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Sunday, May 31, 2015

VALLARTA DE MIS AMORES: Flora González Cervantes


 

VALLARTA DE MIS AMORES

Llegue a Vallarta cuando era niña,
y a mi corta edad, me enamore de su mar;
mis padres me inculcaron,
la historia de Vallarta, amar y respetar.

Crecí en el Vallarta de la bondad,
donde todo mundo se saludaba;
donde las puertas de las casas, siempre abiertas estaban.
y por donde pasabas a comer te invitaban.

Caminar por el malecon el domingo,
era una tradición familiar;
donde el reventar de las olas,
nos mandaba su brisa con olor a sal.

Ir a la Isla del Río Cuale,
me decía que ya podía amar;
pues quien no recuerda aquel caminar,
de la mano del ser, que nos hacia soñar.

La corona de la Iglesia,
el caballito de mar,
los arcos del malecón,
hacen que recuerde, que patasalada soy.

La vida nocturna en Vallarta,
sigue siendo otro de los atractivos;
pero para nosotros, los patasaladas,
cada rincón del puerto es un pequeño paraiso.

Nuestras tradiciones son un orgullo,
la comida, la pesca y las peregrinaciones,
solo una muestra son,
de lo que un patasalada lleva en su corazón.

El ver nacer al sol,
en las verdes montañas de mi Vallarta;
hacen que me quede inerte
sintiendo el rocío de tan hermosa mañana.

Caminar por las playas de Vallarta,
es un placer que no tiene cualquiera;
sus olas, sus parachutes y sus atardeceres,
enamoran a todo amante de la belleza!

Yelapa, Quimixto y las Marietas,
playas que impactan por su belleza;
todo aquel que las visita,
regresa porque regresa!!!!

Vallarta de mil colores,
como me duele la distancia;
eso hace que, en mi añoranza,
tenga vivos tus colores, olores y sabores.

Colores que le dan vida a mis recuerdos,
olores que me erizan la piel al recordarte;
los sabores, que me llevan a mi madre,
que me hizo amarte, VALLARTA DE MIS AMORES
 

