriles. A la nota final siguió una catarata de aplausos que me procuró la concurrencia. Se oían alabanzas sobre mi destreza, sobre la habilidad de mis dedos fugaces atrapando escalas y arpegios. No me halagaban. Sabía que afuera, tras los vidrios, aguantabas la rabia parado junto a la ventana. Observabas lo que ocurría a tu pesar, te consumías de impotencia viéndome departir con los invitados. Sé que odiabas a Roberto Villasaña, sé que te torturaron unos celos atroces porque creíste que me casaría con él. Para remediar tu tormento procuré darte una señal de mi amor. Prendí al traje de tafeta la rosa que me regalaste esa tarde. Cerca de Roberto la rosa manifestaba tu presencia, tus ojos ansiosos persiguiendo mis movimientos a través del cristal. Cerré el piano, sua­vemente pasé la yema de los dedos sobre la tapa negra y reluciente como un espejo maléfico donde la lumbre de mi vela semejaba una estrella, y fui al comedor. Mi padre me había reservado la cabecera de la mesa. Roberto me pidió sonriendo con sonrisa de niño que le colocara la mano en el corazón para que se lo sintiera latir con ese roce, y encontré el bulto de un estuche bajo su saco. Era un anillo de compromiso. Retiré la mano asustada de que te dieras cuenta. Otro me amaba también, e incliné la cabeza hacia el hombro para sentir en mi mejilla los pétalos de la flor que me diste. Mi padre conversaba distraído y al cabo de un rato propuso un brindis por la felicidad de los presentes y en particular por la dicha de su hija que creció con tanto esmero en los mejores colegios europeos, su única heredera. Brindé contigo que no te­nías copa y que te morías de cólera pensando en mí. No lo adivinaste, Julián, a cada vuelta del vals entre los brazos de Roberto yo rememoraba nuestros encuentros secretos, nuestros paseos a caballo, el viento que me golpeaba la cara, esa risa tuya descubriendo tus dientes blancos y parejos como dos hileras de perlas. Roberto elogiaba mi vestido y yo recordaba que tú dejabas resbalar mis ropas. A la orilla del río me besabas el cuello, me tomabas por la cintura y nos metíamos a nadar. O recordaba que nos echábamos manotazos de agua y el agua nos caía encima simulando chaquira, luces de Bengala. Bajo el brillo de mi vela llegué a la cocina. En la penumbra parpadeante vislumbré las canastas de frutas y legumbres, las cazuelas, los cazos de cobre. Todo eso me llevó a pensar en mi mansedumbre doméstica, en la pobreza de mi alcoba, en las caricias desganadas y rápidas que me hacía Humberto, en mi sed siempre sin apagar. Y yo te deseaba, Julián, nunca imaginarás cuánto te deseaba aunque me rebajara esta pasión de hembra que no conoce barreras. Bastaba con reconstruir en la fantasía la forma de tus piernas, de tu pecho algo lampiño, bastaba con acordarme de tu sexo boscoso para volver a sentir cosquillas en mi centro y estar se­gura de que sólo había nacido para tenerte dentro de mí. Quererte, Julián, eso nada más me importaba. Tocarte, Julián, tocarte junto a mi cuerpo. Enternecerme al comprobar tu agradecimiento por las trenzas que me tejo para no agraviarte con peinados de señorita. Y Roberto decía que no dudara en aceptarlo porque no viviríamos aquí sino en México, lejos de tanto indio pata rajada. Prometía organizar fiestas y comprarme alhajas en las joyerías de Plateros. Al compás de la danza yo reconstruía tu rostro, evocaba tus mimos y me estremecía de puro placer. A mi padre debió parecerle un momento oportuno. Suspendió la música y con voz atronadora anunció el matrimonio. Los asistentes nos felicitaron, afirmaban que hacíamos buena pareja y que tendríamos una descendencia hermosa. Roberto se los agradecía contento y yo me ruborizaba en mi turbación. Las sirvientas descubrieron nuestro cariño. Fue Chole quien te contó cuanto sucedía en la casa grande, en las habitaciones interiores donde no podías espiar. Lo supiste enseguida. Todavía fantaseo con tu coraje al enviarme el recado en que me pedías verte. Planeaba acudir a tu cita esa noche como siempre, y me impacientaba que la gente tardara en irse. La angustia me tiró el papel al suelo. Mi padre se agachó a recogerlo, reconoció la letra y lo leyó. Intentaba autoconvencerme de que nada ocurriría, que las cosas seguirían igual, que nos encontraríamos en el campo durante los crepúsculos. Mi padre procuró no dar espectáculos frente a nadie; pero me atrajo a una esquina y me aseguró colérico que no iba a permitir mis relaciones con un desarrapado. Le supliqué inútilmente. Mi llanto sirvió para despertar su malicia, para descubrir la índole de nuestros amores. Y mandó que me encerraran en mi recámara y mandó a varios peones por ti.

