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Friday, December 19, 2014

LEONARD COHEN

 
El autobús

Fui el último pasajero del día.
Estaba solo en el autobús.
Me sentía contento de que se estuvieran gastando tanto dinero
sólo para llevarme por la Octava Avenida arriba.
¡Conductor! Grité, estamos usted y yo esta noche.
huyamos de esta gran ciudad
a una ciudad más pequeña más propia para el corazón,
conduzcamos más allá de las piscinas de Miami Beach,
usted en el asiento del conductor, yo varios asientos más atrás,
pero en las ciudades racistas cambiaremos de lugar
para mostrar lo bien que le ha ido arriba en el norte,
y busquemos para nosotros alguna diminuta villa pesquera americana
en la Florida desconocida
y aparquemos justamente al borde de la arena,
un enorme autobús como una señal,
metálico, pintado, solitario,
con matrícula de Nueva York.
 

Cielo

Los grandes pasan
pasan sin tocarse
pasan sin mirarse
cada uno sumido en el gozo
cada uno en su fuego
No tienen necesidad
el uno del otro
tienen la más profunda de las necesidades
Los grandes pasan

Registrados en algún cielo múltiple
grabados en alguna risa sin fin
pasan
como estrellas de diferentes estaciones
como meteoros de diferentes siglos

Fuego inalterado
por el fuego que pasa
risa intocada
por el confort
se pasan los unos a los otros
sin tocarse sin mirarse
necesitando saber tan sólo
que los grandes pasan

 

Destino

Quiero que tu cálido cuerpo desaparezca
educadamente y me deje solo en la bañera
porque quiero considerar mi destino.
¡Destino! ¿por qué me encuentras en esta bañera
ocioso, solo, sin lavar, sin siquiera
la intención de lavarme excepto en el último momento?
¿Por qué no me encuentras en lo alto de un poste de teléfonos,
reparando las líneas que van de ciudad a ciudad?
¿Por qué no me encuentras cabalgando a través de Cuba,
un hombre gigantesco con un machete rojo?
¿Por qué no me encuentras explicando máquinas
a pupilos poco privilegiados, españoles negroides,
contentos de que no sea un cursillo sobre escritura creativa?
Vuelve aquí pequeño y cálido cuerpo,
es la hora de otro día.
El destino ha huido y yo te elijo a ti
que me encontraste mirándote fijamente en un almacén
una tarde hace cuatro años
y has dormido conmigo desde entonces.
¿Qué te parecen mis ojos de pescador después de todo este tiempo?
¿Soy lo que esperabas?
¿Acaso estamos demasiado tiempo juntos?
¿Acaso se avergonzó el destino ante la doble toalla turca,
nuestro conocimiento de nuestras pieles,
nuestro amor que es proverbial en todo el bloque,
nuestro acuerdo de que en cuestiones espirituales
yo debo ser el Hombre del Destino
y tú la Mujer de la Casa?





 

El 28 de noviembre de 1961
¿Existe algo más vacío
que el cajón donde
uno solía guardar el opio?
¡Cómo se parece a una margarita amarilla
cegada, convertida en una margarita común
mi precioso cajón de la cocina!
Cómo se parece a una nariz sin agujeros
mi desnudo cajón de madera!
¡Cómo se parece a una cesta sin huevos!
¡A un estanque sin su tortuga!
Mi mano ha explorado
mi cajón como una rata
en un experimento de laberintos.
¡Lector, puedo decir con seguridad
que no existe un cajón más vacío
en toda la cristiandad!




Esperando a Marianne

He perdido un teléfono
que olía a ti

Vivo junto a la radio
todas las emisoras a la vez
pero capto una nana polaca
la capto entre la estática
se desvanece yo espero mantengo el ritmo
viene de vuelta casi dormida

Acaso tomaste el teléfono
sabiendo que yo lo olfatearía inmoderadamente
tal vez hasta que calentaría el plástico
para recoger hasta la última migaja de tu respiración

y si no piensas volver
cómo ibas a telefonear para decirme
que no piensas volver
para así por lo menos Poder discutir contigo


 

  Goebbels abandona su novela y se afilia al partido
Su último poema de amor
se rompió en la bahía
donde rubios personajes blasfemaban
cargando chatarra
en oxidados submarinos.
Al sol
se sintió sorprendido
al sentirse tan carente de deseos
como una rueda.
Más simple que el dinero
se sentó sobre un poco de sal derramada
y se preguntó si volvería a encontrar alguna vez
las cicatrices de las farolas
úlceras de verja de hierro forjado.
Recordaba perfectamente
cómo dispuso
el ataque cardíaco de su padre
y cómo dejó a su madre
en un pozo
con la memoria en blanco por la pérdida de culpabilidad.
Precisión bajo el sol
los elevadores
las piezas de hierro
dispersaron a cualesquiera de vosotros
cuyo dolor hubiera dejado
igual que un silbato dispersa
a un equipo de hombres sudorosos
Preparado a unirse al mundo
sí, sí, dispuesto a casarse
convencido de que el dolor es una cuestión de elección
un Doctor de la Razón
empezó a contar los barcos
a condecorar a los hombres.
¿Amenazarán acaso los sueños
esta disciplina?
¿le llevarán el pelo favorito los muslos favoritos
los ganadores de apuestas de las carreras de caballos de la vida anterior
llevarán a aventureros cafés?
¡Ah, mis queridos pupilos!
¿creéis que existe una mano
tan bestial, tan despiadada con la belleza
que pueda apagar
su religiosa luz eléctrica
anti diarreica?

LUIS ÁNGEL ABARCA CARRILLO, 85 DÍAS




AYOTZINAPA 85 DÍAS


El hogar de Felipe #Ayotzinapa


Marta Lamas llama a no olvidar el caso de Nestora Salgado
Por: / 15 diciembre, 2014
NESTORA
  
(15 de diciembre, 2014).- La doctora en antropología, Marta Lamas, hizo un llamado para no olvidar el caso de la coordinadora de la Policía Comunitaria, Nestora Salgado, quien fue detenida en agosto del 2013 en un operativo militar y trasladada al penal de Nayarit.
“Yo no puedo venir a Guerrero sin dejar de recordarles que todavía Nestora Salgado sigue en la cárcel”, dijo la mañana del sábado durante la última ponencia del diplomado Historia y Cultura Política José Revueltas: Vida y Obra de un Mexicano Excepcional.
La activista social y escritora acotó que Salgado “es una policía comunitaria que fue detenida hace más de un año por fuerzas federales porque intentó justamente poner orden… y ha sido detenida injustamente y yo soy parte de un comité que lucha por la liberación de Nestora”.
Cabe resaltar, Lamas forma parte del Comité de Mujeres #Nestoralibre, el cual se formó en agosto pasado con el fin de exigir su liberación; entre las integrantes se encuentran la actriz Regina Orozco y las escritoras Carmen Boullosa y Elena Poniatowska.
El diplomado mencionado fue organizado por la Universidad Autónoma de Guerrero, en colaboración con la Secretaría de Cultura.

