
Del libro "Ingratos Ojos Míos"
El capullo
“Con el atardecer
me iré de ti, me iré sin ti,
me alejaré de ti
con un dolor dentro de mí,
te juro corazón
que no es falta de amor
pero es mejor así,
un día comprenderás
que lo hice por tu bien
que todo fue por ti...”
Cantan: “Los Dos Oros”
El capullo no era callejero por derecho propio. Se le había olvidado a unos gringos en la playa, y mi cuñado, pa’ luego es tarde, lo echó a la cajuela de su taxi y lo llevó a la casa para congraciarse con mi hermana.
Lo conocimos esa misma noche; no más de veinte centímetros de altura, blanco, piel aborregada y una fría nariz de chocolate. Mi cuñado lo llevaba abajo del sobaco y, en cuanto mi hermana abrió la puerta, lo soltó en la sala y desde ahí el capullo se integró a la familia.
Todos nos amontonamos a su alrededor. Mi madre corrió a la cocina y le untó manteca inca en sus cuatro patas. La nueva mascota empezó a mover el pequeño cabo que tenía de cola y dijo: “De aquí soy”, y le pepenó la bastilla acampanada a mi cuñado, como dándole las gracias.
Dio unas vueltas aceleradas sobre su propio eje, paró en seco y postró sus nalgas en la primera punta de zapato que encontró, exhibiendo así esa costumbre que lo acompañó toda su vida.
Alguien propuso que lo bautizáramos y enseguida se organizó la votación directa a través de unos papelitos: motita, escribió alguno; cual sugirió otro; capitán, anoté ridículamente cuando llegó mi turno; ¡capullo!, leyó el que gritaba las propuestas. Se hizo el escrutinio, no hubo consenso, vino una segunda vuelta, volvió a salir capullo, y así lo llamamos. Ese nombre lo marcó para siempre. Pero ya viéndola bien no podía llamarse de otra manera. Su cuerpo frágil y los estornudos que agarró con la primer bañada nos dejaban claro que el capullo nunca serviría de guardián pues con esas delicadezas no espantaba a nadie.
Después de todo el capullo no tenía la culpa de haber nacido en buena cuna. Pero su vida daba un giro de ciento ochenta grados y tenía que adaptarse. Lo hizo: poco a poco, como no queriendo, fue aceptando a el rosco y enseguida los huesos de pollo, y más tarde los bofes y el librillo de res.
El capullo no tuvo que ir a la conquista de su primera dama en lado mexicano: se la trajo a domicilio mi cuñado y el fandango se hizo. Una perra de su raza pero de color café fue la agraciada. Vino el brindis y el pastel, la leche revuelta con cocoa y los aplausos y un carro a muy alta velocidad que le pasó por encima, a la que ni un nombre todavía adoptaba, para dejar viudo al capullo a sólo tres días después del casorio.
Casto aún, y viudo en tan poco tiempo, el capullo fue reconociendo su nueva matria: de la sala pasó a la cocina y de la cocina al patio. Nada más. Nunca le dio por irse a la calle, o morder a alguien o corretear un carro.
A lo mucho frecuentó a el sansón, el perro de doña Elisa. Eso pudo afectarlo en su autoestima pues con un nombre así al lado de ca-pu-llo cualquiera se vulnera. El sansón tenía, frente al capullo, el valor agregado de ser el primer perro sonriente y de color rosa que se haya visto nunca y todo a raíz de los estragos de una sarna mal atendida con aceite quemado que le aplicó doña Elisa.
Pelearse el capullo: ¡Qué ocurrencia!. Estaba consciente de sus limitaciones y llevó su vida en paz. Quizá lo mimamos en exceso: nunca dejamos que se valiera por sí solo y, con excepción de alguna chinampada que se veía obligado a realizar para sobrevivir, le seguimos dando trato como el que seguramente le daban sus antiguos dueños.
Así cando viajábamos, él nos acompañaba en el asiento delantero, paradito en la ventana, saludando a la ciudad; dormía adentro de la casa y, en el colmo de las condescendencias, lo bañábamos en el lavadero como al hermano menor.
Quietecito se quedaba, mientras la espuma del champú lo cubría todo. Una vez enjuagado, salía corriendo y se revolcaba en la tierra hasta quedar como un pedazo de alfombra vieja. En un rato más el sol hacía su parte, tiraba el lodo seco y el capullo quedaba como un algodón, listo para presentarse en sociedad.
