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Sunday, March 22, 2015

Cárdenas llama a Sicilia, a Vera, a empresarios y jóvenes a un movimiento nacional

El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo
 

El ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo
Ciudad de México, 21 de marzo (SinEmbargo).- Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano se reunió hoy con legisladores y personajes de izquierda para retomar las propuestas que llevarán a la redacción de una nueva Carta Magna y a la construcción de lo que ha llamado un “Proyecto de Nación”.
El ingeniero propuso crear “una nueva mayoría” que impulse los cambios que requiere el país.
“Nos toca construir un gran encuentro plural que impulse los cambios que requiere el país, que reclama el pueblo, que mueva conciencias y articule una amplia unidad social y política. Desde ningún punto de vista, estoy proponiendo una alianza electoral”, dijo.
En el Centro de Estudios Lázaro Cárdenas del Río, el Ingeniero propuso articularse con otros grupos sociales.
“Les pediría que cada quien pensara en cómo ayudar para establecer contactos y en su caso se propusiera para buscar acercamientos con quienes sabemos trabajan ya en proyectos de nueva Constitución como nuestros amigos Javier Sicilia y el Obispo Raúl Vera”, indicó.
Cárdenas Solórzano destacó la importancia de buscar a grupos empresariales, de cultura, jóvenes y medios universitarios, ambientalistas, grupos defensores de derechos humanos y a mexicanos en el exterior.
Cuauhtémoc propuso grupos de trabajo para acelerar el avance del Proyecto de Nación que empezó a discutirse en noviembre del año pasado.
Con la participación de Porfirio Muñoz Ledo, la maestra Ifigenia Martínez de Hernández, el Senador Alejandro Encinas y Armando Ríos Piter, entre otros, Cárdenas anunció varios grupos que están a cargo de Sergio Benito Osorio, Carlos Heredia, Roberto Eibenschutz, Emilio Pradilla, Félix Hernández Gamundi, Saúl Escobar, Loenel Durán, Eduardo Vázquez, Enrique Calderón Alzati y Carlos Lavore.

“Debemos desatar una amplia discusión por todo el país sobre el proyecto de nación que aspiramos edificar, un serio análisis sobre los cambios que se requieren efectuar a nuestra Constitución”, dijo Cárdenas.
Alejandro Encinas agregó que el actual sistema de partidos se agotó, por lo que se debe buscar coordinación con los grupos que buscan un mejor país.
“Es necesario recuperar los vínculos con la academia, ciencia y cultura, rescatar la vocación del poder. Es necesario conformar una nueva mayoría, la más amplia red social y política”, detalló.
Encinas indicó que la izquierda partidaria dejó de ser un “instrumento legítimo”.
“Los gobiernos que encabeza la izquierda, no se diferencían de otros partidos. El pactismo desdibuja el perfil opositor de la izquierda”, dijo.



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JHOSIVANI GUERRERO DE LA CRUZ, 178 DÍAS DESAPARECIDO


AYOTZINAPA 178 DÍAS


Miguel Ángel de Quevedo



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AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso linsojera;

mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa;

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.

DEFINIENDO EL AMOR

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida, que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido, que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo,
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es tu abismo:
mirad cuál amistad tendrá con nada,
el que en todo es contrario de sí mismo.


ENSEÑA CÓMO TODAS LAS COSAS AVISAN DE LA MUERTE

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados;
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó la luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo más corvo, y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en qué poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.


CON EJEMPLOS MUESTRA A FLORA LA BREVEDAD
DE LA HERMOSURA, PARA NO MALOGRARLA

La mocedad del año, la ambiciosa
vergüenza del jardín, el encarnado
oloroso rubí, tiro abreviado,
también del año presunción hermosa:

la ostentación lozana de la rosa,
deidad del campo, estrella del cercado,
el almendro en su propia flor nevado,
que anticiparse a los calores osa:

reprensiones son, ¡oh Flora!, mudas
de la hermosura y la soberbia humana,
que a las leyes de flor está sujeta.

Tu edad se pasará mientras lo dudas,
de ayer te habrás de arrepentir mañana,
y tarde, y con dolor, serás discreta.



COMPARA EL DISCURSO DE SU AMOR CON EL
DE UN ARROYO

Torcido, desigual, blando y sonoro,
te resbalas secreto entre las flores,
hurtando la corriente a los calores,
cano en la espuma, y rubio como el oro.

En cristales dispensas tu tesoro,
Líquido plectro a rústicos amores,
y templando por cuerdas ruiseñores,
te ríes de crecer, con lo que lloro.

De vidrio en las lisonjas divertido,
gozoso vas al monte, y despeñado
espumoso encaneces con gemido.

No de otro modo el corazón cuitado,
a la prisión, al llanto se ha venido,
alegre, inadvertido y confiado.


CONOCE LAS FUERZAS DEL TIEMPO, Y EL
SER EJECUTIVO COBRADOR DE LA MUERTE

¡Cómo de entre mis manos te resbalas!
¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!
¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,
pues con callado pie todo lo igualas!

Feroz de tierra el débil muro escalas,
en quien lozana juventud se fía;
mas ya mi corazón del postrer día
atiende el vuelo, sin mirar las alas.

¡Oh condición mortal! ¡Oh dura suerte!
¡Que no puedo querer vivir mañana,
sin la pensión de procurar mi muerte!

Cualquier instante de la vida humana
es nueva ejecución, con que me advierte
cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana.


AMANTE DESESPERADO DEL PREMIO Y
OBSTINADO EN AMAR

Qué perezosos pies, que entretenidos
pasos lleva la muerte por mis daños;
el camino me alargan los engaños
y en mí se escandalizan los perdidos.

Mis ojos no se dan por entendidos,
y por descaminar mis desengaños,
me disimulan la verdad los años
y les guardan el sueño a los sentidos.

Del vientre a la prisión vine en naciendo,
de la prisión iré al sepulcro amando,
y siempre en el sepulcro estaré ardiendo.

Cuantos plazos la muerte me va dando
prolijidades son, que va creciendo,
porque no acabe de morir penando.


EXHORTA A LOS QUE AMAREN, QUE NO SIGAN
LOS PASOS POR DONDE HA HECHO SU VIAJE

Cargado voy de mí, veo delante
muerte, que me amenaza la jornada:
ir porfiando por la senda errada
más de necio será que de constante.

Si por su mal me sigue necio amante
(que nunca es sola suerte desdichada),
¡ay!, vuelva en sí, y atrás, no dé pisada
donde la dio tan ciego caminante.

Ved cuán errado mi camino ha sido;
cuán solo y triste y cuán desordenado,
que nunca ansí le anduvo pie perdido:

pues por no desandar lo caminado,
viendo delante y cerca fin temido,
con pasos, que otros huyen, le he buscado.


AMANTE QUE HACE LECCIÓN PARA APRENDER
A AMAR DE MAESTROS IRRACIONALES

Músico llanto en lágrimas sonoras
llora monte doblado en cueva fría,
y destilando líquida armonía,
hace las peñas cítaras canoras.

Ameno y escondido a todas horas,
en mucha sombra alberga poco día:
no admite su silencio compañía,
sólo a ti, solitario, cuando lloras.

Son tu nombre, color, y voz doliente,
señas más que de pájaro, de amante:
puede aprender dolor de ti un ausente.

