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Friday, September 21, 2018

REGISTRO DE RECONOCIMIENTO TERRITORIO ANCESTRAL DE LA TRIBU YAQUI.



REGISTRO DE RECONOCIMIENTO TERRITORIO ANCESTRAL DE LA TRIBU YAQUI.

El 20 de marzo de 1825 se estableció un acuerdo entre las autoridades Yaquis , de los 8 Pueblos, con el Gobernador del estado, Sr. Simón Elías González:

“en mi Categoría de Gobernador de mi Estado les reconozco sus derechos a toda la Tribu Yaqui a sus Gobernadores, a sus Capitanes y tropa en general, les hago presencia y estoy conforme de Decreto que tienen en su poder del Escrito Firmado en el año de 1615 por el aquel entonces Rey Español Felipe III, Rey de España[….] y para finalizar dijo el Gobernador del Estado, Igualmente les propongo la paz en la misma forma que lo dictó el Rey español Felipe III, de cómo lo expuso el Virrey de la Nueva España, y como lo dictó el Gobernante Diego Martínez de Hurdaide, que propuso lo Siguiente; en el año de 1615…

Que autorizamos entregarle un decreto Firmado, por Vuestra Majestad Felipe III Rey de España y Reconociese por el padre Provincial de Méjico, y de la Nueva España los terrenos que les pertenece por competencia y que conocen ustedes de norte a sur y del este a oeste a colinda de los terrenos de cada Tribu”.

Este acuerdo firmado es un reconocimiento del gobierno mexicano, a través del gobernador de Sonora y registra el de la Corona Española de “pacto de no agresión” pues la tribu había vencido en 3 ocasiones a españoles, no estaba ni derrotada ni vencida sino que llevaba la ofensiva y que la entrada a la región tiene limites y si los respetan no serán atacados.

Fuente: archivo de Jesús Quintero con fecha 15 de marzo de 1901, en el Médano, río yaqui pueblo de Huirivis; archivo copiado por su hijo Jesús Quintero Valencia.

El documento citado de Jesús Quintero de fecha 15 de marzo de 1901, se presentó completo e íntegro de manera anexada al primer documento de fecha 25 de Enero del año 2006, de petición de admisibilidad de Pueblo Tribu Yaqui contra México, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), dependiente de la OEA y esta a su vez de la Organización de la Naciones Unidas (ONU), con las siglas otorgadas por la CIDH; REF: Pueblo Yaqui P-79-06 México.






AZARES DE LA MOMIA DE UN EMPERADOR: Ramiro Arredondo-Hernández:



Según entiendo el cadáver del emperador fue levantado del lugar de fusilamiento como a las siete de la mañana del 19 de junio de 1867 y ahí lo cubrieron con una sábana chorreada e hicieron un intento por hacerlo caber dentro de una caja de madera demasiado chica por lo que a pesar de tantos pujidos por meterlo allí optaron por dejarle los pies por fuera del cajón porque el archiduque era muy alto y habrían de fabricarle una caja especial para esa talla. Paso seguido este cadáver sería trasladado hasta el convento de Capuchinas en Querétaro donde el coronel Palacios dijera ‘he aquí la obra de Francia’.
Ya ahí al desnudar a este muerto se le pudieron contar cinco plomazos bien puestos a nivel del tórax y en el abdomen a más del feroz tiro de gracia justo en la altura del corazón que le hubiera propinado el entonces sargento segundo Aureliano Blanquet. La frente del emperador estaba bastante abollada después de caer hacia adelante contra el suelo y por eso el doctor Licea tuvo que resanarle esa lesión con una plasta de yeso con barniz. Durante esa semana del embalsamamiento muchos aristócratas llorosos desfilaron por las Capuchinas para empapar sus pañuelos en la cadaverina de Maximiliano.
La princesa de Salm-Salm que días antes se arrodillara ante don Benito Juárez rogando por la vida del emperador visitó ahora al presidente para denunciar al embalsamador quien le hubiera propuesto la venta de esa ropa del emperador en su fusilamiento. Ofrecía una banda de seda ensangrentada, un pantalón negro agujerado por las balas sobre el vientre, una camiseta con hoyos en el pecho, calcetines, corbata, pelos de barba y cabeza, la sábana que envolviera el cadáver, el plomo que le desgarró el corazón y aquella malhechura de yeso que el tal doctor Licea hubiera moldeado sobre la cara al difunto.
El médico comentó a la princesa que unos aristócratas de Querétaro le ofrecían hasta 30 mil pesos por aquel lote pero que él se conformaría con sólo 15 mil. La princesa contestó ‘ajá, conozco a alguien que pagará ese precio, haga usted una lista de los objetos para poder mostrar ese papel’. Licea hizo el listado y lo firmó sellando también su fatalidad. Benito Juárez se indignó ante el vil tráfico que este médico deseaba hacer con estos despojos imperiales y aconsejó a la princesa interponer una demanda en los tribunales. Agnes Salm Salm lo acató y Licea fue detenido pasando dos años en prisión.
El tribunal de inmediato procedió a ordenar que las macabras prendas le fueran entregadas a la Salm-Salm dado que era la única persona que las hubiera reclamado pero ésta dama ya había pelado gallo desde antes de que se dictara este fallo. Según Ramón del Llano Ibáñez en el libro ‘Miradas de los Últimos Días de Maximiliano de Habsburgo en la ciudad de Querétaro durante el sitio de las fuerzas del Imperio en el año de 1867’ Porrúa 2009 aquel tribunal absolvería al doctor Licea argumentando que éste individuo sólo había recogido unas ropas abandonadas y que no había cometido crimen alguno.
Para el juez luego de momificar aquel cadáver sin recibir pago por estos servicios, Licea se había mirado en la necesidad de vender aquellas prendas. La pregunta ahora es ¿cuál fue el paradero de esa ropa? Para rematarla en el tortuoso camino a la capital el carretón que trasladaba al embalsamado volcó en un arroyo. Aparte de aquel embalsamamiento imperfecto de la momia, este fiambre tan remojado llegó a la ciudad de México demasiado ennegrecido, hecho un imperial desastre. Juárez supuso que ‘la Casa de Austria reclamaría aquel cuerpo que tendría que hacer un dilatado camino los atravesando mares’.
Así que ordenó otro embalsamamiento pero ahora por los doctores Agustín Andrade, Rafael Ramiro Montaño y Felipe Buenrostro. La operación vendría siendo ejecutada en cierta pequeña iglesia del hospital de San Andrés fundada en el año de 1779 en una de las peores epidemias de viruela que hubo en la Nueva España. Se localizaba en donde hoy se alza el espléndido Museo Nacional de Arte en la Tacuba No. 8. Los religiosos de San Andrés recibieron la orden de desalojar los ornamentos de la iglesia —el Santísimo, los vasos sagrados y demás paramentos— en cuanto aquel cadáver fuera recibido.
