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Wednesday, January 31, 2007

Ana Emilia Lahitte


Mural de
Héctor Martínez Arteche
Muralista Mexicano
MANSEDUMBRE
Que ardua.......que serena
esta tristeza
de al fin dejarse estar a solas
con la sombra.
O ya sin ella.
Ana Emilia Lahitte

Nació y vive en la ciudad de La Plata, Buenos Aires, Argentina.
Ha publicado 23 libros (poesía, narrativa, ensayo, teatro y periodismo). Su actividad sociocultural es incesante, proyectada prioritariamente al interior de su país o auspiciada por países extranjeros.

GIRONSIGLOS

Ritzos restaña el sol de venas rotasque fue Miguel Hernández.

Junto al manso D´Amicis de mi infancia / recela el siglo en celo de sus Emmas rapaces / de sus hembras con filo de alhucema. / El Flaubert de mi madre / huele a hastío / a musgo / a discreción. / Huele a cuero de Rusia el D´annuncio vedado. / (La decencia era un rito / un embrión de sándalo. / Era indecente el sexo de Picaso) / Todo gime clausura / humedad de gusanos pulcramente engendrados. / Nuestra noche estrellada incuba radioactivos / girasoles de llanto.
Escucha los colores de Trakl / las aguas vivas de su incesto. / Hay llagas que jadean / desalojan el Duino. / "Todo ángel es terrible.../ Escucha los mandalas de Pessoa / el dios cojo de Artaud / el sur de Gelman. / Paren de pie palabras terminales / que jamás nacerán / aunque renazcan de la muerte de todos. / La cacería humana ignora esas palabras / su proa de mandrágoras. / Nunca comprenderán / que ante huesos que piensan / callar es una fragua.
Sofismas de Claudel anunciar a María. / Marilyn se desnuda en nalgas del verano. / Fue una cortesía de Sartre / convocarnos para entrar en la nada. / Nos autoconvocamos para entrar a Ana Frank / a Biafra / a Chernobyl / enfundados de amianto. / Borges entró en la muerte como en una fiesta. / No fuimos conjurados.
Desdeñada por Joyce / seducida por Marx / violada por Freud / Scherezade se ahorca con albatros. / Marguerite Yourcenar se opusnigra para sus funerales aún lejanos. / Su ardilla memoriosa / le sugiere morir / cuando Adriano ya no lea el silencio. / Duras-Resnais / procuran convencerme de que el sol de Hiroshima / no habrá de aniquilarnos. / La nuestra sigue siendo una raza en exilio. / Sólo el mono Gramático está a salvo. / Quedan abiertas tumbas. / Los huesos desertaron.
Corroe el arco iris la ausencia de los pájaros. / En las computadoras / el amor se oruga kafkianamente / en textos para incautos. / El tiempo ya no existe / no ha existido nunca. / ¿Saberlo es necesario? / El hombre / ese quasars apagado. / Filma Visconti. / Malher resplandece / junto al intocado candor de los pantanos.
(de "El tiempo, ese desierto demasiado extendido")

Monday, January 29, 2007

Francisco Sánchez López


Callejón del Beso, Álamos Sonora
Luis Martín Sahagún, Pintor Navojoense.



