Translate

Thursday, December 19, 2013

Homero Aridjis




Asombro del tiempo

(Estela para la muerte de mi madre Josefina Fuentes de Aridjis)

Ella la dijo: Todo sucede en sábado:
el nacimiento, la muerte,
la boda en el aire de los hijos.
Tu piel, mi piel llegó en sábado.
Somos los dos la aurora, la sombra de ese día.

Ella la dijo: Si tu padre muere,
yo también voy a morir.
Sólo es cosa de sábados.
Cualquier mañana los pájaros
que amé y cuidé van a venir por mí.

Ella estuvo conmigo. En mi comienzo.
Yo estuve con ella cuando murió,
cuando nació.
Se cerró el círculo. Y no sé
cuándo nació ella, cuándo morí yo.
El rayo umbilical nos dio la vuelta.

Sobre la ciudad de cemento se alza el día.
Abajo queda el asombro del tiempo.
Has cerrado los ojos, en mí los has abierto.
Tu cara, madre, es toda tu cara, hoy que dejas la vida.
La muerte, que conocía de nombre, la conozco en tu cuerpo.

Dondequiera que voy me encuentro con tu rostro.
Al hablar, al moverme estoy contigo.
El camino de tu vida tiene muchos cuerpos míos.
Juntos, madre, estaremos lejanos.
Nos separó la luna del espejo.

Mis recuerdos se enredan con los tuyos.
Tumbados para siempre, ya nada los tumba.
Nada los hace ni deshace.
Palpando tu calor, ya calo tu frío.
Mi memoria es de piedra.

Hablo a solas y hace mucho silencio.
Te doy la espalda pero te estoy mirando.
Las palabras me llevan de ti a mí y de mí a ti
y no puedo pararlas. Esto es poesía, dicen,
pero es también la muerte.

Yo labro con palabras tu estela.
Escribo mi amor con tinta.
Tú me diste la voz, yo sólo la abro al viento.
Tú duermes y yo sueño. Sueño que estás allí,

detrás de las palabras.

Te veo darme dinero para libros,
pero también comida.
Porque en este mundo, dicen,
son hermosos los versos,
pero también los frutos.

Un hombre camina por la calle.
Una mujer viene. Una niña se va.
Sombras y ruidos que te cercan
sin que tú los oigas, como si sucedieran
en otro mundo, el nuestro.

Te curan de la muerte y no te salvan de ella.
Se ha metido en tu carne y no pueden sacarla,
sin matarte. Pero tú te levantas, muerta,
por encima de ti y me miras desde el pasado mío,
intacta.

Ventana grande que deja entrar a tu cuarto la ciudad de cemento.
Ventana grande del día que permite que el sol se asome a
tu cama.
y tú, entre tanto calor, tú sola tienes frío.

Así como se hacen años se hace muerte.
Y cada día nos hacemos fantasmas de nosotros.
Hasta que una tarde, hoy, todo se nos deshace
y viendo los caminos que hemos hecho
somos nuestros desechos.

Sentado junto a ti, veo más lejos tu cuerpo.
Acariciándote el brazo, siento más tu distancia.
Todo el tiempo te miro y no te alcanzo.
Para llegar a ti hay que volar abismos.
Inmóvil te veo partir, aquí me quedo.

El corredor por el que ando atraviesa paredes,
pasa puertas, pasa pisos,
llega al fondo de la tierra,
donde me encuentro, vivo,
en el comienzo de mí mismo en ti.

Número en cada puerta y tu ser pierde los años
.
Tu cuerpo en esa cama ya sin calendarios.
Quedarás fija en una edad, así pasen los siglos.
Domingo 7 de septiembre, a las tres de la tarde.
Un día más, unos minutos menos.

En tu muerte has rejuvenecido,
has vuelto a tu rostro más antiguo.
El tiempo ha andado hacia atrás
para encontrarte joven. No es cierto
que te vayas, nunca he hablado tanto contigo.

Uno tras otro van los muertos, bultos blancos,
en el día claro.
Por el camino vienen vestidos de verde.
Pasan delante de mí y me atraviesan. Yo les hablo.
Tú te vuelves.

Pasos apesadumbrados de hombres
que van a la ceremonia de la muerte,
pisando sin pisar las piedras
de las calles de Contepec,
con tu caja al cementerio.

Tú lo dijiste un día:
todo sucede en sábado:
la muerte, el nacimiento.
Sobre tu cuerpo, madre, el tiempo se recuerda.


Mi memoria es de piedra.
México D.F., 2 de septiembre de 1986
Contepec, Mich., 7 de septiembre de 1986



Al hablarte me escuchas

Al hablarte me escuchas
desnuda de conceptos
renuncias a ti misma
para volverte aire
y al vuelo de mis pájaros verbales
concibes la palabra
siempre virgen y madre
vas perdurando los instantes
en tu cintura poderosa
algún día
cuando pierda al mundo
me harás permanecer.



A Betty

Y Dios creó las grandes ballenas
allá en Laguna San Ignacio,
y cada criatura que se mueve
en los muslos sombreados del agua.

Y creó al delfín y al lobo marino,
a la garza azul y a la tortuga verde,
al pelícano blanco, al águila real
y al cormorán de doble cresta.

Y Dios dijo a las ballenas:
"Fructificad y multiplicaos
en actos de amor que sean
visibles desde la superficie

sólo por una burbuja,
por una aleta ladeada,
asida la hembra debajo
por el largo pene prensil;

que no hay mayor esplendor del gris
que cuando la luz lo platea.
Su respiración profunda
es una exhalación".

Y Dios vio que era bueno
que las ballenas se amaran
y jugaran con sus crías
en la laguna mágica.

Y Dios dijo:
"Siete ballenas juntas
hacen una procesión.
Cien hacen un amanecer".


Y las ballenas salieron
a atisbar a Dios entre
las estrías danzantes de las aguas.
Y Dios fue visto por el ojo de una ballena.

Y las ballenas llenaron
los mares de la tierra.
Y fue la tarde y la mañana
del quinto día.

  
A veces uno toca un cuerpo y lo despierta

A veces uno toca un cuerpo y lo despierta
por él pasamos la noche que se abre
la pulsación sensible de los brazos marinos

y como al mar lo amamos
como a un canto desnudo
como al solo verano

Le decimos luz como se dice ahora
le decimos ayer y otras partes

lo llenamos de cuerpos y de cuerpos
de gaviotas que son nuestras gaviotas

Lo vamos escalando punta a punta
con orillas y techos y aldabas

con hoteles y cauces y memorias
y paisajes y tiempo y asteroides

Lo colmamos de nosotros y de alma
de collares de islas y de alma

Lo sentimos vivir y cotidiano
lo sentimos hermoso pero sombra.



Déjame...

Déjame
estoy lleno de ti,
no te perderé,
llevo conmigo tu esperanza invicta
y los diluvios de tu claustro;
he visto levantarse de tus pupilas
el sentimiento inaugural del hombre,
pero todavía no tengo la sangre
y la tierra y la palabra
no me pertenecen




Thursday, December 12, 2013

Francisco Aranda Cadenas



Rescato a mi palabra de su olvido.
Centelleante palabra que me alumbra.
Detenida ahí frente a mis labios, recuperada,
es asible por mis manos, desnudada por mis manos.
Como una singular presencia, que abre la balconera
de mis ojos, se muestra sabrosa , de ingentes frutos.
Cuento, una a una, sus letras, y entre todas la fronda
del mundo.



Te siento tan lejana esta tarde, como esa voz
que el tiempo sin avisar silencia a veces,
como el aullido simple de un lobo perdido
en los oteros. Te vivo tan lejana, ya sin presencia
para estos ojos que te vieron abrileando la mañana,
para estas manos que acariciaron el desnudo cuerpo,
la abrigadera de luz de tu palabra. Te creo tan lejana
esta tarde, tan hija de nada, que mi corazón
se queda asido de un vago recuerdo, de una imagen
tambaleante, ebria de sombras y de oscuros cielos.