Aquél pequeño templo se convertiría ahora en un quirófano para llevar a cabo las maniobras para reparar aquel notorio despojo. El cronista don José María Marroqui relata que los doctores Andrade, Montaño y Buenrostro con la finalidad de que los líquidos retenidos se escurrieran bien determinaron suspender el cuerpo, colgándolo del techo por algunos días. En los primeros días del mes de octubre de 1867 se dio aviso a Juárez de que el embalsamamiento se había consumado. Esa misma noche en punto de las doce un sobrio carruaje negro se detuvo frente al portón de madera de ese templo.
Bien acompañado por su ministro don Sebastián Lerdo de Tejada, el presidente don Benito Juárez se presentaba de incógnito y luego de internarse dentro del pequeño templo se descubrió la cabeza y enlazando sus manos tras la espalda procedió a observar de manera detenida a Maximiliano sin que Juárez denotara dolor ni gozo y midió el cadáver con la mano derecha. Dijo ‘era alto este hombre pero no tenía buen cuerpo; tenía las piernas muy largas y desproporcionadas’ Un instante después muy pensativo agregó ‘no tenía talento porque aunque la frente parece espaciosa, es por la calvicie’.
De manera muy irónica el cadáver de Maximiliano se iría de México en la reconocida fragata de guerra ‘Novara’ misma que años antes lo hubiera traído a México. Marroqui detalla un relato extraordinario de lo que vendría después cuando ‘luego de que este templo de San Andrés volviera al culto se llenaría de fanáticos del Segundo Imperio que daban a sus reuniones un aire tumultuario y significativo’ —escribe Marroqui— ‘y formaban sus grupos en la puerta del templo y salpicaban sus conversaciones con palabras hirientes con intención de lastimar a transeúntes de ideologías distintas’.
Alegaban que habían colgado a Maximiliano de una viga del techo para vilipendiarlo debido a que ‘como a él no pudieron colgarlo en vida lo colgaron después de muerto’. Pronto este templo comenzó a conocerse como ‘La Capilla del Mártir’. El gobernador Juan José Baz estaba muy al tanto de aquellas reuniones aunque él sólo se dedicara a observarlas. El día 18 de junio de 1868 al completarse el primer aniversario de la muerte en el paredón del Cerro de las Campanas, de Miguel Miramón, Tomás Mejía y Maximiliano de Habsburgo, los nostálgicos del imperio lo conmemoraron con una misa.
El ardoroso sacerdote jesuita Mario Cavalieri recitaría un iracundo sermón donde se fuera de boca, cuenta Marroqui, con recriminaciones en contra del gobierno juarista. Los asistentes a esa misa abandonaron el templo entre sollozos y lágrimas, vomitando improperios. Baz puso a Juárez al tanto y enterándose de aquel sermón y de la reacción de la grey don Benito se le acercó al gobernador preguntándole en voz baja ‘¿conoce usted a un tal señor Baz que puede tirar la capilla?’ Baz contestó ‘sí le conozco, se lo diré y la tirará’. La noche del día 28 del mismo mes la iglesia de San Andrés fue quemada.
Marroqui a quien el propio gobernador le confió esta versión sostiene que 'el funcionario irrumpió de imprevisto en este templo acompañado por un grupo de albañiles mandando hacer un corte circular en la base de la cúpula y metió cuñas de madera empapadas de aguarrás y les prendió fuego. Todas ardieron a un tiempo y al mismo tiempo cedieron todas desplomándose aquello con gran estrépito'. Pocas veces se puede fechar el nacimiento de una calle con exactitud. A las seis de la mañana del 29 de junio de 1868 el templo de San Andrés había desaparecido y la ciudad estrenaba calle nueva.
La llamaron Felipe Santiago Xicoténcatl del Batallón de San Blas que en el año 1847 defendió Chapultepec. En 1931 en la casona en el número 9 de esa calle, comenzaría a sesionar la Cámara de Senadores permaneciendo allí durante 80 años. La ciudad cuenta historias que no siempre somos capaces de escuchar. En la calle Xicoténcatl entre el antiguo Senado y el Museo Nacional de Arte se levanta desde hace más de medio siglo cierta estatua dedicada a Sebastián Lerdo de Tejada. Es a la memoria de cierta medianoche de 1868 que un sobrio carruaje se detuviera y la suerte de un templo se decidiera.