  
Demián Reyes: el arte como arma.
Por Pablo Aldaco / Dossier Politico
Dia de publicación: 2014-12-16
Publicar en:
Demián Reyes tiene 18 años y ya es un artista completo: músico, compositor y escritor. Es estudiante de composición en la Escuela Superior de Música del INBA y de historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es uno de los tres jóvenes acusados de “actos vandálicos” por las manifestaciones del 01 de diciembre en la ciudad de México. Salió libre bajo fianza, pero la batalla no ha terminado. Las trabas legaloides de una jurisprudencia podrida aún lo tienen en la mira, con la amenaza de dictarle auto de formal prisión en cualquier momento en que así les apetezca a los buitres del poder. Un juez desestimó los delitos de ataques a la paz pública y ultrajes a la autoridad, pero mantuvo el de portación de objetos aptos para agredir.
Aquella noche se encontraba tomando fotografías de la Megamarcha frente al Senado, documentando, ente otros abusos, los toletazos de los policías que a una indefensa mujer le abrieron la cabeza. Acto seguido, a Demián lo agarraron “los guardianes del orden” En sus propias palabras, con un fino dejo de ironía, dice: “Llevaba dos poderosas armas: un hato de libros y una partitura en mi mochila”. Tal parece que la máxima que afirma que un pueblo informado es peligroso para los poderosos, está más vigente que nunca.
En México, las cámaras ya son un arma. Pero un arma, si así se le puede llamar, blanca, pues no tira balas sino que recoge información, que luego será difundida en las redes sociales. Éstas, desde su surgimiento, han ido poniendo en jaque y en aprietos a todos los gobiernos del mundo. ¿Quién sabe, por cierto, en qué condiciones legales y de salud se encontraría Sandino Bucio de no ser por la filmación in fraganti de su detención arbitraria que alcanzó a pescar un ciudadano de a pie?
A Demián, en menos de una semana, durante la cual lo mantuvieron, por períodos, encadenado de pies y manos como al peor de los delincuentes, le dieron libertad condicional. Para Fernando, su padre, el tiempo, las horas, lo congelaron por la incertidumbre, la rabia y la impotencia al no saber qué iba a proceder con su hijo. Aquellos días de espera le fueron eternos a ese hombre íntegro, de buen corazón, escritor, poeta y docente, amigo nuestro.
Quién iba a pensar que los jóvenes, en esta época en que varios críticos afirman que existe una “brecha generacional”, de“juventud apática”, en comparación con décadas anteriores, iban a ser los protagonistas de un nuevo despertar que el México profundo, como un volcán a punto de erupción, ya exigía a gritos, al borde de la asfixia, desde hace bastantes años.
Pero todo llega en el momento oportuno. El caso Ayotzinapa fue la punta de lanza para que los jóvenes, en solidaridad con los estudiantes desaparecidos, salieran a las calles a exigir justicia y respeto al Estado de derecho, cuya existencia es cada vez más lejana.
Creo que la semilla de una revolución de las conciencias en este país ya está dando sus primeros frutos. Aunque la batalla será bastante larga.
Casos como el de Demián Reyes, lejos de amedrentarnos, deben ser un estímulo, porque al final tiene que triunfar el sentido de la justicia, aun a pesar de quienes se oponen a ella: los que dicen defenderla.

UN PIE EN EL DESIERTO: ANDRÉS NEUMAN


Un pie en el desierto
 
Veo el sensacional documental de Patricio Guzmán, Nostalgia de la luz, que vincula metafóricamente la arqueología, la astronomía y la memoria del genocidio pinochetista. Las tres se nos presentan como lentas labores de reconstrucción del pasado capaces de iluminar las sombras del presente. El director chileno entrevista a la hermana de una de las víctimas, que estuvo años recorriendo el desierto de Atacama -donde funcionó el campo de concentración de Chacabuco- en busca de los restos de su hermano asesinado. Hasta que encontró el hueso de un pie con un calzado familiar. «Me pasé toda una mañana con el pie», cuenta ella, «callada, como en blanco». En blanco hueso. «Fue el gran reencuentro y la gran desilusión. Porque sólo entonces entendí que mi hermano estaba muerto». Una paz similar se merecen ya mismo los padres de los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Mientras tanto, en mi querida Granada, cada día se menciona o se calla el asesinato de Federico García Lorca. La ciudad se enorgullece y avergüenza al pensar en su hijo universal. Una ciudad que tardó medio siglo en dedicarle un parque y tres cuartos de siglo en erigirle una estatua. Quizás el propio poeta se habría reído de su estatua. Pero, para reírse, hace falta tener cuerpo. Nombro el cuerpo de Lorca tal como España lleva narrándose desde 1936: sin saber todavía qué pasó exactamente. Aquí seguimos debatiendo si remover fosas abre viejas heridas o las cierra. Priscilla Hayner, experta en comisiones internacionales de memoria histórica, publicó hace unos años Verdades innombrables. Este título me remite a un revelador ensayo del argentino Fernando Reati, Nombrar lo innombrable, y a cómo ciertos silencios ocupan el lenguaje. Las dictaduras siguen hablando cuando cambiamos de tema. Antes de alcanzar el alivio, explica Hayner, se negocia con el miedo. Miedo a un dolor aplazado y a unos ausentes que no son muertos sino fantasmas. El recuerdo de Lorca es literalmente fantasmagórico: no hay rastros de sus huesos ni tampoco de su voz. Si la fosa de Lorca no se encuentra, algún día su fusilamiento podría convertirse en versión opinable, en leyenda desértica. Entonces alguien podrá decir que el hecho jamás se demostró. Que el horror no sucedió necesariamente así. Granada, escribió el poeta, no puede salir de su casa. Algunos muertos tampoco.

Wednesday, December 17, 2014

Desaparecidos - Mario Benedetti, Daniel Viglietti


MIGUEL ÁNGEL MENDOZA ZACARÍAS, 83 DÍAS

 

AYOTZINAPA 83 DÍAS


Bryant Reyes: Ayotzinapa no es una coyuntura, es una nueva etapa en la dictadura del PRI y la burguesía internacional.

