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Monday, February 26, 2007

Franco Félix








Franco Félix
Escritor Sonorense
Estamos condenados, no al grado bartleby, ni al grado montano, sino condenados, así, como esa cuchara que viste un día sobre una mesa y jamás te preguntaste qué hacía ahí, quién la usó, qué habría sido de ella después de que la ignoraste en el universo; así, ligero, sencillo, como el palurdo que somos casi a diario ante esos eventos terribles de la física: una cuchara perdida en nuestra memoria, o la imagen de ella al menos, sumergida en el más profunda cisterna de nuestro olvido. Pero no me mal interpretes, Rojo, es solamente un reconocimiento, si quieres admitirlo, de la melancolía que está merodeando por acá en esta ciudad, la misma.

Recientemente miré un largometraje de Jim Jarmusch, en el que Bill Murray, representa un papel tan infame, tan plano, tan inmutable y a la vez tan entrañable y conmovedor, que me produjo, como suelen producir los personajes sencillos, un leve mareo casi gestor, que venía siendo impulsado por la complejidad que horriblemente refleja el excasafantasma. Y es que deja entrever el personaje lo absurdos y melancólicos, lo vacíos que somos ante la velocidad de las cosas, el kilometraje velocidad luz a la que se somete nuestra minúscula y molecular vida.

Algunos, como Don (Murray) carecemos de ese perfil barroco al que someten a todos los individuos civilizados: genio y convicción. El sistema se parece a una vaca que tienen conectada a aparatos inquisitorios a la que le succionan la leche marca Moral y Justicia, que se beben todos los niños recién nacidos que, inalienablemente, no tienen madre (para beber de su seno). Pero nosotros, los que tenemos que lactar, nos enamoramos de nuestras madres y preferimos drogarnos con su sexo mientras nuestro padre nos observa como un Edipo crepuscular, redentor posmoderno, desde el umbral de la puerta. Y nosotros somos extirpados, Rojo, somos expulsados de ese círculo vicioso o amoroso en el que se ven inmiscuidos nuestros padres, nos niegan su amor, amor carnal, y lo dividen y comparten sus desolaciones y se justifican emitiendo pequeñas cantidades de un cariño que etiquetan de filial. Y nos aman, y después nos arrojan a un mundo devastado por el sexo y la violencia. Y ahí vamos, aprendemos y tenemos hijos, hacemos de la sexualidad una bandera que se irá corroyendo con el tiempo, con nuestro cuerpo fláccido. Y regresamos la mirada como un boomerang y en vez de nuestros padres hay lápidas con sus nombres y les rendimos culto, y nuestros hermanos, se nos caen de la conciencia y pisamos su flores, las rompemos porque ya ni siquiera aúllan los perros que perseguimos con un palo, “hermano”. Y resultamos detectives salvajes de nuestro propio crimen, porque nosotros somos los que buscamos al traidor, al que matará a nuestro padre, a nuestro Edipo, y somos nosotros, los que nos acurrucamos otra vez en una vagina como en una madriguera, un cementerio. Y nos quedamos con nuestra madre, pero tiene otro rostro y otro olor que significa hembra, porque el sexo rancio de nuestras madres se habrá desparramado en sexo opaco de nuestros padres. No tenemos moral, carecemos de esa justicia poética de la que hablan los artistas. Matamos a nuestra madre y nos jodemos a nuestro padre cíclicamente. Nos orinamos en la habitación de una muchachita que nos ofrecerá su cuerpo como un par de muslos abiertos, apenas perceptibles y voraces a nuestra concupiscencia. Sí, Rojo, debemos admitirlo, estamos condenados a la melancolía, porque estamos condenados a exigirle a este puto mundo un segundo más de existencia, de violencia, de libros, de vino, de calles, de palomas muertas, de Praga, de odradeks, de instantes previsiblemente exactos para nuestro próximo cuento.

Bill Murray, o el personaje que interpreta Bill Murray, bebió calostro y por eso se enfrenta a un mundo desolado, a personajes que tienen más miedo del que él tiene a encontrar su destino, su línea recta en la vida. Los personajes con los que se topa, aunque violentos, frágiles y torpes, alimentados con tubos y envases tetrapack.

Don Johnston (el mismo del Día de la marmota), se enfrenta a una verdad tan obsoleta como posible: quizá tiene un hijo, pero al buscarlo, no busca al asesino, al que se fornicó a su madre, a su amante, sino su destino trágico: el futuro, esa nebulosa incierta. No te digo que ahora mismo enfrentes al cabildo de las flores rotas, ni al último resquicio del fuego enemigo. No, hermano, escampar es morir. Claudicar es adolecer esta puta vida con un puto hallazgo: que nos vamos a morir tarde o temprano. Por eso digo, que la muerte sea lo más impensable aunque estemos a tres o cuatro segundos de morirnos. Amigo, acá también hay melancolía, y también se le quiere como un endemoniado doble kafkiano.Rojo, en Barcelona estás convencido de que es de día, pero aquí, hermano, a estas horas en que tu sombra indica un ocaso a las cinco de la tarde, aquí la noche apenas comienza. Un abrazo desde Venecia.

Wednesday, February 21, 2007

Jordi Glantz




Moebius (geografía de tu sexo)

Rotundo, estrictamente rotundo.
Elemental y básico en la escala de la muerte,
un milímetro después de tu cuerpo
está otro cuerpo:
el mío y le precede otra vez el tuyo.


Anatomías hacinadas
Como un complejo sempiterno:
Moebius de carne y sexo,
elemental, básico en la escala de la vida,
Irrefutable, estrictamente irrefutable.



Diáspora de ti

Al más hijoputa de todos


Abro mi boca y te me sales aves migratorias.
Derrumbo tu nombre en otras letras
improviso otros idiomas
lectura reversiva de sílabas
textos sin título ni ilación:
recurro a otros miembros
ninguno sabe a ese amargo marsupio
en el que una vez me gestaste,
me creciste:
me naciste.