 




Monday, September 17, 2018

Adolfo Bioy Casares: La francesa


Me dice que está aburrida de la gente. Las conversaciones se repiten. Siempre los hombres empiezan interrogándola en español: «¿Usted es francesa?» y continúan con la afirmación en francés: « J’aime la France». Cuando, a la inevitable pregunta sobre el lugar de su nacimiento ella contesta «Paris», todos exclaman: «Parisienne!», con sonriente admiración, no exenta de grivoiseriecomo si dijeran «comme vous devez éter cochonne!». Mientras la oigo recuerdo mi primera conversación con ella: fue minuciosamente idéntica a la que me refiere. Sin embargo, no está burlándose de mí. Me cuenta la verdad. Todos los interlocutores le dicen lo mismo. La prueba de esto es que yo también se lo dije. Y yo también en algún momento le comuniqué mi sospecha de que a mí me gusta Francia más que a ella. Parece que todos, tarde o temprano, le comunican ese hallazgo. No comprendo -no comprendemos- que Francia para ella es el recuerdo de su madre, de su casa, de todo lo que ha querido y que tal vez no volverá a ver.






Sunday, September 16, 2018

Currículum: Elia Casillas












Elia Casillas: De (s) dijo





Adolfo Bioy Casares: Postrimerías


Cuando entró en el edificio, buscó las escaleras, para subir. Encontrarlas era difícil. Preguntaba por ellas, y algunos le contestaban: “No hay.” Otros le daban la espalda. Acababa siempre por encontrarlas y por subir otro piso. La circunstancia de que muchas veces las escaleras fueran endebles, arduas y estrechas, aumentaba su fe. En un piso había una ciudad, con plazas y calles bien trazadas. Nevaba, caía la noche. Algunas casas -eran todas de tamaño reducido- estaban iluminadas vivamen­te. Por las ventanas veía a hombres y mujeres de dos pies de estatura. No podía quedarse entre esos enanos. Descubrió una amplia escalinata de piedra, que lo llevó a otro piso. Este era un antecomedor, donde mozos, con chaqueta blanca y modales pésimos, limpiaban juegos de té. Sin volverse, le dijeron que había más pisos y que podía subir. Llegó a una terraza con vastos parques crepusculares, hermosos, pero un poco tristes. Una mujer, con vestido de terciopelo rojo, lo miró espantada y huyó por el enorme paisaje, meciéndose la cabellera, gimiendo. Él entendió que cuantos vivían allí estaban locos. Pudo subir otro piso. En una arquitectura propia del interior de un buque, en la que abundaban maderas y hierros pintados de blanco, halló una escalera de caracol. Subió por ella a un altillo donde estaban los peroles que daban el agua caliente a los pisos de abajo. Dijo: “Sobre el fuego está el cielo” y, seguro de su destino, se agarró de un caño, para subir más. El caño se dobló; hubo un escape de vapor, que le rozó el brazo. Esto lo disuadió de seguir subiendo. Pensó: “En el cielo me quemaré.” Se preguntó a cuál de los horribles pisos inferiores debería descender. En todos él se había sentido fuera de lugar. Esto no probaba que no fuese la morada que le correspondía, porque justamente el infierno es un sitio donde uno se cree fuera de lugar.






Saturday, September 15, 2018

Adolfo Bioy Casares: Retrato



Conozco a una muchacha generosa y valiente, siempre resuelta a sacrificarse, a perderlo todo, aun la vida, y luego a recapacitar, a recuperar parte de lo que dio con amplitud, a exaltar su ejemplo, a reprochar la flaqueza del prójimo, a cobrar hasta el último centavo.













