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Thursday, December 08, 2016

Silvina Ocampo: La red



Mi amiga Kéng–Su me decía: –En la ventana del hotel brillaba esa luz diáfana que a veces y de un modo fugaz anticipa, en diciembre, el mes de marzo. Sientes como yo la presencia del mar: se extiende, penetra en todos los objetos, en los follajes, en los troncos de los árboles de todos los jardines, en nuestros rostros y en nuestras cabelleras.   Esta sonoridad, esta frescura que sólo hay en las grutas, hace dos meses entró en mi luminosa habitación, trayendo en sus pliegues azules y verdes algo más que el aire y que el espectáculo diario de las plantas y del firmamento. Trajo una mariposa amarilla con nervaduras anaranjadas y negras. La mariposa se posó en la flor de un vaso: reflejada en el espejo agregaba pétalos a la flor sobre la cual abría y cerraba las alas. Me acerqué tratando de no proyectar una sombra sobre ella: los lepidópteros temen las sombras. Huyó de la sombra de mi mano para posarse en el marco del espejo. Me acerqué de nuevo y pude apresar sus alas entre mis dedos delicados. Pensé: "Tendría que soltarla. No es una flor, no puedo colocarla en un florero, no puedo darle agua, no puedo conservarla entre las hojas de un libro, como un pensamiento". Pensé: "No es un pájaro, no puedo encerrarla en una jaula de mimbre con una pequeña bañera y un tarrito enlozado, con alpiste". –Sobre la mesa –prosiguió–, entre mis peinetas y mis horquillas, había un alfiler de oro con una turquesa. Lo tomé y atravesé con dificultad el cuerpo resistente de la mariposa –ahora cuando recuerdo aquel momento me estremezco como si hubiera oído una pequeña voz quejándose en el cuerpo obscuro del insecto. Luego clavé el alfiler con su presa en la tapa de una caja de jabones donde guardo la lima, la tijera y el barniz con que pinto mis uñas. La mariposa abría y cerraba las alas como siguiendo el ritmo de mi respiración. En mis dedos quedó un polvillo irisado y suave. La dejé en mi habitación ensayando su inmóvil vuelo de agonía. A la noche, cuando volví, la mariposa había volado llevándose el alfiler. La busqué en el jardín de la plaza, situada frente al hotel, sobre las favoritas y las retamas, sobre las flores de los tilos, sobre el césped, sobre un montón de hojas caídas. La busqué vanamente. En mis sueños sentí remordimientos. Me decía: "¿Por qué no la encerré adentro de una caja? ¿Por qué no la cubrí con un vaso de vidrio? ¿Por qué no la perforé con un alfiler más grueso y pesado?" Kéng–Su permaneció un instante silenciosa. Estábamos sentadas sobre la arena, debajo de la carpa. Escuchábamos el rumor de las olas tranquilas. Eran las siete de la tarde y hacía un inusitado calor. –Durante muchos días no vine a la playa –continuó Kéng–Su anudando su cabellera negra–, tenía que terminar de bordar una tapicería para Miss Eldington, la dueña del hotel. Sabes cómo es de exigente. Además yo necesitaba dinero para pagar los gastos. Durante muchos días sucedieron cosas insólitas en mi habitación. Tal vez las he soñado. Mi biblioteca se compone de cuatro o cinco libros que siempre llevo a veranear conmigo. La lectura no es uno de mis entretenimientos favoritos, pero siempre mi madre me aconsejaba, para que mis sueños fueran agradables, la lectura de estos libros: El Libro de Mencius, La Fiesta de las Linternas, Hoei–Lan–Ki (Historia del círculo de tiza) y El Libro de las Recompensas y de las Penas. Varias veces encontré el último de estos libros abierto sobre mi mesa, con algunos párrafos marcados con pequeños puntitos que parecían hechos con un alfiler. Después yo repetía, involuntariamente, de memoria estos párrafos. No puedo olvidarlos. –Kéng–Su, repítelos, por favor. No conozco esos libros y me gustaría oír esas palabras de tus labios. Kéng–Su palideció levemente y jugando con la arena me dijo: –No tengo inconveniente.  A cada día correspondía un párrafo. Bastaba que saliera un momento de mi habitación para que me esperara el libro abierto y la frase marcada con los inexplicables puntitos. La primera frase que leí fue la siguiente: "Si deseamos sinceramente acumular virtudes y atesorar méritos tenemos que amar no sólo a los hombres, sino a los animales, pájaros, peces, insectos, y en general a todos los seres diferentes de los hombres, que vuelan, corren y se mueven". Al otro día leí: "Por pequeños que seamos, nos anima el mismo principio de vida: todos estamos arraigados en la existencia y del mismo modo tememos la muerte". Guardé el libro dentro del armario, pero al otro día lo encontré sobre mi cama, con este párrafo marcado: "Caminando, de pie, sentada o acostada, si ves un insecto pereciendo trata de liberarlo y de conservarle la vida. ¡Si lo matas, con tus propias manos, qué destino te esperará!..." Escondí el libro en el cajón de la cómoda, que cerré con llave; al otro día estaba sobre la cómoda, con la siguiente leyenda subrayada: "Song–Kiao, que vivió bajo la dinastía de los Song, un día construyó un puente con pequeñas cañas para que unas hormigas cruzaran un arroyo, y obtuvo el primer grado de Tchoang–Youen (primer doctor entre los doctores). Kéng–Su, ¿qué obtendrás por tu oscuro crimen?..." A las dos de la mañana, el día de mi cumpleaños, creí volverme loca al leer: "Aquel que recibe un castigo injusto conserva un resentimiento en su alma". Busqué en la enciclopedia de una librería (conozco al dueño, un hombre bondadoso, y me permitió consultar varios libros) el tiempo que viven los insectos lepidópteros después de la última metamorfosis; pero como existen cien mil especies diferentes es difícil conocer la duración de las vidas de los individuos de cada especie; algunos, en estado de imago, viven dos o tres días; pero ¿pertenecía mi mariposa a esta especie tan efímera? Los párrafos seguían apareciendo en el libro, misteriosamente subrayados con puntitos: "Algunos hombres caen en la desdicha; otros obtienen la dicha. No existe un camino determinado que los conduzca a una u otra parte. Depende todo del hombre, que tiene el poder de atraer el bien o el mal, con su conducta. Si el hombre obra rectamente obtiene la felicidad; si obra perversamente recibe la desdicha. Son rigurosas las medidas de la dicha y de la aflicción, y proporcionadas a las virtudes y a la gravedad de los crímenes". Cuando mis manos bordaban, mis pensamientos urdían las tramas horribles de un mundo de mariposas. Tan obcecada estaba, que estas marcas de mis labores, que llevo en las yemas de los dedos, me parecían pinchazos de la mariposa. Durante las comidas intentaba conversaciones sobre insectos, con los compañeros de mesa. Nadie se interesaba en estas cuestiones, salvo una señora que me dijo: "A veces me pregunto cuánto vivirán las mariposas. ¡Parecen tan frágiles! Y he oído decir que cruzan (en grandes bandadas) el océano, atravesando distancias prodigiosas. El año pasado había una verdadera plaga en estas playas".   A veces tenía que deshacer una rama entera de mi labor: insensiblemente había bordado con lanas amarillas, en lugar de hojas o de pequeños dragones, formas de alas. En la parte superior de la tapicería tuve que bordar tres mariposas. ¿Por qué hacerlas me repugnaba tanto, ya que involuntariamente, a cada instante, bordaba sus alas? En esos días, como sentía cansada la vista, consulté a un médico. En la sala de espera me entretuve con esas revistas viejas que hay en todos los consultorios. En una de ellas vi una lámina cubierta de mariposas. Sobre la imagen de una mariposa me pareció descubrir los puntitos del alfiler; no podría asegurar que esto fuera justificado, pues el papel tenía manchas y no tuve tiempo de examinarlo con atención. A las once de la noche caminé hasta el espigón, proyectando un viaje a las montañas. Hacía frío y el agua me contemplaba con crueldad. Antes de regresar al hotel me detuve debajo de los árboles de la plaza, para respirar el olor de las flores. Buscando siempre la mariposa, arranqué una hoja y vi en la verde superficie una serie de agujeritos; mirando el suelo vi en la tierra otra serie de agujeritos: pertenecían, sin duda, a un hormiguero. Pero en aquel momento pensé que mi visión del mundo se estaba transformando