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Sunday, August 17, 2008

Roberto Juarroz

















Los hombres sólo creen en los rostros,
en los rostros izados como topes,
en las banderas turbias de los rostros.
Por sus ranuras de borde humedecido
hay mucho sitio suelto,
sitio para el pan, el beso, la palabra y el aire,
sitio para la risa y la vergüenza
y para el pie, la máscara, el dije,
el corazón, la lágrima y el sueño.
Es una procesión de cirios vivos
por un extraño desfiladero de fantasmas.

Pero hay uno que anda perdido entre los rostros,
uno que va después de su camino,
desertor de este oficio de muecas,
inclinándose por los contornos como un merodeador,
levantando algo que nadie distingue.
Las palabras caen de su rostro como frutos,
pero algo dice que su cosecha está en otra parte,
en alguna cisterna embosquecida
donde los labios sobran.


El ausente de los rostros
va como enterrado entre rostros,
sin verlos o viéndolos en todo,
como enterrado entre ropas del amor,
gestión de la vida o de la muerte por un aire decisivo,
olvido de la muerte o de la vida,
encontrador o perdedor.

En él acaba algo.
En él empieza algo, es una orilla,
último sitio de quién sabe qué tierra sigilosa,
último borde de los rostros, frontera de raíz.
Los rostros miradores la requisan,
dibujantes expertos.
Pero lo vivo no se puede mirar
y lo muerto tampoco.
Sólo hundiendo se mira,
solo hundiendo y hundiéndose.


Hay un rostro chocando entre los rostros,
El hundidor más solo, el único,
doblando sobre una larga orilla de cristal.


a Julián, el orillero



Por este otoño de atrasadas primaveras
voy buscando, Señor, mi desnudez.
desenfilando focos y sueños por tus lunas,
(ah tu luna, virgen interminable acostándose en la tierra)
(Ah mi sueño, despojo interminable que no puede acostarse)
desenredando hogueras de silencio encendido
y partiendo con mis ojos las mariposas ultimas.
Este quehacer de antiguos corazones doblados,
esta otoñal manera de crecerse,
este no ser perito en nada y para nada,
este viaje que viene de las hojas a las hojas,
es mi gran egoísmo,
pero es también tu nombre.
Porque el borde de la nube no está solo.
La caricia primera vive en él.
La mejor compañía: tu caricia.
Este es un tajo tuyo, Dios desnudo.
Mi desnudez, Señor, tu desnudez.
a Julian el desnudo
La vida se revuelve como un niño loco
para soplarme el corazón.
Pero yo tengo un lugar en la tarde,
un lugar de vientos detenidos,
en donde todo estaría muerto
si no estuviera así.
La vida se ha caído como un hueso trasijado
para ahuecarme el corazón.
pero yo tengo un hueco sin padre ni madre,
de vidrio sin vidrio,
en donde los charcos se detienen como éxtasis
y todas las niñas del mundo
se enamorarían por primera vez.
La vida se ha comido las estrellas,
desahuciadas y rotas,
y se ha clavado en microscopios
y se malsangra en carteles
para encorvarme el corazón.
Pero yo tengo un horizonte sin bocas
y un suavecer sin horizontes
y un deletreo de latidospara morirme en corazón.
a Julián, el corazonado

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