El tizne había escrito viejas historias en el fogón. Me cansé de leerlas y fui al vestíbulo. Arriba de un sofá abracé mis rodillas y apoyé encima de ellas la cabeza. La vela debió consumirse y debí dormirme. En la madrugada, allí se tropezó conmigo Humberto. Creyó que lo aguardaba. No quise desengañarlo, ni confiarle mi recorrido, ni explicarle que no había hallado a la que busca sin encontrar.

Nadie me informó nada. Quienes pretendieron narrarme el cuento lo ignoraban, y quienes lo sabían se negaban a contarlo. Una mañana a la salida de misa, en el atrio de la iglesia oí que el cieguito del arpa cantaba el sonsonete de sus coplas. Hablaba de un capataz desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra, una novia desesperada y un padre dueño de la venganza. Sólo eso. Ninguna noticia nueva. Y mis hijos nunca se asustaron acostumbrados a que las criadas se fueran como almas que se lleva el diablo porque no soportaban los suspiros recorriendo los pasillos, ni los murmullos que entraban desde el patio.

Con la aguilota en la gorra, Humberto cada vez inventaba más pretextos para inspeccionar la zona. Conmigo se quejaba de sus muchas obligaciones y a sus amigas les alegraba la oreja y el bolsillo. El caso es que me fastidiaba en aquella soledad y el día de Todos Santos se me ocurrió levantar una ofrenda. Pretendí arreglarla bonito y que algunos conocidos vinieran sin poner caras de condenados a muerte ni castañetear los dientes. En la huerta crecía cempasúchil, corté unos manojos amarillos que relumbraban al sol, compré panes, tamales. Sobre un mueble extendí un mantel deshilado, acomodé los retratos de mis fieles difuntos y en un saloncito, como achicado a la fuerza, decidí juntarlo todo y colgar mi Dolorosa creyendo que su aflicción y sus puñales serían una garantía para visitas. Le dije al asistente que sostuviera el cuadro de una alcayata de plata encontrada sabe Dios dónde. El primer martillazo sonó hueco, el segundo causó un boquete y el tercero lo agrandó. Nos dedicamos a escarbar y entre los dos abrimos un agujero. Al principio supusimos que adentro brillaba un collar de perlas. Después nos quedamos perplejos. Eran los dientes de una calavera. Habíamos descubierto a un emparedado. El altar cobró de pronto una verosimilitud sorprendente. Como primera reacción se me ocurrió tapar el hoyo, dejar las cosas calladas y no prestarle al pueblo más leña verde; pero comprendí mi deber cristiano. Traje al cura y al jefe de policía y le di a ese hombre una sepultura honrada. Las Josefinas rezaron un novenario, la finca se regó con agua bendita, se exorcizaron las remembranzas y hasta se ofició un responso frente al muro derribado. Todo Tlacotalpan conoció tales medidas. Mis amigas cobraron confianza y decidieron volver a jugar. Llegaron alegres y dicharacheras. Con el asistente mandé decirles que me esperaran un momento en el cuarto acostumbrado. Cuando me paré bajo el dintel de la puerta, Dolores Prieto se puso blanca. Le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi! —y las dos salieron en el acto llevándose consigo a Loreto Herrero.

 