Wednesday, September 12, 2018

Adolfo Bioy Casares: El caso de los viejitos voladores



Un diputado, que en estos años viajó con frecuencia al extranjero, pidió a la cámara que nombrara una comisión investigadora. El legislador había advertido, primero sin alegría, por último con alarma, que en aviones de diversas líneas cruzaba el espacio en todas direcciones, de modo casi continuo, un puñado de hombres muy viejos, poco menos que moribundos. A uno de ellos, que vio en un vuelo de mayo, de nuevo lo encontró en uno de junio. Según el diputado, lo reconoció “porque el destino lo quiso”.
En efecto, al anciano se lo veía tan desmejorado que parecía otro, más pálido, más débil, más decrépito. Esta circunstancia llevó al diputado a entrever una hipótesis que daba respuesta a sus preguntas.
Detrás de tan misterioso tráfico aéreo, ¿no habría una organización para el robo y la venta de órganos de viejos? Parece increíble, pero también es increíble que exista para el robo y la venta de órganos de jóvenes. ¿Los órganos de los jóvenes resultan más atractivos, más convenientes? De acuerdo: pero las dificultades para conseguirlos han de ser mayores. En el caso de los viejos podrá contarse, en alguna medida, con la complicidad de la familia.
En efecto, hoy todo viejo plantea dos alternativas: la molestia o el geriátrico. Una invitación al viaje procura, por regla general, la aceptación inmediata, sin averiguaciones previas. A caballo regalado no se le mira la boca.
La comisión bicameral, para peor, resultó demasiado numerosa para actuar con la agilidad y eficacia sugeridas. El diputado, que no daba el brazo a torcer, consiguió que la comisión delegara su cometido a un investigador profesional. Fue así como El caso de los viejos voladores llegó a esta oficina.
Lo primero que hice fue preguntar al diputado en aviones de qué líneas viajó en mayo y en junio.
“En Aerolíneas y en Líneas Aéreas Portuguesas” me contestó. Me presenté en ambas compañías, requerí las listas de pasajeros y no tardé en identificar al viejo en cuestión. Tenía que ser una de las dos personas que figuraban en ambas listas; la otra era el diputado.
Proseguí las investigaciones, con resultados poco estimulantes al principio (la contestación variaba entre “Ni idea” y “El hombre me suena”), pero finalmente un adolescente me dijo “Es una de las glorias de nuestra literatura”. No sé cómo uno se mete de investigador: es tan raro todo. Bastó que yo recibiera la respuesta del menor, para que todos los interrogados, como si se hubieran parado en San Benito, me contestaran: “¿Todavía no lo sabe? Es una de las glorias de nuestra literatura”.
Fui a la Sociedad de Escritores donde un socio joven confirmó en lo esencial la información. En realidad me preguntó:
-¿Usted es arqueólogo?
-No, ¿Por qué?
-¿No me diga que es escritor?
-Tampoco.
-Entonces no lo entiendo. Para el común de los mortales, el señor del que me habla tiene un interés puramente arqueológico. Para los escritores, él y algunos otros como él, son algo muy real y, sobre todo, muy molesto.
-Me parece que usted no le tiene simpatía.
-¿Cómo tener simpatía por un obstáculo? El señor en cuestión no es más que un obstáculo. Un obstáculo insalvable para todo escritor joven. Si llevamos un cuento, un poema, un ensayo a cualquier periódico, nos postergan indefinidamente, porque todos los espacios están ocupados por colaboraciones de ese individuo o de individuos como él. A ningún joven le dan premios o le hacen reportajes, porque todos los premios y todos los reportajes son para el señor o similares.
Resolví visitar al viejo. No fue fácil.En su casa, invariablemente, me decían que no estaba. Un día me preguntaron para qué deseaba hablar con él. “Quisiera preguntarle algo”, contesté. “Acabáramos”, dijeron y me comunicaron con el viejo. Este repitió la pregunta de si yo era periodista. Le dije que no. “¿Está seguro? preguntó.
“Segurísimo” dije. Me citó ese mismo día en su casa.
-Quisiera preguntarle, si usted me lo permite, ¿por qué viaja tanto?
-¿Usted es médico? -me preguntó-. Sí, viajo demasiado y sé que me hace mal, doctor.
-¿ Por qué viaja? ¿Por qué le han prometido operaciones que le devolverán la salud?
-¿De qué operaciones me está hablando?
-Operaciones quirúrgicas.
-¿Cómo se le ocurre? Viajaría para salvarme de que me las hicieran.
-Entonces, ¿por qué viaja?
-Porque me dan premios.
-Ya un escritor joven me dijo que usted acapara todos los premios.
-Si. Una prueba de la falta de originalidad de la gente. Uno le da un premio y todos sienten que ellos también tienen que darle un premio.
-¿No piensa que es una injusticia con los jóvenes?
-Si los premios se los dieran a los que escriben bien, sería una injusticia premiar a los jóvenes, porque no saben escribir. Pero no me premian porque escriba bien, sino porque otros me premiaron.
-La situación debe de ser muy dolorosa para los jóvenes.
-Dolorosa ¿Por qué? Cuando nos premian, pasamos unos días sonseando vanidosamente. Nos cansamos. Por un tiempo considerable no escribimos. Si los jóvenes tuvieran un poco de sentido de la oportunidad, llevarían en nuestra ausencia sus colaboraciones a los periódicos y por malas que sean tendrían siquiera una remota posibilidad de que se las aceptaran. Eso no es todo. Con estos premios el trabajo se nos atrasa y no llevamos en fecha el libro al editor. Otro claro que el joven despabilado puede aprovechar para colocar su mamotreto. Y todavía guardo en la manga otro regalo para los jóvenes, pero mejor no hablar, para que la impaciencia no los carcoma.
-A mí puede decirme cualquier cosa.
-Bueno, se lo digo: ya me dieron cinco o seis premios. Si continúan con este ritmo ¿usted cree que voy a sobrevivir? Desde ya le participo que no. ¿Usted sabe cómo le sacan la frisa al premiado? Creo que no me quedan fuerzas para aguantar otro premio.







...tus huellas disminuyen: Elia Casillas