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Friday, February 13, 2009

Elia Casillas


No quiero esta noche si tus manos no hablan, si tus dedos no terminan la angustia de mis círculos, de mis cubos, y perros, de este segundo que transita mis cabellos con rabia, los de la otra, la que va con su vestido blanco, con la luna que frota en el río sus labios de mármol, con ella, la que descubre sus dedos sólo para saber que detrás de sus ojos, aún mueves cada letra de este viaje. Pero, si tus pies abren paso en la avenida de otra sangre y el olvido te visita, no quiero esa maleta negra, ni las flores, ni esa música donde mecen mis huesos su grito. Hago un banquete con mi vida, pero sólo tú estás en mis viseras, en el cielo verde que ya se hizo costumbre. Si no estás, quiero agua para los animales, que remolcan mi asesino. Revivo tu rostro, donde la llama extrae luces, que el sol puso encima de mi sombra y hablo conmigo, de ti. Rozo la piel con mimos que aún se mueven y resbalan y caminan y caen y se levantan y mis ojos ya son el cuadro, que encierra tu cara. Respiro, no estás pero tu aroma es azote, es aceite que ilumina desde el sueño, desde el tul donde viaja el frío y dueles, atraviesas el corazón con sólo nombrarte, y mi voz busca, donde descansan los fantasmas, esos que son míos, y de la tierra. No quiero dormir, porque el cielo cae contigo, porque el cuerpo tiene lumbre en la memoria, porque ni siquiera eres oscuridad para cerrar ojos. Veo, ese reloj suena pero no avanza. Y repites el abrazo desde otro pecho, donde tantas veces entrampé la mirada y el miedo y mi voz y trenes, zapatos, y esa infeliz carretera agarrada de mis uñas, despiertas en el espejo del cerebro, donde las rosas siempre están hablándome de ti.

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