Todas las luces de la ciudad inundan esta pequeña calle casi vacía.
Hay, de repente, olor a madreselva venido de lejos, algún gato
vacila entre la vida y la muerte. Llevo un anuncio de trabajo
en el bolsillo de mi chaqueta, unas gafas y una estilográfica.
Suena, extravagante, una música de cello; firme es mi paso
hasta la casa. Aquellos que no amé han desaparecido, también
muchos de cuantos amé profundamente y no tanto. Quedas
tú, alguno más a orillas del río de mi sangre, y la posibilidad
de otro amor saludable en el camino. Tiene cierta gracia, esta
mañana desperté como si todo hubiera sido concebido de nuevo,
al igual que si la naturaleza de las cosas hubiera cambiado,
pero mi amor por ti sigue intacto en una cosa simple y sencilla:
te echo de menos cuando estás lejos y no existe posibilidad,
salvo lejana, de encontrarnos. Tú haces que te ame, mejor dicho,
este amor mío que me nace irreductible tiene en ti donde verterse.

También mis gafas son algo amado por mí porque me permiten leer.
Veis esta palabra: tiene carne y huesos.
Se ha prendido del aire una vez salida de la boca,
tiene sabor a cuerpo tendido, a mar salpicando
la costa de sal y de azules. La he pronunciado
de nuevo, porque es luz de mi garganta, tiene sabor
a mañana de verano, cuando aún la calima difumina
el paisaje, y los seres se parecen a una acuarela
ígnea, fácilmente reconocible por el pecho.
Porque está lloviendo la pronuncio, para descorrer
los velos que el agua dibuja, y así otra luz
se abrace también a mi palabra.



ABANDONO

Quizá algún día deje de escribir, me levante de esta silla,
abandone esta mesa para siempre, y me dirija a una calle
desierta; es que tal vez, no tenga otra cosa que reírme
de mí mismo, nada más que saltar a la comba, lanzar
piedritas al agua... Verdaderamente me he cansado
del teclado y de sus letras. Me parece estar usando un idioma
absurdo. Tengo esa extraña sensación de no estar contigo;
digamos, que estoy perdiendo el tiempo ahora mismo, lanzando
versos a quién sabe, seguramente al aire mientras tú
estás en el cine o paseando, sonriéndole al aire o a las nubes,
conversando en la cafetería o dando el mejor de los paseos.
Cómo creer que te hablo desde esta habitación contigua
a un escenario vacío, desde esta canción sin música y sin voz,
aquí, donde no puedo besarte ni desnudar tu cuerpo, y no hago
otra cosa que buscar palabras para nadie, cuando no deseo
sino abrazarte, aunque este poema caiga en el olvido.


Después de esta melodía, quizá me quede alguna palabra por decir:
mejor me callo y que siga la música, mejor no escribo y que siga la música.
Me encontrarás detrás de la arboleda contando lirios y nubes, algo inútil
con que ganar tiempo a las tragaderas de la moda.
Premisa número uno, a ser posible, caminar despacio ajeno a los escaparates.
Premisa número dos, si es necesario, no saludar a las banderas del país que fueren.
Premisa número tres, si es que llegamos, cantar una canción en voz alta, letras de un poema.
Y así, premisa tras premisa, con voz enamorada me dirijo a ti... Qué más decirte,
alma ausente de palabra luminosa; en fin, que te quiero; dime, qué hacer.


A duermevela, en el vagón del tren, viajo suspendido
de un sueño con los ojos entornados. Yo la miro,
como no queriendo verla, a la muchacha que se ha sentado
en frente de mí. Lleva un libro en sus manos, no sé cuál es
ni pretendo adivinarlo, pero sus pupilas se frutecen
en las páginas que degusta con sosiego. Como no queriendo
verla, la estoy mirando, y son sus manos delgadas, solidarias.
Quisiera despertarme y decirle algo parecido a la calidez
de las mañanas de septiembre. El tren parece no detenerse nunca;
lo agradezco. Por fin abro de par en par los ojos. Ella sigue ahí,
lleva un hermoso vestido blanco y violáceo, sigue ahí, empeñada
en las palabras y en los signos impresos, con su fulgurante
sonrisa y su mañana ardido en sus pómulos. He de bajarme
en la próxima parada. Creo que la recordaré para siempre.
La arboleda decora el paisaje al salir al andén, tal vez
vuelva a encontrarla de camino hacia algún lugar amado,
crucemos generosamente unas palabras.
Los trenes guardan ciertas sorpresas,
si la voz es nítida, el verbo claro...


De vez en cuando se me aparece tu voz, y alzo
la mano para asirla velozmente, como si de una cometa
se tratase. Voz tuya inaugurando la mañana, mi despertar.
Sonrío. Soy partícipe de algo tuyo. Me hago cargo no obstante
de tu ausencia. Cuando las pequeñas barcazas parten
de la sencilla rada de poniente, cuando abro el pecho
a la luz matinal, recuerdo alguna de tus palabras
dejadas llevar hacia la costa, hacia el centro histórico
de la ciudad que amamos juntos. Has aparecido
en muchas de mis páginas; hubiera preferido aparecieses
cercana a este hombre que soy, buscando me nombres
en el otero que derrama azul de lluvia sobre el mar.

A finales ya casi de diciembre soy yo quien te nombra,
como si a golpe de sílaba, a golpe de sed, a golpe de memoria,
pudiera cautivar la piel que fuera mía en las madrugadas
de amapolas danzando en la brevedad de tu cintura.


La noche reposa junto al junqueral, una diminuta noche
de agua y yerba tendida. Hay heraldos de la lumbre
reposando en la orilla del lago, y las nubes se dibujan
en derredor de figuras humanas con voces de pájaro.
Todo esto no es más que un sueño, o la imagen de infancia
de algo muy cercano a una playa de Almería. Sí, el junqueral
donde me refugiaba de la 'ponientá' de los agostos.
Ha llovido mucho desde entonces, sigue lloviendo.
Sigue lloviendo a mar en grito sobre las cabezas, no pare
nunca de lloverse el hermoso y terrible abecedario del mundo.

 AL MENOS EN TUS OJOS Y EN TUS MANOS

a M., con gran alegría de saberte.

Revoluciones con sangre,
traicionadas con sangre,
hirviendo en sangre...
Lástima de aluvión de cuerpos
derramados en sangre,
de sed sin agua y sin salivas;
vienen unos y se van otros,
y todos llevan una larga lista de sangre.
Pasarán generaciones, una tras otra,
y nosotros, los de ahora,
no seremos salvo el olvido
anunciado bajo tierra.
¿A qué perder el tiempo
sin amor, sin savia luminosa?
¿A qué morir sin haber vivido
hasta vivirse?
Canción nuestra,
¿hacia qué horizonte
lanzas tu mirada?
¿Con qué habrás de congraciarte?
Al menos en tus ojos y en tus manos
hay vida, y no siembra prejuicios
tu palabra, y tu voz dulcifica
a cada instante. Tu ira es sólo
para los que tratan con sangre,
tú que no has compartido café
ni con cínicos ni con hipócritas,
que has sido generosa y amable,
que no comulgaste con la sangre
del mercado, ni con el egoísta
mercader, ni con las tapias
de los cementerios. Al menos
en ti la paz es algo más que paz
escrita en la pared de las universidades,
o en los muros de las cárceles,
o en los escaparates de las calles,
o en el facebook de los adolescentes.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 15 de diciembre de 2013

Hacía verdaderamente frío.
Yo me empeñaba en sus abrigaderas,
pero hube de contentarme con mi chaqueta y mi bufanda.
Llegó a llover a cántaros. Llevaba un curioso sombrero
para la ocasión, mientras soñaba con la más amable
noche de sus brazos. Hacía verdaderamente frío,
y entré en una cafetería de esas en las que puedes además
comer algo. Ya ven (café muy caliente y pan con mermelada),
yo sin sus abrigaderas, en un lugar de la ciudad
apenas conocido en las tardes de invierno. Si me apuran,
me hubiera sentado en la terraza de no ser porque tenía verdaderamente frío,
y no hacía otra cosa que pensar en sus abrigaderas.

De regreso a casa, quién carajo diría, que anduve solo por las calles.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 23 de diciembre de 2013


Frutecidos de abecedarios están los árboles. En las cestas
la cosecha; será repartida por los barrios, en los arrabales, en las plazas...
No hay un solo fruto podrido. Sanos, juiciosos o surrealistas,
habitarán las casas, el alma del niño, del joven y del moribundo.
De palabra, de palabras, los ritmos sonoros de las aves,
el viento cálido del estío conjugando verbos; y yo, campesino
del verso, bajo la sombra fresca de estos árboles, hechizado
por su enigma febril, sus frases prendidas de los labios.
Por la poética de todos, brindo esta noche nupcial de letras y de signos,
hago mía vuestra belleza, comparto ascuas de mi voz, amores hilvanados.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 24 de diciembre de 2013
 

Thursday, December 05, 2013

BATALLA DE CIERVOS, Balam Bartolomé

CORDIAL INVITACIÓN A MIS LECTORES Y AMIGOS:

 Balam publica su primer libro. Los invito cordialmente a acompañarlo en la presentación de BATALLA DE CIERVOS (ensayos breves sobre arte y varia invención) el próximo 12 de diciembre. 


