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Sunday, September 28, 2008

Octavio Paz, Mi vida con la Ola.




 


Cuando dejé aquel mar, una ola se adelantó entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron. Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miro seria: "Su decisión estaba tomada. No podía volver." Intenté dulzura, dureza, ironía. Ella lloró, gritó, acarició, amenazó. Tuve que pedirle perdón.
Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto. Tras de mucho cavilar me presenté en la estación una hora antes de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga.
El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acercó otra sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La señora tomó un vasito de papel, se acercó al depósito y abrió la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miró con asombro. Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con violencia. La señora se llevó el vaso a los labios:
-Ay el agua esta salada.
El niño le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron.
 El marido llamo al Conductor:
-Este individuo echó sal al agua.
El Conductor llamo al Inspector:
 -¿Conque usted echó substancias en el agua?
El Inspector llamó al Policía en turno:
-¿Conque usted echó veneno al agua?
El Policía en turno llamó al Capitán: -
¿Conque usted es el envenenador?
El Capitán llamó a tres agentes. Los agentes me llevaron a un vagón solitario, entre las miradas y los cuchicheos de los pasajeros. En la primera estación me bajaron y a empujones me arrastraron a la cárcel. Durante días no se me habló, excepto durante los largos interrogatorios. Cuando contaba mi caso nadie me creía, ni siquiera el carcelero, que movía la cabeza, diciendo: "El asunto es grave, verdaderamente grave. ¿No había querido envenenar a unos niños?".
Una tarde me llevaron ante el Procurador.
-Su asunto es difícil -repitió-. Voy a consignarlo al Juez Penal.
Así pasó un año. Al fin me juzgaron. Como no hubo víctimas, mi condena fue ligera. Al poco tiempo, llego el día de la libertad.
El Jefe de la Prisión me llamó:
-Bueno, ya está libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias. Pero que no se vuelva a repetir, por que la próxima le costará caro...
Y me miró con la misma mirada seria con que todos me veían.
Esa misma tarde tomé el tren y luego de unas horas de viaje incómodo llegue a México. Tomé un taxi y me dirigí a casa. Al llegar a la puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí un dolor en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba allí, cantando y riendo como siempre.
-¿Cómo regresaste?
-Muy fácil: en el tren. Alguien, después de cerciorarse de que sólo era agua salada, me arrojó en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina. Adelgacé mucho. Perdí muchas gotas.
Su presencia cambió mi vida. La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se llenó de aire, de sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de reverberaciones y ecos. ¡Cuántas olas es una ola o cómo puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados, los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados por sus manos ligeras. Todo se puso a sonreír y por todas partes brillaban dientes blancos. El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba en casa por horas, cuando ya hacia tiempo que había abandonado las otras casas, el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas.
El amor era un juego, una creación perpetua. Todo era playa, arena, lecho de sábanas siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguía, increíblemente esbelta, como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecía en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caían sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrían de blancuras. O se extendía frente a mí, infinita como el horizonte, hasta que yo también me hacia horizonte y silencio. Plena y sinuosa, me envolvía como una música o unos labios inmensos. Su presencia era un ir y venir de caricias, de rumores, de besos. Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba arriba, en lo alto del vértigo, misteriosamente suspendido, para caer después como una piedra, y sentirme suavemente depositado en lo seco, como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no es despertar golpeado por mil alegres látigos ligeros, por arremetidas que se retiran riendo.
Pero jamás llegué al centro de su ser. Nunca toqué el nudo del ¡ay! y de la muerte. Quizá en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal a la mujer, ese pequeño botón eléctrico donde todo se enlaza, se crispa y se yergue, para luego desfallecer. Su sensibilidad, como las mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concéntricas, sino excéntricas, que se extendían cada vez mas lejos, hasta tocar otros astros. Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas que no sospechamos. Pero su centro... no, no-tenia centro, sino un vacio parecido al de los torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba.
Tendido el uno al lado de otro, cambiábamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha un ovillo, caía sobre mi pecho y allí se desplegaba como una vegetación de rumores. Cantaba a mi oído, caracola. Se hacia humilde y transparente, echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan límpida que podía leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su piel se cubría de fosforescencias y abrazarla era abrazar un pedazo de noche tatuada de fuego. Pero se hacia también negra y amarga. A horas inesperadas mugía, suspiraba, se retorcía. Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oírla el viento del mar se ponía a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas. Los días nublados la irritaban; rompía muebles, decía malas palabras, me cubría de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupía, lloraba, juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que a mí me parecía fantástica, pero que era tal como la marea.
Empezó a quejarse de soledad. Llené la casa de caracolas y conchas, pequeños barcos veleros, que en sus días de furia hacia naufragar (junto con los otros, cargados de imágenes, que todas las noches salían de mi frente y se hundía en sus feroces o graciosos torbellinos) ¡Cuantos pequeños tesoros se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni el canto silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veía nadar en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar su cabellera con leves relámpagos de colores.
Entre todos aquellos peces había unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No sé por que aberración mi amiga se complacía en jugar con ellos, mostrándoles sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas horas encerrada con aquellas horribles criaturas. Un día no pude más; eché abajo la puerta y me arrojé sobre ellos. Ágiles y fantasmales, se me escapaban entre las manos mientras ella reía y me golpeaba hasta derribarme. Sentí que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado ya, me depositó en la orilla y empezó a besarme, y humillado. Y al mismo tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados. Cuando volví en mi, empecé a temerla y a odiarla.
Tenía descuidados mis asuntos. Empecé a frecuentar los amigos y reanudé viejas y queridas relaciones. Encontré a una amiga de juventud. Haciéndole jurar que me guardaría el secreto, le conté mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la posibilidad de salvar a un hombre. Mi redentora empleó todas sus artes, pero, ¿qué podía una mujer, dueña de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre cambiante - y siempre idéntica a sí misma en su metamorfosis incesantes?
Vino el invierno. El cielo se volvió gris. La niebla cayó sobre la ciudad. Llovía una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba, como una vieja que rezonga en un rincón. Se puso fría; dormir con ella era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente la sangre, los huesos, los pensamientos. Se volvió impenetrable, revuelta. Yo salía con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas. Ella, en su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva roía los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciéndome reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas y fantasmas. Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rápidos y obtusos. Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos se volvieron cuerdas ásperas que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba, golpeaba, golpeaba. Huí. Los horribles peces reían con risa feroz.
 Allá en las montañas, entre los altos pinos y los despeñaderos, respiré el aire frió y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé. Estaba decidido. Había hecho tanto frío que encontré sobre el mármol de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras la vendí a un cantinero amigo, que inmediatamente empezó a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente en las cubetas donde se enfrían las botellas.


