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Thursday, November 19, 2009

Abdul Machi: La Rabia



La rabia

Le dije muchas veces a mi María que si había algo que me gustaba era el zumbido del viento entre los árboles altos, ese ruidito que como un canto melancólico trae recuerdos sin memoria, recuerdos de todo y de nada. Además, también le decía que cuando me extrañara saliera al campo, ése que los dos juntos visitábamos tan seguido, y se sentara bajo un árbol. Allí escucharía, tal vez, una paloma zurear esa cantilena tan triste como el arrullo de la muerte, amarga como la muerte del presente para que viva el futuro que es eterno.

Pensaba, pues, que moriría primero yo; eso era lo justo. Yo debí haber muerto primero. Ella, qué decir, de vida sana. Yo, si bien no era un vicioso, en toda la extensión de la palabra, era al menos un hombre que no se negaba un gusto. La vida es corta y por el gusto vale la pena acortarla un tanto más, me decía a mí y a todo cuanto cuestionaba mi forma de vivir. Un buen trago no se le niega al cuerpo, ése era mi dicho preferido.

María en cambio me cuidaba y se cuidaba a sí misma para estar juntos más tiempo, eso decía. Pero la ironía de la vida no podía faltar; ella murió primero. Murió de una enfermedad de animales, hecha para animales y asesina de animales; y la mató a ella. No somos más que animales al fin de cuentas. Ella de cuerpo tan bello y rostro angelical; pensaría uno: ésta no se puede morir, no puede podrirse como se pudre un perro tirado en algún llano, en un monte. ¡No, ésta no se muere! Uno, hombre, tosco, nada delicado, a veces como un animal de carga, sí espera apestar a rata muerta; pero ella, mujer, bella, radiante, delicada, un ángel; ¡cómo pudiera ser alimento de gusano! Pero sí, murió irremediablemente. Y yo no quise que la enterraran rápido, pasaron tres días antes del sepelio. Y sí, hedía igual al animal tirado al lado del camino. ¡Sí, era humana; no era un ángel, no era más que un animal que piensa! Y me di cuenta que estaba enamorado, no de aquel podrido pedazo de carne y hueso, estaba enamorado de su pensar; de la forma en que su pensar movía su cuerpo, su boca, sus ojos, su cintura, todo de ella. Pero eso ya no estaba, y por eso después del tercer día supe que a la que amé se había ido ya, y que sólo ahora vivía en mi memoria. Ese pedazo de carne hediendo ya no era mi María, aunque mi corazón se empeñaba en pensar que sí era ella; y por eso el tercer día la llevé a enterrar.

Cuando le cubría la tierra en aquella oscura fosa escuché el viento zumbar, y alguna paloma cantaba su tristeza, o su alegría que tal vez a mí me parecía tristeza. Ahí pensé: María, soy yo el que te recuerda con el ruidito del viento chocando contra los árboles, soy yo el que iré al campo y me sentaré bajo un árbol a escuchar la paloma cantar mi pena. Soy yo, quizá, el que debiera estar en ese oscuro agujero; pero no, era ella. Entonces recordé que la vida es juguetona y se burla un poco de nosotros, quien busca no encuentra; ella buscaba con ansias la vida, y ésa que nos espera a todos, la muerte, se puso de acuerdo con la vida y le pararon el corazón; yo tal vez fui el medio, pero nada más. A mí, ni la una ni la otra, ni la muerte ni la vida, me llaman demasiado. Que me deje la una cuando quiera, la vida; y que me acoja la otra cuando le plazca, la muerte.

Yo seguí mi vida. Se había muerto mi María, pero mi corazón aún latía y mi garganta todavía sentía sed. ¡Ah qué parrandas aquéllas después de enterrarla! Días y noches metido en la cantina emponzoñando mi cerebro, mi estómago y mi corazón con cualquier trago que mareara, que me hiciera dormir en aquellas noches sin ella, esas noches en que la cama se sentía enorme y aún tenía su olor. Había quedado un olorcito a podrido por los tres días que tuve su cuerpo sin vida en el cuarto; pero aun ese hedorcito me era grato de alguna forma, era algo suyo, lo último que me dejó.