 

Monday, November 25, 2013

CONFERENCIA Impartida por Jorge Contreras Herrera


Visita guiada a los Murales de Héctor Martínez Arteche


17 Festival Internacional de Teatro de Títeres 2013 Navojoa.



 
Programa para Navojoa:

Domingo 24
Inauguración con Pistache rock para niños, Chincho Poroto y La Catrina
Domingos Culturales Plaza 5 de mayo 19:00 horas (Evento gratuito)

Lunes 25
Compañía: Mayra Amezcua y Compañía
País: México
Espectáculo: “Domesticado por el Principito”...
Teatro Auditorio 19:00 horas

Martes 26
Compañía: Hilando Títeres
País: España
Espectáculo: “El sastrecillo valiente”
Teatro Auditorio 19:00 horas

Miércoles 27
Compañía: Marizza Basso Formas Animadas
País: Brasil
Espectáculo: “El circo de los objetos”
Teatro Auditorio 19:00 horas

Jueves 28
Compañía: Chincho Poroto
País: Argentina
Espectáculo: “Líos en la Granja”
Teatro Auditorio 19:00 horas

Viernes 29
Compañía: Chincho Poroto
País: Argentina
Espectáculo: “Líos en la Granja”
Teatro Auditorio 9:00 horas

Compañía: El Pez volador
País: Chile
Espectáculo: “Erase una vez un patito”
Teatro Auditorio 11:00 15:00 y 19:00 horas

Domingo 01
Compañía: Delta Teatro de Sinaloa
País: México
Espectáculo: “Coyolim, las aventuras del niño yoreme”
Domingos Culturales Plaza 5 de mayo 19:00 horas (Evento gratuito)

KRISTOS LEZAMA, HORACIO PAREDES Y ALFONSO MAYA




Saturday, November 23, 2013

ANÁLISIS DEL LIBRO “POR ESTA HEBRA”, ÓSCAR SANTIAGO AYALA PARTIDA





 
 
ANÁLISIS DEL LIBRO “POR ESTA HEBRA”, DE: ELIA CASILLAS

Elia Casillas desde su primer libro viene contemplando la admiración por la obra de los pintores, es motivo de celebración, sus obras que anteceden al nuevo libro, son: “Ante el Cristo repujado que me ve” “Sola sin tu sombra” (2008), Reyes y Ases del Béisbol (2009) y hoy con beneplácito invito a leer: “Por esta hebra” (2012) reimpreso en 2013.

Elia Casillas, cautiva intensamente y conmueve con su epígrafe para este primer acercamiento a sus letras, expresa en él… “He muerto millones de veces, en cada cementerio hay una como yo, con el mismo vestido, la misma voz y amor suicida”.

Leí con entusiasmo “Por esta hebra” y pude sentir el diálogo interno de sensualidad evocadora, de pasiones recurrentes, vibra intermitentemente en la angustiante incertidumbre humana, impulsada en el ánimo de búsquedas surcando los planos etéricos, miedos, constantes oraciones a Dios, mirando a las estrellas. Así, cobra vida en las conexiones intergalácticas desde la alentadora escucha del agua; elemento universal de auténticas caricias insólitas al cuerpo físico, de emotivas expresiones matizadas de amor, desamor, apesadumbradas, búsquedas, concertando trasfondo en su encuentro de subjetividades y en desconciertos con la realidad, sin cesar.

Siento a la Poeta que despierta en la sábana caliente de las horas y desde su voz interior leí… “y Dios es un huerto de buenas intenciones”.  Real fuego de pasión que araña el aire.  Ella quiso ser marioneta y añoró un vestido blanco. Grandemente me estremeció su dolor e imaginé las tazas de café, sin rencores, penas y aplausos sin fin.

Evoco a ustedes algunas letras del poema… “Mi ángel no escucha, mi ángel escucha, se ahorcó anoche con tus gritos". "Revisa,  no tengo grietas, los chamanes escupieron mis heridas” y “Entre usted y yo hay una hebra”… “A Dios, nadie lo hace tonto”.

Es lacerante el acendrado código religioso de irrompibles esquemas que se siente entre la gran sabiduría de la Abuela y la Poeta, de ahí, les digo que ella expresa: “Porque es lo único mío, la manda que olvidó la Abuela, antes de partirse en el suelo y hacerme tumba de malquerencias”. Aquí percibí… Un estrecho vínculo y otros sueltos en: “Por esta hebra”.

Así dibuja y desdibuja la realidad que emana del interior de lo inconsciente, de lo subjetivo, su lenguaje… Desnuda al viento que encaballa y espera a sus pájaros que devela el amor en las hojas, luego; liga la tierra y trae consigo sahumerios. 

Desde su duro soliloquio, se atreve, y nos dice: “y las caderas sean vigilia en la estancada noche, sus brazos son el orden, donde tiendes tus dolencias, siempre”.  En el reencuentro de amor escapa de la mirada de la imagen de la cruz, imagina que Dios le observa y su escote se convierte en el arrullo y escondite de regazo de protección.

La poeta se percibe en busca de la luz fugitiva y se atreve a mencionar la otra cara de la vida…y le llama la Parca: “la Muerte se mueve en el tiempo y ensambla fantasmas de la bruma”.  Y la hebra da con la Abuela y destaca la interrogante: “¿llegó el silencio con su ángel asesino?”.  Imagina la lápida, cuando mantiene “quiero ser tu pie y que seas mi zapatilla; cuando me señale el ojo fino de la Parca”.

Es escalofriante cuando Elia Casillas nos lleva a imaginarla… “Estoy en la agonía de la noche, los murciélagos versan alrededor y pican la frente, mariposeo en la catarata del espiral lácteo y Dios, la gran paloma, florea su vestido diamante y danza en el vals de las estrellas”.  Y se pregunta: “¿A quién le duele el gallo, si no, es su madrugada?”.

Elia Casillas, mujer, mujer, mujer de dolor de amaneceres, que dialoga con fantasmas, con ángeles de quebranto y clama a Dios, reza, reza, Elia, reza entre el huracanado viento y la selva de sus poderes seductores, valiente mujer que sufre ausencias y detiene el tiempo en tantas letras de sus silencios, que protesta entre llantos quebrantados de desamor confundida en el cerrado cielo y en busca de conectarse con las estrellas, desesperada suplica y clama querer volar. 

Al fin, exclama: “Este sufrimiento no se cansa nunca” Y se pregunta: “¿Dónde lo ahogo si no bebo?”… “¿En qué agua apago esta dolencia, si es un leño ardiendo siempre?”… “Vendí mi sufrimiento y me pegaron con penas, quiero cantar y el amor no me hace segunda”.

La Poeta, zigzaguea de los cabellos, al rostro, a los ojos, a su boca, a las piernas, las caderas, el ombligo y en cada vértebra y rastrea confabulada, se debate con el espejo.  Recubre en la “noche y fe, regalos de Dios”, cuando declara abiertamente: “Para mí, que antes de nacer tenía deudas y una carrera que ponía en jaque el sueño de árboles y perros”... Y, en su serpenteo, nos dice: “abrazada a la luna debatí con el espejo su rebote, el eco amoroso en las vísceras”… “el amor derrama su vaso de leche y enraíza”. 

Imaginemos el amanecer: “Un gallo espera su reflejo, traspapelado despierta la estrella, que no encuentra arrojo para romper el aire de sus plumas. Duermo con su mirada en los hombros y aliento seducido, ¿ve? Nuestros cuerpos siempre afinaron el primer toque de sábana y como vapor, el universo nos tirará en cualquier nube”.

Pero, ¿por qué se impugnará al conocer su aroma y con encono retará al amor?, herida de desamparos de amor asume sentirse poema, extraviada en comas, en círculo: “ya enseñé a mi ojos a no verte, a robarle sus tragedias y cuando el juego llega al final, el corazón cae en cualquier zanja ebrio en oratoria, quiere un buen pronóstico para su mendigo, un ángel que le ayude”…

Me regreso a la página 116 y rescato de la Poeta: “En vano juras, no apuestes tu entusiasmo, aunque me abro, no soy puerta, ten cuidado con los perros de mi luna, si entras”… Irónicamente le dice: “hazle una fiesta a la taza de café”.

