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Wednesday, July 31, 2013

ELENA GARRO, LA CULPA ES DE LOS TLAXCALTECAS




Nacha oyó que llamaban en la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blnaco quemado y sucio de tierra de sangre.
— ¡Señora!… —suspiró Nacha.
La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiese visto nunca.
— Nachita, dame un cafecito…Tengo frío.
— Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.
— ¿Por muerta?
Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha se puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.
— ¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.
Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía.
Afuera la noche desdibujaba las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.
— ¿No estás de acuerdo, Nacha?
— Sí, señora…
— Y soy como ellos, traidora… dijo Laura con melancolía.
La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.
— ¿ Y tú, Nachita, eres traidora?
La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad de traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.
Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.
— Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.
Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Ésta, ensimismada, dio unos sorbitos.
— ¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los camiones vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el Lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones, convertidas con piedras irrevocables, como ésa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo. En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?
Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió, convencida.
— Así eran, señora Laurita.
— Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.
— La culpa es de los tlaxcaltecas— le dije.
Él se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.
“— ¿Qué te haces? — me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.
“— ¿Y los otros? — le pregunté.
“— Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo—. Vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la verguenza de mi traición.
“— Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono…
— Ya lo sé— me contestó y agachó la cabeza. “Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía verguenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró.
“Está muy desteñida, parece una mano de ellos —me dijo.
— Hace ya tiempo que no me pega el sol —. Bajó los ojos y me dejó caer la mano. Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo.
“—¿Y mi casa? — le pregunté.
“— Vamos a verla. me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.
” — Ya no camino — le dije.
“— Ya llegamos — me contestó —. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos me arrancó mi vestido blanco.
“— Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas — me dijo quedito.
Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre. y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.
“— Sienpre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho — me dijo—. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.
” — Somos tú y yo — me dijo sin levantar la vista —. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.
“— Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo…por eso te andaba buscando. — Se me había olvidado, Nacha. que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor. .. soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.
” — Éste es el final del hombre — dije.
“— Así es — contestó con su voz arriba de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me llevaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco.
“— A la noche vuelvo, espérame… — suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.
“— Nos falta poco para ser uno — agregó con su misma cortesía.
Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.
“— ¿Qué pasa? ¿Estás herida? — me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra se había metido en mis cabellos. Desde el otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos,
“—!Estos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! —dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme.
“Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no pude creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú ¿Te acuerdas?
Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran, Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo:
—¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?
La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!” La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del Presidente López Mateos.
“— Ya sabes lo que ese nombre no se le cae de la boca — había comentado Josefina, desdeñosamente.
En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor Presidente y de sus visitas oficiales.
— ¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esta noche! — comentó la señora abrazándose con cariño las rodillas y dándoles súbitamente la razón a Josefina y a Nachita.
La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.
— Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo, no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día.”
“— Tienes un marido turbio y confuso — me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando un café se levantó a poner un twist.
“— Para que se animen — nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito.
“Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. “Se parece a…” y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me leyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran el cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: “¿En qué piensas? Mi primo marido no hace ni dice nada de eso.
—¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! — dijo Nacha con disgusto.
Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente.
— Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas vendrá a buscarme? ” Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar sus brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.
Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina por su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dijo. “¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeran nuestros gritos por algo sería!” Pero, qué esperanzas. Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado.
“— Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!
“—No oímos nada… — dijo el señor asombrado.
“—¡Es él…! gritó la tonta de la señora.
“— ¿Quién es él…? — preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después.
La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:
“— El indio… el indio que nos siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México…
Así supo Josefina lo del indio y se lo contó a Nachita.
“—¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! gritó el señor. Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas.
“— Está herido… — dijo el señor Pablo preocupado. Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.
“— Era un indio, señor — dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.
Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.
“— ¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?
La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y oyó Josefina.
— Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras. Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota — dijo Laura con desdén.
— Muy cierto — afirmó Nachita.
Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el poso negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café caliente.
— Bébase su café, señora — dijo compadecida de la tristeza de su patrona. ¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él.
— Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien yo no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca se enoja con la mujer.
Nacha sabía que era cierto lo que ahora decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró a la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!” ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande.
La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podíamos ver todos.
“— Tal vez en el Lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto. Dijo casi sin saber qué decir.
