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Sunday, May 17, 2015

Pilar Galán

 
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Valladolid es una de las ciudades con más niebla de España. A eso del atardecer, desde el Pisuerga, empieza a crecer una maraña de jirones que sube hacia el paseo y deja una huella fría en los bancos de piedra.
Si no estás acostumbrado, la helada se te cuela hasta los huesos y te entra una tiritona que no te deja en siete días. Los de aquí salen a la calle preparados. A los que vienen de fuera les toca pagar peaje, ya saben, la gripe con medicamentos dura una semana y sin ellos, siete días. Cosas de médicos. Chistes de médicos. El humor español es muy distinto al suyo. Y las palabras. Le habían dicho que aquí, en Valladolid, la gente hablaba el mejor castellano del mundo. Y sí, hablan bien, pero las sílabas tienen los bordes cortantes del carámbano y las letras se pegan a los labios, perdidas en las grietas.
Cama segura y asistencia médica.
Las otras son muy cariñosas y le dejan rebañar las sobras de la crema pastelera o de la masa de los huesos de santo.
Perrunillas, mantecados, buñuelos de viento.
Sobre la niebla, cuando ya no se ven ni las sombras de los árboles dorados del otoño, se extiende el olor dulce del azúcar del convento.
Tres comidas al día.
Son buenas, las otras. Mayores, pero no lo parecen por su cara que no muestra ni una arruga. Lisitas, sonrosadas. Caras que no han sido tocadas por el sol ni por el frío negro que sube del río a lamer las rejas de su celda.
Son buenas, sí, y la quieren mucho. Y no se ríen cuando habla. Ni cuando tienen que tirar de ella para despertarla, tan dormilona que casi se le cierran los ojos rezando tempranito.
Y aquí solo están ellas, no hombres vociferantes ni gritos ni humo. Solo te tocan ellas.
Aquí combaten el frío a base de caldos calentitos, de ave y vegetales.
Ella se calienta el corazón de otra manera.
Cuando el viento helado agita las hojas más allá del río, reza muy bajito las palabras de antes.
Durazno, maguey, alquejenje, guayaba, guara, arrayana, luma.
No sabe muy bien qué pide con esta plegaria, pero ahuyenta el frío y la niebla, y la lleva a los días de hambre de la infancia, cuando la felicidad se medía por la comida que habían conseguido robar en el mercado, donde el nombre de dios era carnoso, dulce y fresco, y podía morderse hasta quedar saciada.
Pilar Galán
Tecleo en vano. Ed. De la Luna libros. Marzo 2014
 
 
 

Tq 1webo
 
 
Había asumido más mal que bien que su chico (como se decía ahora, por muy ridículo que a ella le resultara) no iba a sorprenderla nunca con unos Louboutin, o unos Manolo Blahnik, recién salidos de Sexo en Nueva York o de Cosmopolitan, y había acabado por reconocer ante los gestos adustos de sus amigas, que su chico no iba a pagar jamás la cena, ni las copas, y que por muy bien que guisara, y por muy a gusto que se estuviera una en casa cenando de tupper, los placeres gastronómicos de comer fuera de casa estaban cada vez más lejos a no ser que ella asumiera todos los gastos. Y una noche de confesiones con sus compañeros de trabajo, hombres estables, casados hace mucho, con hijos, que le habían ido tirando los tejos año tras año con la costumbre sin esperanza de las cenas de empresa, terminó por aceptar que todos los viajes tendría que organizarlos ella, e incluso conducir, y hasta hacer las maletas si no quería encontrarse en Groenlandia con dos pareos y un bikini. Pero lo que terminó con su relación no fue nada de lo anterior, ni siquiera las miradas ni los gestos ni los comentarios despectivos de todo su círculo. Bien es cierto que ella no había esperado nunca de ninguno de los hombres que había conocido una declaración de amor en toda regla, y que dejaba para sus lecturas íntimas a Garcilaso y Quevedo, pero lo que no pudo soportar de ninguna manera fue ser despertada en mitad de la noche por un verso que parpadeaba en la pantalla del móvil, y que hubiera tenido su aquel, si ella lo hubiera entendido, o no hubiera tenido que ponerse las gafas de cerca para leer esa canción de amor desesperada que su chico le enviaba vete tú a saber desde qué garitos nemorosos, colinas plateadas, grises alcores o cárdenas roquedas, el silbo de los botellones sonorosos que centelleaba en el verso heptasílabo tq 1webo, tía, vocativo incluido.
Pilar Galán
 
 

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