Viene la calma, muy propia de una mujer sensata: “Conozco su aroma, ensambla en mi candidez de perfumista, y me confunde para que no lo olvide, nombrándolo entre mis cultos, mientras destroza este suspiro con una palabra blanca”.

A pesar de tantas malquerencias, llega la Poeta al mar y, me atrevo a percibir que ella percibe un océano, si así es, ella miró y vivió el amor con intensidad, porque en su poema desentraño: “la sonrisa felina suena remota… tengo tus ojos en el amor de los dedos y juego con ellos a las canicas”. 

Es evocadora de bendecir la hebra, porque a pesar de los vendavales de la vida, del tiempo, del destiempo, del aliento, del desaliento, este amor está vivo, inspirado, efervescente, arrebatado, de suerte, desnudo, de tormentas, de celos, de seducción, despierto al amanecer, encendido de mensajes, de noticias, de desgracias del mundo, de sumas de humanismo y crecimiento espiritual.  Elia Casillas, le escribe al corazón desde la herida, sin lágrimas ni negociaciones con el Diablo, sino que se pronuncia al universo con pasión, con júbilo, con finura evoca a los ángeles celestes. Llena de ilusión juega obsesiva con besos de la noche a Cupido, la imaginé encendiendo las galaxias y siempre con Dios.

Friday, November 22, 2013

Doris Lessing: LA BRUJERÍA NO SE VENDE

 