Monday, September 22, 2008

SEMINARIO DE PERIODISMO CREATIVO‏

SEMINARIO DE PERIODISMO CREATIVO EN OAXACA
A partir del 2006, el movimiento social oaxaqueño penetró en la memoria de quienes participamos en él, y como resultado generó cientos de historias jamás relatadas, sucesos de vida que deben abandonar el anonimato. Reconocemos que cuando aparecen estas crisis políticas, que ya no pueden ser resueltas en los términos propios de cada era; surge la necesidad histórica de una nueva y se abre un puente para caminar a ella.
Sabemos que ni la naturaleza ni la sociedad podrán soportar, por muchos años más, el régimen actual. La gente se da cuenta que en el seno de este régimen no parece haber opciones: no hay recursos conceptuales ni políticos para lidiar con las dificultades que van en aumento. Creemos que necesitamos leer con otros ojos la realidad que vivimos, para poder optar y empezar la era que queremos, no la que tememos.
Con esta premisa, surge el Seminario de periodismo creativo en Oaxaca, enfocado a cualquier persona que desee narrar su vivencia en el movimiento social oaxaqueño. Creemos que necesitamos otras palabras para hablar de las luchas sociales contemporáneas, que han nacido en los términos de la vieja era.

TEMARIO (11 sesiones de trabajo)

Sesión 1
Presentación y expectativas para el seminario.
Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca

Sesión 2
El columnista en movimientos sociales
Ernesto Reyes

Sesión 3
Puntos de encuentro de los medios comerciales y alternativos
Pedro Matías y Verónica Villalvazo

Sesión 4
El cuento
Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca
La cronista en movimientos sociales con perspectiva de género
Soledad Jarquín
Sesión 5
Como procesar la experiencia
Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca

Sesión 6
El personaje como un carácter para fines informativos
Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca
Sesión 7
Construcción de la trama.
Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca
Sesión 8
La difusión en la ficción política
Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca
Sesión 9
El papel del periodismo creativo en la nueva era.
Gustavo Esteva

Sesión 10
Borrador
Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca
Sesión 11
Revisiones- opcional
Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca

El seminario considerará, desde el primer día, ejercicios prácticos; se leerá una gran diversidad de textos, tantos literarios como periodísticos, se investigará y se escribirá intensamente. De igual manera se pondrán a disposición de los asistentes materiales impresos y de audio. Al finalizar, cada participante habrá escrito varios ejercicios y producido un texto creativo para su publicación.
El Seminario de periodismo creativo en Oaxaca será GRATUITO, y al término del mismo se entregará un DIPLOMA DE PARTICIPACIÓN a las y los participantes. De igual forma, los textos resultantes del Seminario serán PUBLICADOS EN MEDIOS IMPRESOS Y POR INTERNET.

LUGAR: Unitierra, Azucenas 610, Colonia Reforma, Oaxaca.
HORARIO: 09:00 a 12:00, durante 11 sábados.

INICIO DE SEMINARIO: 27 de septiembre.
MÁS INFORMACIÓN: contacto@revolucionemosoaxaca.org y oaxlibre@gmail.com o al teléfono 5151313 en la Universidad de la Tierra en Oaxaca.

Convocan Medios de comunicación alternativos
Oaxaca Libre y Revolucionemos Oaxaca

Saturday, September 20, 2008

Presentación de la Antología MUJERES POETAS DE MÉXICO


ESTE SABADO EN EL CASA: PAULINA Y EL BUSCAPIE



ESTE SABADO EN EL CASA: PAULINA Y EL BUSCAPIE
Estimados amigos y medios informativos:
El Centro de las Artes de San Agustín tiene el gusto de invitarles al concierto de "Paulina y el Buscapié", que se llevará acabo el sábado 20 de Septiembre en la galería planta alta de nuestras instalaciones.
El grupo de música tradicional "Paulina y el Buscapié" está integrado por instrumentistas de destacada trayectoria radicados en nuestra ciudad, que tiene un continuo trabajo en el campo de la creación y difusión de la música tradicional del sur de México.
Un autobús saldrá a las 6 de la tarde del jardín Conzatti
Tanto el transporte como el ingreso

