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Wednesday, January 28, 2009

Saturday, January 24, 2009

Elia Casillas, Luis Martín Sahagún

Pintura de Luis Martín Sahagún
Voy… Vas.

Elia Casillas


Voy conmigo, y quisiera verte como antes. Aún cuando no estábamos, sentía curiosidad por hurgar tus ojos, pero no me atrevía a enfrentarlos y que descubrieran las tristezas que a veces son el rayo que trasforma mi sonrisa en una habitación hueca. Ahora da lo mismo ir que resbalarme, o caer en tus pestañas, ¿qué más da cuántos pasos falten, a quién le interesa el color de este silencio? A veces, pienso que es mejor el camino sin puertas, respirar a ventana cerrada, sólo en una canción, y repetirla, repetirla hasta que le duelan los oídos a ella misma. Y tú ahí, ¿te burlas? No, tampoco ríes como antes, no puedes, tu risa se arrastra, es un carcajeo a medias, tienes la mirada quebrada, y las pupilas vacías, falta un dulce, unas zapatillas apresuradas, un vestido que llene la brisa, esa que se acurruca en tu soledad cuando piensas. ¿Te burlas? No, sabes que esa estrategia no vas a quemarla conmigo, observas el reloj, hoy es dueño de rutinas, circulas y el vigila tus minutos, esa hora donde emborrachas el abandono y el segundo que nos pisó. …y tu mano y mis uñas no duermen.



Navojoa Sonora, 24 de enero de 2009

Friday, January 23, 2009

“Bacanazo. Un espectáculo de tango”


Tango + Teatro
“Bacanazo. Un espectáculo de tango” rotará durante cuatro meses por distintas sedes de la ciudad con entrada libre y gratuita
Del domingo 18 de enero al domingo 19 de abril de 2009, la Dirección General de Promoción Cultural del Ministerio de Cultura del Gobierno porteño presenta BACANAZO “un espectáculo de tango”. Este gran elenco integrado por ocho músicos en escena, rotará los primeros cuatro meses del año por distintas sedes ubicadas en diferentes puntos de la Ciudad, ofreciendo un total de 14 funciones de calidad con entrada gratuita. La propuesta está compuesta por obras clásicas del 2X4 y un elenco de primer nivel para el público adulto. El espíritu de esta iniciativa es acercar el teatro y el tango a los distintos barrios porteños, para que vecinos y vecinas de todas las edades puedan disfrutar de esta iniciativa artística en forma gratuita.Las entradas pueden retirarse en forma gratuita en las sedes del ciclo una (1) hora antes de cada función.
Ficha Técnica
Orquesta típicaTodos los domingos a las 19hs.Entrada libre y gratuita
Primer bandoneón: Hugo Pagano
Primer violín: Ariel Spandrio
Piano: Aldo Saralegui
Segundo bandoneón: Oscar González
Tercer bandoneón: Alejandro Brusquini
Segundo violín: Leandro Williman
Viola: Claudio Melone
Contrabajo: Ángel Bonura
Cantantes: Ricardo Marín, Diego Solís
Director musical: José Ogivieki
Conducción: Leonardo Nápoli
Producción general: Roberto Rodríguez Paz
Sedes
Espacio Cultural Julián Centeya
Av. San Juan 3255 / Boedo / 4931-9667
Centro Cultural Plaza Defensa
Defensa 535 / San Telmo / 4342-6610
Complejo Cultural Chacra de Los RemediosDirectorio y Lacarra / Parque Avellaneda / 4671-2220 o 4636-0904
Programación
Complejo Cultural Chacra de Los RemediosSiempre a las 19h. Domingos 18/1, 25/1, 1/2, 8/2 y 15/2
Centro Cultural Plaza DefensaSiempre a las 19h. Domingos 22/2, 1/3, 8/3, 15/3, 22/3 y 29/3
Espacio Cultural Julián CenteyaSiempre a las 19h. Domingos 5/4, 12/4 y 19/4
Bacanazo cuenta con el auspicio de Banco Finansur, Banco del Sol, Gerdanna Salud, FE.MU.CA, A.T.A.M., Mutual 1º de Agosto, La Vitalicia y A.M.I.N.T.