La Modelo: Beatriz Espejo

La modelo

Y qué ardiente deseo obsesiona mi alienado corazón.
Safo


Para Silvia Sentíes

No conduzcas tan aprisa. Los volkswagen no deben correrse a más de cuarenta. En el velocímetro la aguja marca setenta, a veces se inclina hacia la derecha según oprimes el acelerador. Setenta, ochenta, setenta, ochenta, noventa, cien. La vegetación tropical de Cuernavaca, buganvilias e hibiscos manchando de rojo los camellones. Luego, una curva pronunciada, rocas abiertas en dos a fuerza de dinamita y pinares apuntando un cielo sorprendido. ¿Por qué preferir este coche? En el garaje dejaste el otro grande y estable para correr sin problemas. Cien, ciento veinte, ciento cuarenta. Te hablan y no contestas, tienes la costumbre. Razonas en cosas ajenas como si te salieras del mundo. Desde el viernes pasado te sientes mal, duermes con dificultad. Te levantas para buscar pastillas que sólo te amodorran. Abres los ojos, esperas ardientemente el sol de las nueve y hallas la oscuridad de la madrugada. Por la cortina se filtra la luz del farol de la calle. Sientes un hueco en el estómago, una especie de inquietud semejante a un ardor por dentro. Te volteas bocabajo. Recuerdas la mirada de Ricardo irritada por los coñacs que tomó en tu compañía. Experimentas una repentina frialdad lejana al agradecimiento que te inspiró cuando lo creíste una especie de milagro. “La pureza del corazón consiste en querer una cosa”. ¿Escribió eso Kierkegaard? Perdiste la pureza porque no deseas cosa alguna, aunque el hueco en el estómago te hace extrañar a Ricardo. Echas de menos su conversación chispeante, llena de contrasentidos, de ideas tergiversadas y sin embargo divertida. Conformas su imagen en traje de baño y en aquella alberca donde ambos se asoleaban y de pronto necesitas acariciar su espalda. “La pureza del corazón consiste...” Ciento cuarenta, ciento sesenta. ¿Por qué conduces tan rápido? No hay prisa por llegar. En el asiento trasero duerme tu perrita. Sentada junto a ti, tu madre dice algo. No la escuchas, no le contestas. Es aburrido permanecer contigo cuando te alejas estando presente. ¿Rememoras entonces tu infancia? ¿Una especie de felicidad inverosímil en la cual te supusiste predestinada para lo mejor? Te preguntas cómo empezaste a fallar y en qué momento al presentarse la disyuntiva preferiste la ruta errada. Piensas en Ricardo, antes había sido Pablo y antes Mauricio y antes Enrique y antes. Varios de ellos opinarían que eres humorista, alabarían tu sentido de la alegría. Ninguno adivinó que te reías mucho como una obligación. Ninguno sospecharía tampoco lo cansada que te encuentras. Bostezas, los párpados casi se te cierran y, al mismo tiempo, sabes que al llegar la noche no podrás dormir, no controlarás un temblor interno y constante. Sube el velocímetro, aceleras. En las curvas pierdes el carril, coqueteas con las pendientes. Tú, la del rostro honesto, convertida en lo que cualquier mujer de treinta años quisiera ser. Disciplinada, trabajadora, luminosamente limpia, capaz de ganar dinero con tanta facilidad como lo gastas; pero ahora las pelucas, el maquillaje exagerado y las pestañas postizas te aburren hasta la náusea. Te enfermas con la idea de enfrentarte a tu fotógrafo siempre insatisfecho, el mismo que te inculcó miedo a que los años pasen denunciando su inevitable saldo de arrugas y deformaciones. Tu secretaria considera trágica una herencia de clase media que no logras superar. Conservas todavía puritanismo demudado. Ricardo intentó cualquier medio para llevarte a su cama. Se pregunta por qué no aceptaste. Ignora tu miedo a esta sensación imprecisa con la cual regresas. Al planear el viaje alentabas el propósito de verlo, sin embargo desde el hotel cancelaste la cita que acordaron para cenar. Hacía poco te entusiasmaba aquel hombre alto y elegante exasperándote con sus talentos de seductor. Algo así como sostenerse en el rojo mientras la ruleta marcaba el negro. Quizá ya te deprimen los moteles, los riesgos y las aventuras furtivas. No corras tanto. En los coches pequeños la velocidad es más peligrosa y a lo mejor por un accidente ni se muere uno y queda inválido o contrahecho. Reconstruyes la caricatura del gato empeñado en comerse un canario vivaracho. Hubieras anhelado que te atraparan, que al cesar el asedio surgiera un sorpresivo silencio. Para entonces el gato se consideraba vencido. Las nubes coronan las montañas como algodones plomizos puestos allí para ensombrecer el panorama luminoso unos kilómetros atrás. Mauricio te buscó en Cuernavaca. La semana anterior le confiaste que irías. Dio contigo porque regresas siempre a los lugares conocidos. Bastó con telefonear a la Hostería de las Quintas preguntando si habías tomado una suite. Otra vez más lo juzgaste conceptuoso y frío. Te asustan sus labios duros; pero cuando bebió unos martinis adoptó una risita entre picara e insinuante. Comieron pollo al curry en un restaurante cuyos jardines estaban concurridos por norteamericanos ataviados como para rivalizar con los pavos reales que el dueño del establecimiento mantiene cebados. Notaste la delicadeza de los geranios sobre la voz de tu madre emitiendo notas agudas en la referencia oficial de los agraristas que les quitaron la hacienda, los otoños del abuelo en Europa cuando no se viajaba a plazos, los turistas empeñados en visitar semanalmente la casa museo de la tía Emilia, el monumento fúnebre que la familia conserva en prueba de sus antiguas glorias. Mauricio seguía el casi monólogo con una expresión que interpretaste como de paciencia infinita, hasta que irónico y chocante —la frase fue un zarpazo—, dijo que las mujeres carecen de espíritu. Tu madre se interrumpió desconcertada. Durante un segundo insonoro pareció aludirse; sin embargo lo pasó por alto y celebró las excelencias del postre. Miraste las bellas manos de tu anfitrión, sus ojos incisivos. Te inquietó lo que ocultaban sus facciones regulares. Se apoyaba en ideas rígidas y preconcebidas tomadas de Uspensky, un filósofo que detestas porque simpatizas con Katherine Mansfield. Evocas la anécdota ¿dónde la leíste? sobre la escritora tuberculosa y moribunda en un establo parisiense, y el momento en que su maestro Gurdjieff le apagó la vela que la alumbraba, su último asidero a este mundo. Le preguntaste a Mauricio si realmente creía que las mujeres carecen de espíritu. Te respondió que las considera divinas y lo suficientemente encantadoras para ilustrar, como lo has hecho, la portada de Vogue y sonrió atusándose el bigote, mientras miraba a una señora de senos ostentosos ubicada en una mesa contigua y jugueteaba un cigarrillo entre los dedos de la mano libre. Ricardo te contestaría que lo tiene deformado por el sistema económico. Suele tomarla con el comunismo entre comillas. Una noche intentaste explicarle esto que sientes. Se burló de ti. No entiende que se padezca ostentando un broche de esmeraldas sobre un vestido de Pucci, como si tales cosas resultaran unos amuletos infalibles. Te examinó las piernas y retornó a su actitud de gato perseguidor. Fatigada quisiste dejarte pescar; te aburren las promesas de nuevos encuentros epidérmicos que por otra parte siempre propicias. Acudió al socorrido argumento de que nada reciben los avaros, sin intuir que lo veías como un playboy con las armas rotas y que no procuras transacciones románticas. Te felicitó. Encontraba sincera tu expresión en el comercial donde anunciabas lavadoras ante los televidentes, y se interesó por tus planes futuros. Respondiste que tal vez tomarías un respiro, una tregua. Noventa, cien, ciento veinte. Llueve torrencialmente, graniza. El coche patina un par de veces. Aceleras. De propósito coges mal las curvas, casi te despeñas. Tu madre enciende la calefacción, te pide nerviosa que no vayan tan rápido porque se pueden matar. Dejaste de dormir desde que el papel de canario empezó a cansarte. Tu apariencia lo acusa. Bajaste de peso y se te estragó la cara. Pierdes la frescura del cutis por el cual te escogieron los dirigentes de Estée Lauder para la publicidad de sus artículos de belleza; además trabajas mucho. Inventas quehaceres, asistes a todas partes, a los cocteles, a las galerías de pintura. No pierdes la oportunidad de aparecer en público aun sabiendo las consecuencias. Una regla fundamental en tu profesión radica en no popularizarse demasiado. Hablas de abrir una boutique con tu nombre, derrochas la suma destinada para el proyecto. ¿Cuánto transcurrió desde que en la escuela disfrutabas aquellas tonterías infantiles, premios, triunfos, competencias?

Escuchas de pronto un trueno. El volante vibra, te aferras a él; apenas controlas el auto. Huyen unos minutos violentos, logras detenerte en la cuneta. Tu madre habla del percance, recuerda que te lo había advertido. Esperas. Aparece la grúa que ayuda a los viajeros en problemas. Amaina la lluvia. Persisten unas gotas. Hombres uniformados te cambian la llanta. Tu madre les agradece sus esfuerzos. Baja del automóvil, se aleja varios metros. La sigue tu perrita en la que no reparas. Permaneces sentada. El mecánico te asegura que el incidente sólo fue un susto. Enciendes el motor. Buscas el espejo, te prodigas una mirada dolorosa y capturas dos imágenes amadas disponiéndose a regresar. Furtivamente ves en la guantera el catálogo que hiciste para la Ford Model Agency, tú, optimista e internacionalizada. Ves también el precipicio. Oprimes un pedal y no importa ya que en la disyuntiva escojas el camino equivocado.

