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Tuesday, May 29, 2012

Discurso de Ricardo Flores Magón La Patria Burguesa y la Patria de los Trabajadores, pronunciado el 19 de septiembre de 1915.





Camaradas: La humanidad se encuentra en uno de los momentos más solemnes de su historia. En el universo nada es estable: todo cambia, y nos encontramos en el momento en que un cambio está por efectuarse en lo que se refiere al modo de agruparse de los seres humanos y al conjunto de instituciones económicas, políticas, sociales, morales y religiosas que constituyen lo que se llama capitalista, o sea el sistema de propiedad privada o individual.

  El sistema capitalista muere herido por sí mismo, y la humanidad, asombrada, presencia el formidable suicidio. No son los trabajadores los que han arrastrado a las naciones a echarse unas sobre las otras; es la burguesía misma la que ha provocado el conflicto, en su afán por dominar los mercados. No se litiga en los campos de Europa el honor de un pueblo, de una raza o de una patria, sino que se disputa, en esa lucha de fieras (Primera guerra mundial,), el bolsillo de cada quien; son lobos hambrientos que tratan de arrebatarse una presa. No se trata del honor nacional herido, ni de la bandera ultrajada, sino de una lucha por la posesión del dinero, del dinero que primero hizo sudar al pueblo en los campos, en las fábricas, en las minas, en todos los lugares de explotación y ahora se quiere que ese mismo pueblo explotado lo guarde con su vida en los bolsillos de los que lo robaron.

¡Qué sarcasmo! ¡Qué ironía sangrienta! Se hace trabajar al pueblo por un mendrugo, quedándose los amos con la ganancia, y después se hace que los pueblos se destrocen unos a otros para que esa ganancia no sea arrancada de las uñas de sus verdugos. Protegernos los pobres, está bien ése es nuestro deber, ésa es la obligación que nos impone la solidaridad. Protegernos los unos a los otros, ayudarnos, defendernos mutuamente, es una necesidad que debemos satisfacer si no queremos ser aniquilados por nuestros señores; pero armarnos y echarnos unos sobre otros para defender el bolsillo de nuestros amos, es un crimen de lesa clase; es una felonía que debemos rechazar indignados. A las armas, está bien; pero contra los enemigos de nuestra clase, contra los burgueses, y si nuestro brazo ha de tronchar alguna cabeza, que sea la del rico; si nuestro puñal ha de alcanzar algún corazón, que sea el del burgués. Pero no nos destrocemos los pobres unos a los otros.

En los campos de Europa los pobres se destrozan unos a los otros en beneficio de los ricos, quienes los hacen creer que luchan en beneficio de la patria. Y bien, ¿qué patria tiene el pobre? El no cuenta más que con sus brazos para ganarse el sustento, sustento del que carece si al amo maldito no se le antoja explotarlo. ¿Qué patria tiene? Porque la patria debe ser algo así como una buena madre que ampara por igual a todos sus hijos. ¿Qué amparo tienen los pobres en sus respectivas patrias? ¡Ninguno! El pobre es un esclavo en todos los países, es desgraciado en todas las patrias, es un mártir bajo todos los gobiernos. Las patrias no dan pan al hambriento, no consuelan al triste, no enjugan el sudor de la frente del trabajador rendido de fatiga, no se interponen entre el débil y el fuerte para que éste no abuse del primero, pero cuando los intereses del rico están en peligro, entonces se llama al pobre para que exponga su vida por la patria. Por la patria de los ricos, por una patria que no es nuestra, sino de nuestros verdugos.


Abramos los ojos, hermanos de cadena y de explotación, abramos los ojos a la luz de la razón. La patria es de los que la poseen, y los pobres nada poseen. La patria es la madre del rico y la madrastra del pobre. La patria es el polizonte armado de un garrote, que nos arroja a puntapiés al fondo de un calabozo o nos pone el cordel en el pescuezo cuando no queremos obedecer las leyes escritas por los ricos en beneficio de los mismos ricos. La patria (sistema capitalista) no es nuestra madre, ¡es nuestro verdugo!

Y por defender a ese verdugo, nuestros hermanos los proletarios de Europa se arrancan la existencia los unos a los otros. Imaginaos el espacio que ocuparán más de seis millones de cadáveres; una montaña de cadáveres, ríos de sangre y de lágrimas, eso es lo que ha producido hasta este momento la guerra europea. Y esos muertos son nuestros hermanos de clase, son carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Son trabajadores que desde niños fueron enseñados a amar a la patria burguesa, pa¬ra que, llegado el caso, se dejasen matar por ella. ¿Qué poseían de sus patrias esos héroes? ¡Nada! No poseían otra cosa que un par de brazos robustos para procurarse el sustento propio y el de sus familias. Ahora las viudas, los dolientes de esos trabajadores tendrán que morirse de hambre. Las mujeres se prostituirán para llevar a la boca un pedazo de pan, los niños robarán para llevar algo de comer a sus ancianos padres, los enfermos irán al hospital y a la tumba. Burdel, presidio, hospital, muerte miserable: he ahí el premio que recibirán, francachelas de oro que han hecho sudar al pueblo mientras los ricos y los gobernantes derrochan en los deudos de los héroes que mueren por la patria, en la fábrica, en el taller, en la mina. ¡Qué contraste! Sacrificio, dolor, lágrimas para los creadores abnegados de la riqueza. Placeres y dichas para los holgazanes que están sobre nuestros hombros. Sacudámonos, agitémonos, obremos para que caigan a nuestros pies los parásitos que acaban con nuestra existencia. Pongamos resueltamente nuestros puños en el cuello del enemigo. Somos más fuertes que él. Un revolucionario dijo esta inmensa verdad: “Los tiranos nos parecen grandes porque estamos de rodillas, ¡levantémonos!

Y bien, horrible como es la carnicería insensata que convierte en matadero el territorio del Viejo Mundo, ella tiene que producir inmensos bienes a la humanidad, y en lugar de entregarnos a tristes reflexiones considerando tan sólo el dolor, las lágrimas y la sangre, alegrémonos, regocijémonos de que tal hecatombe haya tenido lugar. La catástrofe mundial que contemplamos es un mal necesario. Los pueblos, envilecidos por la civilización burguesa ya no se acordaban de que tenían derechos, y se hacía indispensable una sacudida formidable para despertarlos a la realidad de las cosas. Hay muchos que necesitan del dolor para abrir sus cerebros a la razón. El maltrato envilece al apocado y al tímido, pero en el pecho del hombre de vergüenza despierta sentimientos de dignidad y de noble orgullo que lo hacen rebelarse. El hambre doblega al cobarde y lo entrega de rodillas al burgués; pero es al mismo tiempo un acicate que hace encabritar a los pueblos. El sufrimiento puede conducir a la resignación y a la paciencia; pero también puede poner en las manos del hombre valiente, el puñal, la bomba y el revólver. Y esto será lo que suceda cuando termine esta guerra infame, o lo que la hará terminar. Las grandes batallas campales terminarán con la barricada y el motín de los pueblos rebelados, y las banderas nacionales se desvanecerán en el espacio, para dar lugar a la bandera roja de los desheredados del mundo.

Entonces la Revolución que nació en México, y que vive aún como azote y un castigo para los que explotan, los que embaucan y los que oprimen a la humanidad, extenderá sus flamas bienhechoras por toda la Tierra y en lugar de cabezas de proletarios rodarán por el suelo las cabezas de los ricos, de los gobernantes y de los sacerdotes, y un solo grito subirá al espacio, escapado del pecho de millones y millones de seres humanos: ¡Viva la tierra y la libertad!