y que muy pronto mi piel, el agua, el aire, la tierra y hasta el cielo se cubriría de esos mismos puntitos, y entonces –fue como el relámpago de una esperanza– pensé que no tendría motivos de inquietud ya que una sola mariposa, con un alfiler, a menos de ser inmortal, no sería capaz de tanta actividad. Mi tapicería estaba casi concluida y las personas que la vieron me felicitaron. Hice nuevas incursiones en el jardín de la plaza, hasta que descubrí, entre un montón de hojas, la mariposa. Era la misma, sin duda. Parecía una flor mustia. Envejecidas las alas, no brillaban Ese cuerpo, horadado, torcido, había sufrido. La miré sin compasión. Hay en el mundo tantas mariposas muertas. Me sentí aliviada. Busqué en vano el alfiler de oro con la turquesa. Mi padre me lo había regalado. En el mundo no hallaría otro alfiler como ése. Tenía el prestigio que sólo tienen los recuerdos de familia. Pero una vez más en el libro tuve que ver un párrafo marcado: "Hay personas que inmediatamente son castigadas o recompensadas; hay otras cuyas recompensas y castigos tardan tanto en llegar que no las alcanzan sino en los hijos o en los nietos. Por eso hemos visto morir a jóvenes cuyas culpas no parecían merecer un castigo tan severo, pero esas culpas se agravaban con los crímenes que habían cometido sus antepasados". Luego leí una frase interrumpida: "Como la sombra sigue los cuerpos..." Con qué impaciencia había esperado esa mañana, y qué indiferente resultó después de tantos días de sufrimiento: pasé la aguja con la última lana por la tapicería (esa lana era del color oscuro que daña mi vista). Me saqué los anteojos y salí del trabajo como de un túnel. La alegría de terminar un bordado se parece a la inocencia. Logré olvidarme de la mariposa –continuó Kéng–Su ajustando en sus cabellos una tira de papel amarillo–. El mar, como un espejo, con sus volados blancos de espuma me besaba los pies. Yo he nacido en América y me gustan los mares. Al penetrar en las ondas vi algunas mariposas muertas que ensuciaban la orilla. Salté para no tocarlas con mis pies desnudos. Soy buena nadadora. Me has visto nadar algunas veces, pero las olas entorpecían mis movimientos. Soy nadadora de agua dulce y no me gusta nadar con la cabeza dentro del agua. Tengo siempre la tentación de alejarme de la costa, de perderme debajo del cóncavo cielo.   – ¿No tienes miedo? A doscientos metros de la costa ya me asusta la idea de encontrar delfines que podrían escoltarme hasta la muerte –le dije–. Kéng–Su desaprobó mis temores. Sus oblicuos ojos brillaban. –Me deslicé perezosamente –continuó–. Creo que sonreí al ver el cielo tan profundo y al sentir mi cuerpo transparente e impersonal como el agua. Me parecía que me despojaba de los días pasados como de una larga pesadilla, como de una vestidura sucia, como de una enfermedad horrible de la piel. Suavemente recobraba la salud. La felicidad me penetraba, me anonadaba. Pero un momento después una sombra diminuta sobre el mar me perturbó: era como la sombra de un pétalo o de una hoja doble; no era la sombra de un pez. Alcé los ojos. Vi la mariposa: las llamas de sus alas luminosas oscurecían el color del cielo. Con el alfiler fijo en el cuerpo –como un órgano artificial pero definitivamente adherido– me seguía. Se elevaba y bajaba, rozaba apenas el agua delante de mí, como buscando un apoyo en flores invisibles. Traté de capturarla. Su velocidad vertiginosa y el sol me deslumbraban. Me seguía, vacilante y rápida; al principio parecía que la brisa la llevaba sin su consentimiento; luego creí ver en ella más resolución y más seguridad. ¿Qué buscaba? Algo que no era el agua, algo que no era el aire, algo que no era una sombra (me dirás que esto es una locura; a veces he desechado la idea que ahora te confieso): buscaba mis ojos, el centro de mis ojos, para clavar en ellos su alfiler. El terror se apoderó de mis ojos indefensos como si no me pertenecieran, como si ya no pudiera defenderlos de ese ataque omnipotente. Trataba de hundir la cara en el agua. Apenas podía respirar. El insecto me asediaba por todos lados. Sentía que ese alfiler, ese recuerdo de familia que se había transformado en el arma adversa, horrible, me pinchaba la cabeza. Afortunadamente yo estaba cerca de la orilla. Cubrí mis ojos con una mano y nadé durante cinco minutos que me parecieron cinco años, hasta llegar a la costa. El bullicio de los bañistas seguramente ahuyentó la mariposa. Cuando abrí los ojos había desaparecido. Casi me desmayé en la arena. Este papel, donde pinté yo misma un dios con tinta colorada, me preserva ahora de todo mal. Kéng–Su me enseñó el papel amarillo, que había colocado tan cuidadosamente entre los dientes de su peineta, sobre su cabellera. –Me rodearon unos bañistas y me preguntaron qué me sucedía. Les dije: "He visto un fantasma". Un señor muy amable me dijo: "Es la primera vez que un hecho así ocurre en esta playa", y agregó: "Pero no es peligroso. Usted es una gran nadadora. No se aflija". Durante una semana entera pensé en ese fantasma. Podría dibujártelo, si me dieras un papel y un lápiz. No se trata ya de una mariposa común; se trata de un pequeño monstruo. A veces, al mirarme al espejo, veía sus ojos sobrepuestos a los míos. He visto hombres con caras de animales y me han inspirado cierta repugnancia; un animal con cara humana me produce terror. Imagínate una boca desdeñosa, de labios finos, rizados; unos ojos penetrantes, duros y negros; una frente abultada y resuelta, cubierta de pelusa. Imagínate una cara diminuta y mezquina –como una noche oscura–, con cuatro alas amarillas, dos antenas y un alfiler de oro; una cara que al desmembrarse conservaría en cada una de sus partes la totalidad de su expresión y de su poder. Imagínate ese monstruo, de apariencia frágil, volando, inexorable (por su misma pequeñez e inestabilidad), llegando siempre –tal como yo lo imagino– de la avenida de las tumbas de los Ming.   –Habrás contribuido a formar una nueva especie de mariposas, Kéng–Su: una mariposa temible, maravillosa. Tu nombre figurará en los libros de ciencia – le dije mientras nos desvestíamos para bañarnos. Consulté mi reloj. –Son las ocho de la noche. Entremos en el mar. Las mariposas no vuelan de noche. Nos acercábamos a la orilla. Kéng–Su puso un dedo sobre los labios, para que nos calláramos, y señaló el cielo. La arena estaba tibia. Tomadas de la mano, entramos en el mar lentamente para admirar mejor los reflejos del cielo en las olas. Estuvimos un rato con el agua hasta la cintura, refrescando nuestros rostros. Después comenzamos a nadar, con temor y con deleite. El agua nos llevaba en sus reflejos dorados, como a peces felices, sin que hiciéramos el menor esfuerzo. – ¿Crees en los fantasmas? Kéng–Su me contestaba: –En una noche como ésta... Tendría que ser un fantasma para creer en fantasmas. El silencio agrandaba los minutos. El mar parecía un río enorme. En los acantilados se oía el canto de los grillos, y llegaban ráfagas de olores vegetales y de removidas tierras húmedas. Iluminados por la luna, los ojos de Kéng–Su se abrieron desmesuradamente, como los ojos de un animal. Me habló en inglés: –Ahí está. Es ella. Vi nítidamente la luna amarilla recortada en el cielo nacarado. Lloraba en la voz de Kéng–Su una súplica. Creo que el agua desfigura las voces, suele comunicarles una sonoridad de llanto: pero esta vez Kéng–Su lloraba, y no podré olvidar su llanto mientras exista mi memoria. Me repitió en inglés: –Ahí está. Mírala cómo se acerca buscando mis ojos. En la dorada claridad de la luna, Kéng–Su hundía la cabeza en el agua y se alejaba de la costa. Luchaba contra un enemigo, para mí invisible. Yo oía el horrible chapoteo del agua y el sonido confuso de unas palabras entrecortadas. Traté de nadar, de seguirla. La llamé desesperadamente. No podía alcanzarla. Nadé hacia la orilla a pedir socorro. No soy buena nadadora; tardé en llegar. Busqué inútilmente al guardamarina, al bañero. Oí el ruido del mar; vi una vez más el reflejo imperturbable de la luna. Me desmayé en la arena. Después debajo de la carpa encontré la tira de papel amarillo, con el ídolo pintado. Cuando pienso en Kéng–Su, me parece que la conocí en un sueño.