Capítulo 12 José Luis Ontiveros


Saturday, May 30, 2015

Arturo Sodoma


Noche de Fiesta


Estoy en la noche dónde todo se olvida
El rock suena y el grito de las botellas cae
Son estrellas intoxicadas de amor
Y de minutos que brincan en los charcos
La lluvia es el cabello de mi novia
Ojalá pudiera atarla
Pero le gusta ser huracán en la ciudad de los dioses
estoy en la noche
dentro de ella hay el corazón de un piano
y el blanco de los ojos
el blanco de las azucenas
el blanco de la dama de blanco
y todos sonreímos
cuando la hiena llora
en la noche donde todo es un juego estoy
voltea la bala viene
la vaga bala viene junto al viento
veraniega bala al vacío
caemos
explotamos
¿alguien en la fiesta sabe resucitar a suicidas?
¿A qué venimos?
Es la noche de una noche
Los locos se volvieron locos en la noche
Los ahorcados los ahorcaron en el árbol de la noche
A los sumisos se les cortó la rabia a la orilla de la tarde y amanecieron gritando noche
El apocalipsis zombie es de noche
Los amantes lloran de día se masturban en la tarde y se follan a las 10 pm
La luz primitiva
Las fogatas en donde le dimos el primer beso a la planta
La luz de los amigos muertos
Las velas
Los faros
Los aviones que despegan hacia el nunca jamás
La guerra
Y hasta el espíritu santo
Sólo es bello de noche
Estoy parado a mitad del continente
Es verdad
La oscuridad se come a las montañas a los jilgueros
A los cabellos rojos y al ministro de cultura
Es de noche y a la fiesta van llegando
Los payasos

Beatriz Espejo: Alta costura.


 
 
Alta costura
 

Cuando llega esa mañana al taller de Poiret, Roma Chatov no sospecha siquiera que empieza a ser un instrumento de Dios. Se dirige al rincón donde se apoyan contra la pared los pesados tubos que envuelven el crepé de seda. Hace a un lado el azul índigo, el blanco helenio y atrae hacia sí el rojo sangre. Rectifica el ancho, uno veinte. Será un chal magnífico, piensa. Lo confeccionaré por entero, aunque reflexionándolo bien quizá convendría pasárselo a una bordadora para que cosiera las orillas; pero todas trabajan atareadas en los elaborados diseños del maestro. Urge terminar los trajes que usarán la duquesa de Guiche y madame Castellane en la recepción ofrecida por los polignac la semana entrante. Así pues Roma regresa con su tela y se sienta junto a una ventana buscando la mejor luz del día. Gira el carrusel de carretes, elige un hilo de tono idéntico e inicia hábilmente la hilera de puntadas escondidas bajo el doblez. Fue parte de su entrenamiento ejecutar cualquier tarea relacionada con el oficio, aunque se especializa en la pintura de gasas, rasos que llevan ramos de violetas, faroles chinescos, manojos de corolas y pistilos o prismas y rectángulos en el más puro estilo art-decó; pero ahora da impulso a su imaginación sin obligarse a las exigencias de un modelo. Dibujará una golondrina fantástica que se remonte al cielo, metáfora clara, homenaje para aquella impredecible que intentaba volar y a quien sólo vio una vez en pleno descenso. Roma Chatov la recuerda con sensaciones contradictorias. Había acompañado a Poiret que, por deferencia a una de sus clientas más famosas y leales, aceptó complementar la escenografía de una velada dancística; algunos telones azules de diferentes matices, hojas de acanto y cirios encendidos en lugares estratégicos. Entre los contados concurrentes varios intelectuales. La pequeña Roma Chatov, recién llegada de Moscú, los reconoció fácilmente. Son personas célebres y sus fotografías aparecen en periódicos y revistas que ella hojea como parte de una educación mundana. Será pájaro. Sí, un pájaro fantástico y amarillo con las alas abiertas de un extremo a otro del rectángulo. Se repartía champán en esbeltas copas burbujeantes y se escuchaban trozos de conversaciones divertidas. Jean Negulesco le confesó a Rex Ingram que encontraba prodigiosa la iluminación. Otros comentaban, bajando la voz, que la anfitriona había dejado atrás sus triunfos, no era ni su sombra. El peso de los años y el de la tragedia ya no le permitían despegarse del suelo. Las alas extendidas abarcan el material encarnado y aún queda sitio para otros elementos que complementen la plasticidad de la figura. Ha quedado atrás la ninfa ingrávida que aplaudíamos rabiosamente por la originalidad de sus coreografías, comentó Marguerite Jamois. Sin embargo siempre podría darnos sorpresas, dijo Marie Laurecin. Se escucharon las primeras notas de una sonata de Bach. Desde sus telones la bailarina surgió con una vela entre los dedos, el cabello suelto teñido de púrpura, descalza, cubierta por una toga blanca. Nadie supo cómo avanzó hasta el punto donde se hallaba, metida en su música escuchándola con unción, para si misma, ajena a sus invitados, al mundo tangible y cotidiano. Entregada a un rito del que era sacerdotisa única. Permanecía estática, imagen detenida, congelada por la cámara de un fotógrafo portentoso. Estaba ahí y estaba en otra parte. Luego, de manera insensible prendió uno tras otro doce candeleros colocados alrededor del piano. ¿Se mueve? ¿Se ha movido? preguntaban. Sus pies no parecían dar un paso, como si las pisadas obedecieran al ritmo interior de una armonía secreta. Tenía un halo de plata, una expresión demudada. ¿Seguía la música? ¿La música la seguía? Nadie lo hubiera asegurado, nadie cambiaba postura ni profería palabra por miedo a romper la magia; como si el silencio fuera respuesta al milagro producido hasta que ese encanto se esfumó en un acto de prestidigitación. Sobre el crepé rojo el pájaro toma forma cercado por signos negros que semejan una caligrafía oriental y en realidad nada significan. Pausa breve. Las teclas de marfil se hundieron precipitando en la atmósfera una mazurca de Chopin. La danzarina coronada de rosas volvió semicubierta con una túnica traslúcida a la mitad de sus muslos desnudos. Ella, que hacía unos instantes recordaba el retrato que en el apogeo de su gloria le hizo Arnold Genthe, brazos en alto, cabeza hacia atrás, garganta ebúrnea. Ella, que minutos antes resucitaba la simplicidad perfecta de la escultura griega, se contorsionaba en un espectáculo grotesco. Resultaba obsceno su rostro hinchado por el alcohol, su escote sudoroso, las piernas celulíticas saltando pesadamente contra el piso, los brazos que alguna vez emularon guirnaldas de laurel y entonces simulaban aros circenses dispuestos para que saltaran dentro una camada de perrillos. Carreras absurdas, arriba y abajo del reducido espacio, y ubres colgantes que las transparencia revelaban impúdicamente. Gracia de avestruz, decrepitud precipitada en una resbaladilla. Redundante su respiración sonora, estertor producido por el esfuerzo. Un último brinco y se clavó con un pie al frente y las manos extendidas hacia los espectadores que suspiraron aliviados cuando la música cesó. Después la ocultista se fue para vestirse dejando a sus amigos paralizados en sus respectivos lugares, sin abrir la boca o atreverse a cruzar miradas en la quietud silenciosa. Sentían vergüenza y culpabilidad cómplice de un crimen, el de haber constatado un derrumbe. Picasso, con las brasas de sus ojos fijas en el hueco que la bailarina había dejado, se sobresaltó con la voz puntiaguda de Jean Cocteau que silbó en el aire: admítelo, este genio ha matado la fealdad. Al regresar, Poiret se negó a los comentarios y la pequeña Roma Chatov se quedó callada en la incomodidad del coche experimentando la despreocupada compasión que sienten las mujeres jóvenes por las que dejaron de serlo, y también queriendo solidarizarse contradictoriamente con quien intentó fundar una escuela para bailarinas pobres en su país de nieves remotas. Por eso ahora dibuja las plumas ficticias de un ave, el pico agresivo, el gordo pecho figurado en una línea, y decide enviarlo a Niza sin suponer que en el intrincado tapiz del destino ella es el hilo y la aguja, los colores, el pincel de Dios. Y sin saber tampoco que su bello, delicadísimo, poderoso, resistente regalo dobladito en albos papeles será el instrumento liberador con que Isadora Duncan morirá estrangulada.