Tuesday, November 17, 2015

LAS DULCES: Beatriz Espejo

 
LAS DULCES
 
 
Oíste hablar de Pepa Hernández, de niña estudiaba en el Colegio Americano donde estudiaba tu sobrino; luego el nombre de Pepa se convirtió en algo lejano y olvidado. La noche en que tu sobrino regresó, después de viajar por el extranjero, asististe a una reunión aburrida para recibirlo. Una fiesta como tantas otras en que las personas pretenden mostrarse contentas y comen y beben sin saborear y dicen frases inge­niosas o estúpidas. Te sentiste sola, siempre te sientes sola en las fiestas. Buscaste una silla. Todas estaban ocupadas. Fuiste hacia la escalera y permaneciste allí enajenada de los concurrentes. Te sentiste triste. Pensaste que la desdicha era como un bloque, una piedra sobre el pecho ¿leíste eso en alguna parte? De cualquier manera la desdicha te pesaba y la idea de la piedra sobre el pecho ilustraba bien una impresión agobiadora. Entre las figuras borrosas que parecían distorsionarse, empinar el codo, reír, atender un comentario, distinguiste a Pepa (hace meses el oftalmólogo te indicó la necesidad de cambiar anteojos). La viste caminar hacia ti, percibiste el timbre de su voz. Te arrimaste a un lado para que se sentara en el mismo escalón donde te sentabas, mirándote con aquellos ojos suyos negros y brillantes embellecidos por segundos. Movía los labios que al mismo tiempo sostenían un cigarrillo, sus labios en torno de los cuales han de marcarse pequeñas arrugas al pasar la juventud. Se interesaba por los detalles triviales de tu vida. Dijiste que eras maestra en una escuela, semillero de futuras maestras, que desde quince años atrás acudes puntualmente a tus clases, que tus alumnas agradecen la generosidad que demuestras al dedicarles tus ratos libres. Pepa mantenía sus ojos negros y hermosos muy abiertos y fijos en ti. Fumaba inquieta y, a su vez, comentó una larga estancia suya en San Francisco. Padecía una fuerte urticaria nerviosa cuyo efecto le desfiguró el rostro. Fuera de México encontró cierta confianza, una tranquilidad perdida. Al restablecerse volvió a casa de sus padres y a esas fiestas que también ella encontraba fastidiosas. Alguien planeó seguir con la música en otra parte. ¿Por qué no en el restorán del Lago? La orquesta toca bien y tras los ventanales panorámicos una fuente hace monerías, sube, baja, cambia de colores o de formas, un chorro líquido elevado más allá de las posibilidades previstas. Invitaron a Pepa. Aceptó. Te invitaron con esa torpe cortesía mexicana de cumplido, que de antemano obliga a rehusar. Antes de salir Pepa te dio una servilleta de papel en la que escribió una especie de envío, en vano intentaste leerlo. Entendiste tu nombre, “Lucero”, mezclado con palabras desdibujadas. Descifraste “gracias”, “intensidad”, “momentos”. Sonreíste al reconstruir de memoria los rasgos de Pepa. Sus facciones de niña inteligente y confundida, una combinación extraña. Por eso después cuando corregías los exámenes de tus alumnas, bajo la protección de los doce apóstoles presentes en una litografía de la Última cena colgada en una pared gracias a tu gusto de solterona conservadora y tradicionalista, no te sorprendió reconocer al otro extremo de la línea telefónica la voz de Pepa explicando su necesidad de encontrarse contigo en alguna parte, de estar cerca de ti. Aceptaste una cita para desayunar juntas y, aunque tu presupuesto reducido no te permite extravagancias, llegaste puntual a un lugar caro en que sirven bebidas humeantes. Ella te esperaba en el interior de la cafetería vestida con un suéter y una falda grises. Llevaba el corto cabello oscuro peinado atrás de las orejas. Unos atletas alemanes, que indudablemente pertenecían a un equipo de futbol, ocupaban las mesas próximas. Metidos en sus chaquetas iguales de cuero negro conversaban animados. Aunque la identificaste en seguida Pepa te hizo señales con la mano como para ser descubierta esperándote. De nuevo fumaba sin parar y entonces intentó confiarte incluso el incidente menos significativo de su propia historia, que su urticaria era causada por un estado emocional inestable, que sus padres se empeñaban en sostener un matrimonio aparente donde el diálogo se evitaba de manera obstinada desde hacía cinco o seis años, que ella principió a psicoanalizarse pero aún no lograba ningún resultado positivo, ningún adelanto ni luz para su conciencia atribulada. Sus confesiones brotaban de prisa y las ideas se daban tropezones y no se esclarecían. La veías fumar y te enternecías por sus ojos de niña desvalida, sus cabellos cortos, sus ojeras. La creíste hermosa, con una hermosura distinta a la de otras mujeres. Tu mirada resbalaba sobre ella, notaste la comisura de sus labios que se abrían y cerraban. Sus frases inconclusas no dilucidaban los pensamientos. De pronto reunió fuerzas y habló de lo que realmente deseaba hablar. Tres años antes tuvo una experiencia amorosa con una amiga y todavía no se recuperaba de esas relaciones. Cuando admitió eso la voz se le enronqueció. Siempre ingenua, a pesar de tus cuarenta años, comprendiste finalmente que en las confesiones de Pepa se planteaba una petición sobreentendida que te negabas a escuchar, sólo aprendiste a comportarte conforme a los ejemplos morales de esas tías tuyas protectoras de tu niñez huérfana y pobre. Practicas las enseñanzas de la doctrina. Arraigaron en ti los ejercicios espirituales preparados por el padre Mercado para un grupo entero de señoritas quedadas, a quienes consolaba con el argumento de que Dios no las guiaba rumbo al camino del matrimonio para reservarles el casto destino del celibato respetable; sin embargo ahora recuerdas, con una claridad irónica, que en tales momentos pusiste tus brazos encima de tu vientre virgen y conociste una enorme piedad por ti misma. Eso y muchas cosas inexplicables te impedían entender a Pepa. Ella preguntó la causa por la cual no te habías casado. Balbuceaste el cuento de aquel maestro de música frecuentado en la escuela donde trabajas, aquel hombre viudo que aceptó una plaza rural en Michoacán y desapareció de tu existencia. “Quizá pude ser feliz pero nunca supe cómo”, precisaste. Pepa te miró con sus ojos sensibles y contestó que tal vez tuviste la felicidad al alcance de la mano sin per­mitirte aprehenderla. A pesar tuyo nuevamente intuiste en su respuesta una insinuación velada. “Hay gente que la quiere y usted no se deja querer”, dijo. Su voz simulaba un hilo apenas audible. “Quizás sí”, confirmaste. Pepa enmudeció y apesadumbrada te miraba con sus ojos suplicantes y humildes. No acertaste a tomar una actitud inteligente, deseabas explicarle que ella era una muchacha atractiva, capaz de elegir y amar a cualquier hombre, a un hombre como uno de esos atletas alemanes sentados frente a las mesas cercanas. Pepa no quería comprenderte. Adoptó una actitud desencantada. Contra tu voluntad, te reprochaste haberla defraudado. La juzgaste bella y frenaste el impulso de tocarle el pelo y acariciarle la piel de la mejilla; sin embargo recordaste que había pasado mucho tiempo y te despediste en aras de tus clases. Pepa permaneció en su sitio. Antes de abandonar la salita llena de clientes, volviste la cabeza para echarle un último vistazo y la recuerdas inclinada sobre su taza de café moviendo el fondo con la cucharilla. Al llegar a tu aula, al abrir la puerta, te sorprendiste porque tarareabas una canción mientras reconstruías en la memoria los ojos negros y melancólicos de Pepa. Tus alumnas te encontraron risueña y le alabaste a Patricia el cambio de peinado, a Martha las pestañas rimeladas, a Bertha le aseguraste que eran bonitas sus medias color carne. Todo eso cuando pasabas lista y te interrumpías y tus discípulas comentaban tu inusitada amabilidad, y tú te descubrías a ti misma porque hasta ese momento jamás lo sospechaste.

