Wednesday, December 08, 2010

Nocturnos de Xavier Villaurrutia



N O C T U R N O S












Burned in a sea of ice, and drowned amidst a fire



Michael Drayton






NOCTURNO








TODO lo que la noche



dibuja con su mano



de sombra:



el placer que revela,



el vicio que desnuda.







Todo lo que la sombra



hace oír con el duro



golpe de su silencio:



las voces imprevistas



que a intervalos enciende,



el grito de la sangre,



el rumor de unos pasos



perdidos.







Todo lo que el silencio



hace huir de las cosas:



el vaho del deseo,



el sudor de la tierra,



la fragancia sin nombre



de la piel.







Todo lo que el deseo



unta en mis labios:



la dulzura soñada



de un contacto,



el sabido sabor



de la saliva.







Y todo lo que el sueño



hace palpable:



la boca de una herida,



la forma de una extraña,



la fiebre de una mano



que se atreve.







¡Todo!



circula en cada rama



del árbol de mis venas,



acaricia mis muslos,



inunda mis oídos,



vive en mis ojos muertos,



muerte en mis labios duros.



















NOCTURNO MIEDO







TODO en la noche vive una duda secreta:



el silencio y el ruido, el tiempo y el lugar.



inmóviles dormimos o despiertos sonámbulos



nada podemos contra la secreta ansiedad.







Y no basta cerrar los ojos en la sombra



ni hundirlos en el sueño para ya no mirar,



porque en la dura sombra y en la gruta del sueño



la misma luz nocturna nos vuelve a desvelar.







Entonces, con el paso de un dormido despierto,



sin rumbo y sin objeto nos echamos a andar.



La noche vierte sobre nosotros su misterio,



y algo nos dice que morir es despertar.







¿Y quién entre las sombras de una calle desierta,



en el muro, lívido espejo de soledad,



no se ha visto pasar o venir a su encuentro



y no ha sentido miedo, angustia, duda mortal?







El miedo de no ser sino un cuerpo vacío



que alguien, yo mismo o cualquier otro, puede ocupar,



y la angustia de verse fuera de sí, viviendo,



y la duda de ser o no ser realidad.























NOCTURNO GRITO







TENGO miedo de mi voz



y busco mi sombra en vano.







¿Será mía aquella sombra



sin cuerpo que va pasando?



¿Y mía la voz perdida



que va la calle incendiando?







¿Qué voz, qué sombra, qué sueño



despierto que no he soñado



serán la voz y la sombra



y el sueño que me han robado?







Para oír brotar la sangre



de mi corazón cerrado,



¿Pondré la oreja en mi pecho



como en el pulso la mano?







Mi pecho estará vacío



y yo descorazonado



y serán mis manos duros



pulsos de mármol helado.























NOCTURNO DE LA ESTATUA



A Agustín Lazo







SOÑAR, soñar la noche, la calle, la escalera



Y el grito de la estatua desdoblando la esquina.



Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,



querer tocar el grito y solo hallar el eco,



querer asir el eco y encontrar sólo el muro



y correr hacie el muro y tocar un espejo.



hallar en el espejo la estatua asesinada,



sacarla de la sangre de su sombra,



vestirla en un cerrar de ojos,



acariciarla como a una hermana imprevista



y jugar con las fichas de sus dedos



y contar a su oreja cien veces cien cien veces



hasta oírla decir: “estoy muerta de sueño”.



















NOCTURNO EN QUE NADA SE OYE







EN MEDIO de un silencio desierto como la calle antes del crimen



sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte



en esta soledad sin paredes



al tiempo que huyeron los ángulos



en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre



para salir en un momento tan lento



en un interminable descenso



son brazos que tender



sin dedos para alcanzar la escala que cae de un piano invisible



sin más que una mirada y una voz



que no recuerdan haber salido de ojos y labios



¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?



Y mi voz ya no es mía



dentro del agua que no moja



dentro del aire de vidrio



dentro del fuego lívido que corta como el grito



y en el juego angustioso de un espejo frente a otro



cae mi voz



y mi voz que madura



y mi voz quemadura



y mi bosque madura



y mi voz quema dura



como el hielo de vidrio



como el grito de hielo



aquí en el caracol de la oreja



el latido de un mar en el que no sé nada



en el que no se nada



porque he dejado pies y brazos en la orilla



siento caer fuera de mí la red de mis nervios



mas huye todo como el pez que se da cuenta



hasta ciento en el pulso de mis sienes



muda telegrafía a la que nadie responde



porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.