Te reinvento en otras carnes morenas
en otra piel de todos los colores,
cuerpos en dilación que no cicatrizan nunca.

Tu sexo es irreversible:
ragmento magro que arrancaste
beso de sulfuro
pene de los mil que tienes
médula de ácido
que desparramaste sobre mi espalda
las mañanas en que me deshabitabas
la hora que pasaba
luego la última penetración
nombre que te ponías sobre el rostro
disfraz de piel y algodón con que me atabas
recuerdos innombrables
que ahora sólo me pertenecen
una de tus falsas identidades.
No hablas, eres como un cangrejo muerto
y disecado en la orilla de la playa:
no me perteneces,
pero tampoco perteneces a la muerte.
Hablo y una diáspora de tu cuerpo fragmentado
se me sale inmarsecible,
inalcanzable:
yerto en la memoria.

Tuesday, February 20, 2007














Pepe Acebes

Acuarelista Español

http://joseacebes.blogspot.com/


Alejandra Pizarnik

Noche
correr no sé donde
aquí o allá
singulares recodos desnudos
basta correr!
trenzas sujetan mi anochecer
de caspa y agua colonia
rosa quemada fósforo de cera
creación sincera en surco capilar
la noche desanuda su bagaje
de blancos y negros
tirar detener su devenir



Sueño
Estallará la isla del recuerdo.
La vida será un acto de candor.
Prisiónpara los días sin retorno.
Mañana
los monstruos del buque destruirán la playa
sobre el vidrio del misterio.
Mañana
la carta desconocida encontrará las manos del alma.


A la espera de la oscuridad



Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos



Balada de la piedra que llora


a Josefina Gómez Errázuriz



la muerte se muere de risa pero la vida
se muere de llanto pero la muerte pero la vida
pero nada nada nada


Tiempo



a Olga Orozco



Yo no sé de la infancia
más que un miedo lumino
soy una mano que me arrastra
a mi otra orilla.
Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.



La Carencia



Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.



Azul



mis manos crecían con música
detrás de las flores
pero ahora
por qué te busco, noche,
por qué duermo con tus muertos


Fiesta en el vacío



Como el viento sin alas encerrado en mis ojos
es la llamada de la muerte.
Sólo un ángel me enlazará al sol.
Dónde el ángel,
dónde su palabra.
Oh perforar con vino la suave necesidad de ser.
La única herida
¿Qué bestia caída de pasmo
se arrastra por mi sangre
y quiere salvarse?
He aquí lo difícil:caminar por las calles
y señalar el cielo o la tierra.
1
sólo la se
del silencio
ningún encuentro
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra
5
por un minuto de vida breveúnica de ojos abiertos
por un minuto de veren el cerebro flores pequeñas
danzando como palabras en la boca de un mudo
13
explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome
18
como un poema enterado
del silencio de las cosas
hablas para no verme
23

una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos

Friday, February 16, 2007

Jorge Luis Borges



José Antonio Regidor

Hombre de la esquina rosada

Jorge Luis Borges

A Enrique Amorim


A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condicion de Rosendo. Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende tempraño en el salón de Julia, que era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal baile.
Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño. La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversion estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al de la companera y a las conversaciones del baile. Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz. Para nosotros no era todavía Francisco ReaI, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada. Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando, siempre como sin ver. Los primeros -puro italianaje mirón- se abrieron como abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después.
El Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas: ­Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista. Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese rumbo. En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no era limpio. ¿;Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con estas palabras: ­Rosendo, creo que lo estarás precisando. A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frio. ­De asco no te carneo­dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos y le dijo con ira: ­
Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre. Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos. La milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito: ­ ¡;Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida ! Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el tango. Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche, ¿;para quien? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio. ­Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo ­me rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más. Me quedé mirando esas cosas de toda la vida ­cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos ­y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿;Que iba a salir de esa basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí después que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo. ¿;Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta.
Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo. Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía. Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió. Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole: ­Entrá, m'hija­y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a desesperarse. ­¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! ­se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola alguno. ­La está mandando un ánima ­dijo el Inglés. ­Un muerto, amigo ­dijo entonces el Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dió unos pasos marcado ­alto, sin ver ­y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿;Ouién le iba a creer? El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos mates y el mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. "Tápenme la cara", dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir y bajar, se animaron a descubrirlo.
Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio. ­Para morir no se precisa más que estar vivo ­dijo una del montón, y otra, pensativa también: ­Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas. Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte después. ­Lo mató la mujer. Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna: ­Fijensén en las manos de esa mujer. ¿;Que pulso ni que corazón va a tener para clavar una puñalada? Añadí, medio desganado de guapo: ­¿;Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después? El cuero no le pidió biaba a ninguno. En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el apuro para salir. Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano.
Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.

Sunday, February 11, 2007

Silvio Rodríaguez


Silvio Rodríguez
cantautor Cubano
Ojalá

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos. .
Ojalá se te acabé la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto,
para no verte siempre en todos los segundos,
en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones .
Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.


Blanco



Todas las noches se pinta de blanco
Sale a la calle llena de colores
Y a cada minuto recibe un brochazo en la piel
Su espalda, sus manos, su rostro
Van siendo invadidos por luces y sombras
Se le van encendiendo de fiebre y de frío
De forma que cuando regresa y se mira no está
Mas vive bajo su avalancha
Ahora está sin salir,
casi nadie merece su amor
Pero saldrá cuando vayas por él
Ahora te espera en su tumba ambulante
Llena de color
Hasta que tú la deshagas de amor
Ahora te espera de noche en su cuarto
Hasta que quieras entrar y salvarlo
De lo que nunca ha elegido
Y arrastra con él
Tú que de un beso lo configuraste
Tú que le echaste más blanco y lloraste
Eres la vieja navaja que espera su piel
Quiere blasfemar contigo de Dios
De los hombres y de él
Quiere llegar más allá de la luz
Quiere destruir las flores
Con que se engañaron los dos
Quiere arrancar de su tierra una cruz
Quiere olvidar que ha crecido educado
Quiere a tu hijo para empinarlo
Como un papalote invencible
Vencedor del miedo
Quiere decirle a cada vecino
Que salga de tus miserables paredes
Que tome la vida de ustedes
Que no haya escondrijos
Y espera que vayas por él
Y espera que vayas por él
Él no te espera, mujer, a que vayas a hacer el amor
Más bien la guerra es lo que quiere hacer
Con veintipico de fechas respalda su sana elección
Con veintipico de muertes su amor