Saturday, November 14, 2015

Ray Bradbury: La bruja de abril


 
 
En el aire, sobre los valles, bajo las estrellas, sobre un río, un estanque, un camino, volaba Cecy. Invisible como los nuevos vientos de la primavera, fragante como el aroma de los tréboles que se alzaba en los campos a la tarde, ella volaba. Se deslizaba en palomas suaves como el armiño blanco, se detenía en los árboles y vivía en los capullos, abriéndose en pétalos cuando soplaba la brisa. Se posaba en una rana verde, fresca como la menta, a orillas de un charco brillante. Trotaba en un perro zarzoso y ladraba para oír ecos que venían de graneros lejanos. Vivía en las nuevas hierbas de abril, en suaves y claros líquidos que se alzaban de la tierra de almizcle.

Es primavera, pensaba Cecy. Esta noche estaré en todas las cosas vivas del mundo.

Ahora vivía en grillos claros en los arroyos de alquitrán de los caminos, ahora caía como el rocío en una verja de hierro. Era la suya una mente que se adaptaba con rapidez, y volaba invisible en los vientos de Illinois esta noche única de su vida. Acababa de cumplir diecisiete años.

-Quiero enamorarme -dijo.

Lo había dicho a la hora de la cena. Y sus padres habían abierto los ojos y se habían reclinado tiesamente en sus sillas.

-Cuidado -le habían aconsejado-. Recuerda que eres una criatura notable. Toda nuestra familia es rara y notable. No podemos mezclarnos o casarnos con gente ordinaria. Perderíamos nuestros poderes mágicos si lo hiciésemos. No te gustaría no poder "viajar" por medios mágicos, ¿no es verdad? Entonces, cuidado. ¡Cuidado!

Pero en su alto dormitorio, Cecy se había perfumado la garganta, y se había tendido temblorosa y aprensiva en su carruaje de cuatro caballos, como una luna de leche que se alza sobre los campos de Illinois, transformando los ríos en cremas y los caminos en platino.

-Sí -suspiró-. Soy de una familia rara. Dormimos de día y volamos de noche como cometas negras en el viento. Si lo deseamos, podemos dormir en un topo durante el invierno, en la tibia tierra. Puedo vivir en cualquier cosa: un guijarro, una flor de azafrán o una manta religiosa. Puedo abandonar mi cuerpo simple y huesudo y lanzar mi mente a la aventura. ¡Ahora!

El viento la llevó sobre campos y praderas.

Cecy vio las cálidas luces primaverales de mansiones y granjas que brillaban con colores crepusculares.

Yo no puedo enamorarme porque soy sencilla y rara, pero me enamoraré por medio de alguna otra forma, pensó.

En los campos de una granja, en la noche de primavera, una muchacha de pelo oscuro, de no más de diecinueve años, sacaba agua de un profundo pozo de piedra y cantaba.

Cecy cayó -una hoja verde- en el pozo. Se tendió en el tierno musgo del pozo, mirando hacia arriba en la sombría frescura. Luego se animó en una palpitante e invisible ameba. ¡Luego en una gota de agua! Al fin, en un tazón frío, se sintió llevada a los tibios labios de la muchacha. Se oyó un suave y nocturno sonido; la muchacha bebía.