Wednesday, January 21, 2009

Mario Capasso



En la Vereda
Casi al final de esa tarde de verano, un rato después que el dolor de cintura se acentuara, el viejo puteó por lo bajo y echó una mirada a las nubes que, recortadas contra el horizonte, ni amenazaban ni dejaban de amenazar. Luego, mientras parecía buscar alguna referencia acerca del lugar en que se encontraba, se pasó un pañuelo por la frente, se levantó de la silla, juntó sus cosas de matear y entró en la casa. Caminó con el cuerpo inclinado hacia adelante, alguna dificultad en la respiración y un cansancio que se le antojaba definitivo. Arrastraba la silla de mimbre con una mano, mientras la otra apretaba el termo y el mate contra el pecho. El pasillo se le antojó largo, ya sin gritos ni corridas ni ladridos, pensó medio a los tumbos mientras lo transitaba. Apenas si quedaban las paredes y sus telarañas, un par de macetas con algo de tierra y una canilla ahí en el medio. Tal vez vaya a llover nomás, se dijo al cerrar la puerta. Ya estaba adentro. El viejo había soportado con tranquilidad las miradas de los vecinos ocultos tras las ventanas, como siempre, observándolo. Un rato antes, mientras mateaba en la vereda, recordó la época en que la situación comenzó a complicarse y cómo, a pesar de todo, decidió seguir adelante con su costumbre. Tiempo después se enteró, porque alguien se animó a contarle, que en el barrio corrían rumores sobre su proceder. Él sonreía por dentro y continuaba la rutina de pasar sus tardecitas en la vereda, con medio cigarrillo al final, aunque tosiera y sintiera a los pulmones salírseles, qué carajo me importa, rezongaba decía cuando podía dejar de toser. Trataba, eso sí, mientras los minutos y las horas transcurrían ahí afuera, de no tener muy a la vista la radio en la que, si bien con interferencias e intervalos de silencio, aún lograba escuchar a veces unos buenos tangos. Esa tarde, ya dentro de la casa, se acordó de cuando, todavía pibe, los padres lo llevaron a vivir allí, en ese barrio que él se empecinaba en seguir llamando Villa Martelli. Un barrio que, a pesar de los sucesos acaecidos en el país y en el mundo, parecía conservar cierto aire de otros tiempos, aunque cada vez se parecía más y más a los otros, concluyó. De pronto una imagen se le cruzó y le trajo a la memoria un cumpleaños, no estaba muy seguro, el de los doce quizá. Sí, los doce. Podía ser. Esa vez los padres, después de ahorrar peso tras peso, habían logrado comprarle la bicicleta. No era nueva como él deseaba, pero sí realmente muy azul, el azul de sus sueños de entonces. Los chicos de ahora no tienen tanta suerte, las calles de hoy deben extrañar las bicicletas y los saltos y las risas y tantas otras cosas, pensó mientras se servía un poco de agua fresca, por suerte le quedaba un poco y decidió terminarla. Luego, al apoyar el vaso en la mesada, observó el polvo acumulado sobre el televisor, pero no lo prendió en esa ocasión tampoco, total, se dijo, sólo transmiten los mensajes que ellos quieren, siempre los mismos, una y otra vez, como si hicieran falta para seguir ocultando lo que pasa. Encima no soportaba esa música que transmitían cuando las palabras cesaban. Además, quizá después de todo el aparato ya ni funcionara. Más o menos durante el horario fijado, cenó lo que le correspondía por ser sábado y luego, en el baño, orinó con algún dolor, se arregló un poco la ropa y el pelo y se dispuso para salir. Unas cinco cuadras lo separaban del lugar en el que cumplía funciones de sereno o algo así. Esa noche había salido algo más temprano y, al cruzar como siempre la plaza, decidió sentarse un rato. Eligió uno de los pocos bancos en condiciones y contempló, a través de las sombras, los yuyales que habían ido ocupando el lugar. El sitio de los juegos para los chicos convertido, en qué, en qué se ha convertido este lugar, se preguntó el viejo a lo mejor con cierta nostalgia. Intentó después imaginar un día de sol y gente paseando por allí. Lo consiguió con esfuerzo, pero bien pronto la imagen desapareció de su mente. Algo disgustado con él mismo, con