Tomado del libro: Alta Costura, Tusquets Editores, México, 1996. Con autorización de la autora.

POR ESTA HEBRA: Elia Casillas


Sigmund Freud: Analysis of a Mind (doblado al español)


Elia Casillas


Friday, May 29, 2015

El ángel: Hans Christian Andersen



Cada vez que muere un niño bueno, baja del cielo un ángel de Dios Nuestro Señor, toma en brazos el cuerpecito muerto y, extendiendo sus grandes alas blancas, emprende el vuelo por encima de todos los lugares que el pequeñuelo amó, recogiendo a la vez un ramo de flores para ofrecerlas a Dios, con objeto de que luzcan allá arriba más hermosas aún que en el suelo. Nuestro Señor se aprieta contra el corazón todas aquellas flores, pero a la que más le gusta le da un beso, con lo cual ella adquiere voz y puede ya cantar en el coro de los bienaventurados.

He aquí lo que contaba un ángel de Dios Nuestro Señor mientras se llevaba al cielo a un niño muerto; y el niño lo escuchaba como en sueños. Volaron por encima de los diferentes lugares donde el pequeño había jugado, y pasaron por jardines de flores espléndidas.

-¿Cuál nos llevaremos para plantarla en el cielo? -preguntó el ángel.

Crecía allí un magnífico y esbelto rosal, pero una mano perversa había tronchado el tronco, por lo que todas las ramas, cuajadas de grandes capullos semiabiertos, colgaban secas en todas direcciones.

-¡Pobre rosal! -exclamó el niño-. Llévatelo; junto a Dios florecerá.

Y el ángel lo cogió, dando un beso al niño por sus palabras; y el pequeñuelo entreabrió los ojos.

Recogieron luego muchas flores magníficas, pero también humildes ranúnculos y violetas silvestres.

-Ya tenemos un buen ramillete -dijo el niño; y el ángel asintió con la cabeza, pero no emprendió enseguida el vuelo hacia Dios. Era de noche, y reinaba un silencio absoluto; ambos se quedaron en la gran ciudad, flotando en el aire por uno de sus angostos callejones, donde yacían montones de paja y cenizas; había habido mudanza: se veían cascos de loza, pedazos de yeso, trapos y viejos sombreros, todo ello de aspecto muy poco atractivo.

Entre todos aquellos desperdicios, el ángel señaló los trozos de un tiesto roto; de éste se había desprendido un terrón, con las raíces, de una gran flor silvestre ya seca, que por eso alguien había arrojado a la calleja.

-Vamos a llevárnosla -dijo el ángel-. Mientras volamos te contaré por qué.

Remontaron el vuelo, y el ángel dio principio a su relato:

-En aquel angosto callejón, en una baja bodega, vivía un pobre niño enfermo. Desde el día de su nacimiento estuvo en la mayor miseria; todo lo que pudo hacer en su vida fue cruzar su diminuto cuartucho sostenido en dos muletas; su felicidad no pasó de aquí. Algunos días de verano, unos rayos de sol entraban hasta la bodega, nada más que media horita, y entonces el pequeño se calentaba al sol y miraba cómo se transparentaba la sangre en sus flacos dedos, que mantenía levantados delante el rostro, diciendo: «Sí, hoy he podido salir». Sabía del bosque y de sus bellísimos verdores primaverales, sólo porque el hijo del vecino le traía la primera rama de haya. Se la ponía sobre la cabeza y soñaba que se encontraba debajo del árbol, en cuya copa brillaba el sol y cantaban los pájaros.

Un día de primavera, su vecinito le trajo también flores del campo, y, entre ellas venía casualmente una con la raíz; por eso la plantaron en una maceta, que colocaron junto a la cama, al lado de la ventana. Había plantado aquella flor una mano afortunada, pues, creció, sacó nuevas ramas y floreció cada año; para el muchacho enfermo fue el jardín más espléndido, su pequeño tesoro aquí en la Tierra. La regaba y cuidaba, preocupándose de que recibiese hasta el último de los rayos de sol que penetraban por la ventanuca; la propia flor formaba parte de sus sueños, pues para él florecía, para él esparcía su aroma y alegraba la vista; a ella se volvió en el momento de la muerte, cuando el Señor lo llamó a su seno. Lleva ya un año junto a Dios, y durante todo el año la plantita ha seguido en la ventana, olvidada y seca; por eso, cuando la mudanza, la arrojaron a la basura de la calle. Y ésta es la flor, la pobre florecilla marchita que hemos puesto en nuestro ramillete, pues ha proporcionado más alegría que la más bella del jardín de una reina.

-Pero, ¿cómo sabes todo esto? -preguntó el niño que el ángel llevaba al cielo.