Cuando nació Teddy, los Farquar llevaban muchos años sin tener hijos; les conmovió la alegría de los sirvientes, que les llevaban aves, huevos y flores a la granja cuando acudían a felicitarlos por la criatura, y exclamaban con deleite ante su aterciopelada cabeza y sus ojos azules. Felicitaban a la señora Farquar como si hubiera alcanzado un gran logro, y ella lo sentía como si así fuera: dedicaba una sonrisa cálida y agradecida a los nativos, que persistían en su admiración.
Más adelante, cuando cortaron el pelo a Teddy por primera vez, Gideon, el cocinero, recogió del suelo los suaves mechones dorados y los sostuvo en una mano con aire reverente. Luego sonrió al niño y dijo: «Cabecita Dorada». Ese fue el nombre que los nativos otorgaron al niño. Gideon y Teddy se hicieron muy amigos desde el principio. Cuando Gideon terminaba su trabajo, alzaba a Teddy sobre sus hombros y lo llevaba a la sombra de un árbol grande, donde jugaba con él y le hacía curiosos juguetes con ramitas y hojas y hierba, o moldeaba el barro húmedo del suelo para darle formas de animales. Cuando Teddy aprendió a andar, era Gideon quien solía agacharse ante él y chascaba la lengua para estimularlo, lo recogía cada vez que se caía y lo lanzaba al aire hasta que los dos quedaban sin aliento de tanto reír. La señora Farquar tomó cariño a su anciano cocinero por lo mucho que éste quería al niño.
No hubo más hijos y un día Gideon dijo:
–Ah, señorita, señorita, el Señor le envió a éste. Cabecita Dorada es lo mejor que tenemos en esta casa.
El plural de «tenemos» provocó un cálido sentimiento de la señora Farquar hacia el cocinero: a fin de mes le subió la paga. Ya llevaba con ella unos cuantos años; era uno de los pocos nativos que tenía a su mujer e hijos en el complejo y nunca quería irse a su aldea, que estaba a cientos de kilómetros. A veces se veía a un negrito que había nacido en la misma época que Teddy mirando desde los matorrales, asombrado ante la visión de aquel chiquillo con su milagroso cabello claro y sus nórdicos ojos azules. Los dos niños intercambiaban miradas abiertas de interés y una vez Teddy alargó una mano con curiosidad para tocar el pelo y las mejillas negras del otro niño.
Gideon los estaba mirando y, tras menear la cabeza reflexivamente, dijo:
–Ah, señorita, ahí están los dos niños; de mayores, uno se convertirá en baas y el otro en sirviente.
La señora Farquar sonrió y respondió con tristeza:
–Sí, Gideon, estaba pensando lo mismo –suspiró.
–Es la voluntad de Dios –dijo Gideon, que se había criado en las misiones.
Los Farquar eran muy religiosos y aquel sentimiento compartido de lo divino acercó aún más al sirviente y sus señores.
Teddy tendría unos seis años cuando le regalaron una moto y descubrió la intoxicación de la velocidad. Se pasaba el día volando en torno a la granja, se metía enlos parterres, ponía en fuga a las gallinas alarmadas entre graznidos y a los perros irritados y trazaba un amplio arco mareante para terminar su carrera ante la puerta dela cocina. Entonces, solía gritar:
–¡Mírame, Gideon!
Gideon se reía y decía: –Muy listo, Cabecita Dorada.
El hijo menor de Gideon, que ahora se cuidaba del ganado, acudió desde el complejo a propósito para ver la moto. Le daba miedo acercarse, pero Teddy se exhibió para él.
–¡Negrito! –le gritaba–. ¡Apártate de mi camino!
Se puso a trazar círculos alrededor del muchacho hasta que éste, asustado, echó a correr hacia los matorrales.
–¿Por qué lo has asustado? –preguntó Gideon, en grave tono de reproche.
Teddy contestó desafiante:
–Sólo es un negrito.
Y se rió. Luego, cuando Gideon se apartó de él sin hablarle, Teddy se quedó serio. Al poco rato entró en la casa, buscó una naranja, se la llevó a Gideon y le dijo:
–Es para ti.
No era capaz de decir que lo sentía; pero tampoco podía resignarse a perder el afecto de Gideon. Este aceptó la naranja de mala gana y suspiró.
–Pronto irás al colegio, Cabecita Dorada –dijo, asombrado–. Y luego te harás mayor. –meneó la cabeza con amabilidad y añadió: –Así son nuestras vidas.
Parecía estar poniendo distancia entre su persona y Teddy, no por resentimiento, sino al modo de quien acepta algo inevitable. Aquel niño había descansado en sus brazos y lo había mirado con una sonrisa en la cara; aquella pequeña criatura había colgado de sus hombros, había pasado horas jugando con él. Ahora Gideon no permitía que su carne tocara la carne del niño blanco. Era amable, pero apareció en su voz una formalidad grave que arrancaba pucheros de Teddy y lo hacía retroceder, enfurruñado. También lo ayudó a hacerse hombre: era educado con Gideon y se comportaba con formalidad, y si entraba en la cocina para pedirle algo lo hacía como cualquier blanco al dirigirse a un sirviente, esperando que se le obedeciera.
Pero el día que Teddy apareció en la cocina tambaleándose y frotándose los ojos, aullando de dolor, Gideon soltó la olla de sopa caliente que tenía entre manos,se acercó al niño y le apartó los dedos.
–¡Una serpiente! –exclamó.
Teddy había estado montando su moto, se había parado a descansar y había apoyado el pie junto a una cuba para las plantas. Una serpiente, colgada del techo por la cola, le había escupido a los ojos. La señora Farquar llegó corriendo en cuanto oyó la conmoción.
–¡Se volverá ciego! –sollozó, abrazando con fuerza a Teddy–. ¡Gideon, se volverá ciego!
Los ojos, a los que tal vez quedara apenas media hora de visión, se habían hinchado ya hasta alcanzar el tamaño de puños: la carita blanca de Teddy estaba distorsionada por grandes protuberancias moradas y supurantes.
–Espere un momento, señorita. Voy a buscar medicamentos –dijo Gideon.
Salió corriendo hacia los matorrales.
La señora Farquar llevó al niño a la casa y le lavó los ojos con permanganato. Apenas había oído las palabras de Gideon; sin embargo, cuando vio que sus remedios no surtían efecto y recordó haber conocido algunos nativos que habían perdido la vista por culpa del escupitajo de una serpiente, empezó a anhelar el regreso del cocinero, pues recordaba haber oído hablar de la eficacia de las hierbas de los nativos. Permaneció junto a la ventana, sosteniendo en brazos al niño, que no paraba de sollozar, y mirando desesperada hacia los matorrales. Habían pasado pocos minutos cuando vio regresar a Gideon a saltos, con una planta en la mano.
–No tenga miedo, señorita –dijo Gideon–. Esto curará los ojos de Cabecita Dorada.
Arrancó las hojas de la planta y dejó a la vista su raíz blanca, pequeña y carnosa. Sin lavarla siguiera, se llevó la raíz a la boca, la mordisqueó con vigor y luego conservó la saliva entre los labios mientras arrancaba a Teddy a la fuerza de los brazos de su madre. Lo sostuvo entre las rodillas y apretó con las yemas de los pulgares los ojos hinchados del niño hasta que éste empezó a gritar y la señora Farquar protestó:
–¡Gideon, Gideon!
Pero él no hizo caso. Se arrodilló sobre el niño, que se contorsionaba, y forzó los inflados párpados hasta que se abrió una ranura rasgada por la que aparecía elojo, y entonces escupió con fuerza, primero en un ojo y luego en el otro. Al fin dejó al niño en brazos de su madre y afirmó:
–Sus ojos se curarán.
Sin embargo, la señora Farquar lloraba de terror y apenas pudo darle las gracias; era imposible creer que Teddy fuera a conservar la vista. Al cabo de un par de horas la inflamación había desaparecido. El señor y la señora Farquar fueron a la cocina a ver a Gideon y le dieron las gracias una y otra vez. Estaban desesperados de gratitud; parecían incapaces de expresarla. Le dieron regalos para su mujer y sus hijos, así como un gran aumento de sueldo, pero nada de eso podía pagar la curación total de los ojos de Teddy. La señora Farquar dijo:
–Gideon, Dios te ha escogido como instrumento de su bondad.
Y Gideon contestó:
–Sí, señorita, Dios es muy bueno.
En fin, cuando ocurre algo así en una granja, no pasa mucho tiempo antes de que se entere todo el mundo. El señor y la señora Farquar se lo contaron a sus vecinos y la historia fue tema de conversación de un extremo al otro del distrito. El monte está lleno de secretos. Nadie puede vivir en África, o al menos en las zonas mesetarias, sin aprender pronto que hay una antigua sabiduría de las hojas, de la tierra y de las estaciones –así como de los rincones más oscuros de la mente humana, acaso más importantes– que pertenece a la herencia del hombre negro. La gente contaba anécdotas por todos los rincones del distrito, recordándose unos a otros cosas que les habían ocurrido.
–Pero te digo que lo vi con mis propios ojos. Fue un mordisco de cobra bufadora. El brazo del africano estaba inflado hasta el codo, como una vejiga negra y brillante. Al cabo de medio minuto estaba grogui. Se estaba muriendo. Entonces, de repente, salió un africano del monte con las manos llenas de una cosa verde. Le frotó el brazo con algo y al día siguiente el muchacho volvía a trabajar y no se le veían más que dos pequeños pinchazos en la piel.
Así era lo que se contaba. Y siempre con una cierta exasperación, porque aunque todos sabían que hay valiosos medicamentos escondidos en la oscuridad de los matorrales africanos, en las cortezas de los árboles, en hojas de apariencia simple, en raíces, resultaba imposible que los nativos les contaran la verdad.
La historia llegó finalmente a la ciudad: tal vez fuera en alguna fiesta al atardecer, o en alguna función social por el estilo, donde un médico que estaba allí por casualidad rechazó su valor:
–Tonterías –dijo–. Estas historias se exageran por los cuentos. Cuando buscamos información por una historia como ésa, nunca encontramos nada.
En cualquier caso, una mañana llegó un extraño coche a la granja y salió de él un trabajador del laboratorio de la ciudad con cajas llenas de probetas y productos químicos.
El señor y la señora Farquar estaban aturullados, complacidos y halagados. Invitaron a comer al científico y contaron su historia entera de nuevo, por enésima vez. El pequeño Teddy también estaba y sus ojos azules refulgían de salud para probar la autenticidad de la historia. El científico explicó que la humanidad podría beneficiarse de aquel nuevo medicamento si se pusiera en venta, cosa que complació aun más a los Farquar. Eran gente simple y amable y les gustaba creer que gracias a ellos se descubriría algo bueno. Pero cuando el científico empezó a hablar del dinero que podría ganarse, se sintieron incómodos. Sus sentimientos al respecto del milagro (pues pensaban en el suceso en esos términos) eran tan fuertes, profundos y religiosos que les parecía de mal gusto relacionarlo con el dinero. El científico, al ver sus caras, regresó al primer argumento, que era el progreso para la humanidad. Tal vez fue demasiado superficial: no era la primera vez que acudía en pos de algún secreto legendario de los matorrales.
Al fin, cuando terminó el almuerzo, los Farquar llamaron a Gideon al cuarto de estar y le explicaron que aquel baas era un Gran Doctor de la Gran Ciudad y que había recorrido todo aquel camino para verlo a él. Al oírlo, Gideon pareció asustarse; no lo entendía. La señora Farquar le explicó enseguida que el Gran Baas se había presentado allí por su maravillosa intervención con los ojos de Teddy.
Gideon miró al señor Farquar, y luego a la señora, y luego al niño, que se daba aires de importancia por la ocasión. Al fin, dijo a regañadientes:
–¿El Gran Baas quiere saber qué medicina usé?
Hablaba con incredulidad, como si no pudiera concebir semejante traición de sus viejos amigos. El señor Farquar empezó a explicar que de aquella raíz podía extraerse un medicamento muy necesario, y que podría ponerse a la venta de modo que miles de personas, blancas y negras, en todo el continente africano, dispondrían de salvación cuando aquella serpiente bufadora les escupiera su veneno en los ojos. Gideon escuchó con la mirada clavada en el suelo y la piel de la frente tensa por la incomodidad. Cuando el señor Farquar hubo terminado, no contestó. El científico, que había permanecido hasta entonces recostado en su silla, bebiendo tragos de café y exhibiendo una sonrisa de escéptico buen humor, intervino y se lo volvió a explicar todo, con palabras distintas, acerca de la fabricación de medicamentos y del progreso de la ciencia. Además, ofreció un regalo a Gideon.
Tras esta última explicación hubo un momento de silencio y luego Gideon replicó con indiferencia que no podía recordar de qué raíz se trataba. Tenía una expresión huraña y hostil en el rostro, incluso cuando miraba a los Farquar, a quienes solía tratar como si fueran viejos amigos. Ellos empezaban a molestarse; esa sensación anuló la culpa que había nacido tras las primeras acusaciones de Gideon. Empezaban a pensar que su comportamiento era muy poco razonable. Sin embargo, en ese momento se dieron cuenta de que no iba a ceder. La droga mágica permanecería en su lugar, desconocido e inservible salvo para los escasos africanos que la conocieran, nativos que tal vez se dedicaran a cavar zanjas para el Ayuntamiento, con sus camisas rasgadas y sus pantalones cortos remendados, pero que habían nacido para la curación, herederos de otros curanderos por ser hijos o sobrinos de antiguos brujos, cuyas feas máscaras, huesos y demás burdos objetos de magia parecían ahora signos externos de poder y sabiduría reales.
Los Farquar podían pisotear aquella planta cincuenta veces al día de camino entre la casa y el jardín, del sendero de las vacas a los campos de maíz, pero nunca se iban a enterar.
Sin embargo siguieron discutiendo y trataron de persuadirlo con toda la fuerza de su exasperación; y Gideon siguió diciendo que no se acordaba, o que nunca había existido tal raíz, o que no se encontraba en aquella estación del año, o que no era la raíz por sí misma, sino su saliva, lo que había curado los ojos de Teddy. Dijo todas esas cosas, una detrás de otra, y no pareció importarle que fueran contradictorias. Estuvo rudo y tozudo. Los Farquar apenas reconocían a su simpático y amable sirviente en aquel africano ignorante, perversamente obstinado, que permanecía ante ellos con la mirada baja y retorcía el delantal entre los dedos mientras repetía una y otra vez cualquiera de las estúpidas negativas que le viniera a la mente.
De pronto, pareció que cedía. Alzó la cabeza, dedicó una larga y rabiosa mirada al círculo de blancos, que para él tenían el aspecto de una ronda de perros ladradores en torno a él, y dijo:
–Les voy a enseñar la raíz.
Echaron a andar en fila india desde la casa por un sendero. Era una tarde abrasadora de diciembre y el cielo estaba lleno de calurosas nubes de lluvia. Todo estaba caliente: el sol parecía una placa de bronce que diera vueltas en el aire, los campos refulgían de calor, el suelo ardía bajo sus pies y el viento, cargado de polvo, les soplaba en la cara, rasposo y acalorado. Era un día terrible, destinado a tumbarse en el porche con una bebida helada, como normalmente harían a esas horas.
De vez en cuando, recordando que el día de la serpiente a Gideon le había costado sólo diez minutos encontrar la raíz, alguien preguntaba:
–¿Tan lejos queda, Gideon?
Éste miraba hacia atrás y respondía, con molesta educación:
–Estoy buscando la raíz, baas.
Efectivamente, a menudo se agachaba de lado y pasaba la mano entre las hierbas, con un gesto tan mecánico que resultaba ofensivo. Los hizo caminar entre los matorrales por senderos desconocidos durante dos horas, bajo aquel calor derretido y destructor, hasta que rompieron a sudar y les dolió la cabeza. Iban todos muy callados; los Farquar porque estaban enfadados y el científico porque una vez más se demostraba que tenía razón: la planta no existía. Su silencio era muy diplomático.
Al fin, a unos diez kilómetros de la casa, Gideon decidió de pronto que ya había suficiente; o tal vez su enfado se evaporó en aquel instante. Sin esforzarse por aparentar nada ajeno a la casualidad, recogió un puñado de flores azules entre la hierba, las mismas flores que abundaban en los caminos que habían recorrido.
Se las dio al científico sin mirarlo siquiera y echó a andar a solas de vuelta a la casa, dejando que lo siguieran si así querían hacerlo.
Cuando llegaron a la casa, el científico se fue a la cocina y dio las gracias a Gideon: se comportaba con mucha educación, pero mantenía la burla en la mirada.
Gideon se había ido. Tras tirar las flores en la parte trasera del coche sin darles ninguna importancia, el eminente visitante se fue de vuelta a su laboratorio. Gideon regresó a la cocina a tiempo para preparar la cena, pero estaba muy huraño. Habló con la señora Farquar como un sirviente malcarado. Pasaron días antes de que volvieran a llevarse bien.
Los Farquar interrogaban a sus trabajadores acerca de aquella raíz. A veces recibían miradas desconfiadas por toda respuesta. A veces, los nativos decían: «No lo sabemos. Nunca hemos oído hablar de esa raíz». Uno de ellos, el muchacho que cuidaba el ganado, que llevaba mucho tiempo con ellos y les tenía cierta confianza, dijo:
–Pregúntenle al que trabaja en la cocina. Ese es todo un médico. Es el hijo de un famoso curandero que solía vivir por aquí y no hay enfermedad que no pueda curar. –Luego, añadió con educación–: Por supuesto, no es tan bueno como el médico de los blancos, eso ya lo sabemos, pero para nosotros sí que sirve.
Al cabo de un tiempo, cuando ya había desaparecido la amargura entre los Farquar y Gideon, empezaron a bromear:
–¿Cuándo nos vas a enseñar la raíz de las serpientes, Gideon?
Él se reía, meneaba la cabeza y, con cierta incomodidad, contestaba:
–Pero si ya se la enseñé, señorita, ¿no se acuerda?
Al cabo de mucho tiempo, cuando Teddy ya iba al colegio, entraba en la cocina y le decía:
–Gideon, viejo gamberro. ¿Recuerdas aquella vez que nos engañaste a todos y nos hiciste caminar no sé cuántos kilómetros por la meseta para nada? Llegamos tan lejos que mi padre me tuvo que traer en brazos.
Y Gideon se partía de risa educadamente. Después de reír mucho rato, se incorporaba, se secaba los ojos y miraba con tristeza a Teddy, quien lo contemplaba maliciosamente desde el otro lado de la cocina:
–Ah, Cabecita Dorada, cuánto has crecido. Pronto serás mayor y tendrás tu propia granja…