Y por primera vez el sol no se avergonzará de enviar sus rayos gloriosos a esta mustia tierra, dignificada, por la rebelión, y una humanidad nueva, más justa, más sabia, convertirá a todas las pa¬trias en una sola patria, grande, hermosa, buena: la patria de los seres humanos; la patria del hombre y de la mujer, con una sola bandera, la de la fraternidad universal.

Saludemos, compañeros de fatigas y de ideales, a la Revolución mexicana. Saludemos esa epopeya sublime de peón convertido en hombre libre por la rebeldía, y pongamos todo lo que esté de nuestra parte, nuestro dinero, nuestro talento, nuestra energía, nuestra buena voluntad, y si es necesario sacrifiquemos nuestro bienestar, nuestra libertad y aún nuestra vida para que esa Revolución no termine con el encumbramiento de ningún hombre al poder, sino que siguiendo su curso reivindicador, termine con la a¬bolición del derecho de propiedad privada y la muerte del principio de autoridad; porque mientras haya hombres que poseen y hombres que nada tienen, el bienestar y la libertad serán un sueño, continuarán existiendo tan sólo como una bella ilusión jamás realizada.

La Revolución no debe ser el medio de que se valgan los malvados para encumbrarse, sino el movimiento justiciero que de muerte a la miseria y a la tiranía, cosas que no mueren eligiendo gobernador, sino acabando con el llamado derecho de propiedad privada. Este derecho es la causa de todos los males que sufre la humanidad. No hay que buscar el origen de nuestros males en otra cosa, pues por el derecho de propiedad hay gobierno y hay sacerdotes. El gobierno es el encargado de ver que los ricos no sean despojados por los pobres, los sacerdotes no tienen otra misión que infundir en los pechos proletarios la paciencia, la resignación y el temor a Dios, para que no piensen jamás en rebelarse contra sus tiranos y explotadores.

El Partido Liberal Mexicano –Unión Obrera Revolucionaria– comprende que la libertad y el bienestar son imposibles mientras existan el capital, la autoridad y el clero, y a la muerte de estos tres monstruos o de ese monstruo de tres cabezas, tienden todos sus esfuerzos, y a la propaganda y a la acción de los miembros de este partido se debe el hecho de que no hay un gobierno estable en México, esto es, que no se fortalezca una nueva tiranía. No queremos ricos, no queremos gobernantes ni sacerdotes, no queremos bribones que exploten las fuerzas de los trabajadores; no queremos bandidos que sostengan con la ley a esos bribones, ni malvados que en nombre de la religión hagan del pobre un cordero que se deje devorar por los lobos sin resistencia y sin protesta.

Aquellos de vosotros que queráis conocer a fondo por qué lucha el Partido Liberal Mexicano, no tenéis que hacer otra cosa que leer el manifiesto del 23 de septiembre de 1911, promulgado por la junta organizadora del partido.

Así como la guerra europea es un mal necesario, la Revolución Mexicana es un bien. Hay sangre, hay lágrimas, hay sacrificios, es cierto; pero ¿qué grande conquista ha sido obtenida entre fiestas y placeres? La libertad es la conquista más grande que puede apetecer un pecho digno, y la libertad sólo se obtiene arrastrando la muerte, la miseria y el calabozo.

Pensar que de otra manera se puede conquistar la libertad, es equivocarse lamentablemente.

Nuestra libertad está en, las manos de nuestros opresores; de ahí que no podemos adquirirla sin luchar y sin sacrificio

¡Adelante! Si en Europa se combate todavía por la patria, esto es, por los ricos, en México se lucha por ¡Tierra y Libertad! ¡Adelante! El momento es solemne. En México el sistema capitalista se derrumba a los golpes de la plebe dignificada, y los clamores de los ricos y los clérigos llegan a Washington a trastornar el seso de ese pobre Juguete de la burguesía que se llama Woodrow Wilson, el presidente enano, el funcionario de sainete que, por ironía del destino, le ha tocado ser actor en una tragedia en la que solamente deberían tomar parte personajes de hierro.

¡Adelante! El remedio está a nuestro alcance. Para acabar con el sistema capitalista no tenemos otra cosa que hacer que poner nuestras manos sobre los bienes que se encuentran en las garras de los ricos y declararlos propiedad de todos, hombres y mujeres. El hombre arriesga su vida por encumbrar a un gobernante, que por más amigo del pobre que se diga ser, nunca lo será más de lo que lo es del rico, ya que su misión es velar porque la ley sea respetada, y la ley ordena que se respete el derecho de propiedad privada o individual.
La expropiación, éste es el remedio; pero debe ser la expropiación para beneficio de todos y no de unos cuantos. La expropiación es la llave de oro que abre las puertas de la libertad, porque la posesión de la riqueza es la independencia económica. El que no necesita alquilar sus brazos para vivir, ése es libre.

¡Adelante! No es posible detenerse y ser simples espectadores del drama formidable. Que cada cual se una a los de su clase; el pobre con el pobre, el rico con el rico, para que cada quien se encuentre con los suyos y en su puesto en la batalla final, la de los pobres contra los ricos: la de los oprimidos contra los opresores; la de los hambrientos contra los hartos, y cuando el humo del último disparo se haya disipado y del edificio burgués no quede piedra sobre piedra, que el sol alumbre nuestras frentes ennoblecidas y a la Tierra le quepa el orgullo de sentirse pesada por hombres y no por rebaños.

Con mano robusta se han hecho pedazos las rejas de los presidios y con los barrotes han hundido el cráneo de jueces y cagatintas. Al burgués le han acariciado el pescuezo con la cuerda de los ahorcados, y con gesto heroico, jamás presenciado por los siglos, han puesto la mano sobre la tierra que palpita emocionada al sentirse poseída por hombres libres...

¡Adelante! que en este momento solamente cada quien cumpla con su deber!

¡Viva el Partido Liberal Mexicano! ¡Viva Tierra y Libertad!





Thursday, May 17, 2012

Carlos Fuentes: La muñeca reina.



l

Vine porque aquella tarjeta, tan curiosa, me hizo recordar su existencia. La encontré en un libro olvidado cuyas páginas habían reproducido un espectro de la caligrafía infantil. Estaba acomodando, después de mucho tiempo de no hacerlo, mis libros. Iba de sorpresa en sorpresa, pues algunos, colocados en las estanterías más altas, no fueron leídos durante mucho tiempo. Tanto, que el filo de las hojas se había granulado, de manera que sobre mis palmas abiertas cayó una mezcla de polvo de oro y escama grisácea, evocadora del barniz que cubre ciertos cuerpos entrevistos primero en los sueños y después en la decepcionante realidad de la primera función de ballet a la que somos conducidos. Era un libro de mi infancia -acaso de la de muchos niños- y relataba una serie de historias ejemplares más o menos truculentas que poseían la virtud de arrojarnos sobre las rodillas de nuestros mayores para preguntarles, una y otra vez, ¿por qué? Los hijos que son desagradecidos con sus padres, las mozas que son raptadas por caballerangos y regresan avergonzadas a la casa, así como las que de buen grado abandonan el hogar, los viejos que a cambio de una hipoteca vencida exigen la mano de la muchacha más dulce y adolorida de la familia amenazada, ¿por qué? No recuerdo las respuestas. Sólo sé que de entre las páginas manchadas cayó, revoloteando, una tarjeta blanca con la letra atroz de Amilamia: Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo.