HOMENAJE A RAMÓN ÍÑIGUEZ: Luis Alberto Bojórquez




Para Ramón y Magda Irma
Con aprecio
Guadalajara, Jalisco. 1942
Por: Luis Alberto Bojórquez
Uno de los personajes más destacados en la promoción de las actividades culturales de nuestro pasado y presente inmediato.
Inició como periodista en su natal Guadalajara, hace cuarenta y un años, y en diciembre de 1968 aparece aquí en la ciudad trabajando en Tribuna del Yaqui, en donde se ocupó sólo un año, luego como fundador y director de la Biblioteca Pública Municipal desde 1973, y fue más en este lugar en donde logró hacerse merecedor de un justo reconocimiento por parte de funcionarios y ciudadanos. También se distingue por su formación como humanista y cinéfilo, ocultando en muchas ocasiones, sus cualidades como escritor.
Ha incursionado en poesía, cuento, ensayo, crónica y entrevista. Ha sido promotor y continuador del cine club desde 1969 y el fundador de los Juegos Trigales del valle del Yaqui y autor de su memoria titulada El pan de la poesía, también de unas crónicas de infancia llamadas El corazón del paraíso y de Cartas a mi escuela y otras nostalgias, del poemario Memoria a golpe de teclas, editor responsable del Quehacer Cultural del Diario del Yaqui desde 1992, en fin, promotor cultural, profesor, fotógrafo y maestro de bibliotecarios. Colaborador de diferentes revistas y suplementos culturales de Guadalajara, Hermosillo y Ciudad Obregón.
III Años De Formación
Toda esta etapa de su vida, sumada con ese último año de la escuela secundaria, fue una cauda de aprendizajes, vivencias, emociones y conocimientos que le dieron más experiencia y criterios para sobrellevar la vida.
Seguía leyendo, pero al cine no lo dejaba por nada del mundo, al contrario; cada vez era mayor el deleite, él mismo nos cuenta que en esa época hizo mancuerna con su amigo Manuel de Jesús Álvarez “El nazareno” con quien en unas vacaciones se la pasaron viendo cine todos los días de la semana durante dos meses, “claro está que la mayoría de las veces él pagaba la entrada”.
Puede decirse que el tercer año de la escuela secundaria fue el momento preciso que empezó a tomar conciencia de su entorno:
“…me empecé a dar cuenta que el estudio de las escuelas oficiales curiosamente era muy distinto de las escuelas de paga… se separaban como si se hubieran cortado con un machete, en una estaba el orden, la disciplina, la moralidad, si tú quieres aparente o superficial, pero se guardaban una serie de figuras y formas éticas y acá era la polaca, el movimiento grillo, era estar asesorado por líderes de los niveles superiores de la U. de G. en donde había golpeadores, gorilitas, gente que se ensamblaba y formaba grupos de choque y se golpeaban unos más que otros.
“…había todo un clima de control, de manipulación, de ejercicio, de violencia, de prácticas fraudulentas, de imposiciones y eso era lo mismo exactamente en la preparatoria y las carreras de nivel de instrucción superior”
Le tocó la época de las “novatadas” cuando estaban en su momento más cruel y violento, de irse a los cines y entrar de “gratis y a caballazo limpio” de recorrer los mercados y fruterías y llevarse lo que se pudiera.
“En cierta ocasión me tocaba estar de mirón en ‘las grajeadas’ que era cuando lo pelaban a uno, los trasquilaban, le hacían hasta lo que no.
Recuerda una anécdota que le relataron y que va como sigue:
En la carrera de medicina agarraron a un amigo y le dijeron:
– Órale mi grajo ¡Vamos a echarnos unas heladas!
– No, no, no traigo dinero, no traigo dinero.
– No se preocupe, usted véngase.
Y lo llevaban al forense donde estaban los cadáveres, en el refrigerador. Donde, a veces, también había mujeres a las que no recogían o no las identificaban, y le decían al novato: A ver ¡échese una helada! Y el amigo se caagaabaaa.
…era un soberano desmadre y no estaba todavía tan viciado, solían agarrarse a golpes, pero ya empezaba a relucir eventualmente las pistolitas, aunque no corría sangre, ésta correría diez años después cuando llegaron los Zuno al poder, apoyados en su cuñado Luis Echeverría”
La verdad es que en esta etapa de formación académica y en su ubicación como ciudadano reflexivo, es cuando adquirió mayor conciencia social en el ambiente tapatío a fines de los 50’s hasta mediados de los años 60’s, años de formación y aprendizaje que no olvidará jamás.
Aunque él nunca fue fiestero ni aprendió a bailar, pero si le gustaba acompañar a su amigo “El Nazareno”, –su maestro en la vagancia y que de santo no tenía nada–, y verlo bailar gratis en El Ángel Azul mientras él se quedaba esperando tras bambalinas y distinguía claramente cómo su vecino se entendía con las ficheras, al mismo tiempo que bailaba las melodías del momento. Ahí debió percibir como los parroquianos salían bien beodos al grado de azotar de bruces contra la banqueta o salir disparados por la entrada principal porque los sacaban a empujones al no pagar la cuenta o porque de plano, se ponían bien enfadosos:
“A mí, esas circunstancias y esos lugares me daban miedo, porque mi mamá me decía: ‘m’ijito, no visites esos lugares, te puede pasar un percance’… yo por voluntad propia nunca entré a un burdel o salón, a mí las putas me daban miedo y él fue siempre muy aventado en esas situaciones. La verdad, yo no sé lo que es una ‘cruda’”
Gracias a la habilidad para conocer a la gente y detectar talento del “Tata-cura” Rafael Meza Ledesma, le debemos a que Ramón Iñiguez, joven aún, entrara a estudiar filosofía y humanidades, pues fue por iniciativa y a la influencia del párroco de San Felipe de Jesús como fue becado y aceptado por las autoridades del Instituto Católico Pío XII, el cual fue
fundado por el mismo obispado de Guadalajara en 1962 para formar nuevos cuadros católicos y capacitados en la fe, la filosofía cristiana y los puntos de vista del Vaticano.
Ramón tiene 21 años y estaba un poco pasado en edad, pero eso le da ventajas sobre el resto de los compañeros pues “ya había leído una gran cantidad de autores que hablaban del carácter y de la formación”, había visto un sinfín de películas y era un buen conocedor del ambiente tapatío. Todo ello le dio más perspectivas para instruirse y conocer de cerca la carrera de filósofo y buen cristiano, que era lo que se proponía el Instituto Católico Pío XII.
Y quien inició el proyecto de este Instituto fue el padre Ramón Gómez Arias, continuado tenazmente por “el licenciado en Derecho Canónico, Santiago Méndez Bravo y que hasta hace poco fuera rector de la Universidad del Valle de Atemajac, la bisnieta del Pío XII”. Aquí, bajo la influencia de sus maestros adquiere conocimientos que le darían mayor fluidez conceptual para estructurar sus propias ideas, materias como Filosofía, Sociología, Teología, Historia de la iglesia, Lectura y redacción (esto en las escapadas a las aulas de la incipiente escuela de periodismo, anexa), Ética y un sin fin de materias. Este ambiente le propició una formación sólida y una excelente estructura mental, incluso para todos aquellos que alcanzó a bañar dicho Instituto. Aquí estuvo en el Pío XII hasta los 22 años.
“Entre toda esa marejada de temas y libros se me quedó un segmento y fue a partir del cual yo empecé a construirme y a poder, de alguna manera, a navegar en las aulas y empezar a discutir con los compañeros y a interrogar a los maestros”.
Es en la dirección del Instituto en donde tienen la brillante idea para conformar el cine club y la edición del semanario Cinerama. Ramón aparece como subdirector de la revista junto con el licenciado Francisco Humberto Zárate quien asumía el puesto de director. Aquí Ramón despliega una serie de iniciativas y capacidades para el buen funcionamiento de ambos compromisos, la hace de barrendero, cácaro, corresponsal, crítico, “entrevistado” y aprendiz de corrector e impresor y todo por “el amor al arte”, ya que él y todo el equipo de colaboradores no perciben ni un sólo peso, sólo la satisfacción de contribuir a elevar la cultura cinematográfica y promover el placer estético para las mayorías. Cuando le preguntamos qué recuerdos le traía aquella época, nos dijo iluminándosele la cara como de niño travieso: “me divertía de lo lindo”.
La gaceta Cinerama, que salía todos los viernes y que nació como un producto de los sueños juveniles, fue la puerta de entrada al periodismo para Ramón. El Instituto Pío XII y sus alumnos eran unos entusiastas y apasionados del cine y del fenómeno cinematográfico. Algunos de estos incipientes intelectuales, ya acusaban una tendencia hacía la poesía y la buena lectura, como fue el caso de Luis Gutiérrez Esparza.
Cinerama se identifica como “una publicación de los alumnos del Instituto Pío XII” que buscaba difundir la cultura cinematográfica desde una perspectiva cristiana, en el fondo el proyecto Cinerama era una coincidencia de intereses para catalizar el cine y combatir con sus propias armas el cine “pornográfico”. Habría que destacar que los alumnos representan a los peones dentro de la jerarquía católica ya que arriba estaba el presbítero y licenciado en derecho canónico y a la sazón director del Instituto, Santiago Méndez Bravo quien a su vez tenía relativo apoyo del arzobispo de Guadalajara, José Garibi Rivera.
Todos estos jóvenes faltos de teoría y práctica le entraron a este periodismo cinematográfico por curiosidad y porque les gustaba el cine y no eran tan inocentes y rígidos, ya que creían, dentro de su catolicismo y su sincera fe, que el cine dominante era pueril y que podrían hacer algo para mejorar la situación, ya que entre ellos mismos observaban que en Guadalajara había entonces muy poca crítica cinematográfica seria y profunda, en forma y contenido. Mentes afines con quien platica y discute más de cine, sobre todo con Luis Gutiérrez Esparza,
observaban, con justicia y ojo de lince, que en algunas revistas ya existían críticos y comentaristas que destacaban por su nivel, su buen gusto y una forma expositiva agradable y perspicaz.
A Ramón el cine le divertía y le producía tanto placer que en algunas ocasiones debió de salir cansado después de una jornada maratónica a las seis o siete de la mañana pero satisfecho, luego de preparar el siguiente número de la revista. Al comenzar la publicación era tanto su optimismo que se le hacían “chiquitos los estacionómetros de la avenida Juárez saltándolos en una fugaz y alocada cabalgata”
En su paso por Cinerama su pasión por el cine arraigaría mucho más y aquí adquirió mayor experiencia y consolidó conocimientos del fenómeno cinematográfico, además hizo excelentes amigos y hasta le dio oportunidad de conocer y entrevistar artistas de verdad y no los simulacros que hacían él y Luis Gutiérrez Esparza. Así en su primera prueba como periodista del Cinerama se entrevista con Roberto Cañedo, Jorge Alzaga y Carlos Pouliot quienes eran los personajes centrales de tres episodios (pretensión neorrealista) de la película “El hombre propone” por Películas Guadalajara, donde subsisten fotos como testimonios para la historia del cine tapatío, en ellas aparece un Ramón Iñiguez de 23 años, desgarbado, serio, de cara afilada y de frente prominente como queriéndosele salir los sesos de la mollera.
*Tomado del libro de Luis Alberto Bojórquez aún inédito:
Notas para el estudio de la
HISTORIA DE LA CULTURA EN CAJEME
(1963-1972)