Allá por los quince días de su entierro dejé de ir a las cantinas por un tiempo. Tenía que seguir trabajando para comer, aunque por momentos pensaba que hubiera sido mejor no comer para dejar de extrañarla, pero siendo sincero me dio miedo morir de hambre, fui a trabajar para comprar comida, y descansé un poco de las cantinas, las botellas de vino y cerveza, y de la tristeza. Aunque todo eso volvía de vez en cuando, pero ya no tan seguido.



Me di cuenta que su ausencia ya no me dolía tanto una tarde que fui al monte y escuché el silbido del viento que golpeaba de lleno en los árboles altos. Tampoco me parecieron tristes los arrullos de las palomas. Ahora ese canto me parecía más bien un murmullo nostálgico, pero no un arrullo de la muerte. Me convencí aun más de que la tristeza ya me estaba dejando descansar cuando miré aquellas muchachas en la plaza. No me estaría mal una mujercita de ésas, pensé. Además comencé de nuevo a ir a las cantinas, pero ya no sollozaba sobre la mesa como cuando recién murió mi María, más bien ahora berreaba cuanta canción tocaban los músicos o la sinfonola, y me alegraba sentir dolor por el cual compadecerme a mí mismo y de tener un buen pretexto para tomarme unos tragos; así ya no era tomar por tomar.

Cuando le dio la rabia a mi María no era la misma de siempre. Ésa es una enfermedad de animales. Bien me habían dicho que esos murcielaguitos que se arrastraban por el suelo sin poder volar, tropezándose como locos, eran bien contagiosos. Ella nomás baboseaba esa saliva blanquecina como burbuja de jabón y se revolcaba la pobre como endemoniada. Le hubiera querido evitar esa pena; tan bonita que era. Pero en el suelo revolcándose ya no era la misma, la María de cuando nos conocimos; la de los últimos años tal vez sí; en los últimos años siempre anduvo bien rabiosa y sin mordida de murciélago ni nada, sólo andaba con el ceño fruncido todo el día, y cuando llegaba yo con algunos traguitos, unos nomás, en la panza, se ponía peor que el día que sí le dio la rabia. Cinco días arrastrándose por todas partes, ¡pobre de mi María!

Sí, me cuidaba; me quería tal vez a su manera pero me quería, eso que ni qué; por eso a veces pienso que yo debí haberme tragado la saliva del murciélago. Pero cuando me meto a la cantina ya no siento aquello que me tortura. La extraño, a veces tomo pensando en ella, en el viento que choca con los árboles. Pienso también en las palomas y de vez en cuando en el murciélago que me encontré arrastrándose por allá en el monte.

Esos murciélagos que se arrastran por el suelo –dijo mi compadre Orlando en la cantina–, están rabiosos o se dieron un trancazo, o las dos cosas; les da por volar como locos con la rabia y se estrellan. Y bien que tenía razón el compadre, bien rabioso que estaba el animal al que le saqué la saliva para emponzoñar a mi mujer. Todos contaron que un animalito de esos la mordió, con todo y que nunca le vieron la mordida, ¡pues qué mordida, si la rabia estaba untada en la manzana que le llevé! Yo me encerré tres días con mi mujer ya muerta. Pensé que estaba dormida.

Me entró una locura de ésas que les entra a los que les duele mucho algo, pero después recordé que la María a la que realmente había amado, no murió algunos días atrás, sino mucho antes. Por eso la llevé a enterrar. Nadie la revisó si tenía mordida; ya olía mal y a nadie le gustó eso, pensaron que mi pena me había enloquecido y que por eso la guardé en la casa ya muerta tres días. Y sí, enloquecí un tiempo. Pero luego me acordé de la cantina y de las muchachas que todos los días se juntan en la plaza y me volvió lo sano. Ahora sí que necesito una de ésas, pensé.

Ahora pues, en un mes me caso con una de las muchachas de la plaza. Las mujeres se compadecen mucho de los enlutados; ya le dije a mi Lupita que me recordara con el silbido del viento soplando contra los árboles altos, con el canto triste o alegre, según el que lo escucha, de las palomas. Espero que no le entre la rabia a ésta, mi Lupita, por mi costumbre de ir a las cantinas, como le entró a mi María; otra muertita de rabia, no me lo creerían dos veces. Y además esos murcielaguitos con todo y su saliva andan escasos por aquí, dizque se andan extinguiendo.

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