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Saturday, June 13, 2015

Silvina Ocampo: El retrato mal hecho.



A los chicos les debía de gustar sentarse sobre las amplias faldas de Eponina porque tenía vestidos como sillones de brazos redondos. Pero Eponina, encerrada en las aguas negras de su vestido de moiré, era lejana y misteriosa; una mitad del rostro se le había borrado pero conservaba movimientos sobrios de estatua en miniatura. Raras veces los chicos se le habían sentado sobre las faldas, por culpa de la desaparición de las rodillas y de los brazos que con frecuencia involuntaria dejaba caer.
Detestaba los chicos, había detestado a sus hijos uno por uno a medida que iban naciendo, como ladrones de su adolescencia que nadie lleva presos, a no ser los brazos que los hacen dormir. Los brazos de Ana, la sirvienta, eran como cunas para sus hijos traviesos.
La vida era un larguísimo cansancio de descansar demasiado; la vida era muchas señoras que conversan sin oírse en las salas de las casas donde de tarde en tarde se espera una fiesta como un alivio. Y así, a fuerza de vivir en postura de retrato mal hecho, la impaciencia de Eponina se volvió paciente y comprimida, e idéntica a las rosas de papel que crecen debajo de los fanales.
La mucama la distraía con sus cantos por la mañana, cuando arreglaba los dormitorios. Ana tenía los ojos estirados y dormidos sobre un cuerpo muy despierto, y mantenía una inmovilidad extática de rueditas dentro de su actividad. Era incansablemente la primera que se levantaba y la última que se acostaba. Era ella quien repartía por toda la casa los desayunos y la ropa limpia, la que distribuía las compotas, la que hacía y deshacía las camas, la que servía la mesa.
Fue el 5 de abril de 1890, a la hora del almuerzo; los chicos jugaban en el fondo del jardín; Eponina leía en La Moda Elegante: "Se borda esta tira sobre pana de color bronce obscuro" o bien: "Traje de visita para señora joven, vestido verde mirto", o bien: "punto de cadeneta, punto de espiga, punto anudado, punto lanzado y pasado". Los chicos gritaban en el fondo del jardín. Eponina seguía leyendo: "Las hojas se hacen con seda color de aceituna" o bien: "los enrejados son de color de rosa y azules", o bien: "la flor grande es de color encarnado", o bien: "las venas y los tallos color albaricoque".
Ana no llegaba para servir la mesa; toda la familia, compuesta de tías, maridos, primas en abundancia, la buscaba por todos los rincones de la casa. No quedaba más que el altillo por explorar. Eponina dejó el periódico sobre la mesa, no sabía lo que quería decir albaricoque: "Las venas y los tallos color albaricoque". Subió al altillo y empujó la puerta hasta que cayó el mueble que la atrancaba. Un vuelo de murciélagos ciegos envolvía el techo roto. Entre un amontonamiento de sillas desvencijadas y palanganas viejas, Ana estaba con la cintura suelta de náufraga, sentada sobre el baúl; su delantal, siempre limpio, ahora estaba manchado de sangre. Eponina le tomó la mano, la levantó. Ana, indicando el baúl, contestó al silencio: "Lo he matado".
Eponina abrió el baúl y vio a su hijo muerto, al que más había ambicionado subir sobre sus faldas: ahora estaba dormido sobre el pecho de uno de sus vestidos más viejos, en busca de su corazón.
La familia enmudecida de horror en el umbral de la puerta, se desgarraba con gritos intermitentes clamando por la policía. Habían oído todo, habían visto todo; los que no se desmayaban, estaban arrebatados de odio y de horror.

Eponina se abrazó largamente a Ana con un gesto inusitado de ternura. Los labios de Eponina se movían en una lenta ebullición: "Niño de cuatro años vestido de raso de algodón color encarnado. Esclavina cubierta de un plegado que figura como olas ribeteadas con un encaje blanco. Las venas y los tallos son de color marrón dorados, verde mirto o carmín".

Thursday, June 11, 2015

Beatriz Espejo: La casa junto al río



Cuando había noches de luna, la casa rosa parecía plateada y también se veían plateadas sus palmeras ondulantes. En días claros simulaba una postal, con su embarcadero, sus mecedoras, sus ventanas abiertas a la brisa que sacaba las cortinas bullangueras como manos que saludaban a los visitantes venidos del río arriba. Las lanchas dejaban tras de sí, encajes de espumas y cargamentos de risas y los anfitriones de la casa rosa preparaban la fiesta. Eran dichosos, se sentían bendecidos por el cielo y dueños del paraíso. Los padres se amaban, los hijos crecían sanos y fuertes, las criadas se movían presurosas en la cocina. Hacían antojos y los llevaban oportunamente al comedor, langostinos semejantes a flores erizadas, jaibas en chilpachole, gorditas de frijol, picadas en salsa verde, aguas de guanábana o de lima. Y los vasos llenos de hielos que tintineaban chocando entre sí se convertían en campanas cristalinas, y el aroma de los guisos alcanzaba la acera de enfrente. Pero es difícil aceptar la felicidad ajena al considerarla tan perfectas. Los tlacotalpeños empezaron a tener envidia y su envidia germinaba un humor verde que les corría por la sangre y se les aposentaba en el corazón. Sus malos pensamientos trepaban por los aires, su encono escalaba las nubes, su rivalidad se escondía sabe Dios dónde y al cabo de un tiempo se transformaba en hojitas incoloras que volvían a descender y sin ruido, sin levantar el agua, se posaban despacio sobre el tejado de la casa rosada que en noches de luna refulgía como si sus tabiques fueran de plata pura.
Las gentes padecían mil rencores durante las celebraciones domingueras, desde el fondo de sus resentimientos le reclamaban a la Providencia creyéndose víctimas de la injusticia. No podían rezar el Yo Pecador ni entender el Evangelio. Olvidaban el ritual del cura y se dedicaban a observar los movimientos de los dueños de la casa rosa. Veían a la madre que con los cabellos recogidos por una cinta azul pasaba cuidadosa y aplicada las hojas de su misal, atisbaban los gestos más insignificantes del padre parado cerca, acechaban los labios de los niños que recitaban palabra tras palabra todas las oraciones. Y las hojas transparentes continuaban cayendo mustias y perseverantes. Una buena porción se acumulaba si la familia iba a la playa en convertible; otra mayor si el padre jugaba a la bolsa y acrecentaba su fortuna o si una revista extranjera publicaba fotografías de la sala y los corredores de la casa rosa como modelo de arquitectura típica. Las hojas arribaban puntuales. Se amontonaban entre las tejas porque la familia entretenida en su existencia afortunada, imaginándose protegida bajo el manto de la virgen de la Candelaria, no descubría las miradas ingratas ni los gestos helados de aparente desdén que les prodigaban sus vecinos; hasta que un oscuro domingo en que brillaba el sol la última hoja llegó lentamente y el techo se hundió, las paredes se desmoronaron y la casa entera quedó reducida a escombros.