Romanza de la luna
Vuela el mundo sobre el techo
dice el buho que cantando todo mira,
todo busca todo dice
pregonando pregonando,
ay, pregonando .
Cantar y cantar
las lunas se van
y se van
Más otras vendrán
porque éstas no están
ya no están .
Dónde está la siempre eterna
moraleja de la luna dónde está,
que no la encuentro
yo que no tengo ninguna desde cuando,
ay desde cuando .
Subo un monte en la mañana
bajo un río por la tarde
voy con tu mirada a cuestas
desde mi mente que arde
desde cuando,
ay desde cuando.

Y tantos huesos chocarán .
Veré los gallos esconderse,
las palabras reducirse,
las miradas apagarse,
todo eso... .
Veré una piedra humedecerse,
las cenizas calentarse,
los silencios acusarse,
todo eso,
y aun más.
Cuando se llegue al tiempo de la vida
y haya un segundo para detenerse
y nos sentemos con igual frescura
que las piedras de un arroyo viejo.
Cuando juzguemos hazaña por hazaña,
sin otros vicios que no sea lo cierto
ya la guitarra será blanca
y negra llena de humo en el extremo firme. .
Y tantos huesos chocarán, rugiendo,
desmembrando el alma para siempre. .
Veré los mitos desnudarse con su banda
descompuesta por un golpe de cabeza todo eso... .
Veré los pájaros alzarse en vuelo raso sobre el polvo
descargando sus gargantas todo eso,
y mucho más. .
Cuando las voces del clamor guardado
sean el ruido natural del mundo.
Cuando se junte el pie con la cabeza
pese a la biología persistente
y cada casa sea un cayo verde,
como una torre para todo el mundo,
y en mí repose una cabeza hermosa larga
y redonda como un buen océano.
El güije
Del fondo soy de la laguna fría
Donde la novia de la noche va
A deshacerse
En platería / Sobre mis aguas / De oscuridad
Soy tan pequeño que me escurro ágil
Y tan fugaz que quien me alcanza a ver
Cree que sin sol la realidad es frágil,
Que hay criaturas que no pueden ser ..
Luzco pellejo de barro, melena de lino
Ojos de madrugada sin color
Nunca reflejo la luz / Soy una sombra total
Oigo que hay un cielo azul / Que apenas puedo soñar
Sólo una vez me miraron sin miedo y sin odio
Sólo una vez un beso de mujer
Y me sentí el corazón / Tan vivo que lo canté
Presa del dulce sabor / Que no ha querido volver
Y hoy sé el espanto / De lo que ya se fue .
Del fondo soy de la laguna fría
Donde la novia de la noche va
A deshacerse / En platería
Sobre mis aguas / De oscuridad
Soy sobresalto de los imprudentes
Que se extravían en su trasnochar
Y aunque no soy heraldo de la muerte
Yo soy un güije de la soledad
...Yo soy un güije de la soledad .
...Yo soy un güije de la soledad

Friday, February 09, 2007

José Antonio Regidor


José Antonio Regidor
Acuarelista Español
La acuarela goza de una versatilidad tal, que siempre es posible hacer alguna cosa nueva con ella. José Antonio Regidor lleva años innovando en el campo del paisaje. Por otra parte, se aprecia un replanteamiento temático, buscando nuevos puntos de vista para el paisaje y motivos distintos a los consabidos rincones pintorescos.José Antonio Regidor se encuentra mucho más a gusto en el campo que en el paisaje urbano.
En las obras de paisaje urbano, hay que ser poco menos que un conocedor para distinguir una acuarela suya de las de otros acuarelistas segovianos o, al menos, no se distingue al primer golpe de vista. Pero en los paisajes campestres, en los cuadros con vegetación, Regidor es inconfundible por esos almendros florecidos de nata, tratados con infinita libertad y soltura, almendros ligeros como el algodón dulce de las ferias y, como él, ligeramente rosados. Lo mismo cabe decir del amarillo y del naranja de los chopos otoñales, convertidos en antorchas encendidas, en vaporosas nubes de color libremente extendido sobre el papel.La abundancia de esos atrevidos tonos de color, los amarillos, los naranjas y, sobre todo, los rosas, son la otra nota distintiva de la pintura de José Antonio Regidor, una pintura que es acuarela cada vez más imaginativa y más dinámica, más suelta y más rápida. Una imagen convencional tratada de un modo inusualmente optimista y colorista, es la gran vista general de Segovia; una Segovia que se levanta sobre los círculos concéntricos de la muralla y de una corona de vegetación con menos verdes de lo habitual, formada por 'las aladas almas de las rosas del almendro'. Del almendro de nata.
Tomado de la Internet

Thursday, February 08, 2007

Elia Casillas, Luis Martín Sahagún




El Retorno
Luis Martín Sahagún
Pintor Sonorense
Nativo de Navojoa
Juro


Elia Casillas


Ante Dios juro:
En tus brazos despertó mi sangre
y mis caderas entraron a tu mundo
ante cualquier Templo confieso:
¡Te amo!
Frente a los Cristos
que viven en mi pared sin pagar espacio
junto a los pájaros del calvario
y todos los árboles del cielo digo:
Este amor vivirá en un libro
como tú
desde la uña del suelo
hasta el ultimo pigmento de la creación
donde brota la mañana
y la noche viene con amor a despertarnos las piernas
en la nube con la piel mojada
alegres los cuerpos sin el miedo de gritar…
¡Nos queremos!
No hay paz en mi esquina
la gran revolución se fragua en mis pechos
salta el Ave Maria del rosario
reemplazándome por un día
sólo un dì…a
¡Al fin podré volar!!
Navojoa Sonora Diciembre 2 de 2002