Estudia en tu lamento y tu semblante
gemidos este monte y esta frente:
y tienes mi dolor por estudiante.


A UNA DAMA QUE APAGÓ UNA BUJÍA,
Y LA VOLVIÓ A ENCENDER EN EL HUMO SOPLANDO

La lumbre, que murió de convencida
con la luz de tus ojos, y apagada,
por si en el humo se mostró enlutada,
exequias de tu llama ennegrecida.

Bien pudo blasonar su corta vida,
que la venció beldad tan alentada,
que con el firmamento en estacada
rubrica en cada rayo una herida.

Tú, que la diste muerte, ya piadosa
de tu rigor, con ademán travieso
la restituyes vida más hermosa.

Resucitóla un soplo tuyo impreso
en humo, que en tu boca es milagrosa,
aura que nace con facción de beso.



AFECTOS VARIOS DE SU CORAZÓN, FLUCTUANDO
EN LAS ONDAS DE LOS CABELLOS DE LISI

En crespa tempestad del oro undoso
nada golfos de luz ardiente y pura
mi corazón, sediento de hermosura,
si el cabello deslazas generoso.


Leandro en mar de fuego proceloso
su amor ostenta, su vivir apura;
Ícaro en senda de oro mal segura
arde sus alas por morir glorioso.

Con pretensión de fénix encendidas
sus esperanzas, que difuntas lloro,
intenta que su muerte engendre vidas.

Avaro y rico, y pobre en el tesoro,
el castigo y la hambre imita a Midas,
Tántalo en fugitiva fuente de oro.


A AMINTA, QUE TENIENDO UN CLAVEL EN LA BOCA,
POR MORDERLE SE MORDIÓ LOS LABIOS, Y SALIÓ SANGRE

Bastábale al clavel verse vencido
del labio en que se vio, cuando esforzado
con su propia vergüenza lo encarnado,
a tu rubí se vio más parecido.

Sin que en tu boca hermosa dividido
fuese de blancas perlas granizado,
pues tu enojo, con el equivocado,
el labio por clavel dejó mordido.

Si no cuidado de la sangre fuese,
para que a presumir de tiria grana,
de tu púrpura líquida aprendiese.

Sangre vertió tu boca soberana,
porque roja victoria amaneciese,
llanto al clavel, y risa a la mañana.
 

Carmen Aristegui: la periodista más creíble de México: Elena Poniatowska

Carmen Aristegui: la periodista más creíble de México
Elena Poniatowska

Foto
La periodista Carmen Aristegui y Elena Poniatowska, en una imagen proporcionada por la escritora
R
ecién recuperada de una neumonía en Mérida, Yucatán, la noticia del despido de Carmen Aristegui de la empresa MVS Radio hace que de nuevo el pulmón derecho se me llene de agua. La poderosa familia Vargas aprovechó el pasado fin de semana largo –cuando los tuiteros se toman un break– para echar a la periodista más creíble de México. Antes habían hecho lo mismo con dos reporteros de su equipo: Daniel Lizárraga e Irving Huerta, quienes destaparon el escándalo de la llamada Casa Blanca en las Lomas de Chapultepec, que costó más de 7 millones de dólares a la pareja presidencial.
La empresa consideró que el uso de su nombre MVS en la plataforma digital Mexicoleaks era un agravio y una ofensa; este es el motivo oficial del despido. Y la gente se pregunta, desconfiando de la versión oficial –porque desconfiados nos han hecho los gobernantes–: ¿es casual que la ruptura se produzca a escasos días de que el ex abogado general del grupo MVS Eduardo Sánchez asumiera la coordinación de comunicación social de la Presidencia? ¿Es el uso del nombre lo que realmente llevó a la familia Vargas a optar por el despido?
En cualquier otro país donde se practica la democracia se valora el talento de periodistas de la talla de Carmen Aristegui y se tiene conciencia del compromiso de sus reporteros. En otro país utilizar el nombre de una empresa sin su consentimiento hubiera implicado –a lo sumo– una sanción monetaria o administrativa. No más, pero estamos en México, país en el que desaparecen 43 estudiantes de la noche a la mañana; en el que el ejercicio periodístico es una profesión de alto riesgo (han muerto 85 en los pasados 12 años); en el que los funcionarios se atreven a declarar que roban, sí, pero poquito. En este contexto, que despidan a Carmen Aristegui, quien mantiene un programa diario de cuatro horas con los niveles de audiencia más altos del país, es una noticia más. Entonces, el público, tan apático a veces y otras tan descreído, agobiado de telenovelas y sabadazos, se lanzó a las calles en su apoyo y reunió más de 100 mil firmas en sólo 24 horas. El Museo de la Memoria y Tolerancia en la avenida Juárez tuvo que cerrar sus puertas ante el aluvión de hombres y mujeres que, según el estudiante Samuel Mendoza, pretendieron entrar para oír a Carmen, y lo que más temen ahora las autoridades es una marcha o manifestación de apoyo a Carmen y a su equipo.
Tampoco son novedad las campañas en su contra que, aprovechando la ocasión, ametrallan cifras estratosféricas desde las portadas de semanarios amarillistas, pero no hay que distraerse, que Aristegui ganara o no determinada cantidad es otro tema. Si una empresa privada acuerda un monto de pago con un empleado es asunto exclusivo del empleado y la empresa. Y, aún más importante, hay que tener en cuenta que si MVS invierte en un programa es porque le reditúa, no por amor al arte. Carmen en sí misma es una mina de oro. Así es el mundo de los negocios, nos guste o no, la ley de la oferta y la demanda resulta implacable.
Desde el año 2008 Carmen Aristegui conducía su programa Aristegui Noticias en MVS Radio. A las seis de la mañana su voz de campanita en el bosque, serena y alentadora, acompañaba al taxista, al médico, a la enfermera, al maestro, al obrero, al estudiante, al tianguista, a la madre de familia que lleva a sus hijos a la escuela, a la señora de las quesadillas, a la de la fonda, a la que se prepara para ir a misa, porque a Carmen Aristegui la conocemos todos y todos coincidimos en algo: Es honesta. Y eso, en este país, parece no tener perdón. El que grite que el rey está desnudo corre el riesgo de que lo suban al patíbulo y el verdugo mal enmascarado saque su hacha.

http://www.jornada.unam.mx/2015/03/22/cultura/a03a1cul
 

El séptimo hombre, de Haruki Murakami


 
 