 
Ayotzinapa no es una coyuntura, es una nueva etapa en la dictadura del PRI y la burguesía internacional, en donde los grandes despliegues policiacos confrontand...o a los contingentes de una marcha, figuran ya solo como un mero espectáculo para llenar de fotos los diarios, mientras detrás del escenario se adoptan los feminicidios como cultura, los presos como orden y las fosas clandestinas como patrimonio nacional, para lo cual se hace indispensable un aparato represor amplio y orgánico que aglutina todos los elementos del crimen organizado como son la Marina y la Armada de México, las policías locales y federales con sus divisiones de inteligencia, los grupos paramilitares, jueces, políticos, legisladores, además de los medios masivos de comunicación y son éstos últimos quienes se encargan de escribir las últimas líneas para cambiar la página y escribir una nueva historia.
Actualmente hay más de 700 preso rehenes de la lucha de los cuales, convivo con 4 en el Reclusorio Preventivo Varonil Norte, ademas de ser uno junto con Jacquelin Selene Santana López Luna Santana) en el Penal Femenil de Santa Martha Acatitla con la misma causa penal; veo claramente lo que dice Araceli Olivas (Abogada del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez) "Los testimonios de los agentes aprehensores son la base de la investigación ministerial...", es decir, que lo que nos mantiene presos es que se les tomaba "verdades absolutas que no necesitan ser comprobadas".
Sumado a esto aparecen campañas de desprestigio a los ya inculpados para desvanecer el apoyo social que se integra a la defensa por la libertad, además para justificar todo tipo de violaciones a los derechos humanos y al debido proceso, por ello cito el caso de un video transmitido por las televisoras policiacas como TV Azteca, Televisa, Canal 40, etc. y que circula por las redes sociales, en donde se manipula, no con imágenes, sino con un discurso completamente vacío segmentos de otros videos, ante lo cual quiero decir:
1.- El video, como se puede observar, es un espacio privado en donde se lleva la cuenta del dinero obtenido en un boteo, mismo conteo que se graba con la finalidad de documentar la transparencia del procedimiento, por lo cual me pregunto ¿Cómo hacen estas personas para obtener este material de video?
2.- En el se observa únicamente un fragmento del conteo, un momento perdido en espacio y tiempo, entonces ¿Cual es el argumento para decir que estamos lucrando con el dolor como lo hace el "Teletón" o un sin fin de proyectos similares?
3.- Con respecto a la pregunta recurrente ¿Y dónde están esos fondos? diría que cambiar la postura por la presión que los medios de comunicación tratan de ejercer, sería rendirse ante sus ataques. Estos recursos son entregados no en efectivo, sino en especie y se hace de manera anónima, pues buscamos ayudar, no colgarnos medallas y recibir diplomas.
4.- Si ahora nos acusan de lucrar con el dolor ¿Qué necesidad tendríamos de robarle $500.00 a la policía federal (mismo que reciben de nuestros impuestos)?
Éstos argumentos contradictorios y la violencia hacía el pueblo, son la política de estado que vende a la opinión, mientras tanto nosotros seguimos en resistencia, pues el camino es largo y después de cada tropiezo hay una experiencia y un aprendizaje.
¡¡¡Que nadie se calle, los presos a la calle!!!
Bryan Reyes Rodriguez