NOCTURNO SUEÑO



A Jules Supervielle







ABRÍA las salas



profundas el sueño



y voces delgadas



corrientes de aire



entraban







Del barco del cielo



del papel pautado



caía la escala



por donde mi cuerpo



bajaba







El cielo en el suelo



como un espejo



la calle azogada



dobló mis palabras







Me robó mi sombra



la sombra cerrada



quieto de silencio



oí que mis pasos



pasaban







El frío de acero



a mi mano ciega



armó con su daga



para darme muerte



la muerte esperaba







Y al doblar la esquina



un segundo largo



mi mano acerada



encontró mi espalda







Sin gota de sangre



sin ruido ni peso



a mis pies clavados



vino a dar mi cuerpo







Lo tomé en los brazos



lo llevé a mi lecho







Cerraba las alas



profundas el sueño



















NOCTURNO PRESO







Prisionero de mi frente



el sueño quiere escapar



y fuera de mí probar



a todos que es inocente.



Oigo su voz impaciente,



miro su gesto y su estado



amenazador y airado.



No sabe que soy el sueño



de otro: si fuera su dueño



ya lo habría liberado.























NOCTURNO AMOR







A Manuel Rodríguez Lozano







EL QUE nada se oye en esta alberca de sombra



o sé cómo mis brazos no se hieren



en tu respiración sigo la angustia del crimen



y caes en la red que tiende el sueño



guardas el nombre de tu cómplice en los ojos



pero encuentro tus párpados más duros que el silencio



y antes que compartirlo matarías el goce



de entregarte en el sueño con los ojos cerrados



sufro al sentir la dicha con que tu cuerpo busca



el cuerpo que te vence más que el sueño



y comparo la fiebre de tus manos



con mis manos de hielo



y el temblor de tus sienes con mi pulso perdido



y el yeso de mis muslos con la piel de los tuyos



que la sombra corroe con su lepra incurable



Ya sé cuál es el sexo de tu boca



y lo que guarda la avaricia de tu axila



y maldigo el rumor que inunda el laberinto de tu oreja



Sobre la almohada de espuma



sobre la dura página de nieve



no la sangre que huyó de mí como del arco huye la flecha



sino la cólera circula por mis arterias



amarilla de incendio en mitad de la noche



y todas las palabras en la prisión de la boca



Y una sed que en el agua del espejo



sacia su sed con una sed idéntica



de qué noche despierto a esta desnuda



noche larga y cruel noche que ya no es noche



junto a tu cuerpo más muerto que muerto



que no es tu cuerpo ya sino su hueco



porque la ausencia de tu sueño ha matado a la muerte



y es tan grande mi frío que con un calor nuevo



abre mis ojos donde la sombra es más dura



y más clara y más luz que la luz misma



y resucita en mí lo que no ha sido



y es un dolor inesperado y aún más frío y más feugo



no ser sino la estatua que despierta



en la alcoba de un mundo en el que todo ha muerto.























NOCTURNO SOLO







SOLEDAD, aburrimiento,



vano silencio profundo,



líquida sombra en que me hundo,



vacío del pensamiento.



y ni siquiera el acento



de una voz indefinible



que llegue hasta el imposible



rincón de un mar infinito



a iluminar con su grito



esta naufragio invisible.



















NOCTURNO ETERNO







CUANDO los hombres alzan los hombros y pasan



o cuando dejan caer sus nombres



hasta que la sombra se asombra







Cuando un polvo más fino aún que el humo



se adhiere a los cristales de la voz



y a la piel de los rostros y las cosas







Cuando los ojos cierran sus ventanas



al rayo del sol pródigo y prefieren



la ceguera al perdón y el silencio al sollozo







Cuando la vida o lo que así llamamos inútilmente



y que no llega sino con un nombre innombrable



se desnuda para saltar al lecho



y ahogarse en el alcohol o quemarse en la nieve







Cuando la vi cuando la vid cuando la vida



quiere entregarse cobardemente y a oscuras



sin decirnos siquiera el precio de su nombre







Cuando en la soledad de un cielo muerto



brillan unas estrellas olvidadas



y es tan grande el silencio del silencio



que de pronto quisiéramos que hablara







O cuando de una boca que no existe



sale un grito inaudito



que nos echa a la cara su luz viva



y se apaga y nos deja una ciega sordera







O cuando todo ha muerto



tan dura y lentamente que da miedo



alzar la voz y preguntar “quién vive”







Dudo si responder



a la muda pregunta con un grito



por temor de saber que ya no existo







Porque acaso la voz tampoco vive



sino como un recuerdo en la garganta



y no es la noche sino la ceguera



lo que llena de sombra nuestros ojos







Y porque acaso el grito es la presencia



de una palabra antigua



opaca y muda que de pronto grita







Porque vida silencio piel y boca



y soledad recuerdo cielo y humo



nada son sino sombras de palabras



que nos salen al paso de la noche



















NOCTURNO MUERTO







Primero un aire tibio y lento que me ciña



como la venda al brazo enfermo de un enfermo



y que me invada luego como el silencio frío



al cuerpo desvalido y muerto de algún muerto.