Saturday, November 09, 2013

ÁLVARO MUTIS

 
 
 
POEMAS DE ÁLVARO MUTIS
Selección: Federico Díaz-Granados
 
AMÉN

Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.

CADA POEMA

Cada poema un pájaro que huye
del sitio señalado por la plaga.
Cada poema un traje de la muerte
por las calles y plazas inundadas
en la cera letal de los vencidos.
Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche
horadando los puentes sobre el río,
cuyas dormidas aguas viajan
de la vieja ciudad hacia los campos
donde el día prepara sus hogueras.
Cada poema un tacto yerto
del que yace en la losa de las clínicas,
un ávido anzuelo que recorre
el limo blando de las sepulturas.
Cada poema un lento naufragio del deseo,
un crujir de los mástiles y jarcias
que sostienen el peso de la vida.
Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban
sobre el rugir helado de las aguas
el albo aparejo del velamen.
Cada poema invadiendo y desgarrando
la amarga telaraña del hastío.
Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siemprevivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario del poeta,
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía.


CIUDAD

Un llanto,
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídas de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.
Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.

NOCTURNO

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.

EXILIO

Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.

Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Persignan, Argelés, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.

Y es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.

GRIETA MATINAL

Cala tu miseria,
sondéala, conoce sus más escondidas cavernas.
Aceita los engranajes de tu miseria,
ponla en tu camino, ábrete paso con ella
y en cada puerta golpea
con los blancos cartílagos de tu miseria.
Compárala con la de otras gentes
y mide bien el asombro de sus diferencias,
la singular agudeza de sus bordes.
Ampárate en los suaves ángulos de tu miseria.
Ten presente a cada hora
que su materia es tu materia,
el único puerto del que conoces cada rada,
cada boya, cada señal desde la cálida tierra
a donde llegas a reinar como Crusoe
entre la muchedumbre de sombras
que te rozan y con las que tropiezas
sin entender su propósito ni su costumbre.
Cultiva tu miseria,
hazla perdurable,
aliméntate de su savia,
envuélvete en el manto tejido con sus más secretos hilos.
Aprende a reconocerla entre todas,
no permitas que sea familiar a los otros
ni que la prolonguen abusivamente los tuyos.
Que te sea como agua bautismal
brotada de las grandes cloacas municipales,
como los arroyos que nacen en los mataderos.
Que se confunda con tus entrañas, tu miseria;
que contenga desde ahora los capítulos de tu muerte,
los elementos de tu más certero abandono.
Nunca dejes de lado tu miseria,
así descanses a su vera
como junto al blanco cuerpo
del que se ha retirado el deseo.
Ten siempre lista tu miseria
y no permitas que se evada por distracción o engaño.
Aprende a reconocerla hasta en sus más breves signos:
el encogerse de las finas hojas del carbonero,
el abrirse de las flores con la primera frescura de la tarde,
la soledad de una jaula de circo
varada en el lodo del camino,
el hollín en los arrabales,
el vaso de latón que mide la sopa en los cuarteles,
la ropa desordenada de los ciegos,
las campanillas que agotan su llamado
en el solar sembrado de eucaliptos,
el yodo de las navegaciones.
No mezcles tu miseria en los asuntos de cada día.
Aprende a guardarla para las horas de tu solaz
y teje con ella la verdadera,
la sola materia perdurable
de tu episodio sobre la tierra.
RAZÓN DEL EXTRAVIADO

Para Alastair Reid

Vengo del norte,
donde forjan el hierro, trabajan las rejas,
hacen las cerraduras, los arados,
las armas incansables,
donde las grandes pieles de oso
cubren paredes y lechos,
donde la leche espera la señal de los astros,
del norte donde toda voz es una orden,
donde los trineos se detienen
bajo el cielo sin sombra de tormenta.
Voy hacia el este,
hacia los más tibios cauces
de la arcilla y el limo
hacia el insomnio vegetal y paciente
que alimentan las lluvias sin medida;
hacia los esteros voy, hacia el delta
donde la luz descansa absorta
en las magnolias de la muerte
y el calor inaugura vastas regiones
donde los frutos se descomponen
en una densa siesta
mecida por los élitros
de insectos incansables.
Y, sin embargo, aún me inclinaría
por las tiendas de piel, la parca arena,
por el frío reptando entre las dunas
donde canta el cristal
su atónita agonía
que arrastra el viento
entre túmulos y signos
y desvía el rumbo de las caravanas.
Vine del norte,
el hielo canceló los laberintos
donde el acero cumple
la señal de su aventura.
Hablo del viaje, no de sus etapas.
En el este la luna vela
sobre el clima que mis llagas
solicitan como alivio
de un espanto tenaz y sin remedio.