 
—Aquella ola estuvo a punto de engullirme una tarde de septiembre cuando tenía diez años —empezó a decir, en voz baja, el séptimo hombre.
Era el último a quien le tocaba hablar aquella noche. Las agujas del reloj señalaban ya las diez. Los hombres, sentados en círculo dentro de la habitación, podían distinguir, en la negra oscuridad de la noche, el rugido del viento que se dirigía hacia el oeste. El viento agitaba las hojas de los árboles del jardín, hacía vibrar los cristales de las ventanas y, al fin, con un chillido agudo como un silbato, se desplazaba a otro lugar.
—Era una ola gigantesca, muy distinta a las que había visto hasta entonces —prosiguió el hombre.
»No logró, por muy poco, arrastrarme consigo. Pero, a cambio, engulló lo que yo más quería y se lo llevó a otro mundo. Y yo tardé muchísimo tiempo en volver a encontrarlo, en poder recuperarlo. Un largo y precioso tiempo que jamás me será devuelto.
El séptimo hombre aparentaba estar en la mitad de la cincuentena. Era un hombre delgado. Alto, con bigote y una pequeña pero profunda cicatriz en el rabillo del ojo derecho, que podía haber sido producida por un cuchillo pequeño. Llevaba el pelo corto, con algunas ásperas canas aquí y allá. En el rostro del hombre se adivinaba la expresión que la gente suele adoptar cuando tiene dificultades para explicarse con claridad, pero, en su caso, aquella expresión se adecuaba con tanta perfección a su rostro que parecía que estuviera presente en él desde hacía mucho tiempo. Bajo la chaqueta de tweed gris llevaba una camisa lisa de color azul. De cuando en cuando, el hombre se tocaba el cuello de la camisa. Nadie conocía su nombre. Nadie sabía, tampoco, a qué se dedicaba.
El séptimo hombre carraspeó. Hundió sus palabras en el silencio.
Los demás esperaban, sin decir absolutamente nada, a que prosiguiera su relato.
—En mi caso fue una ola. No sé qué forma tomaría en el suyo, por supuesto. Pero, en mi caso, accidentalmente fue una ola. Aquello se presentó un día, de pronto, sin previo aviso, bajo la fatídica forma de una ola gigantesca.
Nací en un pueblo de la costa, en la prefectura de S. El pueblo es muy pequeño y es probable que ustedes no lo hayan oído nombrar nunca. Mi padre era el médico del pueblo y, durante mi infancia, jamás me faltó de nada. Desde que tuve uso de razón me sentía muy unido a un amigo al que le tenía un enorme cariño. Se llamaba K. Vivía al lado de casa y estaba un curso por detrás del mío. Los dos íbamos juntos al colegio y, a la vuelta, jugábamos también juntos. Podría decirse que éramos como hermanos. A pesar de que hacía mucho tiempo que nos conocíamos, no nos habíamos peleado jamás. Yo tenía un hermano, pero como era seis años mayor que yo, la relación con él no era muy estrecha. Además, si les soy sincero, éramos muy distintos de carácter y no nos llevábamos demasiado bien. En definitiva, que sentía más amor fraternal hacia ese amigo que hacia mi propio hermano. K era delgado, blanco de tez, con unas facciones tan hermosas como las de una niña. Sin embargo, tenía dificultades en el habla y le costaba expresarse. A los desconocidos podía parecerles incluso un poco retrasado mental. Era muy frágil y, por esa razón, tanto en la escuela como cuando jugábamos a la salida, yo me había erigido en su protector. Porque yo era más bien grande, se me daban bien los deportes y todos me respetaban. Que yo prefiriera estar con K se debía, básicamente, a la dulzura y bondad de su corazón. Su inteligencia era normal, pero, a causa de sus dificultades orales, sus notas no eran buenas y le costaba seguir el ritmo de las clases. Sin embargo, para el dibujo tenía un talento excepcional y, ya fuera con lápiz o con pinturas, hacía unos dibujos tan hermosos y llenos de vida que incluso los profesores se quedaban boquiabiertos. Había ganado muchos concursos y había sido galardonado innumerables veces. Estoy seguro de que hoy sería un pintor famoso. Le gustaba pintar paisajes e iba con frecuencia a la playa que se hallaba cerca de casa, no se cansaba de reproducir las vistas marinas. Yo solía sentarme a su lado y contemplaba admirado los ágiles y precisos movimientos de su pincel. Me maravillaba ver cómo, en un instante, era capaz de crear unas formas y tonalidades tan vivas sobre el lienzo blanco. Ahora me doy cuenta de que lo suyo era puro talento.
Un mes de septiembre, un gran tifón asoló la región donde yo vivía. Según la predicción meteorológica de la radio, aquél tenía que ser el tifón de mayor envergadura de los últimos diez años. Se suspendieron las clases y las tiendas cerraron bien sus puertas metálicas en previsión. Desde primeras horas de la mañana, mi padre y mi hermano tomaron un martillo y clavos y fueron fijando todas las contraventanas de la casa, y mi madre, de pie en la cocina, no paró de cocer arroz para preparar onigiri. Llenamos botellas y cantimploras de agua y cada uno de nosotros metió sus objetos más preciados dentro de una mochila, por si de repente teníamos que refugiarnos en algún lugar. Para los adultos, aquellos tifones que se presentaban casi cada año eran una molestia y un peligro, pero para los niños, tan alejados de la realidad de todo aquello, eran una especie de espectáculo que nos producía una enorme excitación.
A primeras horas de la tarde, el cielo empezó a cambiar rápidamente de
color. Se tiñó de una serie de tonalidades irreales. Yo salí al porche y estuve observándolo hasta que el viento empezó a ulular y la lluvia comenzó a azotar la casa con un extraño ruido seco, como si arrojaran puñados de arena contra las paredes. Nuestra casa permanecía con las contraventanas cerradas, sumida en la oscuridad, y toda la familia se había reunido en una habitación con el oído pegado a la radio. Por lo visto, la cantidad de agua que había descargado el tifón no era mucha, pero los daños provocados por el vendaval eran muy grandes. El fuerte viento había levantado los tejados de la mayoría de las casas y había hecho zozobrar un gran número de barcas. También habían fallecido, o resultado gravemente heridas, muchas personas al ser alcanzadas por pesados objetos que volaban por los aires. El locutor advertía, una y otra vez, que no saliéramos de casa bajo ningún concepto. A causa del fuerte viento, la casa rechinaba como si una mano gigantesca la sacudiera. De cuando en cuando se oía cómo algunos objetos pesados golpeaban con estrépito las contraventanas. Mi padre dijo que tal vez fueran tejas que habían salido despedidas de los tejados. Pendientes de las noticias de la radio, almorzamos los onigiri y el tamagoyaki que había preparado mi madre y esperamos con paciencia a que el tifón pasara por encima de nuestras cabezas y se fuera. Pero el tifón no acababa de pasar de largo. Según la radio, al llegar a la prefectura de S había disminuido bruscamente la velocidad y, por entonces, se dirigía despacio hacia el nordeste a una velocidad equivalente a la de un hombre a la carrera. El viento rugía, incansable, haciendo volar todo cuanto se hallaba en la superficie de la tierra y arrastrándolo hasta el fin del mundo. Debía de hacer una hora, aproximadamente, que había empezado a soplar el viento. De repente, todo se sumió en el silencio. No se oía nada. Incluso llegó de alguna parte el canto de los pájaros. Mi padre entreabrió la contraventana y atisbó por la rendija. El viento había amainado y ya no llovía. Los grises nubarrones iban desapareciendo despacio. Entre los jirones de nubes empezó a asomar el cielo azul. Los árboles del jardín, empapados de lluvia, dejaban que el agua goteara desde sus ramas. —Ahora estamos en el ojo del tifón —me explicó mi padre—. Durante un rato, unos quince o veinte minutos más o menos, continuará la calma. Luego volverá a desencadenarse la tempestad, igual que antes. Le pregunté a mi padre si podía salir afuera. Me respondió que sí, a condición de que no me alejara mucho. —Pero al primer soplo de viento vuelve corriendo a casa —me dijo.