La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.
— Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo tenía ganas de llorar? En ese momento me acordé cuando un hombre y una mujer se aman y no tiene hijos y están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primer marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿adónde?”. Más tarde, cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: “¡Al café de Tacuba!” Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, sólo lo había oído mentar.
Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en ese momento en la cocina.
” — ¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! — le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un sweter blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar.
— En el café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó un camarero. “¿Qué le sirvo?”. Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. “Una cocada”, mi primo y yo comíamos cocos desde chiquitos… En el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y no habitaré la alcoba más preciosa de su pecho.” Así me decía mientras comí la cocada.
“— ¿Qué horas son? — le pregunté al camarero.
” — Las doce, señorita.
” A la una llega Pablo”, me dije, “si le digo a un taxi que me lleve por el periférico, puede esperar todavía un rato.” Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un poco brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato.
” —¿Qué haces? — me preguntó con su voz profunda.
” — Te estaba esperando.
Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro.
” — No tenías miedo de estar aquí solita?
“Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas.
” — No mires — me dijo.
“Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos.
“— ¡Sácame de aquí! — le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos.
” — Éste es el final del hombre — le dije con los ojos bajo su mano.
” — ¡No lo veas!
“Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho.
“— Duerme conmigo… — me dijo en voz muy baja.
“— ¿Me viste anoche? — le pegunté.
“— Te vi…
“Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos se levantó y agarró su escudo.
“Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas… Y yo me escapé otra vez, Nachita, porque sola tuve miedo.
“Señorita ¿se siente mal?
Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.
“— ¡Insolente! ¡Déjame tranquila!
“Tomé un taxi que me trajo a la casa por el periférico y llegué..
Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras.
“— ¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!
Laura se le quedó mirando asombrada, muda.
“¿Dónde anduvo, señora?
“— Fui al café de Tacuba.
— Pero eso fue hace dos días.
Josefina traía “Últimas Noticias”. Leyó en voz alta: “La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que le siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los Estados Unidos de Michoacán y Guanajuato.”
La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada.” Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.
“— ¡Laura! — gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en sus brazos.
“— ¡Alma de mi alma! — sollozó el señor.
La señora Laurita pereció enternecida unos segundos.
“— ¡Señor! — gritó Josefina —. El vestido de la señora está bien chamuscado.
Nacha la miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora.
“— Es verdad…también las suelas de sus zapatos están ardidas. — Mi amor, ¿qué pasó? ¿dónde estuviste?
“— En el café de Tacuba — contestó la señora muy tranquila.
La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.
“— Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?
“— Luego tomé un taxi y me vine para acá por el periférico.
Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.
“—¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?…¿Por qué traes el vestido quemado?
“— ¿Quemado? Si él lo apagó… — dejó escapar la señora Laura.
“— ¿Él…¿el indio asqueroso? — Pablo la volvió a zarandear con ira.
“Me lo encontré a la salida del café de Tacuba… — sollozó la señora muerta de miedo.
“— ¡Nunca pensé que fueras tan baja! — dijo el señor y la aventó sobre la cama.
” — Dinos quién es — preguntó la suegra suavizando la voz. — ¿Verdad, Nachita que no podía decirles que era mi marido? — preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera.
Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama había opinado:
“— ¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!
Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?
— Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana — anunció al llevar la bandeja con el desayuno.
El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar.
“— ¡Pobrecito!…¡pobrecito!… — dijo entre sollozos.
Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.
— Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la Conquista de México. ¿Tú me entiendes, verdad? — preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.
— Sí, señora… — Y Nachita, nerviosa escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara acongojada de su madre.
— Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia de Bernal Díaz del Castillo. Dice que eso es lo único que le interesa.
La señora Margarita había dejado caer el tenedor.
“— ¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!
No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlan — agregó el señor Pablo con aire sombrío.
Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laura se encerraba en su cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz.
Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.
“— ¡Se escapó la loca! — gritó con voz estentórea al entrar a la casa. — Fíjate Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona, Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no.” Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió en el automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo y mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. “Ellos y yo hemos visto catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían. Recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas”… Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr el sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.
“— ¿Qué te haces? — me dijo.
Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.
“— Te estaba esperando — contesté.
“— Ya va a llegar el último día…
Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de verguenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. Él siguió quieto, observándome.
“— Vamos a la salida de Tacuba…Hay muchas traiciones… gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas desplazadas no llevaban a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. Él no tenía miedo. Después me miró a mí.
— Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto con lo malo.
Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar.
” — Son las criaturas… — me dijo.
” — Éste es el final del hombre — repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento.
“Él me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.
“— Traidora te conocí y así te quise.
” — Naciste sin suerte — le dije. Me abracé a él —. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños.
” — El tiempo se está acabando… — suspiró mi marido.
“Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte.
“Falta poco para que nos fuéramos juntos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó las ramas y me hizo una cuevita.
” — Aquí me esperas.
“Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a la gente que huía, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a cortar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes. Pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se acababa el tiempo. Si mi primo no volvía ¿qué sería de mí? Tal vez ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. “Cuando llegue y me busque…” No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de la ciudad de México. “Margarita ya se debe de haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado”… Un taxi me trajo por el periférico. ¿Y sabes, Nachita? , los periféricos eran los canales infestados de cadáveres… Por eso llegué tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido.”