Y detrás estaba ese plano de un sendero que partía de la X que debía indicar, sin duda, la banca del parque donde yo, adolescente rebelde a la educación prescrita y tediosa, me olvidaba de los horarios de clase y pasaba varias horas leyendo libros que, si no fueron escritos por mí, me lo parecían: ¿cómo iba a dudar que sólo de mi imaginación podían surgir todos esos corsarios, todos esos correos del zar, todos esos muchachos, un poco más jóvenes que yo, que bogaban el día entero sobre una barcaza a lo largo de los grandes ríos americanos? Prendido al brazo de la banca como a un arzón milagroso, al principio no escuché los pasos ligeros que, después de correr sobre la grava del jardín, se detenían a mis espaldas. Era Amilamia y no supe cuánto tiempo me habría acompañado en silencio si su espíritu travieso, cierta tarde, no hubiese optado por hacerme cosquillas en la oreja con los vilanos de un amargón que la niña soplaba hacia mí con los labios hinchados y el ceño fruncido.



Preguntó mi nombre y después de considerarlo con el rostro muy serio, me dijo el suyo con una sonrisa, si no cándida, tampoco demasiado ensayada. Pronto me di cuenta que Amilamia había encontrado, por así decirlo, un punto intermedio de expresión entre la ingenuidad de sus años y las formas de mímica adulta que los niños bien educados deben conocer, sobre todo para los momentos solemnes de la presentación y la despedida. La gravedad de Amilamia, más bien, era un don de su naturaleza, al grado de que sus momentos de espontaneidad, en contraste, parecían aprendidos. Quiero recordarla, una tarde y otra, en una sucesión de imágenes fijas que acaban por sumar a Amilamia entera. Y no deja de sorprenderme que no pueda pensar en ella como realmente fue, o como en verdad se movía, ligera, interrogante, mirando de un lado a otro sin cesar. Debo recordarla detenida para siempre, como en un álbum. Amilamia a lo lejos, un punto en el lugar donde la loma caía, desde un lago de tréboles, hacia el prado llano donde yo leía sentado sobre la banca: un punto de sombra y sol fluyentes y una mano que me saludaba desde allá arriba. Amilamia detenida en su carrera loma abajo, con la falda blanca esponjada y los calzones de florecillas apretados con ligas alrededor de los muslos, con la boca abierta y los ojos entrecerrados porque la carrera agitaba el aire y la niña lloraba de gusto. Amilamia sentada bajo los eucaliptos, fingiendo un llanto para que yo me acercara a ella. Amilamia boca abajo con una flor entre las manos: los pétalos de un amento que, descubrí más tarde, no crecía en este jardín, sino en otra parte, quizás en el jardín de la casa de Amilamia, pues la única bolsa de su delantal de cuadros azules venía a menudo llena de esas flores blancas. Amilamia viéndome leer, detenida con ambas manos a los barrotes de la banca verde, inquiriendo con los ojos grises: recuerdo que nunca me preguntó qué cosa leía, como si pudiese adivinar en mis ojos las imágenes nacidas de las páginas. Amilamia riendo con placer cuando yo la levantaba del talle y la hacía girar sobre mi cabeza y ella parecía descubrir otra perspectiva del mundo en ese vuelo lento. Amilamia dándome la espalda y despidiéndose con el brazo en alto y los dedos alborotados. Y Amilamia en las mil posturas que adoptaba alrededor de mi banca: colgada de cabeza, con las piernas al aire y los calzones abombados; sentada sobre la grava, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en el mentón; recostada sobre el pasto, exhibiendo el ombligo al sol; tejiendo ramas de los árboles, dibujando animales en el lodo con una vara, lamiendo los barrotes de la banca, escondida bajo el asiento, quebrando sin hablar las cortezas sueltas de los troncos añosos, mirando fijamente el horizonte más allá de la colina, canturreando con los ojos cerrados, imitando las voces de pájaros, perros, gatos, gallinas, caballos. Todo para mí, y sin embargo, nada. Era su manera de estar conmigo, todo esto que recuerdo, pero también su manera de estar a solas en el parque. Sí; quizás la recuerdo fragmentariamente porque mi lectura alternaba con la contemplación de la niña mofletuda, de cabello liso y cambiante con los reflejos de la luz: ora pajizo, ora de un castaño quemado. Y sólo hoy pienso que Amilamia, en ese momento, establecía el otro punto de apoyo para mi vida, el que creaba la tensión entre mi propia infancia irresuelta y el mundo abierto, la tierra prometida que empezaba a ser mía en la lectura.



Entonces no. Entonces soñaba con las mujeres de mis libros, con las hembras -la palabra me trastornaba- que asumían el disfraz de la Reina para comprar el collar en secreto, con las invenciones mitológicas -mitad seres reconocibles, mitad salamandras de pechos blancos y vientres húmedos- que esperaban a los monarcas en sus lechos. Y así, imperceptiblemente, pasé de la indiferencia hacia mi compañía infantil a una aceptación de la gracia y gravedad de la niña, y de allí a un rechazo impensado de esa presencia inútil. Acabó por irritarme, a mí que ya tenía catorce años, esa niña de siete que no era, aún, la memoria y su nostalgia, sino el pasado y su actualidad. Me habla dejado arrastrar por una flaqueza. Juntos habíamos corrido, tomados de la mano, por el prado. Juntos habíamos sacudido los pinos y recogido las piñas que Amilamia guardaba con celo en la bolsa del delantal. Juntos habíamos fabricado barcos de papel para seguirlos, alborozados, al borde de la acequia. Y esa tarde, cuando juntos rodamos por la colina, en medio de gritos de alegría, y al pie de ella caímos juntos, Amilamia sobre mi pecho, yo con el cabello de la niña en mis labios, y sentí su jadeo en mi oreja y sus bracitos pegajosos de dulce alrededor de mi cuello, le retiré con enojo los brazos y la dejé caer. Amilamia lloró, acariciándose la rodilla y el codo heridos, y yo regresé a mi banca. Luego Amilamia se fue y al día siguiente regresó, me entregó el papel sin decir palabra y se perdió, canturreando, en el bosque. Dudé entre rasgar la tarjeta o guardarla en las páginas del libro. Las tardes de la granja. Hasta mis lecturas se estaban infantilizando al lado de Amilamia. Ella no regresó al parque. Yo, a los pocos días, salí de vacaciones y después regresé a los deberes del primer año de bachillerato. Nunca la volví a ver.







II



Y ahora, casi rechazando la imagen que es desacostumbrada sin ser fantástica y por ser real es más dolorosa, regreso a ese parque olvidado y, detenido ante la alameda de pinos y eucaliptos, me doy cuenta de la pequeñez del recinto boscoso, que mi recuerdo se ha empeñado en dibujar con una amplitud que pudiera dar cabida al oleaje de la imaginación. Pues aquí habían nacido, hablado y muerto Strogoff y Huckleberry, Milady de Winter y Genoveva de Brabante: en un pequeño jardín rodeado de rejas mohosas, plantado de escasos árboles viejos y descuidados, adornado apenas con una banca de cemento que imita la madera y que me obliga a pensar que mi hermosa banca de hierro forjado, pintada de verde, nunca existió o era parte de mi ordenado delirio retrospectivo. Y la colina... ¿Cómo pude creer que era eso, el promontorio que Amilamia bajaba y subía durante sus diarios paseos, la ladera empinada por donde rodábamos juntos? Apenas una elevación de zacate pardo sin más relieve que el que mi memoria se empeñaba en darle.