La masacre de El Charco, en Guerrero, antecedente de la tragedia de Iguala

El lugar de la masacre en El Charco, en Ayutla, Guerrero. Foto: Prometeo Lucero
El lugar de la masacre en El Charco, en Ayutla, Guerrero.
Foto: Prometeo Lucero
MÉXICO, D.F. (Proceso).- En junio de 1998, con Angel Aguirre Rivero como gobernador sustituto de Guerrero, ocurrió la matanza de El Charco: 11 jóvenes, supuestos guerrilleros, fueron ejecutados por soldados… como en Tlatlaya.
Proceso en su edición 1128, del 13 de junio de 1998, publicó un reportaje sobre la masacre de El Charco que, por su antecedente con lo ocurrido en Iguala y Tlatlaya, consideramos pertinente sea recordado.
A continuación, el texto íntegro, escrito por los reporteros Álvaro Delgado y Gloria Leticia Díaz:
AYUTLA DE LOS LIBRES, GRO. (Proceso).– Un grito que brotó de la oscuridad rompió la quietud de una madrugada salpicada por una leve llovizna:
—¡Salgan, perros muertos de hambre!
Dentro de los salones de la escuela “Caritino Maldonado Pérez”, sitiada por centenares de soldados, el miedo se apoderó de las 42 personas que sólo habían suspendido, para dormir, una asamblea en la comunidad de El Charco, convocada con propósitos de adoctrinamiento por un grupo de integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI), una escisión del Ejército Popular Revolucionario (EPR) que se produjo por pugnas internas el 4 de marzo último.
Después de haber lanzado lacrimógenos y disparado intermitentes ráfagas de fusilería, la voz del militar tronó otra vez, impositiva, a través del megáfono: “¡Salgan, putos entreguen las armas!”.
Desde uno de los salones, alguien gritó que eran campesinos humildes y que estaban desarmados “¡No tiren, por favor!”, clamó otro.
Transcurrieron unos 20 minutos, con disparos esporádicos que rompían los cristales de las ventanas Después, se produjeron varias ráfagas; las paredes de los salones del plantel quedaron llenas de hoyos.
Volvió la aparente calma y tras de unas dos horas de intermitentes disparos, los soldados volvieron a la ofensiva.
La mayor parte de los pobladores próximos al plantel se marcharon hacia el monte para buscar refugio Otros, como el indígena mixteco Narciso Santiago Morales, de 60 años de edad, prefirió que su familia huyera y él se quedó resguardando en su casa, hecha con bagazo de caña y techo de lámina de cartón “Duraron varias horas los balazos”, dice.
Amanecía, cuando unos 30 civiles desarmados salieron de uno de los salones; los soldados los rodearon de inmediato y les ordenaron que se tendieran sobre la cancha de basquetbol Según los testimonios obtenidos por los reporteros, dos fueron asesinados a mansalva.
Después salieron los miembros del ERPI Los rebeldes se rindieron; algunos estaban heridos Y también fueron ejecutados, afirman en entrevista con Proceso los testigos que fueron liberados el jueves 11.
Cerca de las 10 de la mañana del domingo 7 de junio, el operativo había concluido: murieron once personas, cinco resultaron heridas y 22 fueron detenidas.
Después siguió el saqueo.
Fuera de las casas sus moradores, los soldados entraron a hurgar. Según quejas recogidas por los reporteros, robaron alimentos y enseres domésticos, se apoderaron de documentos particulares, como actas de nacimiento, y se llevaron el poco dinero que los indígenas habían dejado.
Los soldados inclusive mataron —de cuatro disparos— a una res. La llegada de periodistas y autoridades municipales al lugar impidió que destazaran el animal. Y los perros, que temporalmente se quedaron sin dueño, tuvieron su festín.
Las evidencias sobre la acción del Ejército se esfumaron apenas 72 horas después. El albañil Sergio Ramos Aguilar, con tres ayudantes, resanó con yeso las paredes de los salones, horadadas por centenares de disparos; desmontó las ventanas rotas y las sustituyó con nuevas, de aluminio y hierro. Y con pintura blanca ocultó la sangre que manchaba las paredes.
Antes de que las cubriera la pintura, en una de las paredes se podían observar las huellas ensangrentadas de dos manos en la pared, a un lado de la puerta de uno de los salones, como si alguien hubiera estado arrodillado. Debajo de las manos, una bala se incrustó a unos 20 centímetros del piso y otra en la unión de éste con la pared. “Aquí ejecutaron a uno”, dice el maestro bilingüe Moisés González Rodríguez, director de la escuela de la comunidad de Ocote Amarillo, donde —en diciembre último— los soldados irrumpieron cuando se celebraba un novenario, para obligar a los indígenas a que revelaran la identidad de guerrilleros en la zona.
Miseria ancestral
El Charco es una comunidad formada por unos 300 indígenas mixtecos, que habitan en caseríos dispersos, encaramados en varios cerros, contrastantes entre sí por la verde vegetación y las parcelas que prometen una buena cosecha si continúan las lluvias.
Distante 35 kilómetros de la cabecera municipal de Ayutla de los Libres, aquí se llega por una accidentada brecha de terracería, peligrosa no sólo por los abundantes desfiladeros —que en época de lluvias se hace casi intransitable—, sino por las bandas de gavilleros que suelen cometer toda suerte de delitos.
Integrado por 67 comunidades, la mayoría de la etnia mixteca, Ayutla es un municipio gobernado por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y se ubica en los límites de la Baja Montaña y la Costa Chica, región de enorme riqueza natural, pero con una población que se mantiene en el atraso ancestral.
Situado a 175 kilómetros de la capital, Chilpancingo, y 140 de Acapulco, Ayutla es uno de los 10 municipios con mayor pobreza y marginación social de los 76 que integran el estado, y la mayoría de sus 25,000 habitantes carece de luz eléctrica, agua potable y teléfono.
Las comunidades, como El Charco y su vecina de Ocote Amarillo, sobreviven con apuros mediante el cultivo de maíz, frijol, caña de azúcar, jamaica, mango, aguacate y otros productos que suelen comercializar en la cabecera municipal, que en ocasiones sólo les deja una mínima ganancia tras pagar el pasaje.
A raíz de que el 28 de julio de 1996 hizo su aparición pública el EPR en el vado cercano a Aguas Blancas —donde un año antes fueron acribillados por policías 17 campesinos de la Organización Campesina de la Sierra del sur (OCSS)—, en Ayutla comenzaron a aparecer encapuchados Y eso atrajo al Ejército.
Desde diciembre del año pasado, los patrullajes son constantes. Y sus abusos, también. A principios de este año, pobladores de Ocote Amarillo, comunidad ubicada a dos kilómetros de El Charco, presentaron dos denuncias ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) por el cerco y los abusos que sufrieron por parte de los soldados.
Esas, como otras comunidades, solían votar por el PRI En las elecciones de octubre de 1996 decidieron experimentar un cambio, y le dieron el triunfo al PRD. Hoy, los priístas afirman que el PRD y el EPR son la misma cosa Del ERPI todavía no saben qué pensar, fresca aún la confesión de Erika Zamora Pardo —detenida el domingo 7—, quien confirmó la escisión del EPR.
La diputada local priísta por el distrito que comprende Ayutla, Olivia García Martínez, asegura que hay una vinculación orgánica del PRD con el EPR “Los del EPR merodean por estas comunidades, que son del PRD Y cuando llegan las autoridades, los encapuchados desaparecen Son las comunidades donde hay perredistas”.
—¿Qué pruebas tiene de eso?
—Todo el mundo lo sabe, hasta los maestros bilingües, que influyen mucho en las comunidades, están a favor de los guerrilleros.
“Estos brotes son cotidianos Ojalá viniera con más frecuencia el Ejército No estoy de acuerdo con lo que pasó, ni por parte del Ejército ni por parte del EPR El Ejército debe ser más mesurado, pero también los del PRD Los que murieron y los detenidos son indígenas que no saben lo que están haciendo”.
El profesor bilingüe González Rodríguez, dirigente magisterial en la zona, comenta al respecto:
“Es una vil calumnia culparnos de eso Que diga qué bases tiene para culparnos Ella es una mestiza a la que no le interesan los indígenas Es racista ¿Qué ha hecho como diputada del PRI? Sólo cobrar 25,000 pesos mensuales”.
El sitio de El Charco
En El Charco suelen realizarse asambleas para analizar las gestiones que se harán ante el ayuntamiento, de modo que el aviso del comisario de la comunidad, Pánfilo Santiago Hernández, para celebrar una reunión llamó la atención de los lugareños.
El sábado 6, sin que los tres maestros bilingües de la escuela estuvieran presentes ni el propio comisario municipal, comenzaron a llegar al lugar numerosos indígenas, entre ellos los doce o catorce que más tarde fueron identificados como miembros del ERPI.
Los asistentes a la reunión, organizada con el propósito de formar el “ejército del pueblo” mediante la “Asamblea Popular Insurgente”, provenían de varias comunidades de Ayutla y otros municipios del estado, como Cruz Grande, de donde es otro de los consignados, Efrén Gómez Chávez.
Antes de comenzar la asamblea, los anfitriones de El Charco prepararon el almuerzo y la comida en una tina de acero y escucharon lo que los visitantes exponían sobre la necesidad de organizarse para mejorar las condiciones de vida de la población más pobre, aunque no necesariamente los convocaron a incorporarse a la guerrilla.
Inclusive, varios testimonios de los indígenas indican que vieron llegar desarmados a los visitantes, ya que solamente portaban bolsas en las que guardaban ropa “No vimos que trajeran armas”, dicen.
Al caer la noche, varios de los habitantes de El Charco se retiraron a sus casas a dormir, mientras que los visitantes, 38, pernoctaron en la escuela, refugiándose de una lluvia ligera Aparentemente, no colocaron vigías.
Escampaba pasada la medianoche, cuando pobladores de Coapinola, una comunidad distante a unos cuatro kilómetros de El Charco, escucharon el ruido que producían los vehículos tipo Hummer y los Torton del Ejército Luego de pasar por San Pedro Coxcatlán y Coxcatlán Candelaria, se detuvieron en Ocote Amarillo, a dos kilómetros de la escuela bilingüe “Caritino Maldonado Pérez”
Y de ahí caminaron hacia la escuela y la rodearon.
Muchos de los indígenas de las comunidades por donde pasó el convoy militar, huyeron con sus familias hacia el monte, antes de que se escucharan los primeros disparos.
Mientras, unos 300 soldados, al mando del general Juan Manuel Oropeza Guernica, comandante de la 27 Zona Militar —resultó herido en el enfrentamiento con el EPR el 24 de mayo de 1997 en El Guanábano, Atoyac de Alvarez—, tomaron posiciones alrededor de la escuela, en la que imparten primaria completa los jóvenes profesores Celestino Maximino Rojas, Juan José Morales y Valentín Zavala Ortega, este último encargado de la dirección.
La escuela se encuentra casi en las faldas de un cerro, al que le arrancaron terreno para construirla. Cuenta con seis salones Dos, utilizados como jardín de niños, están separados del resto por la cancha de basquetbol. El conjunto ocupa unos 500 metros cuadrados.
Una vez sitiada la escuela, uno de los oficiales, mediante un megáfono exigió la rendición de quienes se encontraban en su interior.
“Empezó a gritar: ‘¡Sálganse, perros muertos de hambre!’ Y al ratito gritaba otra vez: ‘¡Sálganse, putos!\’”, cuenta Narciso Santiago Morales, quien ordenó a su mujer e hijos buscar refugio en el monte, mientras se quedaba encerrado en su casa, situada a unos 30 metros de la escuela.
—Los que estaban dentro, ¿respondían?
—Sí, decían que ellos no tenían nada que ver, que no traían armas “Somos gente humilde”, gritaban Pero los soldados seguían gritando.
Después, comenzaron a lanzar granadas de gas lacrimógeno y a disparar ráfagas de ametralladora, en intervalos de cinco minutos.
Ejecuciones y torturas
Ante el acoso casi constantes, los 30 indígenas que habían asistido a la reunión, que se encontraban en uno de los salones —en otro estaban los milicianos del ERPI—, gritaron a los soldados que dejaran de disparar, que se rendían.
Clareaba cuando traspasaron la puerta de la escuela con las manos en alto Un oficial les ordenó que se acostaran sobre la cancha de basquetbol. Dos de ellos, Bernardino García Francisco y Porfirio Hernández Francisco, apenas podían caminar por las heridas que tenían en las piernas.
Tendidos en el piso de concreto, oyeron que un soldado decía: “Querían su chilate, su café y su carnita, ¿no? Aquí se las traemos”, y disparó contra Honorio García Lorenzo y Mauro Feliciano Morales Castro, de la comunidad del Ahuacachahue.
Atrincherados en el salón, donde apilaron pupitres, los milicianos del ERPI esporádicamente disparaban contra los soldados. Cerca de las 9 de la mañana gritaron que se rendían.
Los soldados entraron al salón, mientras los civiles eran arrastrados hacia los vehículos militares. Se escuchó que un guerrillero pidió perdón, antes de ser ejecutado con varios disparos.
Varios de los indígenas pudieron observar cómo algunos milicianos eran sacados de la escuela sin armas y con las manos en alto. También los condujeron a la cancha, donde los soldados los tendieron boca abajo y dispararon. Después los volvieron boca arriba y volvieron a disparar.
Otros milicianos, al parecer Martín Macario Salazar, Francisco Cristino Crescencio y Eugenio Edudosio Trinidad permanecían heridos dentro del salón.
En helicópteros, 22 de los detenidos fueron transportados a las instalaciones del 48 Batallón de Infantería, en Cruz Grande, donde permanecieron algunas horas antes de ser conducidos a la IX Región Militar, con sede en Acapulco.
En Cruz Grande, los militares interrogaron y torturaron a Erika Zamora Pardo En Acapulco, los 22 detenidos aseguran que les colocaron cables en el cuello y los amenazaron con colgarlos para que se declararan culpables. A los menores de edad, los abofetearon por no entender el español.
Uno de ellos comenta que, “gracias a Dios”, no lo golpearon. “A otros sí, porque decían los soldados que estábamos diciendo mentiras. Nos aconsejaban que dijéramos que llevábamos armas y que éramos encapuchados, pero les dijimos que no era cierto. Fuimos a la reunión para hablar de la pobreza y de que todos queremos que nuestros hijos crezcan mejor, y eso no es malo”.
En el campo militar de Acapulco, los obligaron a firmar papeles que no leyeron y a poner las huellas digitales de los dedos de pies y manos, mientras que oían los gritos de Zamora Pardo y Cortés Chávez.
Todos los detenidos fueron puestos a disposición del Ministerio Público Federal, el lunes 8.
Huellas borradas
Los once cadáveres fueron conducidos a las instalaciones del Servicio Médico Forense de Acapulco, donde una delegación del Centro de Derechos Humanos Agustín Pro y la reportera estuvieron el viernes 12.
Los cuerpos estaban amontonados, sin señas que los identificaran; no estaban embalsamados. Nos muestran las cicatrices que quedan después de las autopsias. Pero son evidentes los impactos de bala en el tórax, la cara y la espalda, cubiertos con tatuajes de pólvora.
De los once, cuatro corresponden a personas de entre 25 y 30 años; los demás tienen edades menores.
Antes de ser liberados la tarde del jueves, los 22 indígenas que reconstruyeron en entrevistas con Proceso lo sucedido en El Charco escucharon una orden de un agente del Ministerio Público Federal:
“Corran y no digan nada, o los volvemos a encerrar”.
A la calle salieron a toda prisa y, en efecto, corrieron unos 250 metros, hasta que Carmen Padrazini, Magdalena Sánchez, Aurora Muñoz, Hilda Navarrete, del Centro Agustín Pro, y Lilia Moreno, del CEN del PRD, los alcanzaron para acompañarlos hasta Ayutla Y de ahí se marcharon a sus comunidades, mediante transportes que les proporcionó el alcalde perredista de Ayutla, Odilón Romero Gutiérrez.
En el Charco, en tanto, el albañil Sergio Ramos Aguilar casi terminaba el trabajo para el que fue contratado por las autoridades educativas del estado. Recogió huaraches, libros destrozados por las balas, lápices de colores, pizarrones.
Resanó los centenares de orificios de bala y cambió puertas y ventanas de las dos aulas Y bajo la pintura blanca quedó una evidencia de la desesperación: Las huellas ensangrentadas de dos manos sobre la pared en uno de los salones.

