Thursday, February 09, 2012

Alicia Hopkins, Me Asaltaron


Bajaba los escalones del puente.
Siempre que pasaba de noche por ahí, aceleraba mis pasos hasta despegarlos del suelo, aceleraba, aceleraba y pensaba en esos animales lentos, que por su misma lentitud, se vuelven presas más fáciles –soy rápida, pensaba entremí, estoy a salvo.

Esta vez, eran las 2 de la tarde. El sol apaciguaba el frío que hizo durante la mañana. Caminaba abatida por la enajenación de los últimos días y, a cada escalón que bajaba, me llenaba de fuerzas, pensando en esa reunión de locos que todavía quieren y sueñan con cambiar al mundo. ¿Qué diríamos? ¿Qué medidas tomaríamos este año para enfrentarnos a la catástrofe?

Los vi de frente, caminando hacia mí, moviendo sus labios y mirándome a los ojos. No alcanzaba a escucharlos. Eran dos, vestidos con sudaderas blancas. Como ángeles aterrados de su propio veneno se acercaron a mí y empezaron a gritarme que les entregara el celular, el dinero, la bolsa. Desde la zona más instintiva de mi cuerpo empezaron a correr los latidos del corazón, cautivo por un miedo que venía más allá de mí y más allá de ellos. En ese miedo habitaba el miedo del animal más indefenso, el miedo a los precipicios, a la oscuridad, el miedo que te despierta en la madrugada cuando vas de caída, el miedo con el que damos el primer grito cuando nacemos. Los sentidos se nublan, la vista se acorta, el oxígeno es un apenas.

Saqué de la bolsa de mi pantalón el celular –tranquilos… ay muchachos, qué susto…- -¡DANOS TODO EL DINERO! ¡DANOS LA BOLSA!- -Espérense, espérense… estoy muy asustada, así no puedo pensar… tranquilos, nadie se da cuenta… hagan como que estamos platicando, no voy a hacer nada, déjenme respirar-

Déjenme respirar… déjenme respirar… y a cada bocanada, con la mano en mi pecho, iba calmando ese pánico que se me salía por la boca.

(Parece que no traen armas, tienen poco más de 20 años, tienen miedo, esta es una de sus primeras veces… cálmate, cálmate…)

-¡SACA TODO! ¡DANOS LA BOLSA!- Empezaron a meter la mano en mi bolsa, encontraron la cajetilla con un cigarro y amablemente la devolvieron a su lugar. –No les voy a dar mi bolsa, traigo mi tesis, estoy estudiando, no chinguen, traigo mi suéter, no chinguen-

-¡¡DANOS LA CARTERA!!- Saco la cartera. –No les voy a dar la cartera, traigo mis credenciales. -¡¡DANOS LA CARTERA!! ¡¡SACA TODO EL DINERO!!- -tranquilos... tranquilos... miren, les doy $200- -¡¡SACA TODO!! ¡¡YA TE DIJIMOS QUE SAQUES TODO!!-
-Tengo que moverme- -Órale, dále pa´su camión- dijo, como conmoviéndose, sorprendido por la inesperada interpelación de esta loca solitaria que se atrevía a mirarlos como si fuera una de ellos. Me quedaban $100. –Tengo que comer, no chinguen, ¿por qué le roban a la banda? ¿por qué entre nosotros? La lucha no es entre nosotros, el pedo no es entre nosotros, chínguense a los culeros, por qué a la banda, por qué entre nosotros... por qué entre nosotros... somos de los mismos...
(somos de los mismos...)

Yo que venía pensando cómo arreglar el mundo para ellos y para mí, para nosotros. Estaba aturdida con un dolor que venía de lejos, de todos los siglos de dolor y de sangre por los que ha pasado la historia de este país de los hijos de la chingada, de la violada por el blanco. Miré sus rostros morenos, pálidos de nervios, asustados, destanteados y me llené de tristeza. Pasé mi brazo por la espalda de uno de ellos… quería abrazarlos, quería contarles, quería decirles que no los odiaba, que entendía su miedo, que conocía su rabia, que estaba con ellos desde este corazón adolorido por el mismo mundo que compartimos, que no había pedo, que se llevaran el dinero y el celular, pero que me escucharan. Apenas me tuvo cerca, abrazándolo, se arrebató y me tiró el brazo.
Como si mis palabras fueran balas, corrieron despavoridos. Corrí detrás de ellos.

(No me tengan miedo, no me tengan miedo).

Huían no de mí, ni de la policía que no estaba en ningún lugar, no había nadie. Huían de esa verdad que estaba en ellos mismos. Una sonrisa tímida y avergonzada asomó la comisura de sus labios y los vi yéndose, arrojándose al periférico, entre coches. Yo corría detrás de ellos, como ellos, como nosotros, como quien se arroja a la muerte a la que nos tiene destinada esta crueldad cotidiana, a este suicidio imbécil. No pude alcanzarlos y a mí me alcanzó, hasta el alma, como un punzón, un dolor que me quedará para siempre.