-Lo sé -respondió el ángel-, porque yo fui aquel pobre niño enfermo que se sostenía sobre muletas. ¡Y bien conozco mi flor!

El pequeño abrió de par en par los ojos y clavó la mirada en el rostro esplendoroso del ángel; y en el mismo momento se encontraron en el Cielo de Nuestro Señor, donde reina la alegría y la bienaventuranza. Dios apretó al niño muerto contra su corazón, y al instante le salieron a éste alas como a los demás ángeles, y con ellos se echó a volar, cogido de las manos. Nuestro Señor apretó también contra su pecho todas las flores, pero a la marchita silvestre la besó, infundiéndole voz, y ella rompió a cantar con el coro de angelitos que rodean al Altísimo, algunos muy de cerca otros formando círculos en torno a los primeros, círculos que se extienden hasta el infinito, pero todos rebosantes de felicidad. Y todos cantaban, grandes y chicos, junto con el buen chiquillo bienaventurado y la pobre flor silvestre que había estado abandonada, entre la basura de la calleja estrecha y oscura, el día de la mudanza.

 

Irrumpe indígena de Guerrero en acto de Rigoberta Menchú



"No podemos seguir pidiendo un minuto de silencio por los desaparecidos, porque pedir un minuto de silencio por cada desaparecido y por cada asesinado en en nuestro país, en nuestro estado, es quedarnos callados eternamente"

Thursday, May 28, 2015

Jesús Lizano




LA CONQUISTA DE LA INOCENCIA

Resulta que soy un niño,
que todo
ha ido haciéndome un niño,
que el sufrimiento y la alegría me han hecho un niño,
que como un niño
todo lo he ido transformando en sueños,
jugando con mis sueños y con mis versos,
resistiendo con ellos,
que contemplar todos los mundos me ha hecho un niño,
que yo iba como todos para ser un hombre
y las fronteras me han hecho un niño,
los fingimientos y los límites:
todo me ha hecho un niño;
que la locura me ha hecho un niño,
verla, palparla,
a través de todos los disfraces y de todas las máscaras,
que el asalto de la razón a todo lo que vive
me ha hecho un niño,
que sorprenderme por todo me ha hecho un niño,
desear un vivir que sobre todo fuera una aventura,
que me ha hecho un niño
el engaño de cuantos han crecido,
que les hacían hombres
las trampas de los dominantes,
que dejas de ser niño cuando te conviertes en dominante,
que el dominio de las abstracciones me ha hecho un niño,
que al parecer eso es ser hombre,
que he preferido ser un niño
para salvar todo lo creativo,
que mi mundo
no es de este reino perdido,
para dar a los sentidos lo que es de los sentidos,
al instinto lo que es del instinto,
que los sueños me han hecho un niño,
que no podía vivir si no era un niño
que me ahogaban las órdenes y las leyes.
Resulta que muchos de los que se hicieron hombres
y no buscaron la inocencia,
al final de sus vidas
recuerdan con nostalgia lo que tuvieron de niño,
porque a ser hombre llaman
vivir en un mundo de dominantes
y sometidos,
que la soledad me ha hecho un niño,
que el darlo todo y el haberlo perdido
me ha hecho un niño,
que he sido un poeta maldito porque soy un niño,
que me ha hecho un niño
ver que lo único importante
es buscar la inocencia entre la astucia,
que cuando he amado
me he convertido en un niño,
que comprender que hay víctimas pero no culpables
me ha hecho un niño,
que por ser un niño
mantengo la ilusión a pesar de los desencantos
y de la sangre derramada
entre las trampas y los mitos,
que ver cómo caemos todos en las innumerables trampas
me ha hecho un niño,
y que de no ser un niño
nunca hubiera nacido en mí la rebeldía,
que es preciso
comenzar a rebelarse a uno mismo,
no seguir la consigna de ser un hombre,
que soy poeta porque conquisto la inocencia
cada vez que abro los ojos y contemplo las cosas,
que a ser niño
es lo único que he aprendido
y porque observo que todos los seres
con el mismo destino:
nacer para la muerte,
no dejan de ser niños:
que un pájaro siempre es un niño,
que un árbol siempre es un niño,
que un perro siempre es un niño.
Y porque pienso qué es un hombre
si deja de ser niño,
que se equivocan las escuelas
que intentan hacernos hombres
prometiéndonos falsos paraísos,
que la anarquía sólo será posible
cuando todos fuéramos niños,
cuando todos partamos
a la conquista de la inocencia,
que escribo este poema
porque resulta que soy un niño

Recital de Jesus Lizano. Lizanote de la Acracia 1


jesus lizano oda a la mierda


Wednesday, May 27, 2015

Chacales y árabes: Franz Kafka


 
 
 
Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó adelante; ya había alimentado a los camellos y se dirigía a acostarse.

Me tiré de espaldas sobre la hierba; quería dormir; no pude conciliar el sueño; el aullido de un chacal a lo lejos me lo impedía; entonces me senté. Y lo que había estado tan lejos, de pronto estuvo cerca. El gruñido de los chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se encendían y se apagaban; cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo un látigo.

Un chacal se me acercó por detrás, pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara mi calor, luego me encaró y dijo, sus ojos casi en los míos:

-Soy el chacal más viejo de toda la región. Me siento feliz de poder saludarte aquí todavía. Ya casi había abandonado la esperanza, porque te esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las madres hasta llegar a la madre de todos los chacales. ¡Créelo!

-Me asombra -dije olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía mantener lejos a los chacales-, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. ¿Qué quieren de mí, chacales?

Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso, los chacales estrecharon el círculo a mi alrededor; todos respiraban con golpes cortos y bufaban.

-Sabemos -empezó el más viejo- que vienes del Norte; en esto precisamente fundamos nuestra esperanza. Allá se encuentra la inteligencia que aquí entre los árabes falta. De este frío orgullo, sabes, no brota ninguna chispa de inteligencia. Matan a los animales, para devorarlos, y desprecian la carroña.

-No hables tan fuerte -le dije-, los árabes están durmiendo cerca de aquí.

-Eres en verdad un extranjero -dijo el chacal-, de lo contrario sabrías que jamás, en toda la historia del mundo, ningún chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué deberíamos tenerles miedo? ¿Acaso no es un desgracia suficiente el vivir repudiados en medio de semejante pueblo?