Saturday, September 13, 2008

Guillermo Meneses



El retorno, Luis Martín Sahagún
La mano junto al Muro



La noche porteña se descargó en relámpagos, en fogonazos. Voces de miedo y de pasión alzaron su llama hacia las estrellas. Un chillido ("¡naciste hoy!") tembló en el aire caliente mientras la mano de la mujer se sostuvo sobre el muro. Ascendía el escándalo sobre el cielo del trópico cuando el hombre dijo (o pensó): "Hay aquí un camino de historias enrollado sobre sí mismo como una serpiente que se muerde la cola. Falta saber si fueron tres los marineros. Tal vez soy yo el que parecía un verde lagarto; pero ¿cómo hay dos gorras en el espejo del cuarto de Bull Shit?... La vida de ella podría pescarse en ese espejo... O su muerte...La mano de la mujer se apoyaba en la vieja pared; su mano de uñas pintadas descansaba sobre la piedra carcomida: una marzo pequeña, ancha, vulgar, en contacto con el frío muro robusto, enorme, viejo de siglos, fabricado en épocas antiguas para que resistiese el roce del tiempo y, sin embargo, ya destrozado, roto en su vejez. Por mirar el muro, el hombre pensó (o dijo): "Hay en esta pared un camino de historias que se enrolla sobre sí mismo, como la serpiente que se muerde la cola".El hombre hablaba muchas cosas. Antes —cuando entraron en el cuarto, cuando encontró en el espejo los blancos redondeles que eran las gorras de los marineros— murmuró: "En ese espejo se podía pescar tu vida. O tu muerte". Hablaba mucho el hombre. Decía sus palabras ante el espejo, ante la pared, ante el maduro cielo nocturno, como si alguien pudiese entenderlo. (Acaso el único que lo entendió en el momento oportuno fue el pequeño individuo del sombrerito ladeado, el que intervino en la historia de los marineros, el que podía ser considerado —a un tiempo mismo— como detective o como marinero. Cuando miraba la pared, el hombre hizo serias explicaciones. Dijo: "Trajeron estas piedras hasta aquí desde el mar; las apretaron en argamasa duradera: ahora, los elementos minerales que forman el muro van regresando en lento desmoronamiento hacia sus formas primitivas: un camino de historias que se enrolla sobre sí mismo y hace círculo como una serpiente que se muerde la cola". Hablaba mucho el hombre. Dijo: "Hay en esa pared enfermedad de lo que pierde cohesión: lepra de los ladrillos, de la cal, de la arena. Reciedumbre corroída por la angustia de lo que va siendo".La mano de la mujer se apoyaba sobre el muro. Sus dedos, extendidos sobre las rugosidades de la piedra, sintieron la fría dureza de la pared. Las uñas tamborilearon en movimiento que decía "aquí, aquí". O, tal vez, "adiós, adiós, adiós". El hombre respondió (con palabras o con pensamientos): "La piedra y tu mano forman el equilibrio entre lo deleznable y lo duradero, entre la apresurada fuga de los instantes y el lento desaparecer de lo que pretende resistir el paso del tiempo". El hombre dijo: "Una mano es, apenas, más firme que una flor; apenas menos efímera que los pétalos; semejante también a una mariposa. Si una mariposa detuviera su aletear en un segundo de descanso sobre la rugosa pared, sus patas podrían moverse en gesto semejante al de tu mano, diciendo "aquí, aquí" o, acaso, "adiós, adiós, adiós". El hombre dijo: "Lo que podría separar una cosa de otra en el mundo del tiempo sería, apenas una delgada lamina de humana intención, matiz que el hombre inventa; porque, el fin, lo que ha de morir es todo uno y sólo se diferencia de lo eterno". Eso dijo el hombre. Y añadió: "Entre tu mano y esa piedra está sujeta la historia del barrio: el camino de historias enrollado sobre sí mismo como una serpiente que se muerde la cola. Aquí está la lenta decadencia del muro y de la vida que el muro limitaba. Tu mano dice qué sucede cuando un castillo frente al mar cambia su destino y se hace casa de mercaderes; cuando, entre las paredes de una fortaleza defensiva, se confunde el metal de las armas con el de las monedas.Rió el hombre: "¿Sabes qué sucede?"... "Se cae, simplemente, en el comercio porteño por excelencia: se llega al tráfico de los coitos". Cerró su risa y concluyó, severo: "Pero tú nada tienes que ver con esto; porque cuando tú llegaste, ya estaba hecha la serie de las trasmutaciones. El castillo defensivo ya había pasado por casa de mercaderes y era ya lupanar".Cierto. Cuando ella llegó, el comercio de los labios, de las sonrisas, de los vientres, de las caderas, de las vaginas, tenía ya sentido tradicional. Se nombraba al barrio como al centro comercial de los coitos en el puerto. Cuando ella llegó ya esto era —entre las gruesas paredes de lo que fue fortaleza— el inmenso panal formado por mínimas celdas fabricadas para la actividad sexual y el tiempo estaba también dividido en partícula de activos minutos. (—Tú ahora. Ya. Adiós. Tú ahora. Ya. Adiós. Tú ahora. Ya. Adiós) y las monedas tenían sentido de reloj. Como las espadas, cuyo sitio habían tomado dentro de los muros del antiguo castillo, podían cortar la vida, el deseo, el amor, (Se dice a eso amor, ¿no es cierto?).Pero cuando ella llegó ya existía esto. No tenía por qué conocer el camino de historias que, al decir del hombre, se podía leer en la pared. No tenía por qué saber cómo se había formado el muro con orgullosa intención defensiva de castillo frente al mar, para terminar en centro comercial de coitos luego de haber sido casa de mercaderes. Cuando ella llegó ya existían los calabozos del panal, limitados por tabiques de cartón.Inició su lucha a rastras, decidida y aprovechadora, segura de ir recogiendo las migajas que abandona alguien, ansiosa de monedas. Con las uñas —esas mismas uñas gruesas y mordisqueadas que descansaban ahora sobre la rugosa pared— arrancaba monedas: monedas que valían un pedazo de tiempo y se guardaban como quien guarda la vida. Angustiosamente aprovechadora, ella. El gesto de morderse las uñas, sólo