Si es que vivo...
Si este instante regresa el tren
y estropea mi cuerpo
creo que pierdo menos
Aquí donde vienes
a esconderte en la noche
de mis trapos viejos
En esto me sostengo indiferente
desde que no encuentro entre tanto cielo
tus ojos de cazador en reto
De hombre sin sol
desnudando mi cuello
mi buen Vampiro
mi gran Señor
Robaste mi sangre
y la carne muere en tu hocico...
Nada puedo hacer
Si es que vivo
busca la dirección de mi cuerpo arruinado
que no ya no funciona sin ti

Me... He quedado

Me quedan los Cristos
las velas que salieron de estas manos
tu imagen retorciéndose en mis piernas
y el empeine que lamenta tus ausencias
Se adormilan los pechos
más de una vez los frota tu recuerdo
y despiertan enojados
Vienes en las camisas que me inspiran
entre tanto olor que atizas
cuando encaballas mi cuerpo
Y deseo quitarme las caderas
ponerlas en un e-mail
con todos los instantes que no controlo
para que las regreses cansadas
He quedado sin ti...
Avivas tarde a tarde
no lo entienden mis sábanas
y protestan
cuando no te desdoblas en mi
Hago el amor con tus reliquias
mil letras ruedan en mi piel
y con las ganas que se desbarrancan...
¡Armo tu nombre!
Navojoa Sonora, Octubre 9 de 2002


Wednesday, February 07, 2007

Esopo

















Esopo
Grecia: Siglo VI ac




El abeto y el espino





Disputaban entre sí el abeto y el espino. Se jactaba el abeto diciendo:
-Soy hermoso, esbelto y alto, y sirvo para construir las naves y los techos de los templos. ¿Cómo tienes la osadía de compararte a mí?
-¡Si recordaras -replicó el espino- las hachas y las sierras que te cortan, preferirías la suerte del espino!
A veces la fama no es conveniente.






El águila de ala cortada y la zorra






Cierto día un hombre capturó a un águila, le cortó las alas y la soltó en el corral junto con todas sus gallinas. Apenada, el águila, quien fuera poderosa, bajaba la cabeza y pasaba sin comer: se sentía como una reina encarcelada.
Pasó otro hombre que la vio, le gustó y decidió comprarla. Le arrancó las plumas cortadas y se las hizo crecer de nuevo. Repuesta el águila de sus alas, alzó vuelo y apresó a una liebre para llevársela en agradecimiento a su liberador.
La vio una zorra y maliciosamente la mal aconsejaba diciéndole:
-No le lleves la liebre al que te liberó, sino al que te capturó; pues el que te liberó ya es bueno sin más estímulo. Procura más bien ablandar al otro, no vaya a atraparte de nuevo y te arranque completamente las alas.
Siempre corresponde generosamente con tus bienhechores,y por prudencia mantente alejado de los malvados.

El águila, el cuervo y el pastor

Lanzándose desde una cima, un águila arrebató un corderito.
La vio un cuervo y tratando de imitar al águila, se lanzó sobre un carnero, pero con tan mal conocimiento en el arte que sus garras se enredaron en la lana, y batiendo al máximo sus alas no logró soltarse.
Viendo el pastor lo que sucedía, cogió al cuervo, y cortando las puntas de sus alas, se lo llevó a sus niños.
Le preguntaron sus hijos acerca de qué clase de ave era aquella, y les dijo:
-Para mí sólo es un cuervo, pero él se cree águila.
Pon tu dedicación en lo que realmente estás preparado, no en lo que no te corresponde.

El águila y el escarabajo

Estaba una liebre siendo perseguida por un águila, y viéndose perdida pidió ayuda a un escarabajo, suplicándole que la salvara.
Le pidió el escarabajo al águila que perdonara a su amiga. Pero el águila, despreciando la insignificancia del escarabajo, devoró a la liebre en su presencia.
Desde entonces, buscando vengarse, el escarabajo observaba los lugares donde el águila ponía sus huevos, y haciéndolos rodar, los tiraba a tierra. Viéndose el águila echada del lugar a donde quiera que fuera, recurrió a Zeus pidiéndole un lugar seguro para depositar sus futuros pequeñuelos.
Le ofreció Zeus colocarlos en su regazo, pero el escarabajo, viendo la táctica escapatoria, hizo una bolita de barro, voló y la dejó caer sobre el regazo de Zeus. Se levantó entonces Zeus para sacudirse aquella suciedad, y tiró por tierra los huevos sin darse cuenta. Por eso, desde entonces, las águilas no ponen huevos en la época en que salen a volar los escarabajos.
Nunca desprecies lo que parece insignificante, pues no hay ser tan débil que no pueda alcanzarte.


El águila y la flecha



Estaba asentada un águila en el pico de un peñasco esperando por la llegada de las liebres.
Mas la vio un cazador, y lanzándole una flecha le atravesó su cuerpo.
Viendo el águila entonces que la flecha estaba construida con plumas de su propia especie, exclamó:
-¡Qué tristeza terminar mis días por causa de mis plumas!
Más profundo es nuestro dolor cuando nos vencen con nuestras propias armas.

Tuesday, February 06, 2007






Francisco Sánchez López
El Maestro Héctor Martínez Arteche, y al fondo el pintor Luis Martín Sahagún.

La Ruta del Arte y los Artistas del Festival de Álamos.