...para ver a la Parca


Tuesday, December 16, 2014

Audio:Mensaje de Don Hipolito Mora " A todos los Mexicanos"


MARCIAL PABLO BARANDA, 82 DÍAS

 



AYOTZINAPA 82 DÍAS


Daniel Galantz, autor de "Las Pequeñas Bestias" en Buenos Aires, Argentina, dedica una ilustración en solidaridad con ‪#‎Ayotzinapa‬
‪#‎YaMeCansé5‬ ‪#‎AyotzinapaSomosTodos

 

Vuela Toledo 43 papalotes con rostros de los estudiantes desaparecidos

lun, 15 dic 2014 20:22
Oaxaca, Oax., 15 diciembre. El artista plástico Francisco Toledo elaboró con la ayuda de trabajadores del Taller “Arte y Papel” de San Agustín Etla, 43 papalotes con los rostros de los estudiantes de la Escuela Normal Rural, Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero.
Niños de distintas escuelas y usuarios que cotidianamente visitan el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) volaron los papalotes en el andador turístico, para exigir justicia por los estudiantes asesinados y desaparecidos.
El artista señaló que esta actividad se planeó desde hace una semana, sin embargo las cometas que se habían hecho no levantaban el vuelo por lo pesado del material, por lo que se decidió a reelaborarlos para que pudieran volar.

Video: Jorge A. Pérez Alfonso
Explicó que la idea de esta actividad surgió de su natal Juchitán, ya que en la región del Istmo de Tehuantepec se utilizan en la época de muertos para traer las almas de las personas que han fallecido.
En tal sentido, señaló que "si se les busca (a los estudiantes) bajo tierra, bueno también hay que buscarlos en los aires". El pintor agregó que esto no significa que él piense que ellos ya han fallecido y confió en que sigan con vida, por lo que exigió a las autoridades federales sean presentados de forma inmediata y regresados con sus familias, que es a donde pertenecen.
Reiteró en que lo ocurrido en Iguala, Guerrero con los estudiantes nunca debe ser olvidado, ya que son tragedias que jamás deben volver a ocurrir. En este contexto afirmó que "quienes piden que esto ya se supere son unos inconscientes". Esto en referencia al presidente Enrique Peña Nieto, quien en días pasados llamó a la sociedad mexicana a superar la crisis que se vive en la actualidad originada por estos hechos.
Francisco Toledo envió además su apoyo a los padres de los 43 normalistas a quienes reconoció por la lucha que han emprendido para exigir la presentación de sus hijos, además de la forma en la que han respondido a las agresiones y acusaciones que vienen desde el aparato gubernamental.
“Ellos han sido inteligentes y tienen razón, sin son manipulados ha sido por el dolor que la desaparición de sus hijos les ha ocasionado".