Monday, July 15, 2013

Francisco Campos Machado y su otra historia

 

 
Francisco Campos Machado  y su otra historia
 
                                                                                                               Elia Casillas

 
No te des por vencido
ni aún vencido,
no te sientas esclavo
ni aún esclavo;
trémulo de pavor,
piénsate bravo
y arremete feroz
ya mal herido.
                          
 
Alma Fuerte, poeta argentino
 
Hoy su pie tenía tres fallas, para él, que era receptor dentro del béisbol mexicano y estadounidense, aquello era una hecatombe. Las distinciones recibidas en la academia de Pastejé, a donde lo llevó su hermano Raúl, hoy,  pasarían al armario de su biografía. Hoy, eran pequeños trozos de historia inconclusa, una historia que aunque él no la aceptaba, le pertenecía. Campos no iba a irse entre los escombros de su vida anterior, nació aguerrido. Sin embargo; la noche, el  día y su realidad, decían que de alguna manera, esto era el final.  Un final suyo, con todo y la desafortunada barrida que tuvo en el home plate. Francisco; de muslos vertiginosos nunca midió lo desmejorado del estadio de Calquini. En un instante, una anotación fraguó su próximo calvario. Cuando lo levantaron, era para una operación, una cirugía incierta, donde sus huesos ya iban en otro juego, la fatalidad, o la mano invisible de la suerte, en un tropiezo dejó su ficha viendo, para el lado que Francisco nunca sospechó.  Sus pies, antes livianos se negaban al nuevo recorrido. Un tobillo en tres partes, tres partes que nunca ligaron igual, pero que de igual forma, alteraban su carrera para siempre. ¿Resignarse a perder lo andado? Si, eso le dijo su manejador Javier Martínez “La Escopeta”, un hombre de casi dos metros, conocedor de la redondez de la pelota y sus vueltas, de sus movimientos al quedarse en la mano del lanzador y tomar la inclinación que dan los dedos cuando gira, y gira, y gira,  para caer donde ella quiere, cuando hay un tirador con coraje,  para controlarla. Javier, viendo que Francisco tenía buena velocidad  dijo:
-Tu brazo es muy bueno, ¿por qué no lo intentas de lanzador?
-No Javier, no puedo dejar todo para ser picher, yo soy cacher.
-Pancho, creo  que tu carrera como receptor se ha terminado, tus pies ya no son los mismos y tú dependes de ellos, inténtalo, yo te enseño.
-Javier me gradué con honores en Pastejé como cacher, ¿crees que yo pueda ser un buen picher?  
-Si Pancho, con trabajo sé que podrás hacerlo bien.
-Entonces, hagámoslo Javier, tú sabes más que nadie.
Aunque durante su niñez y adolescencia en ligas pequeñas, había sido lanzador algunas veces, ahora todo era distinto, tenía un sueldo y ya encarrilado en su nuevo oficio, puso todo para seguir cobrando un cheque. Javier siempre estuvo al pendiente de Francisco, animándolo y dándole consejos y trucos que sólo los grandes lanzadores tienen, para llevarlo atinadamente a su nuevo quehacer.  Cuando ya estaba preparado habló de nuevo con él:
-Pancho, vas a entrar a pichar cuando los partidos estén muy colgados, en contra, o a favor…
-Está bien Javier, como tú digas.