Yo salí y miré a mi alrededor. Parecía increíble que hasta hacía unos pocos minutos hubiera estado rugiendo la tormenta. Alcé la vista al cielo. Me dio la impresión de que flotaba en él un enorme «ojo» que nos miraba con frialdad. Aunque no había nada semejante, por supuesto. Nosotros sólo nos encontrábamos dentro de una calma fugaz creada en el núcleo de un remolino de presión atmosférica.
Mientras los adultos rodeaban sus casas comprobando si el tifón había ocasionado algún desperfecto en ellas, yo me encaminé solo hacia la playa. El viento había arrancado y hecho volar por los aires muchas ramas que ahora estaban en mitad del camino. También había arrojadas por el suelo gruesas ramas de pino que un adulto no habría podido levantar solo. Había fragmentos de tejas por todas partes. Y coches con grandes grietas en los cristales debidas al impacto de alguna piedra. Incluso había una caseta de perro que había venido rodando de no se sabía dónde. Al ver todo aquello uno podía pensar que una gran mano se había extendido desde el cielo y había provocado el caos en la superficie de la tierra. Cuando iba andando por el camino, K me vio y salió afuera. Me preguntó que adónde iba. Al responderle que me acercaba un momento a la playa, K me siguió sin decir nada. Tenía un perrito blanco que también empezó a corretear detrás de nosotros.
—Al primer soplo de viento nos volvemos corriendo a casa —le dije, y K asintió en silencio.
El mar estaba a doscientos metros de casa. Había un malecón tan alto como yo ahora y tuvimos que subir las escaleras para bajar a la playa. Todos los días íbamos a jugar allí y conocíamos cada rincón de la arena. Pero, en el ojo del tifón, todo era distinto. El color del cielo, el color del mar, el rumor de las olas, el olor de la brisa, la amplitud del paisaje. En aquella playa, todo había cambiado. Nos sentamos en el malecón y permanecimos unos instantes contemplando la escena en silencio. Pese a hallarse en medio del tifón, el mar parecía una balsa de aceite. La línea de la costa se había adentrado en el mar. La blanca arena se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Ni siquiera con la marea baja retrocedían tanto las aguas. La playa estaba tan vacía que recordaba una enorme estancia de la que hubieran sacado todos los muebles. Objetos de diversa índole que habían llegado flotando a la deriva se alineaban en la orilla formando una especie de cinturón.
Bajé del rompeolas, empecé a andar por la seca orilla estudiando con atención todo aquello. Juguetes de plástico, sandalias, láminas de madera que parecían haber formado parte de algún mueble, ropa, una botella de forma curiosa, una caja de madera con una inscripción en una lengua extranjera, cosas cuya naturaleza era imposible de determinar, todo se extendía hasta donde alcanzaba la vista como si fuera el escaparate de una pastelería. Probablemente, las altas olas levantadas por el tifón habían transportado todo aquello, hasta allí, desde muy lejos. Cuando veíamos algo que nos llamaba la atención, lo cogíamos y lo estudiábamos con detenimiento. El perro de K permanecía a nuestro lado meneando el rabo y olisqueando cada una de las cosas que encontrábamos.
No creo que permaneciéramos allí más de cinco minutos. Sin embargo, a la que nos dimos cuenta, las olas ya habían alcanzado el punto donde nos encontrábamos. Las olas, en silencio, sin previo aviso, alargaban furtivamente la resbaladiza punta de su lengua hacia nuestros pies. Nunca hubiera podido imaginar que el oleaje se acercara con tanto sigilo, de un modo tan repentino. Yo había crecido al lado del mar y conocía sus peligros. Era consciente de la imprevisible violencia de sus embates y, por lo tanto, los dos íbamos con grandes precauciones y nos manteníamos en un lugar que se podía considerar seguro, muy alejados de donde rompían las olas. Pero éstas, en un momento dado, sin que lo advirtiéramos, habían llegado a unos escasos diez centímetros de nuestros pies. En aquel momento, el oleaje retrocedía de nuevo, con sigilo. Aquellas olas no volvieron. Las que vinieron a continuación nada tenían de amenazador. Eran unas olas que bañaban dulcemente la orilla. Pero el terrible infortunio que se ocultaba en ellas, parecido al tacto de la piel de un reptil, hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Era un terror injustificado. Pero auténtico. De forma instintiva, percibía que estaban vivas. No me cabía duda. Podía asegurar que aquellas olas tenían vida. Aquellas olas me habían avistado a mí y ahora se disponían a engullirme. Como un enorme carnívoro que me acechara, conteniendo el aliento, en medio de la pradera, soñando con el instante de clavarme sus afilados colmillos y devorarme. «¡Tenemos que escapar!», me dije.
Me dirigí a K y le dije: «¡Vámonos!». K estaba a unos diez metros, de espaldas a mí, acuclillado sobre algo. Yo creía haber gritado, pero parecía que mi voz no había llegado a sus oídos. O quizás él estuviera tan absorto en lo que había encontrado que no me había oído. Solía sucederle. Cuando se entusiasmaba por algo, se olvidaba de cuanto lo rodeaba. O quizás es que mi voz no había sido tan potente como yo pensaba. Me acuerdo muy bien de que no la había reconocido como mía. Me había parecido que pertenecía a otra persona.
Entonces oí un rugido. Tan fuerte que hacía temblar el suelo. No. Antes del rugido oí otro ruido diferente. Una especie de extraño goteo, como si grandes cantidades de agua estuvieran saliendo por un agujero. Ese goteo continuó por unos instantes, cesó y luego llegó, entonces sí, aquel bramido siniestro. Pero K siguió sin levantar la cabeza. Estaba inmóvil, en cuclillas, contemplando algo que se encontraba a sus pies. Se hallaba totalmente absorto en ello. K no debía de haberlo oído. No comprendo cómo pudo no percibir aquel estruendo que hacía vibrar el suelo. O quizá yo fuese el único en oírlo. Sonará raro, pero es posible que fuera un ruido de una naturaleza especial que únicamente yo podía percibir. Lo digo porque ni siquiera el perro de K, que estaba allí, parecía haberlo captado. Y los perros, como ustedes sabrán, son seres particularmente sensibles a los ruidos.