Realizan yaquis danza del venado por desaparecidos de Ayotzinapa

Integrantes de la etnia yaqui bailaron frente al Palacio de Gobierno la tradicional Danza del Venado. Foto: Especial
Integrantes de la etnia yaqui bailaron frente al Palacio de Gobierno la tradicional Danza del Venado.
Foto: Especial
HERMOSILLO, Son. (apro).- Integrantes de la etnia yaqui bailaron frente al Palacio de Gobierno la tradicional Danza del Venado para exigir la aparición con vida de los 42 normalistas de Ayotzinapa, Guerrero.
La protesta, que inició al mediodía en la sede del Ejecutivo estatal, se dirigió luego a la escalinata del Congreso local y concluyó en la explanada del Poder Judicial del Estado.
Allí, César Cota Tórtola, capitán de la tropa yaqui, exigió justicia para los familiares de los normalistas guerrerenses desaparecidos entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre.
“¡Vivos se los llevaron… vivos los queremos!”, clamó el capitán yoreme frente a las decenas de indígenas que hicieron el viaje desde los Ocho Pueblos Yaquis, localizados a unos 270 kilómetros al sur de Hermosillo, hasta la capital sonorense.
Además, Cota Tórtola demandó al juez tercero de primera instancia, Manuel Ignacio Palafox Ocaña, que suspenda el proceso legal contra de los exvoceros de la etnia, Mario Luna y Fernando Jiménez, detenidos sin fundamentos legales el 11 y 23 de septiembre anterior.
“Ellos se convirtieron en presos políticos por defender el agua, patrimonio y futuro de nuestra Nación Yaqui”, sintetizó Cota Tórtola.
Los indígenas también se manifestaron contra el funcionamiento del acueducto Independencia, que trasvasa 32 millones de metros cúbicos anuales de agua desde la presa “El Novillo”, afluente del río Yaqui, hasta Hermosillo, que pertenece al río Sonora.
Por último, estas demandas fueron entregadas ante las oficialías de partes de los tres poderes del estado en un pliego petitorio firmado por los ocho gobernadores tradicionales.

Proceso.com.mx

Entrega del Premio Estatal de Poesía Inédita Enoch Cancino Casahonda 2014




TRIBU YAQUI CON AYOTZINAPA


Des Ahogos del Proyecto Danzalina Danza Contemporánea.


Monday, December 15, 2014

Francisco Toledo, papalotes con las imágenes de los 43 normalistas.




POR ESTA HEBRA, Elia Casillas


JOSÉ ÁNGEL NAVARRETE GONZÁLEZ 81 DÍAS

 

AYOTZXINAPA 81 DÍAS


José Revueltas: Los hombres en el pantano

 