su ya pobre cabeza que no iba ni para atrás ni para adelante, como solía decir de tanto en tanto, retomó su camino. Llegó sin novedad y así se lo hizo saber al que lo esperaba, otro viejo como él, al que debía reemplazar y que nunca le había caído del todo bien. Cuando lo llevaron por primera vez a aquel sitio, recordó, ellos le dijeron que se trataba de un depósito muy importante y que debía cuidarlo. Él no preguntó nada, para qué, sabía que no le contestarían o, a lo sumo, le hubieran mentido. Sus noches empezaron a transcurrir en un cuarto pequeño y gris, sin ventanas, con unas fotos en las paredes que evitaba mirar. También había allí adentro un olor al que nunca logró acostumbrarse. El mobiliario consistía en una silla no muy deteriorada y en el suelo un teléfono que sonaba muy de vez en cuando, aunque al atender nadie respondía. Nunca dormía mucho, pero esa noche no durmió nada. Lo reemplazaron a la hora correspondiente. Volvía a su casa, ya de madrugada, y ya casi llegaba cuando de pronto se cruzó con un tipo y en la esquina siguiente tuvo un presentimiento y luego, al percibir desde el pasillo el olor, el presentimiento se convirtió en certeza y, vinieron, pensó con fatiga, vinieron al fin, yo sabía o al menos me lo imaginaba, murmuró. Y al entrar en la cocina hubo mucho más que el olor. Una taza sucia volcada sobre la mesada, el peine junto a la taza, los frascos abiertos de unas pastillas que él tomaba, las pastillas por todos lados, el televisor encendido, la radio en un rincón alejado, las pilas a un costado. Y en el piso, en medio de un charco de agua, vio la yerba derramada. Todavía molesto por esos mensajes que le habían dejado, tanto que no había podido dejar de insultarlos aunque la respiración se le complicaba, lo sobresaltó el sonido del teléfono y dudó en atender, hacía mucho que no sonaba, ni siquiera creía que funcionara, pero cuando al fin atendió se tranquilizó enseguida, al reconocer la voz de su gran amigo de toda la vida, devenido en cura, que le dijo que tratara de entender, que no podía seguir haciendo esas locuras, escuchame, ya no sos aquel joven de antes. Agregó que habían ido a la parroquia y que como quien no quiere la cosa le habían preguntado por él, que ya debía callar, no puedo seguir hablando, pero vos haceme caso y dejate de hacer macanas, dijo, y cortó. El día pasó lento, pesado no solamente por el calor y la humedad. La inquietud persistía más allá del clima. Tal vez por ser domingo, ya por la tarde se le ocurrió buscar el banderín de su querido club de toda la vida. Le costó encontrarlo, tanto tiempo hacía que lo había escondido en el galponcito del fondo. Pero al fin lo ubicó entre unos libros, y mientras lo agitaba dulcemente de sus labios salió como una plegaria alguno de los cantos que la hinchada solía repetir desde la tribuna, mientras saltaba, la hinchada saltaba y gritaba y cantaba, ahora parecía mentira tanta pasión en aquella época. Luego, ocultó el banderín entre sus ropas y se estuvo un rato largo sin hacer nada, ahí parado, con calor en el cuerpo también. Al caer la tarde, salió a la vereda y se acomodó nomás en la silla. Miró alrededor. Cuando se sirvió el primer mate lo alzó y, haciéndolo más visible para los vecinos, brindó con una sonrisa, mientras en la radio, la clandestina, comenzaban a sonar los compases de “La última”. “Ya no puedo equivocarme, sos la última moneda que me queda por jugar,…”. Qué tangazo, murmuró el viejo. Ellos no tardaron mucho. Los oyó entre el silencio de las calles vacías. Después, pero no mucho después, los vio aparecer al doblar la esquina. Él siguió sentado y los miró acercarse. Detrás de los que caminaban avanzaba el vehículo. Al viejo le pareció que una niebla envolvía la escena, pero debo ser yo que ya confundo todo, no hay caso con esta pobre cabeza mía que ya no funciona, se dijo. Entonces suspiró, entornó los ojos. Ya sin tiempo para el medio cigarrillo, su boca se aferró a la bombilla y con un placer infinito, escuchó ese ruidito tan familiar, el de la última chupada, ese que avisa que llegó el final.