Estimada Elia: te envio copia de lo que redacté y publique en el Diario del Yaqui, donde tu tambien saliste publicada. Nos vemos y gracias por las exquisitas cenas y compañia con Mercedes.
Nos vemos.
Estimados (as) bloggers: Es grato redactar para ustedes mis cronicas semanales, en esta ocación, El festival cultural más importante del noroeste de México en la ciudad colonial de Álamos, Sonora. Donde disfruté de dos fines de semana observando los conciertos de opera, jazz y clásica y en la plaza de Armas, cientos de pinturas cientos de pinturas y esculturas que se expuso en nuestra ciudad colonial cada día más bella. Visiténla si pueden.Qué frío se está sintiendo en nuestro maravilloso hábitat causado por los frentes fríos que han cubierto de nieve a la parte serrana del estado y el gran muro natural de la sierra Baja Tarahumara, la cual, atravesó a caballo mi general Francisco Villa con sus Dorados. Esta ola helada es causada por el efecto invernadero alterando el clima en todo el mundo con inviernos de lluvia y nieve y mucho calor en el verano. Cómo me gustaría ir al norte del estado o de perdida a Yécora para apreciar la blancura del paisaje y jugar haciendo esculturas faunísticas y femeninas para verlas derretir gota a gota, así como lo está haciendo nuestro ciclo existencial porque nadie tenemos la vida comprada, y así, en espera del gran final tipo Hollywoodense entre los trigales y algodonales del Valle del Yaqui, me di un tiempo para visitar la bella ciudad de Álamos, Sonora y disfrutar los eventos callejeros, culturales y conciertos de gala del Festival Alfonso Ortiz Tirado que cada invierno se lleva a cabo, donde me divertí y asumí más cultura clásica mientras exhibía en una banca mi arte como miembro de los famosos e internacionales Artistas del Festival de Álamos en la Plaza de Armas, frente al Museo Costumbrista, donde previamente leí el programa general de nuestro tradicional “Cervantinito”, y al concluir la lectura, déjeme decirles, de la sorpresa que me llevé por las extensas actividades culturales, artísticas y escénicas presentadas a la par con los conciertos de Canto Bello en el Palacio Municipal, danzas frente al atrio de la iglesia, conciertos musicales en el parque de La Alameda y las 14 exposiciones colectivas e individuales de la Ruta del Arte en diferentes casonas y otras edificaciones adaptadas como galería de arte, el cine terror en el cementerio municipal a medianoche, obras de teatro en la Casa de la Cultura y las artesanías de los mayos en la Casa de las Artesanías.Este año, el inicio del festival FAOT estuvo muy bien organizado a pesar de la tradicional ausencia del gobernador del estado de Sonora y su gabinete de lujo, pero estuvo muy concurrido por miles de personas que transitaron por la bella y limpia carretera escénica de tres carriles admirando la majestuosa selva baja donde esperaba ver, a la velocidad del camión, algo de nieve en sus picos para bocetear varias acuarelas.El publico abarrotó los espectáculos frente al atrio de la iglesia, el Foro alterno y la Plaza de Armas para admirar la exposición colectiva de los Artistas del Festival de Álamos muy apreciada por el turismo estadounidense que reside o visita a nuestra bellísima ciudad colonial, como reminiscencias del colonialismo español asentado cercano a ríos y arroyos en medio de fantásticos paisajes naturales y urbanos.La acogida del pueblo alamense para los miles de turistas que gozaron de este festival cultural más importante de la Sonora Culta, fue de la forma más sincera y sencilla por toda la comunidad orgullosa de sus orígenes y pasado histórico de magníficas leyendas de aparecidos y de antiguos tesoros enterrados, bueno, los que aún quedan y no han sido escarbados en los patios de las casonas; tierra de la María Félix y cuna del doctor Ortiz Tirado y de tantos personajes en la historia de México.Fue muy grato desayunar empanadas con chocolate caliente con la siempre amable y risueña escritora Gloria del Yaqui bajo el techo de los portales, quien con mucha sorpresa me comentó de la magnífica apertura de la subsede del festival en la centenaria ciudad de Navojoa, a la cual, asistió como representante del Gobierno del Estado de Sonora y presenció un magnifico espectáculo operístico en el Teatro de la Ciudad, quedando anonadada por las atenciones, cortesías de las y los navojoenses que desean más cultura clásica.Entre la multitud que asistió a la plaza vino a saludarnos la siempre jovial y simpática poetisa Elia Casillas con quien fui a cenar gorditas y tostadas con carne de la exquisita cocina alamense e hirviente champurrado en una original cenaduría ubicada en medio del Callejón del Beso, sitio más folclórico del poblado con viejas ventanas y herrería por donde vimos pasar a los Zanqueros, batuqueros, danzantes con bolas de fuego y la Bullanga seguidos por cientos de niños y niñas y demás asistentes con formidable algarabía. ¡Que fiesta del pueblo con estos artistas!Siempre es formidable asistir al concierto de gala operístico en el Palacio Municipal, acompañado por esta exitosa narradora de cuentos y portadora de formidable humor, para observar sentados en la fría banqueta de concreto, la transmisión en vivo por la televisora Telemax en una blanca pared de antigua casona, la opera del Dueto Contravoces compuesto por la soprano Angélica Uribe y el contratenor Héctor Sosa acompañados por Sergio Vázquez al piano. ¡Qué magníficas voces y virtuosismo pianístico! Todo un espectáculo culto de Calidad Sonora.Al terminar el concierto operístico entre puntadas, charras y carcajadas, Elia y su servidor, junto a una gran multitud aglomerada alrededor del tradicional burrito “Gaspar”, le solicitamos: -¡Oye, burro dame vino!- Mientras la estudiantina Alfonso Ortiz Tirado cantaba la canción “La Flor de la Canela”, al inicio de la concurrida callejoneada nocturnal y proseguir la caminata entre las angostas calles del centro histórico. No habíamos alcanzado la esquina del palacio cuando el simpático borrico alzó la cola y soltó sus heces fecales con olor a alfalfa fresca, en medio del corazón cultural más importante del noroeste de México. Alguien del público, exclamó: “¡Aguas! Con el excremento del burro”, causando muchas risas por el vocabulario callejero, mientras procurábamos no pisarlas pero muchos no se escaparon.En una banca de la plaza expuse mis acuarelas y dibujos a la tinta china ante la crítica de los mejores ojos: -El noble, amigable y hospitalario pueblo alamense que bajó a la plaza a observar arte-. A la par con la presencia de obregonenses, guaymenses y san carleños, arizonenses y de otras latitudes que hicieron pasarela ante las obras expuestas, entre otros, el señor Jorge Moreno Pérez, “El comisario de la cultura”, quien me indicó su asistencia al festival para conseguir ayuda del Instituto Sonorense de Cultura para los “miércoles culturales”, en la plaza de la centenaria Comisaría de Esperanza. Lamentablemente ayer sábado termino este gran evento cultural.
Arq. Francisco Sánchez López
www.arqsanchez.8m.com