Me buscas aquí como te lo divujo. Entonces habría que cruzar el jardín, dejar atrás el bosque, descender en tres zancadas la elevación, atravesar ese breve campo de avellanos -era aquí, seguramente, donde la niña recogía los pétalos blancos-, abrir la reja rechinante del parque y súbitamente recordar, saber, encontrarse en la calle, darse cuenta de que todas aquellas tardes de la adolescencia, como por milagro, habían logrado suspender los latidos de la ciudad circundante, anular esa marea de pitazos, campanadas, voces, llantos, motores, radios, imprecaciones: ¿cuál era el verdadero imán: el jardín silencioso o la ciudad febril? Espero el cambio de luces y paso a la otra acera sin dejar de mirar el iris rojo que detiene el tránsito. Consulto el papelito de Amilamia. Al fin y al cabo, ese plano rudimentario es el verdadero imán del momento que vivo, y sólo pensarlo me sobresalta. Mi vida, después de las tardes perdidas de los catorce años, se vio obligada a tomar los cauces de la disciplina y ahora, a los veintinueve, debidamente diplomado, dueño de un despacho, asegurado de un ingreso módico, soltero aún, sin familia que mantener, ligeramente aburrido de acostarme con secretarias, apenas excitado por alguna salida eventual al campo o a la playa, carecía de una atracción central como las que antes me ofrecieron mis libros, mi parque y Amilamia. Recorro la calle de este suburbio chato y gris. Las casas de un piso se suceden monótonamente, con sus largas ventanas enrejadas y sus portones de pintura descascarada. Apenas el rumor de ciertos oficios rompe la uniformidad del conjunto. El chirreo de un afilador aquí, el martilleo de un zapatero allá. En las cerradas laterales, juegan los niños del barrio. La música de un organillo llega a mis oídos, mezclada con las voces de las rondas. Me detengo un instante a verlos, con la sensación, también fugaz, de que entre esos grupos de niños estaría Amilamia, mostrando impúdicamente sus calzones floreados, colgada de las piernas desde un balcón, afecta siempre a sus extravagancias acrobáticas, con la bolsa del delantal llena de pétalos blancos. Sonrío y por vez primera quiero imaginar a la señorita de veintidós años que, si aún vive en la dirección apuntada, se reirá de mis recuerdos o acaso habrá olvidado las tardes pasadas en el jardín.



La casa es idéntica a las demás. El portón, dos ventanas enrejadas, con los batientes cerrados. Un solo piso, coronado por un falso barandal neoclásico que debe ocultar los menesteres de la azotea: la ropa tendida, los tinacos de agua, el cuarto de criados, el corral. Antes de tocar el timbre, quiero desprenderme de cualquier ilusión. Amilamia ya no vive aquí. ¿Por qué iba a permanecer quince años en la misma casa? Además, pese a su independencia y soledad prematuras, parecía una niña bien educada, bien arreglada, y este barrio ya no es elegante; los padres de Amilamia, sin duda, se han mudado. Pero quizás los nuevos inquilinos saben a dónde.



Aprieto el timbre y espero. Vuelvo a tocar. Ésa es otra contingencia: que nadie esté en casa. Y yo, ¿sentiré otra vez la necesidad de buscar a mi amiguita? No, porque ya no será posible abrir un libro de la adolescencia y encontrar, al azar, la tarjeta de Amilamia. Regresaría a la rutina, olvidaría el momento que sólo importaba por su sorpresa fugaz.



Vuelvo a tocar. Acerco la oreja al portón y me siento sorprendido: una respiración ronca y entrecortada se deja escuchar del otro lado; el soplido trabajoso, acompañado por un olor desagradable a tabaco rancio, se filtra por los tablones resquebrajados del zaguán.



-Buenas tardes. ¿Podría decirme...?



Al escuchar mi voz, la persona se retira con pasos pesados e inseguros. Aprieto de nuevo el timbre, esta vez gritando:



-¡Oiga! ¡Ábrame! ¿Qué le pasa? ¿No me oye?



No obtengo respuesta. Continúo tocando el timbre, sin resultados. Me retiro del portón, sin alejar la mirada de las mínimas rendijas, como si la distancia pudiese darme perspectiva e incluso penetración. Con toda la atención fija en esa puerta condenada, atravieso la calle caminando hacia atrás; un grito agudo me salva a tiempo, seguido de un pitazo prolongado y feroz, mientras yo, aturdido, busco a la persona cuya voz acaba de salvarme, sólo veo el automóvil que se aleja por la calle y me abrazo a un poste de luz, a un asidero que, más que seguridad, me ofrece un punto de apoyo para el paso súbito de la sangre helada a la piel ardiente, sudorosa. Miro hacia la casa que fue, era, debía ser la de Amilamia. Allá, detrás de la balaustrada, como lo sabía, se agita la ropa tendida. No sé qué es lo demás: camisones, pijamas, blusas, no sé; yo veo ese pequeño delantal de cuadros azules, tieso, prendido con pinzas al largo cordel que se mece entre una barra de fierro y un clavo del muro blanco de la azotea.







III



En el Registro de la Propiedad me han dicho que ese terreno está a nombre de un señor R. Valdivia, que alquila la casa. ¿A quién? Eso no lo saben. ¿Quién es Valdivia? Ha declarado ser comerciante. ¿Dónde vive? ¿Quién es usted?, me ha preguntado la señorita con una curiosidad altanera. No he sabido presentarme calmado y seguro. El sueño no me alivió de la fatiga nerviosa. Valdivia. Salgo del Registro y el sol me ofende. Asocio la repugnancia que me provoca el sol brumoso y tamizado por las nubes bajas -y por ello más intenso- con el deseo de regresar al parque sombreado y húmedo. No, no es más que el deseo de saber si Amilamia vive en esa casa y por qué se me niega la entrada. Pero lo que debo rechazar, cuanto antes, es la idea absurda que no me permitió cerrar los ojos durante la noche. Haber visto el delantal secándose en la azotea, el mismo en cuya bolsa guardaba las flores, y creer por ello que en esa casa vivía una niña de siete años que yo había conocido catorce o quince antes... Tendría una hijita. Sí. Amilamia, a los veintidós años, era madre de una niña que quizás se vestía igual, se parecía a ella, repetía los mismos juegos, ¿quién sabe?, iba al mismo parque. Y cavilando llego de nuevo hasta el portón de la casa. Toco el timbre y espero el resuello agudo del otro lado de la puerta. Me he equivocado. Abre la puerta una mujer que no tendrá más de cincuenta años. Pero envuelta en un chal, vestida de negro y con zapatos de tacón bajo, sin maquillaje, con el pelo estirado hasta la nuca, entrecano, parece haber abandonado toda ilusión o pretexto de juventud y me observa con ojos casi crueles de tan indiferentes.



-¿Deseaba?



-Me envía el señor Valdivia. -Toso y me paso una mano por el pelo. Debí recoger mi cartapacio en la oficina. Me doy cuenta de que sin él no interpretaré bien mi papel.



-¿Valdivia? -La mujer me interroga sin alarma; sin interés.



-Sí. El dueño de la casa.



Una cosa es clara: la mujer no delatará nada en el rostro. Me mira impávida.