-Es posible -contesté-, puede ser, pero no me permito juzgar cosas que conozco tan poco; debe tratarse de una querella muy antigua, de algo que se lleva en la sangre, entonces concluirá quizá solamente con sangre.

-Eres muy listo -dijo el viejo chacal; y todos empezaron a respirar aún más rápido, jadeantes los pulmones a pesar de estar quietos; un olor amargo que a veces sólo apretando los dientes podía tolerarse salía de sus fauces abiertas-, eres muy listo; lo que dices se corresponde con nuestra antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la querella habrá terminado.

-¡Oh! -exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido- se defenderán, los abatirán en masa con sus escopetas.

-Has entendido mal -dijo-, según la manera de los hombres que ni siquiera en el lejano Norte se pierde. Nosotros no los mataremos. El Nilo no tendría bastante agua para purificarnos. A la simple vista de sus cuerpos con vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por esta razón se ha vuelto nuestra patria.

Y todos los chacales en torno, a los cuales entre tanto se habían agregado muchos otros venidos de más lejos, hundieron la cabeza entre las extremidades anteriores y se la frotaron con las patas; habríase dicho que querían ocultar una repugnancia tan terrible que yo, de buena gana, con un gran salto hubiese huido del cerco.

-¿Qué piensan hacer entonces? -les pregunté al tiempo que quería incorporarme, pero no pude; dos jóvenes bestias habían mordido la espalda de mi chaqueta y de mi camisa; debí permanecer sentado.

-Llevan la cola de tus ropas -dijo el viejo chacal aclarando en tono serio-, como prueba de respeto.

-¡Que me suelten! -grité, dirigiéndome ya al viejo, ya a los más jóvenes.

-Te soltarán, naturalmente -dijo el viejo-, si tú lo exiges. Pero debes esperar un ratito, porque siguiendo la costumbre han mordido muy hondo y sólo lentamente pueden abrir las mandíbulas. Mientras tanto escucha nuestro ruego.

-No diré que el comportamiento de ustedes me ha predispuesto a ello -contesté.

-No nos hagas pagar nuestra torpeza -dijo, empleando en su ayuda por primera vez el tono lastimero de su voz natural-, somos pobres animales, sólo poseemos nuestra dentadura; para todo lo que queramos hacer, bueno o malo, contamos únicamente con los dientes.

-¿Qué quieres entonces? -pregunté algo aplacado.

-Señor -gritó, y todos los chacales aullaron; a lo lejos me pareció como una melodía-. Señor, tú debes poner fin a la querella que divide el mundo. Tal cual eres, nuestros antepasados te han descrito como el que lo logrará. Es necesario que obtengamos la paz con los árabes; un aire respirable; el horizonte completo limpio de ellos; nunca más el lamento de los carneros que el árabe degüella; todos los animales deben reventar en paz; es preciso que nosotros los vaciemos de su sangre y que limpiemos hasta sus huesos. Limpieza, solamente limpieza queremos -y ahora todos lloraban y sollozaban-, ¿cómo únicamente tú en el mundo puedes soportarlos, tú, de noble corazón y dulces entrañas? Inmundicia es su blancura; inmundicia es su negrura; y horrorosas son sus barbas; ganas da de escupir viendo las comisuras de sus ojos; y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre el infierno. Por eso, oh señor, por eso, oh querido señor, con la ayuda de tus manos todopoderosas, con la ayuda de tus todopoderosas manos, ¡córtales el pescuezo con esta tijera! -Y, a una sacudida de su cabeza, apareció un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre.

-¡Ah, finalmente apareció la tijera, y ahora basta! -gritó el jefe árabe de nuestra caravana, que se nos había acercado contra el viento y que ahora agitaba su gigantesco látigo. Todos escaparon rápidamente, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente acurrucados unos contra otros, tan estrecha y rígidamente los numerosos animales, que se los veía como un apretado redil rodeado de fuegos fatuos.

-Así que tú también, señor, has visto y oído este espectáculo -dijo el árabe riendo tan alegremente como la reserva de su tribu lo permitía.

-¿Sabes entonces qué quieren los animales? -pregunté.

-Naturalmente, señor -dijo-, todos lo saben; desde que existen los árabes esta tijera vaga por el desierto, y viajará con nosotros hasta el fin de los tiempos. A todo europeo que pasa le es ofrecida la tijera para la gran obra; cada europeo es precisamente el que les parece el predestinado. Estos animales tienen una esperanza insensata; están locos, locos de verdad. Por esta razón los queremos; son nuestros perros; más lindos que los de ustedes. Mira, reventó un camello esta noche, he dispuesto que lo traigan aquí.

Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver delante de nosotros. Apenas tendido en el suelo, ya los chacales alzaron sus voces. Como irresistiblemente atraído por hilos, cada uno se acercó, arrastrando el vientre en la tierra, inseguro. Se habían olvidado de los árabes, habían olvidado el odio; la obliteradora presencia del cadáver reciamente exudante los hechizaba. Ya uno de ellos se colgaba del cuello y con el primer mordisco encontraba la arteria. Como una pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a cualquier precio y al mismo tiempo sin éxito un prepotente incendio, cada músculo de su cuerpo zamarreaba y palpitaba en su puesto. Y ya todos se apilaban en igual trabajo, formando como una montaña encima del cadáver.

En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra. Los chacales alzaron la cabeza, a medias entre la borrachera y el desfallecimiento, vieron a los árabes ante ellos, sintieron el látigo en el hocico, dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Pero la sangre del camello formaba ya un charco, humeaba a lo alto, en muchos lugares el cuerpo estaba desgarrado. No pudieron resistir; otra vez estuvieron allí; otra vez el jefe alzó el látigo; yo retuve su brazo.

-Tienes razón, señor -dijo-, dejémoslos en su oficio; por otra parte es tiempo de partir. Ya los has visto. Prodigiosos animales, ¿no es cierto? ¡Y cómo nos odian!


Elia Casillas: POR ESTA HEBRA


Tuesday, May 26, 2015

Alejandra Pizarnik, "En esta noche, en este mundo" - Canal Encuentro HD


XX ENCUENTRO HISPANOAMERICANO DE ESCRITORES: HORAS DE JUNIO 2015. TRIBUTO A IGNACIO SOLARES.


