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Wednesday, December 29, 2010

Extracción de la piedra de locura de Alejandra Pizarnik



Extracción de la piedra de locura de Alejandra Pizarnik
Elles, les ámes (...), sont malades et elles souffrent et nul ne leur
porte-reméde; elles sont blessées et brisées et nul ne les panse.
RUYSBROECK


La luz mala se ha avecinado y nada es cierto. Y si pienso en todo lo que leí acerca del espíritu... Cerré los ojos, vi cuerpos luminosos que giraban en la niebla, en el lugar de las ambiguas vecindades. No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de tumbas. El silencio, el silencio siempre, las monedas de oro del sueño.

Hablo como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque.

Si vieras a la que sin ti duerme en un jardín en ruinas en la memoria. Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es verdad que estoy debajo de la hierba. No sé los nombres. ¿A quién le dirás que no sabes? Te deseas otra. La otra que eres se desea otra. ¿Qué pasa en la verde alameda? Pasa que no es verde y ni siquiera hay una alameda. Y ahora juegas a ser esclava para ocultar tu corona ¿otorgada por quién? ¿quién te ha ungido? ¿quién te ha consagrado? El invisible pueblo de la memoria más vieja. Perdida por propio designio, has renunciado a tu reino por las cenizas. Quien te hace doler te recuerda antiguos homenajes. No obstante, lloras funestamente y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra a ella, tu solo privilegio. En un muro blanco dibujas las alegorías del reposo, y es siempre una reina loca que yace bajo la luna sobre la triste hierba del viejo jardín. Pero no hables de los jardines, no hables de la luna no hables de la rosa, no hables del mar. Habla de lo que sabes. Habla de lo que vibra en tu médula y hace luces y sombras en tu mirada, habla del dolor incesante de tus huesos, habla del vértigo, habla de tu respiración, de tu desolación, de tu traición. Es tan oscuro, tan en silencio el proceso a que me obligo. Oh habla del silencio.

De repente poseída por un funesto presentimiento de un viento negro que impide respirar, busqué el recuerdo de alguna alegría que me sirviera de escudo, o de arma de defensa, o aun de ataque. Parecía el Eclesiastés: busqué en todas mis memorias y nada, nada debajo de la aurora de dedos negros. Mi oficio (también en el sueño lo ejerzo) es conjurar y exorcizar. A qué hora empezó la desgracia? No quiero saber. No quiero más que un silencio para mí y las que fui, un silencio como la pequeña choza que encuentran en el bosque los niños perdidos. Y qué sé yo qué ha de ser de mí si nada rima con nada.

Te despeñas. Es el sinfín desesperante, igual y no obstante contrario a la noche de los cuerpos donde apenas un manantial cesa aparece otro que reanuda el fin de las aguas.

Sin el perdón de las aguas no puedo vivir. Sin el mármol final del cielo no puedo morir.

En ti es de noche. Pronto asistirás al animoso encabritarse del animal que eres. Corazón de la noche, habla.

Haberse muerto en quien se era y en quien se amaba, haberse y no haberse dado vuelta como un cielo tormentoso y celeste al mismo tiempo.

Hubiese querido más que esto y a la vez nada.

Va y viene diciéndose solo en solitario vaivén. Un perderse gota a gota el sentido de los días. Señuelos de conceptos. Trampas de vocales. La razón me muestra la salida del escenario donde levantaron una iglesia bajo la lluvia: la mujer-loba deposita a su vástago en el umbral y huye. Hay una luz tristísima de cirios acechados por un soplo maligno. Llora la niña loba. Ningún dormido la oye. Todas las pestes y las plagas para los que duermen en paz.

Esta voz ávida venida de antiguos plañidos. Ingenuamente existes, te disfrazas de pequeña asesina, te das miedo frente al espejo. Hundirme en la tierra y que la tierra se cierre sobre mí. Éxtasis innoble. Tú sabes que te han humillado hasta cuando te mostraban el sol. Tú sabes que nunca sabrás defenderte, que sólo deseas presentarles el trofeo, quiero decir tu cadáver, y que se lo coman y se lo beban.

Las moradas del consuelo, la consagración de la inocencia, la alegría inadjetivable del cuerpo.

Si de pronto una pintura se anima y el niño florentino que miras ardientemente extiende una mano y te invita a permanecer a su lado en la terrible dicha de ser un objeto a mirar y admirar. No (dije), para ser dos hay que ser distintos. Yo estoy fuera del marco pero el modo de ofrendarse es el mismo.

Briznas, muñecos sin cabeza, yo me llamo, yo me llamo toda la noche. Y en mi sueño un carromato de circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes. Un momento antes, con bellísimos atavíos y parches negros en el ojo, los capitanes saltaban de un bergantín a otro como olas, hermosos como soles.

De manera que soñé capitanes y ataúdes de colores deliciosos y ahora tengo miedo a causa de todas las cosas que guardo, no un cofre de piratas, no un tesoro bien enterrado, sino cuantas cosas en movimiento, cuantas pequeñas figuras azules y doradas gesticulan y danzan (pero decir no dicen), y luego está el espacio negro -déjate caer, déjate caer-, umbral de la más alta inocencia o tal vez tan sólo de la locura. Comprendo mi miedo a una rebelión de las pequeñas figuras azules y doradas. Alma partida, alma compartida, he vagado y errado tanto para fundar uniones con el niño pintado en tanto que objeto a contemplar, y no obstante, luego de analizar los colores y las formas, me encontré haciendo el amor con un muchacho viviente en el mismo momento que el del cuadro se desnudaba y me poseía detrás de mis párpados cerrados.

Sonríe y yo soy una minúscula marioneta rosa con un paraguas celeste yo entro por su sonrisa yo hago mi casita en su lengua yo habito en la palma de su mano cierra sus dedos un polvo dorado un poco de sangre adiós oh adiós.

Como una voz no lejos de la noche arde el fuego más exacto. Sin piel ni huesos andan los animales por el bosque hecho cenizas. Una vez el canto de un solo pájaro te había aproximado al calor más agudo. Mares y diademas, mares y serpientes. Por favor, mira cómo la pequeña calavera de perro suspendida del cielo raso pintado de azul se balancea con hojas secas que tiemblan en torno de ella. Grietas y agujeros en mi persona escapada de un incendio. Escribir es buscar en el tumulto de los quemados el hueso del brazo que corresponda al hueso de la pierna. Miserable mixtura. Yo restauro, yo reconstruyo, yo ando así de rodeada de muerte. Y es sin gracia, sin aureola, sin tregua. Y esa voz, esa elegía a una causa primera: un grito, un soplo, un respirar entre dioses. Yo relato mi víspera, ¿Y qué puedes tú? Sales de tu guarida y no entiendes. Vuelves a ella y ya no importa entender o no. Vuelves a salir y no entiendes. No hay por donde respirar y tú hablas del soplo de los dioses.

No me hables del sol porque me moriría. Llévame como a una princesita ciega, como cuando lenta y cuidadosamente se hace el otoño en un jardín.

Vendrás a mí con tu voz apenas coloreada por un acento que me hará evocar una puerta abierta, con la sombra de un pájaro de bello nombre, con lo que esa sombra deja en la memoria, con lo que permanece cuando avientan las cenizas de una joven muerta, con los trazos que duran en la hoja después de haber borrado un dibujo que representaba una casa, un árbol, el sol y un animal.

Si no vino es porque no vino. Es como hacer el otoño. Nada esperabas de su venida. Todo lo esperabas. Vida de tu sombra ¿qué quieres? Un transcurrir de fiesta delirante, un lenguaje sin límites, un naufragio en tus propias aguas, oh avara.

Cada hora, cada día, yo quisiera no tener que hablar. Figuras de cera los otros y sobre todo yo, que soy más otra que ellos. Nada pretendo en este poema si no es desanudar mi garganta.

Rápido, tu voz más oculta. Se transmuta, te transmite. Tanto que hacer y yo me deshago. Te excomulgan de ti. Sufro, luego no sé. En el sueño el rey moría de amor por mí. Aquí, pequeña mendiga, te inmunizan. (Y aún tienes cara de niña; varios años más y no les caerás en gracia ni a los perros.)

mi cuerpo se abría al conocimiento de mi estar
y de mi ser confusos y difusos
mi cuerpo vibraba y respiraba
según un canto ahora olvidado
yo no era aún la fugitiva de la música
yo sabía el lugar del tiempo
y el tiempo del lugar
en el amor yo me abría
y ritmaba los viejos gestos de la amante
heredera de la visión
de un jardín prohibido

La que soñó, la que fue soñada. Paisajes prodigiosos para la infancia más fiel. A falta de eso -que no es mucho-, la voz que injuria tiene razón.

La tenebrosa luminosidad de los sueños ahogados. Agua dolorosa.