Cecy miró el mundo desde los ojos de la muchacha.

Desde el interior de la oscura cabeza, desde los ojos brillantes, miró las manos que tiraban de la tosca cuerda. Escuchó a través de las orejas de caracol el mundo de la muchacha. Olió un particular universo por la delicada nariz, sintió que aquel corazón especial batía y batía. Sintió que aquella lengua extraña se movía cantando.

¿Sabrá que estoy aquí? pensó Cecy.

La muchacha abrió la boca. Miró fijamente los prados nocturnos.

-¿Quién está ahí?

No hubo respuesta.

-Sólo el viento -murmuró Cecy.

La muchacha se rió de sí misma, pero se estremeció.

-Sólo el viento.

Era un buen cuerpo, el cuerpo de la muchacha. Tenía huesos del más fino y delicado marfil, envueltos redondamente en carne. El cerebro era como una pálida rosa té, que colgaba en la oscuridad, y había un aroma de manzanas en la boca. Los labios se apoyaban firmemente en los blancos, blancos dientes, y las cejas se arqueaban nítidamente ante el mundo, y el pelo caía hermoso y suave en la nuca de leche. Los poros se apretaban diminutos y cerrados. La nariz apuntaba a la luna y las mejillas brillaban con pequeños fuegos. El cuerpo se movía con el equilibrio de una pluma y parecía como si siempre se cantase a sí mismo. Estar en este cuerpo, esta cabeza, era como calentarse en una estufa, vivir en el ronroneo de un gato dormido, dejarse llevar por las tibias aguas de un arroyo que corría de noche hacia el mar.

Me gustará estar aquí, pensó Cecy.

-¿Qué? -preguntó la muchacha como si hubiese oído una voz.

-¿Cómo te llamas? -preguntó Cecy cuidadosamente.

-Ann Leary. -La muchacha se estremeció-. ¿Pero por qué digo esto en voz alta?

-Ann, Ann -murmuró Cecy-. Ann, vas a enamorarte.

Como si fuese una respuesta, un trueno estalló en el camino, un repiqueteo y un retumbar de ruedas en la grava. Apareció un nombre alto que manejaba un carro, sosteniendo las riendas en los brazos monstruosos, y con una sonrisa brillante que cruzaba el patio de la granja.

-¡Ann!

-¿Eres tú, Tom?

-¿Quién otro podía ser?

Tom saltó del carro y ató las riendas a la verja.

-¡Yo no hablo contigo!

Ann dio media vuelta con el balde en la mano, salpicando el suelo.

-¡No! -gritó Cecy.

Ann se detuvo. Miró las lomas y las primeras estrellas de la primavera. Miró al hombre llamado Tom. Cecy le hizo dejar caer el balde.

-¡Mira lo que has hecho!

Tom corrió.

-¡Mira lo que me has hecho hacer!

Tom le limpió los zapatos con un pañuelo riéndose.

-¡Apártate!

Ann le pateó las manos, pero Tom se rió otra vez, y desde kilómetros de distancia, Cecy le miró la forma de la cabeza, el tamaño del cráneo, la línea de la nariz, el ancho de los hombros, y la dura fuerza de las manos que hacían esa cosa delicada con el pañuelo. Asomándose a la secreta bohardilla de la encantadora cabeza, Cecy tiró de un oculto alambre de ventrílocuo, y la hermosa boca se abrió y dijo:

-¡Gracias!

-Oh, entonces eres cortés -dijo Tom.

El olor de cuero de sus manos, el olor del caballo en sus ropas se elevaron hasta la tierna nariz, y Cecy, lejos, muy lejos, sobre prados nocturnos y campos florecidos, se movió como en sueños.

-¡No! ¡No contigo! -dijo Ann.

-Vamos, habla suavemente -dijo Cecy.

Movió los dedos de Ann hacia la cabeza de Tom. Ann echó atrás la mano.

-¡Me he vuelto loca!

-Así es -asintió Tom, sonriendo, pero sorprendido-. ¿Ibas a tocarme entonces?

-No sé. ¡Oh, vete!

En las mejillas de Ann brillaban rosados carbones.

-¿Por qué no corres? No te retengo. -Tom se incorporó-. ¿Has cambiado de parecer? ¿Irás al baile conmigo esta noche? Es un baile especial. Te diré por qué más tarde.

-No -dijo Ann.

-¡Sí! -gritó Cecy-. Nunca bailé. Quiero bailar. Nunca llevé un largo vestido susurrante. Quiero bailar toda la noche. No sé qué es estar en una mujer, bailando. Papá y mamá nunca me lo permitirían. He conocido perros, gatos, langostas, hojas, todo lo que hay en el mundo en un tiempo o en otro, pero nunca una mujer en primavera, nunca en una noche como la de hoy. Oh, por favor... debemos ir al baile.