Decidí acercarme corriendo a K y arrastrarlo fuera de allí. Era lo único que podía hacer. Yo sabía que se acercaba una ola y K no lo sabía. Pero me encontré con que mis pies corrían en una dirección completamente distinta a mis decisiones. Yo me estaba dirigiendo al malecón, estaba huyendo solo. Creo que lo que me hizo obrar de ese modo fue el terrible pánico que sentía. El pánico había sofocado mi voz y, en aquel momento, movía mis piernas a su antojo. Corrí dando traspiés por la blanda arena, llegué al malecón y desde allí llamé a K.

«¡Cuidado! ¡Que viene una ola!», esta vez el grito no se ahogó en mi
garganta. Había dejado de oírse el bramido. K, finalmente, me oyó y alzó la cabeza. Pero ya era demasiado tarde. En aquel instante, una gigantesca ola se erguía hacia lo alto como una enorme serpiente y se disponía a atacar. Era la primera vez en mi vida que veía una ola tan horrenda. Era tan alta como un edificio de tres plantas. Y, sin un sonido (al menos yo no recuerdo que lo hubiera y en mi memoria siempre avanza en silencio), se alzó a las espaldas de K, tan alta que tapaba el cielo. K miraba hacia mí sin comprender qué estaba sucediendo. Luego, como si se hubiera dado cuenta de algo, se dio la vuelta de súbito. Intentó huir. Pero ya no había escapatoria posible. Un instante después, la ola ya lo había engullido. Fue como si hubiera chocado de frente con una locomotora cruel que corriera a toda máquina.
Con estruendo, dividida en innumerables brazos, la ola rompió de forma salvaje contra la arena y un mar de salpicaduras voló por los aires, como producto de una explosión, y alcanzó el malecón donde yo me encontraba. Refugiado detrás del malecón, dejé que las salpicaduras me pasaran por encima. Aquella rociada de agua que había sobrepasado el rompeolas sólo alcanzó a mojarme la ropa. Luego, subí apresuradamente a lo alto del malecón y dirigí la mirada hacia el mar. Las olas habían rotado sobre sí mismas y, en aquel momento, retrocedían llenas de energía hacia alta mar con un rugido salvaje. Parecía que, en el fin del mundo, alguien estuviera tirando con todas sus fuerzas de una gigantesca alfombra. Agucé la vista, pero la silueta de K no se veía por ninguna parte. Tampoco se veía el perrito. Las olas habían retrocedido de golpe hasta tan lejos que daba la impresión de que el mar se hubiera secado y de que, de un momento a otro, fuera a aflorar todo el fondo del océano. Me quedé petrificado en lo alto del malecón.
Había vuelto la calma. Un silencio tan desesperado como si le hubiesen arrebatado los sonidos a la fuerza. La ola se había ido muy lejos llevándose a K. ¿Qué debía hacer yo? No lo sabía. Contemplé la posibilidad de bajar a la playa. Quizá K estuviera allí enterrado en la arena. Pero me lo pensé mejor y no me aparté del malecón. Sabía por experiencia que, tras una gran ola, suelen venir dos o tres más. No recuerdo cuánto tiempo transcurrió. Creo que no demasiado. Diez o veinte segundos a lo sumo. En cualquier caso, tal como había previsto, las olas volvieron. Igual que antes, aquel estruendo hizo temblar con furia el suelo. Y, una vez hubo desaparecido, otra ola no tardó en erguir su enorme cabeza. Exactamente igual que antes. Ocultó el cielo y se levantó ante mis ojos como una pared de roca mortal. Pero esta vez no huí. Me quedé paralizado en lo alto del rompeolas, como embrujado, esperando inmóvil a que atacara. Me daba la sensación de que, como K había sido atrapado, ya no tenía ningún sentido escapar. No. Quizá sólo estuviera petrificado a causa de aquel pánico abrumador. No recuerdo bien cuál de las dos cosas me pasó.
La segunda ola no fue menor que la primera. No. Fue incluso mayor. Se fue acercando hasta reventar despacio, distorsionándose la forma, por encima de mi cabeza, como cuando se desploma una pared de ladrillo. Era tan grande que no parecía una ola real. Se diría que era algo completamente distinto que había adoptado la forma de ola. Algo distinto con forma de ola que procedía de otro mundo muy lejano. Lleno de resolución, aguardé el instante de ser engullido por las tinieblas. Mantuve los ojos bien abiertos. Recuerdo que, en aquellos momentos, oía cómo me latía el corazón con fuerza. Sin embargo, en cuanto llegó frente a mí, la ola perdió de repente todo su vigor, como si se le hubieran agotado las fuerzas, y se quedó suspendida en el aire. Duró apenas unos instantes, pero la ola, rota, permaneció inmóvil justo en aquel punto. Y en la cresta, dentro de su lengua transparente y cruel, distinguí con toda claridad la figura de K.

Tal vez a algunos de ustedes les resulte difícil creer lo que les estoy diciendo. No me extraña. A decir verdad, también a mí, incluso hoy, me cuesta hacerme a la idea de cómo pudo suceder una cosa semejante. Tampoco puedo explicarlo. Pero no fue ni una fantasía ni una alucinación. Ocurrió de verdad, tal como se lo estoy contando. En la punta de la ola, como si estuviese encerrado en una cápsula transparente, flotaba, vuelto hacia un lado, el cuerpo de K. Y no sólo eso. K miraba hacia mí y me sonreía. Ante mis ojos, al alcance de mi mano, estaba el rostro de mi mejor amigo, a quien las olas acababan de engullir. No cabía la menor duda. Él me miraba y sonreía. Pero no era una sonrisa normal. La boca de K se abría en una amplia sonrisa maliciosa que se extendía, literalmente, de oreja a oreja. Y su par de frías y congeladas pupilas permanecían fijas en mí. Entonces me tendió la mano derecha. Como si quisiera asírmela y arrastrarme consigo a aquel otro mundo. Por muy poco, su mano no logró agarrar la mía. Luego volvió a esbozar una sonrisa, aún más amplia que la anterior.
Por lo visto, perdí el conocimiento. Al recobrarlo, me encontré tendido en una cama, en el consultorio de mi padre. Cuando abrí los ojos, la enfermera salió a toda prisa a avisar a mi padre y éste acudió corriendo. Me cogió la mano, me tomó el pulso, me observó las pupilas, me puso la mano en la frente, me tomó la temperatura. Intenté mover la mano, pero me fue imposible levantarla. El cuerpo me ardía y estaba tan aturdido que no lograba hilvanar las ideas. Al parecer, una altísima fiebre me había consumido durante varios días. «Has estado tres días durmiendo sin parar», me dijo mi padre. Un vecino que lo había visto todo desde lejos cogió en brazos mi cuerpo desfallecido y me llevó a casa. Mi padre me contó también que las olas se habían tragado a K y que no había ni rastro de él. Quise decirle algo a mi padre. Necesitaba decirle algo. Pero mi lengua estaba hinchada, paralizada. No me salían las palabras. Tenía la sensación de que otro ser vivo habitaba dentro de mi boca. Mi padre me preguntó cómo me llamaba. Intenté recordar mi nombre, pero, antes de lograrlo, volví a perder la conciencia y me hundí en las tinieblas.
Permanecí en cama alrededor de una semana tomando alimento líquido. Vomité muchas veces, deliraba. Mi padre temía muy en serio que mi mente no pudiera recuperarse jamás del violento golpe sufrido, ni de las altas fiebres. Cosa que en verdad, dado el grave estado en el que me encontraba, no hubiera sido nada extraño. Sin embargo, físicamente al menos, logré recuperarme. En unas semanas pude reanudar la vida de antes. Empecé a ingerir comida normal, estuve en situación de ir a la escuela. Lo que no quiere decir que las cosas volvieran a ser como antes.
El cadáver de K no apareció jamás. Tampoco el del perrito. Los cuerpos de las personas que se ahogaban en aquella parte de la costa solían ser arrojados unos días después por las corrientes marinas a una pequeña ensenada que se encontraba hacia el este, pero el cuerpo de K jamás apareció. Las olas levantadas por aquel tifón habían sido tan descomunales que, posiblemente, se hubiesen llevado el cadáver mar adentro y era imposible que regresara a la costa. Tal vez se hubiese hundido en las profundidades marinas donde se habría convertido en alimento de los peces. La búsqueda del cuerpo de K, en la que participaron todos los pescadores de la zona, se alargó durante mucho tiempo, pero un día, por supuesto, terminó. Como faltaba el cuerpo, el funeral no se celebró íntegramente. Los padres de K casi enloquecieron de dolor y todos los días vagaban sin rumbo por la playa o bien se encerraban en su casa y recitaban sutras.