Wednesday, January 24, 2007

Víctor Montoya












Pintura de Salvador Dalí


Escritor suicida

Víctor Montoya



Esa mañana tomé la decisión de algo que tenía pensado desde hace tiempo: quitarme la vida a las doce en punto del mediodía.
Me senté en la silla del escritorio y concluí el último capítulo de mi novela, que me requirió diez años de acopio de documentos y otros tantos años de trabajo obsesivo. Cuando puse el punto final, sentí que mi vida se vació como el tintero, y con la firme decisión de enfrentarme a la muerte, que me sonreía desde el otro lado de la vida, abrí el último cajón del escritorio, donde estaba la pistola de cacha negra, cañón de metal bruñido y cilindro giratorio, cuya recámara múltiple tenía una sola bala en el eje, lista para ser vaciada de un tiro. Por un instante contemplé la maravilla y el peligro de esa arma que me regaló mi padre la noche en que ocurrió ese suceso que iba a cambiar el curso de mi vida.
Levanté la pistola, alargué el brazo y, poniendo el ojo en el punto de mira, la paseé por el cuarto; pero donde ponía la mirada, mi alma no encontraba más que un vertiginoso abismo de soledad y desesperanza. Entonces, abandonado de mí mismo, recogí el brazo y puse la boca del cañón contra mi sien. Quité el disparador, apreté el gatillo y... ¡PUM!!!... El impacto fue tan fuerte que, luego de sacudirme en el aire, me tumbó boca arriba. La sangre saltó a raudales y el olor de la pólvora impregnó el cuarto, ese cuarto que tenía el techo bajo y las paredes atestadas de libros, una puerta que daba a la calle y una ventanilla por donde se calaba un aire tan frío como la muerte.
Pasó el tiempo y nadie indagó por el vacío que dejó mi ausencia, hasta que la policía me encontró tumbado en medio de un círculo de sangre seca, los sesos destapados y la pistola todavía en la mano, el cuerpo deformado por la obesidad y la barba apelmazada donde los bichos hicieron su madriguera.
La policía, sin salir del estupor, constató que yo, en mi condición de escritor suicida, había dejado un montón de papeles sobre el escritorio y una nota que decía: "Que nadie llore sobre mi cadáver ni deposite flores en mi tumba. Que todos sepan que murió un hombre que no pudo encontrar la felicidad sino a través de la muerte...".
Cuando la noticia saltó a la prensa: "Escritor suicida se quitó la vida a las doce en punto del mediodía...", los lectores se enteraron de que el protagonista de mi novela, hecha de realidad y fantasía, tuvo un desenlace más feliz que mi vida.

Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/04/01

Friday, January 19, 2007

Hans Christian Andersen














Abuelita


Hans Christian Andersen










Abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos. También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas, pues vivía ya mucho antes que papá y mamá, esto nadie lo duda. Tiene un libro de cánticos con recias cantoneras de plata; lo lee con gran frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su devocionario? ¿No lo sabes? Cada vez que las lágrimas de la abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el follaje, y abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de abuelita.
Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y ella sonríe - ¡pero ya no es la sonrisa de abuelita! - sí, y vuelve a sonreír. Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cánticos, y... abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.
Ahora abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.
-Se ha terminado -dijo- y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñito.
Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; se habría dicho que lo bañaba el sol... y entonces dijeron que estaba muerta.
La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta. Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a abuelita.
En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció espléndidamente, y los ruiseñores acudían a cantar allí, y desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la difunta. La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí; los niños podían ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio. Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarían si volviesen. Pero son mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven. Hay tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él. El libro de cánticos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo también. Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el órgano sus melodías. Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus ojos dulces, eternamente jóvenes. Los ojos no mueren nunca. Los nuestros verán a abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.

Friday, January 12, 2007

Alberto Moravia


Dejar a Matilde
Alberto Moravia, escritor Italiano.
Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.
La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta:
-Esta vez se acabó, vaya si se acabó.
Este juramento hay que decir que me calmó, porque dormí de corrido nueve horas y sólo me desperté por la mañana cuando mamá vino a avisarme que preguntaban por mí al teléfono.
Fui al teléfono, al apartamento de enfrente, de una modista amiga. De inmediato, la vocecita dulce de Matilde:
-¿Cómo estás?
-Estoy bien -contesté, duro.
-Perdóname por anoche..., pero no pude, de verdad.
-No importa -le dije-, así que adiós... Nos veremos mañana... Te diré una cosa...
-¿Qué cosa?
-Una importante.
-¿Una cosa buena?
-Según... Para mí sí.
-¿Y para mí?
Dije tras un momento de reflexión:
-Claro, también para ti.
-¿Y qué cosa es?
-Te la diré mañana.
-No, dímela hoy.
-No me mates...
-Está bien... ¿Sabes por qué te he telefoneado hoy? Porque hace un día precioso, es fiesta, y podríamos ir en moto al mar. ¿Qué te parece?
Me quedé incómodo porque no me esperaba esa propuesta tan cariñosa, hecha con una voz tan dulce. Después pensé que, en el fondo, tanto daba hoy como mañana: iríamos a la playa y yo, en lo mejor, le diría que la dejaba y así me vengaría también un poco. Dije:
-Está bien, dentro de media hora paso a buscarte.
Fui a recoger el ciclomotor y luego, a la hora fijada, me presenté en casa de Matilde y le silbé para llamarla, como de costumbre. Se precipitó en seguida abajo, lo noté; normalmente me hacía esperar Dios sabe cuánto. Mientras corría hacia mí atravesando la plaza, la miré y me di cuenta una vez más de que me gustaba: bajita, dura, morenísima, con la cara ancha por abajo como un gato, la boca sombreada de pelusilla, los ojos negros, astutos y vivos, el pelo muy cortito, tan espeso y tan bajo sobre la frente que evocaba el pelamen de un animal salvaje. Pero pensé: “Desde luego que me gusta, me gusta mucho, pero la dejo”, y advertí con alivio que la idea no me turbaba en absoluto. Cuando la tuve delante, todavía jadeando por la carrera, me preguntó en seguida con voz tierna:
-¿Qué? ¿Aún estás enfadado por lo de ayer?
Contesté huraño:
-Vamos, monta.
Y ella, sin más, subió al sillín de la moto agarrándose a mí con las dos manos. Salimos.