Cecy extendió sus pensamientos como dedos dentro de un guante nuevo.

-Sí -dijo Ann Leary-. Iré. No sé por qué, pero iré contigo al baile esta noche, Tom.

-¡Ahora adentro, pronto! -gritó Cecy-. Debes lavarte, avisar a tu gente, preparar el vestido, calentar la plancha. ¡A tu cuarto!

-Mamá -dijo Ann-, ¡he cambiado de parecer!

El caballo de Tom galopó a lo largo de la cerca, los cuartos de la granja volvieron a la vida, el agua hirvió para un baño, la estufa de carbón calentó la plancha que plancharía el vestido, la madre corrió, corrió con una hilera de alfileres en la boca.

-¿Qué te ha pasado, Ann? ¡Tom no te gusta!

Ann se detuvo en medio de aquella gran fiebre.

-Es cierto.

¡Pero es primavera! pensó Cecy.

-Es primavera -dijo Ann.

Y es una hermosa noche para bailar, pensó Cecy.

-... para bailar -murmuró Ann Leary.

La muchacha se metió en la bañera y la espuma le cubrió los blancos hombros de delfín, y el jabón hizo pequeños nidos bajo sus brazos, y la carne de sus pechos tibios se movió en sus manos, y Cecy movió la boca, modelando la sonrisa, guiando los movimientos de Ann. No podía permitirse una pausa, ni un titubeo, ¡o toda la pantomima se haría pedazos! Había que obligar a Ann Leary a moverse, a actuar, a lavarse aquí, a enjabonarse allá. Ahora, ¡afuera! ¡Sécate con una toalla! ¡Ahora perfume y polvo!

-¡Tú! -Ann se vio en el espejo, toda blanca y rosada como lirios y claveles-. ¿Quién eres esta noche?

-Soy una muchacha de diecisiete años. -Cecy la miró desde los ojos violetas-. No puedes verme. ¿Sabes que estoy aquí?

Ann Leary sacudió la cabeza.

-Le he alquilado el cuerpo a alguna bruja de abril.

-¡Cerca, muy cerca! -rió Cecy-. Bueno, ahora con tu vestido.

¡El placer de sentir una hermosa ropa sobre un gran cuerpo! Y luego el saludo afuera.

-¡Ann! ¡Llegó Tom!

-Dile que espere. -Ann se sentó de pronto-. Dile que no voy al baile.

-¿Qué? -dijo su madre en la puerta.

Cecy volvió rápidamente a su puesto. Había sido un descuido fatal, había dejado el cuerpo de Ann un fatal instante. Había oído el ruido lejano de los cascos del caballo y el carro que traqueteaba cruzando el campo primaveral iluminado por la luna. Durante un segundo había pensado: Iré a buscar a Tom y me instalaré en su cabeza y veré qué es ser un hombre de veintidós años en una noche como ésta. Y se había lanzado a cruzar rápidamente un campo de brezos. Regresó volando, como un pájaro a su jaula, y susurró y batió en la cabeza de Ann Leary.

-¡Ann!

-¡Dile que se vaya!

Cecy se calmó y extendió sus pensamientos.

-¡Ann!

Pero Ann se había rebelado.

-¡No, no, lo odio!

No debía haberme ido, ni siquiera un momento. Cecy derramó su mente en las manos de la muchacha, en el corazón, en la cabeza, suavemente, suavemente.

De pie, pensó.

Ann se incorporó.

Ponte el abrigo.

Ann se puso el abrigo.

Ahora, ¡en marcha!

¡No!, pensó Ann Leary.

¡En marcha!

-Ann -dijo la madre-, no hagas esperar a Tom. Sal y déjate de tonterías. ¿Qué te pasa?

-Nada, mamá. Buenas noches. Volveremos tarde.

Ann y Cecy corrieron juntas hacia la noche de primavera.

Una sala de palomas que bailaban suavemente rizando sus silenciosas y arrastradas plumas, una sala de pavos reales, una sala de ojos y luces de arco iris. Y en el centro, dando vueltas, y vueltas, y vueltas, bailaba Ann Leary.

-Oh, es una hermosa noche -dijo Cecy.

-Oh, es una hermosa noche -dijo Ann.

-Estás rara.-dijo Tom.

La música los hacía girar en la oscuridad, en ríos de canciones; flotaban, asomaban, se hundían, se alzaban en busca de aire, jadeaban, se tomaban el uno del otro como si estuviesen ahogándose, y giraban otra vez, con movimientos de abanico, con murmullos y suspiros al compás de Hermoso Ohio.

Cecy tarareó. Los labios de Ann se abrieron y salió música.

-Sí, estoy rara -dijo Cecy.

-No eres la misma -dijo Tom.

-No, no esta noche.

-No eres la Ann Leary que conozco.