Tomado de: Círculo de Poesía - Revista electrónica de literatura

Friday, November 01, 2013

Francisco Aranda Cadenas


 



Las medusas azules frescas de otoño
ocupaban los frisos. La muchacha de la bicicleta
iba vestida de mar. He soñado con la Grecia Clásica
y con un tren de cercanías. Hijos del sol, no sois menos
que los hijos de la luna. La luna llamea el horizonte,
quema el sol mi frente de jinete sobre el aire.
Los vientos susurran al oído de los niños viejas
canciones, como de las caracolas emergen músicas
de lira. ¿Somos un canto? ¿Soy un canto? Cuando
regresen las golondrinas becquerianas yo habré partido
-telón de fondo, mutis por el foro- a algún lugar de mi deseo

Me dirijo a ti desde la memoria azul de mis días sin sosiego,
desde la paz de robledo en que me viste, desde el sueño
girándula que me fecunda como el agua del río surcando
tierras. Viento del este inundando mi sien urgida
del franco testimonio de mi pecho. En este papel en blanco,
que ni es abismo, ni vacío, ni vómito, imprimo una rosa
de los vientos. Amor, amada, de cabellos al filo de los atardeceres
de Budapest, enséñame a extrañar la geografía de tus muslos.

Me dirijo a ti con el incienso ardido de mis manos.

Después de amar, amor, queda tu semblante
desnudo. Y destella mi sangre a lomos de la brisa.
Los blancos jinetes del sueño sobrevuelan
tus senos, y es tu sexo una mariposa cercana
a la luz que abisman los geranios.

DIGNUM EST

Extenso es el paisaje. La danzante, en el centro, como un cisne, expira
en el ancho valle de lirios y amapolas salvajes. Como en la mejor
ecuación, se resuelve la incógnita. Su amante la ha abandonado.
En el hielo de la noche de sus ojos hay imágenes de canciones
en torno del fuego, y del hermoso instante de los besos.
En verdad, Tania, existes a pesar del color azul intenso de tus pupilas.
Piedra y éter sostienes en ambas manos. Tus pies se hunden en la hierba,
y tu frágil vestido 'dignum est' para esta ocasión repentina.

Es más fácil hacer un soneto, que vivirse hasta el ocaso.


A Fernando García Gutiérrez, amigo entrañable y poeta.

Amigo mío, los hijos del rocío tiemblan en la madrugada.
Mayor o menor, ningún 'dios' nos hizo de barro, y somos
un terrón de sangre y agua y arena sin embargo. Tembladeral
de carne acuosa, amiga mía. Escribir, escribir, escribir
sobre el hálito de los pentagramas. Dime, ardiente matemática
espumosa, ¿qué rosa quiso acallar mi voz? La sola belleza
es revolucionaria repite Fernando García sin cesar. Oh, mis amigos,
¿de dónde proviene el canto? ¿De dónde tanta tembladera?
Venga de donde venga, vaya hacia donde vaya, no silencian
mi lengua, ni atan mis manos madrugadas con rocío y espesura
de cadencias de abrupto destejer sobre la tierra. Aquí estoy,
abro mis brazos, me enredo en tus cabellos... Fernando García
dice... Mujer de frutos hilados a la piel, te siento como la sola,
revolucionaria belleza, que ardida poseo en la noche.

Escribir, escribir, escribir como quien vive cercano a la vida.

Francisco Aranda Cadenas

¿De qué sexo será la muerte?

Ella no se acerca hasta nosotros;
estamos contenidos en ella.

Al noroeste de México vi brillar sus costados.

¿Tendrá nombre?

He visto ángeles negros en sueños. Todos
me dirigían una extraña palabra.

Jamás me visitaron mis muertos nis yo los visité.

A oscuras, bajo la higuera sombría, relaté
una historia acerca de un horionte vacío,
y mis vísceras cantaron un salmo antiguo.

En vísperas de difuntos, le pido a Eros
me haga compañía. Vivir como un demonio
inseguro alerta contra la desdicha.

Para vivir, vivir de querer vivirse, basta
un rasguño en la piel.

Qué puede importarme el sexo de la muerte
o el sexo de la vida.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 30 de octubre de 2013

LA VOZ DE CHAVELA, LA VOZ DEL AIRE

a Enrique Zattara con gran cariño.

Llegó con su libro de metafísica.
Metafísica del hambre,
metafísica del miedo,
metafísica de la risa,
metafísica del 'carajo'...
Pensé yo.

Algunos fueron felizmente metafísicos, eran tiempos
de juventud y embriagaderas. De corredor en corredor
las luces
se encendían y apagaban. Los versos
de Chavela, la voz del aire.

Llegó con su libro de metafísica.
Mi amigo lo llamaba la gran exigencia filosófica;
yo lo nombré como un ocaso de viejos exilios.

Mi amigo sencillamente la estudiaba por cuestiones
de guión bibliográfico. Ahora lo recuerdo, marchamos
a 'cervecear' según también el guión estricto. Lo versos
de Chavela, la voz del aire. Y entonces me vino a la memoria
la voz de mi padre, la grave voz metafísica de mi profesor,
que me expulsó de clase un día de abril de mil novecientos...
No es tan lejano aquel suceso.

Aquella grave voz que urdía por los pasillos su ritual
de quién sabe qué anhelos, esa extraña moribundez
de la voz que urge salvarse de algún demonio.

Los versos de Chavela, la voz del aire. Y esa librería
enjuicida por libros metafísicos sin orden, y esos
otros libros para desmoronar torres de babel bien
ordenados.

Pensé yo.

Metafísica para filósofos y políticos, para estudiantes.
Metafísica de bolsillo, de cementerio y de salón.
Metafísica para 'metafisiquear' el mundo.

A mí me expulsaron de clase porque me sentaba al final del todo,
porque llevaba bajo del abrigo un corazón y un pecho,
porque me quedé a duermevela, en la distancia,
en aquella clase tan honda y metafísica.

Los versos de Chavela, la voz del aire. La mediterranía
que me salvó de hacerme daño en esa acera de la metafísica
kantiana. Sencillamente recuerdo que os amaba, días
de mi juventud, y no eran sino días como cualquier día
malagueño. Oh, esos días irreparables, esos días insustituibles,
aquellos días en que la metafísica quería devorar el aire, mas no pudo.

Pensé yo.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 01 de noviembre de 2013
Porque los días se acercarán como aguacero
y no habrá dique que pueda contener las aguas,
iremos hacia el puerto ignoto de otros mares
con el sabor del trigal hecho pan nuevo.
Partir, partir, partir al alba podré decir cuando mis ojos,
encinta de amados silabarios, se frutezcan
en las noches, de manera que mi boca -afán del día-,
de hermosos frutos (uvas y naranjos, y presencias).
Amor, sentada bajo el parral noble, ya ves, incierta la hora,
en que habremos de liberar el rumbo. No hay almíbar
de luna que pueda retenerte porque, tras las ventanas
pálidas de otoño, has comenzado a contemplar la lluvia.

Francisco Aranda Cadenas


Acudo al ventanal del día. Mis fosas nasales
inhalan viento del sur inflamado de arcilla,
conque se restituyó la entraña, la sola soledad
de tu cuerpo, el sol que amaba la flor.
Descubro en el insomne sueño tu voz, el sexo
que celebró la madrugada, las horas de intriga
de tu vientre, y el solaz de tus ojos desnudando
la dicha de estar sobre la tierra. Acudo al recuerdo
más atrincherado en el alma, y lo despierto
con haz de luz de mis retinas. El sándalo ardido
rezuma canciones, pero se consume su fuego
una vez se aproxima ya el alba, con cadencia
de tenue hilazón de los cabellos. Hoy, a 8
de noviembre de 2013, las secuencias brillantes
de un filme se aparecen en la cuenca de mis manos,
como si se tratara de advenir la belleza, que otrora
derramó el alma viva al contemplar la savia nueva,
o el brillo tenaz del horizonte que avecina.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 8 de noviembre de 2013

La genuina sal de los cristales en días de poniente junto al mar,
se derrama hasta el alféizar como lirio que abrazara la tierra.
Sé, que el oleaje entrará en la casa inundando las habitaciones
donde, amanecidos huéspedes, hacen su salutación de bienvenida.
Es como si rauda la tormenta, golpeara el pecho descubierto,
el decidido caminar, de frente siempre...
Tras la barcaza herida por el agua, el surco centenario
sangra jugo de vid, y el ebrio pescador de piel hirsuta
derrocha su sed como un animal cansado, prendido a la arena.
Furtivos besos en la orilla donde las algas frutecen, alguna
botella perdida con mensaje caligrafiado sobre el papel sepia
de una despedida, la torrentera de voz del mar, los silencios
dormitando en el roquedal que el sol cimenta y nosotros,
gente venida de tan lejos, erigiendo en el aire mitos antiguos,
cuya verdad mece el ala de gaviota, alguna paloma perdida.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 8 de noviembre de 2013

Me guarezco de la lluvia. Win Mertens interpreta
al piano. Un coro de chicas se agazapa en la niebla.
Cada día interpela a la vida. Cada gota de agua
es un recordatorio. El diluvio universal se contiene
en la cuenca de tus ojos. Tú lloras, él llora, lloramos.
Y por qué no llorar e inundar los sonoros ríos con llanto.