José Revueltas

La cuestión era escuchar algo vivo, y todos esperaban que este anhelado acontecimiento se produjera una vez más, de cualquier modo y como fuese, después de las dos ocasiones, ya tan lejanas al parecer, en que había ocurrido y en que esto los hizo respirar con un alivio cínico, puro y ruin, ahí metidos como estaban, con el agua cenagosa hasta el pecho. Tres insoportables días de infierno, de silencio enloquecedor, las dos patrullas enemigas una frente de la otra, absolutamente nada más vigilándose, pero con una vigilancia ciega, que no disponía sino tan sólo de los ruidos para orientar el fuego de sus armas en medio del espeso manglar. La primera ocasión fue cuando el cabo Frank Robles, de Arizona, comenzó a chillar como un estúpido y en seguida una ráfaga de plomo japonés lo hizo callar para siempre. La segunda fue en el otro extremo del pantano --a muy corta distancia y también durante el primer día--, entre los juncos donde estaba el enemigo: alguien que no pudo reprimir un acceso d tos, por lo visto alguien delicado de salud y susceptible a los resfriados, de los que, después de esto, ya no tendría oportunidad de contraer jamás ningún otro. Los dos hombres habían lanzado al morir un alarido espantoso --el de Arizona y el japonés a su turno respectivo--, un alarido que pareció reconfortar, tonificar de igual manera a los dos bandos, en aquella lucha de silencios, de inmovilidad absoluta, que era peor que cualquier otra cosa del mundo. Se trataba únicamente de oírse, de oírse nada más, y no importaba que el grito representara una baja japonesa o norteamericana, sino que todos supieran, mediante ese grito, mediante esa muerte, que cada uno de ellos no estaba solo ni muerto sobre la superficie de la tierra. Tres días sin moverse, torturados por el hambre y el frío, sin que ninguno pudiera saber en qué lugar se encontraría su compañero más próximo, ni el enemigo, cada quien a solas, a solas con su vida y su cuerpo, sin nadie, cada quien con la conciencia de su propia soledad, cada quien víctima de la desvinculación, una desvinculación definitiva, total, envueltos en aquello sin sentido, sin lógica, que ya era algo más que la guerra, algo que estaba más allá de la guerra, y que sin embargo era la guerra, y era la sociedad, y eran los hombres, sólo que todo ello visto hasta lo más desnudo del ser, hasta lo más exacto de su desnudez. De pronto se dieron cuenta de que el prodigio iba a repetirse. Sucedió que del lado americano --americano aunque todos ellos eran mexicanos de Texas, Nuevo México y California, unos veinte hombres en números redondos--, algún imprudente o loco se había movido, confiado tal vez en las sombras de la noche, agitando ruidosamente los juncos y produciendo un rumor asombrosamente claro, preciso, increíble ahí en el pantano, donde aquello significaba la muerte. Los cuerpos se contrajeron bajo el efecto de una extraña perturbación enervante y ansiosa al escuchar el ruido extraordinario. Sabían lo que iba a ocurrir en seguida --la descarga del fusil automático del japonés, el aullido un tanto animal, pero no obstante humano, de su camarada, y tal vez lo que en el pantano hasta ese momento había sido improbable, una pequeña escaramuza, para volver de nuevo al silencio y la inmovilidad aterradores, por quién sabe cuánto tiempo más--, lo sabían perfectamente, pero saberlo no tenía importancia, puesto que ahí el carácter de los hechos era otro: los hechos no eran sino testimonios, un modo de vivir, un modo de atestiguarse cada uno a sí mismo con la muerte. Joe Martínez pensó, después de conjeturar en las tinieblas la posible dirección del ruido, que bien podría tratarse del negro Smith, de Texas. «Con tal de que no sea Johnny», se dijo, pues Johnny también estaba en el pantano. Era su cuñado, un muchacho carpintero de Los Ángeles, que a la sazón debía tener dieciocho años. «Con tal de que no sea el pequeño Johnny». Recordó la alegre figura juvenil del muchacho cuando se gastaban juntos un montón de níqueles, durante la mañana entera de los domingos, para derribar aviones ficticios en los aparatos de juego de los establecimientos de Main Street. Hoy las cosas eran distintas, naturalmente. Después del ruido sobrevino una amenazante, una abrumadora quietud, hasta que alguien, de tal manera próximo a Joe que éste pudo sentir el calor de su aliento, dijo en voz muy queda algo parecido a una frase como «¡hasta que por fin!», en que se notaba un singular descanso. Del otro lado ya un japonés estaría tratando de orientar en las tinieblas su fusil-ametralladora, ya estaría moviéndose con la lentitud de un reloj de arena. Joe clavó la punta de los pies en el fondo cenagoso de las aguas, del mismo modo como lo hacía de pequeño para ver, por encima de los hombros de alguien, un desfile militar en las calles de su pueblo, llamado Apaches, en Texas. Aun para él era una sensación dulce, feliz, la de saber que de un momento a otro aquello iba a producirse. «Esperen, no tarda», volvió a escucharse la misma voz quedísima. Las palabras permanecieron flotando en el aire negro de la noche. «Ahorita, en este minuto». Joe tuvo una duda inquietante. ¿No sería él mismo quien estaba hablando en voz alta sin darse cuenta? Se mordió los labios con fuerza, trémulo de ansiedad. No, desde luego, pues la voz ajena volvió a la carga. «¿Oíste eso, Joe? Esto va a ser muy distinto, va a resultar mejor de lo que imaginábamos. ¿Oíste bien, Joe? ¿Quieres jugarte una apuesta?» Joe no respondió. Sí, había escuchado el segundo ruido, el que vino después del crepitar de los juncos, un golpe disparejo, separado como en dos tiempos por una frágil intermitencia y, simultáneamente al golpe, apenas quizá un poco antes, aquella especie de grito inarticulado, ronco, igual que el gemido de un perro. Recordaba que en esa dirección le pareció ver por la mañana, pero de una manera demasiado fugaz para sentirse seguro, la figura del negro Smith. La cuestión estaba clara: la forma indecisa del golpe y luego ese gemido como sin terminar, querían decir entonces --todos estaban seguros de que así era y experimentaban un íntimo regocijo indecible--, querían decir entonces que el japonés había fallado al primer intento; querían decir entonces que el japonés no quiso emplear su fusil automático; querían decir entonces que el ataque era con arma blanca. Con arma blanca, un hermoso cuchillo oriental o tal vez un legendario sable que habría pertenecido a alguno de los samuráis imperiales. La lucha sería cuerpo a cuerpo, algo infinitamente más pujante, más intenso; en efecto, algo mejor de lo que esperaban: «¿Ahora, Joe, quieres cruzar la apuesta? Tú elige al nuestro, yo me quedo con el japonés. ¿Medio dólar?» Joe no quiso responder. Hacía esfuerzos por identificar esta voz que al mismo tiempo que lo trataba tan familiarmente le parecía de tal modo desconocida. El negro Smith --bien, en caso de que se tratara realmente del negro Smith-- había lanzado eso que a Joe le pareció igual que el gemido de un perro, con la misma entonación de cualquier negro a quien sorprenden, digamos, en el momento de robar una caja de cerveza en alguna tienda del Downtown. O aunque no sea una caja de cerveza, sino lo que se quiera: de todos modos un gemido de negro acosado, desamparado, de negro perseguido y lleno de asombro. Se habría quedado dormido --esto es inevitable aquí, después de tanto tiempo sin dormir, pero hay que saber hacerlo como quien dice con un solo ojo--, y dormido fue cuando cometió la grandísima tontería de moverse, el muy bruto, y hacer ruido entre los juncos, para no despertar sino hasta que ya tenía encima al japonés. Entonces fue cuando se oyó esa cosa únicamente gutural, muy negra, muy de los negros que cantan con voz de bajo profundo, por lo que casi sin duda debía tratarse del negro Smith. Aquel gemido con seguridad estaba relacionado con su sueño; es decir, la irrupción del japonés debió ser parte del sueño, una culminación lógica del sueño, ya que en la realidad, como suele ocurrir cuando alguien sueña con un incendio y lo que pasa es que se durmió con el cigarro encendido y la almohada ha comenzado a quemarse y a lanzar humo. Lo que habría soñado el negro Smith. Por ejemplo: viajaba en el autobús al que subiría para estar al abrigo del frío, esos autobuses de la Greyhound, con su clima artificial, calentito en invierno, y fresco en verano, ahí, instalado en la parte posterior donde deben sentarse los negros, muy calentito, pues aquí entre las aguas el frío era tremendo y un sueño así bien pudiera ser posible por fuerza del deseo. Pero tampoco en el autobús se sentía calor, sino l mismo hielo dentro de los huesos, hasta que un gigantesco gendarme golpeaba al pobre negro Smith con una macana, diciéndole que a ver si él lo haría entrar en calor a golpes, y era aquí cuando el negro Smith despertaba en el pantano ante la sombra del pequeño japonés que se le había echado encima. O quién sabe, ya que se pueden soñar muchas cosas, mil cosas distintas, aun en esos brevísimos segundos en que no es posible más y uno cierra los párpados, vencido, pero siempre para soñar escenas que de un modo o de otro tienen que ver con el pantano, con el fango, con los juncos, con los mosquitos, con los japoneses, con el hambre y el frío, como esos sueños de Joe siempre de frío, donde la marmita llena de ponche, a pesar de que deja escapar nubes de vapor mientras hierve sobre el fuego, en cuanto Joe la vierte en la taza sólo deja salir un líquido helado. Al mismo tiempo Joe repasaba mentalmente, como paladeándolos, los ruidos que hasta ese momento se habían producido en el pantano: primero el crujir de los bejucos al peso de un cuerpo dormido que va cayendo con suavidad sobre ellos; después la extraña vocalización cavernosa dl hombre a quien se despierta de súbito, y en seguida, aquel golpe partido en dos, aquel golpe que yerra, igual que el acorde, con una disonancia sólo perceptible para el virtuoso. Sonreía. Hermoso, todo aquello. Ésos no era ridículos cantos de pájaros, rumores de la selva, ni todo lo que habitualmente escuchaban en el manglar. Ésos eran hombres, ésos eran ruidos de hombres que se mataban igual que bestias, pero donde Joe encontraba su propia identidad sombría, la conciencia de cuya culpa personal se dibujaba cada vez más precisa en su mente como una adquisición cruel y necesaria, gracias a esta experiencia del pantano, gracias a esta experiencia embriagadora. Se escuchó, inmediatamente después, algo más, ahora en el agua, un zambullirse de tal modo sutil, que parecía no serlo, tensamente silencioso. Todos se daban cuenta de que era el negro Smith, de que no era nadie más que el negro Smith, quien se escondía bajo el pantano para esquivar el ataque y sorprender al enemigo. Luego un silencio angustioso, en espera de escuchar en seguida el tableteo de la ametralladora. Pero no, el japonés seguía sin disparar hacia el punto donde se oyó el ruido. Algo extraño, pero todos comprendían: significaba que los japoneses --y por tal razón tampoco sus enemigos-usarían ya en lo sucesivo sus armas de fuego; que de aquí en adelante la lucha iba a cifrarse, de un modo exclusivo, en esta cacería de lobos, al tacto, hasta el extremo de lo imposible el descubrimiento de sus posiciones. De súbito el silencio era otra clase de silencio, un silencio maravilloso, lleno de vida, de hazañas invisibles que se advertían en las tinieblas con una diafanidad y certeza matemáticas, que lo llenaban todo. Se podía hasta pensar que eso no era la guerra, sino algún juego fraternal, porque aquellos dos grupos de seres, quietos y enemigos, hundidos en el pantano de alguna isla perdida en la inmensidad del Pacífico, ya no tenían ningún otro interés que el de no perderse un solo detalle de esta lucha viva que se libraba en las tinieblas, este concreto existir con el que los resucitaba el sigiloso, el apasionante combate entre el negro Smith y el japonés, la muerte, el modo peculiar de la muerte de cualquiera de los dos, y después, la muerte de cada uno de los que les seguirían. Aquellos hombres habían reducido la guerra a sus elementos más simples, reales y descarnados, al de la guerra sin propósitos, al de la guerra pura, sin discursos patrióticos ni invocaciones a Dios; y la guerra, por su parte, los había llevado al otro lado de los límites del hombre, donde ya no eran seres reales, donde habían dejado de ser hombres y no podían encontrar ninguna otra manifestación de vida sino en la muerte; donde lo único humano y viviente que les quedaba en la existencia era el aullido de los que morían, y donde la única acción viva que les estaba permitida era la acción de matar. «Lo bueno que no fue Johnny», se dijo otra vez Joe. La inexperiencia, la nerviosidad de Johnny, lo hacían temer a cada momento por el muchacho, y además estaban las súplicas que le hizo Paulina, con lágrimas en los ojos, acerca de que se hiciera cargo de él como si fuera su padre, ya que iban a estar juntos en la misma unidad del ejército. Prestó mayor atención, con todos los sentidos alerta y un palpitar agudo, galopante, en las sienes, en el pecho, en la palma de las manos. En estos momentos el japonés buscaba en las aguas del pantano, sondeándolas con una suavidad imperceptible y una tibia dulzura, mediante algún objeto ancho --podría ser la culata de su fusil automático--, a guisa de remo, con quien boga en silencio, amorosamente, sobre la tersa superficie de un canal. Era una búsqueda fascinante, exquisita y fina, llena de encanto, exenta en absoluto de animadversión u odio. Lo encontraría. Iba a encontrar al negro, tarde o temprano, y en seguida lo destrozaría a cuchilladas, con una ternura violenta y silenciosa, en medio de la sólida y quieta oscuridad del manglar. Pero si el negro salía bien librado de este mal negocio, Joe se lo preguntaría, no faltaba más, cuando ambos estuvieran otra vez en su hermosa Texas, con la vista fija en la inmensidad verde de los campos: «Dime, viejo Smith, maldito negro Smith, ¿qué soñabas allá --¿te acuerdas?--, cuando te pilló dormido aquel chapo del demonio? Siempre me imaginé que soñabas estar dentro de un autobús, muy a gusto, y de pronto ¡zas!, el japonés que te cae encima.» Reirían a carcajada abierta, ahí mismito, frente a las dulces y suaves praderas tejanas. Porque, ¿qué se puede soñar cuando, después de no pegar los ojos en el pantano durante tres días, nos dormimos unos segundos y nos despierta el japonés con un golpe para darnos muerte? Aunque también el negro Smith podría haber soñado la realidad misma, eso era muy posible. Haber soñado que estaba ahí, dormido, y que de pronto caía sobre él un japonés al advertir su presencia en las tinieblas a causa de un movimiento falso provocado por una de esas convulsiones nerviosas del sueño. ¿Por qué no podría haber soñado el negro Smith lo que en realidad pasó? Otra vez muy próxima a él, Joe volvió a escuchar esa voz desconocida, pero que le hablaba con tanta familiaridad. «Te aseguro, Joe, que ahora sí no escuchaste nada. La cosa ya terminó, sin un grito; de seguro el japonés apergolló al nuestro sin dejarlo sacar la cabeza del agua. Hubieras perdido la apuesta.» Joe sintió algo muy extraño en las piernas. Ahora, por fin, reconocía aquella voz que era la propia, inconfundible voz del negro Smith, que quién sabe por qué no habría podido reconocerla antes. Pensó en Johnny. ¿Qué habría estado soñando Johnny? Bien, de todos modos, le agradecía las hermosas, inolvidables sensaciones que le hizo experimentar con su pequeña muerte.
José Revueltas, Obras completas (9), Dormir en tierra, Ediciones Era, México, D.F., 1978, décima reimpresión: 1997. Edición original: 1941 [José Revueltas].