-No, de ningún modo, de ningún modo -murmuró Cecy, a kilómetros y kilómetros de distancia-. No, de ningún modo -dijeron los labios de Ann.

-Tengo una sensación rarísima -dijo Tom.

-¿Acerca de qué?

-Acerca de ti. -Tom apoyó la mano en la espalda de Ann y la hizo bailar mirando la cara resplandeciente de la muchacha, buscando algo-. Tus ojos -dijo-, no puedo verlos realmente.

-¿Me ves? -preguntó Cecy.

-Una parte tuya está aquí, Ann, y otra parte no está.

Tom la hizo girar cuidadosamente, perturbado.

-Sí.

-¿Por qué viniste conmigo?

-Yo no quería venir -dijo Ann.

¿Por qué, entonces?

-Algo me obligó.

-¿Qué?

-No sé. -La voz de Ann era casi histérica.

-Bueno, bueno, bueno -susurró Cecy-. Tranquila. Da vueltas, da vueltas.

Murmuraron y susurraron y se alzaron y cayeron en la sala oscura, con la música que se movía y le hacía girar.

-Pero has venido al baile -dijo Tom.

-Sí -dijo Cecy.

-Vamos.

Y Tom la llevó bailando ligeramente hacia una puerta abierta y la hizo caminar en silencio alejándola de la sala y la música y la gente.

Subieron al carro y se sentaron juntos.

-Ann -dijo Tom, tomándole las manos, temblando-. Ann. -Pero dijo el nombre de ella como si no fuese su verdadero nombre. Se quedó mirando aquel rostro pálido. Ann había abierto otra vez los ojos-. Yo te quise siempre, lo sabes -dijo.

-Lo sé.

-Pero tú fuiste siempre veleidosa y yo no quería sufrir.

-No tiene importancia, somos muy jóvenes.

-No, quiero decir lo siento -dijo Cecy.

-¿Qué quieres decir?

Tom dejó caer las manos de Ann y se endureció.

La noche era cálida y el olor de la tierra subía estremeciéndose alrededor del carro, y el aliento de los árboles frescos empujaba las hojas unas contra otras con una sacudida y un susurro.

-No sé -dijo Ann.

-Oh, pero yo lo sé -dijo Cecy-. Eres alto, y el hombre más atractivo del mundo. Esta es una hermosa noche; recordaré siempre que he pasado esta noche contigo.

Cecy extendió una mano fría y extraña hacia la mano temerosa de Tom, y la acercó y la apretó y calentó.

-Pero -dijo Tom, parpadeando- esta noche estás aquí, estás allí. En un instante de un modo, y en el siguiente de otro. Yo quería traerte al baile esta noche en recuerdo de los viejos tiempos. No pensaba en nada al principio, cuando te lo pedí. Y luego, cuando estábamos junto al pozo, supe que en ti algo había cambiado, realmente. Estás distinta. Hay en ti algo nuevo y blando, algo... -Tom buscó a tientas la palabra-. No sé. No puedo decirlo. El modo en que miras. Algo en tu voz. Y ahora sé que estoy enamorado de ti otra vez.

-No -dijo Cecy-, de mí, de .

-Y temo estar enamorado de ti -dijo Tom-. Me harás daño otra vez.

-Sí -dijo Ann.

No, no, ¡te quiero de veras! pensó Cecy. Ann, díselo, díselo por mí. Dile que lo quieres de veras.

Ann no dijo nada.

Tom se acercó suavemente un poco más y alzó la mano para tomarle la barbilla.

-Me voy, Ann. Conseguí un trabajo a ciento cincuenta kilómetros de aquí. ¿Me extrañarás?

-Sí -dijeron Ann y Cecy.

-¿Puedo despedirme de ti con un beso, entonces?

-Sí -dijo Cecy antes de que ningún otro pudiese hablar.

Tom apoyó los labios en aquella extraña boca. Besó la extraña boca, temblando.

Ann parecía una estatua blanca.

-¡Ann! -dijo Cecy-. ¡Mueve tus brazos, abrázalo!

Ann era como una muñeca de madera a la luz de la luna.

Tom la besó otra vez.

-Te quiero -susurró Cecy-. Estoy aquí. Me ves a mí en los ojos de Ann, a mí. Y yo te quiero a pesar de ella.

Tom se apartó y pareció un hombre que hubiese corrido una larga distancia.

-No sé qué pasa -dijo-. Durante un momento...

-¿Sí? -preguntó Cecy.

-Durante un momento pensé... -Se llevó las manos a los ojos-. No importa. ¿Te llevo ahora a tu casa?

-Por favor -dijo Ann Leary.

Tom le cloqueó al caballo, sacudió cansadamente las riendas y el carro se alejó. Iban en las sacudidas y crujidos y movimientos del carro iluminado por la luna, en la todavía temprana -eran sólo las once- noche primaveral, y los campos brillantes y los suaves prados de trébol pasaban deslizándose.