Sin embargo, pese al terrible golpe que habían sufrido, los padres de K no me reprocharon ni una sola vez que hubiese llevado a su hijo a la playa en medio del tifón. Porque sabían muy bien que yo siempre había querido y protegido a K como si fuera mi hermano pequeño. Mis padres, a su vez, intentaban no mencionar el incidente delante de mí. Pero yo lo sabía. Que si lo hubiese intentado, habría podido salvar a K. Habría podido correr junto a él y arrastrarlo hasta el lugar donde no llegaban las olas. Quizá no me hubiera sobrado ni siquiera un segundo, pero siguiendo todo el proceso dentro de mi memoria cabía pensar que hubiera sido posible. Pero yo, tal como he mencionado antes, poseído por aquel pánico abrumador, había huido solo y abandonado a K a su suerte. Que los padres de K no me reprocharan nada y que nadie en mi presencia tocara el tema, como si fuera un tumor, me atormentaba más aún. Me costó mucho reponerme anímicamente de aquel golpe. Y me pasaba los días sin ir a la escuela, sin comer apenas, tendido en la cama con la mirada clavada en el techo.
Me veía incapaz de olvidar a K, recostado en la cresta de la ola, sonriéndome maliciosamente. Aquella mano que me tendía invitadora, cada uno de sus dedos, estaba grabada en el fondo de mi cabeza. Y cuando me dormía, su cara y su mano aparecían en mis sueños como si me hubiesen estado aguardando con impaciencia. En mis sueños, K salía fuera de su cápsula de un salto, me agarraba fuertemente la muñeca y me arrastraba hacia el interior de la ola.

También tenía otro sueño. Yo estaba bañándome en el mar. Era una tarde soleada de verano y yo nadaba indolentemente dando brazadas por mar abierto. El sol me abrasaba la espalda y el agua me envolvía de un modo muy placentero.
Pero, en un momento dado, alguien, dentro del agua, me agarraba el pie derecho. Sentía el tacto gélido alrededor de mi tobillo. Me asía con tanta fuerza que yo no podía soltarme. Me arrastraba bajo el agua. Y allí estaba el rostro de K. Igual que entonces, K mostraba una amplia sonrisa maliciosa que le llegaba de oreja a oreja y mantenía los ojos clavados en mí. Yo intentaba gritar, pero la voz se ahogaba en mi garganta. Sólo tragaba agua. Y el agua iba llenando mis pulmones…
Me despertaba en las tinieblas con un alarido, anegado en sudor, sin poder respirar.

A finales de aquel año les pedí a mis padres que me dejaran marchar del pueblo lo antes posible. No podía seguir viviendo en la playa donde K había sido tragado por las olas ante mis propios ojos y donde, como ellos sabían, cada noche me asaltaban las pesadillas. Quería alejarme, aunque sólo fuese un poco, de allí. Si no lo hacía, acabaría volviéndome loco. Mi padre atendió a mis razones y lo dispuso todo para que pudiera irme del pueblo. En enero me trasladé a la prefectura de Nagano y allí empecé a ir a la escuela. La casa natal de mi padre se hallaba en Komoro y mi familia me dejó vivir en ella. Allí acabé la enseñanza primaria, empecé secundaria y, luego, pasé al instituto. Durante las vacaciones no volvía a casa. Mis padres venían a verme de vez en cuando.

Sigo viviendo en Nagano. Me licencié en ciencia e ingeniería por la universidad de la ciudad de Nagano y entré a trabajar en una fábrica de maquinaria de precisión de la zona, donde todavía sigo. Trabajo igual que todo el mundo y llevo una vida normal. Tal como ustedes pueden observar, en mí no hay nada extraño. Nunca he sido una persona muy sociable, pero me gusta mucho ir a la montaña y tengo varios buenos amigos con quienes comparto esta afición.

Poco después de abandonar mi pueblo, dejé de sufrir pesadillas con la frecuencia de antes. Lo que no significa que desaparecieran del todo. Llamaban de vez en cuando a mi puerta como un cobrador. Cuando parecía a punto de olvidarlas, me visitaban de nuevo. Siempre, absolutamente siempre, se trataba del mismo sueño. Idéntico hasta en los menores detalles. Cada vez me despertaba con un alarido. Con el futón empapado en sudor.

Ésa es probablemente la razón de que no me casara. Porque no quería despertar a quien tuviera a mi lado con mis alaridos a las dos o las tres de la madrugada. A lo largo de mi vida me he enamorado de algunas mujeres. Pero jamás he pasado la noche con una sola. El pánico se me había metido hasta la médula y me era completamente imposible compartirlo con alguien.

En definitiva, me pasé más de cuarenta años sin volver a mi pueblo, sin acercarme a aquella playa. No únicamente a aquella playa, sino al mar en general. Porque tenía miedo de que, si iba al mar, me sucediera lo mismo que en mis sueños. A mí me encantaba nadar, pero desde entonces había dejado, incluso, de nadar en la piscina. Tampoco ponía los pies en ríos profundos ni en lagos. Evitaba subir a cualquier barco. Jamás había viajado en avión para ir al extranjero. Pero, a pesar de ello, no podía alejar de mi mente la imagen de que me moría ahogado en alguna parte. Ese negro presagio me había agarrado la conciencia, como la helada mano de K en mis sueños, y no la soltaba.

Volví a pisar por primera vez la playa donde desapareció K en primavera del pasado año.

El año anterior, mi padre había muerto de cáncer y mi hermano mayor había vendido la casa para disponer de capital; y al vaciar el trastero encontró, metidas en una caja de cartón, mis pertenencias de cuando yo era pequeño y me las envió a Nagano. La mayoría eran objetos que no valían la pena, pero, entre ellos, encontré unas pinturas que K había hecho y que me había regalado. Posiblemente, mis padres me las hubiesen guardado como recuerdo. Pero a mí, el terror me dejó sin aliento. Me dio la sensación de que, a través de aquellas pinturas, el espíritu de K resucitaba ante mis propios ojos. Decidí deshacerme de ellas de inmediato, volví a envolverlas en el fino papel y las metí dentro de la caja. Sin embargo, fui incapaz de tirarlas. Tras unos días de vacilaciones, volví a abrir el papel y tomé con resolución las pinturas en la mano.

La mayoría eran paisajes, y el mar, la arena, los pinos y las calles del pueblo que yo conocía aparecían pintados con aquel colorido tan nítido propio de K. Resultaba asombroso comprobar cómo los colores de las pinturas habían conservado toda su brillantez y cómo se mantenía intacta aquella impresión tan viva que me habían producido en el pasado. Mientras las sostenía en la mano y las iba mirando, me embargó una gran añoranza. Aquellas pinturas estaban ejecutadas con mayor destreza y poseían una calidad artística aún mayor de lo que yo recordaba. En aquellos dibujos se traslucían los sentimientos más profundos de K. Reconocí con toda claridad, como si fueran míos, los ojos con los que él miraba el mundo que lo rodeaba. Contemplando aquellas pinturas, fui recordando vívidamente cada una de las cosas que había hecho junto a K, cada uno de los lugares que había visitado con K. Sí. Aquéllos eran también los ojos de mi propia infancia. Aquellos días junto a K, hombro con hombro, ambos contemplábamos el mundo con una mirada idéntica, llena de vida y sin una nube que la empañara.