angustia: nada más que la inquieta carcoma, la lluvia menuda de la angustia, dentro de su vida.Ahora, su mano se apoyaba sobre el muro. Una mano chata, gruesa, con los groseros pétalos roídos de las uñas sobre la piedra antigua, hecha de historias desmoronadas, piedra en regreso a su rota insignificancia, por haber perdido la intención de castillo en mediocre empresa de mercaderes.Ella nada sabía. Durante muchos años vivió dentro de aquel monstruo que fue fortaleza, almacén, prostíbulo. Ella nada sabía. El barrio estaba clavado en su peso sobre las aristas del cerro, absurdamente amodorrado bajo el sol. Oscuro, pesado, herido por el tiempo. Bajo el sol, bajo el aliento brillante del mar, un monstruo el barrio. Un monstruo viejo y arrugado, con duras arrugas que eran costras, residuos, sucio, oscura miel producida por el agua y la luz, por las mil lenguas de fuego del aire en roce continuo sobre aquel camino de historias que se enrolla en sí mismo —igual que una serpiente— y dice cómo el castillo sobre el mar se convirtió en barrio de coitos y cómo la mano de una mujer angustiada puede caer sobre el muro (lo mismo que una flor o una mariposa) y decir en su movimiento "aquí, aquí", o "adiós, adiós, adiós".Ella nada sabía. Cuando llegó ya existía el presente y lo anterior sólo podía estar en las palabras de un hombre que mirase la pared y decidiese hablar. Ya existía esto. Y ella estuvo en esto. Los hombres jadeaban un poco; echaban dentro de ella su inmundicia. (O su amor). Ella tomaba las monedas: la medida del tiempo. Encerraba en la gaveta de su mesa de noche un pedazo de vida. O de amor. (Porque a eso se llama amor). Dormía. Despertaba sucia de todos los sucios del mundo, impregnada de sucia miel como el barrio monstruo bajo el viento del mar. Su cabeza sonaba dolorosamente y ella podía escuchar dentro de sí misma el torpe deslizarse de una frase tenaz. "Te quiero más que a mi vida". (¿Cuándo? ¿quién?). Uno. Ella piensa que tenía bigotes, que hablaba español como extranjero, que era moreno. "Te quiero más que a mi vida". ¿Quién podría distinguir en los recuerdos? Un hombre era risa, deseo, gesto, brillo del diente y de la saliva, arabesco del pelo sobre la frente. Luego era una sombra entre muchas. Una sombra en el oscuro túnel cruzado por fogonazos que era la existencia. Una sombra en la negra trampa cruzada por fogonazos, por estallidos relampagueantes, por cohetes y estrellas de encendido color, por las luces de cabaret, por una frase encontrada de improviso: "Te quiero más que a mi vida".Pero todo era brillo inútil, como la historia enrollada sobre sí misma y ella nada sabía de la piedra ni de las historias ni de las luces que rompían la sombra del túnel. Sólo cuando habló con aquel hombre, cuando lo escuchó hablar la noche del encuentro con los tres marineros (si es que fueron tres los marineros) supo algo de aquello. Ella estaba pegada a su túnel como los moluscos que viven pegados a las rocas de la costa. Ella estaba en el túnel, recibiendo lo que llegaba hasta su calabozo: un envión, una ola sucia de espuma, una palabra, un estallido fulgurante de luces o de estrellas.Dentro del túnel, moviéndose entre las sombras de la existencia, fabricó muchas veces la pantomima sin palabras de la moza que invita al marinero: la sonrisa sobre el hombro, la falda alzada lentamente hasta el muslo y mirar cómo se forma el roce entre los dedos del marino.Así llegó aquél a quien llamaban Dutch. El que ancló en el túnel para mucho tiempo. Dutch, amarrado al túnel por las borracheras. La llamaba Bull Shit. Seguramente aquello era una grosería en el idioma de Dutch. (¿Qué importa?). Cuando él decía BULL SHIT en un grupo de rubios marinos extranjeros, todos reían. (¿Qué importa?) Ella metía su risa en la risa de todos. (¿Qué importa, pues? ¿qué importa?). Bien podía Dutch querer burlarse de ella. Nada importaba porque él también estaba hundido en el túnel, amarrado a las entrañas del monstruo que dormía junto al mar. Él cambiaba de oficio; fue marino, chofer, oficinista. (O era que todos —choferes, oficinistas o marinos— la llamaban Bull Shit y ella llamaba a todos Dutch). Y si él cambiaba de oficio, ella cambiaba de casa dentro del barrio. Todo era igual. Alrededor de todos, junto a todos, sobre todos —llamáranse Dutch, Bull Shit o Juan de Dios— estaba el barrio, el monstruo rezumante de zumos sombríos bajo la luz, bajo el viento, bajo el brillo del sol y del mar.Daba igual que Dutch fuera oficinista o chofer. Daba igual que Bull Shit viviese en uno u otro calabozo. Sólo que, desde algunos cuartos, podía mirarse el mundo azul —alto, lejano— del agua y del aire. En esos cuartos los hombres suspiraban; muchos querían quedarse, como Dutch; decían: "¡qué bello es esto!"La noche del encuentro con los tres marinos (si es que fueron tres los marineros) apareció el que decía discursos. Era un hombre raro. (Aunque en verdad, ella afirmaría que todos son raros). Le habló con cariño. Como amigo. Como novio, podría decirse. Llegó a declarar, con mucha seriedad, que deseaba casarse con ella: "contraer nupcias, legalizar el amor, contratar matrimonio". Ella rió igual que cuando Dutch le decía Bull Shit. Él persistió; dijo: "te llevaría a mi casa; te presentaría a mis amigos. Entrarías al salón, muy lujosa, muy digna; las señoras te saludarían alargando sus manos enjoyadas; algunos de los hombres insinuarían una reverencia; nadie sabría que tú estás borracha de un ron barato y de miseria; pretenderían sorprender en ti cierta forma de rara elegancia; pretenderían que eres distinguida y extraña; tú te reirías de todos como ríes ahora; de repente, soltarías una redonda palabra obscena. ¿Sería maravilloso?La miró despacio, como si observase un cuadro antiguo. La mujer apoyaba sobre el muro su gruesa mano chata de mordisqueadas uñas. Él continuó: "Te llevaría a la casa de un amigo que