El sueño demasiado tarde, los caballos blancos demasiado tarde, el haberme ido con una melodía demasiado tarde. La melodía pulsaba mi corazón y yo lloré la pérdida de mi único bien, alguien me vio llorando en el sueño y yo expliqué (dentro de lo posible), mediante palabras simples (dentro de lo posible), palabras buenas y seguras (dentro de lo posible). Me adueñé de mi persona, la arranqué del hermoso delirio, la anonadé a fin de serenar el terror que alguien tenía a que me muriera en su casa.

¿Y yo? ¿A cuántos he salvado yo?

El haberme prosternado ante el sufrimiento de los demás, el haberme acallado en honor de los demás.

Retrocedía mi roja violencia elemental. El sexo a flor de corazón, la vía del éxtasis entre las piernas. Mi violencia de vientos rojos y de vientos negros. Las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo y en los sueños.

Puertas del corazón, perro apaleado, veo un templo, tiemblo, ¿qué pasa? No pasa. Yo presentía una escritura total. El animal palpitaba en mis brazos con rumores de órganos vivos, calor, corazón, respiración, todo musical y silencioso al mismo tiempo. ¿Qué significa traducirse en palabras? Y los proyectos de perfección a largo plazo; medir cada día la probable elevación de mi espíritu, la desaparición de mis faltas gramaticales. Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar. La luz, el vino prohibido, los vértigos, ¿para quién escribes? Ruinas de un templo olvidado. Si celebrar fuera posible.

Visión enlutada, desgarrada, de un jardín con estatuas rotas. Al filo de la madrugada los huesos te dolían. Tú te desgarras. Te lo prevengo y te lo previne. Tú te desarmas. Te lo digo, te lo dije. Tú te desnudas. Te desposees. Te desunes. Te lo predije. De pronto se deshizo: ningún nacimiento. Te llevas, te sobrellevas. Solamente tú sabes de este ritmo quebrantado. Ahora tus despojos, recogerlos uno a uno, gran hastío, en dónde dejarlos. De haberla tenido cerca, hubiese vendido mi alma a cambio de invisibilizarme. Ebria de mí, de la música, de los poemas, por qué no dije del agujero de ausencia. En un himno harapiento rodaba el llanto por mi cara. ¿Y por qué no dicen algo? ¿Y para qué este gran silencio?


De: Extracción de la piedra de locura

ALEJANDRA PIZARNIK

Sunday, December 12, 2010

¡La fotógrafa y modelo Yamina del Real se une a la Cosme Funk Raising Blues Band!

Pasamos ahora al LADO B de nuestro Álbum Cósmeco. La voz que escuchamos al principio es la de Yamina del Real, quien dona una de sus fotografías más inquietantes: La Patria.



La canción dice que La Patria se rifará entre 20 personas (sólo veinte personas). Cada boleto cuesta 100 pesos.

Yamina del Real

Entonces, deposita tus 100 pesos a la cuenta de Cosme y envía un mensaje a bastaturostro@gmail.com, en el que deberás indicarnos: Deposité 100 pesos para obtener un boleto para la rifa de la fotografía de Yamina. ¿Listos? ¡Va! Depositen ya, en este momento, sus 100 pesos en la siguiente cuenta:

HSBC

Número de cuenta: 4036695914
CLABE: 021743040366959146
Código Swift (código de ruta):BIMEMXMM

 Si tenemos la suerte de recibir más de 20 depósitos, entregaremos el siguiente regalo a quienes queden fuera de concurso: ¡Una limpieza dental con el doctor Julián Carlos en la colonia Nápoles (sólo hay que llevar 50 pesos para el material de limpieza –incluye pasta y cepillo nuevos). O puede suceder que haya un listo o una lista que deposite 2 mil pesos y mande un mensaje: ¡Ya me los madrugué! Denme mi foto y déjense de rifitas.
 A ver, ¿sí entendiste? ¡Puedes llevarte una fotografía firmada de Yamina del Real!

NOTICIA DE ÚLTIMO MOMENTO: Manuel Pérez-Petit acaba de adquirir el primer boleto. Quedan 19.
 

¡Abelardo Cid Topete se integra a la Cosme Funk Raising Blues Band!


Dr. Abelardo Cid Topete¡Jalisco vuelve a dar la nota! Ahora es desde la casa del doctor Abelardo Cid Topete, bibliófilo constante y plumífero de los de a pie y sin pompas ni oropeles; hombre noble y bueno, Abelardo mantiene lazos de cariñosa amistad con tres miembros de la Cosme Funk Raising Blues Band (Cosme Álvarez, Manuel Pérez-Petit y Miguelángel Álvarez). ¡Ave, Abelardo, tus hijos te saludan!
Nos escribe Abelardo, para decirnos lo siguiente:
Quiero sumarme a la causa por nuestro gran amigo Cosme, (así que) dono un libro que ya no se consigue, un libro con mucho significado para su servidor. El título es MEMORIAS DE UN VIEJO PALACIO, de Carlos Sánchez Navarro y Peón, empastado en piel. Es la historia de la casa del Banco Nacional de México. Para mi gusto, se trata de una gran obra de la literatura. Quien resulte ganador nos pondremos en contacto para enviarlo desde Guadalajara.

Ya que esta joya no salió a subasta el sábado en el Museo del Chopo, los organizadores han deciido hacer una rifa de 20 BOLETOS. Cada boleto a sólo 100 pesos. ¿Va?
Entonces, deposita tus 100 pesos a la cuenta de Cosme y envía un mensaje a bastaturostro@gmail.com, en el que deberás indicarnos: Deposité 100 pesos para obtener un boleto para la rifa de Memorias de un Gran Palacio. ¿Listos? ¡Va! Depositen ya, en este momento, sus 100 pesos en la siguiente cuenta:

HSBC
Número de cuenta: 4036695914
CLABE: 021743040366959146

Código Swift (código de ruta):BIMEMXMM
Si tenemos la suerte de recibir más de 20 depósitos, entregaremos el siguiente regalo a quienes queden fuera de concurso: ¡Una limpieza dental con el doctor Julián Carlos en la colonia Nápoles (sólo hay que llevar 50 pesos para el material de limpieza –incluye pasta y cepillo nuevos). O puede suceder que haya un listo o una lista que deposite 2 mil pesos y mande un mensaje: ¡Ya me los madrugué! Denme mi foto y déjense de rifitas.

A ver, ¿sí entendiste? ¡Puedes llevarte una joya bibliográfica!

Saturday, December 11, 2010

Festival Cósmeco por Cosme Álvarez. Cara B

Hora Domingo, 12 de diciembre · 20:00 - 22:00

Lugar GROOVE

Citlaltépetl 9, entre Ozuluama y Ámsterdam

Ciudad de México de Mexico

Creado por Manuel Pérez-Petit, Agustín Aguilar Tagle

Más información [Evento en construcción ;). Está abierto a quienes quieran sumarse y lo comuniquen claro...]



Por Cosme Álvarez

Festival "Cósmeco" continuo: jam sesion poético musical que no se acaba. Para todos los públicos, en sintonía con la COSME FUNK RAISING BLUES BAND.

La CARA A ya pasó. El Festival Cósmeco continúa... La CARA B del Festival ya comienza...

La Cara A ha sido en el

Foro del Dinosaurio Juan José Gurrola del Museo Universitario del Chopo. UNAM.

Dr. Enrique González Martínez no. 10. col. Santa María la Ribera

http://www.chopo.unam.mx/mapaubicacion.html


Habrá lecturas de poemas, intervenciones musicales, subastas, sorteos y rifas de obras de arte, venta de libros..., y todo a beneficio de Cosme.

En un evento que marcará época, se contará con la presencia de:

- Ricardo Bernal, poeta y máster.

- Angélica Santa Olaya, poeta y traductora.

- Mónica Gameros, poeta y editora.

- Lucas Matus, no-poeta y promotor cultural.

- Tonatihu Mercado, poeta y editor.

- Javier Moro Hernández, poeta y promotor cultural.

- liana Sánchez, artista plástico.

- Mónica Sánchez Escuer, escritora.

- Jorge Contreras Herrera, poeta y editor.

- Agustín Aguilar Tagle, escritor y músico.

- Mónica González Velázquez, poeta y editora.

- Carlos Ramírez Kobra Kon K, poeta y promotor cultural.

- Manuel Andrade, poeta.

- Elsy Ruiz, poeta.

- Manuel Pérez-Petit, poeta y promotor cultural.



[espero que esta lista siga creciendo....]



¡¡¡todo un equipazo!!! Y aún hay gente en la recámara pendiente de confirmar...

PROGRAMA CONFIRMADO:
- Ring poético, a razón de un poema o intervención por escritor o poeta, con prosas o poemas.
- Intervención musical de Agustín Aguilar Tagle.

- Lectura a coro entre Agustín Aguilar Tagle y Angélica Santa Olaya del cuento -más o menos teatral- de Miguelángel Díaz Monges "Quisiera saber menos de lo que ella escucha". Se puede ver en el vínculo: http://cosmeal.blogspot.com/2008/03/quisiera-saber-menos-de-lo-que-ella.html

- Rifa de una obra de la artista plástica Iliana Sánchez: Ante lo convexo, transfiguro en agua (grafito, 40 X 60), cuyo valor en el mercado es de $1,600.00 (pesos mexicanos).