Y Cecy, mirando los campos y prados, pensaba: daría cualquier cosa, sí, lo daría todo por estar siempre con él desde esta noche. Y oyó otra vez la voz de sus padres, débilmente: "Cuidado. No querrás perder tus poderes mágicos, casándote con un simple mortal. Cuidado."

Sí, sí, pensó Cecy, hasta a eso renunciaría, ahora mismo, si él me tuviese en cambio. No necesitaría entonces pasear en las noches de primavera, no necesitaría vivir en pájaros y perros y gatos y zorros. Sólo necesitaría estar con él. Sólo con él. Sólo con él.

El camino pasaba debajo de ellos, suspirando.

-Tom -dijo Ann al fin.

Tom miraba fríamente el camino, el caballo, los árboles, el cielo, las estrellas.

-¿Qué?

-Si estás alguna vez en los años próximos, alguna vez, en Green Town, Illinois, a unos pocos kilómetros de aquí, ¿me harías un favor?

-Quizás.

Ann Leary habló con una voz vacilante y torpe:

-¿Me harías el favor de ver a una amiga mía?

-¿Por qué?

-Es una buena amiga. Te he hablado de ella. Te daré su dirección. Un momento. -El carro se detuvo ante la casa de Ann y la muchacha sacó lápiz y papel de su pequeño bolso y escribió a la luz de la luna, apoyando el papel en la rodilla-.Toma. ¿Se lee bien?

Tom miró el papel y asintió aturdido.

-Cecy Elliot. Calle de los Alamos, 12. Green Town, Illinois -leyó.

-¿La visitarás algún día? -preguntó Ann.

-Algún día -dijo Tom.

-¿Me lo prometes?

-¿Qué tiene que ver esto con nosotros? -gritó Tom furiosamente-. ¿Para que quiero papeles y nombres?

Apretó el papel y se metió la arrugada pelota en el bolsillo de la chaqueta.

-¡Oh, por favor, promételo! -suplicó Cecy.

-...promételo -dijo Ann.

-¡Muy bien, muy bien, déjame en paz! -gritó Tom.

Estoy cansada, pensó Cecy. No aguanto más. Tengo que ir a casa. Me siento débil. Mi poder sólo alcanza para pasar unas pocas horas como éstas, de noche, viajando, viajando. Pero antes de irme...

-... antes de irme.... -dijo Ann.

Besó a Tom en la boca.

-Soy yo quien te besa -dijo Cecy.

Tom se apartó y miró a Ann Leary, adentro muy adentro. No dijo nada, pero se le ablandó la cara, lentamente, muy lentamente, y los rasgos se le desdibujaron, y la boca perdió su dureza, y miró otra vez el interior de aquel rostro bañado por la luna.

Luego bajó a Ann del carro y sin siquiera unas buenas noches se alejó rápidamente camino abajo.

Cecy dejó a Ann.

La muchacha, gritando, como si saliese de una cárcel, corrió por el sendero lunar hacia su casa y cerró de un portazo.

Cecy se demoró allí cerca unos instantes. En los ojos de un grillo vio el nocturno mundo primaveral. En los ojos de una rana se quedó un momento a solas junto a un estanque. En los ojos de un ave nocturna miró desde un olmo alto, hechizado por la luna, y vio cómo se apagaban las luces en dos granjas, una allí, y otra a un kilómetro. Pensó en sí misma, su familia, y sus extraños poderes, y en que nadie de su familia podía casarse con ninguna de las gentes de aquel vasto mundo, más allá de las colinas.

-¿Tom? -Su mente cada vez más débil voló con un ave nocturna bajo los árboles y sobre los campos de mostaza silvestre-. ¿Tienes todavía el papel, Tom? ¿Vendrás algún día, algún año, alguna vez, a verme? ¿Me conocerás entonces? ¿Me mirarás a la cara y recordarás entonces cuando me viste por última vez, y sabrás que me quieres como yo te quiero, de verdad y para siempre?

Se detuvo en el fresco aire de la noche, a un millón de kilómetros de pueblos y gentes, sobre granjas y continentes y ríos y montañas.

-¿Tom? -preguntó suavemente.

Tom dormía. Era tarde; las ropas estaban colgadas en sillas, u ordenadamente plegadas a los pies de la cama. Y en una mano inmóvil, puesta con cuidado sobre la almohada blanca, junto a su rostro, había un trozo de papel escrito. Lentamente, lentamente, una fracción de centímetro cada vez, los dedos se fueron plegando y se cerraron sobre el papel. Y Tom ni siquiera se movió cuando un ave negra, débilmente, maravillosamente, aleteó con suavidad unos instantes contra los vidrios de la ventana, claros a la luz de la luna, y luego, abriendo en silencio las alas, se alejó volando hacia el este, sobre la tierra dormida.

 
Libro: Las doradas manzanas del sol.