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Friday, December 08, 2006

Franco Félix







Memento 5

Franco Félix

Escritor Sonorense

Es todo un fenómeno mi heterosexualidad, en serio. De niño mis padres utilizaban un método alternativo que curaba de espantos. Hay que admitirlo, de niño yo era un gran cobarde, un jovencito aterido por alucinaciones horribles que amenazaban mi infancia y el bienestar de la familia toda. Buscaron por todos lados mis padres, sicólogos, doctores, libros, hasta que encontraron a una señora que decía tener la solución.Ajos por el culo. Dijo una señora que tenía aspecto bruja quemada en la Inquisición reaparecido en nuestros tiempos. El problema es que nadie cree ya en estas cosas decía mientras sacaba desde el interior de un sostén inaudito y cavernícola un par de cabezas de ajo. Mi padre, previsor de mi sexualidad, dijo que primero consultaría con otras personas. Mi tío, el gran consultor, el genio beisbolista coleccionador de cartitas de bigotudos sacó de entre un kilo de novelas de bolsillo "Así soy y qué" un libro de portada azul que se titulaba "Ciencia natural para todos". Se paró frente a mí y mi padre y comenzó a leer en voz alta.Las virtudes medicinales atribuidas al ajo son comprobadas y verificadas a finales del siglo XIX, cuando Louis Pasteur demuestra que es un antibiótico natural. Posteriormente, el doctor Arthur Stoll, un médico suizo ganador del Premio Nobel, da a conocer uno de los componentes básicos del ajo: una sustancia llamada Aliina. La Aliina es el componente "madre" -farmacológicamente inactivo e inodoro- del que deriva la sustancia activa, la Alicina, cuyo poder bactericida fue descubierto en 1944.
Después comenzó a balbucear y se tiró en su cama a seguir la lectura. Mi padre se rascó la cabeza, como si ese acto de incipiente positivismo curativo nacido después de haber escuchado salir de la boca de mi tío la palabra Nobel, Pasteur, 1944, sustancia activa. Luego posó su mano en su cintura y volteó hacia mí.-
¿Dónde mierdas está Suiza?
-Lejos. Pa.
-¿Servirán los ajos mexicanos?
-No tengo idea.
-Bueno, tu ano es mexicano, quizá si funcione.-...
-Es que la señora dijo...
De pronto apareció la figura de mi tío y dijo "Sabía que un día me iba a servir este libro". Mi padre, automáticamente regresó su mano a su cabeza y metió la otra en el bolsillo, como si dentro de ese pequeño espacio encontrara la cura de todos mis males con la cual evitar mi agresión anal. Encogió los hombros.
-Aquí dice que cuando construyeron las pirámides los obreros estaban bajo una rigurosa dieta de ajos. Yo creo que para darles fuerza o algo.
-Pero este cabrón no va a construir nada, solamente tiene miedo de los fantasmas.
-Pues tiene que servir. Esta cosa del ajo curaba la tisis según un tal Plinio.
-¿Y ese qué?
-Pues una persona importante, seguramente.
-¡Carajo, pero el culo!
-Nadie dice nada que por el culo se cure el miedo. Pero sabes qué, también leí en este gran libro que Mahoma aseguraba que untar el ajo directamente en las heridas hacía que sanaran más rápido las mordeduras o picaduras.
-Ajá ¿Y?
-Pues es bueno el ajo. Hazle caso a la señora, seguro sabe.
Noté un dejo de morbosidad en el consejo de mi tío. Mi padre, el gran consultador por excelencia, el investigador innato, chomskiano por naturaleza, terminó convencido de que el ajo tenía propiedades curativas y que si esa cosa dentro de mi pobre cuerpo eliminaría mis demonios.En un programa del People and Arts, salían dos gordas cocineras. Nadia jamás entendió por qué lloré en el capítulo de las Alcachofas con relleno. Antes de que los ajos me habitaran hasta el alma, yo había ayudado a mi madre a hacer sopa, mi primera tarea fue precisamente pelar ajos, didascáleas de la muerte mi hipotético himen anal transgredido por el antiséptico que en películas más humanas repelían a los vampiros. Yo pelaba con gran calma aunque no con orden los ajos que mi madre me daba para cocinar los fideos. Era tan difícil, se me enterraban en las uñas la carne de esa liliácea (desde esa violación de mi intimidad soy un experto en ajos). En, pelé muchos ajos en mi infancia gastronómica. Luego vino lo de atacar mis fobias, mis terribles alucinaciones por medio de este condimento. Luego vino el capítulo de las alcachofas. Las señoras pelaban los ajos con tanta maestría, qué maestría, quizá habían cursado un doctorado en pelamiento de ajos. Los ponían verticalmente y con el pulgar recargaban su peso, el peso de la manos solamente, porque si fuese el de todo su cuerpo seguramente que tirarían las mesas y todo el escenario. Con este movimiento se desprendían los tegumentos que cubren la carnita y con sólo dos movimientos, las gordas tenían resuelta la vida. Entonces lanzaban los ajos a sus cacerolas con tal armonía con la que estaba hecho Michael Jordan