AYOTZINAPA: SU LUCHA ES NUESTRA


Buitres: Franz Kafka


 
Un zopilote estaba mordisqueándome los pies. Ya había despedazado mis botas y calcetas, y ahora ya estaba mordiendo mis propios pies. Una y otra vez les daba un mordisco, luego me rondaba varias veces, sin cesar, para después volver a continuar con su trabajo. Un caballero, de repente, pasó, echó un vistazo, y luego me preguntó por qué sufría al zopilote.

-Estoy perdido -le dije-. Cuando vino y comenzó a atacarme, yo por supuesto traté de hacer que se fuera, hasta traté de estrangularlo, pero estos animales son muy fuertes... estuvo a punto de echarse a mi cara, mas preferí sacrificar mis pies. Ahora están casi deshechos.

-¡Vete tú a saber, dejándote torturar de esta manera! -me dijo el caballero-. Un tiro, y te echas al zopilote.

-¿En serio? -dije-. ¿Y usted me haría el favor?

-Con gusto -dijo el caballero- sólo tengo que ir a casa por mi pistola. ¿Podría usted esperar otra media hora?

-Quién sabe -le dije, y me estuve por un momento, tieso de dolor. Entonces le dije-: Sin embargo, vaya a ver si puede... por favor.

-Muy bien -dijo el caballero- trataré de hacerlo lo más pronto que pueda.

Durante la conversación, el zopilote había estado tranquilamente escuchando, girando su ojo lentamente entre mí y el caballero. Ahora me había dado cuenta que había estado entendiéndolo todo; alzó ala, se hizo hacia atrás, para agarrar vuelo, y luego, como un jabalinista, lanzó su pico por mi boca, muy dentro de mí. Cayendo hacia atrás, me alivió el sentirle ahogarse irremediablemente en mi sangre, la cual estaba llenando cada uno de mis huecos, inundando cada una de mis costas.

ana dolores vega interpretando la meregilda del valle del mayo d


En la noche -Ray Bradbury-


La señora Navárrez gimió de tal manera durante toda la noche que sus gemidos llenaban el inquilinato como si hubiese una luz encendida en cada cuarto, y nadie pudo dormir.
Pasó toda la noche, mordiendo su almohada blanca, retorciendo sus manos delgadas y gritando:

-¡Mi Joe!

A las tres de la madrugada los habitantes de los apartamentos se convencieron, finalmente, de que la mujer jamás cerraría su roja boca pintada y se levantaron, sintiéndose acalorados y fastidiosos. Se vistieron y fueron a tomar el trolebús que los llevaría al centro, a uno de esos cines que funcionaban toda la noche. Allí, Roy Rogers se dedicaba a perseguir a los malos y lo veían a través de un velo de humo rancio y oían los diálogos en medio de los ronquidos en la sala nocturna, a oscuras.
Al amanecer, la señora Navárrez todavía seguía sollozando y gritando.

Durante el día no era tan terrible. El coro masivo de niños que lloraban en distintos puntos de la casa le confería esa gracia salvadora que era, casi, una armonía. A eso se sumaba el traqueteo de las máquinas lavadoras en la galería del edificio donde las mujeres en batas de felpilla, de pie sobre las tablas mojadas del piso, intercambiaban rápidas frases mexicanas. Aun así, de tanto en tanto se podía oír el quejido de la señora Navárrez en medio de las agudas voces, las lavadoras, los bebés:

-¡Mi Joe, oh, mi pobre Joe! -gritaba.

Al atardecer llegaron los hombres, con el sudor del trabajo bajo los brazos. Mientras se remojaban en bañeras llenas de agua fresca, en todo el edificio donde se preparaba la cena maldijeron y se taparon los oídos con las manos.

-¡Todavía sigue con eso! -rabiaron, impotentes.

Uno de los hombres hasta llegó a dar un puntapié a la puerta.

-¡Cállate, mujer!

Y lo único que logró fue que la señora Navárrez chillara más fuerte aun:

-¡Oh, ah! ¡Joe, Joe!

-¡Esta noche cenamos fuera! -les dijeron los hombres a sus esposas.

En todo el edificio se guardaron los utensilios de cocina en los estantes, se cerraron las puertas con llave; los hombres asían a sus perfumadas esposas de los codos y avanzaban de prisa con ellas por los pasillos.

A medianoche, el señor Villanazul abrió la vieja puerta desvencijada de su casa, cerró los ojos castaños y se quedó así un momento, balanceándose. Su esposa Tina, con los tres hijos y las dos hijas de ambos, uno de ellos en brazos, estaba junto a él.

-¡Ay, Dios! -susurró el señor Villanazul-. ¡Dulce Jesús, baja de la cruz y haz callar a esa mujer!

Entraron a su pequeña morada en penumbras y miraron el cirio azul que parpadeaba bajo un solitario crucifijo. En actitud filosófica, el señor Villanazul meneó la cabeza:

-Sigue en la cruz.

Se tendieron en sus camas como trozos de carne asándose, y la noche estival los salseó con sus propios jugos. La casa ardía con los gritos de esa enferma.

-¡Estoy asfixiado!

El señor Villanazul bajó corriendo las escaleras del edificio seguido por su esposa y dejaron a los niños, que gozaban de la milagrosa capacidad de dormir aunque el mundo se viniese abajo.

Vagas figuras ocuparon la galería delantera, una docena de hombres silenciosos, acuclillados, con cigarrillos que echaban humo y fulguraban entre sus dedos morenos. Las mujeres, en batas de felpilla, aprovechaban el escaso viento que soplaba en la noche de verano. Se desplazaban como las figuras de un sueño, como maniquíes movidos rígidamente por medio de cables y rodillos. Tenían los ojos hinchados y las lenguas estropajosas.

-Vamos a su apartamento a estrangularla -dijo uno de los hombres.

-No, eso no estaría bien -dijo una mujer-. Mejor arrojémosla por la ventana.

Aunque fatigados, todos rieron.

El señor Villanazul los miraba a todos parpadeando, confundido. A su lado, su esposa se movía con indolencia.

-Cualquiera diría que Joe es el único hombre del mundo que se ha unido al ejército -dijo alguien, irritado-. ¡Caramba con la señora Navárrez! ¡Seguro que este Joe, este marido suyo, estará pelando papas; será el tipo más seguro en toda la infantería!