colecciona vitrales, porcelanas, pinturas, estatuillas, lindos objetos antiguos, de la época en la que estas perlas fueron unidas con argamasa duradera para formar la pared del castillo frente al mar. Él te examinaría como si observase un cuadro antiguo; diría, probablemente, que pareces una virgen flamenca. Y es cierto, ¿sabes? Son casi iguales la castidad y la prostitución. Tú eres en cierto modo, una virgen: una virgen nacida entre las manos de un fraile atormentado por teóricas visiones de ascética lubricidad. ¡Una virgen flamenca! Si yo te llevara a la casa de ese amigo, él diría que eres igual a una virgen flamenca, pero... Pero nada de eso es posible, porque el amigo que colecciona antigüedades soy yo y hemos peleado hace unos días por una mujer que vive aquí contigo... y que eres tú".Un hombre raro. Todos raros. Uno se sintió enamorado. ("Te quiero más que a mi vida"). Uno la odió: aquél a quien ella no recordaba la mañana siguiente. ("¿Tú? ¿tú estuviste conmigo anoche? ¿No recuerdas?", dijo él). Había temblor de rabia en su pregunta; como si estuviese esperando un cambio de monedas y mirase sus manos vacías. Los hombres son raros. Una mujer no puede conocer a un hombre. Y menos, cuando el hombre se ha desnudado y se ha puesto a hacer coitos sobre ella: cuando se ha puesto a jadear, a chillar, a gritar sus pensamientos. Algunos gritan "¡Madre!". Otros recuerdan nombres de mujeres a las que —dicen ellos— quieren mucho. Como si deseasen que la madre o las otras mujeres estuviesen presentes en su coito. Jadean, gritan, chillan, quieren que ella —la que soporta su peso— los acompañe en sus angustias y se desnude en su desnudez. Luego sonríen cariñosos: "¿No recuerdas?"Todos raros. Ella nunca recuerda nada. Está metida en la sombra del túnel, en las entrañas del monstruo, como un molusco pegado a la roca donde, de vez en cuando, llega la resaca: la sucia resaca del mar, el fogonazo de una palabra, el centelleo de las luces del cabaret o de las estrellas. Ella está aquí, unida al monstruo sin recuerdos. Lejos, el mar. Puede mirarlo en el tembloroso espejo de su cuarto donde, ahora, están dos gorras de marineros. (Pero, ¿es que no eran tres los marineros?). Hasta parece hermoso el mar a veces. Cargado de sol y de viento. Aunque aquí dentro poco se sepa de ello. Gotas de sucia miel lo han carcomido todo; han intervenido en la historia del muro sobre el cual tamborilean los dedos de la mujer ("aquí, aquí" o "adiós, adiós, adiós") han hecho la historia de los elementos minerales que regresan hacia sus formas primitivas después de haber perdido su destino de fortaleza frente al mar; han escrito la historia que se enrolla sobre sí misma y forma círculo como la serpiente que se muerde la cola.Ella nunca recuerda nada. Nada sabe. Aquí llegó. Había un perro en sus juegos de niña. Juntos, el perro y ella ladraban su hambre por las noches, cuando llegaban en las bocanadas del aire caliente las músicas y las risas y las maldiciones. Ella, desde niña, en aquello oscuro, decidida a arrancar las monedas. Ella en la entraña del monstruo: en la oscura entraña, oscura aunque fuera hubiese viento de sol y de sal. Ella, mojada por sucias resacas, junto al perro. Como, después, junto a los otros grandes perros que ladraron sobre ella su angustia y los nombres de sus sueños. De todos modos, podía asomarse alguna vez a la ventana o al espejo y mirar el mar o las gorras de los marineros. (Dos gorras; tal vez tres los marineros).Porque casi es posible afirmar que fueron tres los marineros: el que parecía un verde lagarto, el del ladeado sombrerito, el del cigarrillo azulenco. Si es que un marinero puede dejar olvidada su gorra en el barco y comprarse un sombrero en los almacenes del puerto, fueron tres los marineros, si no, hay que pensar en otras teorías. Lo cierto es que fue el otro quien tenía entre los dedos el cigarrillo. (O el puñal).Ella miraba todo, como desde el fondo del espejo del cielo. Acaso, como desde el fondo del espejo de su cuarto, tembloroso como el aletear de una mariposa, como el golpear de sus dedos sobre la rugosa pared. Si le hubieran preguntado qué pasaba, hubiera callado o, en el mejor de los casos, hubiera respondido con cualquier frase recogida en el lenguaje de las borracheras y de los encuentros de burdel. Hubiera dicho: "¡madre!" o "te quiero más que a mi vida" o, simplemente, "me llamaba Bull Shit". Quien la escuchase reiría pero, si intentaba comprender, oprimiría el semblante, ya que aquellas expresiones podían significar algo muy grave en el idioma de los hambrientos animales que viven en la entraña del monstruo, en el habla de las gentes que ponen su mano sobre el muro de lo que fue castillo y mueven sus dedos para tamborilear "aquí, aquí" o "adiós, adiós, adiós". Lo que le sucedió la noche del encuentro con los tres marineros (digamos que fueron tres los marineros) la conmovió, la hundió en las luces de un espejo relumbrante. Verdad es que ella siempre tuvo un espejo en su cuarto: un espejo tembloroso de vida como una mariposa, movido por la vibración de las sirenas de los barcos o por los pasos de alguien que se acercaba a la cama. En aquel espejo se reflejaban, a veces, el mar o el cielo o la lámpara cubierta con papeles de colores —como un globo de carnaval— o los zapatos del que se había echado a dormir su cansancio en el camastro revuelto. Se movía el espejo, tembloroso de vida como la angustiada mano de una mujer que tamborilea sobre el muro, porque colgaba de una larga cuerda enredada a un clavo que, a su vez, estaba hundido en la madera del pilar que sostenía el techo. Así, el espejo temblaba por los movimientos del cuarto, por el paso del aire, por todo.Desde mucho tiempo antes, la mujer vivía allí, en aquel cuarto donde los hombres suspiraban al amanecer: "¡qué bello es esto!" y contaban cuentos de la madre y de otras mujeres