LA (PESCA) DA: Elia Casillas








Wednesday, December 07, 2016

El corredor ancho del sol: Silvina Ocampo

Se sintió enferma el día de su convalecencia. Ya no oía los ruidos inusitados del alba: el carrito del lechero, las cortinas metálicas de las tiendas, los tranvías solitarios que no se detienen a esa hora en las esquinas. El día estaba ya viejo en las ventanas de su cuarto cuando se despertaba y oía los ruidos de la mañana. La casa donde vivía quedaba sobre la pendiente de una calle empedrada que aceleraba los autos con cambios de velocidad, y esos cambios de velocidad le recordaban un hotel de Francia situado al pie de una montaña en donde había pasado protestando los días que ahora le parecían más felices de su vida. El hotel estaba rodeado de lambercianas y las piñas amontonadas en las ramas eran redondas y grises como muchos pájaros juntitos. Era un paisaje parecido a los paisajes de la provincia de aquí, pero donde las plantas eran menos fragantes y sin espinas, como los pescados preparados por un cocinero hábil. En las provincias existían plantas de olores extraordinarios: recordaba una planta con olor a sartén venenosa, otra con olor a piso recién encerado, otra con olor a guaranga. Estaba sentada contra la ventana, con la frente apoyada sobre el vidrio que temblaba masajes eléctricos cada vez que pasaba por la calle un carro de tres o cuatro caballos. No podía hacer el gesto de cambiar de postura, porque entre cada postura había que hacer un salto mortal que ponía en movimiento giratorio de terremoto todos los muebles y cuadros del cuarto... Su cuerpo se había distanciado de ella y sus ojos se disolvían como si fueran de azúcar, en un punto fijo indefinidamente vago y rodeado como un cielo de estrellas. La aliviaba pensar en un corredor muy ancho de sol, donde una vez se había estirado en un sillón de mimbre blanco. Era una casa rosada en forma de herradura. Tres corredores rodeaban un patio de pasto lleno de flores de agapanto muy azules o muy violetas, según el color de la pared contra la cual se apoyaban entre los arcos de un croquet abandonado. Ella sentía que había nacido en esa casa repleta de silencio donde andaba por el campo en una americana con un caballo empacado y enfurecido de galopes en las vueltas de los caminos. Había nacido en esa casa, aunque solamente la hubieran invitado por un día. Conocía la casa de memoria antes de haber entrado en ella, la hubiera podido dibujar con la misma facilidad con la cual había dibujado, un día, en un cuaderno la cara de su novio antes de conocerlo. Recordaba como un recuerdo anterior a su vida, que en medio de una inmensa inconsciencia había tenido que atravesar días de angustias antes de llegar hasta ese rostro donde había encerrado su cariño, hasta ese corredor tan ancho de sol. Volvió a pensar en el hotel de Francia, porque el linoleum del cuarto de baño del hotel era igual al de aquella casa de campo. Movió blandamente sus grandes brazos de nadadora, y sus manos buscaban un libro sobre la mesa. Hubiera podido nadar, porque nadando se va acostado sobre colchones espesos de agua, y el sol la hubiera sanado, pero los árboles estaban desnudos contra el cielo gris y los toldos de las ventanas volaban el viento. Era inútil que sus manos tomaran el libro. Por la puerta entreabierta se oyeron cantos de cucharas y platos que anunciaban la llegada de una sopa de tapioca en una bandeja con estrellitas y con gusto a infancia.