-Hay que hacer algo -proclamó el señor Villanazul.

Él mismo se sorprendió de la dureza de su voz, y todos lo miraron.

-No podemos seguir así una noche más -siguió diciendo, sin rodeos.

-Cuanto más golpeamos a la puerta, más grita ella -explicó el señor Gómez.

-Esta tarde ha venido el sacerdote -dijo la señora Gutiérrez-. En nuestra desesperación, acudimos a él. Pero la señora Navárrez no le abrió la puerta siquiera, por mucho que él se lo rogó. El cura se fue. También hemos llamado al oficial Gilvie, que le gritó, pero, ¿acaso cree que ella lo escuchó?

-Entonces tenemos que buscar otra forma -reflexionó el señor Villanazul-. Alguien debe tratarla con... simpatía.

-¿Qué otra forma existe? -preguntó el señor Gómez.

Después de unos instantes, el señor Villanazul conjeturó:

-Ah, si alguno de nosotros fuese soltero...

Dejó caer la insinuación como una piedra en un estanque profundo, esperó a que salpicara y a que las ondas se expandieran suavemente.

Todos suspiraron.

Fue como si se levantase un pequeño viento de noche veraniega. Los hombres se enderezaron un poco, las mujeres aceleraron sus movimientos.

-Pero somos todos casados -respondió el señor Gómez, volviendo a acurrucarse-. No hay ningún soltero.

-Oh -exclamaron todos, y se aquietaron nuevamente en ese río caliente, vacío, de la noche, mientras el humo se elevaba en silencio.

-Entonces -volvió a disparar el señor Villanazul cuadrando los hombros y tensando la boca- ¡tendrá que ser uno de nosotros!

El viento nocturno volvió a soplar, agitando a la gente allí reunida.

-¡No es momento para egoísmos! -declaró Villanazul-. ¡Uno de nosotros debe hacer... esto! ¡De lo contrario, nos asaremos otra noche más en el infierno!

Esta vez, los que estaban en la galería se apartaron de él, parpadeando.

-¿Lo hará usted, señor Villanazul? -quisieron saber.

El aludido se puso rígido y el cigarrillo estuvo a punto de caérsele de los dedos.

-Oh, pero yo... -objetó él.

-Usted -dijeron-. ¿No?

Afiebrado, agitó sus manos.

-¡Yo tengo esposa y cinco hijos, uno de brazos!

-¡Ninguno de nosotros es soltero y, como la idea fue suya, deberá tener el coraje de respaldar sus convicciones, señor Villanazul! -replicaron todos.

El hombre se asustó y guardó silencio. Dirigió a su esposa fugaces miradas de alarma.

Cansada, ella permanecía de pie en la noche, esforzándose para verlo.

-Estoy tan cansada... -se lamentó la mujer.

-Tina -dijo él.

-Yo voy a morirme y habrá muchas flores y me sepultarán si no logro descansar -murmuró ella.

-¡Pero, Tina...!

-Tiene muy mal aspecto -dijeron todos.

El señor Villanazul sólo titubeó un instante más. Tocó los dedos de su esposa, flojos y calientes. Rozó con sus labios la mejilla enfebrecida de su mujer.

Sin agregar palabra, salió de la galería.

Todos oyeron sus pasos que subían las escaleras del edificio a oscuras, lo oyeron ascender, dar la vuelta en el tercer piso, donde la señora Navárrez gemía y gritaba.

Aguardaron en el porche.

Los hombres encendieron nuevos cigarrillos y arrojaron las cerillas; hablando como un viento, las mujeres rondaron entre ellos; todos se acercaron a la señora Villanazul, que permanecía de pie, en silencio, con sombras bajo de sus ojos fatigados, apoyada contra la baranda de la galería.

-¡Ahora -susurró quedamente uno de los hombres-, el señor Villanazul está en el último piso del edificio!

Todos guardaron silencio.

-¡Ahora -siguió el hombre en un murmullo teatral-, el señor Villanazul golpea la puerta! Tap, tap.

Todos escucharon, conteniendo el aliento.

A lo lejos se oyó un suave golpeteo.

-¡Ahora la señora Navárrez se echa a gritar de nuevo ante la intrusión!

Desde lo alto de la casa llegó un grito.

-Ahora -imaginó el hombre acuclillado, moviendo delicadamente su mano en el aire-, el señor Villanazul ruega y suplica, suave y quedo, a través de la puerta cerrada con llave.

Los que estaban en el porche alzaron sus barbillas tratando de ver a través de los tres pisos de madera y cemento, hacia el tercero, y esperaron.

El grito se apagó.

-Ahora el señor Villanazul habla rápido, ruega, susurra, promete -exclamó el hombre con suavidad.

El grito fue convirtiéndose en un sollozo, el sollozo en un gemido y, por último, se extinguió del todo dejando oír la respiración, el latido de los corazones y todos escucharon.

Al cabo de unos dos minutos de permanecer quietos, traspirando, esperando, todos los presentes en la galería oyeron, allá arriba, el chasquido de la cerradura, la puerta que se abría y, un segundo después, un susurro y la puerta que se cerraba.

La casa se sumió en el silencio.

El silencio inundó todos los apartamentos, como si se apagara una luz. El silencio fluyó como un vino fresco por el túnel de los pasillos. El silencio entró por los vanos abiertos como una brisa fresca que llegara desde el sótano. Todos se quedaron allí, inhalando la frescura de esa brisa.

-¡Ah! -suspiraron.

Los hombres arrojaron sus cigarrillos y echaron a andar de puntillas por el edificio silencioso. Las mujeres los siguieron. Pronto, el porche quedó vacío. Los habitantes se movieron por frescos pasillos silenciosos.

La señora Villanazul, en fatigado estupor, abrió la cerradura de la puerta.

-Debemos ofrecerle un banquete al señor Villanazul -susurró una voz.

-Mañana encenderemos una vela por él.

Las puertas se cerraron.

La señora Villanazul yacía en su fresco lecho. “Es un hombre considerado”, pensó, casi dormida ya, con los ojos cerrados. “Por este tipo de cosas lo amo.”

El silencio fue como una mano fresca que la acariciaba, hasta que se durmió.