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Thursday, January 22, 2015

EL MOCHILERO: Elia Casillas


EL MOCHILERO

 

  A Santiago Obligado              

                                                                                                                                  Elia Casillas

 

                               Disculpe señor, ¿de causalidad  conoce a Diego? Un día  dejó sus manos  en mí y no  he vuelto a verlo, no sé qué hacer, son muy inquietas. Pero sin él... Es rubio como el atardecer, mis ojos recorren  desde  la Sierra Madre  hasta la Patagonia, y buscan, buscan  en cada hombre  que  lleva una mochila, en cada hombre que escala creen verlo. Ninguno  tiene su rostro de línea europea, cuerpo de músculos exactos, imaginación de poeta resuelto. Vea usted estas manos perfectas. Tan perfectas que nos cuentan su  historia de paisajes perdidos, de lugares lejanos, de abandonos certeros. Vea cómo alumbran los objetos cercanos y perdemos de vista todo lo que de ellas se aleja.

                                Ahhhh  manos.  ¡Qué manos!  Dedos de vaivenes largos en mí fueron besos, calor hechicero que no puedo desprender si no  lo encuentro. Mire qué uñas, ni largas ni cortas sólo para darles buena cara. Manos,  manos que no dejaron  dormir ni un centímetro de piel cuando  estaba a mi lado.  Sí señor, el día que se fue  dijo “Mujer, en la mochila podés guardar tus sueños,  dejo mis manos, voy a la montaña. No quiero dejarte sola. Necesito quien te proteja, ellas  cuidarán de vos”.

                             Pero  no regresa y empiezo a desesperarme.  Si usted viera el dorado que visten cuando las toca el sol; corren por las veredas buscándolo, da pena su orfandad. No encuentro pausa y con ellas voy. Hemos visitado cada  montaña de  enero, entramos con la primavera en  cada cerro y el otoño se dejó caer en nosotros, sólo  un poco de calor  mandó el cielo.  A la Nieve,  al Lobo,  pregunto  por él, ni  la noche habla,  la luna no comenta  y  la duda crece ante tanto silencio.  Aquí  tengo su nombre, dígale que cada minuto  de vida  estuvo en mí.   La música de  voz extranjera amarró  a  mis sentidos, noctámbula como eco destroza el poco descanso y no puedo dormir, ellas también  despiertan, y  perturbadas  se golpean contra  la tierra  buscando  refugiarse  en ella.  A rastras, mi carne se unta más y las pupilas  en un santiamén pierden galanura, una tristeza incesante no las  suelta, pero eso no entienden las manos,  día a día  están  más ausentes de mí,  por lapsos  se descaran haciéndome  responsable.    ¡Ay, Señor!  Algo  maligno les sucede  que ya no las controlo, de pronto  me culpan  y   palpo  su rabia  acusándome... ¿Acaso piensa que estoy loca? ¡No se vaya! Por favor... ¡Despréndalas del cuello!

 

 

 

Navojoa, Son., Julio 3 de 2001

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