Podrán obtener la pieza las personas que depositen 100 pesos a la cuenta de Cosme y envíen un mensaje a bastaturostro@gmail.com (el mensaje deberá decir: Acabo de depositar mis cien pesos para participar de la rifa de Ante lo convexo, transfiguro en agua).

Se colocarán en una sencilla caja, ante los ojos de todos los presentes, papelitos con los nombres de los participantes. Se buscará una mano inocente que extraiga un papelito. El dueño o la dueña de la mano inocente leerá en voz alta el nombre del afortunado que con sólo 100 pesos se llevará a su casa la obra. La cuenta es:



HSBC

Número de cuenta: 4036695914

CLABE: 021743040366959146

Código Swift (código de ruta):BIMEMXMM

(ver la nota de Agustín Aguilar Tagle: http://www.facebook.com/note.php

- Continuará la subasta de "Sin título" de Rosa Borrás (acuarela sobre papel)

Ficha técnica:

Sin título. (De la serie Mapas)

Acuarela sobre papel

50 x 35 cms

2007



- Y también continuará la subasta de "La Llaga" de Rosa Margarita Elías Mass, a. "La Gata Roja".
Agradecimientos:



A Manuel Andrade,

que ha conseguido el Chopo para sede de este festival.
A Iliana Sánchez,

que ha donado una de sus más preciados bocetos.

A Abelardo Cid Topete,

por ponerme en órbita.

A Miguelángel Díaz Monges,

que encendió la mecha...

A Agustín Aguilar Tagle,

por su labor con la COSME FUNK RAISING BLUES BAND.
Ver más

Friday, December 10, 2010

¡Al Festival Cósmeco le crecen dos Rosas!

A pocas horas de iniciar el gran evento de fin de año (Festival Cósmeco), anunciamos que dos grandes artistas, Rosa Margarita Elías Mass y Rosa Borrás, se han unido a la causa con la donación de una de sus obras.

La Gata Roja nos entrega La Llaga; y Rosa Borrás (quien recientemente participó en la exposición de arte contemporáneo mexicano montada por el Turching Center for the Visual Arts) regala a la causa una pieza de su serie Mapas (acuarela sobre papel, sin título, 50 X 35, de 2007).
Acuarela sobre papel de Rosa Borrás (subasta)

Ambas donaciones serán subastadas –junto con piezas de otros artistas- el sábado 11 de diciembre, entre las 13:00 y las 16 horas, en el hermoso Foro del Dinosaurio Juan José Gurrola del Museo Universitario del Chopo, UNAM (Dr. Enrique González Martínez 10, colonia Santa María la Ribera de la Ciudad de México).

Revisemos parte de lo que hasta el momento tenemos:

1. Rosa Margarita nos avisa que se ha comunicado con el Canal 22, para ver si es posible que la televisora cubra el evento.

Desnudo, de Adriana Reid

2. La misma Gata Roja llevará cien tarjetas blancas con sus labios estampados en rojo. Las tarjetas se venderán a cien pesos, a favor de la causa.
EL ESCRITOR HÉCTOR DOMINGO DONÓ EJEMPLARES DE SU LIBRO BITÁCORAS DE SOLEDAD (EN VERSIÓN ELECTRÓNICA) A LAS PERSONAS QUE DEPOSITARON SU AYUDA ECONÓMICA ENTRE EL LUNES 6 Y EL MIÉRCOLES 8 DE ESTE MES. ¡Gracias, Héctor! El lunes 13 de diciembre te enviaré la lista definitiva de la gente que recibió (feliz) su libro.

3. Manuel Pérez-Petit propone que cada uno de nosotros lleve a dos o tres personas más. El aforo es de más de doscientas plazas.
CONTAREMOS, ADEMÁS, CON LIBROS DEL MISMO COSME ÁLVAREZ, LOS CUALES ESTARÁN A LA VENTA A PRECIOS ACCESIBLES PARA ACRECENTAR EL APOYO A NUESTRO AMIGO POETA Y MÚSICO.

Y que habrá libros de Cosme a la venta. Él los autografiará en cuanto pueda escaparse, ya sano, al DF.
4. Agustín Aguilar Tagle dona el último ejemplar cerrado del LP Esa viscosa manera de pegarme las ganas, de Mamá-Z. Pentagrama 1987 / Portada: Manuel Ahumada. Pertenece a la edición única y limitada (mil ejemplares) del segundo álbum de Mamá-Z. Por si alguien pensaba que la Sociedad de Padres de Familia había logrado lanzar todo el tiraje a la hoguera, resulta que no. El ejemplar no será subastado sino que será ofrecido en 500 pesos.
La Llaga, de Rosa Margarita Elías Mass

5. El doctor Abelardo Cid Topete dona un valiosísimo ejemplar (primera edición) de Memorias de un Viejo Palacio, de Carlos Sánchez Navarro y Peón, empastado en piel.

6. Por su parte, el pintor sinaloense maestro Juan Trujillo también participa, él mediante la donación de un dibujo en pastel (Rosa Margarita será la encargada de llevarlo, cuidadosamente envuelto).
7. Nos informa Manuel Pérez-Petit que Mi Cielo Ediciones –la editorial de Mónica González Velázquez- pondrá a la venta una postal en la que se encuentra impreso un poema del mismo Pérez-Petit (el tiraje fue de cien ejemplares). La cantidad que se recaude será donada, por supuesto, a la causa que nos une en esta ocasión: proteger la salud de Cosme Álvarez. El precio de cada postal será de 10 pesos.

8. Tonatihu Mercado entregará el monto total de la vente de un lote de cuadernos poemarios de Adán Aguilar, editados artesanalmente por Ediciones Lago. Cada ejemplar será ofrecido a 100 pesos, que corresponde a menos de la mitad de su precio real.

9. Alia Tromp Morales dona un collar hecho a mano de piedra natural y plata, diseñado por la misma Alia.
10. Iliana Sánchez dona generosamente uno de sus más preciados bocetos (Ante lo convexo, transfiguro de agua -grafito, 40 X 60), cuyo valor en el mercado es de $1,600.00 (pesos mexicanos). En este caso, desde el lunes comenzó a realizarse la vente de 16 boletos para la rifa de la obra. Hoy ya sólo quedan dos boletos. El resto ha sido vendido a Christian Ocram Arellano (2), Gabriela Esparza (3), René Fierro (3), Adriana Reid (2) y Francisca M. González (4). Si no se venden antes del sábado, los dos huerfanitos serán ofrecidos durante el festival, y en el mismo evento se llevará a cabo la rifa.

 En cuanto a la fotografía de desnudo donada por Adriana Reid, hay que decir que la subasta se cerró el día de ayer, miércoles 8 de diciembre, a las 8 de la noche. Gad de la Peña es el afortunado ganador de la puja ($1,250 pesos), y con él nos comunicaremos inmediatamente para saber si confirma la compra. ES DECIR, SE CIERRA LA SUBASTA DE LA FOTOGRAFÍA DE ADRIANA REID. Gad de la Peña se lleva ese tesoro.







12. El sábado tendremos canciones, lectura de poemas, música, subastas y rifas de obras de arte, venta de libros. ¡Y todo a beneficio de la salud de Cosme! Como afirma Manuel Pérez-Petit, se trata de un evento que marcará época. Ya confirmaron su presencia Ricardo Bernal (poeta), Angélica Santa Olaya (poeta y traductora), Mónica Gameros (poeta y editora), Lucas Matus (no-poeta y promotor cultural), Tonatihu Mercado (poeta y editor), Javier Moro Hernández (poeta y promotor cultural), Iliana Sánchez (artista plástico), Mónica Sánchez Escuer (escritora), Jorge Contreras Herrera (poeta y editor), Bugalú Peniche (escritor y músico), Mónica González Velázquez (poeta y editora), Carlos Ramírez Kobra Kon K (poeta y promotor cultural), Manuel Andrade (poeta) y Manuel Pérez-Petit (poeta y promotor cultural).







13. Algunas de las actividades:







a) Ring Poético



b) Una canción interpretada por Bugalú Peniche



c) Lectura a coro entre Angélica Santa Olaya y Agustín Aguilar Tagle del cuento Qusiera saber menos de lo que ella escucha, de Miguelángel Díaz Monges.











Adriana Reid

El sábado, entonces, sucederá algo maravilloso, hermoso, inolvidable en el Museo del Chopo: estarás tú, con el corazón en la mano para ofrendarlo a la salud de Cosme. Por favor, ven. Te necesitamos. Y si es posible, jálate a los amigos. Recomendamos traer en la cartera algo de dinerito, porque habrá muchas cosas que se te antoje adquirir.