Hoy estaba del otro lado, su cuerpo ya iba en otro rumbo, y no le quitaba el  ojo a los lanzadores y se veía en una loma, preguntándose cómo le iría, si él estuviera ahí. Esa noche llegó, a una señal de Javier se fue al calentadero. ¿Miedo? ¿Felicidad? ¿Frío? De pronto, vino desde el fondo del estadio, surgió cuando el equipo estaba harto de carreras, era su oportunidad y ésta, nadie iba a quitársela. Llegó con el alma bien puesta, sus dedos armados de valor, las piernas, hoy tenían un ritmo diferente, pero él, estaba de nuevo en la pelea. Mil novecientos noventa y cinco el año de su providencia; ante los Tigres del México y frente a su primer contrincante Luis Fernando Díaz, demostró que la ambición  nunca se deja en la almohada, que hay que ser un combatiente, y pelear, y pelear y pelear con el talento en la mano, para subir la escalera del béisbol.  Cara a cara con Luis Fernando, lo hizo sentir el soplo que deja una pelota cuando el bat no la toca, y éste se fue a la caseta, sin imaginar que Campos iba en la avenida de los chocolates y ante su próximo alias: Pancho Ponches.  Iba por donde los juegos dependen en un…  ¿noventa, ochenta, setenta por ciento de un picher?  El segundo bateador, tampoco pudo ver sus tiros y siguió la misma brecha del anterior, y venía el tercero… También cayó en el mismo hueco. Tres hombres, tres outs, tres ponches, y Francisco ahí, con un manejador orgulloso de su pupilo, de un alumno que estaba en su mismo hilo, del hombre que sabe cuanto puede dar un atleta cuando sus facultades, no tienen límite. Ahí, donde el hombre se abre a otras posibilidades, cuando está al tanto en que su carrera, ya es el otro tren que lo lleva y de ahí no iba a caerse nunca, hasta no contemplar sus sueños en un trofeo, no se bajaría sin ver su nombre relinchando en los noticieros.  Esa misma temporada, tuvo la oportunidad de iniciar contra Minatitlán, dejó el juego empatado a cuatro carreras. Pero el destino, ¡ay! ¿Quién dice que no existe?  Javier Martínez fue dado de baja en la siguiente temporada y Francisco de nuevo estaba en la cuerda, balanceándose… Fernando Villaescusa era el nuevo manejador,  con una historia que iba entre lo verídico y absurdo, Campos le contó su desgracia en Calquini.  
-Paisano, contestó Villaescusa, -voy a darle oportunidad de abridor,  todo dependerá de usted-.
-Gracias Fernando…
Después de siete victorias consecutivas, Pancho probó la derrota, esa temporada llegó a diez triunfos, el título de novato del año fue solamente de él. Su nombre hoy está en las Series del Caribe como un lanzador victorioso, a un paso estuvo de obtener la triple corona de picheo en la Liga Mexicana del Pacífico, conquistándola en el verano del dos mil cuatro. De su mano, el equipo Piratas de Campeche se coronó campeón de la Liga Mexicana de Béisbol. Los Venados de Mazatlán resultaron vencedores este año (2005) de la Liga Mexicana del Pacifico, dándole el primer lugar a México en la Serie del Caribe, en la ciudad de Mazatlán, Sinaloa. Por primera vez una ciudad sede del circuito mexicano, obtenía tan alto rango, y Francisco consiguió la victoria que los hizo campeones. En su natal Guaymas,  Sonora, una calle lleva su nombre y él es uno de los hijos predilectos de este puerto. Francisco un emblema Sonorense. Hoy, seis trofeos adornan la entrada de su casa en Campeche, Campeche… Estos son algunos de los nombramientos que le otorgaron en el pasado juego de las estrellas del Béisbol Mexicano.
  Jugador más valioso
  Campeón de juegos ganados,   12
  Campeón de Ponches, 99
  Campeón de ganados y perdidos,  12-2 (8.57)
  Picher del año
  Campeón P. C. L. A.  (Porcentaje en carreras limpias admitidas), 1.47
 