Creo que la versión número 23 del Festival Alfonso Ortiz Tirado en Álamos ha sido el mejor en su historia por la calidad de los conciertos de gala operísticos en el Palacio Municipal, eventos musicales en el atrio de la iglesia La Purísima Concepción, en el Foro alterno y en La Alameda durante días asoleados o nublados con intenso frío nocturnal del invierno en la región serrana del desierto de Sonora, a donde fui para adquirir más cultura clásica y extasiarme con el arte expuesto en las 16 exposiciones de la Ruta del Arte auspiciada por el Instituto Sonorense de Cultura y el arte expuesto en la Plaza de Armas por los famoso e internacionales Artistas del Festival de Álamos.
¡Bravo!, ¡Bravísimo! Es mi exclamación al conciertos de gala de la clausura, porque -Extasió mi espíritu errante en busca de la belleza-, por la mezzosoprano Carla López-Speziale, el tenor Armando Mora y el pianista Pablo Singer, deleitándonos con melodías de opera y mexicanas de María Grever y a petición del público, que de pie aplaudía sin cesar, terminó el festival con la canción “Granada”, ovacionada por el gobernador Eduardo Bours, su distinguida esposa Lourdes Laborin, su gabinete de lujo y demás invitados especiales.
¡Bravo!, exclamo tres veces para las sopranos Sarahí Salgado, la cajemense Margarita Estrada, el barítono Emmanuel Mayoral y al pianista Daniel Villegas por el repertorio musical de “La flauta mágica, “La tabernera del pueblo”, “El barbero de Sevilla” y ”Mefistofeles”, en la noche de gala de la Universidad de Sonora.
No cabe duda que el espíritu de este Festival es la cultura plástica presentada por las dos propuestas arriba señaladas por la cantidad de pinturas, esculturas, grabados y fotografías montadas en casonas coloniales y edificios históricos, donde asistí a la inauguración de la exposición gancho “Fusiones”, por los pintores Valdimir Cora y Jazzamoart en el Museo Costumbrista con obras figurativas y abstractas carentes de estética por su deformaciones de la figura humana y su colorido violento. Tampoco me agradó el mural pintado con aberrantes abstracciones efectuado en honor del homenajeado Carlos Prieto, porque no lograron expresar la belleza musical de este gran violonchelista.
En el Palacio Municipal observé las pinturas de la V Bienal de Artes Visuales de Sonora previamente criticadas. Subí las escalinatas del callejón contiguo a este edificio para llegar a la Casa de la Cultura y ver las exposiciones: Tekne de los artistas jóvenes y la colectiva “La música se ve”, de los Artistas Plásticos de Álamos. Baje de la cima para llegar al Museo de la María Félix y ponerle atención la exhibición “Sonora”, por los Pintores Independientes de Guaymas, crucé la calle para llegar al restaurante La Puerta Roja y admirar la exposición “Sensibilidad: Las Artes”, de Rito Emilio Salazar. Con el tiempo en contra para no perder la banca, le eché un vistazo a la colectiva de la Asociación de Artistas Plásticos del sur de Sonora en la Biblioteca Pública para luego ir al Hotel Colonial y ser atendido cordialmente por Carmen María Gámez Ramírez durante un recorrido emocional por la exhibición La “Frontera desconocida”, de los artistas de Nogales y la de fotografía documental por Oscar Monroy y Sofía Monroy. Doble la esquina de la calle llena de historia para llegar al restaurante Polos para conocer la visión fotográfica de la exposición “Cromática Sonorense”, de Mario Sánchez Luna; Pasé frente al museo para cruzar la calle al restaurante Las Palmas, pero me detuve para darle el paso libre a un jinete de a caballo por si las dudas hace lo que Gaspar el burro del festival y extasiarme con los magníficos grabados de Adriana Salazar La Madrid en su propuesta “Sueños del pasado”, joven artista que le veo un prometedor futuro en la plástica sonorense por su trabajo armonioso y bello.
El arte Sacro en el Hotel la Casa de los Tesoros y la de Margo Finlay están repetidas, lamento no asistir a la exhibición “Libertad relativa”, de Karla Inés Yescas en la galería Tacubaya, a la de Roberto Bloon, ni la colectiva de la Asociación Sonorense de Artes Plásticas en el Mercado de las Artesanías ni a “La fiesta de las mascaras”.
Tengo por norma no dar pleitesía a nadie en el mundo, pero debo mencionar que fue una muy grata la inesperada visita del Gobernador Eduardo Bours a la plaza recorriendo casi todos los puestos y mirando de soslayo al arte expuesto, lo noté muy jovial, amable y feliz. Distraje su atención para que posara frente a mis acuarelas e ipso facto aceptó con gusto para luego darme las gracias mientras nos despedíamos cordialmente.
La otra propuesta del festival de la Sonora culta, fue la gran exposición de pinturas por los Artistas del Festival de Álamos en la Plaza de Armas, presentando al público cientos de obras plásticas que junto a la Ruta del Arte transformaron a esta ciudad colonial en el centro artístico más importante del noroeste de México.
Nuevamente estos artistas independientes se reúnen para exhibir su arte al pueblo alamense y a los miles de visitantes y turistas que deambularon en la plaza durante los días del festival. Para que usted los conozca, externo sus opiniones a las preguntas ¿Qué piensas de tu arte? y ¿Qué los motiva a exhibir en la Plaza de Armas de Álamos?
El pintor egresado de escuela La Esmeralda de la Ciudad de México, Luis Martín López Sahagún, respondió mientras espera vender algunos de sus magnificas pinturas realistas de caballos y flora sonorense: “El arte en esta plaza es el contacto con la gente porque para el artista es fundamental ver y ser visto; El arte es para ser expuesto y no puede ser comprendido porque como dijo Picasso: -No puedes entender el canto de un pájaro, sólo te gusta o no-; Álamos durante el festival es un centro de arte por ambas exposiciones por diferentes artistas donde tienes acceso a lo que se hace en Sonora y en México. La mejor obra es “Noche de Luna”. Magnífica pintura realista de un caballo galopando libremente. -¡Qué hermoso caballo!- Exclamó la señora Lourdes Laborin de Bours durante su paso por la plaza, y tiene mucha razón, porque es más bello que los pura sangre de la cabalgatas y los bailadores.
Ricardo Valenzuela Payan el mejor acuarelista de Sonora y seguidor del estilo Pueblo mexicano con licenciatura en Artes Visuales del Instituto Tecnológico de Sonora y de la Universidad de Guadalajara, después de invitarnos unos sabrosísimos burritos de machaca hechos por su amable esposa, opinó: En mi arte la dirección de mi sentir es enfocarme a mi estilo y la síntesis de mi plástica, es decir poco con unas cuantas manchas y líneas; No dejo de admirar a mi pueblo, es por esto, que mi obra se enfoca en ellos; Por 13 años me ha motivado el contacto directo con la gente del festival y el pretexto que tiene mi obra para acercarme a mis colegas pintores; Es importante que las autoridades enfoquen su mirada a todos en general y no nada más a un reducido número de artistas, ya que la unidad artística depende el crecimiento cultural de un pueblo; Mis mejores obras son “Pleito en Casa” y “Rana cazando la luna”.
Alejandro Ballesteros, pintor profesional surrealista y grabadista egresado del ITSON, al indicarle las preguntas, contestó: “Mi arte está en evolución, no sé a donde me va a llevar, la intriga es muy seductora; En el transcurso del festival me he tocado con otras tendencias y materiales que rompen con lo enseñada en la academia; Me motiva el contacto con la gente, recordar de donde vengo y que el público vea mi arte en la plaza y no en galerías de la elite.
Edgar Josué Herrera Padilla es un profesional en las Artes Visuales y uno de los mejores retratista sonorenses creador de la pintura retórica expresada al carbón, acuarela, pastel y grabados. Después de haber terminado el retrato de una bella dama, señaló: “Es la expresión de mis sentimientos y forma de pensar dentro de la sociedad en la que todos estamos inmiscuidos en lo que estoy si y no de acuerdo, así como, el tema de la mujer: Su grandeza en comparación con el hombre que me parece que es lo más importante dentro de mi obra retórica; Me motiva el compañerismo con los que fueron mis maestros y son mis amigos y las personas interesantes que conoce uno en Álamos y que están el las artes en general”
Francisco Sánchez López es arquitecto plástico titulado en la Universidad de Guadalajara, colaborador cultural y cronista de arte en este suplemento dominical, después de degustar delicioso bacanora Pascola de Rosario de Tesopaco para mitigar el frío, indicó: “Mi arte está realizado dentro de la tendencia del realismo mágico para crear la belleza convulsiva por medio de acuarelas y dibujos a la tinta china. Me motiva venir a cada festival porque mientras se expone, hay compañerismo y amistad entre los pintores unidos por la pasión de nuestro arte. Se aprende mucho por la critica a mi obra por Payan y el maestro Arreche y las miles de personas que la aceptan o la rechazan según sus gustos y presupuesto. Esta exhibición pública es una de las más extensas en Sonora con muchas obras que equilibran los valores plásticos y estéticos: Mis mejores obras son las acuarelas y dibujos a la tinta china del danzante venado yaqui, cocinas de hacienda y la bellísima arquitectura histórica de Álamos.
Me dio gusto conocer a la nueva generación de artistas que hoy concurrieron a la plaza con su propuesta joven de Jesús Manuel Osuna González y Rosa Isabel Vázquez Rascón, de la Universidad Veracruzana. Para él, arte es la forma de expresión y la relación del hombre con su sociedad por medio del estilo figurativo y retratos. “Lo interesante de este sitio es que tengo una puerta abierta para exponer e intercambiar puntos de vista y participar en el Festival FAOT”. Ella, sólo mencionó: Álamos es un lugar importante para vender.
A la pintora Martha Acedo Félix, la motivó exponer la oportunidad para darse a conocer y vender sus cuadros. Para Ildegardo Covarrubias Mariscal, pintor de bodegones y florales, lo motivó el mercado para vender sus obras. A extraordinaria pintora de la fauna, Tania Guzmán, señaló: “Vine a exponer porque hay muchos artistas y como mi obra es buena, aquí estoy”. El escultor Héctor Vincenth Jeans, exteriorizó: “Mi arte es algo personal, más intimo, no vanguardista, la gente se identifica con ellas, pueden ser pobres en los material pero muy rica en plasticidad. Lucero Diez arribó a la plaza para comercializar sus grabados modernos por la importancia de este festival. Y finalmente el pintor Abraham Valderrama vino porque le encanta realizar retratos.