Paco Ibáñez 1984- León Felipe y sus Intérpretes


CANCIÓN POR AYOTZINAPA- CAMINO PARA VERTE- SKARAWAY


Policías mexicanos golpean brutalmente a manifestantes tendidos


"!!!!Malditos piojos ojala y estén ardiendo en el infiernooo" Karina Dimayuga Rodríguez




“Te vamos a dejar en pedacitos”; despiden y amenazan a doctora que ayudó a familias de normalistas
Por: / 14 diciembre, 2014



(14 de diciembre, 2014).- La noche del 26 de septiembre la doctora Angélica Narváez Pérez ayudó a los familiares de los normalistas Aldo Gutiérrez y Edgar Andrés Vargas, quienes fueron heridos por la policía municipal de Iguala.
Narváez Pérez relató en conferencia de prensa que en el Hospital General cobraba 8 pesos por un vaso de agua, por lo que ella los ayudó a conseguir el líquido y gestionó con la Secretaría de Salud del estado que los familiares pudieran darse un baño.
La doctora compró también colchonetas y cobijas para que pudieran abrigarse durante la noche las visitas de los heridos. Ese apoyo y solidaridad con las familias de Ayotzinapa le costó su puesto a Angélica, pues la Coordinadora de Servicios de Salud de la zona Norte la despidió por ser “nociva para el sector salud”.
En conferencia de prensa, Narváez Pérez denunció que tras su despido ha recibido amenazas. Acompañada por Ramos Reyes Guerrero, dirigente de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (CETEG), la doctora contó que el pasado 3 de diciembre el jefe de la Jurisdicción Sanitaria de Iguala, Miguel Villanueva González, le dijo que la causa de su despido era que tenía “vínculos y un acercamiento con Ayotzinapa”.
La médico insistió en que desde la noche del 26 de septiembre es señalada, reprimida y marginada por haber ayudado a los familiares. A partir del 3 de diciembre recibió llamadas donde la amenazaron de muerte: “cálmate o te vamos a dejar en pedacitos”.
Durante la conferencia la doctora responsabilizó a Enrique Peña Nieto y al gobernador Rogelio Ortega de cualquier daño hacia ella o sus familiares.
Tras asegurar que su ex jefe la despidió por ser “activista social”, la doctora recordó que la lucha de la CETEG es pacífica y democrática. Por ello pidió a la sociedad que no se deje engañar por lo difundido por algunos medios de comunicación, como el Canal 40, donde se dijo que algunos integrantes del plantón están relacionados con el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI).
Finalmente, la agraviada hizo un llamado a las organizaciones civiles, obreros, campesinos, amas de casa y padres de familia a incorporarse a esta lucha.