Si no vas a asistir pero quieres estar, deposita tu donativo en la siguiente cuenta (a nombre de Cosme Álvarez Valdés):







HSBC



Número de cuenta: 4036695914



CLABE: 021743040366959146



Código Swift (código de ruta):BIMEMXMM

Thursday, December 09, 2010

Mario Vargas Llosa

Elia Casillas


InfoCajeme.com te informa que Perla Julieta Ortiz Murray te recomienda la siguiente noticia que leyó en nuestro sitio, y te envía este mensaje para que puedas leerla.

Elogio de la lectura y la ficción

Mario Vargas Llosa

Miércoles 08 de Diciembre de 2010

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a dArtagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón.
en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: "Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.







Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.





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Wednesday, December 08, 2010

Nocturnos: Xavier Villaurrutia




N O C T U R N O S



Burned in a sea of ice, and drowned amidst a fire
Michael Drayton


NOCTURNO

TODO lo que la noche
dibuja con su mano
de sombra:
el placer que revela,
el vicio que desnuda.

Todo lo que la sombra
hace oír con el duro
golpe de su silencio:
las voces imprevistas
que a intervalos enciende,
el grito de la sangre,
el rumor de unos pasos
perdidos.

Todo lo que el silencio
hace huir de las cosas:
el vaho del deseo,
el sudor de la tierra,
la fragancia sin nombre
de la piel.

Todo lo que el deseo
unta en mis labios:
la dulzura soñada
de un contacto,
el sabido sabor
de la saliva.

Y todo lo que el sueño
hace palpable:
la boca de una herida,
la forma de una extraña,
la fiebre de una mano
que se atreve.

¡Todo!
circula en cada rama
del árbol de mis venas,
acaricia mis muslos,
inunda mis oídos,
vive en mis ojos muertos,
muerte en mis labios duros.

NOCTURNO MIEDO

TODO en la noche vive una duda secreta:
el silencio y el ruido, el tiempo y el lugar.
inmóviles dormimos o despiertos sonámbulos
nada podemos contra la secreta ansiedad.

Y no basta cerrar los ojos en la sombra
ni hundirlos en el sueño para ya no mirar,
porque en la dura sombra y en la gruta del sueño
la misma luz nocturna nos vuelve a desvelar.

Entonces, con el paso de un dormido despierto,
sin rumbo y sin objeto nos echamos a andar.

La noche vierte sobre nosotros su misterio,
y algo nos dice que morir es despertar.

¿Y quién entre las sombras de una calle desierta,
en el muro, lívido espejo de soledad,
no se ha visto pasar o venir a su encuentro
y no ha sentido miedo, angustia, duda mortal?

El miedo de no ser sino un cuerpo vacío
que alguien, yo mismo o cualquier otro, puede ocupar,
y la angustia de verse fuera de sí, viviendo,
y la duda de ser o no ser realidad.


NOCTURNO GRITO

TENGO miedo de mi voz
y busco mi sombra en vano.

¿Será mía aquella sombra
sin cuerpo que va pasando?

¿Y mía la voz perdida
que va la calle incendiando?

¿Qué voz, qué sombra, qué sueño
despierto que no he soñado
serán la voz y la sombra
y el sueño que me han robado?

Para oír brotar la sangre
de mi corazón cerrado,
¿Pondré la oreja en mi pecho
como en el pulso la mano?

Mi pecho estará vacío
y yo descorazonado
y serán mis manos duros
pulsos de mármol helado.


NOCTURNO DE LA ESTATUA

A Agustín Lazo

SOÑAR, soñar la noche, la calle, la escalera
Y el grito de la estatua desdoblando la esquina.

Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
querer asir el eco y encontrar sólo el muro
y correr hacie el muro y tocar un espejo.
hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista
y jugar con las fichas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: “estoy muerta de sueño”.


NOCTURNO EN QUE NADA SE OYE


EN MEDIO de un silencio desierto como la calle antes del crimen
sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte
en esta soledad sin paredes
al tiempo que huyeron los ángulos
en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
para salir en un momento tan lento
en un interminable descenso
sin brazos que tender
sin dedos para alcanzar la escala que cae de un piano invisible
sin más que una mirada y una voz
que no recuerdan haber salido de ojos y labios
¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?

Y mi voz ya no es mía
dentro del agua que no moja
dentro del aire de vidrio
dentro del fuego lívido que corta como el grito
y en el juego angustioso de un espejo frente a otro
cae mi voz
y mi voz que madura
y mi voz quemadura
y mi bosque madura
y mi voz quema dura
como el hielo de vidrio
como el grito de hielo
aquí en el caracol de la oreja
el latido de un mar en el que no sé nada
en el que no se nada
porque he dejado pies y brazos en la orilla
siento caer fuera de mí la red de mis nervios
mas huye todo como el pez que se da cuenta
hasta ciento en el pulso de mis sienes
muda telegrafía a la que nadie responde
porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.


NOCTURNO SUEÑO

A Jules Supervielle

ABRÍA las salas
profundas el sueño
y voces delgadas
corrientes de aire
entraban

Del barco del cielo
del papel pautado
caía la escala
por donde mi cuerpo
bajaba

El cielo en el suelo
como un espejo
la calle azogada
dobló mis palabras

Me robó mi sombra
la sombra cerrada
quieto de silencio
oí que mis pasos
pasaban

El frío de acero
a mi mano ciega
armó con su daga
para darme muerte
la muerte esperaba

Y al doblar la esquina
un segundo largo
mi mano acerada
encontró mi espalda

Sin gota de sangre
sin ruido ni peso
a mis pies clavados
vino a dar mi cuerpo

Lo tomé en los brazos
lo llevé a mi lecho

Cerraba las alas
profundas el sueño


NOCTURNO PRESO


Prisionero de mi frente
el sueño quiere escapar
y fuera de mí probar
a todos que es inocente.

Oigo su voz impaciente,
miro su gesto y su estado
amenazador y airado.

No sabe que soy el sueño
de otro: si fuera su dueño
ya lo habría liberado.

NOCTURNO AMOR

A Manuel Rodríguez Lozano

EL QUE nada se oye en esta alberca de sombra
o sé cómo mis brazos no se hieren
en tu respiración sigo la angustia del crimen
y caes en la red que tiende el sueño
guardas el nombre de tu cómplice en los ojos
pero encuentro tus párpados más duros que el silencio
y antes que compartirlo matarías el goce
de entregarte en el sueño con los ojos cerrados
sufro al sentir la dicha con que tu cuerpo busca
 el cuerpo que te vence más que el sueño
y comparo la fiebre de tus manos
con mis manos de hielo
y el temblor de tus sienes con mi pulso perdido
y el yeso de mis muslos con la piel de los tuyos
que la sombra corroe con su lepra incurable

Ya sé cuál es el sexo de tu boca
y lo que guarda la avaricia de tu axila
y maldigo el rumor que inunda el laberinto de tu oreja

Sobre la almohada de espuma
sobre la dura página de nieve
no la sangre que huyó de mí como del arco huye la flecha
sino la cólera circula por mis arterias
amarilla de incendio en mitad de la noche
y todas las palabras en la prisión de la boca

Y una sed que en el agua del espejo
sacia su sed con una sed idéntica
de qué noche despierto a esta desnuda
noche larga y cruel noche que ya no es noche
junto a tu cuerpo más muerto que muerto
que no es tu cuerpo ya sino su hueco
porque la ausencia de tu sueño ha matado a la muerte
y es tan grande mi frío que con un calor nuevo
abre mis ojos donde la sombra es más dura
y más clara y más luz que la luz misma
y resucita en mí lo que no ha sido
y es un dolor inesperado y aún más frío y más fuego
no ser sino la estatua que despierta
en la alcoba de un mundo en el que todo ha muerto.



NOCTURNO SOLO

SOLEDAD, aburrimiento,
vano silencio profundo,
líquida sombra en que me hundo,
vacío del pensamiento
y ni siquiera el acento
de una voz indefinible
que llegue hasta el imposible
rincón de un mar infinito
a iluminar con su grito
esta naufragio invisible.


NOCTURNO ETERNO




CUANDO los hombres alzan los hombros y pasan
o cuando dejan caer sus nombres
hasta que la sombra se asombra

Cuando un polvo más fino aún que el humo
se adhiere a los cristales de la voz
y a la piel de los rostros y las cosas

Cuando los ojos cierran sus ventanas
al rayo del sol pródigo y prefieren
la ceguera al perdón y el silencio al sollozo

Cuando la vida o lo que así llamamos inútilmente
y que no llega sino con un nombre innombrable
se desnuda para saltar al lecho
y ahogarse en el alcohol o quemarse en la nieve

Cuando la vi cuando la vid cuando la vida
quiere entregarse cobardemente y a oscuras
sin decirnos siquiera el precio de su nombre

Cuando en la soledad de un cielo muerto
brillan unas estrellas olvidadas
y es tan grande el silencio del silencio
que de pronto quisiéramos que hablara

O cuando de una boca que no existe
sale un grito inaudito
que nos echa a la cara su luz viva
y se apaga y nos deja una ciega sordera

O cuando todo ha muerto
tan dura y lentamente que da miedo
alzar la voz y preguntar “quién vive”

Dudo si responder
a la muda pregunta con un grito
por temor de saber que ya no existo

Porque acaso la voz tampoco vive
sino como un recuerdo en la garganta
y no es la noche sino la ceguera
lo que llena de sombra nuestros ojos

Y porque acaso el grito es la presencia
de una palabra antigua
opaca y muda que de pronto grita

Porque vida silencio piel y boca
y soledad recuerdo cielo y humo
nada son sino sombras de palabras
que nos salen al paso de la noche


NOCTURNO MUERTO



Primero un aire tibio y lento que me ciña
como la venda al brazo enfermo de un enfermo
y que me invada luego como el silencio frío
al cuerpo desvalido y muerto de algún muerto.