Wednesday, January 14, 2009

Talpa, Juan Rulfo



Talpa


Juan Rulfo (El llano en llamas)

Natalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo.
Sin embargo, antes, entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos -dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire lleno de muerte-, entonces no lloró.
Ni después, al regreso, cuando nos vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo. En ese entonces, Natalia parecía estar endurecida y traer el corazón apretado para no sentirlo bullir dentro de ella. Pero de sus ojos no salió ninguna lágrima.
Vino a llorar hasta aquí, arrimada a su madre; sólo para acongojarla y que supiera que sufría, acongojándonos de paso a todos, porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados.
Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo llevamos empujándolo entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso hicimos.
La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa. Desde entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener ya remedio. Para eso quería ir a ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches de marzo, así y todo quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía hacer eso: lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente a Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso pensaba él.
Y de eso nos agarramos Natalia y yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano. Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que ayudarlo llevándolo del brazo, sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre sus hombros, mientras él arrastrara su esperanza.
Yo ya sabía desde antes lo que había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus piernas redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban solas desde hacía tiempo. Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo siguiera cuidando. Y así sería siempre mientras él estuviera vivo.
Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber que Tanilo se hubiera muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues casi es seguro de que se hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá, porque todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y el coraje y todo, todas esas cosas juntas fueron las que lo mataron más pronto. Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones, cuando él ya no quería seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo regresáramos. A estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera caminando, diciéndole que ya no podíamos volver atrás. "Está ya más cerca Talpa que Zenzontla." Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más allá de muchos días.
Lo que queríamos era que se muriera. No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde antes de salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de Talpa. Es algo que no podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos me acuerdo muy bien.
Me acuerdo de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche. Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella eso le servía de remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se quedaba adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.
Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.
Ahora todo ha pasado. Tanilo se alivió hasta de vivir. Ya no podrá decir nada del trabajo tan grande que le costaba vivir, teniendo aquel cuerpo como emponzoñado, lleno por dentro de agua podrida que le salía por cada rajadura de sus piernas o de sus brazos. Unas llagas así de grandes, que se abrían despacito, muy despacito, para luego dejar salir a borbotones un aire como de cosa echada a perder que a todos nos tenía asustados.
Pero ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea, desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma. Ella dice que ha sentido la cara de Tanilo estos últimos días. Era lo único que servía de él para ella; la cara de Tanilo, humedecida siempre por el sudor en que lo dejaba el esfuerzo para aguantar sus dolores. La sintió acercándose hasta su boca, escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor. Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a estar contigo", dizque eso le dijo.
Acabábamos de salir de Talpa, de dejarlo allí enterrado bien hondo en aquel como surco profundo que hicimos para sepultarlo.
Y Natalia se olvidó de mí desde entonces. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borró la mirada como si la hubiera revolcado en la tierra. Y pareció no ver ya nada. Todo lo que existía para ella era el Tanilo de ella, que ella había cuidado mientras estuvo vivo y lo había enterrado cuando tuvo que morirse.
Tardamos veinte días en encontrar el camino real de Talpa. Hasta entonces habíamos venido los tres solos. Desde allí comenzamos a juntarnos con gente que salía de todas partes; que había desembocado como nosotros en aquel camino ancho parecido a la corriente de un río, que nos hacía andar a rastras, empujados por todos lados como si nos llevaran amarrados con hebras de polvo. Porque de la tierra se levantaba, con el bullir de la gente, un polvo blanco como tamo de maíz que subía muy alto y volvía a caer; pero los pies al caminar lo devolvían y lo hacían subir de nuevo; así a todas horas estaba aquel polvo por encima y debajo de nosotros. Y arriba de esta tierra estaba el cielo vacío, sin nubes, sólo el polvo; pero el polvo no da ninguna sombra.
Teníamos que esperar a la noche para descansar del sol y de aquella luz blanca del camino.
Luego los días fueron haciéndose más largos. Habíamos salido de Zenzontla a mediados de febrero, y ahora que comenzaba marzo amanecía muy pronto. Apenas si cerrábamos los ojos al oscurecer, cuando nos volvía a despertar el sol el mismo sol que parecía acabarse de poner hacía un rato.
Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados. Los ojos seguían la polvarera; daban en el polvo como si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a veces, cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo, cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido entre todos.
Algún día llegará la noche. En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol. Después nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos.
En eso pensábamos Natalia y yo y quizá también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa, entre la procesión; queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le acabaran los milagros.
Pero Tanilo comenzó a ponerse más malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir. La carne de sus pies se había reventado y por la reventazón aquella empezó a salírsele la sangre. Lo cuidamos hasta que se puso bueno. Pero, así y todo, ya no quería seguir:
"Me quedaré aquí sentado un día o dos y luego me volveré a Zenzontla." Eso nos dijo.
Pero Natalia y yo no quisimos. Había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima por ningún Tanilo. Queríamos llegar con él a Talpa, porque a esas alturas, así como estaba, todavía le sobraba vida. Por eso mientras Natalia le enjuagaba los pies con aguardiente para que se le deshincharan, le daba ánimos. Le decía que sólo la Virgen de Talpa lo curaría. Ella era la única que podía hacer que él se aliviara para siempre. Ella nada más. Había otras muchas Vírgenes; pero sólo la de Talpa era la buena. Eso le decía Natalia.
Y entonces Tanilo se ponía a llorar con lágrimas que hacían surco entre el sudor de su cara y después se maldecía por haber sido malo. Natalia le limpiaba los chorretes de lágrimas con su rebozo, y entre ella y yo lo levantábamos del suelo para que caminara otro rato más, antes que llegara la noche.
Así, a tirones, fue como llegamos con él a Talpa.
Ya en los últimos días también nosotros nos sentíamos cansados. Natalia y yo sentíamos que se nos iba doblando el cuerpo entre más y más. Era como si algo nos detuviera y cargara un pesado bulto sobre nosotros. Tanilo se nos caía más seguido y teníamos que levantarlo y a veces llevarlo sobre los hombros. Tal vez de eso estábamos como estábamos: con el cuerpo flojo y lleno de flojera para caminar. Pero la gente que iba allí junto a nosotros nos hacía andar más aprisa.
Por las noches, aquel mundo desbocado se calmaba. Desperdigadas por todas partes brillaban las fogatas y en derredor de la lumbre la gente de la peregrinación rezaba el rosario, con los brazos en cruz, mirando hacia el cielo de Talpa. Y se oía cómo el viento llevaba y traía aquel rumor, revolviéndolo, hasta hacer de él un solo mugido. Poco después todo se quedaba quieto. A eso de la medianoche podía oírse que alguien cantaba muy lejos de nosotros. Luego se cerraban los ojos y se esperaba sin dormir a que amaneciera.
Entramos a Talpa cantando el Alabado.
Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los últimos días de marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a que Tanilo se puso a hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que llevaban pencas de nopal colgadas como escapulario, él también pensó en llevar las suyas. Dio en amarrarse los pies uno con otro con las mangas de su camisa para que sus pasos se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una corona de espinas. Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los últimos trechos del camino, se hincó en la tierra, y así, andando sobre los huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un olor agrio como de animal muerto.
Y cuando menos acordamos lo vimos metido entre las danzas. Apenas si nos dimos cuenta y ya estaba allí, con la larga sonaja en la mano, dando duros golpes en el suelo con sus pies amoratados y descalzos. Parecía todo enfurecido, como si estuviera sacudiendo el coraje que llevaba encima desde hacía tiempo; o como si estuviera haciendo un último esfuerzo por conseguir vivir un poco mas.
Tal vez al ver las danzas se acordó de cuando iba todos los años a Tolimán, en el novenario del Señor, y bailaba la noche entera hasta que sus huesos se aflojaban, pero sin cansarse. Tal vez de eso se acordó y quiso revivir su antigua fuerza.
Natalia y yo lo vimos así por un momento. En seguida lo vimos alzar los brazos y azotar su cuerpo contra el suelo, todavía con la sonaja repicando entre sus manos salpicadas de sangre. Lo sacamos a rastras, esperando defenderlo de los pisotones de los danzantes; de entre la furia de aquellos pies que rodaban sobre las piedras y brincaban aplastando la tierra sin saber que algo se había caído en medio de ellos.
A horcajadas, como si estuviera tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a ella, enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y Tanilo comenzó a rezar y dejó que se le cayera una lágrima grande, salida de muy adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus manos. Pero no se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí había le cortó esa cosa con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto a uno. Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a gritos para oír que rezaba.
Pero no le valió. Se murió de todos modos.
"... Desde nuestros corazones sale para Ella una súplica igual, envuelta en el dolor. Muchas lamentaciones revueltas con esperanza. No se ensordece su ternura ni ante los lamentos ni las lágrimas, pues Ella sufre con nosotros. Ella sabe borrar esa mancha y dejar que el corazón se haga blandito y puro para recibir su misericordia y su caridad. La Virgen nuestra, nuestra madre, que no quiere saber nada de nuestros pecados; que se echa la culpa de nuestros pecados; la que quisiera llevarnos en sus brazos para que no nos lastime la vida, está aquí junto a nosotros, aliviándonos el cansancio y las enfermedades del alma y de nuestro cuerpo ahuatado, herido y suplicante. Ella sabe que cada día nuestra fe es mejor porque está hecha de sacrificios..."
Eso decía el señor cura desde allá arriba del púlpito. Y después que dejó de hablar, la gente se soltó rezando toda al mismo tiempo, con un ruido igual al de muchas avispas espantadas por el humo.
Pero Tanilo ya no oyó lo que había dicho el señor cura. Se había quedado quieto, con la cabeza recargada en sus rodillas. Y cuando Natalia lo movió para que se levantara ya estaba muerto.
Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza.
Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me olvida.
Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada; ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros y le ha contado de esa manera todo lo que pasó.
Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.
Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de él; de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de Natalia y míos, y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello. De aquel Tanilo a quien ya nada le dolía, pero que estaba como adolorido, con las manos y los pies engarruñados y los ojos muy abiertos como mirando su propia muerte. Y por aquí y por allá todas sus llagas goteando un agua amarilla, llena de aquel olor que se derramaba por todos lados y se sentía en la boca, como si se estuviera saboreando una miel espesa y amarga que se derretía en la sangre de uno a cada bocanada de aire.
Es de eso de lo que quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.
Encontrado en:
http://www.acsu.buffalo.edu/~rfeal/SPA350_91/talpa.html