Capullooooo, le llamábamos en voz alta delante de la gente como si el nombre estuviera para presumirse. Pero salvo esa nimiedad, siempre fue visto con muy buenos ojos por todos los vecinos. Y es que el capullo, lo que sea de cada quién, era inútil pero hermoso.
Hubo incluso quien quiso utilizarlo para cría. Esto sería un parteaguas en la vida pública del capullo.
La ocurrencia la tuvo don Salvador, el tendero del barrio quien, embelecido con él, se lo pidió prestado a mi madre para cruzarlo con su perra.
No a cualquiera le pedían su perro para esos guégueres. Así que mi ‘amá pa’ pronto dijo: “ClaroquesídonSalvadorquébuenaidea” y esas cosas... y le entregó con todas las recomendaciones del mundo al improvisado semental.
Pero don Salvador no quería errores, ni infidelidades de su perra. La acuarteló, fue por el capullo, subió a los dos al techo de su casa y acordonó el área.
El capullo permaneció unos minutos en el techo; pero ya no aguantó más y, ese día, salió del closet. Tan pronto supo del peligro que corrían sus muy personales preferencias, empezó a caminar desesperadamente en círculos, hizo un alto, agarró vuelo, se envolvió en su honra y, sin despedirse de su ganosa contrayente, emulando al heroico Juan Escutia se lanzó al vacío. Cayó de hocico en un montón de arena y, sin reparar en sus heridas, emprendió la retirada.
Las voces corrieron y a partir de ahí nació el estigma que no se pudo quitar jamás: “El capullo... era de patita cáida”, murmuraban los parroquianos.
A fin de acallar esas habladas, la familia dispuso toda una campaña de desagravio. Para empezar, se le dejó crecer el pelo y por unos meses no se le bañó. Con su melena larga, un olor a cuero rancio y su consecuente mala cara, el capullo adquirió otra fisonomía y así pudimos guardar las apariencias de un perro temible y dispuesto a todo.
Para prolongar esta gallardía, se le impidió que durmiera dentro de la casa. Lloró toda la noche y, tan delicado como siempre, no tardó mucho en agarrar una grave tos, pero esta vez no se lo desaparecimos con los acostumbrados collares de limones, lo que trajo consigo que, por unos días, el capullo fuera dueño de un feroz ladrido, envidia y espanto de todos sus congéneres del barrio.
Así de apuesto anduvo por un tiempo. Pero don Salvador no se quedó callado y, sin piedad alguna, se encargó de propagar las debilidades de el capullo; mi madre valiéndose de la ficción o la esperanza, corrió a desmentirlo y, para terminar con esta polémica de una vez por todas, soltó el borrego de que en la esquina, en la casa de don Jaime, el señor que echaba las cartas y que de vez en cuando se convertía en tecolote, habían nacido dos perritos idénticos al capullo.
Esa paternidad nunca pudo probarse. En el fondo, mi madre sabía que estos sólo eran los fantasmas por ella convocados para silenciar los “quedirán”, pero para entonces, la virilidad del capullo ya estaba en entredicho.
El tiempo fue el mejor aliado. El tiempo también fue el peor enemigo. Todos sabíamos que el capullo era mucho más que una preferencia sexual como la que quiso tener. De esto únicamente se guardó la anécdota y el cascabeleo de la burla cada vez que salía a relucir el tema.
Pero delicado, inútil, sobreprotegido, el capullo nos robó el corazón y lo enterró en no sé qué parte de la casa. Nunca nos dijo dónde lo había dejado, cuando quiso buscarlo, ya no podía, el capullo con el pasar de los años fue perdiendo la vista; caminaba por el patio dando tumbos y estrellando su cuerpo con los horcones del corredor y una vista que se le estaba yendo.
Su final yo no lo sé de cierto. Cada mañana, nos levantábamos buscándolo, sabedores de que podía ser la última. Un día no apareció y los demás tampoco: rezan las crónicas de esos años que al capullo se le vio salir de la casa antes del amanecer y caminó rumbo al cerro atravesado.
La leyenda afirma que el capullo ascendió la colina como los indios y se metió a una cueva. De ahí ya nunca salió para aventarse al vacío ni salvar su honra. Si acaso, con el ojo sano divisó la playa donde hacía quince años mi cuñado lo introdujo al taxi y lo llevó a la casa para congraciarse con mi hermana. Enseguida, el capullo se echó sereno a esperar la luna.