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Sunday, May 03, 2009

Elia Casillas. En ti...



En ti…


Elia Casillas


Mi vida puse en ti. Nunca malicié que de esta zona sagrada, mis pies se despedirían por delante. Aún no puedo creer lo que veo desde el tul, donde sólo mi transparencia circula, todo es tan evidente aquí... No prohibí el paraíso a tu olfato, renunciando al temor, te dejé en el cruce, no a los pies, ahí no... Sin embargo, donde regía mi señal encaminabas. ¿Cómo llegaste a mí siendo tan desigual, tan extremoso, tan solemne? Era un crepúsculo gallardo, el viento traía en su hélice la esencia del mar. Caminaba al apagarse el sol, cuando el trabajo permitía desentumirme. Asomaste de pronto; el desasosiego en mis facciones te conmovió y aterciopelando la voz, dijiste tu nombre. La fuerza de tu mano se hundió en la carne y de inmediato me soltaste. En ceremonia extraña, dijiste adiós, y sin dejar de verme, un beso volado generó cierto recelo hacia ti. No te vi en prolongado tiempo, hasta que activamos la campaña. En todos los mítines, te distinguía a espaldas de un árbol con las manos en los bolsillos, o perdido en un automóvil, con esa ropa obscura, por el estilo de la que lucías el primer atardecer en que me sorprendiste. Tu fisonomía angulosa y el cabello largo en buen corte, daban un aire de vampiro bizarro a tu estampa. Era un poco jugar, surgías y de alguna forma, percaté la silueta lóbrega. Tu mirada, era un imán que sentía cada músculo y gozaba observándote con prudencia, entre paro y paro. Ese día fue de malas, un escalón aflojó y rodando sin perder el estilo de bailarina sucumbí sobre el pie. ¡Qué bochorno! Nunca me sentí tan estúpida ante el público, hubo algunos acomedidos, pero tú, abriendo vía me recogiste ante el caos de mis colaboradores, que no supieron qué hacer. En tus brazos, el pecho llegó al rostro, no entendía que pasaba con tu fragancia y el cuerpo empezó a chispear. No pude verte a los ojos, mil matices golpeaban las mejillas y me dejé llevar hasta el automóvil. Sólo una luxación de tobillo, por ese lado me fue bien “un poco de yeso y descanso” dijo el traumatólogo. Mi secretaria comentó que no te habías ido, interiormente alegré, ya no tenía miedo de tus arrimos, en cierto modo eras parte de mi realidad. Probablemente, le gusta la forma de encarar a mis contrincantes; pensaba. En poco tiempo, fuiste indispensable en el laberinto de mi resguardo. Primero con bolsas de fruta, dulces, comida, si no venías, despachabas una rosa roja, en disculpa. Usábamos los anocheceres con mil argumentos, eras inagotable, Albert Einstein, Darwin, Emmanuel Kant, cualquier filósofo  o cientifico era bueno para acaparar mi atención. Ah... que lío cuando me cuestionabas sobre teorías, no porque no supiera, si no porque a esas horas, lo único que deseaba era parar mi viveza, en verdad eras recreo, así que me prestaba a tus cuestionamientos, de forma simple.
-A ver, a ver, ¿eres sujeto, objeto o conocimiento? Fíjate bien en la definición de cada uno.
-Sujeto. Soy sujeto.
-¿Segura? Fíjate bien.
-¿No me digas que soy objeto...?
-No. No te has grabado las definiciones, piensa, vamos piensa.
-¿Conocimiento? ¿Soy conocimiento?
-Ja, ja, ja. ¿Y así son todos los políticos?
Luego, a la siguiente visita todo era radicalmente inverso, entrabas con teología, vaya descontrol para mí, la cuestión era peor: Dios era el hecho. ¿Existe o es fe? Y arrastrándome en dudas por tus rumbos, cada hora era una encrucijada de discusiones. Más tarde, emprendías el ataque por mi profesión y ahí si tenías fundamentos, desde la corrupción de mi gremio, hasta la ignorancia de algunos gobernantes. Muchas veces terminaste en la calle sin un adiós, el miedo a que no regresaras me invadía, pero continuamente timbraba el teléfono y conocías mi éxodo. Un oscurecer, festejamos tardíamente tu cumpleaños, en medio de bocadillos, pastel y vino, la conversación se fue en otro rumbo: mi soltería y tu vocación. Una risita apareció de nuevo, movías la cabeza sin suspender el carcajeo. Ya en confianza, debatí tu recelo en las mujeres, abiertamente pregunté oficio y las constantes huidas, lo único que logré fue otra risotada. Me veías fijamente, mientras, en los ojos brillaba la burla por mi interés, pero no descartaste dudas. Con prontitud inesperada tomaste los hombros, directo en los ojos tu profunda contemplación. Mis labios abrieron la voluntad arisca. Rivalizaste con principios amándome, y compartí el cuerpo. Ah... la pasión nos recorría, los besos jugueteaban en mi carne y con facilidad, la piel se acostumbró a la boca que, vagabundeando multiplicó la sensibilidad adormilada. El cabello en tus manos, ondas efervescentes en vaivenes de mi espalda, agitaban el ritmo, y fuimos un movimiento. Entre lucecitas, sin notarlo, te di el control de los días, mi vida fue en las piernas y caí en el mando, encendida en tu complexión delegada. El ímpetu en cada relampagueo, era una centella en mis huesos, estremeciendo interior y dobleces. Mis sentidos se desplomaron en cielos grisáceos, rendida ante el éxtasis desde mi otro punto, desde mi hembra enamorada, desde mi reina líquida. Cada noche en tus brazos, valía más que cualquier triunfo, inteligentemente apartaste mi existencia de todo lo que me rodeaba, hasta quedar solamente tú. Ohhhh... ¿Pero quién entra al mañana, un día antes? Una invitación redactada en letras doradas liberó misterios, ahí, ante mis ojos, el dictamen a cada una de tus desapariciones. Frente a una mujer hubiera peleado... Los rumores sueltos y sin recato hablan de mí. “Desaparición de un hombre de negro, extraña enfermedad, cansancio o simplemente, se durmió mientras se renovaba en su bañera”.
El destino enfureciéndose colocó mi partida en tus manos, celebras mi siguiente paso con una casulla lila. ¡Qué artificial suena hoy el evangelio en tus labios! Apresuras el rito, y las palabras no encuentran orden, ante el asombro de tus feligreses, elevas el brazo derecho para rociarme el último adiós, tus piernas se doblan con el acercamiento y caes a mi lado, el agua bendita hiere tu corazón y mi féretro. Pronto estarás conmigo, hoy emprendes el desliz. Yo te espero, Juan Pablo.



Navojoa Sonora, octubre 16 de 2001

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