 
 
 
 
 
 
     San Luis Potosí, Junio 20 del 2005

 
  

 

 
 



 

Wednesday, July 10, 2013

Mario Mendoza Aizpuru: El niño del Spike. Elia Casillas



 
   Si algo le sobraba al río, eran piedras, justo lo que él requería para sus batazos. Entonces se apresuró, el arroyo lo esperaba. Un palo cumplía las veces del bat, y en ese baldío iba sin el riesgo de llevarse los cristales de alguna casa. El sonido del agua hacía burbujas en pies y manos, los pájaros eran el canto que llegaba del aire, junto con  murmullos de insectos y plantas sobrevivientes del frío, seduciéndole. Estaba enamorado del lugar donde la naturaleza hizo su gran variedad de verdes, en contraste con el café intenso de la tierra y piedras de distintos grises. A lo lejos; un resplandor que no lograba ubicar,  llamó poderosamente su atención.  Acercándose poco a poco llegó, ¿y…? ¡Un spike!  Un zapato de béisbol con los ganchos de cara al sol, un spike abandonado yacía ahí. Volteó a todos lados, quería estar seguro que era el único dueño. Él lo encontró, ¿o…?  Más bien, se habían hallado, le pertenecía, porque a veces la vida deja el motivo tan cerca, para que cada quien tome calle y esa oportunidad era suya, así lo entendió. Alcanzó el spike y antes de ponérselo vio de nuevo los alrededores, temía que algún chaval viniera y se lo arrebatara. Era justo la medida, como si el cielo lo hubiera enviado, levantó la mirada y dio gracias a Dios. Mientras el pie entraba en el zapato, escuchó gritos y aplausos, lentamente alzó el rostro y… ¡Estaba en un Estadio de Béisbol! De la nada apareció un Parque lleno de fanáticos, nunca había jugado en un pasto recién cortado; los límites blancos del campo lucían bien delineados por la cal, y  las almohadillas eran nuevas, eso le parecía a él.  Giró a uno y otro sitio, la vista no alcanzaba para registrar tal acontecimiento, su cerebro de momento sufrió una sacudida, y pensó que soñaba, las manos pequeñas frotaron sus ojos varias veces, pero no.  No, no, aquello era real. En un soplo, aparecieron dos equipos, y al verse, lucía uniforme nuevo, Chihuhua era el Estado  que hoy representaba, su terruño, la ciudad donde él nació, su escudo y reino en  la camisa.  Al fin se encontró con un bat de madera virgen, no podía creerlo, el único madero nuevo que había visto de cerca,  estaba en el escaparate de  una tienda de la ciudad. Buscó el riachuelo nuevamente, ya no existía, ahora un campo de béisbol habitaba ahí, y él en el campo, vestido de pelotero. Pero solamente tenía un spike para jugar, iba en turno al bat y entre los espectadores vio a sus padres y hermanos, dándole ánimo. Su nombre en la voz del anunciador, fue otra emoción que lo hizo temblar

-Se presenta al bat,  ¡Mario Mendoza!  

Se acomodó en la zona de bateo, al parecer los espectadores no se  percataban que escuetamente tenía un spike, sólo él. Cuando el lanzador presentó la bola,  fue afianzando los pies y con el spike golpeando tierra, se apuntó para darle a la pelota que venía echando resplandores y silbidos. La esférica se fue entre el parador corto y tercera base, y arrastrándose en la hierba, rebotó en la barda. Consiguió la primera base, inspirado en la velocidad se fue a la segunda, barriéndose con los pies al frente. En ese momento el dueño de ésta, tocó el spike y el ampayer lo dejó fuera, quitándose el polvo empezó a discutir el fallo de éste. Todo lo que luchó fue inútil, ya no estaba en la jugada y así quedó en el libro de ese día. En la hoja de su historia, esa mañana tenía un gran  significado para él, pertenecía a un estadio,  la tierra y el pasto irían ligados a él como pan de cada día; como oración predilecta, ese lugar era su otra piel, al fin supo  que,  el béisbol era su amor puro. Se fue a la caseta con su andar de barco, iba expulsado y ni el manejador, ni couches calmaron su enojo al intentar  que no lo sacaran del partido. En el recorrido observaba el spike, y su otro pie árido, triste, tan desprotegido como él, en medio del invierno que se estrellaba cortando sin misericordia la carne. Pero esa mañana tenía un spike, a primeras luces, era un niño inmensamente afortunado. Siempre había soñado con unos zapatos de béisbol, de momento poseía un spike, y éste era suficiente para él, para él que sólo contaba con rocas, troncos, manos ágiles y sus pies descalzos. Sin embargo, cuanto llegó a la caseta nadie pudo consolarlo por la suspensión, en ese instante se quitó el spike, el único zapato, su spike, su reliquia más querida. Y… Nuevamente se hallaba solo, ahí, en el río, sentado en la piedra más grande del lugar, con el spike en la mano. Pensó que lo vivido era parte de su fantasía. Un campo de juego no podía aparecer e irse así, tan de pronto, sin dar tiempo a guardar trofeos y fotografías. ¿Dónde quedaría lo jugado, su discusión, la salida del partido y hasta su familia?  Su familia apoyándolo con gritos y porras. -¿A dónde va lo  vivido?- Se preguntaba. En ese instante se convenció que todo florecía en su jardín de ilusiones, el jardín que le estaba dando un sueño, al que se ataría eternamente con disciplina y trabajo.  La sensación del momento en que jugaba, no iba a perderla en el resto de su vida.  Guardó el spike entre la camisa y los agitados latidos del corazón, temía encontrarse con el dueño y perder su riqueza, la joya que el río le había regalado y nadie iba a confiscarle. Cuando llegó a casa, puso el spike envuelto en periódico debajo de la cama, todavía con dudas fue con su Madre y preguntó:


-Mamá ¿usted ha salido hoy?