Una vez en la vía Cristoforo Colombo, entre los muchos automóviles y motos del día festivo, con el sol que ya quemaba, empecé a pensar sañudamente en lo que debía hacer. ¿Cuándo tenía que decirle que la dejaba? Al principio pensé que se lo diría en cuanto llegásemos a la playa, para estropearle la excursión y a lo mejor traerla inmediatamente después a Roma: una idea vengativa. Pero después, pensándolo mejor, me dije que, a fin de cuentas, también me estropearía la excursión a mí mismo. Mejor, pensé, disfrutar de la vida y -¿por qué no?- de Matilde hasta cierto momento, digamos que hasta las dos, después de comer. O bien, incluso, esperar al final de la excursión y decírselo mientras regresábamos, por esta misma vía Cristoforo Colombo, sin volverme, así, como por azar. O incluso también esperar a llegar a Roma y decírselo en la puerta de su casa: “Adiós, Matilde. Te digo adiós porque hoy ha sido la última vez que hemos estado juntos”. Entre tantas ideas no sabía cuál escoger; al final me dije que no debía hacer planes; en el momento oportuno, no sabía cuál, se lo diría. Entre tanto Matilde, como si hubiera adivinado mis reflexiones, se apretaba fuerte a mí, e incluso me había cogido con la mano la piel del brazo, como pellizcándome, con ese pellizco que se llama mordisco del asno, y que en ella era una demostración de afecto. La oí, después, decirme al oído con una voz alegre y tierna:
-¡Eh! ¿Sabes que tienes que ir al peluquero? Con tanto pelo ni hay sitio para un beso.
Digo la verdad, esas palabras y el pellizco me hicieron cierto efecto. Pero de todas formas pensé: “Sigue, sigue... Ya es demasiado tarde”.
Una vez en Castelfusano cogí hacia Torvaianica, donde sabía que no había balnearios, que sólo agradan a quienes van al mar a ponerse morenos, sino nada más que matorrales y la playa desierta. Al llegar a un sitio muy solitario, con un monte bajo que pululaba, verde e intrincado, por el declive hasta la tira blanca de la playa, dejé la moto en el borde del camino; y después corrimos juntos a más no poder por los senderos, rodeando los gruesos arbustos batidos por el viento, hasta el mar. La llevaba de la mano, pero este gesto cariñoso lo había impuesto ella; y yo la dejé hacer; así me sentí de nuevo enternecido, como en los buenos tiempos en que la quería. Pero me di cuenta de que seguía decidido a dejarla, y esto me devolvió la confianza.
-Voy a desnudarme detrás de aquella mata -dijo ella-. No mires.
Y yo me pregunté si no sería cosa de decírselo ahora; recibiría la ducha fría justo en el momento en que estaba desnuda, llena de la felicidad que le daba aquel sitio tan bonito y la excursión al mar. Pero cuando me volví hacia ella y vi asomar por la mata sus hombros delicados, con los brazos levantados, y quitarse la falda por la cabeza, se me fueron las ganas. Tanto más cuanto que ella decía, siempre con su voz cariñosa:
-Giulio, no te creas que no me doy cuenta; me estás mirando.
Así fuimos a tumbarnos en la arena, yo boca abajo y ella hacia arriba, con la cabeza en mi espalda como en un cojín. El sol quemaba mi espalda, la arena me quemaba el pecho y su cabeza me pesaba en la espalda, pero era un dulce peso. Ella dijo, tras un largo silencio:
-¿Por qué estás tan callado? ¿En qué piensas?
Y yo contesté espontáneamente:
-Pienso en lo que tengo que decirte.
-Pues dilo.
Estaba a punto de decirlo de veras cuando ella, voluble como las mariposas que vuelan de una flor a otra y nunca se dejan coger, dijo de pronto:
-Mira, mientras tanto úntame los hombros, que no quiero quemarme.
Renuncié una vez más a hablar y, cogiendo el frasquito de aceite, le unté la espalda desde el cuello a la cintura. Al final ella anunció:
-Me duermo. ¡No me molestes!
Y me quedé turulato de nuevo, pensando que, en el fondo, no le importaba nada saber lo que quería decirle.
Matilde durmió quizás una hora; después se despertó y propuso:
Caminemos a lo largo del mar. Es pronto para bañarse, pero al menos quiero mojarme los pies en el agua.
Volvió a cogerme de la mano y juntos corrimos a través de la playa hacia la orilla. Las olas eran grandes y ella, siempre de mi mano, empezó a dar carreritas hacia adelante y hacia atrás, según las olas avanzaran o refluyeran, entre un viento que soplaba con fuerza, gritando de alegría cada vez que una ola, más rápida que ella, la embestía y le subía hasta media pierna. No sé por qué, al verla tan feliz, me dieron unas ganas crueles de estropearle la felicidad y grité fuerte, para superar con la voz el estruendo de mar: “Ahora te digo esa cosa”. Pero ella, de forma imprevista, me abrazó repentinamente con fuerza, diciéndome: “Cógeme en brazos y llévame al medio del agua, inténtalo, pero no me dejes caer”. De modo que la cogí en brazos, que pesaba mucho aunque era pequeña, y avancé un poco entre toda aquella confusión de olas que se cruzaban, montaban unas sobre otras y refluían. Mientras tanto me preguntaba por qué ella había hecho este gesto; y concluí diciéndome que, con su intuición femenina, había adivinado que lo que quería decirle no le iba a gustar. Ahora, desvanecido el peligro de oírme decir aquella cosa, me invitaba a volver a la orilla. Volví y la dejé con delicadeza en la arena; me dio un beso en la mejilla, diciendo:
-Y ahora comemos.
Abrimos el paquete del almuerzo y comimos los bocadillos de ternera que mi madre me había preparado. Después, durante dos horas, siempre la misma canción. Yo tenía en la punta de la lengua lo que quería decirle, pensaba decírselo porque el momento me parecía favorable, estaba a punto de decirlo cuando ella, de pronto, me hablaba de forma cariñosa o hacía un gesto imprevisto, o incluso me quitaba la palabra de la boca. Varias veces me volvió la idea de una de esas mariposas blancas de la col, que en primavera son las primeras y las más inasibles, feliz de quien consigue echarles mano. Después, cuando ya desesperaba de llegar a mi declaración, me propuso de golpe y porrazo:
-Bueno, dime ahora esa cosa.
Estaba a punto de abrir la boca cuando ella gritó:
-No, no me la digas, espera, déjamela adivinar. Veamos: ¿quieres decirme que me quieres mucho?
-No -respondí.
-¿Entonces quieres decirme que soy muy mona y te gusto?
-No.
-Entonces, ¿que nos casaremos pronto?
-No.
-Estas son las tres únicas cosas que me interesan -dijo ella sacudiendo la cabeza-. Basta, no quiero saber nada.
-No, tengo que decirte que...
Pero ella, tapándome la boca con la mano:
-Chitón, si quieres que te dé un beso.
¿Qué podía hacer yo? Me quedé callado; y ella quitó la mano y puso sus labios, en un beso largo que me pareció sincero.
Al final habíamos hecho de todo: tomado el sol, dormido, un semibaño, habíamos hablado; pero no le había dicho aquella cosa y ya sólo nos quedaba irnos. De modo que nos vestimos cada uno detrás de su mata y yo una vez más, mientras me metía los pantalones, pensé que ese era el momento adecuado. Me levanté y dije con voz natural:
-Lo que quería decirte, Matilde, es esto: he decidido dejarte.
Pronunciadas estas palabras miré hacia la mata tras la que ella se ocultaba, pero no vi nada. El viento ahora soplaba más fuerte que nunca y sólo se oían, en aquel lugar desierto, la voz del viento, baja y modulada, y el estruendo del mar. Matilde parecía que no estaba, como si mis palabras la hubieran hecho desvanecerse en el aire, como los torbellinos de arena que el viento levantaba sin tregua de las dunas blancas y empujaba hacia arriba, hacia el monte bajo. Dije: “Matilde”, pero no obtuve respuesta. Grité entonces: ¡Matilde!”, y tampoco contestó. Inquieto, incluso un poco asustado, pensando que, quién sabe, estuviera llorando de dolor, o quizá se hubiera desmayado, me puse a toda prisa la camisa y corrí hacia la mata detrás de la cual debería estar. No estaba: en la arena no vi más que su bolso y sus zapatitos rojos. Pero justo en el momento en que me volvía llamándola, la sentí que se me echaba encima, con violencia hasta el punto de que no pude aguantar en pie y caí boca arriba, con ella. Matilde ahora se sentaba a horcajadas en mi pecho y me decía:
-Repite lo que has dicho. Vamos, repítelo.
La arena me soplaba en la cara, punzante; ella reía sin parar y yo por fin contesté flojo:
-Bueno, no lo repito, pero déjame en paz.
Pero ella no se levantó en seguida y dijo:
-¿Y eso era todo? Te digo la verdad, creía que era algo más importante.
Después me soltó; me levanté yo también y, de repente, advertí que estaba contento de habérselo dicho y de que no lo hubiera tomado en serio y se lo tomara como una de las muchas bobadas que se pueden decir entre enamorados. En resumen, volvimos a subir la pendiente cogidos de la cintura. Y yo le dije que la quería mucho; y ella me contestó ya un poco reservada, porque no se temía que la dejara: “También yo”. Poco después corríamos de nuevo por la vía Cristoforo Colombo.
Pero al llegar a su casa me dijo, cogiéndome la mano:
-Giulio, ahora es mejor que no nos veamos unos días.
Me sentí casi desfallecer y consternado, exclamé:
-Pero, ¿por qué?
Y ella, con una buena carcajada:
-He querido hacer una prueba. Querías dejarme, ¿eh? Y luego, sólo ante la idea de no verme unos días, pones una cara así de triste. Está bien, nos vemos mañana.
Corrió hacia arriba y yo me quedé como un bobo, mirándola alejarse.