Tuesday, December 06, 2016

Sola, sin tu sombra: Elia Casillas


José Saramago: El cuento de la isla desconocida


Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.
Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.
El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre que vino a pedir un barco, por el movimiento de los labios tanto podría haber dicho Gracias, mi señor, como Ya me las arreglaré, pero lo que nítidamente se oyó fue lo que a continuación dijo el rey, Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto, le dices que te mando yo, y él que te dé el barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo del nombre del rey, y eran éstas las palabras que él había escrito sobre el hombro de la mujer de la limpieza, Entrega al portador un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos en la conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre levantó la cabeza, se supone que esta vez iría a agradecer la dádiva, el rey ya se había retirado, sólo estaba la mujer de la limpieza mirándolo con cara de circunstancias. El hombre bajó del peldaño de la puerta, señal de que los otros candidatos podían avanzar por fin, superfluo será explicar que la confusión fue indescriptible, todos queriendo llegar al sitio en primer lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya estaba cerrada otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual.
Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle, preguntó por el capitán, y mientras venía, se puso a adivinar cuál sería, de entre los barcos que allí estaban, el que iría a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta de visita del rey era muy clara en este punto, por consiguiente quedaban descartados los paquebotes, los cargueros y los navíos de guerra, tampoco podría ser tan pequeño que aguantase mal las fuerzas del viento y los rigores del mar, en este punto también había sido categórico el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron éstas sus formales palabras, excluyendo así explícitamente los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición, no nacieron para surcar los océanos, que es donde se encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de allí, escondida detrás de unos bidones, la mujer de la limpieza pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi gusto, aquél, pensó, aunque su opinión no contaba, ni siquiera había sido contratada, vamos a oír antes lo que dirá el capitán del puerto. El capitán vino, leyó la tarjeta, miró al hombre de arriba abajo y le hizo la pregunta que al rey no se le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carnet de navegación, a lo que el hombre respondió, Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te lo aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme, no, uno de ésos no, dame un barco que yo respete y que pueda respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero, pero tú no eres marinero, Si tengo el lenguaje, es como si lo fuese. El capitán volvió a leer la tarjeta del rey, después preguntó, Puedes decirme para qué quieres el barco, Para ir en busca de la isla desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo el rey, Lo que él sabe de islas lo aprendió conmigo, Es extraño que tú, siendo hombre de mar, me digas eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre de tierra soy yo, y no ignoro que todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien entiendo, vas a la búsqueda de una donde nadie haya desembarcado nunca, Lo sabré cuando llegue, Si llegas, Sí, a veces se naufraga en el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir en los anales del puerto que el punto adonde llegué fue ése, Quieres decir que llegar, se llega siempre, No serías quien eres si no lo supieses ya. El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró algunas, Cuál, Aquél. Así que la mujer de la limpieza percibió para dónde apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que perdonarle la insólita reivindicación de propiedad, a todo título abusiva, el barco era aquel que le había gustado, simplemente. Parece una carabela, dijo el hombre, Más o menos, concordó el capitán, en su origen era una carabela, después pasó por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco, Pero continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas, Cuando se va en busca de islas desconocidas, es lo más recomendable. La mujer de la limpieza no se contuvo, Para mí no quiero otro, Quién eres tú, preguntó el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del palacio del rey, La que abría la puerta de las peticiones, No había otra, Y por qué no estás en el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas, Porque las puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque de hoy en adelante sólo limpiaré barcos, Entonces estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida, Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo así, ve para la carabela, mira cómo está aquello, después del tiempo pasado debe precisar de un buen lavado, y ten cuidado con las gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir conmigo a conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo, Disculpa, fue sólo porque me gustó, Gustar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe de ser la peor manera de gustar. El capitán del puerto interrumpió la conversación, Tengo que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o a otro, resuélvanlo, a mí tanto me da, Los barcos tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no, pero allí están las bodegas y los pañoles, y el camarote del comandante con el diario de a bordo, Ella que se encargue de todo, yo voy a reclutar la tripulación, dijo el hombre, y se apartó.
La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán para recoger las llaves, después entró en el barco, dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas, con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La mujer de la limpieza posó el cubo, se guardó las llaves en el seno, plantó bien los pies en la pasarela y, remolineando la escoba como si fuese un espadón de los buenos tiempos, consiguió poner en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró en el barco comprendió la ira de las gaviotas, había nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros todavía con huevos, y unos pocos con gaviotillas de pico abierto, a la espera de comida, Pues sí, pero será mejor que se muden de aquí, un barco que va en busca de la isla desconocida no puede tener este aspecto, como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua los nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos. Después se remangó las mangas y se puso a lavar la cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió el pañol de las velas y procedió a un examen minucioso del estado de las costuras, tanto tiempo sin ir al mar y sin haber soportado los estirones saludables del viento. Las velas son los músculos del barco, basta ver cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les sucede a los músculos, si no se les da uso regularmente, se aflojan, se ablandan, pierden nervio. Y las costuras son los nervios de las velas, pensó la mujer de la limpieza, contenta por aprender tan de prisa el arte de la marinería. Encontró deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó con señalarlas, dado que para este trabajo no le servían la aguja y el hilo con que zurcía las medias de los pajes antiguamente, o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles, enseguida vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el fondo, que al principio le parecieron cagaditas de ratón, no le importó nada, de hecho no está escrito en ninguna ley, por lo menos hasta donde la sabiduría de una mujer de la limpieza es capaz de alcanzar, que ir por una isla desconocida tenga que ser forzosamente una empresa de guerra. Ya le enfadó, y mucho, la falta absoluta de municiones de boca en el pañol respectivo, no por ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del palacio, sino por el hombre al que dieron este barco, no tarda que el sol se ponga, y él aparecerá por ahí clamando que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y si trae marineros para la tripulación, que son unos ogros comiendo, entonces no sé cómo nos vamos a gobernar, dijo la mujer de la limpieza.
No merecía la pena preocuparse tanto. El sol acababa de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía un barco surgió en el extremo del muelle. Traía un bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La mujer de la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, antes de que abriera la boca para enterarse de cómo había transcurrido el resto del día, él dijo, Estate tranquila, traigo comida para los dos, Y los marineros, preguntó ella, Como puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos, volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible, como si todavía estuviéramos en el tiempo del mar tenebroso, Y tú qué les respondiste, Que el mar es siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco, Pero tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar es tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con las aguas color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía no lo sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo, Tendrás un oficio, una profesión, como ahora se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio del cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a ciertas horas.
Dijo el hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo del rey, que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco, sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste, Hay algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo, Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste esas cosas, Así, Así cómo, Como tú, cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar, Pero ya estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para la navegación sólo hay dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro es el barco, Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro, el cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.
En menos de un cuarto de hora habían acabado la vuelta por el barco, una carabela, incluso transformada, no da para grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas a la primera contrariedad, La primera contrariedad fue esperar al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los dos, Estás loca, dos personas solas no serían capaces de gobernar un barco de éstos, yo tendría que estar siempre al timón, y tú, ni vale la pena explicarlo, es una locura, Después veremos, ahora vamos a cenar. Subieron al castillo de popa, el hombre todavía protestando contra lo que llamara locura, allí la mujer de la limpieza abrió el fardel que él había traído, un pan, queso curado, de cabra, aceitunas, una botella de vino. La luna ya estaba a medio palmo sobre el mar, las sombras de la verga y del mástil grande vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente bonita nuestra carabela, dijo la mujer, y enmendó enseguida, La tuya, tu carabela, Supongo que no será mía por mucho tiempo, Navegues o no navegues con ella, la carabela es tuya, te la dio el rey, Se la pedí para buscar una isla desconocida, Pero estas cosas no se hacen de un momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi abuelo decía que quien va al mar se avía en tierra, y eso que él no era marinero, Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas necesarias para un viaje como éste, que no se sabe adónde nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que esperar a que sea la estación apropiada, y salir con marea buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje, Te estás riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza, Es bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y esta vez no se refería a la carabela. La mujer, ésa, no pensó nada, lo habría pensado todo durante aquellos tres días, cuando entreabría de vez en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba fuera, a la espera. No sobró ni una miga de pan o de queso, ni una gota de vino, los huesos de las aceitunas fueron a parar al agua, el suelo está tan limpio como quedó cuando la mujer de la limpieza le pasó el último paño. La sirena de un paquebote que se hacía a la mar soltó un ronquido potente, como debieron de ser los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez, haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior del muelle, el agua se onduló un poco al paso del paquebote, y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho más. Se rieron los dos, después se callaron, pasado un rato uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a dormir. No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó, Ni yo, después se callaron otra vez, la luna subió y continuó subiendo, a cierta altura la mujer dijo, Hay literas abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces fue cuando se levantaron y descendieron a la cubierta, ahí la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado, y el hombre respondió, Y yo para éste, hasta mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente porque todavía están practicando en las artes. La mujer volvió atrás, Me había olvidado, se sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él encendió un fósforo, después, abrigando la llama bajo la cúpula de los dedos curvados la llevó con todo el cuidado a los viejos pabilos, la luz prendió, creció lentamente como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la limpieza, no sería necesario decir que él pensó, Es bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo tiene ojos para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan las personas interpretando miradas, sobre todo al principio. Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana, duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera, Que tengas sueños felices, fue la frase que le salió, dentro de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera, se le ocurrirán otras frases, más espiritosas, sobre todo más insinuantes, como se espera que sean las de un hombre cuando está a solas con una mujer. Se preguntaba si ella dormiría, si habría tardado en entrar en el sueño, después imaginó que andaba buscándola y no la encontraba en ningún sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el sueño es un prestidigitador hábil, muda las proporciones de las cosas y sus distancias, separa a las personas y ellas están juntas, las reúne, y casi no se ven una a otra, la mujer duerme a pocos metros y él no sabe cómo alcanzarla, con lo fácil que es ir de babor a estribor.
Le había deseado buenos sueños, pero fue él quien se pasó toda la noche soñando. Soñó que su carabela navegaba por alta mar, con las tres velas triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino sobre las olas, mientras él manejaba la rueda del timón y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía cómo estaban allí los marineros que en el puerto y en la ciudad se habían negado a embarcar con él para buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron de la grosera ironía con que lo trataron. Veía animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas, lo habitual de la crianza doméstica, comiscando los granos de millo o royendo las hojas de col que un marinero les echaba, no se acordaba de cuándo los habían traído para el barco, fuese como fuese, era natural que estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida es, como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta, lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que abrir la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las orejas siempre es más fácil que perseguirlo por montes y valles. Del fondo de la bodega sube ahora un relincho de caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de asnos, las voces de los nobles animales necesarios para el trabajo pesado, y cómo llegaron ellos, cómo pueden caber en una carabela donde la tripulación humana apenas tiene lugar, de súbito el viento dio una cabriola, la vela mayor se movió y ondeó, detrás estaba lo que antes no se veía, un grupo de mujeres que incluso sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos los marineros, se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía no ha llegado el tiempo de ocuparse de otras, está claro que esto sólo puede ser un sueño, en la vida real nunca se ha viajado así. El hombre del timón buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y no la vio. Tal vez esté en la litera de estribor, descansando de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa cómo lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que saltó para el embarcadero, diciendo desde allí, Adiós, adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida, me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se cubrió el cielo y comenzó a llover y, habiendo llovido, principiaron a brotar innumerables plantas de las filas de sacos de tierra alineados a lo largo de la amurada, no están allí porque se sospeche que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino porque así se ganará tiempo, el día que lleguemos sólo tendremos que trasplantar los árboles frutales, sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van madurando aquí, adornar los jardines con las flores que abrirán de estos capullos. El hombre del timón pregunta a los marineros que descansan en cubierta si avistan alguna isla desconocida, y ellos responden que no ven ni de unas ni de otras, pero que están pensando desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca, siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna donde beber y una cama donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta gente junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del timón, La isla desconocida es cosa inexistente, no pasa de una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey fueron a ver en los mapas y declararon que islas por conocer es cosa que se acabó hace mucho tiempo, Debieron haberse quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecerme la navegación, Andábamos buscando un lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No son marineros, Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio, pero los hombres que nunca habían sido marineros protestaron, dijeron que era allí mismo donde querían desembarcar, Esta es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos llevas. Entonces, por sí misma, la carabela viró la proa en dirección a tierra, entró en el puerto y se encostó a la muralla del embarcadero, Pueden irse, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron en orden, primero las mujeres, después los hombres, pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos, los conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra, levantaron el vuelo y se fueron del barco, transportando en el pico a sus gaviotillas, proeza que no habían acometido nunca, pero siempre hay una primera vez. El hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado, sólo falta que caiga un poco más de lluvia para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla desconocida comenzó, no se ha visto comer al hombre del timón, debe de ser porque está soñando, apenas soñando, y si en el sueño les apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma






LA (PESCA) DA: Elia Casillas


Sunday, December 04, 2016

Buen viaje querido amigo: Ramón Iñiguez Franco

Estaba en la escuela de escritores, fui porque andaba perdida. Cada sábado, en uno de los costados de la entrada al salón publicaban los textos que salían en la página Quehacer Cultural de el Diario del Yaqui. Yo iba y venía con mis escritos, me entristecía no aparecer ahí. Un día, la fortuna llevó a don Ramón Iñiguez a la escuela, le pregunté por qué no estaba en su Página. Preguntó mi nombre, se lo di. Elia -contestó muy serio- nunca he visto tus textos. Por favor, si puedes enviarlos por los Mayitos, yo voy y los recojo, nada más, me avisas antes, o si los quieres llevar a la Biblioteca publica Jesús Corral Ruíz que está en el centro. Si quiere, yo se los llevo -dijo- Perla Julieta Ortiz Murray. Así empezó mi carrera en las letras, él apostó por mí y por muchos. Un hombre con un gran corazón, apasionado de la literatura, leal con los amigos. 1998, el año en que lo conocí, el tiempo nos hizo amigos, luego de esos días, le dio un infarto y yo como la Delgadina, de la sala a la cocina rece y rece, hablando con su esposa para estar al tanto de su salud. Pensaba que si él moría, qué iba a ser de mí, casi había encontrado un padrino; quitemos el casi. La primera vez que me vi publicada en la página, quería brincar, andar como la Llorona por las calles del pueblo, mostrarle a todos mi texto en un periódico. Él tiene todos mis libros, siempre que salía uno, sino se lo entregaba personalmente, lo hacía llegar. Libró el infarto, un cáncer de piel, y... Ya estaba cansado. Hablé con su familia hace unos días, pedí su hija le dijera: Dile que lo quiero mucho... No, no le digas eso, dile que lo quiero un chingo. Agripina, es el último de mis cuentos que envié. "Ay Elia Casillas, está muy largo el cuento, lo voy a publicar en fragmentos, ahí te encargo unas imágenes".