Después un ruido sordo, azul y numeroso,
preso en el caracol de mi oreja dormida
y mi voz que se ahogue en ese mar de miedo
cada vez más delgada y más enardecida.

¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento
en que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma
el corazón inmóvil como la llama fría?

La tierra hecha impalpable silencioso silencio,
la soledad opaca y la sombra ceniza
caerán sobre mis ojos y afrentarán mi frente.


NOCTURNO


AL FIN llegó la noche con sus largos silencios,
con las húmedas sombras que todo lo amortiguan.
el más ligero ruido crece de pronto y, luego,
muere sin agonía.

El oído se aguza para ensartar un eco
lejano, o el rumor de unas voces que dejan,
al pasar, una huella de vocales perdidas.

¡Al fin llegó la noche tendiendo cenicientas
alfombras, apagando luces, ventanas últimas!

Porque el silencio alarga lentas manos de sombra.
la sombra es silenciosa, tanto que no sabemos
dónde empieza o acaba, ni si empieza o se acaba.

Y es inútil que encienda a mi lado una lámpara:
la luz hace más honda la mina del silencio
y por ella desciendo, inmóvil, de mí mismo.

Al fin llegó la noche a despertar palabras
ajenas, desusadas, propias, desvanecidas:
tinieblas, corazón, misterio, plenilunio…

¡Al fin llegó la noche, la soledad, la espera!

Porque la noche es siempre el mar de un sueño antiguo,
de un sueño hueco y frío en el que ya no queda
del mar sino los restos de un naufragio de olvidos.

Porque la noche arrastra en su baja marea
memorias angustiosas, temores, congelados,
la sed de algo que, trémulos, apuramos un día,
y la amargura de lo que ya no recordamos.

¡Al fin llegó la noche a inundar mis oídos
con una silenciosa marea inesperada,
a poner en mis ojos unos párpados muertos,
a dejar en mis manos un mensaje vacío!


NOCTURNO EN QUE HABLA LA MUERTE


SI LA muerte hubiera venido aquí, a New Haven,
escondida en un hueco de mi ropa en la maleta,
en el bolsillo de uno de mis trajes,
entre las páginas de un libro
como la señal que ya no me recuerda nada;
si mi muerte particular estuviera esperando
una fecha, un instante que sólo ella conoce
para decirme: “Aquí estoy.

Te he seguido como la sombra
que no es posible dejar así nomás en casa;
como un poco de aire cálido e invisible

mezclado al aire duro y frío que respiras;
como el recuerdo de lo que más quieres;
como el olvido, sí, como el olvido
que has dejado caer sobre las cosas
que no quisieras recordar ahora.

Y es inútil que vuelvas la cabeza en mi busca:
estoy tan cerca que no puedes verme,
estoy fuera de ti y a un tiempo dentro.

Nada es el mar que como un dios quisiste
poner entre los dos;
nada es la tierra que los hombre miden
y por la que matan y mueren;
ni el sueño en que quisieras creer que vives
sin mí, cuando yo misma lo dibujo y lo borro;
ni los días que cuentas
una vez y otra vez a todas horas,
ni las horas que matas con orgullo
sin pensar que renacen fuera de ti.

Nada son estas cosas ni los innumerables
lazos que me tendiste,
ni las infantiles argucias con que has querido dejarme
engañada, olvidada.

Aquí estoy, ¿no me sientes?
Abre los ojos; ciérralos, si quieres.”

Y me pregunto ahora,
si nadie entró en la pieza contigua,
¿quién cerró cautelosamente la puerta?

¡Qué misteriosa fuerza de gravedad
hizo caer la hoja de papel que estaba en la mesa?

¿Por qué se instala aquí, de pronto, y sin que yo la invite,
la voz de una mujer que habla en la calle?

Y al oprimir la pluma,
algo como la sangre late y circula en ella,
y siento que las letras desiguales
que escribo ahora,
más pequeñas, más trémulas, más débiles,
ya no son de mi mano solamente.


NOCTURNO DE LOS ÁNGELES

A Agustín J. Fink


SE DIRÍA que las calles fluyen dulcemente en la noche.
Las luces no son tan vivas que logren desvelar el secreto,
el secreto que los hombres que van y vienen conocen,
porque todos están en el secreto
y nada se ganaría con partirlo en mil pedazos
si, por el contrario, es tan dulce guardarlo
y compartirlo sólo con la persona elegida.

Si cada uno dijera en un momento dado,
en sólo una palabra, lo que piensa,
las cinco letras del DESEO formarían una enorme cicatriz luminosa,
una constelación más antigua, más viva aún que las otras.

Y esa constelación sería como un ardiente sexo
en el profundo cuerpo de la noche,
o, mejor, como los Gemelos que por vez primera en la vida
se miraran de frente, a los ojos, y se abrazaran ya para siempre.

De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres,
caminan, se detienen, prosiguen.

Cambian miradas, atreven sonrisas,
forman imprevistas parejas…

Hay recodos y bancos de sombra,
orillas de indefinibles formas profundas
y súbitos huecos de luz que ciega
y puertas que ceden a la presión más leve.

El río de la calle queda desierto un instante.
Luego parece remontar de sí mismo
deseoso de volver a empezar.

Queda un momento paralizado, mudo, anhelante
como el corazón entre dos espasmos.

Pero una nueva pulsación, un nuevo latido
arroja al río de la calle nuevos sedientos seres.

Se cruzan, se entrecruzan y suben.
Vuelan a ras de tierra.
Nadan de pie, tan milagrosamente
que nadie se atrevería a decir que no caminan.

¡Son los ángeles!
Han bajado a la tierra
por invisibles escalas.

Vienen del mar, que es el espejo del cielo,
en barcos de humo y sombra,
a fundirse y confundirse con los mortales,
a rendir sus frentes en los muslos de las mujeres,
a dejar que otras manos palpen sus cuerpos febrilmente,
y que otros cuerpos busquen los suyos hasta encontrarlos
como se encuentran al cerrarse los labios de una misma boca,
a fatigar su boca tanto tiempo inactiva,
a poner en libertad sus lenguas de fuego,
a decir las canciones, los juramentos, las malas palabras
en que los hombres concentran el antiguo misterio
de la carne, la sangre y el deseo.

Tienen nombres supuestos, divinamente sencillos.
Se llaman Dick o John, o Marvin o Louis.
En nada sino en la belleza se distinguen de los mortales.
Caminan, se detienen, prosiguen.
Cambian miradas, atreven sonrisas.

Forman imprevistas parejas.
Sonríen maliciosamente al subir en los ascensores de los hoteles
donde aún se practica el vuelo lento y vertical.
En sus cuerpos desnudos hay huellas celestiales;
signos, estrellas y letras azules.

Se dejan caer en las camas, se hunden en las almohadas
que los hacen pensar todavía un momento en las nubes.

Pero cierran los ojos para entregarse mejor a los goces de su
encarnación misteriosa,
y, cuando duermen, sueñan no con los ángeles sino con los
mortales.
Los Ángeles, California.


NOCTURNO ROSA



Yo también hablo de la rosa.
Pero mi rosa no es la rosa fría
ni la de piel de niño,
ni la rosa que gira
tan lentamente que su movimiento
es una misteriosa forma de la quietud.

No es la rosa sedienta,
ni la sangrante llaga,
ni la rosa coronada de espinas,
ni la rosa de la resurrección.

No es la rosa de pétalos desnudos,
ni la rosa encerada,
ni la llama de seda,
ni tampoco la rosa llamarada.

No es la rosa veleta,
ni la ulcera secreta,
ni la rosa puntual que da la hora,
ni la brújula rosa marinera.

No, no es la rosa rosa
sino la rosa increada,
la sumergida rosa,
la nocturna,
la rosa inmaterial,
la rosa hueca.

Es la rosa del tacto en las tinieblas,
es la rosa que avanza enardecida,
la rosa de rosadas uñas,
la rosa yema de los dedos ávidos,
la rosa digital
la rosa ciega.

Es la rosa moldura del oído,
la rosa oreja,
la espiral del ruido,
la rosa concha siempre abandonada
en la más alta espuma de la almohada.