a la hora de anotar sus canastas. Ahora se pueden explicar mi odio a esos canales que promueven el arte culinario.Después de cuatro días usted tendrá resultados efectivos. Dijo la señora con un glaucoma en los ojos o con un velo de abominación que hacía de la escena un real momento que jamás olvidaría. Se colocó un guante de látex en la mano derecha y estiró el extremo contrario a los dedos para que éste ajustara. Con la otra mano me daba ciertos golpecitos en las nalgas para que aflojara mi virilidad para toda la vida. Golpecitos por demás terribles que pronosticaban mi persona en un futuro en los tugurios gays de Amsterdam. Relájate, decía como si me fuera a poner una inyección. No se daba cuenta que me estaba robando mi masculinidad, mi padre entonces habrá pensado en su descendencia, "el apellido Félix aquí termina, con mi hijo", el gay convertido en marica por la convicción crepuscular de una anciana que perjuraba que los ajos salvarían al mundo, o al menos a la familia de un estrés o una histeria que desembocaría en el suicidio.No habrá detalles de la incursión de ese bulbo en mi humanidad. Censuremos.
Después de cuatro sesiones infrahumanas y de una resistencia apolínea de mi parte, la señora desapareció por la cocina, o al menos eso me lo pareció. Jamás la volví a ver. Sin embargo no puedo estar seguro de ello, porque ahora mis alucinaciones no solamente eran demonios recorriendo las paredes mientras recibía sus amenazas de muerte o de infierno, sino que ahora le tenía que sumar que los miedos se habían permeado a todo el planeta, y lo que es peor, a la luz del día. Sentarme a comer algo era como un suplicio, mi madre al principio me ayudaba, pero después tuve que ir yo enfrentándome a los demoníacos ajos que se aparecían en mi sopa de coditos junto a un cilantro asesino. Luego, si no se me aparecía un gnomo en la esquina de mi cuarto, estaba el maniático miedo a las sombras (imaginación retroanal de mí mismo) de que se me apareciera la viejita con otra dosis de supositorios de ajo. Ya ni el famoso olor azufre me aterraba como el presagio de la aparición del diablo, éste se había sustituido por la constante amenza de la viejita cuando pasaba por un restaurante donde cocinaban con mucho condimiento. Todas las cocinas eran un infierno casi literalmente.
Decidí estudiar Historia con el tiempo. Ahora que he crecido soy un gran estudioso de la materia. No soy homosexual. Secretamente fui recopilando información acerca de los egipcios y en uno de los capítulos acerca de las dietas de esta civilización encontré que el ajo era importante, como años antes mi tío, el culpable de mis derechos humanos en las cloacas, había dicho. Comencé una investigación no tan a fondo, pero sí con cierta atención y fui descubriendo algunas cosas, como que Virgilio también aseguraba que el ajo tenía poderes curativos, o que Hipócrates también utilizó esa arma blanca para otros fines menos diabólicos como curar fiebres, entre otras cosas. Pero lo que más me apasionó fueron los egipcios, quienes llenos de testosterona y de sudor mientras construían las grandes pirámides, los que me animaron a conservar mi hombría. Me enamoré Cleopatra, de Nefertiti, y luego comencé a mirar momias que obviamente tenían un parecido con el de la viejita horrenda. Luego recorrí galerías inmensas de la posible imagen de mujeres en la Historia, y luego llegué a Marie Curie, Virginia Woolf, Tina Modotti, y la mujer se volvió un símbolo de devoción. Me empecé a masturbar con fotografías de Lilia Prado, Marilyn Monroe, Juliete Lewis, y por fin llegué a Milla Jovovich, donde en algún artículo escrito en una revista en Kiev dice: Pėr herė tė parė ajo renditet nė. Donde por fin pude escapar de mis miedos. Lo supe en una ocasión muy curiosa a los veinte años, en la habitación de mi tío. Llevaba a todas partes mi revista con el poster de Milla y esa tarde me encerré junto a mi hermosa novia de papel cuché de sesenta libras en la habitación de las gorras y las cartitas de los bugotudos beisbolistas. Y áhí, en medio de tanta virilidad beisbolista Jovovich me convirtió en un hombre o en un grifo abierto. Cuando terminé, abrí un cajón buscando papel, y lo que encontré fue el librito azul. Al mismo tiempo que me limpiaba las manos de mi semen y de mi posible homosexualidad, me limpiaba de un recuerdo, de un miedo, de las alucinaciones, y en mi mente la voz de mi tío dicendo: "Sabía que un día me serviría este libro".

http://harveyoswald.blogspot.com/

vino_tinto_mmh@hotmail.com




2 comments:

Fidelia said...

por eso cero coments, tu blog se desgarba y da gueva...ponle algo, comas, si las conoces y sentido, si lo tienes...

Fidelia said...

qué loco no? franco, que medio nos leamos por acá. te quiero cabrón... see ya!!! en Obre pronto?, ya será muy visto....besos pues...