Saturday, December 03, 2016

RAPHAEL La Llorona, directo Mexico 1968 [HQ] - www.raphaelfans.com

FOTOS: Roberto Bolaño




Para poetas, los de Francia, piensa Arturo Belano, perdido en África, mientras hojea una especie de álbum de fotos en donde la poesía en lengua francesa se conmemora a sí misma, qué hijos de puta, piensa, sentado en el suelo, un suelo como de arcilla roja pero que no es de arcilla, ni siquiera arcilloso, y que sin embargo es rojo o más bien cobrizo o rojizo, aunque al mediodía es amarillo, con el libro entre las piernas, un libro grueso, de 930 páginas, que es como decir 1.000 páginas, o casi, un libro de tapa dura, La poésie contemporaine de langue française depuis 1945, de Serge Brindeau, editado por Bordas, un compendio de pequeños textos sobre todos los poetas que escriben en francés en el mundo, ya sea en Francia o Bélgica, Canadá o el Magreb, los países africanos o los países del Medio Oriente, lo que resta un poco de valor al milagro de haber hallado este libro aquí, piensa Belano, pues si incluye poetas africanos está claro que algunos ejemplares tuvieron que viajar a África en las maletas de los propios poetas o en las maletas de un librero patriota (de su lengua) y terriblemente ingenuo, aunque sigue siendo un milagro que uno de esos ejemplares se perdiera precisamente aquí, en esta aldea abandonada por los humanos y por la mano de Dios, en donde sólo estoy yo y los fantasmas de los sumulistas y poca cosa más excepto el libro y los colores cambiantes de la tierra, cosa curiosa, pues la tierra efectivamente muda de color cada cierto tiempo, por la mañana amarilla oscura, al mediodía amarilla con estrías como de agua, un agua cristalizada y sucia, y después ya no hay quien la quiera mirar, piensa Belano, mientras mira el cielo por donde pasan tres nubes, como tres signos por un prado azul, el prado de las conjeturas o el prado de las mistagogías, y se asombra de la apostura de las nubes que avanzan indeciblemente lentas, o mientras mira las fotos, el libro casi pegado a la cara, para poder apreciar esos rostros en todas sus torsiones, palabra que no viene al caso pero que sí viene al caso, Jean Perol, por ejemplo, con cara de estar escuchando un chiste, o Gérald Neveu (a quien ha leído), con cara como de deslumbrado por el sol o como si viviera en un mes que es una conjunción monstruosa de julio y agosto, algo que sólo pueden soportar los negros o los poetas alemanes y franceses, o Vera Feyder, que sostiene y acaricia un gato, como si sostener y acariciar fuera lo mismo, ¡y es lo mismo!, piensa Belano, o Jean-Philippe Salabreuil (a quien ha leído), tan joven, tan guapo, parece un actor de cine, y me mira desde la muerte con una media sonrisa, diciéndome a mí o al lector africano a quien le perteneció este libro que no hay problema, que los vaivenes del espíritu no tienen objeto y que no hay problema, y luego cierra los ojos pero no mira al suelo, y luego los abre y pasa la página y aquí tenemos a Patrice Cauda, con cara de golpear a su mujer, qué digo a su mujer, a su novia, y a Jean Dubacq, con cara de empleado de banco, un empleado de banco triste y sin demasiadas esperanzas, un católico, y a Jacques Arnold, con cara de gerente del mismo banco donde trabaja el pobre Dubacq, y a Janine Mitaud, boca grande, ojos vivísimos, una mujer de mediana edad con el pelo corto y con el cuello delgado y con cara de humorista fina, y a Philippe Jaccottet (a quien ha leído), flaco y con cara de buena persona, aunque tal   vez, piensa Belano, tiene esa cara de buena persona de la que uno nunca debe fiarse, y Claude de Burine, la encarnación de Anita la Huerfanita, incluso el vestido o lo que la foto permite ver del vestido es idéntico al vestido de Anita la Huerfanita, ¿pero quién es esta Claude de Burine?, se dice Belano en voz alta, solo en una aldea africana de donde todos se han marchado o muerto, sentado en el suelo con las rodillas levantadas mientras sus dedos recorren a una velocidad inusual las páginas de La poésie contemporaine en busca de datos sobre esta poeta, y cuando finalmente los encuentra lee que Claude de Burine nació en Saint-Léger-des-Vignes (Niévre), en 1931, y que es la autora de Lettres a l'enfance (Rougerie, 1957), La Gardienne (Le Soleil dans la tete —buen nombre para una editorial—, 1960), L'Allumeur de reverberes (Rougerie, 1963), y Hanches (Librairie SaintGermain-des-Prés, 1969), y no hay más datos biográficos sobre ella, como si a los treintaiocho años, tras la publicación de Hanches, Anita la Huerfanita hubiera desaparecido, aunque el autor o la autora de la nota introductoria dice de ella: Claude de Burine avant toute autre chose, dit l'amour, l'amour inépuisable, y entonces en el cerebro recalentado de Belano todo se aclara, alguien que dit l'amour puede perfectamente desaparecer a los treintaiocho años, y más, mucho más, si esa persona es el doble de Anita la Huerfanita, los mismos ojos redondos, el mismo pelo, las cejas de quien ha pasado una temporada en la inclusa, la expresión de perplejidad y de dolor, un dolor paliado en parte por la caricatura, pero dolor a fin de cuentas, y entonces Belano se dice a sí mismo aquí voy a encontrar mucho dolor, y vuelve a las fotos y descubre, bajo la foto de Claude de Burine y entre la foto de Jacques Reda y la foto de Philippe Jaccottet, a Marc Alyn y Dominique Tron compartiendo la misma instantánea, un segundo de relax, Dominique Tron tan distinta de Claude de Burine, la existencialista, la beatnik, la rockera, y la modosita, la abandonada, la desterrada, piensa Belano, como si Dominique viviera en el interior de un tornado y Claude fuera el ser sufriente que lo contempla desde una lejanía metafísica, y nuevamente a Belano le pica la curiosidad y acude al índice y entonces, después de leer né a Bin el Ouidane (Maroc) le 11 décembre 1950, se da cuenta de que Dominique es un hombre y no una mujer, ¡debo estar en plena insolación!, reflexiona mientras se espanta un mosquito (totalmente imaginario) de la oreja, y después lee la bibliografía de Tron, que ha publicado Stéréophonies (Seghers, 1965, es decir a los quince años), Kamikaze Galápagos (Seghers, 1967, es decir a los diecisiete años), La soufrance est inutile (Seghers, 1968, es decir a los dieciocho años), D'épuisement en épuisement jusqu 'a l'aurore, Elizabetb, oratorio autobiographique suivi de Boucles defeu, mystére (Seghers, 1968, es decir otra vez a los dieciocho años), y De la Science-fiction c'est nous, a l'interpretation des corps (Eric Losfeld, 1972, es decir a los veintidós años), y no hay más títulos, en gran medida porque La poésie contemporaine se publicó en 1973, si se hubiera publicado en 1974 seguro que encontraría otros, y entonces Belano piensa en su propia juventud, cuando era una máquina de escribir igual que Tron, incluso puede que más guapo que Tron, reflexiona achicando los ojos para mirar mejor la foto, pero para publicar un poema, en México, en los lejanos años en que vivió en México DF, debía sudar sangre, y luego piensa que una cosa es México y otra cosa es Francia, y luego cierra los ojos y ve un torrente de charros espectrales pasar como una exhalación de color gris por el lecho de un río seco, y luego, antes de abrir los ojos —con el libro firmemente sujeto por ambas manos—, ve otra vez a Claude de Burine, el busto fotográfico de Claude de Burine, digna y ridícula a la vez, contemplando desde su atalaya de poeta soltera el ciclón adolescente que es Dominique Tron, el autor, precisamente, de La soufrance est inutile, un libro que tal vez Dominique escribió para ella, un libro que es un puente en llamas y que Dominique no va a cruzar pero que Claude, ajena al puente, ajena a todo, sí que cruzará, y se quemará en el intento, piensa Belano, como se queman todos los poetas, incluso los malos, en esos puentes de fuego tan interesantes, tan apasionantes cuando uno tiene dieciocho, veintiún  años, pero luego tan aburridos, tan monótonos, con un principio y con un final predecibles de antemano, esos puentes que él cruzó como Ulises por su casa, esos puentes teorizados y aparecidos como ouijas fantásticas, de improviso, ante sus narices, enormes estructuras en llamas repetidas hasta el final de la pantalla y que los poetas no de dieciocho ni de veintiún años pero sí los de veintitrés son capaces de cruzar con los ojos cerrados, como guerreros sonámbulos, piensa Belano mientras imagina a la inerme (a la frágil, a la fragilísima) Claude de Burine corriendo a los brazos de Dominique Tron, en una carrera que prefiere imaginar impredecible, aunque hay algo en los ojos de Claude, en los ojos de Dominique, en los ojos del puente en