Monday, January 12, 2009





Salvador Dalí
Tú, no…

Elia Casillas

Cómo desdoblo el cuerpo
Qué hago cuando mis huesos sueñan
En las piernas no hay tregua
la muerte enreja mi sombra
y crío noches
para que me saquen cuervos
Hay crepúsculos que sola espero
en el pensamiento
y juego con palabras
las acomodo debajo de las sábanas
y dejo que pongan viveza en el rostro
y sal en el cuello
No no imaginas tu imagen
cuando el gallo canta
que bien se ve entre las manos
acoplado en el cuerpo
y altos
en soledad que cascabelea
y hace página
Tienes mis anticuerpos
y refrescas neuronas
yo
recojo nostalgias de la espalda
y cuento poemas del ombligo
cuando mi sangre se mezcla
con tus máscaras
Aun así no me conoces
Sabes en lugar de manos
Dios me dio garras
Tengo ojos en el vestido
y en cada vértebra
en el sudor de botines
en la piel donde cuña tu barba
Una loba puntea el resorte del espinazo
trampero
en una sola noche robaste el columpio
donde oscilo
sin hoja brillante para esta fábula
sin lámpara que abra el cielo negro de esta ciega
No no no
creo que no me conoces
Sólo ves mis espejos




Navojoa Sonora, Septiembre 18 del 2008

Thursday, January 08, 2009

David Alejandro Cano Narro


Eloy Mier

Que nombre y apellido tan estúpido le habían heredado sus padres.Eso pensaba a diario Eloy Mier, cuando sus compañeritos de la escuela le gastaban hartas bromas ―Maestra, Mier da la clase ―decía Pedrito― mirando de reojo al regordete Eloy.Eloy era un niño que ni los recreos esperaba, pues nada más salía del cuadro protector del salón de clase y hasta los más insulsos de sus compañeros le gritaban al unísono, como un coro profesional en diferentes tonalidades “eloyito eloyito, el del culo sanito” y reían sin parar.Estudiar le gustaba, era rápido con el abaco y le agradaba que la maestra le pusiera estrellitas en la frente por sus habilidades matemáticas, pues le traía buenas retribuciones de papá Noél.Esa navidad apareció en el pino que aromaba toda su casa un atarí, ya no se aburriría de armar con tanto vértigo el cubo rubik que se compró, después de ahorrar las moneditas que le dejaba el ratón de los lácticos dientes.Ese atarí lo reivindicaría con sus compañeros de clase. Pasó de ser el regordete de quien todos se burlaban, a una especie de deidad de rebosantes proporciones, estilo buda. Llegaban sus compañeritos y le sobaban la circular barriga y le daban ofrendas como pingüinos marinela y paletas tupsi pop; Claro, con la fe ciega de que los llevará al cielo de los video juegos, llegar al nirvana del Pac man.Pero este regordete Dios no sabía de justicia o más bien sabía demasiado al respecto, comenzó por cobrar venganza divina con Pedrito, lo invitó a su casa a jugar al atarí.Lo tenía todo planeado. Pedrito llegaría a las cuatro pe eme. Irían a su cuarto, el cuál no disponía de baño, después de una hora de juego, le daría de beber un kool aid de cereza con algo de purgante y cerraría con seguro para que no tuviera oportunidad de salir, entonces, la diarrea haría de los calzones de Super man de Pedrito estragos. Para esto haciendo uso de sus cálculos matemáticos, estarían llegando cuatro de sus compañeritos más populares del salón a los cuales había