a las que —decían ellos— habían querido mucho. Cuando el hombre que decía discursos estaba allí, también estaban los marineros; al menos, el espejo recogía la imagen de dos gorras de marineros, tiradas entre las sábanas, junto al pequeño fonógrafo. (Dos gorras de marineros). La mujer que apoyaba la mano sobre el muro podía mirar los círculos blancos de las gorras en el espejo de su cuarto. Dos círculos: dos gorras. (Lo que podría hacer pensar que fueron dos los marineros, aunque también es posible que otro marinero desembarcase sin gorra y se comprase un sombrero en los almacenes del puerto). En el espejo había dos gorras y por ello, acaso el que hablaba tantas cosas extraordinarias dijo: "En ese espejo se podría pescar tu vida".A través del espejo se podría llegar, al menos, hasta el encuentro con los dos marineros. (Digamos que fueron dos; que no había uno más del que se dijera que dejó su gorra en el barco y compró un sombrero en los almacenes del puerto). A través del espejo se puede hacer camino hasta el encuentro con los dos marineros, igual que en la piedra donde se apoya el tamborileo de los dedos de la mujer puede leerse la historia de lo que cambió su destino de castillo por empresas de comercio y de lupanar.Ella estaba en el cabaret cuando los marineros se le acercaron. Uno era moreno, pálido el otro. Había en ellos (¿junto a ellos?) una sombra verde y, a veces, uno de los dos (o, acaso, otra persona) parecía un muñeco de fuego. Una mano de dulzura sombría —morena, con el dorso azulenco— le ofreció el cigarrillo, el blanco cigarrillo encendido en su brasa: "¿quieres?" Ella miró la candela cercana a sus labios, la sintió, caliente, junto a su sonrisa. (La brasa del cigarrillo o la boca del marinero). Ya desde antes (una hora; tal vez la vida entera) había caído entre neblinas. E1 humo del cigarrillo una nube más, una nube que atravesó la mano entre cuyos dedos venía el tubito blanco. Ella lo tomó. Puede recordar su propia mano, con la ancha sortija semejante a un aro de novia. Junto a la sortija estaban la brasa del cigarrillo y la boca del hombre: la saliva en la sonrisa; al lado del que sonreía, el otro —la silueta rojiza— y, también, el que parecía un verde lagarto. No tenía gorra sino sombrerito de fieltro ladeado. (Casi cierto que eran tres, aunque luego se dijera que fueron dos los marineros y esa tercera persona un detective, lo que resultaba posible ya que los detectives, como lo sabe todo el mundo, usan sombrero ladeado, con el ala sobre los ojos).La cosa comenzó en el cabaret. Ella —la mujer de la mano sobre el muro— vivía en el piso alto. Sobre el salón de baile estaba el cuarto del tembloroso espejo donde se podía mirar el mar o las gorras de los marineros o la vida de la mujer. Treinta mujeres arriba, en treinta calabozos del gran panal; pero sólo desde el cuarto de ella podía mirarse el lejano azul, como también sólo ella tenía el lujo del fonógrafo, a pesar de lo cual era nada más que una de las treinta mujeres que vivían en los treinta cuartuchos de piso alto, lo mismo que, en el cabaret, era una más entre las muchas que bebían cerveza, anís o ron. Una más, aunque sólo ella tenía su ancha sortija, semejante a un aro de novia.De pronto, las luces del cabaret comenzaron a moverse: caminos azules, puntos amarillos, ruedas azules y la sonrisa de los marineros, la saliva y el humo del cigarrillo entre los labios. Ella sorbió las azules nubes también; pero ya antes había comenzado la danza de las luces en el cabaret. Caminos rojos, verdes, ruedas amarillas, puntos de fuego que repetían la brasa del cigarrillo. Ella reía. Podía oír su propia risa caída de su boca. Las luces daban vueltas, la risa también se desgranaba como las cuentas de un collar encendido y junto con las luces y la risa, se movían las gentes muy despacio, entre círculos de sombra y de misterio. Los hombres —cada uno— con la sonrisa clavada entre los labios: la silueta rojiza igual que el que semejaba un verde lagarto y el del sombrero ladeado. (El que produjo la duda sobre si fueron tres los marineros). Ella cabeceaba un ademán de danza y sentía cómo su cabeza rozaba luces y risas cuando se encontró frente a un espejo: el tembloroso espejo de su cuarto en cuyo azogue nadaban las dos gorras marineras. Todo ello sucedió como si hubiese ascendido hacia la muerte. Por eso, una voz chilló: "¡naciste hoy!" y el hombre dijo: "En ese espejo se podría pescar tu vida".Pero, eso fue después. Ciertamente, los marineros se acercaron: una mano, una boca, la sombra verde y el rojizo resplandor. Aquel a quien llamaban Dutch había estado esa noche o, tal vez, otra noche parecida a ésta. (Una noche como tantas de las noches nacidas en el túnel, en la entraña del monstruo, en un instante de la gran oscuridad cruzada por fogonazos que era la vida allí). Estaba Dutch. O, acaso, no. No; ciertamente, no. Era el de los discursos, el paciente hablador, quien estaba presente. La mujer alzó su mano en un gesto de danza; sus uñas abrieron cinco pétalos rojos a la luz de las bombillas. Se levantó; sintió en su cuerpo como ella toda tendía a estirarse. Miró (en el espejo de sí misma o en el espejo tembloroso de su cuarto) su cabeza deslizada en ascensión entre las bombillas del cabaret y entre las luces del alto cielo sereno. Se movió —lenta y brillante— sobre bombillas, estrellas, espejos. La voz, la sonrisa, el cigarrillo de los marineros eran palabras, gestos, señales que indicaban el pecho del hombre. (Su cartera o su corazón). Como si atravesara rampas de misterio los pasos de ella la llevaban hacia el que descansaba sobre la mesa del cabaret. Apartó espejos, luces, estrellas; atravesó nubes de humo. Estaba acompañada por los tres marineros (eran tres, entonces): el que parecía un verde lagarto, el del rojizo resplandor y la sombra azulenca en las manos, el del pequeño sombrero ladeado sobre