Después un ruido sordo, azul y numeroso,



preso en el caracol de mi oreja dormida



y mi voz que se ahogue en ese mar de miedo



cada vez más delgada y más enardecida.







¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento



en que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma



el corazón inmóvil como la llama fría?







La tierra hecha impalpable silencioso silencio,



la soledad opaca y la sombra ceniza



caerán sobre mis ojos y afrentarán mi frente.



















NOCTURNO







AL FIN llegó la noche con sus largos silencios,



con las húmedas sombras que todo lo amortiguan.



el más ligero ruido crece de pronto y, luego,



muere sin agonía.







El oído se aguza para ensartar un eco



lejano, o el rumor de unas voces que dejan,



al pasar, una huella de vocales perdidas.







¡Al fin llegó la noche tendiendo cenicientas



alfombras, apagando luces, ventanas últimas!







Porque el silencio alarga lentas manos de sombra.



la sombra es silenciosa, tanto que no sabemos



dónde empieza o acaba, ni si empieza o se acaba.







Y es inútil que encienda a mi lado una lámpara:



la luz hace más honda la mina del silencio



y por ella desciendo, inmóvil, de mí mismo.







Al fin llegó la noche a despertar palabras



ajenas, desusadas, propias, desvanecidas:



tinieblas, corazón, misterio, plenilunio…







¡Al fin llegó la noche, la soledad, la espera!







Porque la noche es siempre el mar de un sueño antiguo,



de un sueño hueco y frío en el que ya no queda



del mar sino los restos de un naufragio de olvidos.







Porque la noche arrastra en su baja marea



memorias angustiosas, temores, congelados,



la sed de algo que, trémulos, apuramos un día,



y la amargura de lo que ya no recordamos.







¡Al fin llegó la noche a inundar mis oídos



con una silenciosa marea inesperada,



a poner en mis ojos unos párpados muertos,



a dejar en mis manos un mensaje vacío!



















NOCTURNO EN QUE HABLA LA MUERTE







SI LA muerte hubiera venido aquí, a New Haven,



escondida en un hueco de mi ropa en la maleta,



en el bolsillo de uno de mis trajes,



entre las páginas de un libro



como la señal que ya no me recuerda nada;



si mi muerte particular estuviera esperando



una fecha, un instante que sólo ella conoce



para decirme: “Aquí estoy.



Te he seguido como la sombra



que no es posible dejar así nomás en casa;



como un poco de aire cálido e invisible



mezclado al aire duro y frío que respiras;



como el recuerdo de lo que más quieres;



como el olvido, sí, como el olvido



que has dejado caer sobre las cosas



que no quisieras recordar ahora.



Y es inútil que vuelvas la cabeza en mi busca:



estoy tan cerca que no puedes verme,



estoy fuera de ti y a un tiempo dentro.



Nada es el mar que como un dios quisiste



poner entre los dos;



nada es la tierra que los hombre miden



y por la que matan y mueren;



ni el sueño en que quisieras creer que vives



sin mí, cuando yo misma lo dibujo y lo borro;



ni los días que cuentas



una vez y otra vez a todas horas,



ni las horas que matas con orgullo



sin pensar que renacen fuera de ti.



Nada son estas cosas ni los innumerables



lazos que me tendiste,



ni las infantiles argucias con que has querido dejarme



engañada, olvidada.



Aquí estoy, ¿no me sientes?



Abre los ojos; ciérralos, si quieres.”







Y me pregunto ahora,



si nadie entró en la pieza contigua,



¿quién cerró cautelosamente la puerta?



¡Qué misteriosa fuerza de gravedad



hizo caer la hoja de papel que estaba en la mesa?



¿Por qué se instala aquí, de pronto, y sin que yo la invite,



la voz de una mujer que habla en la calle?







Y al oprimir la pluma,



algo como la sangre late y circula en ella,



y siento que las letras desiguales



que escribo ahora,



más pequeñas, más trémulas, más débiles,



ya no son de mi mano solamente.



















NOCTURNO DE LOS ÁNGELES



A Agustín J. Fink







SE DIRÍA que las calles fluyen dulcemente en la noche.