llamas, que le resulta familiar y que en un idioma que discurre a ras de tierra, como los cambiantes colores que circundan la aldea vacía, le adelanta el seco y melancólico y atroz final, y entonces Belano cierra los ojos y se queda quieto y luego abre los ojos y busca otra página, aunque esta vez está decidido a mirar las fotos y nada más, y así encuentra a Pierre Morency, un chico guapo, a Jean-Guy Pilón, un tipo problemático y nada fotogénico, a Fernand Ouellette, un hombre que se está quedando calvo (y si tenemos en cuenta que el libro se editó en 1973 lo más probable, en un sentido o en otro, es que el tipo ya esté calvo del todo), y a Nicole Brossard, una chica de pelo lacio, con la raya en el medio, los ojos grandes, la mandíbula cuadrada, guapa, le parece guapa, pero Belano no quiere saber la edad de Nicole ni los libros que escribió y pasa página, y entra de golpe (aunque en la aldea en que se halla varado entrar de golpe no es nunca entrar de golpe) en el reino de las mil y una noches de la literatura y también de la memoria, pues allí está la foto de Mohammed Khair-Eddine y Kateb Yacine y Anna Greki y Malek Haddad y Abdellatif Laabi y Ridha Zili, poetas árabes de lengua francesa, y algunas de esas fotos, lo recuerda, ya las había visto, hace muchos años, tal vez en 1972, antes de que apareciera el libro que tiene en las manos, tal vez en 1971, o puede que se equivoque y las viera por primera vez, con una sensación que persiste y que no atina a explicarse aunque se ubique a medio camino entre la perplejidad —una singular perplejidad hecha de dulzura— y la envidia por no pertenecer a ese grupo, el año 73 o 74, lo recuerda, en un libro sobre poetas árabes o sobre poetas magrebíes que una uruguaya, durante unos pocos días, llevó consigo a todas partes en México, un libro de tapas ocres o amarillas como las arenas del desierto, y luego Belano da la vuelta a la página y aparecen más fotos, la de Kamal Ibrahim (que ha leído), la de Salah Stétié, la de Marwan Hoss, la de Fouad Gabriel Naffah (un poeta feo como un demonio), y la de Nadia Tuéni, Andrée Chedid y Venus Khoury, y entonces Belano casi pega la cara a la página para ver con más detalle a las poetas, y Nadia y Venus le parecen francamente hermosas, con Nadia follaría, se dice, hasta el amanecer (suponiendo que en algún momento caiga la noche, pues la tarde en la aldea parece seguir al sol en su marcha hacia el oeste, eso piensa Belano no sin acongojarse) y con Venus follaría hasta las tres de la mañana, y luego me levantaría, encendería un cigarrillo y saldría a caminar por el Paseo Marítimo de Malgrat, pero con Nadia hasta el amanecer, y las cosas que le hiciera a Venus se las haría a Nadia, pero las cosas que le hiciera a Nadia no se las haría a nadie más, piensa Belano mientras observa sin parpadear, la nariz casi pegada al libro, la sonrisa de Nadia, los ojos vivaces de Nadia, la cabellera de Nadia, oscura, brillante, abundante, una sombra protectora y eficaz, y entonces Belano mira hacia arriba y ya no ve las tres nubes solitarias en el cielo africano que cubre la aldea en donde se encuentra, esa aldea que el sol arrastra hacia el oeste, las nubes han desaparecido, como si tras contemplar la sonrisa de la poeta árabe de las mil y una noches las nubes sobraran, y entonces Belano rompe su promesa, busca en el índice el nombre Tuéni, y luego se dirige sin temblar hacia las páginas críticas dedicadas a ella y en donde sabe que encontrará su ficha biobibliográfica, una ficha que le dice que Nadia nació en Beirut en el año 1935, es decir que cuando se editó el libro tenía treintaiocho años, aunque la foto es de antes, y que ha publicado varios libros, entre ellos Les Textes blonds (Beyrouth, Éd. An-Nahar, 1963),   L'Age d'écume (Seghers, 1966), Juin et les mécréantes (Seghers, 1968), y Poemes pour une histoire (Seghers, 1972), y entre los párrafos dedicados a ella Belano lee habituée aux chimeres, y lee chez ce poete des marees, des ouragans, des naufrages, y lee l'air torride, y lee filie elle-méme d'un pére druze et d'une mere frangaise, y lee mañee a un chrétien orthodoxe, y lee Nadia Tuéni (née Nadia Mohammed Ali Hamadé), y lee Tidimir la Chrétienne, Sabba la Musulmane, Dáhoun la Juive, Sioun la Druze, y ya no lee más y levanta la vista porque ha creído oír algo, el graznido de un buitre o de un zopilote, pese a que él sabe que aquí no hay zopilotes, aunque eso con el tiempo, un tiempo que ni siquiera es necesario contar por años sino por horas y por minutos, se puede arreglar, lo que uno sabe lo deja de saber, así de simple, así de frío, incluso hasta un zopilote mexicano es posible en esta pinche aldea, piensa Belano con lágrimas en los ojos, pero no son lágrimas provocadas por el graznido de los zopilotes sino por la certeza física de la imagen de Nadia Tuéni que lo mira desde una página del libro y cuya sonrisa petrificada parece desplegarse como cristal en el paisaje que circunda a Belano y que también es de cristal, y entonces cree oír palabras, las mismas palabras que acaba de leer y que ahora no puede leer porque está llorando, l'air torride, habituée aux chiméres, y una historia de drusas, judías, musulmanas y cristianas de la que emerge Nadia con treintaiocho años (la misma edad que Claude de Burine) y una cabellera de princesa árabe, inmaculada, serenísima, como la musa accidental de algunos poetas, o como la musa provisional, la que dice no te preocupes, o la que dice preocúpate, pero no demasiado, la que no habla con palabras secas y certeras, la que más bien susurra, la que hace gestos simpáticos antes de desvanecerse, y entonces Belano piensa en la edad de la Nadia Tuéni real, en 1996, y se da cuenta de que ahora tiene sesentaiuno, y deja de llorar, l'air torride ha secado sus lágrimas una vez más, y vuelve a pasar páginas, vuelve a los caretos de los poetas de lengua francesa con una obstinación digna de cualquier otra causa, vuelve como pajarraco a la cara de Tchicaya U Tam'si, nacido en Mpili en 1931, a la cara de Matala Mukadi, nacido en Luiska en 1942, a la cara de Samuel-Martin Eno Belinga, nacido en Ebolowa en 1935, a la cara de Elolongué Epanya Yondo, nacido en Douala en 1930, y tantas otras caras, caras de poetas que escriben en francés, fotogénicos o no, la cara de Michel Van Schendel, nacido en Asniéres en 1929, la cara de Raoul Duguay (a quien ha leído), nacido en Val d'Or en 1939, la cara de Suzanne Paradis, nacida en Beaumont en 1936, la cara de Daniel Biga (a quien ha leído), nacido en Saint-Sylvestre en 1940, la cara de Denise Jallais, nacida en SaintNazaire en 1932 y casi tan guapa como Nadia, piensa Belano con una especie de temblor integral, mientras la tarde sigue arrastrando la aldea hacia el oeste y los zopilotes empiezan a aparecer subidos a las copas de unos árboles bajos, sólo que Denise es rubia y Nadia es morena, hermosísimas las dos, una de sesentaiuno y la otra de sesentaicuatro, ojalá estén vivas, piensa, la mirada fija no en las fotos del libro sino en la línea del horizonte en donde los pájaros se mantienen en un equilibrio inestable, cuervos o buitres o zopilotes, y entonces Belano recuerda un poema de Gregory Corso, en donde el desdichado poeta norteamericano hablaba de su único amor, una egipcia muerta hace dos mil quinientos años, y Belano recuerda el rostro de niño de la calle de Corso y una figura de arte egipcio que vio hace mucho tiempo en una cajita de cerillas, una muchacha que sale del baño o de un río o de una piscina y el poeta beat (el entusiasta y desdichado Corso) la contempla desde el otro lado del tiempo, y la muchacha egipcia de largas piernas se siente contemplada, y eso es todo, el flirt entre la egipcia y Corso es breve como un suspiro en la vastedad del tiempo, pero también el tiempo y su lejana soberanía pueden ser un suspiro, piensa Belano mientras contempla los pájaros subidos a las ramas, siluetas en la línea del horizonte, un electrocardiograma que se agita o despliega las alas a la espera de su muerte, de mi muerte, piensa Belano, y luego se queda largo rato con los ojos cerrados, como si estuviera reflexionando o llorando con los ojos cerrados, y cuando los vuelve a abrir allí   están los cuervos, allí está el electroencefalograma temblando en la línea del horizonte africano, y entonces Belano cierra el libro y se levanta, sin soltar el libro, agradecido, y comienza a caminar hacia el oeste, hacia la costa, con el libro de los poetas de lengua francesa bajo el brazo, agradecido, y su pensamiento va más rápido que sus pasos por la selva y el desierto de Liberia, como cuando era un adolescente en México, y poco después sus pasos lo alejan de la aldea.