Monday, February 05, 2007

Enrique Anderson Imbert





La Muerte
Enrique Anderson Imbert
Escritor Argentino
La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos pero con la cara tan pálida que a pesar del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago) la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró.
-¿Me llevas? Hasta el pueblo no más -dijo la muchacha.
-Sube -dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que bordeaba la montaña.
-Muchas gracias -dijo la muchacha con un gracioso mohín- pero ¿no tienes miedo de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto!
-No, no tengo miedo.
-¿Y si levantaras a alguien que te atraca?
-No tengo miedo.
-¿Y si te matan?
-No tengo miedo.
-¿No? Permíteme presentarme -dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, límpidos, imaginativos y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa-.
Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e.
La automovilista sonrió misteriosamente.
En la próxima curva el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las piedras. La automovilista siguió a pie y al llegar a un cactus desapareció.
El suicida
Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revolver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.
Una Plaza en el Cielo
Etelvina y Luis van a casarse. En vísperas de la boda, Luis muere. Etelvina se resigna porque confía en que volverán a encontrarse en el Cielo. Pasan los años y ella espera, espera... Espera que Dios la llame. Ahora es una viejita. Está atravesando la Plaza de su barrio. De pronto -en el crepúsculo tocan las campanas del ángelus- ve entre los árboles a Luis, que se acerca a paso lento. (No es Luis: es un joven de la vecindad muy parecido al recuerdo que Etelvina conserva de Luis.) Etelvina ve al joven Luis y está segura de que él, a su vez, la ve a ella también joven. "Esta plaza, piensa, aunque se parece mucho a la del barrio, tiene que ser una plaza del Paraíso". Y sin duda allí van a reunirse porque, por fin ¡qué felicidad! ella acaba de morir. El grito de un pájaro la resucita, vieja otra vez.
El Fantasma
Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte los objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha... Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! - Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo - pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.Y con buen humor se aproximó a su cadáver -jaula vacía- y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
-¡No entres! -gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
-¡Cállate! ¡Lo has echado todo a perder! - gritaba él, pero sin voz.¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre.
Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas. En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Sí... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural!Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas. Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.
FIN