-¡Ay Mario!  A donde quieres que vaya con tanta ropa que tengo que lavar,  tuya, y de tus hermanos. Anda, lleva el nixtamal a que lo muelan que ya casi llega tu padre y tengo que hacer muchas tortillas para hoy, y  para  el desayuno de mañana. De regreso, llegas a la tienda y traes una vela de cebo, para curarte las heridas de esas manos.

-Si mamá…

-Hijo, no sé como pierdes tanto tiempo jugando al béisbol, no sé que va a ser de tu vida, te la pasas juegue y juegue y hablando solo. Ve los pies y las manos, todos  cortados de tanto frío que hace allá afuera. Ojalá algún día, el béisbol te dé para comer.   


Trajo los encargos de su Madre y con una duda apretándole el estómago, fue a revisar el sitio donde escondió el spike, hasta no tenerlo con él, regresaría la calma. Tenía miedo, terror, de que éste también fuera un espejismo más, de los muchos que fabricaba en el río, pedregales y terrenos solitarios, donde el béisbol era su único compañero. Ahí, donde él se armaba como equipo visitante, y equipo local, contrincante  y amigo, él, su mejor antagónico, su fantasma preferido, el duende perfecto de sus visiones. A la sazón,  palpó el spike, y sacándolo inmediatamente de la oscuridad,  se lo puso… Entonces, volvieron las voces y aplausos, se tapó los ojos y sólo dejó un hueco entre los dedos para ver que ocurría. Asombrado retiró las manos. ¡Se encontraba en un Estadio de béisbol! Su cuerpo había crecido, y se desempeñaba comoparador corto del  equipo.  Esta vez, el uniforme era de los Piratas de Pittsburg, su cuerpo había crecido, y se desempeñaba como parador corto del equipo. Hoy más que nunca, el cebo de vela que su madre ponía para curarle las cuchilladas del frío, había hecho el milagro dándole finura, como si un gusano hubiera tejido con seda prodigiosa sus manos. Sus manos, palomas desplazándose en el campo, con movimientos elegantes, y precisos, lo difícil lo hacían sencillo, entre ellas y su guante, surgió una larga comunión. El terreno como sacado de un libro de cuentos, las butacas relucientes, el pasto lucía su mejor verde, las almohadillas tan iguales a las primeras y tan distintas, éstas de mejor hechura, el recinto era inmenso. Cuando el sonido local lo mencionó, maravillado escuchó su nombre en el Parque. Esta vez su admirador era un pueblo Estadounidense, un pueblo con otra voz, un pueblo unido a él por un deporte. ¡Béisbol! Incrédulo revisó de nuevo sus extremidades… Vestían un par de spikes, limpios, brillosos, nunca más sus pies irían desnudos a un Estadio. Eran justo la medida, como si el cielo los hubiera enviado, levantó la mirada y dio gracias a Dios.   



Navojoa Sonora Octubre 23 del 2005

Libro: Reyes y Ases del Béisbol
Elia Casillas


Monday, July 08, 2013

Miguel Manriquez



ORGIASTA

Me doy fenicio y perverso bajo los rododendros,
en la carnal fruta y la apagada llama turbio me unifico
pleno de demonios y labios mojados por su nombre.
Nadie reconoce el espeso mundo que del deseo nace
y de cierta temperatura resultante de una piel intranquila,
de un colmado hueco aquí en lo blando.
Comensal ante el prometido alimento del efímero goce
soy espejo que perfecto brilla ante el amor constante
como animal consumido por urgente fuego,
como cuerpo humilde fiel a la contingencia y abandono.
Insituable sueño con una dignidad que ya no existe,
apresurado me contemplo
múltiple, prudente, total, desnudo y derramado:
estoy solo ante mi propia muerte.
Ya no me necesito.

(Todas son palabras necesarias)

M.M.

TRAYECTORIA

He aquí que soy rumor ondulando en la floresta.
He aquí que respiro semejante a un animal irresistible.
He aquí que soy viva humedad en el espejo.
He aquí que purificado vengo con dignidad de muerto vaporoso.
He aquí que digo: hoy es una noche en la que obedezco y huyo.
He aquí mi escritura de hombre del desierto:
atención que me transformo muchas veces.

M.M.