citado a las cinco pe eme, tomando en cuenta que a su corta edad sabía que la gente llegaba con un mínimo de quince minutos de retraso.Y así pasó. El día planeado, llegó Pedrito a la hora indicada, era tanta la ansia de Pac man por comer fantasmas y cerezas. Jugaron una hora, y con toda la pueril adrenalina corriendo por sus párvulos cuerpos le dio sed al tal Pedrito. Eloy fue por el Kool aid de cereza. Gozó al ver como se lo bebió hasta la última gota, cerró la puerta con seguro. Nada más faltaba la llegada de sus compañeritos de clase, claro está después del chispeante efecto. En eso vio como se retorcía Pedrito, mientras sonaba el timbre y escuchaba la voz de su madre recibiendo a los pequeñitos. Jejejejejeje se escuchaba la chillona risa del gordito Eloy. Brotaron sonidos acuosos del pequeño trasero de Pedrito, y arrancó hacia la puerta tratando de abrirla. Cuando la logró abrir entraron todos los niños y se taparon la nariz sincronizadamente, mientras Eloy Eloyito el del culo sanito, gritaba ―¡Mierda, la de las nalgas de Pedrito!

Wednesday, January 07, 2009

Sola, sin tu sombra Elia Casillas


Sola,
sin tu sombra


Elia Casillas


Y la torre azul crece
Frida  mira el dolor que se doblegó primero
sin ella
Con acuarela en el cabello
pinta un cielo lóbrego en cada herida
amarrada al caballete de su maldición
cultiva un centenario triste en los ojos
Diego
y flechas
repartidos en el lecho
atizan el calvario.
 
Frida
más viva que nunca
En armazón de muerte
amamos tus costillas
porque somos barro encendido que vuela
vuela y
Vuela mal querido
como tú
para no perderse en turbina cotidiana
para curar la fe que amenizan tus manos
quedas en retina del tiempo
buscándote tu misma.
Guardas males en la botella
amores en lienzo de piedra
enardecen tus deseos
pariendo Fridos al tiempo.
         
Huella que se adelanta
desde la sangre que pusiste en bocetos
suscritos en entrañas del desconsuelo
que ya te cargaba entre ojos
o entre varillas.
Vulnerable sombra retinta
predice tu naufragio
en la falda
y pisa desde otro extremo
alegría de los tobillos.
        
Prófuga en jardín de espinas
amarras alfileres en la piel craquelada
y descubres el arco iris de metal
que te acosa.

Esternón de plástico
y boceto lastimado
donde patinas cementerios
el perdón de la matriz vacía
tu otra parca
frío que llegó con iceberg hosco
y sin mentira
desgasta los talones
poco

a

p

o

c

o

atropellando a la madre
que zarpó sin hijos
El universo te multiplica
venado escrito con magia de los bosques
etérea
para no asustar lilas de la úlcera
peregrinas con tu niña azul
con tu niña de latón
capturada en sábanas tristes.

Frida
corazón de cabuya
y caña
olla
donde hierves genios
el arca de tu guión sepia
y el dedo que abre el rebozo
de tu historia roja.
Ciudad del siglo
el tiempo no desentierra perfume de la osamenta
que abandona astillas en el patio huérfano
con los pies a medias
para circular la gloria que dejaste con tu fuga
tres pulmones al viento
y tonada de cantina.
        
Tus hilos cumplen en hiel del espiral
donde respuestas nunca revelaron preguntas
tus palabras
un chorro de piedras añiles
cantan en la cuerda inerte
donde columpias tu hechura ebria
muñeca rota.