Lloro por ellos, lloro por nosotros, por su miedo, por el mío, por su desesperanza, por sus padres que no supieron amarlos, por sus calles que les robaron el alma, lloro por esos monstruos que todos llevamos dentro y que nos dominan, lloro por todos los que han muerto en un asalto y por aquellos que los asaltaron, lloro porque no podremos, ni ellos ni yo, nunca, ser felices.

¡Puta madre, la vida tenía que ser otra, el mundo tenía que ser otro!

Wednesday, February 08, 2012

Taller de Poesia de Mario Bojórquez


Dalí

Mario Bojórquez


En la Casa del Caballero Águila de San Pedro, Cholula, Puebla, frente a los portales, continua el Taller de Poesia de Mario Bojórquez, convocado por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla, la Dirección Municipal de Cultura de San Pedro y la Universidad de las Américas-Puebla. El Taller es gratuito y e...stas son las fechas en que se han programado las sesiones: Enero 24 Febrero 14 / 28 Marzo 13 / 27 Abril 10 / 24 Mayo 15 / 29 Junio 12 / 26 Julio 10 / 24 Agosto 14 / 28 Septiembre 11 / 25 Octubre 16 / 30 Todos son martes de 16:00 a 19:00 hrs. No faltes. Es una excelente oportunidad para compartir la poesía.

Wednesday, January 18, 2012

Mario Bojórquez

Canto (I)





Dame, Señor, piedad para mí mismo
Y que mi obra te responda.
Francisco Cervantes




Con la pesada llaga ya sin cuerda en el cuello
Con el dogal vacío y la enhiesta pesadumbre que no implora ya más
Que no tunde ya el hueso carcomido, ni la visión postrera
Aquí cerca del junto
Me pongo a recordar muelles del aire donde atracó la sombra de otro tiempo
Me pongo a recordar y digo
Siete palabras sin brillo de cosecha para tu cruel memoria
Que allende el río
Donde la ciudad reposa con luciente escafandra
Donde soñé algún día volver para quedarme
Se van desvaneciendo los deseos
Y de mí sólo queda una vaga sustancia que no me nombra ya
Que no contiene todo el vigor, la lumbre de otro tiempo encendido.


Canto (II)



Campo de cebollas
Para tu triste deambular
Con la brisa bordeando
Su hoja espiritual
En el surco de llamas
Abriéndose
En la hendidura de la tierra
Con su fruto amargo
Su corazón de aire
En el cielo apretado
Su puño de miserias
Decantado licor
De almendras amarillas

Canto (III)




Te acercas
A los patios
De las primeras casas
El ruido
De tus trastos
Altera los ladridos
Pareces
Una sombra
Que se mueve
En el aire
Canto (IV)


Regresarás del llanto en la postrera cumbre
Tu oído sensitivo desliará el soplo de flautas
Que te anuncian con cara deslavada
Por el fútil contacto de fluidos
Tu mano trémula se aferrará al báculo torpe
Como las hierbas huérfanas al borde del abismo


Canto (V)


Qué desmedrada
Encía
Para tus cuatro dientes
Qué espalda
Que encorvada
Ya no distingue
El peso de lápidas atroces
Qué desolada respiración
Te pone en pie

Canto (VII)




Sólo nombraste el bosque que te vistió de niño
Su alegre arboladura
Su tenebra de musgo
Por eso es que volver
Regresar en el soplo ardiente
En la escama de vidrio de tus ojos
No puede ya salvarte
No entregarás tu espada capitán abatido
No te dará un pañuelo esa mano
No limpiarás tus lágrimas
Oyes llamando el grito del cabrero
El cencerro espigando el aire de la tarde
El hato que congrega el pasado a la vera


Canto (VIII)


Aquellos tus amigos
Extenderán sus manos
Como quien tiende un recibo por cobrar
Una minuta detallada de todas tus traiciones
Pero nunca sabrán
Que tú has pagado ya todas las deudas
Que no hay nada que valgas
Ni siquiera el resuello que te mantiene erguido


Canto (IX)




Ninguno podrá jamás decir de ti
Tuve su mano franca junto a la mía estrechando el deseo
Haciendo de una fuerza común un compartido sueño
Si alguien te vio no supo nunca el color de tus ojos
La vena matriz de tu corazón
Apenas diste un paso para retroceder
Y un gesto que acusaba bondad se congeló en tu boca
Y de tu lengua sólo saltó un desflorado ramo de pétalos insomnes
Que dejaba al oído siempre un olor
Pero nunca una palabra clara
Canto (X)



Por eso hoy que regresas
Ya nadie reconoce tu rostro entre las piedras
Nadie un saludo un gesto que te confirme el pecho
La memoria de un sol para la cara fresca
Tus manos distraídas en el fulgor del bronce
Nada a tu paso es hierba de oro para la necesaria infusión de tu recuerdo
Ni una resina un bálsamo para tu piel quemada por el sol de los trópicos
Ni siquiera la lumbre de tu propio pasado



De: El deseo postergado
Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2007