Thursday, February 01, 2007

Héctor Martínez Arteche en Cajeme Palacio Municipal


La Ruta de Arte en Cajeme Héctor Martínez Arteche en Cajeme Palacio Municipal. Mural; “El Universo del Hombre”. En el vestíbulo de entrada se encuentra este magnifico mural de unos 50.00 metros cuadrados pintados con la técnica al fresco, destacándose por sus valores plásticos y estéticos. Su imaginería es a base de líneas rectas en fuga, circulares y gran colorido en los dos muros. Mural; “El Pueblo de Cajeme”, localizado en la fachada principal por la calle 5 de febrero, en ambas esquinas. Es un mural con técnica de esgrafiado, que relata al pueblo de Cajeme que progresa y avanza. Su imaginería es de un grupo humano en movimiento. Colores blanco, ocre y rosa. En la Biblioteca Pública Municipal. Mural; “La Comunicación es Evolución”. Se puede admirar en este edificio dos murales esgrafiados. En la fachada poniente y calle 5 de Febrero y Allende. Su imaginería es a base de conceptos yaquis mitológicos, según concepción plástica del muralista y terminado con las tonalidades de ocres, marrón, café y negro Mural; “La Palabra Generó el Cosmos, Creó el Universo”. Es el lema de este otro magnífico mural al esgrafiado localizado en la esquina de las calles Sinaloa y Allende. Con una la temática de: “La Evolución de la energía y de la Comunicación”. Bellamente graficados con formas figurativas y abstracta en colores ocre, rojo, blanco y negro. La mitad de la fachada está inconclusa. Francisco Sánchez López Arquitecto, fotógrafo, pintor del arte de realismo mágico, ecologista protector de ballenas en el Mar de Cortés. Periodista cultural y critico de arte. www.arqsanchez.8m.com e-mail: artecajeme@yahoo.com Ciudad Obregón, Sonora. México
En Cajeme el muralista Arteche expone su arte.
Estimados(as) bloggers: Hola, aqui de nuevo en este mundo de los bloges, pues el otro día, fui a Cócorit a entrevista a un amigo, y aqui publico la misma, que escribí en el Quehacer Cultural del Diario del Yaqui. Gracias a ustedes por los mails, donde me sugieren que escriba más sobre este pueblo neoclásico. Con mucho gusto lo haré, esperenme unos días. Okay.
Entrevista publicada en Quehacer Cultural, Diario del Yaqui.
¡Yo soy, quien soy! Arteche en el Itson. Caminar por las calles llenas de basura en nuestro hermoso hábitat urbanizado y amenazado por la lluvia del ciclón Otis, no fueron obstáculos para salir en busca del arte, fascinante aventura que terminó en Cócorit; ¡Pueblo de Brujos! Donde, en la plaza, compré un raspado de vainilla y continué mi caminar hasta la casona del maestro Héctor Martínez Arteche, para platicar sobre su próxima exposición, que ha causado muchas expectativas entre las y los bohemios. Dos perritos chihuahueños con fuertes ladridos, anunciaron mi presencia para que el maestro, abriera la puerta y dejarme entrar al interior, señalándome hacia su taller de pintura, donde asombrado quedé con tanta belleza pictórica ahí expuesta. Conversar sobre la obra pictórica con un miembro del Salón de la Plástica Mexicana y con uno de los mejores pintores aún vivo de México, es un gran compromiso para con ustedes, porque el maestro Arteche, a sus 71 años de edad, al lado de su hija Alina, lleva una modesta vida produciendo 80 óleos al año junto a otros proyectos muralistas que avalan su prestigio internacional. Platicar con alguien quien ha sido tu amigo por 20 años y en los últimos ocho, el critico de tu obra expuesta en el Festival de Álamos, es más significativo porque recuerdo como lo conocí: -Me lo presentó el escultor Burk Rutherford en su casa-galería estilo castillo medieval, durante una exposición de Peter Darvas, donde estaba con mi hermosa novia de California, degustando camarones azules y vino blanco-. “Francisco, te presento al mejor muralista de México”, Comentó Burk, recalcándome que era el pintor de los murales del Palacio de Gobierno de Hermosillo. -¡Mucho gusto!, le dije, mientras lo saludaba de mano-. Para agregar; -¡Bienvenido a la Colonia de Artistas de San Carlos y a la cueva del cerro Tetakawi, la cual, tarde o temprano nos arrastrará a su interior!-. Le comente mientras me reía a carcajadas. -¿Así que tú eres Arteche?- Lo interrogué sorprendido. ¡Si, yo soy!, Me contestó con humildad, para preguntarme con cierta curiosidad; ¿Por qué? -Porque conozco tu obra; ”El Quinto Sol”, que pintaste en Hermosillo, cada semana llevo turismo a visitar a los seris en Punta Chueca y de regreso les muestro tu mural, el cual, es muy fotografiado por conocedores de arte de museos y galerías-. Mientras recordábamos con risas la meca de arte de San Carlos que quedó en el ignominioso olvido, le comenté: -Arteche, siempre es grato saludarte y saber que todavía estamos vivos en este mundo surrealista-. -¿Qué me puedes comentar de tu próxima exposición?-. Le pregunté, para iniciar la charla, en medio de un antiguo espacio decorado con dibujos y pinturas. “Efectivamente, es una exposición titulada; ‘Sonora Luminosa’, que se inaugurará el 11 de Octubre, en la galería de arte del Itson”. Me indicó, mientras ordenaba unos lienzos. -¿Por qué Sonora Luminosa?