Es la rosa encarnada de la boca,
la rosa que habla despierta
como si estuviera dormida.
Es la rosa entreabierta
de la que mana sombra,
la rosa entraña
que se pliega y expande
evocada, invocada, abocada
es la rosa labial,
la rosa herida.

Es la rosa que abre los parpados,
la rosa vigilante, desvelada,
la rosa del insomnio desojada.

Es la rosa del humo,
la rosa de ceniza,
la negra rosa de carbón diamante
que silenciosa horada las tinieblas
y no ocupa lugar en el espacio.

Sunday, November 28, 2010

Octavio Paz

Vine aquí


como escribo estas líneas,

sin idea fija:

una mezquita azul y verde,

seis minaretes truncos,

dos o tres tumbas,

memorias de un poeta santo,

los nombres de Timur y su linaje.



Encontré al viento de los cien días.

Todas las noches las cubrió de arena,

acosó mi frente, me quemó los párpados.

La madrugada:

dispersión de pájaros

y ese rumor de agua entre piedras

que son los pasos campesinos.

(Pero el agua sabía a polvo.)

Murmullos en el llano,

apariciones

desapariciones,

ocres torbellinos

insubstanciales como mis pensamientos.

Vueltas y vueltas

en un cuarto de hotel o en las colinas:

la tierra un cementerio de camellos

y en mis cavilaciones siempre

los mismos rostros que se desmoronan.

¿El viento, el señor de las ruinas,

es mi único maestro?

Erosiones:

el menos crece más y más.



En la tumba del santo,

hondo en el árbol seco,

clavé un clavo,



no,

como los otros, contra el mal de ojo:

contra mí mismo.

(Algo dije:

palabras que se lleva el viento.)



Una tarde pactaron las alturas.

Sin cambiar de lugar

caminaron los chopos.

Sol en los azulejos

súbitas primaveras.

En el Jardín de las Señoras

subí a la cúpula turquesa.

Minaretes tatuados de signos:

la escritura cúfica, más allá de la letra,

se volvió transparente.

No tuve la visión sin imágenes,

no vi girar las formas hasta desvanecerse

en claridad inmóvil,

el ser ya sin substancia del sufí.

No bebí plenitud en el vacío

ni vi las treinta y dos señales

del Bodisatva cuerpo de diamante.

Vi un cielo azul y todos los azules,

del blanco al verde

todo el abanico de los álamos

y sobre el pino, más aire que pájaro,

el mirlo blanquinegro.

Vi al mundo reposar en sí mismo.

Vi las apariencias.

Y llame a esa media hora:

Perfección de lo Finito.

Monday, November 22, 2010

Navojoa Festival de Títeres

Enviamos la programación del Festival en Navojoa, agradeceríamos mucho que la distribuyan entre sus contactos de la región sur de Sonora, tenemos además información de las actividades en Obregón, Guaymas, Hermosillo y Nogales!!!
Mas información en:

http://www.facebook.com/profile.php?id=100000298835773¬if_t=friend_confirmed#!/pages/Navojoa-Festival-de-Titeres/169142556445026

http://www.festivalpedrocarreon.com/


Programación Navojoa


Gran Inauguración

Día 28 de noviembre en los Domingos Culturales, Plaza 5 de Mayo, a partir de las 18:00 horas con los grupos La Cucaracha, La Cartelera, Delta Teatro y por primera vez un grupo local, Desierto Teatro de Navojoa, Sonora.


Lunes 29 de Noviembre

Grupo: La Cucaracha (Guadalajara).

Espectáculo: La Tierra de Arena

Teatro Auditorio Municipal, 8:30, 10:00 y 18:00 horas

Martes 30 de Noviembre

Grupo: El Guiño del Guiñol (Colombia).

Espectáculo: El último árbol

Teatro Auditorio Municipal, 10:00, 16:00 y 18:00 horas


Funciones comunitarias, Santa María del Buaraje.

Miércoles 01 de Diciembre

Grupo: Tico Títeres (Costa Rica)

Espectáculo: De abuelos y locos todos tenemos un poco

Teatro Auditorio Municipal 18:00 horas

Grupo: La Loca Compañía (Colombia).

Espectáculo: En la diestra de Dios padre

Fondas del Mercado Municipal 19:30

“De Fiesta en las Fondas”

Jueves 02 de Diciembre

Grupo: Paolo Papparotto Burattinaio

Espectáculo: La Bruja Rosega Ramarri

Teatro Auditorio Municipal 18:00 horas

Funciones comunitarias San Ignacio.

Viernes 03 de Diciembre



Grupo: Vagabundo Títeres (Chile)



Espectáculo: El Fantasma de Cantervilla



Teatro Auditorio Municipal 18:00 horas







Funciones comunitarias Bacabachi y Tesia.


Sábado 04 de Diciembre

Grupo: Delta Teatro

Espectáculo: El Principito pide una mano



Teatro Auditorio Municipal 18:00 horas.







Fin de Fiesta con la presentación de la Pastorela “Donde Diablos Está Belén”, con el grupo Delta Teatro, Pastorela Mexicana a dos caídas de tres sin límite de tiempo.
Explanada del Teatro Auditorio Municipal al finalizar el espectáculo anterior.

(Más información en Facebook, síguenos en Navojoa Festival de Títeres).

Saturday, November 20, 2010

Octavio Paz - Pasado en claro

Octavio Paz - Pasado en claro
                                                                                                                              A Roman Jakobson


Oídos con el alma,

pasos mentales más que sombras,

sombras del pensamiento más que pasos,

por el camino de ecos

que la memoria inventa y borra:

sin caminar caminan

sobre este ahora, puente

tendido entre una letra y otra.

Como llovizna sobre brasas

dentro de mí los pasos pasan

hacia lugares que se vuelven aire.

Nombres: en una pausa

desaparecen, entre dos palabras.

El sol camina sobre los escombros

de lo que digo, el sol arrasa los parajes

confusamente apenas

amaneciendo en esta página,

el sol abre mi frente,

balcón al voladero

dentro de mí.



Me alejo de mí mismo,

sigo los titubeos de esta frase,

senda de piedras y de cabras.

Relumbran las palabras en la sombra.

Y la negra marea de las sílabas

cubre el papel y entierra

sus raíces de tinta

en el subsuelo del lenguaje.

Desde mi frente salgo a un mediodía

del tamaño del tiempo.

El asalto de siglos del baniano

contra la vertical paciencia de la tapia

es menos largo que esta momentánea

bifurcación del pesamiento

entre lo presentido y lo sentido.

Ni allá ni aquí: por esa linde

de duda, transitada

sólo por espejeos y vislumbres,

donde el lenguaje se desdice,

voy al encuentro de mí mismo.

La hora es bola de cristal.

Entro en un patio abandonado:

aparición de un fresno.

Verdes exclamaciones

del viento entre las ramas.

Del otro lado está el vacío.

Patio inconcluso, amenazado

por la escritura y sus incertidumbres.

Ando entre las imágenes de un ojo

desmemoriado. Soy una de sus imágenes.

El fresno, sinuosa llama líquida,

es un rumor que se levanta

hasta volverse torre hablante.

Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos

que luego copian las mitologías.

Adobes, cal y tiempo:

entre ser y no ser los pardos muros.

Infinitesimales prodigios en sus grietas:

el hongo duende, vegetal Mitrídates,

la lagartija y sus exhalaciones.

Estoy dentro del ojo: el pozo

donde desde el principio un niño

está cayendo, el pozo donde cuento

lo que tardo en caer desde el principio,

el pozo de la cuenta de mi cuento

por donde sube el agua y baja

mi sombra.



El patio, el muro, el fresno, el pozo

en una claridad en forma de laguna

se desvanecen. Crece en sus orillas

una vegetación de transparencias.

Rima feliz de montes y edificios,

se desdobla el paisaje en el abstracto

espejo de la arquitectura.

Apenas dibujada,

suerte de coma horizontal (-)

entre el cielo y la tierra,

una piragua solitaria.

Las olas hablan nahua.

Cruza un signo volante las alturas.

Tal vez es una fecha, conjunción de destinos:

el haz de cañas, prefiguración del brasero.

El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre

¿alguna vez abrieron las puertas de la muerte?

La luz poniente se demora,

alza sobre la alfombra simétricos incendios,

vuelve llama quimérica

este volumen lacre que hojeo

(estampas: los volcanes, los cúes y, tendido,

manto de plumas sobre el agua,

Tenochtitlán todo empapado en sangre).

Los libros del estante son ya brasas

que el sol atiza con sus manos rojas.

Se rebela el lápiz a seguir el dictado.

En la escritura que la nombra

se eclipsa la laguna.

Doblo la hoja. Cuchicheos:

me espían entre los follajes

de las letras.

Un charco es mi memoria.

Lodoso espejo: ¿dónde estuve?

Sin piedad y sin cólera mis ojos

me miran a los ojos

desde las aguas turbias de ese charco

que convocan ahora mis palabras.

No veo con los ojos: las palabras

son mis ojos. vivimos entre nombres;

lo que no tiene nombre todavía

no existe: Adán de lodo,

No un muñeco de barro, una metáfora.