 

MAGREB
 

Aquí mismo en la tarde primera ante el misterio de esta tierra
el tiempo es amargo y purificador y la luz dorado movimiento.
No parece que ardo cuando quiero ser amado a la sombra,
no parece que me pierdo cuando me cristalizo entre las veredas,
no parece que me disuelvo cuando me ilumino en la pulsión del llanto.
Sin embargo desamparado yazgo en este desierto
como si el mundo fuera absoluto polvo que me envuelve
hasta que mi respiración se extinga
con el extranjero canto venido desde las blancas almenas
porque esta quietud me devora cuando mi rostro reconoce.
Quiero dejar la herida que hoy se abre
para ser fragmento disperso, presencia destrozada,
arena entre las arenas
aquí mismo en la tarde primera de mi desprendimiento.

MM


 
Del libro de Zarabanda
 

Friday, July 05, 2013

J.J. Cartagena





Vicente (Hastaelsol)

UNO

Quiero caer desde lo más alto /

de donde ni siquiera mi mente ha podido imaginar / desde allá / o desde ahí /

como sea que se dé esta caída /

quiero que la materia desábrase al átomo para besar el vértice del infinito /

hoy bajaré desde más arriba que Altazor:

tal vez menos digno / aunque más lujurioso e inmoral /

despeinado / ajeno a mi vanidad & deshecho del ego impertinente /

más líquido que vaporoso / me descolgaré entre soles & estrellas /

abriré los ojos a 2 ángeles / para que me vean más nítido que a sus templos /

un poco más carajo / vociferando poemas /

¡llámenme Hastaelsol! (remedo del gran Huidobro) /

bautícenme como quieran / mientras desciendo sobre sus cabezas //

Soy herencia desleal- de los poetas / ¿quién sabe? /

algo nebuloso en el descenso hasta su tierra /

dulce paño azul destiñéndose ante mis ojos /

desciendo lentamente con la risa más grande que un continente /

más insípida que la promesa absurda del gobernante /

¡Dios!- no salves a la reina /

baja conmigo que no te conozco / atrévete /

abrazados a un carnaval / bajemos a la Pampilla / dancemos ebrios en la Tirana /

disfrazados de viles demonios /

bebámonos un alcohol ardiente colgados de la luna::

// ¡Dios-Dios! Ayúdame a buscar a Nemo /

Se ha perdido bajo el océano solar: no sé si en Marte o Venus /

anda buscando a su amada & aún bajo su escafandra canta Dylan /

¡Dylan- Dylan! no llores / tus lágrimas contaminan el mar /

Dylan:

dile a Nemo que la encontraremos::

// El descenso es triste / & esa no era la idea / abrázame Dios mira que yo no creo en ti /

ABRÁZAME DIOS antes de desaparecer /

acompáñame en esta caída de mierda que acabo de inventar /

por favor...dile a un ángel que me saque del sueño /

no quiero que esta órbita infinita apriete mi corazón /

a medida que desciendo más creo en tu infierno

DOS

¡Huidobro!

nunca pensé que fuera tan triste este viaje /

lloro& lloro es porque no alcanzo a ver mi niñez /

lloro Vicente & no volveré a repetir el por qué /

no había expectativa / no había ilusión /

no había nada / te lo juro / por esa estrella que se apaga - (allí) /

es como mi vida /

el cansancio pesa más que mis años /

me duele el alma en esta improvisada caída /

Altazor:

era uno / Altazor sólo eras tú /

solo / desprovisto de traje / de gestos & parafernalias /

¡voz - voz! Te llenaste de poemas / en grave / en agudo / sutil / breve o extensa /

eras sólo tú /

debo apostar a que eras Altazor / Altazor / Altazor /

un eco infinito /

reverberando:

versos / versos / versos / desnudos / brillantes / cayendo sin paracaídas /

liviano / sutiles /

sin muertes / sin féretros ni agonías / lucida caída / lucida & demencial /

polivalente sin congoja / con alas o sin alas /

yo soy Hastaelsol / aleando de lado a lado pretendiendo encontrarte /

pero me quedo vencido / enredado en estos oscuros versos

mis ojos te hurgan en tus 4 puntos cardinales / que son 3: el Sur y el Norte /

sabes Huidobro /

me he vuelto demasiado elemental para tu vuelo de torbellino & pluma /

voy plano / sin zigzagueos e iterando sobre la línea de un vértigo que irrita la paciencia::

Miro falsos puntitos que desaparecen allá abajo /

son los bohemios inconclusos que se comienzan a extinguir::

// Dios:

Altazor vuela infinitamente más alto & a ti no te encuentro /

mientras caigo vestido en pluma de acero / escupo algún nombre des-amado /

un ángel hembra se desnuda & me guiña un ojo / se sonroja /

Nemo aún llora / Dylan llora / yo comienzo a desaparecer /

3 estrellas agonizan en la caída / una mano me acaricia /

presumo que fuiste tú /

pero yo sólo quiero que viva Altazor /

Hastaelsol nunca existió / sólo fue un sueño intenso / sin alas /

ni siquiera alcanzó a despegar sus pies de la tierra /

pobrecillo Hastaelsol / sólo queda decir: Hastadiós
 
Morir en el ojo de Dalí       (J.J.Cartagena)
 
Voy a crear algo así como un vacío coloreado de tus desiertos
un ojo que vuelve de mirar o de mirarse hacia adentro
de sacarse la imagen a tirones y girarla contra la nada
allí donde nada existe y nada te pudiera ver
ahí
es donde debo buscar para morir con la desesperación de no encontrarte
 
Mientras te busqué allá afuera padecí en el infierno de mis miedos
debí crear tu otra imagen para no perderte
y entre crear y destruir
mi vida se hizo locura
porque de tanto perderte para no morir
parecía que nunca ibas a ser real
 
Todo es un sueño en las peligrosas  orillas de tu precipicio
 
La temporada de los infelices comenzó
mi diente de leche fue el primero en caer
alguien dijo:
lo maravilloso de los amaneceres es que se repiten cada día
 
Mi memoria se arrodilla y hurga de rincón en rincón
sabe
que cada vez que te encuentre    sólo serás la imagen de mi desespero
no olvides:
el amanecer es sólo un espejismo y un diente de leche fue lo primero en caer
 
desde la copa de mi cabeza los contenidos se vuelven a vaciar
a todos nos llega la hora
y tu viejo poeta    amigo de versos    no des consejos
porque tú has muerto mil veces antes que yo
mejor mira el pez revoloteando debajo de tu cama
amárrale una cuerda a su cola escamosa y resbaladiza
y la otra punta
enróllala a tu cuello
ruega que te jale hasta el infinito para que nunca mueras
y  no borres la mirada triste de tu rostro
que quiero sentir siempre esa exquisita nostalgia de mirarte
 
Y tú  
abstracta mujer
déjame  verte en el espejo    quiero saber quién se esconde
tal vez serás un bello pincelazo como en algún oleó de Dalí
donde mi ojo se volverá a perder
Sólo algunas estaciones(J.Cartagena)
 
Hoy me he quedado en esta estación, a la hora que ya no vienes.
Me voy a quedar enredado en tu nombre, en tu pena, en el adiós que me he inventado
en la cerveza que me olvidé de beber, en una habitación deshabitada
en mi nombre que no se oye, ni se escribe
en lo que no se canta, ni se escucha de lejos
en estas letras que se frenan porque pierden las ganas de escribirse
mientrasvoy perdiendo la paciencia de no estar contigo
yno sé, si quedarme o sobre-quedarme sobre tu nombre  / ese que nunca me sobra
porque ya se acaban las ocasiones
las mil estaciones se esfuman, yo te espero en la última / pero sin lluvia, que para mí no es buena.
No sé, si ser impaciente es bueno
tal vez exijo lo que no debo, y me doy cuenta a lo mal traer que me tienes.
¿Qué haremos CIUDAD?
Si ya no me queda nada por recorrer,en las estaciones de ABRIL y MAYO nadie vendrá a verme,
y pon atención en esto:
dejaré un espaciopara no nombrarte               y otro para decirte lo que siento,
"I will not go to the literature studio" / es que perdí las ganas de hablar y escribir
dame cuerda por favor /como a un relojito,mira que se me acaba el tiempo,
un poema suele ser persuasivo, pero no sé si esto que escribo lo es,
hoy estoy lejos, lejos de ti, lejos de todo
es sábado, son las 18 y 30, los trenes parten en mi ciudad y he leído 10 poemas
si hubiesen sido veinte(poemas) te juro que hubiese llorado.
Quizás tú enciendes un cigarrillo, yo aquí, sólo bebo unas cuantas tazas de té
pareciera todo tan elemental,
pero las calles no son las mismas si estamos tan separados
y no sé, si decir te amo, allá, será lo mismo que amarte aquí, mientras todo oscurece.
J.J.Cartagena.
Soy director en Santiago de Chile de un taller de poesía, creo que es el más antiguo de Chile 30 años y la gracia es que es gratuito y lo dirijo junto al Poeta fundador de éste Carlos Mellado un tipo de 80 años humilde y generoso que publicó su único libro en México, el es chileno.
Participé en el el llamado que hizo la Sech (sociedad de escritores de Chile) por la causa de las miles de victimas en la ciudad de Juarez (escritores por Juarez)