Thursday, January 04, 2007



Mural de Héctor Martínez Arteche
Mexicano radicado en Cocorit, Sonora

Estimada Elia:
Muchas gracias ´por tus para bienes en Navidad y para este año calderonista. Hasta hoy, todo va bien y de maravilla. Me da gusto que escribas para el Quehacer Cultural, siempre es grato leer tu obra literaria.
Te incluyo esta parodia al arte Cajemense y Hermosillense. Espero sea de tu agrado.
Arq. Francisoc Sánchez López.
Arquitecto, fotógrafo, pintor del arte del realismo mágico y del Festival de Alamos, ecologista protector de ballenas y delfines en el mar de Cortés, cronista y critico de arte.

¡Hoy es la gran fiesta del fin de año celebrada en el mundo occidental con cena y baile para despedir el pasado y ofrecerle una cara optimista al 2007, mis mejores deseos para ustedes son que logren los cánones del magnífico sueño cajemense que entrará por una ventana colonial de Álamos o por una puerta de alguna antigua casona de Cócorit. Espero que la pasada Navidad haya sido fructífera en lo material y espiritual según su escala de valores individuales, social y político o de herencia yori que usufructuó la tierra de los yaquis y les secamos su río provocando fatal ecocidio a su biodiversidad endémica que nadie tiene voluntad para reparar en la dictadura partidista prístina, panadera, tribal y guina que nos gobiernan con desigualdad social y económica discriminatoria contra el pueblo, “El pueblo progresista”, que graficó el maestro Arteche en los murales de la fachada del Palacio Municipal que son utilizados como lonas publicitarias alusivas al calendario civil y religioso provocando una horrorosa manifestación de nuestra cultura.
¡Fenomenal éxito! Obtuvo en Nueva York la plástica cajemense y Hermosillense en la pasada subasta de arte contemporáneo patrocinado por la galería Christie y el Museo de Arte Moderno de Manhatan en conjunto con las galerías Itson, Casa Rosalva y Centro Cultural Modelo, por la concurrida asistencia de artistas, coleccionistas e inversionistas de la jungla de concreto, famosas personalidades del medio artístico musical y cinematográfico, hermosas damas socialites y que abarrotaron ambas galerías para invertir en obras de este magnífico arte aldeano para armonizar los interiores de sus millonarias residencias, oficinas corporativas y residencias de Bel Air, Palm Springs y Hollywood, California.
La puja de cinco mil dólares se inició después de exhibir un video mostrando las bellezas naturales y culturales de Sonora haciendo hincapié en Tetabampo y en nuestra cibernética Ciudad Obregón donde -Cada niño tiene su Play Station- mejor conocida por la elite de Phoenix como la antigua Estación Cajeme que con jubilo celebró Las Fiestas del Centenario (1906-2006) con un espectáculo de antiguas maquinas de vapor sobre rieles y una sinfonía de rayos láser al arribo a las Estaciones de Cócorit Switch, hoy Esperanza y de Fundición que no atacó Pancho Villa como a Columbus, Texas. Las luces de decenas de “castillos” pirotécnicos adornaron las vías entusiasmando a los miles de asistentes que según opinión de varios de ellos -Rebasaron a las del 4 de Julio en Washington, D.C.-, al par con eventos culturales fomentando las Bellas Artes, conciertos de música clásica por la Orquesta Filarmónica de San Francisco de Abajo y la exhibición de la colección municipal de obras del Arte Cajemense, la cual, por su trascendencia plástica, se exportó a Nueva York para mostrarles que somos más que obreros de maquiladoras aeronáuticas en la Sonora de las Oportunidades.