-Ah sí. El dueño de la casa.



-¿Me permite?...



Creo que en las malas comedias el agente viajero adelanta un pie para impedir que le cierren la puerta en las narices. Yo lo hago, pero la señora se aparta y con un gesto de la mano me invita a pasar a lo que debió ser una cochera. Al lado hay una puerta de cristal y madera despintada. Camino hacia ella, sobre los azulejos amarillos del patio de entrada, y vuelvo a preguntar, dando la cara a la señora que me sigue con paso menudo:



-¿Por aquí?



La señora asiente y por primera vez observo que entre sus manos blancas lleva una camándula con la que juguetea sin cesar. No he vuelto a ver esos viejos rosarios desde mi infancia y quiero comentarlo, pero la manera brusca y decidida con que la señora abre la puerta me impide la conversación gratuita. Entramos a un aposento largo y estrecho. La señora se apresura a abrir los batientes, pero la estancia sigue ensombrecida por cuatro plantas perennes que crecen en los macetones de porcelana y vidrio incrustado. Sólo hay en la sala un viejo sofá de alto respaldo enrejado de bejuco y una mecedora. Pero no son los escasos muebles o las plantas lo que llama mi atención. La señora me invita a tomar asiento en el sofá antes de que ella lo haga en la mecedora.



A mi lado, sobre el bejuco, hay una revista abierta.



-El señor Valdivia se excusa de no haber venido personalmente.



La señora se mece sin pestañear. Miro de reojo esa revista de cartones cómicos.



-La manda saludar y...



Me detengo, esperando una reacción de la mujer. Ella continúa meciéndose. La revista está garabateada con un lápiz rojo.



-...y me pide informarle que piensa molestarla durante unos cuantos días...



Mis ojos buscan rápidamente.



-...Debe hacerse un nuevo avalúo de la casa para el catastro. Parece que no se hace desde... ¿Ustedes llevan viviendo aquí...?



Sí; ese lápiz labial romo está tirado debajo del asiento. Y si la señora sonríe lo hace con las manos lentas que acarician la camándula: allí siento, por un instante, una burla veloz que no alcanza a turbar sus facciones. Tampoco esta vez me contesta.



-...¿por lo menos quince años, no es cierto...?



No afirma. No niega. Y en sus labios pálidos y delgados no hay la menor señal de pintura...



-...¿usted, su marido y...?



Me mira fijamente, sin variar de expresión, casi retándome a que continúe. Permanecemos un instante en silencio, ella jugueteando con el rosario, yo inclinado hacia adelante, con las manos sobre las rodillas. Me levanto.



-Entonces, regresaré esta misma tarde con mis papeles...



La señora asiente mientras, en silencio, recoge el lápiz labial, toma la revista de caricaturas y los esconde entre los pliegues del chal.





IV



La escena no ha cambiado. Esta tarde, mientras yo apunto cifras imaginarias en un cuaderno y finjo interés en establecer la calidad de las tablas opacas del piso y la extensión de la estancia, la señora se mece y roza con las yemas de los dedos los tres dieces del rosario. Suspiro al terminar el supuesto inventario de la sala y le pido que pasemos a otros lugares de la casa. La señora se incorpora, apoyando los brazos largos y negros sobre el asiento de la mecedora y ajustándose el chal a las espaldas estrechas y huesudas.



Abre la puerta de vidrio opaco y entramos a un comedor apenas más amueblado. Pero la mesa con patas de tubo, acompañada de cuatro sillas de níquel y hulespuma, ni siquiera poseen el barrunto de distinción de los muebles de la sala. La otra ventana enrejada, con los batientes cerrados, debe iluminar en ciertos momentos este comedor de paredes desnudas, sin cómodas ni repisas. Sobre la mesa sólo hay un frutero de plástico con un racimo de uvas negras, dos melocotones y una corona zumbante de moscas. La señora, con los brazos cruzados y el rostro inexpresivo, se detiene detrás de mí. Me atrevo a romper el orden: es evidente que las estancias comunes de la casa nada me dirán sobre lo que deseo saber.



-¿No podríamos subir a la azotea? -pregunto-. Creo que es la mejor manera de cubrir la superficie total.



La señora me mira con un destello fino y contrastado, quizás, con la penumbra del comedor.



-¿Para qué? -dice, por fin-. La extensión la sabe bien el señor... Valdivia...



Y esas pausas, una antes y otra después del nombre del propietario, son los primeros indicios de que algo, al cabo, turba a la señora y la obliga, en defensa, a recurrir a cierta ironía.



-No sé -hago un esfuerzo por sonreír-. Quizás prefiero ir de arriba hacia abajo y no... -mi falsa sonrisa se va derritiendo-... de abajo hacia arriba.



-Usted seguirá mis indicaciones -dice la señora con los brazos cruzados sobre el regazo y la cruz de plata sobre el vientre oscuro.



Antes de sonreír débilmente, me obligo a pensar que en la penumbra mis gestos son inútiles, ni siquiera simbólicos. Abro con un crujido de la pasta el cuaderno y sigo anotando con la mayor velocidad posible, sin apartar la mirada, los números y apreciaciones de esta tarea cuya ficción -me lo dice el ligero rubor de las mejillas, la definida sequedad de la lengua- no engaña a nadie. Y al llenar la página cuadriculada de signos absurdos de raíces cuadradas y fórmulas algebraicas, me pregunto qué cosa me impide ir al grano, preguntar por Amilamia y salir de aquí con una respuesta satisfactoria. Nada. Y sin embargo, tengo la certeza de que por ese camino, si bien obtendría un respuesta, no sabría la verdad. Mi delgada y silenciosa acompañante tiene una silueta que en la calle no me detendría a contemplar, pero que en esta casa de mobiliario ramplón y habitantes ausentes, deja de ser un rostro anónimo de la ciudad para convertirse en un lugar común del misterio Tal es la paradoja, y si las memorias de Amilamia han despertado otra vez mi apetito de imaginación seguiré las reglas del juego, agotaré las apariencia y no reposaré hasta encontrar la respuesta -quizá simple y clara, inmediata y evidente- a través de los inesperados velos que la señora del rosario tiende en mi camino. ¿Le otorgo a mi anfitriona renuente una extrañeza gratuita? Si es así, sólo gozaré más en los laberintos de mi invención. Y la moscas zumban alrededor del frutero, pero se posan sobre ese punto herido del melocotón, ese trozo mordisqueado -me acerco con el pretexto de mis notas- por unos dientecillos que han dejado su huella en la piel aterciopelada y la carne ocre de la fruta. No miro hacia donde está la señora. Finjo que sigo anotando. La fruta parece mordida pero no tocada. Me agacho para verla mejor, apoyo las manos sobre la mesa, adelanto los labios como si quisiera repetir el acto de morder sin tocar. Bajo los ojos y veo otra huella cerca de mi pies: la de dos llantas que me parecen de bicicleta, dos tiras de goma impresas sobre el piso de madera despintada que llegan hasta el filo de la mesa y luego se retiran, cada vez más débiles, a lo largo del piso, hacía donde está la señora...



Cierro mi libro de notas.



-Continuemos, señora.



