Mater
“Madre mía, durante la noche me sentí alegre
y anduve en medio de los nobles.
Las estrellas aparecieron en los cielos…”
Tablilla II de la Epopeya de Gilgamesh
Antigua versión babilónica
La huella de la ventana se alza para estrechar al día
duermo bajo el vapor de tus manos infinitas
bajo la vela inmensa que te reclama diaria
cada vez que abro los ojos y miro
el pelo de la luna revuelto como dedos indiscretos
de una hilandera de plata,
y oigo crecer tu voz
entre las ramas del mundo
despierta como la gota
que se anida en tu cuello
cuando en silencio
miras
nacer la flor que se abre en tu vientre
eterna como la noche
y generosa
idéntica
al beso con que lo creas todo
al tacto con que el temor se acaba
y todo de una vez
vuelve y comienza
dentro de este pecho
pequeño que te nombra
.
Gustavo Enrique Orozco
Mater II
La mano que mece la cuna rige el mundo.
Peter de Vries
hay
en la vuelta que hace el dedo que cose el pantalón
una línea que viene de lejos
si te acercas al punto en que la hebra
de cualquier color pero invisible
deja caer su voz como azúcar en leche
ya la podrás oír
y al cabo de las vueltas y los nudos con que sostiene su viaje por la tela
algo como un calor en la oreja
se alza como en la taza que miras
la huella del calor
tu mano
metida en otra mano es tan pequeña
su tacto duerme como el pez en el agua
es una hoja ligera
que no se entrega nunca
al delirio o la sed de la sombras
la mano
que ha escrito estas líneas
bebió de esa sed
y vuelve
de la misma manera que la aguja o el tacto
a buscar un espacio en la tela para poder cubrir sus párpados
segundos antes
de que la noche llegue
Gustavo Enrique Orozco
Mater III
no habrá ventanas para ver al paraíso en estas líneas
ni luces que en la madrugada tejen manos para tocar el agua que amanece idéntica
reposada sin vértigo a la orilla del corte de las hojas
no habrá grillos bajo la alfombra amarilla
ni nubes que en el espejo se confundan con el pelo
no habrá colores que no sean los que hemos dado
para vestir de huella lo que tus ojos miran
despacio
como si alimentaras cada forma en cada vista
y es que estos ojos
que miran desgranarse estas palabras
una vez
dieron luz a estas letras
todo lo que en esta carta cabe
es tan sencillo como la pluma de un ave inmensamente blanca
que baja por el sueño hasta la cama
y ahí se hace de pronto el ave entera
es el espíritu de lo que no se interroga
la claridad llamada de una voz que en los millones de silencios del mundo
alguna vez hizo nacer la caricia de los párpados
y todo lo que habitaba la faz de la tierra
húmedo o pétreo
sembró su descanso en la matriz obscura de la noche
estas letras de grano
van cayendo en tu mano esta vez
como también una vez mi cabeza cayera
y encontrara esa paz y esa pluma clarísima
nada más
el espacio de la vida
en tu mano la sed
copa infinita
sacia la sombra y es habitada toda por su incendio amoroso
mi mano cede
tú colmas la mirada de oficios y pasos
la mesa de invención sin fatiga
la calma del que se acerca a la orilla del cuarto
y al abrir la cortina
mira nacer al mundo
Gustavo Enrique Orozco nació en la Ciudad de México, en el año de 1978, es egresado de la Escuela de escritores de la Sociedad General de Escritores Mexicanos, y se ha desempeñado en el ámbito editorial desde hace más de 10 años, trabajando para diferentes firmas, ha dado talleres de creación poética para jóvenes, el 28 de marzo de 2010 inauguró una exposición individual de fotografías llamada Por el arte de la amistad, en el museo virreinal de Zinacantepec, Toluca, Estado de México y recientemente ganó el XI Premio Nacional de Poesía Tinta Nueva con el libro Mitad de silencio. El Instituto Mexiquense de Cultura, publicó la edición de su obra Sonetos de la eternidad, que se hizo merecedora del premio de publicación para formar parte del catálogo de la institución.

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