Exposición de arte representativa de la historia, cultura y espíritu del Desierto de Sonora curada por José Luis Cuevas, Francisco Toledo y el arquitecto Francisco Sánchez López, experto y critico del arte sonorense, quienes optaron por montar las 101 pinturas elegidas por su excelencia estética en el manejo de la técnica, dibujo y plasticidad que lo caracteriza desde la década del pionerismo y su consagración junto a la propuesta joven. La mayoría de ellas, ganadoras de bienales de artes visuales sonorenses e internacionales expuestas previamente en Casa Rosalva por selección veraz de Enrique Espinosa y otros directores de la naciente Meca del Arte Contemporáneo, según bitácoras o blogs escritos por cibernautas en las fondas y cafés del mercado municipal.
Las que más pujaron al golpe del martillo de David Crocket y Sam Huston fueron la bellísima Paris Hilton, personaje del romántico cuento “Paris and me” en la playa Las Coloraditas de San Carlos, para decorar su cadena hotelera de Cancún y la sensual y hermosa artista dramática Sharon Stone para ambientar los sets de su próxima película y modelos internacionales vestidas muy ad doc con vestuario de la danzante venado del Campestre y aportando su belleza para mostrar en una pasarela las obras adquiridas de nuestros artistas. Mientras todos seguían pujando en esta inolvidable subasta, las cantidades rebasaron los millones de dólares superando los precios pagados por obras de Picasso, Dalí, Shagall, Botero, Siqueiros y Tamayo.
Las obras que equilibran los valores plástico y estéticos según la Mirada al Arte y rebasaron los 200 millones de dólares por su belleza son las fantásticas hiper abstracciones “Danzante bura con una I pod y celular Motorola en las manos” y “Campesino con reproductor mp3 en la cima del cerro Coracepe”; al estilo naïf: “Niño sentado en piedrón del cerro Onteme con su videojuego Bros”; el hiper surrealismo: “La Nintendomanía Sonorense”; “La tinaja de la melancolía por el Cajeme de ayer” y “El fundamentalismo Bushoniano, remembranzas de la guerra del yaqui y mayo”, al estilo fauvista.
El hiper expresionismo con fuerte delineado y formas cibernéticas se plasmó en “Una bella tarde por la avenida Náinari con un X-Box” y “Misterios de una calle de Cócorit en la pantalla de un Game Cube”; “La danza de la humildad por bellas bailarinas del Campestre” en formidable hiper realismo; “La otrora opulencia del Valle del Yaqui” y “Los parroquianos de la Tijuanita”, en dramático Performance.
“Las cabalgatas de Pueblo Yaqui-Oviachic”, es una excelente obra al estilo sensacionalista Southwestern Art; “Los tirabichis contaminados en el Cimari de Sonoita”, al estilo naturalista; “La juventud homenajeada panista”, al estilo Kitsch obregonense; “Las marchantes sonorenses en los malls de Tucson”, de tendencia conceptual; “La ciudad Itsoniana soft ware”, pintada en un súper estructuralismo ruso, pero las que más conmocionaron a los amantes de arte fueron: “La aparición de la María Bonita en puerta colonial de Álamos” y “El fantasma de la hermosa mujer yaqui en la casona del Museo de los Yaquis en Cócorit”, al estilo realismo mágico por famoso pintor del Festival de Álamos.
Fantástico acontecimiento social y comercial de la globalización del arte producido en nuestra aldea regional y exhibido en -La cuna del arte moderno-, que marcó una directriz en la plástica mundial que muchas inocentes palomitas guardaron como archivo adjunto y se dejaron engañar en el día de los Santos Inocentes para inmortalizar el día del 28 de diciembre y así continúe esta tradición muy mexicana.





Arq. Francisco Sánchez López
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