Todos los días, al volver de la empresa, tomaba asiento frente a la mesa, cogía cualquiera de las pinturas de K y la contemplaba. Hubiera podido quedarme mirándola para siempre. En ellas estaban presentes los añorados paisajes de mi infancia que yo me había obstinado en apartar de mi memoria durante tanto tiempo. Al mirar aquellas pinturas podía sentir cómo algo se iba infiltrando en silencio dentro de mi cuerpo.

Y un día, tal vez habría transcurrido una semana, se me ocurrió de súbito. Que quizás había estado equivocado durante todos aquellos años. K, tendido en la punta de aquella ola, tal vez no me mirara con odio o resentimiento, quizá no desease arrastrarme a ninguna parte. Es posible que su sonrisa maliciosa no hubiera sido tal, sino una mera impresión producida por algo y que K, en aquellos momentos, ya estuviese inconsciente. O también era posible que K me estuviera sonriendo dulcemente por última vez, que me estuviera anunciando su despedida eterna. El violento odio que había creído descubrir en su expresión había sido sólo producto del profundo pánico que me dominaba en aquellos instantes. Cuanto más observaba, hasta el mínimo detalle, las pinturas que K había hecho en el pasado, más me reafirmaba en mi opinión. Podías mirarlas tanto como quisieras, pero en las pinturas de K era imposible descubrir algo más que un alma pura y pacífica.

Después permanecí allí sentado, inmóvil, durante largo tiempo. El sol se ponía y las pálidas tinieblas del atardecer fueron envolviendo lentamente la estancia. Pronto llegó el profundo silencio de la noche. Ésta avanzó sin fin hasta que, para equilibrar el gran peso de tinieblas acumuladas, llegó el amanecer. El nuevo sol tiñó el cielo de una tonalidad rojiza, los pájaros se despertaron y empezaron a cantar.

Entonces decidí que tenía que volver a mi pueblo. Sin pérdida de tiempo.
Puse cuatro cosas dentro de una bolsa de viaje, llamé a la empresa diciéndoles que un asunto urgente me impedía acudir al trabajo, tomé el tren y me dirigí al pueblo donde había nacido.

Mi pueblo ya no era el tranquilo pueblo costero que recordaba. Durante el periodo de expansión económica de los sesenta había crecido en los alrededores una ciudad industrial y el paisaje había experimentado una transformación enorme. Delante de la estación, donde antes había únicamente una tienda de regalos, ahora se alineaban bloques de tiendas y el único cine de la ciudad se había convertido en un supermercado. También mi casa había desaparecido. La habían derruido unos meses atrás y, en su lugar, sólo quedaba un solar desnudo. Los árboles del jardín habían sido talados en su totalidad y en la tierra negruzca sólo crecían, aquí y allá, hierbajos. Tampoco estaba la vieja casa donde vivió K. En su lugar había un aparcamiento de hormigón donde se alineaban los turismos y las furgonetas. Pero no me dolió. Porque aquel pueblo hacía mucho tiempo que ya no era el mío.

Caminé hasta la playa, subí las escaleras del malecón. Al otro lado, exactamente igual que en el pasado, se extendía, amplio, sin trabas, el mar. Un vasto mar. Y a lo lejos se distinguía la línea del horizonte. También la playa continuaba igual que antes. En ella se extendía la arena como antes, rompían las olas como antes, la gente seguía paseando por la orilla como antes. Eran más de las cuatro y los dulces rayos de sol de última hora de la tarde lo envolvían todo. El sol, como si estuviera sumido en profundas reflexiones, iba descendiendo despacio hacia el oeste. Me senté en la arena, dejé la bolsa a un lado y me quedé contemplando el paisaje en silencio. Era una vista verdaderamente dulce y apacible. Mirándola, resultaba imposible imaginar que alguna vez hubiera venido un gran tifón y que las altas olas me hubiesen arrebatado a un amigo irreemplazable. Tampoco debía de quedar casi nadie que recordara aquel suceso ocurrido cuarenta años atrás. Parecía que todo fuera una ilusión mía, creada por mi mente hasta en los mínimos detalles.

A la que me di cuenta, de pronto, las profundas tinieblas de mi interior ya habían desaparecido. Se habían marchado tan súbitamente como habían venido. Me alcé despacio de la arena. Me dirigí a la orilla y, sin arremangarme siquiera los pantalones, me adentré tranquilo en el mar. Y, con los zapatos puestos, dejé que las olas me lamieran los pies. Como si fuera una reconciliación, aquellas olas, idénticas a las de cuando era niño, se deshacían dulcemente contra mis pies llenas de nostalgia, tiñendo de negro mi ropa y mis zapatos. Varias olas se acercaron apacibles, abriendo un intervalo entre una y otra, y luego se fueron. La gente que pasaba me miraba con extrañeza, pero a mí no me importaba en absoluto. Sí. Después de tanto tiempo, yo había conseguido llegar hasta allí.

Alcé la mirada al cielo. Unas pequeñas nubes grises parecidas a copos de algodón flotaban en él. No había un solo soplo de viento y parecía que las nubes permanecieran clavadas en el mismo lugar. No puedo expresarlo con claridad, pero me daba la impresión de que aquellas nubes estaban suspendidas en el cielo exclusivamente para mí. Me acordé del momento en que había alzado la mirada al cielo, aquel día cuando aún era niño, buscando el gran ojo del tifón. En aquel instante, el eje del tiempo rechinó con fuerza. Cuarenta años se desplomaron en mi interior como una casa medio podrida y el viejo tiempo y el nuevo se mezclaron dentro de un único torbellino. A mí alrededor se apagaron todos los ruidos, la luz tembló. Perdí el equilibrio y me desplomé dentro de la ola que se acercaba. El corazón me latía con fuerza en el fondo de la garganta y perdí la sensibilidad de manos y pies. Permanecí largo tiempo tendido en esa posición. No podía levantarme. Pero no tenía miedo. No. No había nada que temer. Aquello ya había pasado.

A partir de entonces no he tenido más sueños espantosos. No he vuelto a despertarme con un alarido en plena noche. Ahora me dispongo a iniciar una nueva vida. No. Tal vez sea demasiado tarde para ello. Tal vez sea muy poco el tiempo que me queda en el futuro. Pero, aunque así sea, me siento agradecido por haber sido salvado, al final, de ese modo, por haber experimentado una recuperación. Sí. Porque yo tenía muchas posibilidades de acabar mi vida sin haber recibido la salvación, alzando un triste lamento dentro de las tinieblas del pánico.

El séptimo hombre permaneció unos instantes en silencio mirando a quienes lo rodeaban. Nadie dijo una palabra. Ni siquiera se los oía respirar. Nadie cambió de postura. Todos esperaban a que el séptimo hombre prosiguiera. El viento había cesado por completo y, en el exterior, no se oía nada. El hombre volvió a tocarse el cuello de la camisa buscando las palabras.