Al darle la cara, la encuentro de pie con las manos sobre el respaldo de una silla Delante de ella, sentado, tose el humo de su cigarrillo negro un hombre de espaldas cargadas y mirar invisible: los ojos están escondidos por esos párpados arrugados, hinchados, gruesos y colgantes similares a un cuello de tortuga vieja, que no obstante parece seguir mis movimientos. Las mejillas mal afeitadas, hendidas por mil surcos grises, cuelgan de los pómulos salientes y las manos verdosas están escondidas entre las axilas: viste una camisa burda, azul, y su pelo revuelto semeja, por lo rizado, un fondo de barco cubierto de caramujos. No se mueve y el signo real de su existencia es ese jadeo difícil (como si la respiración debiera vencer los obstáculos de una y otra compuerta de flema, irritación, desgaste) que ya había escuchado entre los resquicios del zaguán.



Ridículamente, murmuró: -Buenas tardes... -y me dispongo a olvidarlo todo: el misterio, Amilamia, el avalúo, las pistas. La aparición de este lobo asmático justifica un pronta huida. Repito "Buenas tardes", ahora en son de despedida. La máscara de la tortuga se desbarata en una sonrisa atroz: cada poro de esa carne parece fabricado de goma quebradiza, de hule pintado y podrido. El brazo se alarga y me detiene.



-Valdivia murió hace cuatro años -dice el hombre con esa voz sofocada, lejana, situada en las entrañas y no en la laringe: una voz tipluda y débil.



Arrestado por esa garra fuerte, casi dolorosa, me digo que es inútil fingir. Los rostros de cera y caucho que me observan nada dicen y por eso puedo, a pesar de todo, fingir por última vez, inventar que me hablo a mí mismo cuando digo:



-Amilamia...



Sí: nadie habrá de fingir más. El puño que aprieta mi brazo afirma su fuerza sólo por un instante, en seguida afloja y al fin cae, débil y tembloroso, antes de levantarse y tomar la mano de cera que le tocaba el hombro: la señora, perpleja por primera vez, me mira con los ojos de un ave violada y llora con un gemido seco que no logra descomponer el azoro rígido de sus facciones. Los ogros de mi invención, súbitamente, son dos viejos solitarios, abandonados, heridos, que apenas pueden confortarse al unir sus manos con un estremecimiento que me llena de vergüenza. La fantasía me trajo hasta este comedor desnudo para violar la intimidad y el secreto de dos seres expulsados de la vida por algo que yo no tenía el derecho de compartir. Nunca me he despreciado tanto. Nunca me han faltado las palabras de manera tan burda. Cualquier gesto es vano: ¿voy a acercarme, voy a tocarlos, voy a acariciar la cabeza de la señora, voy a pedir excusas por mi intromisión? Me guardo el libro de notas en la bolsa del saco. Arrojo al olvido todas las pistas de mi historia policial: la revista de dibujos, el lápiz labial, la fruta mordida, las huellas de la bicicleta, el delantal de cuadros azules... Decido salir de esta casa sin decir nada. El viejo, detrás de los párpados gruesos, ha debido fijarse en mí. El resuello tipludo me dice:



-¿Usted la conoció?



Ese pasado tan natural, que ellos deben usar a diario, acaba por destruir mis ilusiones. Allí está la respuesta. Usted la conoció. ¿Cuántos años? ¿Cuántos años habrá vivido el mundo sin Amilamia, asesinada primero por mi olvido, resucitada, apenas ayer, por una triste memoria impotente? ¿Cuándo dejaron esos ojos grises y serios de asombrarse con el deleite de un jardín siempre solitario? ¿Cuándo esos labios de hacer pucheros o de adelgazarse en aquella seriedad ceremoniosa con la que, ahora me doy cuenta, Amilamia descubría y consagraba las cosas de una vida que, acaso, intuía fugaz?



-Sí, jugamos juntos en el parque. Hace mucho.



-¿Qué edad tenía ella? -dice, con la voz aún más apagada, el viejo.



-Tendría siete años. Sí, no más de siete.



La voz de la mujer se levanta, junto con los brazos que parecen implorar:



-¿Cómo era, señor? Díganos cómo era, por favor...



Cierro los ojos. -Amilamia también es mi recuerdo. Sólo podría compararla a las cosas que ella tocaba, traía y descubría en el parque. Sí. Ahora la veo, bajando por la loma. No, no es cierto que sea apenas una elevación de zacate. Era una colina de hierba y Amilamia había trazado un sendero con sus idas y venidas y me saludaba desde lo alto antes de bajar, acompañada por la música, sí, la música de mis ojos, las pinturas de mi olfato, los sabores de mi oído, los olores de mi tacto... mi alucinación... ¿me escuchan?... bajaba saludando, vestida de blanco, con un delantal de cuadros azules... el que ustedes tienen tendido en la azotea...



Toman mis brazos y no abro los ojos.



-¿Cómo era, señor?



-Tenía los ojos grises y el color del pelo le cambiaba con los reflejos del sol y la sombra de los árboles...



Me conducen suavemente, los dos; escucho el resuello del hombre, el golpe de la cruz del rosario contra el cuerpo de la mujer...



-Díganos, por favor...



-El aire la hacía llorar cuando corría; llegaba hasta mi banca con las mejillas plateadas por un llanto alegre...



No abro los ojos. Ahora subimos. Dos, cinco, ocho, nueve, doce peldaños. Cuatro manos guían mi cuerpo.



-¿Cómo era, cómo era?



-Se sentaba bajo los eucaliptos y hacía trenzas con las ramas y fingía el llanto para que yo dejara mi lectura y me acercara a ella.



Los goznes rechinan. El olor lo mata todo: dispersa los demás sentidos, toma asiento como un mogol amarillo en el trono de mi alucinación, pesado como un cofre, insinuante como el crujir de una seda drapeada, ornamentado como un cetro turco, opaco como una veta honda y perdida, brillante como una estrella muerta. Las manos me sueltan. Más que el llanto, es el temblor de los viejos lo que me rodea. Abro lentamente los ojos: dejo que el mareo líquido de mi córnea primero, en seguida la red de mis pestañas, descubran el aposento sofocado por esa enorme batalla de perfumes, de vahos y escarchas de pétalos casi encarnados, tal es la presencia de las flores que aquí, sin duda, poseen una piel viviente: dulzura del jaramago, náusea del ásaro, tumba del nardo, templo de la gardenia: la pequeña recámara sin ventanas, iluminada por las uñas incandescentes de los pesados cirios chisporroteantes, introduce su rastro de cera y flores húmedas hasta el centro del plexo y sólo de allí, del sol de la vida, es posible revivir para contemplar, detrás de los cirios y entre las flores dispersas, el cúmulo de juguetes usados, los aros de colores y los globos arrugados, sin aire, viejas ciruelas transparentes; los caballos de madera con las crines destrozadas, los patines del diablo, las muñecas despelucadas y ciegas, los osos vaciados de serrín, los patos de hule perforado, los perros devorados por la polilla, las cuerdas de saltar roldas, los jarrones de vidrio repletos de dulces secos, los zapatitos gastados, el triciclo -¿tres ruedas?; no; dos; y no de bicicleta; dos ruedas paralelas, abajo-, los zapatitos de cuero y estambre; y al frente, al alcance de mi mano, el pequeño féretro levantado sobre cajones azules decorados con flores de papel, esta vez flores de la vida, claveles y girasoles, amapolas y tulipanes, pero como aquéllas, las de la muerte, parte de un asativo que cocía todos los elementos de este invernadero funeral en el que reposa, dentro del féretro plateado y entre las sábanas de seda negra y junto al acolchado de raso blanco, ese rostro inmóvil y sereno, enmarcado por una cofia de encaje, dibujado con tintes de color de rosa: cejas que el más leve pincel trazó, párpados cerrados, pestañas reales, gruesas, que arrojan una sombra tenue sobre las mejillas tan saludables como en los días del parque. Labios serios, rojos, casi en el puchero de Amilamia cuando fingía un enojo para que yo me acercara a jugar. Manos unidas sobre el pecho. Una camándula, idéntica a la de la madre, estrangulando ese cuello de pasta. Mortaja blanca y pequeña del cuerpo impúber, limpio, dócil.