la sien izquierda. Cuando llegó a la mesa, rozó el pecho del hombre que dormía. "Bull Shit", dijo él. "¡Ah! ¡Eres Dutch!" "¿Dutch? ¿Dutch?" "Sacas de tu sombra una palabra y piensas que es un hombre. No, no soy Dutch; tampoco soy el que te dijo te quiero más que a mi vida ni el que te habló de otras mujeres a quienes quiere mucho. Soy otro corazón y otra moneda". Las voces de los dos (¿o tres?) marineros ordenaron: "Sube con él".Ante el espejo se miraron. Ella diría que no pisó la escalera, que no caminó frente al bar, que caminaron —todos— las rampas del misterio y atravesaron las puertas que hay siempre entre los espejos. Por los caminos del misterio, por los caminos que unen un espejo a otro espejo, llegaron (o estaban allí antes) y se miraron desde la puerta del espejo. (Ellos y sus sombras: la mujer, los marineros y el que, antes, dormía sobre la mesa del cabaret mostrando a todos su corazón). El del pequeño sombrero ladeado no estaba en el espejo. El otro, el que dormía cuando estaban abajo, habló; al mirar las gorras de los marineros, dijo a la mujer: "En ese espejo se podía pescar tu vida". (Igual pudo decir "tu muerte").La mujer estaba fuera del cuarto, apoyada la gruesa mano de roídas uñas sobre la rugosa piedra del muro. A través de la puerta veía las gorras de los marineros en el cristal del espejo. El hombre había echado a andar el fonógrafo, del cual salía la dulce canción. Los marineros se acercaban. Suspendida sobre el negro disco, la aguja brillante afilaba la música: aquella melodía donde nadaban palabras, semejantes a las palabras de Dutch cuando Dutch decía algo más que Bull Shit, semejantes a gorras suspendidas en el reflejo de un vidrio azogado. El hombre escuchaba tendido hacia el fonógrafo. Hacia él avanzaba uno de los marinos: el que antes había ofrecido el cigarrillo de azulados humos. La mujer miraba la mano del marinero, nerviosa, activa, cargada de deseos. (Si una moneda es la medida del amor, puede alguien desear una moneda como se desea un corazón). Ella lo entendía así: "El gesto de quien toca una moneda puede ser semejante a la frase te quiero más que a mi vida; acaso ambos. espejos de una misma tontería o de una misma angustia". La mano —deseosa, inquieta, activa— se dirigía al sitio de la cartera o del corazón. El hombre volvió la cabeza; miró cara a cara al marinero. El que tenía en sí un resplandor de brasa rió con risa hueca como repiqueteo de tambor, como el movimiento de los dedos de la mujer sobre el antiguo muro. El hombre volvió a inclinarse sobre la melodía del fonógrafo. La risa del otro caía sobre el ritmo de la música y el hombre se bañaba en la música y en la risa.El gesto del marinero amenazó de nuevo cuando la mujer llamó la atención del que escuchaba la música. Quieta —su mano sobre el muro— lo siseó. Él fue hasta ella; se quedó mirándola, como un conocedor que mira un cuadro antiguo; fue entonces cuando habló: "Hay en esta pared un camino de historias que se muerde la cola. Trajeron estas piedras desde el mar, las apretaron en argamasa duradera para fabricar el muro de un castillo defensivo; ahora, los elementos que formaban la pared van regresando hacia sus formas primitivas: reciedumbre corroída por la angustia de un destino falseado".La mujer lo miraba desde el espejo del cielo, alta entre las estrellas su cabeza. Antes de que ello fuera cierto, la mujer miraba cómo entre los dedos del marinero brillaba el cigarrillo: un cigarrillo de metal, envenenado con venenos de luna, brillante de muerte. Los dedos de ella (y sí que resultaba extraordinario que dos manos estuviesen unidas a elementos minerales y significaran a un tiempo mismo, aunque de manera distinta, el lento desmoronamiento de lo que fue hecho para que resistiese el paso del tiempo), los dedos de ella repiquetearon sobre el muro: "no, no, no".Fue entonces cuando él propuso matrimonio, cuando la comparó a una virgen flamenca, cuando dijo: "Te llevaré a la casa de un amigo que colecciona antigüedades; él diría que eres igual a una virgen flamenca; pero no es posible, porque ese amigo soy yo y hemos peleado por una mujer que vive en esta casa y que... eres tú".El gesto del marinero con el envenenado metal del cigarrillo —o del puñal— era tan lento, como si estuviese hecho de humo. Lento, alzaba su llama, su cigarrillo, su puñal, el enlunado humo encendido de la muerte. Ella movía los dedos sobre el muro; tamborileaba palabras: "no, no, cuidado, aquí, aquí, adiós, adiós, adiós". El hombre dijo: "Te quiero más que a mi vida. Pareces una virgen flamenca. Bull Shit".Ya el marinero bajaba su llama. Ella lo vio. Gritó. La noche se cortó de relámpagos, de fogonazos. (Tiros o estrellas). El del sombrerito ladeado lanzaba chispazos con su revólver. Alguien salió hacia la noche. Hubo gritos. Una mujer corrió hasta la que se apoyaba en el muro; chilló: "¡Naciste hoy!". El hombre repetía: "Bull Shit, virgen, te quiero".La mano de ella resbaló a lo largo del muro; su cuerpo se desprendió; sus dedos rozaron las antiguas piedras hasta caer en el pozo de su sangre; allí, junto al muro, en la sangre que comenzaba a enfriarse, dijeron una vez más sus dedos: "Aquí, aquí, cuidado, no, no, adiós, adiós, adiós". Un inútil tamborileo que desfallecía sobre las palabras del hombre: "Te quiero más que a mi vida, Bull Shit, virgen". El del sombrero ladeado afirmó: "Está muerta".Más tarde el de los discursos comentaba: "Esta es una historia que se enrolla sobre sí misma como una serpiente que se muerde la cola. Falta saber si fueron tres los marineros". El del sombrerito se opuso: "Hay dos gorras en la cama de Bull Shit". "En el espejo", rectificó el de los discursos; "la vida de ella puede pescarse en ese espejo. O su muerte".Voces de miedo y de pasión alzaban su llama hacia las estrellas. La mano de la mujer estaba quieta junto al muro, sobre el pozo de su sangre