Tomado del libro: El cantar del pescador. Siglo veintiuno editores s.a. de c.v. México, 1993. Con autorización de la autora

Tuesday, June 02, 2015

Juan Manuel Roca

 

 Diario De La Noche 

A la hora en que el sueño se desliza
Como un ladrón por senderos de fieltro
Los poetas beben aguas rumorosas
Mientras hablan de la oscuridad,
De la oscura edad que nos circunda.
A la hora en que el tren tizna la luna
Y el ángel del burdel se abandona a su suerte,
La orquesta toca un aire lastimero.
Una yegua del color de los espejos
Se hunde en la noche agitando su cola de cometa.
¿Qué invisible jinete la galopa?

 

Carta En El Buzón Del Viento 

 Sin saber para quien,
Envío esta carta en el buzón del viento.
Oscuros hombres han merodeado a mi puerta
Con gabanes abulados por la escuadra de una lugger,
Y en la noche, mientras leía a mis viejos poetas enlunados,
Una legión de sombras ha roto mi ventana.

No son duendes.
No son fantasmas los habitantes de este ebrio ricón del mundo,
Y sin embargo,
Nos hemos visto dando nombres propios a un vacío:
Hay un poblado de hombres desaparecidos
Y es frecuente escuchar en las calles y en los bares
A las gentes que hablan de abandonar un país como un barco
que naufraga.
Sin saber para quién,
Escribo esta carta puesta en el buzón del viento,
Desde una nación donde alguien proscribe el sueño,
Donde gotea el tiempo como lluvia envilecida
Y la risa es condenada por traición a los espejos.
No sé a quién pedirle que abra su ventana
Para que entre esta carta puesta en el buzón del viento.

Naturaleza Muerta


Voy por la calle con mi maletín de antílope
Y mi billetera de becerro.
Calzo zapatos de toro
Y llevo un blusón rojo teñido en achote.
Toda mi ropa fue lavada por un secreto río
Y jabones de rosa.
En mis papeles rumora un viejo bosque,
Por momentos siento que
Se despereza la serpiente del cinturón.
Hay vestigios de clorofila en mis dientes.
Escribo con carboncillos de sauce.
Me pregunto qué trozo soy del paisaje.

El Brujo 

Tocaba el arpa en las rejas de su celda.
O tomaba de un vaso sin agua.
Una porción de sed que nunca lo saciaba.
Tocaba el arpa en las rejas de su celda.
Soñaba que los gruesos barrotes temblaban,
Que sonaba un galerón
Con luna entre las palmas.
Los carceleros decían que rondaba la locura.
Pero nadie podría asegurar
Que no era él quien despertaba los patios
Con galope de caballos y fantasmas.

Lista Negra 

Hago la lista negra de mis dudas en medio de un país diezmado y no
sé si las cartas que no llegan son violadas como el sueño o las mujeres…
(Al amanecer arrecia la lluvia y acaso la tormenta acalle disparos
lejanos…)
No sé, exactamente, si algún hombre en mi país es buscado en la
ciudad con la oculta lámpara de algún ladrón de sueños…
(Alguien al borde de un abismo acaso inicie el retrato hablado de un
ángel…)
Y cuando llega la noche o entro al sueño como a un tren que me
saca de un país oscuro, pienso si algún oculto guardián decidiera
aplicarme la ley de fuga de los sueños…

Mapa Del Caminante 

(Homenaje a André Bretón)

Ha llegado, de nuevo,
El poblador de las estaciones anfibias /del sueño,
El caminante de una Babel de espejos.
Alguien lo ha visto
Hablando con un ladrón de lejanías.
Alguien pregunta
De qué sitio viene
Llevando en el ojal la noche.
Yo ignoro el ensalmo, el sortilegio! de su voz,
Pero siento su llamado loco al amor! sin boato
Lo mismo en la cama de marfil Que en el zaguán del boticario.
Ha cruzado parajes de la tierra
Donde alguien golpea las maderas
Y el miedo de abrir es una aldaba.

¡Ay Rigoberta Menchú! Te hemos perdido, Rigoberta.


SE RENTA, RIGOBERTA MENCHÚ