Las luces no son tan vivas que logren desvelar el secreto,



el secreto que los hombres que van y vienen conocen,



porque todos están en el secreto



y nada se ganaría con partirlo en mil pedazos



si, por el contrario, es tan dulce guardarlo



y compartirlo sólo con la persona elegida.







Si cada uno dijera en un momento dado,



en sólo una palabra, lo que piensa,



las cinco letras del DESEO formarían una enorme cicatriz luminosa,



una constelación más antigua, más viva aún que las otras.



Y esa constelación sería como un ardiente sexo



en el profundo cuerpo de la noche,



o, mejor, como los Gemelos que por vez primera en la vida



se miraran de frente, a los ojos, y se abrazaran ya para siempre.







De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres,



caminan, se detienen, prosiguen.



Cambian miradas, atreven sonrisas,



forman imprevistas parejas…







Hay recodos y bancos de sombra,



orillas de indefinibles formas profundas



y súbitos huecos de luz que ciega



y puertas que ceden a la presión más leve.







El río de la calle queda desierto un instante.



Luego parece remontar de sí mismo



deseoso de volver a empezar.



Queda un momento paralizado, mudo, anhelante



como el corazón entre dos espasmos.







Pero una nueva pulsación, un nuevo latido



arroja al río de la calle nuevos sedientos seres.



Se cruzan, se entrecruzan y suben.



Vuelan a ras de tierra.



Nadan de pie, tan milagrosamente



que nadie se atrevería a decir que no caminan.







¡Son los ángeles!



Han bajado a la tierra



por invisibles escalas.



Vienen del mar, que es el espejo del cielo,



en barcos de humo y sombra,



a fundirse y confundirse con los mortales,



a rendir sus frentes en los muslos de las mujeres,



a dejar que otras manos palpen sus cuerpos febrilmente,



y que otros cuerpos busquen los suyos hasta encontrarlos



como se encuentran al cerrarse los labios de una misma boca,



a fatigar su boca tanto tiempo inactiva,



a poner en libertad sus lenguas de fuego,



a decir las canciones, los juramentos, las malas palabras



en que los hombres concentran el antiguo misterio



de la carne, la sangre y el deseo.



Tienen nombres supuestos, divinamente sencillos.



Se llaman Dick o John, o Marvin o Louis.



En nada sino en la belleza se distinguen de los mortales.



Caminan, se detienen, prosiguen.



Cambian miradas, atreven sonrisas.



Forman imprevistas parejas.







Sonríen maliciosamente al subir en los ascensores de los hoteles



donde aún se practica el vuelo lento y vertical.



En sus cuerpos desnudos hay huellas celestiales;



signos, estrellas y letras azules.



Se dejan caer en las camas, se hunden en las almohadas



que los hacen pensar todavía un momento en las nubes.



Pero cierran los ojos para entregarse mejor a los goces de su



encarnación misteriosa,



y, cuando duermen, sueñan no con los ángeles sino con los



mortales.



Los Ángeles, California.















NOCTURNO ROSA







Yo también hablo de la rosa.



Pero mi rosa no es la rosa fría



ni la de piel de niño,



ni la rosa que gira



tan lentamente que su movimiento



es una misteriosa forma de la quietud.







No es la rosa sedienta,



ni la sangrante llaga,



ni la rosa coronada de espinas,



ni la rosa de la resurrección.







No es la rosa de pétalos desnudos,



ni la rosa encerada,



ni la llama de seda,



ni tampoco la rosa llamarada.







No es la rosa veleta,



ni la ulcera secreta,



ni la rosa puntual que da la hora,



ni la brújula rosa marinera.







No, no es la rosa rosa



sino la rosa increada,



la sumergida rosa,



la nocturna,



la rosa inmaterial,



la rosa hueca.







Es la rosa del tacto en las tinieblas,



es la rosa que avanza enardecida,



la rosa de rosadas uñas,



la rosa yema de los dedos ávidos,



la rosa digital



la rosa ciega.







Es la rosa moldura del oído,



la rosa oreja,



la espiral del ruido,



la rosa concha siempre abandonada



en la más alta espuma de la almohada.







Es la rosa encarnada de la boca,



la rosa que habla despierta



como si estuviera dormida.



Es la rosa entreabierta



de la que mana sombra,



la rosa entraña



que se pliega y expande



evocada, invocada, abocada,



es la rosa labial,



la rosa herida.







Es la rosa que abre los parpados,



la rosa vigilante, desvelada,



la rosa del insomnio desojada.







Es la rosa del humo,



la rosa de ceniza,



la negra rosa de carbón diamante



que silenciosa horada las tinieblas



y no ocupa lugar en el espacio.

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