—A mí me parece que lo verdaderamente temible en esta vida no es el pánico en sí mismo —dijo el hombre unos instantes después—. El miedo existe. Eso es indudable. Se nos muestra bajo distintas formas y, a veces, domina nuestras vidas. Pero lo más temible de todo es dar la espalda a ese miedo y cerrar los ojos.

Actuando de esta manera acabamos cediéndole a algo lo más valioso que hay en nuestro interior. En mi caso…, ese algo fue una ola.

Haruki Murakami©


AYOTZINAPA 177 DÍAS


GIOVANNI GALINDES GUERRERO, 177 DÍAS DESAPARECIDO


Thursday, March 19, 2015

JORGE ÁLVAREZ NAVA, 175 DÍAS DESAPARECIDO


AYOTZINAPA 175 DÍAS


...es por nuestra libertad. Carmen Aristegui


Allá va una piedra... Carmen Aristegui


El mensaje de Carmen #AristeguiSeQueda


Don Justo Verdad defiende a nuestro mandatario


David Slodky Kafkale: IN MEMORIAN.+ZAPATA, Angel Jorge (Baby). 19/03/46-30/06/74).

IN MEMORIAN.
+ZAPATA, Angel Jorge (Baby). 19/03/46-30/06/74).
“El Poeta murió al amanecer”. Hoy habría cumplido sus seguramente plenos y fecundos 69 años. 9 más de los que -como mínimo- aspiraba a vivir. Se nos murió -para nuestra incredulidad, nuestro asombro, nuestro indecible dolor- en un absurdo accidente cuando recién había cumplido 28. “No quiero morir. Y sin embargo (ya lo anoté) hay un momento en que no me importa, instantes en que sé que nada hay más victorioso, all...á. El amor es propicio a la muerte”, había escrito en su diario días antes, y quizá porque había encontrado el amor que afanosamente, pródigamente, había buscado, quizá porque era mejor que no conociera a “los enterradores de sus sueños” (algunos de ellos ¡tan cerca de él, de nosotros!), quizá porque era demasiado peso para sus jóvenes años decidir entre realizarse como “un escritor cuyo nombre figuraría en las cabales antologías”, o ser un forjador del “hombre nuevo” en el que soñábamos, o si debía –por último, como él mismo dijera- realizar su obra “en el amor, una mujer y un hombre dichos alegres de vivir, hacia adelante, haca un crepúsculo inexorable pero no necesariamente sombrío, hacia la luz final que habrá que conquistar”. Quizá por todo esto, quizá por nada de esto, le leyó el poema “Límites”, de Borges, a M.D. Y salió, enorme, hacia el encuentro. Sus amigos, David y Silvia Slodky, en el otoño de sus vidas, lo recuerdan hoy con el sereno dolor que ante tanta pérdida permite el paso del tiempo, pero ¡tan felices de haberlo conocido!, de haber vivido juntos esa juventud preñada de ideales, de haber caminado hombro con hombro por ese trozo de historia tan hermoso y difícil de este desventurado país nuestro. Y con el grande amor nacido de los ideales, los sueños y el tiempo compartido.
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Wednesday, March 18, 2015

Carlos Moncada, presenta su libro: "Asalto a Sonora".





Mañana jueves a las 7 de la tarde, en el Centro de las Artes de la Universidad de Sonora, presento mi libro "Asalto a Sonora".   Hablaremos del apetito presupuestívoro de los que gobiernan, los asaltos a la educación, al Poder Judicial, a los órganos electorales, la construcción ilegal del acueducto independencia, las presas particulares y demás atropellos. No sólo tendrás chanza de oír, también de opinar.
Carlos Moncada.
 
 Hermosillo, Sonora, México.

Sola, sin tu sombra, Los Mochis, Sinaloa: Elia Casillas


Tuesday, March 17, 2015

LUIS ÁNGEL FRANCISCO ARZOLA 174 DÍAS. NORMALISTA DESAPARECIDO.


AYOTZINAPA 174 DÍAS


Carmen Aristegui sale de MVS y Hitler planea...


Ana María Shua


Ana María Shua

 
 

Derechos animales

En la segunda parte del siglo xx, la creciente defensa de los derechos de los animales afectó gravemente al circo tradicional. En 1982 el pequeño Circo Fallon, de Estados Unidos, fue acusado de hambrear y martirizar a sus animales, a los que se exhibía en jaulas tan sucias como estrechas y se azotaba sin piedad en cada función, para diversión y escándalo de los espectadores. El fiscal levantó la acusación cuando se comprobó que los damnificados eran en todos los casos actores disfrazados.

Fenómenos de circo, Ed. Páginas de espuma-2011
 
Conquista de la nueva España

La conquista de la Nueva España, los soldados españoles llaman esmeraldas a las piedras calchihuíes, papas a los sacerdotes, Huichilobos a Huitzilopochtli, leones a los pumas, no tienen palabras para tanto pájaro y a Cempoal bautizan Almería. Su lengua los protege contra la extrañeza y la locura, luchan para no hundirse en el barro primigenio, previo a la Creación en el que todo se confunde, en el que nada existe porque nadie todavía lo ha nombrado.
Sus descendientes los recordarán con desprecio y usarán el español para llamarse a sí mismos aztecas y mexicanos.

 

Palomas, mago

El mago se saca palomas de la manga, las hace aparecer de la galera. Después de un   corto revoloteo, las palomas se posan en el dedo del mago, que las traslada a su vez a una percha.
¿Por qué no se escapan volando? pregunta un niño. Porque les cortan las alas, explica el padre. Algunos magos les cortan las plumas de una sola de las alas y es suficiente para que no puedan volar. Otros, para evitar que el público se dé cuenta, les cortan una pluma por medio de los dos lados. Durante la actuación, cuando la paloma abre sus alas, parecen completas, pero así mutiladas no le permiten sustentarse en el aire. También hay algunos pocos magos, muy hábiles, que logran adiestrarlas de modo que no escapen.
Cuando termina su número, mago y palomas se van a su carromato. Las palomas doblan al mago en cuatro y lo guardan en su caja.


 

Una prueba de fe

Yo no robé nada. En la bolsa del mercader, las monedas de oro se han convertido en aire. Quien se atreva a insinuar que no es posible, estará contradiciendo la omnipotencia de Alá.
Así dice el ladrón para comprometer a la víctima y al juez y evitar el castigo.
-Te cortaremos la mano -ordena el cadí-. Pero no como castigo sino como prueba de fe. Alá, que todo lo puede, hará que te vuelva a crecer si eres inocente.
El ladrón es culpable. Pero Aquel que, en efecto, Todo lo Puede, hace crecer su mano de todos modos. ¿Por qué debería El Más Grande someterse a las pruebas de un cadí?



Nos pasa a todos


Si la contorsionista tiene artrosis y el trapecista sufre de vértigo, si a la ecuyere se le rompió el menisco por desgaste y el mago perdió los reflejos, si el malabarista tiene presbicia y una tendinitis supraespinal le impide al domador hacer restallar el látigo, qué importa, la vejez no existe. Se tiene la edad de los sueños, la edad de los deseos, la edad de la más joven de tus amantes, la edad de tu corazón. Y siempre habrá un lugar para nosotros en el circo: solo se trata de maquillamos un poco más cuando los años nos conviertan a todos en payasos.