Los viejos se han hincado, sollozando.



Yo alargo la mano y rozo con los dedos el rostro de porcelana de mi amiga. Siento el frío de esas facciones dibujadas, de la muñeca-reina que preside los fastos de esta cámara real de la muerte. Porcelana, pasta y algodón. Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo.



Aparto los dedos del falso cadáver. Mis huellas digitales quedan sobre la tez de la muñeca.



Y la náusea se insinúa en mi estómago, depósito del humo de los cirios y la peste del ásaro en el cuarto encerrado. Doy la espalda al túmulo de Amilamia. La mano de la señora toca mi brazo. Sus ojos desorbitados no hacen temblar la voz apagada:



-No vuelva, señor. Si de veras la quiso, no vuelva más.



Toco la mano de la madre de Amilamia, veo con los ojos mareados la cabeza del viejo, hundida entre sus rodillas, y salgo del aposento a la escalera, a la sala, al patio, a la calle.





V



Si no un año, sí han pasado nueve o diez meses. La memoria de aquella idolatría ha dejado de espantarme. He perdido el olor de las flores y la imagen de la muñeca helada. La verdadera Amilamia ya regresó a mi recuerdo y me he sentido, si no contento, sano otra vez: el parque, la niña viva, mis horas de lectura adolescente, han vencido a los espectros de un culto enfermo. La imagen de la vida es más poderosa que la otra. Me digo que viviré para siempre con mi verdadera Amilamia, vencedora de la caricatura de la muerte. Y un día me atrevo a repasar aquel cuaderno de hojas cuadriculadas donde apunté los datos falsos del avalúo. Y de sus páginas, otra vez, cae la tarjeta de Amilamia con su terrible caligrafía infantil y su plano para ir del parque a la casa. Sonrío al recogerla. Muerdo uno de los bordes, pensando que los pobres viejos, a pesar de todo, aceptarían este regalo.



Me pongo el saco y me anudo la corbata, chiflando. ¿Por qué no visitarlos y ofrecerles ese papel con la letra de la niña?



Me acerco corriendo a la casa de un piso. La lluvia comienza a caer en gotones aislados que hacen surgir de la tierra, con una inmediatez mágica, ese olor de bendición mojada que parece remover los humus y precipitar las fermentaciones de todo lo que existe con una raíz en el polvo.



Toco el timbre. El aguacero arrecia e insisto. Una voz chillona grita: ¡Voy!, y espero que la figura de la madre, con su eterno rosario, me reciba. Me levanto las solapas del saco. También mi ropa, mi cuerpo, transforman su olor al contacto con la lluvia. La puerta se abre.



-¿Qué quiere usted? ¡Qué bueno que vino!



Sobre la silla de ruedas, esa muchacha contrahecha detiene una mano sobre la perilla y me sonríe con una mueca inasible. La joroba del pecho convierte el vestido en una cortina del cuerpo: un trapo blanco al que, sin embargo, da un aire de coquetería el delantal de cuadros azules. La pequeña mujer extrae de la bolsa del delantal una cajetilla de cigarros y enciende uno con rapidez, manchando el cabo con los labios pintados de color naranja. El humo le hace guiñar los hermosos ojos grises. Se arregla el pelo cobrizo, apajado, peinado a la permanente, sin dejar de mirarme con un aire inquisitivo y desolado, pero también anhelante, ahora miedoso.



-No, Carlos. Vete. No vuelvas más.



Y desde la casa escucho, al mismo tiempo, el resuello tipludo del viejo, cada vez más cerca:



-¿Dónde estás? ¿No sabes que no debes contestar las llamadas? ¡Regresa! ¡Engendro del demonio! ¿Quieres que te azote otra vez?



Y el agua de la lluvia me escurre por la frente, por las mejillas, por la boca, y las pequeñas manos asustadas dejan caer sobre las losas húmedas la revista de historietas.

Thursday, May 03, 2012

Arturo Sodoma: Musa siglo 21 Fin del mundo


Musa siglo 21

Fin del mundo
para Olivia Marie


Naciste el último sueño que tuvo Janis
El 4 de octubre de 1970 a la una dos puntos cuarenta y cinco
Naciste de la jeringa que se encontraba en el piso
Y de su aliento a otoños congelados
Naciste el día en que la guitarra dejo de ser tocada por la fe
De un Yunkie y desde entonces no escuchamos Cry baby

Naciste cuando Grace Slick cantaba White Rabbit en Woodstock
Ella observó a su alrededor y las amapolas se retorcían
Giraban como galaxias que buscan un universo
Naciste de una galaxia
de un sol que en ese momento estalló y se convirtió en luces
y por eso tus brazos alcanzan el horizonte

Naciste la noche en que le patearon el cráneo a Stuart
Cuando iba saliendo del Litherland Town Hall
Después de eso ya no quiso ser un Beatle
Y se dedicó a pintar hemorragias cerebrales
Antes de morir por los golpes de su último concierto
Te hizo un retrato
es él con la cabeza abierta y tú sales de ella
Como un hada que sale de una orquídea negra
El cuadro lo tengo en la sala
Y a diario le pongo flores blancas
Las azucenas son para él y las nomeolvides son para ti

Abriste los ojos cuando Joy Division tocó por primera vez
Love Will Tear Us Apart
Ian Curtis debería seguir vivo
Como vive el hambre la epilepsia
La depresión la agorafobia
Ian debería de estar tocando tus muslos para que sintiera
Lo que es el calor de las fogatas que consumen al invierno

Abriste los ojos cuando el mar el rio la noche
El cielo la estrella polar se fundieron
Y es por eso que tienes la mirada
De los motociclistas que se tiran del Everest
Con sus llantas de fuego

Mirada que se convierte en luciérnaga y se aparea
Entre los dedos y las cuerdas de la guitarra de Santana

Mujer de magia negra dame la mano
Y caminemos por la playa
En donde los pescadores
Dejan las osamentas de las mantarrayas
Que emigran hacia el cielo
Como si fueran papalotes eléctricos
Guiados por la mente
De un niño autista

Musa siglo veintiuno

Eiti Leda Eiti Leda Eiti Leda
Repetir cien veces Eiti Leda Eiti Leda
Suena al tono de las campanas oxidadas
Cuando son tocadas a media noche
El día de todos los santos
Eiti Leda
Con esa gran inversión de notas giramos en el universo
Como lo hacen los dioses
En sus orgias de revelaciones apocalípticas
Y al acabar la música
Somos dos piedras en construcción mojadas
Que apuntan para el cielo
Como si fuéramos las últimas torres de babel
Y es entonces que la ciudad se nos mea de risa
nena

musa siglo XXI

Lloraste
Lloré
Lloramos
Cuando Courtney Love
Le puso una escopeta en la boca
llena de sombras y de ácidos a Cobain
desde entonces no creemos en diosas paganas
sólo en Eloise en Angie y en Amy
que se fue a vivir a otro planeta
la hora en que los bebés chupan los senos
de la oscuridad

musa siglo veinte 1

así fue cómo crecimos
pero ¿cómo moriremos?