- Le insistí, con cierta curiosidad, pero fascinado por el intenso colorido y formas de los cuadros que observaba. “Porque son obras inspiradas en el magnifico paisaje sonorense, que en buena medida, la luz del desierto influye mucho en el”. Señaló, mientras me mostraba un fenomenal paisaje desértico con formidable tonalidades. ¿Cuál es tu propuesta plástica en esta ocasión? “Mi primer óleo que pinté en Sonora, a la cual le tengo mucho cariño por ser una obra de la Escuela Mexicana de Pintura”. Me respondió emocionado y orgulloso, enseñándome un magnifico atardecer. Para luego agregar; “Como no soy conocido como pintor paisajista, he pintado unas 60 obras inéditas para esta exposición y las he complementado con otros cuadros. También deseo mostrar al cajemense, una apreciación de cómo he evolucionando en mi arte”. -¡Que hermosa está! Exclamé, para preguntarle: ¿Cuál es la historia detrás de ella?- “Es un paisaje hacia la Costa de Hermosillo que pinté desde la azotea del Museo de la Universidad de Sonora, en noviembre de 1961. Si la observas bien, podrás pensar que se trata de una obra de José María Velasco, que no le pide nada en calidad y en conceptos, porque esa es mi escuela”. Me comentó, mientras me la exhibía con orgullo. -¿En Cajeme, cual fue tu primera obra al caballete?-. Le pregunté. “Esa la tengo en la casa adjunta, ven, te la mostraré y aprovechamos el tiempo para invitarte una cerveza y comer algo, porque tengo hambre”, me sugirió, mientras salimos del taller y ya en la sala, señaló con el dedo índice; “¡Aquella!”, Para referirse a un pequeño cuadro con un árbol bambaleándose en un valle. -¿Cómo llegaste a Sonora?- Le pregunté con interés, después de comer. “El licenciado Luis Encinas Jonhson y el Instituto Nacional de Bellas Artes, me propusieron formar la Academia de Artes Plásticas de la Universidad de Sonora. Me interesó mucho, porque mi madre me comentaba”: . ¡Con esta magnifica luz, mi madre tenía mucha razón! Respondió con nostálgica evocación. Arteche, ¿Por qué Sonora? Lo cuestioné, con curiosidad. “La luminosidad de Sonora es la razón por la que me decidí a vivir aquí, ya que quedé deslumbrado y maravillado por esta luz, nunca vista en el sur de México. Cuando llegué a Hermosillo, fue tal la impresión al observar el cielo desde el avión y posteriormente los atardeceres, que decidí no regresar al Distrito Federal, me quedé para pintar lo mío”. -¿Cómo realizaste el primer mural en Hermosillo?- Le inquirí, al sorbo de una anis. “¡Yo vine a la Universidad de Sonora a entregar resultados, no a aprender pintura! Pero no fue fácil el comienzo porque no aceptaban a chilangos, fui agredido por profesores y alumnos, pero como yo tenia otra motivación, en 1962, solicité un muro en la Escuela de Agricultura y Ganadería para pintar el primer mural que titulé; ”Proyección futura”, me lo autorizaron, hice los apuntes a lápiz porque el color lo tenia en mi mente ¿Y qué crees?, arquitecto: ¡No me dejaron entrar los profesores, porque me dijeron: Que si iba a pintar el mural, tenia que incluirlos a todos ellos, ¡Si no, no!”. Por unos segundos se quedó en silencio para continuar relatándome:”¡Sufrí mucho!, porque me vi obligado a cambiarlo por la pose y el retrato, que es el que está ahí, así que pinté al papá de un amigo (el que abre la compuerta), a Mario Moreno Zazueta, a mi hermana, mi hija y mi autorretrato entre otras gentes”. “¿El resultado?” Se preguntó a si mismo, para responder: “Que es una obra importante en la plástica nacional e internacional, porque con el, en Sonora, se inició el renacimiento de la pintura mural, porque a la Escuela Muralista Mexicana la aniquilaron los pintores de la Generación de la Ruptura, en los años cincuenta, quienes atacaron el arte mexicano por los dólares de los Estados Unidos para implantar el arte abstracto”. ¿Cómo fueron los años del muralismo mexicano en la Ciudad de México? Le interpelé, porque siempre he querido saber sobre este movimiento. “En 1948, como estudiante de la Academia de San Carlos, observé a José Clemente Orozco pintar su mural en el Palacio de Justicia. Fui miembro del Taller de Integración Plástica, que teníamos en la azotea de un edificio por la calle Juan de Letran. También fui parte de ’Los Fridos’, pero no fui tan servil como el resto de ellos. Nos visitó Siqueiros, quien me interesó mucho y recuerdo que una tarde discutí acaloradamente con él, porque yo no aceptaba su consigna; ¡No hay más ruta que la mía! Pero déjame señalarte; Que gracias a esto: ¡Yo soy quien soy!”. “También Diego Rivera, quien tenía una mente privilegiada y a su Frida leyéndole un libro mientras él pintaba sus murales, Frida Kahlo en dos ocasiones; pero a ella teníamos que cargarla, para subirla hasta el tercer piso, por una angosta escalera. Fíjate que, en una tarde; ¡Casi se nos cae desde el segundo piso!”. Comentó mientras se reía del incidente, contagiándome, al imaginarme la escena: ¡La pobre Frida rodando por la escalera! “La pintura evoluciona como el mundo; copiar a otros artistas es un error”. Enfáticamente concluyó esta substanciosa charla para proceder con una atenta invitación a su exposición; ¡Que esta sensacional! De la cueva que menciono, después relataré sobre su mágia y lo que pasa en su interior, a muchos los ha afectado su atracción hacia su interior. El chiste está en no ceder. Esperenla porque es una interesante leyenda. Francisco Sánchez López es aquitecto, fotógrafo, pintor del arte del realismo mágico, colaborador cultural y critico de arte.