Wednesday, September 10, 2008

Silvia Vargas




MÉXICO, D.F., 25 de agosto (apro).- Luego de 11 meses de mantener en secreto la noticia, Silvia Escalera, exesposa del expresidente de la Comisión Nacional del Deporte (Conade), Nelson Vargas, rompió el silencio e hizo público este lunes el secuestro de su hija Silvia Vargas Escalera, de 18 años.En una improvisada conferencia de prensa realizada en el cruce de las calles de Paseo de la Reforma y Circuito Interior, al pie de un edificio, en donde fue colocado un cartel con la foto de su hija, con la leyenda. “Por favor devuélvanme a mi hija Silvia, serán recompensados”, Silvia pidió a los secuestradores que, por piedad, le regresen a su hija."Están a tiempo. Gánense el cielo, devuélvanme a mi hija y todos quedamos en paz", subrayó la mujer que, por voluntad propia, había decidido guardar silencio.Animada por la enérgica reacción ciudadana provocada por el secuestro y muerte de Fernando Martí, Silvia decidió quebrantar ese voto de secrecía y refirió que el secuestro de su hija ocurrió el 10 de septiembre de 2007, cuando la joven iba camino a la escuela, en la colonia Las Águilas, al sur de la ciudad.Sin dar mayores detalles, la mujer leyó un comunicado que llevaba escrito:"Por piedad les suplico que me devuelvan a mi hija. Lo único que me interesa es recuperarla. Quiero que sepan que el acuerdo sigue en pie, solamente devuélvanme a mi hija y ustedes tendrán su recompensa. De corazón no hay rencor ni odio. No habrá represalias y sí recompensa para quien nos dé informes precisos para dar con ella o para quien nos la devuelva". Y ofreció el número telefónico 01-800-31-96-96, así como las páginas electrónicas www.silviavargas.com y silviavargas@silvargas.com.mx, para recibir información relacionada con el paradero de su hija, con el compromiso de que las llamadas serán confidenciales y anónimas. Silvia Escalera confió a la prensa que desde hace meses perdieron el contacto con los plagiarios, por lo que suplicó: "yo les pido a las personas que se la llevaron, que la cuidaron, que la han alimentado, que por favor establezcan contacto conmigo". Y, en diferentes entrevistas con noticieros de radio y televisión, hizo un llamado a los secuestradores para que se pongan en contacto con ella y les recordó que ella va a cumplir con su parte. El llamado de los padres de Silvia Vargas Escalera coincidió con la puesta en marcha de la nueva campaña en medios impresos contra la inseguridad, promovida por la organización no gubernamental México Unido Contra la Delincuencia.Los principales diarios de circulación nacional dejaron en blanco de dos a cuatro páginas, con un recuadro al centro en el que se leían las siguientes leyendas: “ESTAS PÁGINAS EN BLANCO NO SON UN ERROR.

Es la triste evidencia de que, como sociedad, nos hemos convertido en el blanco de la inseguridad y el terror: secuestro, violencia, crimen organizado, impunidad”.

La segunda empieza:“ESTAS PÁGINAS EN BLANCO SON GRITOS DE MIEDO.

Gritos al vacío que las víctimas de la inseguridad y la violencia elevan. Gritos que la sociedad escucha con horror. Gritos que las autoridades no oyen, no atienden, dejan en blanco”.

La tercera dice:“ESTAS PÁGINAS EN BLANCO SON EL HUECO DE LA ACCIÓN DE LAS AUTORIDADES.

Sin importar el clamor de protección de la ciudadana, han dejado en blanco sus promesas de combatir el crimen, de reformar el obsoleto sistema judicial. De garantizarnos tranquilidad.Por último:“ESTAS PÁGINAS EN BLANCO SON UNA NUEVA BANDERA DE LA SOCIEDAD.

Una bandera de paz y de exigencia que todo México ondea frente a las autoridades. Demandamos que hagan a un lado sus diferencias políticas y cumplan con su obligación más elemental: nuestra seguridad”.

“AHORA SÍ

¡YA BASTA!

Monday, September 08, 2008

Elia Casillas, Luis Martín Sahagún

Luis Martín Sahagún
Peces de colores


4 Payasos

Elia Casillas


Van en permanente carcajada
para no gritar que la vida puso un cuatro
bufones que oscilan al filo de la rambla
con la bomba que infartó al tecladista
cerca de su pena
y la guitarra pudre llanos de Husseim
congelando en la boca alegrías a su manera
(¿Cómo la ves…?)
Desgastándose en el circo
empujan el zapato
muertos de risa
¿O de abandono?
Y cuando Bush nos vistió de guerra… el 2003
ocultaron desconsuelos en el color forzado
¿O en la carcajada?
Cautivos en eco de interminable risa
remachan día
y noche
en el traje de su histeria
¿O historia?
Tristeza que llegó sin prisa
y se detuvo para siempre
detrás de la boca roja
En tambor jubiloso mezclan falsedades
mueca de eternidad frente a la vida
agotando el llanto diplomático
y en cualquier autopista de la ONU
dejaron que un misil creciera hora a hora
en sus costillas
En la batería se desmoronan cuatro payasos
heridos de impotencia…
¡Víctimas de espanto!



Navojoa Sonora, abril 2 de 2003


Saturday, September 06, 2008

Elia Casillas


Futalaufquen

Elia Casillas



La arcilla no es capaz de armar el rostro, que se va de las manos como agua, que busca océano para ahogarse. Porque una lágrima fue suficiente, para rebosar el mar, volando olas que se vanaglorian en la arena, de su propio orgasmo. Hoy: tu cuerpo es la escultura que nunca empiezo, réquiem del alma, martillo que golpea el tiempo  y decora la cara con ausencia, que agranda cada día la confusión para andar tus costillas.







Navojoa Sonora, Noviembre 14 del 2004