Hoy en la mañana el ordenador me dijo que era un niño asustado
Y es verdad
Me asustan los trenes bala
Los rayos laser de los satélites perdidos en la atmosfera
Estoy asustado porque en vez de manos tenemos cables
Y nuestras antenas no saben descifrar los mensajes
De los mesías futuristas
Porque la comida enlatada
Que compro en el supermercado dice
Consúmase antes del fin del mundo
Y el fin del mundo es hoy y es mañana
Es a las doce del día y a las tres de la madrugada
El fin del mundo
Right Here Right Now
Right now
Right now
Fin del mundo
Caduca todo lo que hacemos
Caducan los medicamentos
Los registros de embriones
Los clones
¿Nuestro amor tiene caducidad?
Iggy Pop Iggy Pop tiene una novia nazi que habla francés
Yo tengo tus ojos con los cual veré caer un asteroide lleno de soles
Lunas de gusanos que comerán los hijos de nuestros hijos
y las manitas de las muñecas de porcelana
Con tus ojos veré la Antártida desaparecer
y convertirse en cubo de hielo
en un vaso de licor de menta.

Con tus ojos de mar Caribe veré el desierto
Ahí donde los elefantes dejan huesos
Ahí donde es el cementerio de los ángeles que cayeron en 1914
Ahí se encuentran los dedos de Jimmy Page y la voz de Morrisey
Cuando canto Suedehead en la bañera de su departamento

Musa siglo dos uno

Fin del mundo y de nuestros aviones
De los electroshoks y del ántrax
Fin del chat
Y de la webcam por donde veo tu sonrisa
Que es un conjunto de estrellas que cantan
Under pressure y Freddie revive y estalla
Por la red para que todas las pantallas
Sean un arcoíris que adelgaza el miedo
Que nos proyecta los misiles dormidos
De los hombres claroscuros

Fin del mundo Musa siglo 21

Fin de las fuerzas armadas
Y de los sicarios que cargan en el pecho a la santa muerte
Fin de la santa muerte
Fin de los castillos y de las almas ultrajadas
Que fueron fornicadas por los pederastas católicos
Fin de los retablos y de las iglesias
De los inquisidores y de los monopolios
De los sabios y de los cheques al portador
De los cínicos y de los balas perdidas que no se aprendieron el camino

Nena me enamoré de ti el día
en que mis ojos que son dos cuervos
cantaron black bird a tus oídos
que son las teclas en llamas de Ray Manzarek
me enamoré de tus lunes felices cuando mis domingos
son perros encadenados enfermos de cáncer
me enamoré de tu noche tibia y Lucerna
cuando mis noches son de 9 grados Richter
me enamoré de ti y my heart dice:
All I wanna do is make love to you
Quiero hacer que el mundo cambie que gire para otro lado
Quiero hacer un calendario donde no existan los domingos
Quiero un mundo sin arrodillados
Quiero hacerte el amor en el vientre de la mujer dormida
O en los bosques de las mariposas monarcas
Hacerte el amor
Eso quiero mientras se acaba el mundo
De un martillazo o de un pestañeo
My heart quiero eso
Pero qué dijo tu corazón el 3 de abril
Cuándo supo que las nubes que respiramos son en verdad
El humo de los ferrocarriles que fueron olvidados
Por nuestros bisabuelos al norte de la revolución

Qué dijo tu corazón cuando pasó una estrella fugaz
Detrás de tu cabello y yo me quedé pálido y roto
Dime qué dijo tu corazón el tres de abril a las cero dos puntos cero cero
Dímelo ahora que el fin del mundo está a la vuelta del patio
Es el fin de los rolex y de las manecillas
Con brazos de Mickey Mouse
EL FIN DE LA CHINGADA
El fin de los alienígenas

Armagedón viene en capsulas de cianuro
Armagedón viene en diluvio y se puede comprar por internet
Armagedón viene en tachas y en virus mutantes traídos de marte

Dime que dice tu corazón
Ahora que los rascacielos se derrumban
Y todas las noches hay fiestas con pastel intoxicado
En los barrios pobres

Dime porque Armagedón viene como si fuera una gran dona
De las que come Homero
Armagedón viene a diabetizarrnos
A quitarnos el aliento
A destruir nuestras cámaras de gas
A contaminar nuestras ciudades contaminadas
Armagedón no perdonará a nadie

Por eso dime qué dijo tu corazón el tres de abril a las cero dos puntos
Cero cero cuándo un niño asustado se acercó a ti y te dijo (DOS PUNTOS VERTICALES)
Te doy un pedazo de mi alma
La mitad de mi rostro
El escorpión que me hiere la espalda
Te doy el fin del mundo
Y sonreíste
Enseñaste tus dientes como lo hacen los robots cuando mueren
Tu boca tenía la forma de una sandía partida a la mitad

Musa siglo XXI

Armagedón viene hoy o mañana
Viene a cobrarnos la respiración
Y Gustavo Cerati no se dará cuenta
Que alguien lo despierte antes de que pase el temblor
Antes de que ya no existan guitarras eléctricas ni primavera cero
Antes de que la luz se disipe en el ojo de un gorrión
Antes que la guerra sea un recuerdo
De un anciano con las piernas amputadas
Que alguien lo despierte
Antes que mi voz que es una naranja en el suelo
Sea pisada por un adolescente drogado
Que se gana la vida con la venta de biblias en la calle

Musa el fin nos alcanza
Ya no podremos utilizar los elevadores del world trade center
No podremos escupir desde el último piso
Y que nuestra baba le caiga a un ciego
Y que piense que la temporada de lluvias
Se ha adelantado

No podremos ser tsunamis ni ríos
Que desbordan su lujuria
En aldeas primitivas
No podremos hacer dibujitos en las cavernas
No podremos gritar
No podremos gritar
No podremos gritar

Armagedón
Fin del mundo
Apocalipsis

Miss Musa siglo 21

No podremos callar
No podremos callar
No podremos callar

Abrázame ahora
Y termina con todo
Terminemos de una vez con los sabios
Con las secretarias de educación
Con el informe presidencial
Con las naves ovnis
Acabemos con el fin del mundo

Pero antes de que mis oídos se cierren
Dime que te dijo el corazón el 3 de abril
A las cero dos puntos cero uno
Cuando mi boca que en ese momento
Era una tormenta de pétalos
Quiso empapar tus labios
Que en ese momento eran
Unos archipiélagos desnudos en el universo

Por cierto de una consola vieja
Sonaba Learning to fly

Volaste y yo era las plumas
Que habitaban tu dorso
Un 3 de abril
En ese vuelo supimos del fin del mundo
Y ahora esperamos que eso pase
Yo recargado a tus sueños
Y tú abrazada a mi memoria

Pero si no acaba el mundo
Si Armagedón no viene con sus colmillos
Que será de nosotros los que creímos
En el apocalipsis now
Que será de nosotros y de nuestros hijos que creyeron
En las historias que a diario cuentan en las calles
Que será de nosotros si morimos antes de que se acabe el mundo
Por ahora sólo dame un beso
Un beso que acabe con mi sed
Que acabe con los nervios que me explotan en medio de la plaza principal
Que acabe con las monjas y con las pesadillas de los difuntos
Solo dame un beso
y lancemos nuestra última granada al vientre de la tierra