El mar es la suma de las enredaderas de todos los exilios.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga a 16 de noviembre de 2013

CUADERNO DE CAMPO

Las ingles del aire devoran mariposas; son las ingles
confusas de un cuerpo confuso. Con vastedad de rumores,
los árboles mecidos, aclaman al sol mientras los pechos
de una mujer amamantan cien hijos. Piedra dura
del camino, soporta mis pies calzados de dicha
conque desnudar las horas, el perfecto mecanismo del reloj.
Todo cuanto sabe el verdecillo de ceja amarilla lo aprendió
en un vuelo, tan sólo un vuelo más allá de la arboleda,
donde ser y estar son cómplices de su plumaje.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 20 de noviembre de 2013

Ya ves, se desmorona el singular aire del pecho,
la estructura de mármol de los muslos, el ignorado
cielo de las sienes, la sed azul de los cabellos.
Ya ves, se derrumba todo con el pasar de los años,
y casi sin saberlo, y casi mudos y felices en un haz
de sueños. Ya ves, hoy es jueves sin saberlo...

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 21 de noviembre de 2013

Mi corazón sufre un mal desconocido, que sólo
unos pocos alcanzan a comprender. Cuando fuiste
a Almería, arrojaste mis vísceras al mar,
y la poesía escogida por mi alma la envolviste
en niebla. Desconocida, sabes que ha llovido
con sinceridad de alta nube. Pero deberías
saber, que no hay nadie oculto tras la espesura,
nadie que desee contemplar mi dolor. La mezquina
luz de tus ojos no puede imaginar cuando
me siento con un amigo, y conversamos largo y tendido
acerca de cosas sencillas. Desconocida, ahora
mi corazón se alegra al amanecer. El sueño turbio
de esta noche no te pertenece, cuántas lágrimas
derramé han hecho germinar la tierra de mi entraña,
y tú, desconocida, desaparecerás en el ocaso.

Francisco Aranda Cadenas

Málaga, a 24 de noviembre de 2013

Wednesday, October 30, 2013

Alejandra Proaño. Prólogo: Por esta hebra…




Prólogo: Por esta hebra...

He muerto millones de veces

 en cada cementerio hay una como yo

con el mismo vestido, la misma voz

y amor suicida.


Elia Casillas


 


Entrevista a Elia Casillas

-¿Por esta hebra, es posterior a Sola, sin tu sombra?

-Después hay otro, Reyes y Ases del Béisbol y luego éste.

-¿Quisieras contarme algo más sobre éste libro?

Por esta hebra es como un diario, un monólogo, ahí escribí lo que me sucedía
 
cada día, durante tres años.

─ Fue un proceso de largo aliento entonces.

─ Ha sido un largo aliento, siento que no tiene fin.

─ ¿Y cómo fue entonces que decidiste ponerle punto final?

─ Creo que es hora de terminarlo.

 

Con esta certeza, Elia nos acompaña el punto de partida de sus letras. Cada filamento que compone el poemario de Elia es una textura, una fibra poética, un haz de hilos. El monólogo del poema deviene diálogo fantasma. Entre el abandono del cuerpo amado y el recuerdo de la pasión se enciende una sensualidad melancólica pero envuelta en telas de tintes firmes hasta el final incierto de aquella guerra que es paz o muerte, porque sólo el día después del amor ocurre el éxtasis maldito del fin. Quizás por ello, Elia mantiene el diálogo con la dueña del destino: “Mi Parca; esa que roba horas mientras duermo/ y mientras me visto, se multiplica en los corredores…” (24) El ritmo del poema es circular, pero el deseo se mantiene en crescendo, y la Elia inocente busca el éxtasis en el pasado, cuando en realidad su luna en celo está en el presente: “debe tener muchas historias en la espalda, / conviene ser texto, / permita que lea, /

mientras la noche aplaude.” (7)

 

A cada segundo el logos trasciende el deseo que invita al oasis, pero la pasión es una aliada ingrata que jamás cesa: “Un día Dios volverá a verme, / y a mi dolor le quitaré su nombre, / porque hoy invento demonios para no estar sola, / y juego con los ángeles quebrados, / y habito las tinieblas…” (32) No así con los mártires del sufrimiento, que través de las palabras aúllan con más fuerza: “Una a una las palabras enrojecen, / y narro al silencio que es de tu amor /  porque soy una paloma vagabunda  / que navega oscuras tempestades  / en el resplandor de la memoria.” (44)

 

Y mientras descompone el ADN ausente en su piel, la dueña solitaria del corazón aún duda el impacto de sus pasos: “Estos zapatos sólo viven para andar contigo…” (34); pero continúa en súbita lucidez: “… la incertidumbre es un embrujo que persigue / y escapo con la esperanza del creyente / porque soy adicta a tu huella.” (35) Un largo gemido de la desesperanza proclama en una especie de manifiesto libertario: “he de romper las máscaras de este éxodo, / con guante transparente, / y caminar en el fuego de las estrellas / hasta ser cristal sin golpes.” (49) Desde el dolor, la palabra eleva el poema una y otra vez hacia la conciencia: “… y el cerebro destroza lagunas para verte, / el encierro en otra boca reconoce su locura, / en pleno juicio hipoteco costumbres / y la voz encuentra acústica / y rompe la carne que no olvida verdugo /  y moretones.” (39)

 

Luego, la mujer en busca la muerte en la memoria: “Busco en el guardapolvo mi té de olvido /  y siete gatos, / para desviar la perra del horóscopo / que arruina mi trébol con sus pulgas.” (62) pero al no encontrar al olvido, llega vestido de negro el rencor: “¿Para qué discutir fallos? / Solo encontré pesadillas en mis letras, / horarios del cuerpo consumieron desgracias / y victorias, / mi cuento negro escrito con tinta polar / desde el manglar de tus infiernos.” (69) Aún sin éxito, la soledad de su noche sucumbe al poder de la seducción: “Duermo con su mirada en los hombros / y aliento seducido  / ¿ve? nuestros cuerpos siempre afinaron / al primer toque de sábana / y como vapor, / el universo nos tirará en cualquier nube. (70) El goce masoquista con frecuencia visita las ausencias: “¿Por qué vives en el insomnio de las venas / sin obediencia? / Alabo mi carne / y tu voz lanza su niño azul / y persigue hadas sucias en el bosque.” (73)

 

Viene de lejos, y se alza la voz en llamas tenues: “Ésta no soy yo ¡alguien está ocupándome! / alguien goza mi cuerpo, no tengo voz, / y me quema el silencio…“ (74)

Y los gritos de victoria se escuchan a lo lejos: —aún estoy— protesta, en medio de aquel  exorcismo lento que es decir adiós al des/amor: “Los ojos bebieron cada padre nuestro / y vomité tres veces en el rosario del amanecer” (83-84). Y el tiempo cura lento formando la sutura con delirios: “Miro pasar mis caderas / con los pies confundidos en el aire, / porque no hay hospital para este amor...” y sabe Elia, la tarea de reconstrucción viaja lánguida en el tiempo: “hay que construirle una estrella a la esperanza / para que el amor dance…” (88)

 

De cómo Elia cierra sus puertas no diré ni una palabra; dejo el embrujo para el lector que quiera conocer la experiencia del olvido en la espada de su palabra. Su texto entierra la historia de cómo se entabla la relación con el caos, y su letra es testigo de una lucha capaz de vivir y una rabia capaz de matar. ¿Saldrá gloriosa de las palabras que escriben escorpiones? Sospecho que otro deseo le ha devuelto la respiración, ¿cuál será el embrujo necesario para el día después del amor?

 

Ahora entiendo la sensación de vida que me dio la última vez al verla. Y con estas palabras termino estas letras declarándome: A su favor.

 

 

Alejandra Proaño

22 de junio de 2012