Ver al mundo es deletrearlo.

Espejo de palabras: ¿dónde estuve?

Mis palabras me miran desde el charco

de mi memoria. Brillan,

entre enramadas de reflejos,

nubes varadas y burbujas,

sobre un fondo del ocre al brasilado,

las sílabas de agua.

Ondulación de sombras, visos, ecos,

no escritura de signos: de rumores.

Mis ojos tienen sed. El charco es senequista:

el agua, aunque potable, no se bebe: se lee.

Al sol del altiplano se evaporan los charcos.

Queda un polvo desleal

y unos cuantos vestigios intestados.

¿Dónde estuve?
Yo estoy en donde estuve:

entre los muros indecisos

del mismo patio de palabras.

Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl,

batallas en el Oxus o en la barda

con Ernesto y Guillermo. La mil hojas,

verdinegra escultura del murmullo,

jaula del sol y la centella

breve del chupamirto: la higuera primordial,

capilla vegetal de rituales

polimorfos, diversos y perversos.

Revelaciones y abominaciones:

el cuerpo y sus lenguajes

entretejidos, nudo de fantasmas

palpados por el pensamiento

y por el tacto disipados,

argolla de la sangre, idea fija

en mi frente clavada.

El deseo es señor de espectros,

somos enredaderas de aire

en árboles de viento,

manto de llamas inventado

y devorado por la llama.

La hendedura del tronco:

sexo, sello, pasaje serpentino

cerrado al sol y a mis miradas,

abierto a las hormigas.
La hendedura fue pórtico

del más allá de lo mirado y lo pensado:

allá dentro son verdes las mareas,

la sangre es verde, el fuego verde,

entre las yerbas negras arden estrellas verdes:

es la música verde de los élitros

en la prístina noche de la higuera;

-allá dentro son ojos las yemas de los dedos,

el tacto mira, palpan las miradas,

los ojos oyen los olores;

-allá dentro es afuera,

es todas partes y ninguna parte,

las cosas son las mismas y son otras,

encarcelado en un icosaedro

hay un insecto tejedor de música

y hay otro insecto que desteje

los silogismos que la araña teje

colgada de los hilos de la luna;

-allá dentro el espacio

en una mano abierta y una frente

que no piensa ideas sino formas

que respiran, caminan, hablan, cambian

y silenciosamente se evaporan;

-allá dentro, país de entretejidos ecos,

se despeña la luz, lenta cascada,

entre los labios de las grietas:

la luz es agua, el agua tiempo diáfano

donde los ojos lavan sus imágenes;

-allá dentro los cables del deseo

fingen eternidades de un segundo

que la mental corriente eléctrica

enciende, apaga, enciende,

resurrecciones llameantes

del alfabeto calcinado;

-no hay escuela allá dentro,

siempre es el mismo día, la misma noche siempre,

no han inventado el tiempo todavía,

no ha envejecido el sol,

esta nieve es idéntica a la yerba,

siempre y nunca es lo mismo,

nunca ha llovido y llueve siempre,

todo está siendo y nunca ha sido,

pueblo sin nombre de las sensaciones,

nombres que buscan cuerpo,

impías transparencias,

jaulas de claridad donde se anulan

la identidad entre sus semejanzas,

la diferencia en sus contradicciones.

La higuera, sus falacias y su sabiduría:

prodigios de la tierra

-fidedignos, puntuales, redundantes-

y la conversación con los espectros.

Aprendizajes con la higuera:

hablar con vivos y con muertos.

También conmigo mismo.
La procesión del año:

cambios que son repeticiones.

El paso de las horas y su peso.

La madrugada: más que luz, un vaho

de claridad cambiada en gotas grávidas

sobre los vidrios y las hojas:

el mundo se atenúa

en esas oscilantes geometrías

hasta volverse el filo de un reflejo.

Brota el día, prorrumpe entre las hojas

gira sobre sí mismo

y de la vacuidad en que se precipita

surge, otra vez corpóreo.

El tiempo es luz filtrada.

Revienta el fruto negro

en encarnada florescencia,

la rota rama escurre savia lechosa y acre.

Metamorfosis de la higuera:

si el otoño la quema, su luz la transfigura.

Por los espacios diáfanos

se eleva descarnada virgen negra.

El cielo es giratorio lapizlázuli:

viran au ralenti, sus continentes,

insubstanciales geografías.

Llamas entre las nieves de las nubes.

La tarde más y más es miel quemada.

Derrumbe silencioso de horizontes:

la luz se precipita de las cumbres,

la sombra se derrama por el llano.

A la luz de la lámpara –la noche

ya dueña de la casa y el fantasma

de mi abuelo ya dueño de la noche-

yo penetraba en el silencio,

cuerpo sin cuerpo, tiempo

sin horas. Cada noche,

máquinas transparentes del delirio,

dentro de mí los libros levantaban

arquitecturas sobre una sima edificadas.

Las alza un soplo del espíritu,

un parpadeo las deshace.

Yo junté leña con los otros

y lloré con el humo de la pira

del domador de potros;

vagué por la arboleda navegante

que arrastra el Tajo turbiamente verde:

la líquida espesura se encrespaba

tras de la fugitiva Galatea;

vi en racimos las sombras agolpadas

para beber la sangre de la zanja:

mejor quebrar terrones

por la ración de perro del labrador avaro

que regir las naciones pálidas de los muertos;

tuve sed, vi demonios en el Gobi;

en la gruta nadé con la sirena

(y después, en el sueño purgativo,

fendendo i drappi, e mostravami’l ventre,

quel mí svegliò col puzzo che n’nuscia);

grabé sobre mi tumba imaginaria:

no muevas esta lápida,

soy rico sólo en huesos;

aquellas memorables

pecosas peras encontradas

en la cesta verbal de Villaurrutia;

Carlos Garrote, eterno medio hermano,

Dios te salve, me dijo al derribarme

y era, por los espejos del insomnio

repetido, yo mismo el que me hería;

Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo;

y los libros marcados por las armas de Príapo,

leídos en las tardes diluviales

el cuerpo tenso, la mirada intensa.

Nombres anclados en el golfo

de mi frente: yo escribo porque el druida,

bajo el rumor de sílabas del himno,

encina bien plantada en una página,

me dio el gajo de muérdago, el conjuro

que hace brotar palabras de la peña.

Los nombres acumulan sus imágenes.

Las imágenes acumulan sus gaseosas,

conjeturales confederaciones.

Nubes y nubes, fantasmal galope

de las nubes sobre las crestas

de mi memoria. Adolescencia,

país de nubes.

Casa grande,

encallada en un tiempo

azolvado. La plaza, los árboles enormes

donde anidaba el sol, la iglesia enana

-su torre les llegaba a las rodillas

pero su doble lengua de metal

a los difuntos despertaba.

Bajo la arcada, en garbas militares,

las cañas, lanzas verdes,

carabinas de azúcar;

en el portal, el tendejón magenta:

frescor de agua en penumbra,

ancestrales petates, luz trenzada,

y sobre el zinc del mostrador,

diminutos planetas desprendidos

del árbol meridiano,

los tejocotes y las mandarinas,

amarillos montones de dulzura.

Giran los años en la plaza,

rueda de Santa Catalina,

y no se mueven.



Mis palabras,

al hablar de la casa, se agrietan.

Cuartos y cuartos, habitados

sólo por sus fantasmas,

sólo por el rencor de los mayores

habitados. Familias,

criaderos de alacranes:

como a los perros dan con la pitanza

vidrio molido, nos alimentan con sus odios

y la ambición dudosa de ser alguien.

También me dieron pan, me dieron tiempo,

claros en los recodos de los días,

remansos para estar solo conmigo.

Niño entre adultos taciturnos

y sus terribles niñerías,

niño por los pasillos de altas puertas,

habitaciones con retratos,

crepusculares cofradías de los ausentes,

niño sobreviviente

de los espejos sin memoria

y su pueblo de viento:

el tiempo y sus encarnaciones

resuelto en simulacros de reflejos.

En mi casa los muertos eran más que los vivos.

Mi madre, niña de mil años,

madre del mundo, huérfana de mí,

abnegada, feroz, obtusa, providente,

jilguera, perra, hormiga, jabalina,

carta de amor con faltas de lenguaje,

mi madre: pan que yo cortaba

con su propio cuchillo cada día.

Los fresnos me enseñaron,

bajo la lluvia, la paciencia,

a cantar cara al viento vehemente.

Virgen somnílocua, una tía

me enseñó a ver con los ojos cerrados,

ver hacia dentro y a través del muro.

Mi abuelo a sonreír en la caída

y a repetir en los desastres: al hecho, pecho.

(Esto que digo es tierra

sobre tu nombre derramada: blanda te sea.)

Del vómito a la sed,

atado al potro del alcohol,

mi padre iba y venía entre las llamas.

Por los durmientes y los rieles

de una estación de moscas y de polvo

una tarde juntamos sus pedazos.

Yo nunca pude hablar con él.

Lo encuentro ahora en sueños,

esa borrosa patria de los muertos.

Hablamos siempre de otras cosas.

Mientras la casa se desmoronaba

yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza

entre escombros anónimos.

Días

como una frente libre, un libro abierto.

No me multiplicaron los espejos

codiciosos que vuelven

cosas los hombres, número las cosas:

ni mando ni ganancia. La santidad tampoco:

el cielo para mí pronto fue un cielo

deshabitado, una hermosura hueca

y adorable. Presencia suficiente,

cambiante: el tiempo y sus epifanías.

No me habló dios entre las nubes:

entre las hojas de la higuera

me habló el cuerpo, los cuerpos de mi cuerpo.

Encarnaciones instantáneas:

tarde lavada por la lluvia,

luz recién salida del agua,

el vaho femenino de las plantas

piel a mi piel pegada: ¡súcubo!

-como si al fin el tiempo coincidiese

consigo mismo y yo con él,

como si el tiempo y sus dos tiempos

fuesen un solo tiempo

que ya no fuese tiempo, un tiempo

donde siempre es ahora y a todas horas siempre,

como si yo y mi doble fuesen uno

y yo no fuese ya.

Granada de la hora: bebí sol, comí tiempo.

Dedos de luz abrían los follajes.

Zumbar de abejas en mi sangre:

el blanco advenimiento.

Me arrojó la descarga

a la orilla más sola. Fui un extraño

entre las vastas ruinas de la tarde.

Vértigo abstracto: hablé conmigo,

fui doble, el tiempo se rompió.
Atónita en lo alto del minuto

la carne se hace verbo –y el verbo se despeña.

Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra,

es saberse mortal. Secreto a voces

y también secreto vacío, sin nada adentro:

no hay muertos, sólo hay muerte, madre nuestra.

Lo sabía el azteca, lo adivinaba el griego:

el agua es fuego y en su tránsito

nosotros somos sólo llamaradas.

La muerte es madre de las formas…

El sonido, bastón de ciego del sentido:

escribo muerte y vivo en ella

por un instante. Habito su sonido:

es un cubo neumático de vidrio,

vibra sobre esta página,

desaparece entre sus ecos.

Paisajes de palabras:

los despueblan mis ojos al leerlos.

No importa: los propagan mis oídos.

Brotan allá, en las zonas indecisas

del lenguaje, palustres poblaciones.

Son criaturas anfibias, con palabras.

Pasan de un elemento a otro,

se bañan en el fuego, reposan en el aire.

Están del otro lado. No las oigo, ¿qué dicen?

No dicen: hablan, hablan.
Salto de un cuento a otro

por un puente colgante de once sílabas.

Un cuerpo vivo aunque intangible el aire,

en todas partes siempre y en ninguna.

Duerme con los ojos abiertos,

se acuesta entre las yerbas y amanece rocío,

se persigue a sí mismo y habla solo en los túneles,

es un tornillo que perfora montes,

nadador en la mar brava del fuego

es invisible surtidor de ayes

levanta a pulso dos océanos,

anda perdido por las calles

palabra en pena en busca de sentido,

aire que se disipa en aire.

¿Y para qué digo todo esto?

Para decir que en pleno mediodía

el aire se poblaba de fantasmas,

sol acuñado en alas,

ingrávidas monedas, mariposas.

Anochecer. En la terraza

oficiaba la luna silenciaria.

La cabeza de muerto, mensajera

de las ánimas, la fascinante fascinada

por las camelias y la luz eléctrica,

sobre nuestras cabezas era un revoloteo

de conjuros opacos. ¡Mátala!

gritaban las mujeres

y la quemaban como bruja.

Después, con un suspiro feroz, se santiguaban.

Luz esparcida, Psiquis…

¿Hay mensajeros? Sí,

cuerpo tatuado de señales

es el espacio, el aire es invisible

tejido de llamadas y respuestas.

Animales y cosas se hacen lenguas,

a través de nosotros habla consigo mismo

el universo. Somos un fragmento

-pero cabal en su inacabamiento-

de su discurso. Solipsismo

coherente y vacío:

desde el principio del principio

¿qué dice? Dice que nos dice.

Se lo dice a sí mismo. Oh madness of discourse,

that cause sets up with and against itself!

Desde lo alto del minuto

despeñado en la tarde plantas fanerógamas

me descubrió la muerte.

Y yo en la muerte descubrí al lenguaje.

El universo habla solo

pero los hombres hablan con los hombres:

hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio:

el corral de los juegos era historia

y era historia jugar a morir juntos.

La polvareda, el grito, la caída:

algarabía, no discurso.

En el vaivén errante de las cosas,

por las revoluciones de las formas

y de los tiempos arrastradas,

cada una pelea con las otras,

cada una se alza, ciega, contra sí misma.

Así, según la hora cae desen-

lazada, su injusticia pagan. (Anaximandro.)

La injusticia de ser: las cosas sufren

unas con otras y consigo mismas

por ser un querer más, siempre ser más que más.

Ser tiempo es la condena, nuestra pena es la historia.

Pero también es el lugar de prueba:

reconocer en el borrón de sangre

del lienzo de Verónica la cara

del otro-siempre el otro es nuestra víctima.

Túneles, galerías de la historia

¿sólo la muerte es puerta de salida?

El escape, quizás, es hacia dentro.

Purgación del lenguaje, la historia se consume

en la disolución de los pronombres:

ni yo soy ni yo más sino más ser sin yo.

En el centro del tiempo ya no hay tiempo,

es movimiento hecho fijeza, círculo

anulado en sus giros.

Mediodía:

llamas verdes los árboles del patio.

Crepitación de brasas últimas

entre la yerba: insectos obstinados.

Sobre los prados amarillos

claridades: los pasos de vidrio del otoño.

Una congregación fortuita de reflejos,

pájaro momentáneo,

entra por la enramada de estas letras.

El sol en mi escritura bebe sombra.

Entre muros –de piedra no:

por la memoria levantados-

transitoria arboleda:

luz reflexiva entre los troncos

y la respiración del viento.

El dios sin cuerpo, el dios sin nombre

que llamamos con nombres

vacíos –con los nombres del vacío-,

el dios del tiempo, el dios que es tiempo,

pasa entre los ramajes

que escribo. Dispersión de nubes

sobre un espejo neutro:

en la disipación de las imágenes

el alma es ya, vacante, espacio puro.

En quietud se resuelve el movimiento.

Insiste el sol, se clava

en la corola de la hora absorta.

Llama en el tallo de agua

de las palabras que la dicen,

la flor es otro sol.

La quietud en sí misma

se disuelve. Transcurre el tiempo

sin transcurrir. Pasa y se queda. Acaso,

aunque todos pasamos, no pasa ni se queda:

hay un tercer estado.

Hay un estar tercero:

el ser sin ser, la plenitud vacía,

hora sin horas y otros nombres

con que se muestra y se dispersa

en las confluencias del lenguaje

no la presencia: su presentimiento.

Los nombres que la nombran dicen: nada,

palabras de dos filos, palabra entre dos huecos.

Su casa, edificada sobre el aire

con ladrillos de fuego y muros de agua,

se hace y se deshace y es la misma

desde el principio. Es dios:

habita nombres que lo niegan.

En las conversaciones con la higuera

o entre los blancos del discurso,

en la conjuración de las imágenes

contra mis párpados cerrados

el desvarío de las simetrías,

los arenales del insomnio,

el dudoso jardín de la memoria

o en los senderos divagantes

era el eclipse de las claridades.

Aparecía en cada forma

de desvanecimiento.
Dios sin cuerpo,

con lenguajes de cuerpo lo nombraban

mis sentidos. Quise nombrarlo

con un nombre solar,

una palabra sin revés.

Fatigué el cubilete y el ars combinatoria.

Una sonaja de semillas secas

las letras rotas de los nombres:

hemos quebrantado a los nombres

hemos deshonrado a los nombres.

Ando en busca del nombre desde entonces.

Me fui tras un murmullo de lenguajes,

ríos entre los pedregales

color ferrigno de estos tiempos.

Pirámides de huesos, pudrideros verbales:

nuestros señores son gárrulos y feroces.

Alcé con las palabras y sus sombras

una casa ambulante de reflejos

torre que anda, construcción en viento.

El tiempo y sus combinaciones:

los años y los muertos y las sílabas,

cuentos distintos de la misma cuenta.

Espiral de los ecos, el poema

es aire que se esculpe y se disipa,

fugaz alegoría de los nombres

verdaderos. A veces la página respira:

los enjambres de signos, las repúblicas

errantes de sonidos y sentidos,

en rotación magnética se enlazan y dispersan

sobre el papel.

Estoy en donde estuve:

voy detrás del murmullo,

pasos dentro de mí, oídos con los ojos,

el murmullo es mental, yo soy mis pasos,

oigo las voces que yo pienso,

las voces que me piensan al pensarlas.

Soy la sombra que arrojan mis palabras.



México, FCE, 1975/1985